¡Quien estuviera enamorado! En serio gente, me encanta el amor de estos dos chicos, por eso me encanta hacer este fic. Ya saben, ni la historia ni los personajes me pertenecen, bla,bla,bla... Y no olviden dejar review!!! Domo arigato.

ATENCION ESTE CAPITULO CONTIENE ALGO DE LEMON, ASI KE YA SABEN...


Bailando en el Aire.

Trece

Las últimas semanas del verano pasaron en un suspiro. Los días estuvieron llenos de trabajo, de planes para los encargos que había conseguido y de propuestas nuevas. Cuando cambiara el tiempo, el negocio perdería a los veraneantes. Aeris decidió que sería una hormiguita y que se prepararía para el invierno.

La reclamaban para las fiestas de verano, para reuniones de fin de semana, o para excursiones en barco. Los habitantes de la isla empezaban a acostumbrarse a llamarla para cualquier acontecimiento, grande o pequeño, y ya comenzaba a resultar extraño que no lo hicieran.

Pasaba casi todas las noches con Zack. Aprove­chaban los últimos calores con cenas en el porche a la luz de las velas, navegando y sintiendo el fres­cor del mar y haciendo el amor larga y lujuriosamente en el acogedor nido de su cama.

Una vez encendió velas rojas para la pasión. Funcionaron extraordinariamente bien.

Por lo menos un par de tardes a la semana tra­bajaba con Tifa en lo que consideraba sus lecciones de rituales. Y de madrugada se ponía a preparar bollos y pasteles en la cocina.

Se sentía rodeada por la vida que siempre ha­bía querido. Tenía una energía en su interior que fluía como la plata. Y un amor que resplandecía con la calidez del oro.

Había momentos en los que sorprendía a Zack observándola en silencio, pacientemente. Con una mirada expectante. Cada vez que eso ocurría, nota­ba una puntada de remordimiento, una oleada de intranquilidad. Y defraudaba a los dos cada vez que tomaba el camino más cómodo y cerraba los ojos.

Sin embargo, podía racionalizarlo. Era feliz y tenía derecho a un momento de tranquilidad y placer. Sólo un año antes, había arriesgado su vida, la habría perdido antes de vivir atrapada y con miedo.

Había estado sola durante los meses siguientes, de un lado a otro y siempre atenta a cualquier rui­do. Se despertaba todas las noches empapada de sudor por culpa de sueños a los que no podía hacer frente.

Si había decidido meter esos tiempos en una caja y tirar la llave ¿quién podría reprochárselo?

Lo importante era vivir el presente y ella le da­ba a Zack todo lo que podía en ese momento.

A medida que el verano daba paso al otoño, Aeris se iba convenciendo más de todo eso y de la seguridad de su refugio en Tres Hermanas.

Un día salió de la oficina de correos y se dirigió hacia el mercado por la calle principal con el último catálogo de cocinas y el último número de Saveur debajo del brazo. Los veraneantes habían dejado su sitio a turistas que deseaban ver el follaje otoñal de Nueva Inglaterra en todo su esplendor.

No le extrañaba. La isla estaba cubierta por un mosaico de colores llameantes. Todas las mañanas, observaba los cambios desde la ventana de la coci­na y soñaba con sus propios bosques mientras las hojas se llenaban de fuego. A veces bajaba a la pla­ya por la tarde para ver el lento avance de la niebla que entraba en el mar, cubría las boyas y amorti­guaba los largos y monótonos sonidos metálicos.

Por las mañanas, una escarcha fina y cristalina resplandecía en el suelo hasta que el sol acababa por convertirla en gotas sobre la hierba como lá­grimas sobre las pestañas.

Las lluvias barrían la isla y azotaban las playas y los acantilados; cuando pasaban le parecía que todo adquiría un brillo como si estuviera cubierto por una campana de cristal.

Y ella estaba bajo esa campana. Segura y a salvo del mundo que acechaba al otro lado del mar.

Cubierta por el jersey que la protegía del vien­to, iba saludando con la mano a los conocidos; se detuvo un instante en el cruce para ver si venían coches y caminó despreocupadamente hacia el mercado para comprar las chuletas de cerdo que pensaba hacer de comida.

Daisy Stevens, que visitaba la isla con su ma­rido Donald, dio un grito de sorpresa y bajó la ventanilla del BMW alquilado.

—No voy a parar en ninguna tienda, Daisy, me da igual lo típicas que sean. Antes tengo que encontrar un sitio para aparcar.

—He visto un fantasma —la mujer se dejó caer en el asiento con una mano sobre el corazón.

—Daisy, aquí hay brujas, no fantasmas.

—No, no, Donald. ¡Aerith Faremis! La mujer de Sephiroth Faremis. Te juro que acabo de ver su fantasma.

—No sé a santo de qué iba a venir hasta aquí para aparecerse a alguien. Ni siquiera puedo en­contrar aparcamiento.

—No es una broma. Esa mujer era idéntica salvo por la ropa y el pelo. Aerith no se habría puesto ni muerta un jersey tan espantoso —Daisy alargó el cuello para no perder de vista el merca­do—. Para, Donald. Tengo que volver y verla de cerca.

—En cuanto encuentre un sitio para aparcar.

—Era idéntica —repitió Daisy—. Qué extra­ño, me ha dado un vuelco al corazón. Pobre Aerith. Yo fui una de las últimas personas que habló con ella antes de ese terrible accidente.

—Y como dijiste un centenar de veces durante los seis meses siguientes, se precipitó con el coche por el acantilado.

—Esas cosas se te quedan grabadas —Daisy se puso muy erguida y levantó la barbilla—. Yo la apreciaba mucho. Ella y Sephiroth hacían una pareja fenomenal. Era joven y hermosa y tenía mucha vi­da por delante. Cuando ocurre algo tan trágico, te das cuenta de que la vida puede cambiar en cues­tión de segundos.

Para cuando Daisy consiguió arrastrar a su marido hasta el mercado, Aeris ya estaba vaciando la bolsa de verduras mientras intentaba decidir si pondría la ensalada de patatas rojas con couscous o con una nueva salsa picante que quería probar.

Decidió que lo decidiría más tarde y se puso a ojear el ejemplar de Saveur mientras la voz de Alanis Morissette salía del equipo de música que Zack había dejado en su casa.

Tomó una manzana de la cesta que había sobre la mesa, sacó la libreta y empezó a apuntar ideas que le había dado un artículo sobre las alcachofas.

Pasó a una crítica sobre vinos australianos y to­mó nota de los que parecían mejores.

El sonido de unos pasos no la asustó, muy al contrario le produjo una sensación muy agradable ver a Zack que se acercaba.

— ¿No es un poco pronto para que el defensor de la ley y el orden dé por terminada su jornada?

—Le he cambiado el turno a Yuffie.

— ¿Qué hay en esa caja?

—Un regalo.

— ¿Para mí?

Dejó a un lado la libreta, se levantó y se acercó a toda prisa a la encimera. Se quedó boquiabierta. Se sintió invadida de amor y gratitud.

—Un robot de cocina. De la gama alta —acarició la caja como otras mujeres podrían haber acariciado un visón—. Dios mío.

—Según mi madre, si un hombre regala a una mujer algo que pueda enchufarse, será mejor que esté al día del pago de su seguro de vida. Pe­ro no creo que la regla pueda aplicarse en este caso.

—Es el mejor del mercado. Lo que he querido toda mi vida.

—Me he fijado en que se te caía la baba cuan­do lo veías en el catálogo —Aeris se abalanzó sobre él y le cubrió la cara de besos.

—Supongo que no necesitaré ese seguro de vida.

—Me encanta, me encanta, me encanta —re­mató sus palabras con un beso largo y sonoro y se volvió hacia la caja-—. Pero es increíblemente caro. No debería consentir que me hicieras un regalo tan caro porque sí. Pero lo permitiré porque no soportaría la idea de no tenerlo.

—Es de mala educación devolver un regalo y, además, no es porque sí. Me he adelantado un día, pero no creo que importe. Feliz cumpleaños.

—Mi cumpleaños es en abril, pero no voy a discutir porque...

Se detuvo. Notó que las sienes le palpitaban como si fueran a estallar. El cumpleaños de Aerith Faremis era en abril. Todos los documentos de­cían claramente que Aeris Gainsborough había nacido el diecinueve de septiembre.

—No sé en qué estaba pensando. Se me ha ido la cabeza —se secó nerviosamente las manos en los vaqueros—. He estado tan ocupada que se me ha­bía olvidado mi cumpleaños.

Para Zack se evaporó todo el placer de haberle hecho el regalo y sintió un nudo de amargura en el estómago.

—No hagas eso. Una cosa es que te guardes las cosas, pero mentirme a la cara es muy distinto.

—Lo siento —se mordió el labio llena de ver­güenza.

—Yo también —levantó la barbilla de Aeris pa­ra que lo mirara—. He estado esperando a que dieras el paso, Aeris, pero no lo has hecho. Duer­mes conmigo y me cuentas muchas cosas. Me ha­blas de lo que piensas hacer mañana y escuchas cuando yo te cuento algo. Pero no hay un pasado.

Había intentado no hacer hincapié en eso, convencerse, como había intentado convencer a Yuffie, de que no tenía importancia. Pero no po­día fingir cuando acababa de presentarse como una bofetada.

—Me dejaste entrar en tu vida desde que pu­siste un pie en la isla.

Era cierto, completamente cierto. No tenía sentido negarlo.

—Para mí la vida empezó en ese momento —se defendió Aeris—. Nada de lo que ocurriera antes tiene importancia ya.

—Si no la tuviera, no habrías tenido que men­tirme.

Aeris notó que el pánico estaba a punto de apo­derarse de ella. Replicó con un ataque de genio.

— ¿Qué más da si mi cumpleaños es mañana o dentro de un mes o fue hace seis meses?¿Por qué tiene que importar?

—Lo que importa es que no confías en mí. Me cuesta darme cuenta, Aeris, porque estoy enamora­do de ti.

—Zack, no puedes...

—Estoy enamorado de ti —repitió mientras la sujetaba de los brazos para que no se moviera—. Y lo sabes.

Naturalmente, eso también era del todo cierto.

—Pero yo no sé qué puedo hacer al respecto. No sé qué hacer con lo que siento por ti. No es tan fácil confiarte eso. Para mí no es fácil.

—Quieres que lo acepte, pero no quieres de­cirme por qué es tan difícil. Sé justa, Aeris.

—No puedo —una lágrima rodó por su meji­lla—. Lo siento.

Zack la soltó y se fue.

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Llamar a la puerta de Zack fue una de las cosas que más le había costado hacer en su vida. Llevaba mucho tiempo evitando la ira y en ese momento tendría que enfrentarse a ella con muy pocas de­fensas. Era una situación que había creado ella y que sólo ella podía solucionar.

Fue a la puerta principal porque le pareció más correcto que atravesar la playa y entrar por la puerta de atrás. Antes de llamar, pasó el dedo por la turquesa que se había guardado en el bolsillo pa­ra que le ayudara a expresarse.

No estaba convencida de que esas cosas funcio­naran, pero tampoco podía empeorar la situación.

Levantó la mano y se maldijo a sí misma mien­tras volvía a bajarla. Había una mecedora en el porche y un tiesto con unos geranios quemados por el frío que tenían un aspecto lamentable. De­seó haberlos visto antes de que cambiara el tiempo para decirle a Zack que los metiera dentro.

Ya estaba mareando la perdiz otra vez.

Sacó pecho y llamó.

Sintió una mezcla de alivio y tristeza cuando nadie contestó. Sin embargo, la puerta se abrió de golpe justo cuando se había dado la vuelta para marcharse.

Yuffie apareció con leotardos y una camiseta mojada de sudor entre los pechos. Miró a Aeris con ojos gélidos y se apoyó en el marco de la puerta.

—No estaba segura de que hubieran llamado. Estaba haciendo pesas y tenía la música puesta.

—Quería hablar con Zack.

—Claro, me lo imaginaba. Lo has jodido bien. Cuesta conseguirlo. Yo tengo años de práctica, pe­ro tú debes tener un talento innato.

Aeris se metió la mano en el bolsillo y acarició la piedra. Tendría que atravesar ese escudo para llegar a su objetivo.

—Sé que está enfadado conmigo y tiene todo el derecho a estarlo. Pero ¿no tengo yo derecho a disculparme?

—Claro, pero si empiezas con los lloriqueos y los numeritos me tocarás las narices y yo soy mucho más perra que Zack.

—No tengo intención de llorar ni de montar un numerito —Aeris notó que le hervía la sangre mientras daba un paso adelante—. Y no creo que Zack te agradezca que te metas en medio. Yo desde luego no lo hago.

—Mejor para ti —Yuffie, satisfecha, se apartó para dejar pasar a Aeris—. Está en el porche de arriba mirando por el telescopio y bebiendo una cerveza. Pero antes de que subas y le digas algo, quiero decirte una cosa. Él podía haber visto tu historial y sacar conclusiones, yo lo habría hecho, pero él tiene sus principios y no lo hizo.

Los remordimientos que sentía desde que salió de su casa aumentaron un poco.

—Zack lo habría considerado una grosería.

—De acuerdo. A mí no me importa ser grose­ra. De modo que arréglate con él o te las verás conmigo.

—Entendido.

—Me caes bien y respeto a quienes trabajan de firme. Pero cuando alguien se mete con un Grimore, lo paga. Creo que es justo que te avise —Yuffie se dio la vuelta hacia la escalera que subía al segundo piso.—Ponte una cerveza cuando pases por la coci­na. Yo tengo que terminar mis series.

Aeris no se puso la cerveza, pero le habría en­cantado un buen vaso de agua helada para apagar el fuego que notaba en la garganta.

Cruzó la sala agradablemente desordenada y la destartalada cocina y subió las escaleras exteriores que llevaban al porche.

Zack estaba sentado en una butaca grande de un color gris desteñido por el tiempo pasado en la intemperie, tenía una botella de cerveza entre los muslos y el telescopio apuntaba hacia las estrellas. Sabía que ella estaba allí, pero no dio señales de haberse dado cuenta.

Aeris olía a melocotón y nervios.

—Estás enfadado conmigo y me lo merezco, pe­ro eres demasiado justo como para no escucharme.

—Quizá mañana haya recuperado mi sentido de la justicia, harías bien en esperar.

—Correré el riesgo —se preguntaba si Zack sabría cuánto significaba para ella el arriesgarse, cuánto significaba él—. He mentido. He mentido a menudo y lo he hecho bien, y volvería a hacerlo. Tenía que elegir entre la sinceridad o la supervi­vencia. Y tengo que seguir haciéndolo, de modo que no voy a decirte todo lo que deberías saber. Todo lo que mereces saber. Lo siento.

—Si dos personas no confían la una en la otra, no tienen nada que hacer juntas.

—Para ti es fácil decirlo, Zack.

Se acercó a él justo cuando desvió la mirada ha­cia ella y la abrasó con su calidez. El corazón le pal­pitaba desbocado. No temía que fuera a golpearla, pero sí que no quisiera volver a tocarla.

—Es muy fácil —continuó Aeris—. Tú tienes un sitio aquí. Lo has tenido siempre y no tienes que cuestionarlo ni luchar por él.

—Si tengo ese sitio —replicó Zack con tono cuidadoso y mesurado—, es porque me lo he ga­nado. Como todo el mundo.

—Es distinto. Tú empezaste con una base sóli­da y construiste sobre ella. Todos estos meses yo he trabajado para ganarme un sitio aquí. Lo he ga­nado, pero es distinto.

—De acuerdo, quizá lo sea. Pero los dos empe­zamos teniendo el mismo punto de vista en lo que se refiere a lo que estábamos construyendo juntos.

«Estábamos construyendo», pensó ella, no «es­tamos construyendo». Así estaban las cosas. Podía quedarse donde estaba, mantener su punto de vista, o dar el primer paso para superarlo. Decidió que no era más difícil que arrojarse por un acantilado.

—Pasé tres años con un hombre, con un hom­bre que me hacía daño. No sólo por las bofetadas y los golpes. Esas marcas duran poco. Pero otras du­ran más —tuvo que soltar aire para rebajar la pre­sión en el pecho—. Machacaba sistemáticamente mi confianza en mí misma, mi autoestima, mi valor y mi criterio, y lo hacía con tal habilidad que no me enteré hasta que me fui. No es fácil recomponer todo eso y sigo intentándolo. Ni lo ha sido venir aquí, he tenido que hacer acopio de todo mi valor para llegar hasta tu casa esta noche. No debería ha­berme liado contigo, e intenté no hacerlo. Pero hu­bo algo en el hecho de estar en la isla y de estar contigo que hizo que me sintiera normal otra vez.

—Eso es un principio sensacional para un dis­curso. ¿Por qué no te sientas y te limitas a hablar conmigo?

—Hice lo que tenía que hacer para alejarme de ese hombre. No voy a pedir disculpas por haberlo hecho.

—No te pido que lo hagas.

—No voy a entrar en detalles —se dio la vuel­ta, se apoyó en la barandilla y miró al mar, negro como la noche—. Te diré sólo que era como vivir en un agujero que cada vez se hacía más profundo y más frío. Cada vez que intentaba salir, él estaba esperándome.

—Pero encontraste una salida.

—Y no volveré. No volveré, sea lo que sea lo que tenga que hacer y a donde tenga que ir. He mentido y he engañado. He infringido la ley. Y te he hecho daño —se volvió—. Sólo lamento lo último.

Lo dijo desafiantemente, casi con rabia, mien­tras se apoyaba de espaldas en la barandilla con los nudillos blancos por la fuerza con que apretaba los puños.

Zack pensó que en ella se mezclaban el terror y el valor.

— ¿Pensabas que no te entendería?

—Zack —levantó las manos y las dejó caer—. Yo misma sigo sin entenderlo. Yo no era un felpudo cuando le conocí, no era una víctima que esperaba que la explotaran. Provenía de una familia sólida y estable, que funcionaba como cualquier familia. Era independiente, tenía una formación y ayudaba a lle­var un próspero negocio. Ya había tenido mis histo­rias con otros hombres, nada serio de verdad, pero relaciones normales y sanas. Hasta que me encontré siendo manipulada y maltratada. Y atrapada.

Él se acordó de cuando ella se derrumbó en la cocina del café.

— ¿Por qué sigues culpándote de eso?

La pregunta rompió el hilo de su discurso. Du­rante un instante, Aeris sólo pudo mirarlo sorpren­dida.

—No lo sé —avanzó hasta sentarse en la buta­ca que había junto a él.

—Sería un buen paso dejar de hacerlo —lo dijo tranquilamente, antes de dar un sorbo de cerveza. Todavía tenía pozos de rencor contra Aeris, pero odiaba de verdad a ese hombre, al ente sin rostro ni nombre, que la había dejado marcada. Pensó que quizá más tarde podría desfogarse con el saco de entrenamiento de Yuffie.

— ¿Por qué no me hablas de tu familia? —le propuso mientras le ofrecía la cerveza—. Tú ya sa­bes que mi madre no sabe cocinar nada que me­rezca la pena y que a mi padre le gusta sacar fotos con su juguete nuevo. Sabes que se criaron en la is­la, que se casaron y que tuvieron un par de hijos. Ya conoces a mi hermana.

—Mi padre estaba en el ejército. Era teniente coronel.

—Te has criado en un cuartel —rechazó la cer­veza con un gesto de la cabeza y él le dio otro sor­bo—. Habrás conocido mundo ¿no?

—Sí, fuimos de un lado a otro. Siempre le gus­tó que le asignaran nuevos destinos, tener algo dis­tinto entre manos, supongo. Era un buen hombre, muy equilibrado y con una sonrisa muy cariñosa. Le gustaban las películas de los hermanos Marx.

La pena le formó un nudo en la garganta que no le dejaba hablar, pero prosiguió:

—Murió hace tanto tiempo que no puedo en­tender que siga pareciéndome que fue ayer.

—Cuando quieres a alguien, se queda para siem­pre. Yo todavía me acuerdo de mi abuela de vez en cuando —Zack tomó la mano de Aeris y la sujetó suavemente—. Cuando lo hago, todavía puedo oler­la. Olía a agua de lavanda y a menta. Murió cuan­do yo tenía catorce años.

¿Cómo podía entenderla y hacerlo con tanta precisión? Pensó que ésa era la magia de Zack.

—Mi padre murió en la Guerra del Golfo. Yo creía que era invencible. Siempre lo parecía, todo el mundo dijo que era un buen soldado, pero yo lo re­cuerdo como un buen padre. Siempre escuchaba to­do lo que tuviera que contarle. Era justo y sincero y tenía su código de honor, uno propio que era más im­portante que todas las normas y reglamentos. Él... Dios mío —volvió la cabeza para observar la cara de Zack—. Acabo de darme cuenta de cuánto te pareces a él. Él te habría dado su aprobación, sheriff Grimore.

—Siento no haber tenido la oportunidad de conocerlo —giró el telescopio hacia ella—. ¿Por qué no miras a ver qué hay por allí arriba?

Aeris bajó la cabeza hacia el visor y miró las es­trellas.

— ¿Me has perdonado?

—Digamos que hemos avanzado un poco.

—Me alegro. Si no, Yuffie iba a darme una pa­liza.

—Y da unas buenas palizas.

—Ella te adora. Yo siempre quise tener una hermana. Mi madre y yo estábamos muy unidas y creo que nos unimos más cuando murió mi padre. Pero yo siempre quise una hermana. Te habría gustado mi madre. Era dura, lista y divertida. Em­pezó su negocio de cero cuando se quedó viuda. Y consiguió sacarlo adelante.

—Me recuerda a alguien que conozco.

Aeris esbozó una sonrisa.

—Mi padre decía siempre que yo era igual que ella. Zack, lo que soy ahora es lo que era entonces. La aberración fueron los tres años intermedios. Tú no reconocerías a la persona que llegué a ser durante ese tiempo perdido. Ni siquiera yo soy ca­paz de hacerlo.

—Quizá hayas tenido que pasar por eso para ser lo que eres ahora.

—Quizá — se le empañaron los ojos y la luz del telescopio se hizo borrosa—. Siento como si siempre hubiera estado dirigida hacia aquí. To­dos los sitios por los que he pasado... Miraba a mi alrededor y pensaba que ése no era el sitio, que no había llegado todavía. Sin embargo, lo tuve muy claro el día que me monté en el trasbordador y vi la isla flotando sobre el mar. Éste es mi destino final.

Zack levantó las manos que tenían entrelaza­das y besó el dorso de las manos de Aeris.

—Yo lo supe el día que te vi detrás de la barra.

La emoción le subió por el brazo y le llegó di­rectamente al corazón.

—Tengo todo un historial, Zack lleno de complicaciones. Más de las que puedo decirte. Me preocupo por tí más de lo que nunca pensé que pudiera llegar a hacer por nadie. No quiero complicarte la vida con mis problemas.

—Aeris, ya es demasiado tarde para preocupar­se por eso. Estoy enamorado de ti.

Ella sintió otro estremecimiento.

—Hay demasiadas cosas que no sabes y cual­quiera de ellas podría hacer que cambiaras de idea.

—No tienes muy en cuenta mis recursos.

—Sí, claro que sí. Está bien, dejémoslo así —se soltó la mano y se levantó. Afrontaba mejor las cri­sis cuando estaba de pie—. Hay otra cosa que quiero decirte, y no espero que lo entiendas ni que lo aceptes.

—Eres cleptómana.

—No.

—Eres agente de un grupo clandestino.

Aquello consiguió hacerle reír.

—No, Zack...

—Espera, ya lo sé. Eres una de esas fanáticas de Star Trek que se sabe todos los diálogos de memoria.

—No, sólo los de la primera parte.

—Bueno, eso es admisible. De acuerdo, me doy por vencido.

—Soy una bruja.

—Ah, bueno, eso ya lo sabía.

—No lo digo como un eufemismo de mi per­sonalidad —explicó con impaciencia—. Lo digo literalmente: Conjuros, encantamientos y todas esas cosas. Una bruja.

—Ya, me di cuenta el día que bailabas desnuda y resplandecías como una vela. Aeris, he vivido en Tres Hermanas toda mi vida. ¿Esperas que me sor­prenda o que cruce los dedos para alejar al diablo?

Aeris frunció el ceño. No sabía si sentirse ali­viada o decepcionada por su reacción.

—Esperaba que te quedaras más sorprendido.

—Lo estuve en una época —reconoció Zack—, pero vivir con Yuffie rebajó la impresión. Naturalmente, ella no tiene ninguna relación con esas cosas desde hace tiempo. Quizá me fastidiaría un poco si me dijeras que me habías hecho un conju­ro de amor.

—Desde luego que no. Ni siquiera habría sabi­do cómo hacerlo. Estoy... aprendiendo

—Entonces, eres una aprendiz de bruja —los dos se rieron y él se levantó—. Supongo que Tifa te meterá pronto en el redil.

¿Es que aquel hombre no se sorprendía por nada?

—Hace un par de noches, invoqué a la luna.

— ¿Qué quieres decir con eso? No, déjalo, da igual. No tengo mucha cabeza para lo metafísico. Soy un hombre sencillo, Aeris.

Le pasó las manos por los brazos de esa forma tan suya que la excitaba y calmaba a la vez.

—No, no lo eres.

—Lo suficientemente sencillo como para saber que estoy a solas con una mujer hermosa desperdi­ciando la luz de la luna.

Acercó su boca a la de ella y la besó generosa­mente.

Cuando Aeris, rendida, dejó caer la cabeza y le rodeó el cuello con los brazos, él la llevó hacia la puerta de cristal.

—Quiero llevarte a la cama. A mi cama. Quie­ro amarte; quiero a la niña que se crió en un cuar­tel y cuidó de su madre —abrió la puerta y entra­ron—. Te quiero.

Mientras se dejaban caer en la cama, Aeris pensó que allí estaba la verdad. Y la compasión. Él le daría todo eso, tanto como el deseo y el anhelo. Cuando Zack la tocó, la emoción, las ansias delicadas y flui­das, fueron bien recibidas. Por primera vez sintió satisfecha la necesidad que tenía de un hogar.

Ella se movió lenta y dulcemente al compás que le marcaba su amante. Se abrió libremente a él, entregándole su corazón tanto como su cuerpo. Su piel se estremecía con el simple roce de sus dedos. No pudo reprimir un suspiro por la prolon­gada tensión que sentía en su interior. Cuando las bocas volvieron a encontrarse, Aeris puso en aquel beso todo lo que tenía dentro. Le dio con el corazón todo lo que no podía darle con palabras. Le entregó su cuerpo.

Zack le recorrió los hombros con los labios y se maravilló de la firmeza de los músculos y de la delicadeza de los huesos. El sabor de aquella mujer le intoxicó, llegó a desear su aroma más que la si­guiente bocanada de aire.

La respiración de Aeris era un puro gemido; te­nía la piel húmeda y resbaladiza. Rodaron sobre la maraña de sábanas. Ella sentía una oleada de pasión abrasándole bajo la piel hasta que todo su cuerpo pareció un horno a punto de estallar.

—Zack...

—Todavía no, todavía no.

Él estaba a punto de enloquecer por el sabor de su carne, por el apremio de sus manos. El páli­do resplandor de la luna hacía que el cuerpo de aquella mujer pareciera irreal, como un mármol blanco que ardía de puro erotismo y brillaba con el sudor de la lujuria.

Zack la agarró con fuerza; los dedos le resbala­ban en las incansables caderas. Su sangre era un puro hervor y la cabeza un torrente. Por un ins­tante sólo pudo ver los ojos de Aeris, eran como llamas verdes, fulgurantes como piedras preciosas.

Zack se incorporó, la besó en el corazón y ex­plotó.


Continuara...

Las cosas se empiezan a poner difíciles… Pobre Aeris, tuvo su primera pelea fuerte con Zack, pero ya se arreglaron… por ahora, muajajaja XDDD

espero que me sigan dejando sus comentarios, y ya saben+ reviews+ rapido subo capitulo...

Ja ne