Hello, mis queridos lectores, ¿Cómo están? He de decirles que el Martes empiezo la Universidad, así que la frecuencia con que actualice dependerá en gran medida de los reviews que reciba, así que ya saben, solo un viaje con ese pequeño botoncito que dice Go… no es necesario que se registren, si no quieren, pero de verdad me encanta recibir sus comentarios!!!!

ATENCION: Por si no se han dado cuenta, este fic es T, y este capitulo contiene algo de 'calentura', asi que ya estan advertidos...

Bailando en el Aire

Once

Aeris, encerrada en el despacho de Tifa, sudaba peleándose con los hechos y las cifras, la realidad y las posibilidades.

Lo que más le gustaban eran las posibilidades porque entre ellas estaban un ordenador de segun­da mano con todos los programas que necesitaba, folletos comerciales, tarjetas de visita, un despacho en casa, acogedor y funcional y un buen robot de cocina. La verdad era que necesitaba todo eso y mucho más para montar un negocio viable y sufi­cientemente rentable.

Según las cifras, podía conseguirlo si se ajusta­ba a la realidad sin despilfarros, entre los que in­cluía la comida, la bebida y el vestido, durante unos doce meses.

Sus alternativas eran o vivir como un ermitaño durante un año o renunciar a las herramientas profesionales que le ayudarían a sacar adelante el negocio.

Pensó que llevar una vida de ermitaño no era tan grave. Lo había hecho durante meses antes de llegar a la isla. Si no hubiera bajado la guardia y hubiera malgastado el dinero en campanillas, san­dalias y pendientes, no se habría acordado de lo di­vertido que era malgastar el dinero. Pero eso debía terminar. Según sus cálculos podría sacarse el dinero del ordenador en tres semanas, si Marge la de la agen­cia inmobiliaria tenía suficiente paciencia. Necesi­taría algunos cientos de dólares más para la impre­sora, la línea telefónica, la licencia de actividades empresariales y el material de oficina. Una vez ins­talada, podría diseñar los folletos comerciales y los menús en el ordenador.

Se reclinó, suspiro y se pasó las manos por el pelo. Se había olvidado del uniforme. No sería muy apropiado servir la fiesta de Shera en vaque­ros y camiseta o con una blusa provocativa. Nece­sitaba unos buenos pantalones negros, una camisa blanca y unos zapatos negros, cómodos pero ele­gantes.

Levantó la mirada cuando entró Tifa.

—Hola, ya te dejo sitio.

—No hace falta —su amiga la detuvo con un gesto de la mano—. Sólo quiero comprobar una cosa en el catálogo de septiembre —lo sacó de una estantería y observó a Aeris mientras pasaba las ho­jas—. ¿Preocupaciones financieras?

— ¿Por qué lo preguntas?

—Vibraciones.

—Más que preocupaciones, obstáculos de distinta envergadura. Me fastidia reconocer que estoy abarcando demasiado y demasiado rápida­mente.

— ¿Cómo es eso? No es que te fastidie, sino que abarcas demasiado —dijo Tifa mientras se sentaba como un gato delante de la chimenea.

—Algunos trabajos, algunas cajas de comidas, una fiesta importante y aquí estoy yo pensando en logotipos y tarjetas, intentando sacar dinero para un ordenador cuando puedo organizarme con un cuaderno. Tengo que controlarme.

—No hay nada tan aburrido como controlar­se —afirmó Tifa—. Cuando monté este sitio, casi todo el mundo pensaba que no saldría adelan­te. Había pocos habitantes y el comercio se basaba en la temporada de verano. Las librerías y los cafés sofisticados eran para las ciudades y al­gunas zonas residenciales. Estaban equivocados. Yo sabía lo que quería y lo que podía conseguir. Como tú.

—Dentro de seis meses o un año —admitió Aeris—, pero voy demasiado deprisa.

— ¿Por qué vas a esperar? Necesitas capital, pero no puedes arriesgarte a pedir un crédito en un banco. Te harían muchas preguntas engorrosas sobre los prestamos concedidos, historial laboral y todas esas cosas —Tifa inclinó la cabeza al oír el suspiro de Aeris. Le divertía dar en el centro de la diana con la primera flecha—. Por muy cuidadosa que hayas sido, has podido dejar algún cabo suelto y eres demasiado lista como para correr el riesgo.

—He pensado en eso —reconoció Aeris—. Si entrara en ese camino, no descansaría nunca. Aeris Gainsborough no ha recibido un crédito jamás y tarda­rá en recibirlo.

—Lo cual es un obstáculo para conseguir capi­tal. Están los conjuros, naturalmente, pero no me gusta hacer conjuros con un fin económico. Me parece... vulgar.

—A mí no me parece nada vulgar cuando estoy intentado estirar el presupuesto para comprar el material básico.

Tifa frunció los labios y juntó las puntas de los dedos.

—Tenía una conocida que estaba pasando al­gunos apuros económicos. Hizo un conjuro para que se le resolvieran los problemas y la semana si­guiente ganó cincuenta mil dólares en la lotería.

— ¿De verdad?

—De verdad. Pudo pagar las deudas y pasar una semana en un hotel fantástico de Miami. Cuando volvió, se le estropeó el coche, tuvo gote­ras, se le inundó el sótano y recibió una notifica­ción para una inspección fiscal. Al final, ha ido de problema en problema, aunque pasara una semana en Miami, cosa que no desgrava.

Aeris sonrió como reconocimiento al humor de Tifa.

—Recibido. La magia no debe usarse según le convenga a cada uno.

—Eres una alumna muy lista, querida. Hable­mos del negocio —Tifa se quitó los zapatos y cru­zó las piernas—. Estoy dispuesta a hacer una in­versión.

—Tfia, no sabes cuánto te lo agradezco, pero...

—Quieres hacerlo sola y todo eso —Tifa des­deñó la protesta de Aeris con un movimiento del brazo—. Por favor, vamos a comportarnos como adultas.

— ¿Intentas enfadarme o intimidarme para que acepte un préstamo?

—En general, nunca intento ni enfadar ni inti­midar a nadie, aunque me han dicho que hago bien las dos cosas. No he dicho nada de un présta­mo, he hablado de una inversión.

Se estiró lentamente y fue a la pequeña nevera por un par de botellas de agua.

—Podría considerar hacerte un préstamo para los gastos iniciales. Digamos diez mil dólares a pa­gar en cinco años al doce por ciento de interés.

—No necesito diez mil dólares —gruñó Aeris mientras giraba el tapón de la botella con un gesto de cansancio—. Además, el doce por ciento es ri­dículo.

—Un banco te cobraría menos, pero yo no soy un banco y no haría preguntas engorrosas —Tifa rodeó la boca de la botella con sus labios rojos—, sin embargo prefiero hacer una inversión. Soy una mujer de negocios y me gustan los beneficios. Tie­nes un talento que puede ser rentable y que se ha comprobado que tiene mercado en la isla. Con un capital inicial podrías montar un negocio viable que, me parece, puede ampliar el mío en lugar de competir con él. En realidad, tengo algunas ideas, pero podemos comentarlas más tarde. Yo haría una inversión de diez mil dólares y me convertiría en tu socia sin voz ni voto a cambio de una com­pensación justa de, digamos, el ocho por ciento del beneficio bruto.

—No necesito diez mil —Aeris tamborileó con los dedos en la mesa y pensó que hacía mucho tiempo que no negociaba contratos y porcentajes y que era asombroso lo rápido que recuperaba sus habilidades.

Diez mil dólares le vendrían muy bien y le ahorrarían las preocupaciones y el sufrimiento, pe­ro pensó que si eliminaba ambas cosas, se perdería también la satisfacción que producía el triunfo.

—Bastará con cinco mil —decidió Aeris—. A cambio del seis por ciento del beneficio neto.

—Entonces que sean cinco mil, por el siete por ciento del beneficio neto.

—De acuerdo.

—Perfecto. Llamaré a mi abogado para que redacte un contrato.

—Yo abriré una cuenta en el banco para la em­presa.

— ¿No sería más fácil que me ocupara yo de eso y de sacar la licencia de actividades económicas?

—Lo haré yo. En algún momento tendré que dar el primer paso.

—Querida, ya lo diste hace unos meses, pero dejaré que lo hagas tú. Aeris —dijo Tifa mientras abría la puerta— vamos a conseguirlo.

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Trabajó como una fiera en la preparación, la planificación y la puesta en marcha del negocio. Su cocina era un laboratorio donde experimentaba, triunfaba y fracasaba. Por la noche pasaba horas en su pequeño despacho, donde, gracias al ordenador de segunda mano y a la impresora, había creado su propia imprenta y hacía menús, folletos, tarjetas, facturas y todo tipo de papelería con la inscripción Catering Las Hermanas y el logotipo que había di­señado en el que aparecían tres mujeres dentro de un círculo y cogidas de la mano.

En todas las tarjetas aparecía Aeris Gainsborough como propietaria y su nuevo número de teléfono.

Cuando terminó de hacer el primer folleto co­mercial, lo llevó junto con la mejor botella de champán que pudo permitirse y lo dejó en la puer­ta de la casa de Tifa.

Eran socias.

El día de la fiesta, Aeris permaneció de pie en la cocina de Shera y estudió el lugar. Llevaba traba­jando allí desde las cuatro y faltaba media hora pa­ra que empezaran a llegar los invitados.

Era la primera vez que tenía un momento de paz y tranquilidad desde que empezó a trabajar en la fiesta. Sería un milagro que Shera pasara la ve­lada sin desmayarse por el cansancio y los nervios.

Cada centímetro de la cocina estaba dispuesto según las necesidades de Aeris. Dentro de diez minutos, empezaría a sacar los aperitivos. La lista de invitados pasaba de las cien personas y había tenido que emplear todas sus dotes de persuasión para convencer a Shera de que renunciara a una cena formal con todos los invitados sentados y que era más divertido e interesante situar estratégicamen­te algunas mesas con comida en distintos puntos de la casa y del patio.

Ella misma se había ocupado de los arreglos florales y había ayudado a Cid con la iluminación. Había velas en candelabros de plata, alquilados pa­ra la ocasión, y servilletas de papel que, por indica­ción de Aeris, llevaban un corazón y las iniciales de la feliz pareja. Le conmovió que a Shera se le em­pañaran los ojos al verlas.

Satisfecha de que la cocina estuviera preparada para la batalla que se avecinaba, salió para estudiar el terreno y a la tropa.

Había contratado a Rikku para que la ayudara a servir y a Betsy, de la Posada Mágica, para que se ocupara del bar. Ella les echaría una mano cuando pudiera abandonar la cocina.

—Está precioso —se dijo mientras se dirigía a la puerta del patio.

Parecía que iba a hacer buen tiempo. Ella y Shera habían pasado malos momentos ante la posibilidad de que lloviera.

—No te olvides, Rikku —Aeris se estiró el chale­co negro que había añadido al uniforme—. Debes hacer un recorrido completo cada quince minutos. Cuando se haya terminado la bandeja, o esté a punto de terminarse, vuelves a la cocina. Si yo no estoy, preparas la siguiente bandeja como te he en­señado.

—He practicado un millón de veces.

—Lo sé —Aeris le dio una palmada de ánimo—. Betsy, yo intentaré mantener el ritmo según se va­yan vaciando los vasos, pero si me quedo rezagada o ves que te falta algo, hazme una seña.

—Entendido. Y todo está precioso.

—Por el momento, todo va bien —y estaba de­cidida a que fuera mejor—. Cid Jr se encarga de la música y yo no voy a ocuparme de él. Le dejare­mos que monte su propio espectáculo. Rikku, las crudités de verdura en la mesa uno.

Para Aeris era algo más que una fiesta: era vol­ver a empezar. Encendió la última vela y pensó en su madre y en la primera vez que sirvieron juntas una comida.

—He cerrado un círculo, mamá —murmuró—, y haré que resplandezca.

Aeris hizo esa promesa mientras tocaba la mecha encendida con dos dedos y pensaba en su madre.

Levantó la mirada y se le iluminó el rostro al ver a Shera Highwind que salía del dormitorio.

—Está guapísima.

—Y nerviosa como una novia —se ahuecó el pelo—. Lo compré en Boston. No es muy recargado ¿verdad?

El traje era verde pálido con pedrería brillante en las solapas y los puños.

—Es maravilloso y le sienta muy bien. No hay ningún motivo para que esté nerviosa. Diviértase.

— ¿Estás segura de que habrá suficiente cóctel de marisco?

—Estoy segura.

—No sé qué le parecerá a la gente ese pollo con salsa de cacahuetes.

—Les encantará.

— ¿Qué me dices...?

—Shera, deja de marear a la chica —Cid sa­lió con el ceño fruncido y colocándose el nudo de la corbata—. Déjale que haga su trabajo.

—Señor Highwind, tiene un aspecto fantástico —Aeris no se pudo resistir y se acercó a ponerle bien el nudo de la corbata.

—Me obligó a comprarme un traje nuevo.

—Y está muy guapo —le aseguró Aeris.

—No ha parado de quejarse desde que llegó a casa después de trabajar.

Aeris, que ya estaba acostumbrada a sus dispu­tas, sonrió.

—A mí me gustan los hombres que no se en­cuentran muy cómodos con traje y corbata. Me parecen muy sexys.

Cid se sonrojó ante la afirmación de Aeris.

—No sé por qué no hemos hecho una barbacoa.

Aeris levantó una bandeja con aperitivos antes de que Shera le replicara.

—Creo que lo van a pasar muy bien y van a empezar ahora mismo.

Cid tomó, por educación, uno de los sofistica­dos bocaditos de salmón. Frunció los labios en cuanto lo probó.

—Tiene un sabor muy bueno —reconoció—. Seguro que va muy bien con una cerveza.

—Si va a la sala, Betsy le servirá una. Creo que he oído a los primeros invitados.

— ¡Dios mío! —Shera empezó a mirar ner­viosamente hacia todos lados mientras volvía a ahuecarse el pelo—. Quería comprobar si todo es­taba bien antes...

—Todo está perfectamente. Usted reciba a sus invitados y déjeme a mí el resto.

La frialdad inicial de la fiesta desapareció antes de que pasaran quince minutos. La música empezó a sonar y las conversaciones se hicieron más flui­das. Aeris hizo su primer recorrido con los pinchos de pollo y comprobó que tenía razón. A la gente le encantaban.

Era divertido ver a los isleños con sus mejores galas charlando en grupos o paseando por el patio. Ella estaba muy atenta a todos los comentarios so­bre la comida o el ambiente y sentía un hormigueo con cada alabanza. Pero lo mejor de todo era ver a su cliente que resplandecía como una vela.

Al cabo de una hora, la casa estaba a rebosar y ella trabajaba a todo gas.

—Acaban con las bandejas como hordas ham­brientas —le dijo Rikku mientras entraba precipita­damente en la cocina—. Parece como si hubieran ayunado durante una semana antes de venir a la fiesta.

—Bajaremos el ritmo cuando empiecen a bai­lar —contestó Aeris que estaba rellenando una fuente a toda prisa.

—Mesa... maldita sea, nunca me acuerdo de los números. Las albóndigas se están acabando. Me dijiste que te avisara.

—Yo me ocuparé. ¿Hay algo que no les guste?

—Que yo sepa, no —Rikku levantó la bandeja—. Tal y como van las cosas, yo diría que se comerían hasta las servilletas de papel si les pusieras salsa.

Aeris, divertida, sacó del horno los mini-rollitos de huevo. Los estaba poniendo en la bandeja cuando entró Yuffie.

—Menuda fiesta.

—Está bien ¿verdad?

—Sí, muy elegante.

—Tú también estás muy elegante —le comen­tó Aeris.

Yuffie se miró el vestido negro que se ponía en todas las ocasiones especiales. Era corto, acepta­blemente ceñido y tenía la ventaja de que servía tanto para ir a una fiesta como para llevarlo con una chaqueta o para ir a reuniones.

—Lo tengo en negro y en blanco. Creo que así estoy servida en lo que se refiere a vestidos —echó un vistazo alrededor: en la cocina reinaba un or­den absoluto, se oía el zumbido del lavaplatos y olía a especias—. ¿Cómo consigues mantener todo ordenado?

—Soy única.

—Eso parece —Yuffie se metió en la boca uno de los rollitos de huevo—. La comida es sensacio­nal —dijo con la boca llena—. No he tenido opor­tunidad de decírtelo antes, pero el asunto del picnic que me organizaste resultó fabuloso.

— ¡Ah!¿Sí?¿Lo pasasteis bien?

—De primera, gracias.

La sonrisa orgullosa se transformó en un gesto de disgusto cuando entró Tifa.

—Quería darte la enhorabuena —vio los rolli­tos de huevo—. Vaya, otra cosa distinta —tomó uno y lo mordió—. Delicioso. Hola, Yuffie, casi no te había reconocido vestida de mujer. ¿Cómo has decidido cuál ponerte esta noche, si el blanco o el negro?

—Que te den…

—No empecéis. No tengo tiempo para hacer de árbitro.

—No te preocupes —Yuffie se hizo con otro rollito de huevo—. No puedo desperdiciar mi energía con esta pitonisa de medio pelo. El sobri­no de Shera acaba de llegar de Cambridge y está muy bien. Me lo voy a trabajar.

—Es un consuelo saber que hay cosas que no cambian nunca.

—No toquéis nada —ordenó Aeris mientras sa­lía a toda velocidad con la bandeja.

—A ver... —Yuffie prefería estar lejos de la multitud, pero también quería comer. Levantó la tapa que cubría una bandeja—. Parece que Aeris está muy bien.

— ¿Por qué no iba a estarlo?

—No te hagas la tonta, Tifa. No va con esa ca­ra de gato que tienes —Yuffie tomó un par de ga­lletas glaseadas con forma de corazón—. Yo no ne­cesito un espejito mágico para saber que lo ha pasado muy mal. Una mujer como ella no se pre­sentaría en la isla sin más pertenencias que una mochila y un coche de segunda mano si no estu­viera escapando de algo. Zack cree que algún tipo la ha maltratado.

Tifa no dijo nada y Yuffie se apoyó en la encimera mordisqueando la galleta.

—Verás, ella me cae bien y a mi hermano le cae mejor todavía. No quiero agobiarla, pero a lo mejor puedo ayudarla.

— ¿Con la placa o sin ella?

—Con ella y sin ella. Me parece que está empe­zando a echar raíces aquí, no sólo trabaja contigo, sino que ha montado este negocio. Está empezan­do una vida en Tres Hermanas y eso la convierte en una de las mías.

—Dame una —Tifa extendió la mano y Yuffie le dio una galleta— ¿Cuál es la pregunta, Yuffie?

—Que si mi hermano tiene razón y, si la tiene, si hay alguien que está siguiéndola.

—Tengo que respetar lo que Aeris me haya di­cho como una confidencia.

Yuffie tenía que reconocer que la lealtad estaba a salvo con Tifa. Era como una religión para ella.

—No te pido que me reveles ningún secreto.

Tifa mordió la galleta.

—No puedes decirlo ¿verdad?¡Por Dios Santo!

Yuffie volvió a tapar la bandeja con un golpe. Empezaba a ponerse furiosa, pero hubo algo en la felicidad con que Aeris había estado trabajando en esa cocina tan ordenada que la detuvo. Se dio la vuelta.

—Dime lo que has visto. Quiero ayudarla.

—Sí. Lo sé —Tifa terminó la galleta y se sacu­dió de migas los dedos—. Hay un hombre que la persigue y la obsesiona. Él es la realidad física de to­dos sus miedos, dudas y preocupaciones. Si aparece por aquí, si la encuentra, necesitará la ayuda de las dos. Y necesitará además el valor de reunir sus po­deres y emplearlos.

— ¿Cómo se llama?

—No puedo decírtelo. Eso no lo he visto.

—Pero lo sabes.

—No puedo decirte lo que me haya dicho ella. No puedo traicionar su confianza —la preocupación que había en los ojos de Tifa fue como una punzada en el estómago de Yuffie—. Si pudiera, y lo hiciera, su nombre sería lo de menos. Esta es la senda de Aeris, Yuffie. Nosotras podemos guiarla y apoyarla, aleccionarla y aconsejarla, pero, en defi­nitiva, es ella quien tomará las decisiones. Tú co­noces la leyenda tan bien como yo.

—No voy a entrar en eso —Yuffie hizo un gesto como queriendo apartar el asunto de su vis­ta—. Hablo de la seguridad de una persona. De la seguridad de una amiga.

—Y yo, pero yo hablo también del destino de una amiga. Si quieres ayudarla de verdad, podrías empezar por hacerte responsable de ti misma.

Dicho eso, Tifa se fue.

—Responsabilidad, un cuerno.

Yuffie estaba tan molesta que levantó la tapa para coger otra galleta. Sabía muy bien cuáles eran sus responsabilidades. Tenía que velar por la segu­ridad de los residentes y visitantes de la isla de Tres Hermanas. Mantener el orden y hacer que se res­petara la ley.

Aparte de eso, sus responsabilidades eran una cuestión exclusivamente suya. Ella no tenía la responsabilidad de hacer conjuros y de aferrarse a una leyenda tan ridícula como lo había sido trescientos años antes.

Era la ayudante del sheriff, no una componen­te de un misterioso trío de salvadoras. No estaba destinada a ser una mediadora que repartiera una justicia nebulosa.

Había perdido el apetito y las ganas de dedi­carse al sobrino de Shera. Lo tenía merecido por perder el tiempo con Tifa Lockhart.

Contrariada salió de la cocina; Zack fue al pri­mero que vio en cuanto se unió a la fiesta. Como era característico en él, estaba en medio de la reunión. Parecía que tuviera un imán para atraer a la gente. Sin embargo, aunque estaba charlando en medio de un grupo numeroso, Yuffie podía notar que su mi­rada y sus pensamientos estaban en otra parte.

En Aeris.

La agente observó cómo su hermano seguía con la mirada a Aeris mientras ésta pasaba la ban­deja con rollitos de huevo. Estaba en la luna.

Si bien podía resistirse y no hacer caso de lo que Tifa le había dicho sobre los destinos y las responsabilidades cuando se trataba de ella, la cosa era muy distinta cuando tocaba a una amistad reciente y que todavía estaba formándose. Sobre todo si afectaba a su hermano. Habría hecho cualquier co­sa por él, incluso si ello implicaba entrelazar las manos con Tifa para el sortilegio.

Tendría que prestar mucha atención a la situa­ción y analizarla minuciosamente. Pensar en ello, le resultaba difícil e incómodo.

—Está en el límite —le susurró Tifa al oído—. En ese límite difuso justo antes de caer sin aliento.

—Tengo ojos en la cara.

— ¿Sabes lo que ocurrirá entonces?

Yuffie le quitó a Tifa la copa de vino y se bebió la mitad.

— ¿Por qué no me lo dices tú?

—Le entregará su vida sin dudarlo un instante. Es el hombre más admirable que conozco —recu­peró la copa y dio un sorbo—. Por lo menos, en eso estamos completamente de acuerdo.

Yuffie lo sabía y se ablandó.

—Quiero un conjuro que lo proteja. Quiero que te ocupes de eso.

—Yo ya he hecho todo lo que está en mi mano. Al final, tiene que ser un círculo de tres.

—No puedo pensar en eso ahora. No voy a ha­blar de eso ahora.

—De acuerdo. ¿Por qué no nos quedamos a ver cómo se enamora un hombre fuerte y admira­ble? No se pueden desperdiciar los momentos de esta pureza —Tifa puso la mano en el hombro de Yuffie—. Ella no lo nota. Le pasa por encima co­mo un aliento cálido, pero ella está tan herida que no lo percibe.

Tifa miró su copa de vino y suspiró con un leve tono de envidia.

—Vamos, te invito a una copa.

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Zack esperó el momento oportuno. Habló con los demás invitados, bailó con las señoras, tomó un vaso de cerveza con Cid, escuchó con aparente inte­rés los comentarios de algunos de sus convecinos y se fijó en el alcohol que tomaban todos los conductores.

Observó a Aeris que pasaba bandejas, charlaba con los invitados y rellenaba las copas que se calentaban a la altura del esternón.

Le pareció estar asistiendo a un renacimiento.

Se dispuso a preguntarle si quería que le echa­ra una mano, pero comprendió que sería ridículo. No sólo no tenía ni idea de lo que había que hacer, sino que estaba claro que Aeris no necesitaba ninguna ayuda.

Cuando la gente empezó a marcharse, llevó a unos cuantos invitados, para no correr riesgos. Era casi medianoche cuando decidió que ya había cumplido con sus obligaciones y que podía seguir a Aeris a la cocina.

Las bandejas vacías se apilaban sobre la encimera de mármol blanco. Los cuencos de servir estaban encajados unos en los otros. El fregadero te­nía agua con jabón que dejaba escapar unos hilillos de vapor y Aeris iba llenando ordenadamente el la­vaplatos.

— ¿Cuándo fue la última vez que descansaste?

—Ni me acuerdo —metió un plato en la ranu­ra—, pero el hecho de estar cansada me hace muy feliz.

—Toma —levantó una copa de champán—. He pensado que te la merecías.

—Me la merezco —dio un sorbo rápido y la dejó a un lado—. Han sido semanas de planificación y por fin ha terminado. Además, tengo cinco, cinco compromisos más. ¿Sabías que la hija de Mary Harrison se casa la primavera que viene?

—Lo había oído. Con John Bigelow. Un pri­mo mío.

—Me ha pedido que organice el banquete.

—Voto por que pongas esas albóndigas en el menú. Estaban riquísimas.

—Tomaré nota —era maravilloso poder hacer planes para el futuro. No sólo a un día o una sema­na vista, sino con meses de antelación—. ¿Has vis­to cómo bailaban Cid y Shera juntos? —se irguió y se llevó las manos a la dolorida espalda—. Treinta años y bailaban en el patio mirándose a los ojos como si fuera la primera vez. Para mí, ha sido el mejor momento de la noche. ¿Sabes por qué?

— ¿Por qué?

Ella se volvió y lo miró.

—Porque todo esto se trataba de que ellos bai­laran juntos mirándose a los ojos. Nada de adornitos ni cócteles de marisco. Se trataba de dos perso­nas que habían conectado y creían en ello. El uno en el otro. ¿Qué habría pasado si hace treinta años uno de los dos se hubiera rajado? Se habrían perdi­do el baile en el patio y todo lo que hubo en medio.

—No he bailado contigo —le pasó los dedos por la mejilla—. Aeris...

— ¡Aquí estás! —Shera irrumpió con los ojos brillantes y húmedos—. Temía que hubieras desa­parecido.

—No, claro que no. Tengo que terminar en la cocina y comprobar que todo ha quedado en or­den en la casa.

—Ni hablar. Ya has hecho bastante, más de lo que yo esperaba. Jamás en mi vida había tenido una fiesta así. La gente hablará de ella durante años —agarró a Aeris por los hombros y le dio un beso en cada mejilla—. He sido una pesadilla y lo sé —abrazó a Aeris con toda su alma—. Era un banquete muy importante para mí y no voy a espe­rar otros treinta años para repetirlo. Quiero que ahora te vayas a casa y descanses.

Le metió un billete de cien dólares en la mano.

—Es para ti.

—Señora Highwind, no tiene por qué darme una propina. Rikku y...

—Ya me he ocupado de ellas. Me ofenderás si no lo aceptas; vas a comprarte algo bonito a mi salud. Quiero que te largues. Cualquier cosa que haya que hacer, puede esperar hasta maña­na. Sheriff ayude a Aeris a llevar las bandejas al coche.

—Lo haré.

—Ha sido mejor que la boda —dijo Shera mientras se dirigía hacia la puerta. Se volvió un instante con expresión burlona—. Veremos si Cid puede mejorar hoy la noche de bodas.

—Me parece que está dispuesto a darte una sor­presa —Zack levantó un montón de bandejas—. Se­rá mejor que nos vayamos y dejemos a la joven pa­reja en su intimidad.

—Te sigo.

Tuvieron que hacer tres viajes. Cid no dejó de meterles prisa y al final le dio una copa de champán a Aeris.

—Toma tu sombrero ¿por qué tienes tanta prisa? —Zack se rió y metió las últimas bandejas en el maletero del coche de Aeris.

— ¿Dónde tienes el coche?

—Mmm. Lo ha cogido Yuffie para llevar a la úl­tima pareja de invitados medio perjudicados. Casi to­dos vinieron andando, lo que ha facilitado las cosas.

Aeris se detuvo a mirarlo. Llevaba traje, pero se había quitado la corbata, notaba el bulto que la corbata formaba en el bolsillo. Se había desaboto­nado la camisa, dejando al descubierto la línea nítida y bronceada del cuello.

Zack sonrió levemente al ver que las luces de la casa se apagaban todas a la vez. Su perfil no era perfecto. Estaba despeinado y su postura, con los pulgares en los bolsillos del pantalón, era completamente relajada, sin nada de pose.

Cuando sintió un escalofrío de deseo, Aeris no hizo nada por reprimirlo. Dio el primer paso.

—Sólo he tomado una copa de champán, no estoy nada afectada, pienso con claridad y mis reflejos son perfectos.

Él se volvió para mirarla.

—Como sheriff, me alegro de saberlo.

Ella, sin dejar de mirarlo, sacó las llaves del bolsillo y las sostuvo en el aire.

—Acompáñame a casa. Tú conduces.

El brillo de los ojos de Zack se hizo tan pene­trante como una cuchilla de afeitar.

—No voy a preguntarte si estás segura —to­mó las llaves—. Te diré solamente que entres en el coche.

Aeris notó que le flaqueaban las rodillas, pero fue a la puerta y se montó en el coche mientras él se colocaba detrás del volante. Cuando la atrajo hacia sí y la besó en la boca impetuosamente, ella se olvidó del temblor de las piernas e hizo todo lo posible por subirse a su regazo.

—Espera, espera. Por Dios.

Giró la llave y el motor se puso en marcha en­tre quejidos. Zack condujo hasta un cambio de sentido, sin que el coche dejara de hacer extraños ruidos. Aeris se rió nerviosamente.

—Si este cacharro se para antes de que llegue­mos, tendremos que ir corriendo. Zack… —ella se quitó el cinturón de seguridad y se estiró para morderle la oreja—. Me siento como si fuera a explotar.

— ¿Te había dicho alguna vez que siento una de­bilidad especial por las mujeres con chalecos negros?

—No. ¿Lo dices en serio?

—Me he dado cuenta hoy.

Él alargó el brazo, la agarró del chaleco y vol­vió a atraerla hacia sí. Distraído, como era de esperar, tomó la curva demasiado cerrada y chocó las ruedas contra el bordillo.

—Un minuto —jadeó Zack—. Sólo un minuto más.

Se paró delante de la casa de Aeris entre el chi­rrido de los frenos. Consiguió apagar el motor a duras penas y volvió a abrazarla. La tumbó sobre su regazo, la besó y dejó que sus manos hicieran lo que quisieran con ella.

Aeris se sintió invadida por el deseo, ardiente y bien recibido. Se dejó llevar por él, le tiró de la chaqueta y se estremeció al sentir el roce áspero de sus manos sobre la piel.

—Vamos —Zack se sentía tan excitado e impa­ciente como un adolescente, y tan torpe que no podía abrir la puerta del coche—. Tenemos que entrar en casa.

La arrastró fuera con la respiración entrecorta­da, mientras seguían luchando cada uno con la ropa del otro. Se tropezaron y él perdió los botones de la camisa. No le importó: él sólo escuchaba la risa feliz de ella mientras intentaba que los dos lle­garan a la casa.

— ¡Me encantan tus manos! Quiero sentirlas por todo mi cuerpo.

—Ya me ocuparé de eso. Maldita sea ¿qué le pasa a la puerta? —se abrió de golpe cuando él descargó toda su impotencia sobre ella en un em­pujón.

Los dos acabaron en el suelo con medio cuer­po dentro de la casa y medio fuera.

—Aquí mismo. Aquí mismo —repitió Aeris co­mo una letanía mientras intentaba desabrocharle el cinturón.

—Espera. Déjame... cerrar... —consiguió darse la vuelta en el suelo y cerrar la puerta de una patada.

La habitación era un juego de sombras y luz de luna. El suelo era duro como una piedra. Ninguno de los dos lo notó mientras se arrancaban la ropa, se abrazaban y rodaban. Zack vislumbró imágenes bellas y eróticas de una piel pálida, unas formas suaves, unas líneas delicadas.

Él quería mirar. Quería revolcarse. Tenía que tomarla.

Cuando la camisa de ella se frenó en los puños cerrados, él desistió, sucumbió y bajó la boca hasta los pechos. Vibraba debajo de él como un volcán al borde de la erupción; sentía destellos de un calor abrasador y un anhelo punzante.

Ella se arqueó, más como exigencia que como ofrenda, y le clavó las uñas en la espalda. El mundo giraba más deprisa cada vez, como si fuera montada en un carrusel sin control y lo único que la atara al suelo fuera el fabuloso peso de él sobre ella.

El se dejó llevar y se olvidó de todo. Só­lo existía una pasión desbordada. Ella se aferraba a su cuerpo con un abrazo ardiente y húmedo y él notaba que se tensaba como un arco justo antes de dejar escapar un grito triunfal.

El clímax de ella lo desbordó como un éxtasis.

El placer la inundó como un torrente, le ahogó los sentidos y le anegó la razón. Aeris, sin freno de ningún tipo, lo rodeó con todo su cuerpo y se ciñó a él para arrastrarlo consigo.

Y ese júbilo en estado puro lo llevó al límite.

Continuara...

¿No son completamente adorables? Me encanta esta pareja!!!!!

acuerdense mientras mas reviews dejan mas rapido subo capitulo

Pórtense mal, cuídense muuuuuuuy bien
matta ne