hola mis queridos lectores, como tan?, Aquí les traigo un nuevo capítulo recién sacadito del horno, espero lo disfruten, pues ya estamos llegando a la recta final. Espero ke me sigan apoyando ahora que está próximo el final Y.Y
Aquí aparecerá Sephiroth un poco más, quiero que lo odien bien y bonito. Estoy ansionsa por terminar el fic y seguir con la segunda parte de la triología. En cuanto a si Cloud aparecerá en los próximos fics… echense una vuelta por la nota del primer capítulo e inmediatamente lo sabrán XD...
Bailando en el Aire
Quince
Sephiroth Faremis deambulaba por las habitaciones palaciegas de su casa de Monterrey. Aburrido e inquieto, observaba sus pertenencias. Las había elegido todas con mucho cuidado, ya fuera personalmente o a través de un decorador que seguía sus instrucciones concretas.
Siempre había sabido con precisión lo que le gustaba y lo que quería. Siempre se había ocupado de conseguirlo. Al coste que fuera y con el esfuerzo que fuera necesario.
Todo lo que le rodeaba era un reflejo de su gusto, tan admirado por sus socios y sus colegas, y por cualquiera que quisiera entrar en cualquiera de esas categorías.
Pero a él todo aquello le disgustaba.
Pensó subastarlo. Podría donarlo a alguna buena causa de moda y conseguir un poco de buena prensa a la vez que se deshacía de cosas que ya no quería. Podría filtrar que se deshacía de esas cosas porque le recordaban dolorosamente a su difunta esposa.
Su adorada Aerith, perdida para siempre.
Pensó incluso en vender la casa. La realidad era que le recordaba a ella. En Los Angeles no tenía ese problema. Ella no había muerto en Los Angeles.
Desde el accidente iba muy pocas veces a Monterrey. No solía pasar más de un par de días y siempre iba solo. Por supuesto, no tenía en cuenta al servicio; para él los criados estaban en la misma categoría que los muebles: eran necesarios y tenían que ser eficientes.
La primera vez que volvió, el dolor lo desgarraba. Lloró como un desesperado tumbado sobre la cama que había compartido con ella, aferrado a su camisón, oliendo el aroma que desprendía.
El amor lo consumía y el dolor amenazaba con devorarlo vivo.
Ella le había pertenecido. Cuando pasó el tormento, deambuló por la casa como un espectro, tocó lo que ella había tocado, escuchó el eco de su voz, percibió un resto de su aroma por todas partes. Como si ella estuviera dentro de él.
Pasó una hora en el vestidor de su esposa y acarició toda su ropa. No se acordó de la noche que la encerró allí porque había llegado tarde a casa.
Se regodeó en su recuerdo y cuando no pudo soportar más estar en la casa, fue en coche hasta el lugar del accidente. Y estuvo llorando al borde del acantilado.
El médico le recetó algunos medicamentos y descanso. Los amigos le arroparon con compasión.
Empezó a disfrutar con todo eso.
Al cabo de un mes, ya había olvidado que le había insistido a Aerith para que fuera a Big Sur ese día. Consiguió auto convencerse de que él le había insistido en que no fuera, que se quedara en casa y descansara hasta que se encontrara bien.
Naturalmente, ella no le hizo caso. Nunca le hacía caso.
El dolor dio paso a la ira, una rabia que lo dominaba y que intentaba mitigar con alcohol y soledad. Aerith lo había traicionado al salir en contra de su voluntad, al empeñarse en asistir a esas fiestas frívolas en vez de respetar los deseos de su marido.
Ella lo había dejado imperdonablemente solo.
Pero también pasó la rabia. Llenó ese vacío con una fantasía que se hizo sobre su matrimonio y sobre él mismo. Oyó que la gente hablaba de ellos como de una pareja perfecta a la que la tragedia había separado.
Lo leyó, pensó en ello. Lo creyó.
Llevaba uno de sus pendientes colgado de una cadena junto al corazón y consiguió que el medio de comunicación adecuado se enterara de aquel detalle. Se decía que Clark Gable había hecho lo mismo cuando perdió a Carol Lombard.
Conservó la ropa de ella en los armarios, sus libros en las estanterías y sus perfumes en los frascos. Erigió un ángel de mármol en la tumba vacía; todas las semanas, recibía una docena de rosas rojas a sus pies.
Se concentró en el trabajo para conservar la cordura. Consiguió volver a dormir sin soñar que Aerith volvía con él. Poco a poco, ante la insistencia de sus amigos, empezó a hacer vida social. Pero no le interesaban las mujeres que querían consolar al viudo; salía con ellas sólo porque era una forma de que la prensa no le olvidara. Se acostó con algunas sólo porque si no hablarían de él en términos poco halagadores.
El sexo no le había apasionado nunca. El dominio sí.
No se había planteado volver a casarse. No habría otra Aerith. Estaban destinados el uno al otro. Ella estaba hecha para él, para que él la moldeara, le diera forma. A veces había tenido que castigarla, pero la disciplina era parte de la formación. Él había tenido que enseñarla.
Al final, durante las últimas semanas que pasaron juntos, Sephiroth había llegado a creer que por fin había aprendido. Era rara la vez que cometía un error en público o en privado. Se había sometido a él como una mujer debía someterse a su marido y él le había dejado claro que estaba satisfecho con ella.
Recordaba, o se había convencido de que recordaba, que había estado a punto de recompensarla con un viaje a Antigua. Ella, su Aerith, estaba fascinada con el océano y le había confiado durante aquellas primeras semanas embriagadoras de amor y descubrimientos que a veces soñaba con vivir en una isla.
Al final, el mar se la había llevado.
Notó que la depresión se apoderaba de él como una niebla espesa y se sirvió un vaso de agua mineral para tomarse la pastilla.
En uno de sus bruscos cambios de humor decidió que no vendería la casa. Volvería a abrirla. Daría una de esas fiestas tan lujosas para invitados selectos en las que Aerith había actuado de anfitriona tantas veces y con tanto éxito.
Se sentiría como si ella estuviera a su lado, que era donde tenía que estar.
Sonó el teléfono, pero él no hizo caso y siguió de pie mientras acariciaba la joya de oro a través de la camisa de lino.
— ¿Señor? Le llama la señora Reece. Le gustaría hablar con usted si no está ocupado.
Sephiroth, sin decir nada, alargó el brazo para que le entregaran el teléfono inalámbrico. Ni siquiera miró a la doncella uniformada que se lo entregó; abrió la puerta corredera y salió a la terraza para hablar con su hermana.
— ¿Scarlett?
—Sephiroth, me alegro de encontrarte. A mi esposo y a mí nos encantaría que vinieras con nosotros al club esta tarde. Podemos jugar al tenis y comer en la piscina. Ya hace unos días que no te veo.
Él empezó a pensar en alguna excusa. El círculo de amistades de su hermana en el club no le interesaba casi nada. Pero recapacitó pronto ya que sabía lo bien que organizaba Scarlett las fiestas. Y lo mucho que ella deseaba librarlo del engorro de los detalles.
—Me parece muy bien. Además, quiero hablar contigo —miró su rolex—. Nos veremos allí, a las once y media.
—Sensacional. Prepárate. He practicado el revés.
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Tenía perdido el partido. Scarlett había roto su servicio otra vez y hacía cabriolas por la pista con su conjunto de tenis de última moda. Naturalmente, ella podía perder el tiempo cualquier maldito día de la semana practicando con un profesor mientras el capullo de su marido se dedicaba a jugar al golf.
Sephiroth, en cambio, era un hombre ocupado con un trabajo que le exigía mucho y con clientes poderosos que lloriqueaban como bebés si no les prestaba toda su atención.
Él no tenía tiempo para juegos estúpidos.
Lanzó una bola con toda su fuerza sobre la red y rechinó audiblemente los dientes cuando Scarlett se estiró y la devolvió. Sudoroso, corrió con un gesto de crispación en la boca.
Era un gesto que Aerith habría reconocido, y temido. Scarlett lo reconoció también y falló la jugada.
—Vas a matarme —gritó ella mientras volvía a su sitio lentamente.
Pensó que Sephiroth siempre había sido muy temperamental. Le costaba no ganar, no salirse con la suya. Le había pasado siempre. De niño, reaccionaba de dos maneras: con un silencio gélido que podía traspasar el acero o con una explosión de violencia.
Su madre siempre le decía que ella era mayor, y que tenía que ser una buena hermana y dejarle ganar.
Tenía tan asimilada esa costumbre que casi no tuvo que meditar la decisión de fallar el golpe siguiente. Además, la tarde sería mucho más agradable si él ganaba. No merecía la pena provocar una situación incómoda por un simple partido de tenis. Scarlett se tragó su espíritu competitivo y acabó perdiendo el juego.
La expresión de Sephiroth cambió casi al instante.
—Has jugado muy bien, Sephiroth. Nunca llegaré a tu altura.
Le sonrió mientras se preparaban para el siguiente set. A los chicos les espanta perder contra las chicas, era otra de las enseñanzas de su madre. ¿Y cuando esos chicos se convertían en hombres?
Sephiroth se puso de un humor espléndido cuando terminó ganando el partido. Se encontraba sobrado de fuerzas, ágil y cariñoso. Le pasó un brazo por los hombros y le besó la mejilla.
—Tienes que perfeccionar tu revés todavía.
Scarlett sintió un brote de irritación en la garganta que se tragó inmediatamente.
—El tuyo es imparable —dijo mientras recogía la bolsa—. Y como me has humillado, te toca pagar la comida. Quedamos en la terraza. Treinta minutos.
Scarlett se hizo esperar, era una molestia mínima. Cuando apareció, a Sephiroth le complació mucho lo atractiva que estaba, su magnífica presencia.
Detestaba que una mujer fuera mal vestida o peinada y su hermana no le defraudaba nunca.
Era cuatro años mayor que él, pero podía pasar por una mujer de treinta y cinco. Tenía el cutis cuidado y firme, el pelo liso y lustroso y la figura esbelta.
Se sentó a su lado debajo de una sombrilla.
—Voy a consolarme con un cóctel de champán —cruzó las piernas enfundadas en seda salvaje—. Entre eso y que estoy con el hombre más atractivo del club, mi humor mejorará inmediatamente.
—Yo estaba pensando en lo guapa que es mi hermana.
A ella se le iluminó la cara.
—Siempre dices las cosas más encantadoras.
Y era verdad... cuando ganaba. Scarlett se felicitó una vez más por haber tirado por la borda el partido.
—No esperemos a mi esposo —dijo mientras seguía sonriendo a su hermano—. Sabe Dios cuándo terminará.
Pidió un cóctel y una ensalada César y se quejó ruidosamente cuando su hermano pidió langostinos en salsa.
—Me fastidia muchísimo que tengas ese metabolismo. No engordas ni un gramo. Probaré un poco de tus langostinos y te maldeciré cuando mi entrenador personal me torture mañana.
—Con un poco de disciplina, Scarlett, mantendrías una buena figura sin necesidad de pagar a nadie para que te haga sudar.
—Créeme, se merece cada dólar que le doy. El muy sádico —se reclinó con un suspiro para protegerse del sol—. Dime, querido ¿de qué querías hablarme?
—Voy a dar una fiesta en la casa de Monterrey. Va siendo hora de...
—Sí —su hermana se inclinó hacia delante y le tomó las manos entre las suyas—. Sí, va siendo hora. Me alegro mucho de volver a verte bien, Sephiroth, de ver que haces planes. Has pasado una época espantosa.
Se le llenaron los ojos de lágrimas; le quería tanto, le importaban tanto sus sentimientos, que parpadeó sin preocuparse por el maquillaje.
A Sephiroth le horrorizaban las escenas en público
—Has empezado a salir adelante durante las últimas semanas. Eso es bueno. Es lo que Aerith hubiera deseado.
—Tienes razón, claro.
Apartó las manos mientras servían las bebidas.
A Sephiroth no le gustaba que le tocaran. Otra cosa era un contacto casual. En el mundo de los negocios, los abrazos o los besos eran una herramienta más. Pero detestaba que le acariciaran.
—No he organizado una buena reunión desde que pasó lo de Aerith. Sí algunas cosas de negocios, naturalmente, pero... Aerith y yo planeábamos todos los detalles de las fiestas juntos. Ella se ocupaba de muchas cosas, las invitaciones, el menú... todo sometido a mi aprobación, claro. Esperaba poder convencerte para que me ayudaras.
—Claro que lo haré. Sólo tienes que decirme lo que tienes pensado y para cuándo. La semana pasada fui a una fiesta muy glamorosa y divertida. Les robaré algunas ideas. La dieron Daisy y Donald. Daisy suele ser una pelmaza, pero sabe organizar una fiesta. Hablando de ella... creo que debería decirte... espero que no te enfades. Prefiero decírtelo yo antes de que lo oigas por ahí.
— ¿De qué se trata?
—Daisy ha estado cotilleando, ya la conoces.
Sephiroth apenas sabía de quién le estaba hablando.
— ¿Y?
—Ella y Donald se fueron de vacaciones al este hace un par de semanas. Primero fueron a Cape Cod, pero ella acabó convenciendo a Donald para que siguieran dando vueltas y alojándose en albergues, como nómadas. Asegura que mientras andaban por allí, visitando un pueblo u otro, vio a una mujer que se parecía a Aerith.
La mano de Sephiroth se crispó sobre el vaso.
— ¿Qué quieres decir?
—Me llevó a un rincón y no paró de darle vueltas. Decía que a primera vista le pareció un fantasma. Insistía tanto en que esa... aparición podía ser una doble de Aerith, que me preguntó si tenía una hermana. Le dije que no. Me imagino que vio de refilón una castaña delgada de la edad de Aerith y echó a volar la imaginación. Como no hace más que contarlo, no quería que te enteraras por ahí de un rumor que podía hacerte daño.
—Esa mujer es idiota.
—Bueno, la verdad es que tiene bastante imaginación —dijo Scarlett—. Bueno, asunto zanjado, dime cuánta gente tienes pensado invitar.
—Doscientos, doscientos cincuenta —respondió distraídamente—. ¿Dónde dice Daisy que vio a ese... fantasma?
—En una isla de la costa este. No estoy segura del nombre porque intentaba cambiar de conversación. Algo sobre unas hermanas. ¿De etiqueta o informal?
— ¿Cómo?
—La fiesta, querido. ¿De etiqueta o informal?
—De etiqueta —murmuró Sephiroth mientras dejaba que la voz de su hermana se convirtiera en algo parecido al zumbido de unas abejas.
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Gevurah vivía en una casa de madera de dos pisos a un par de manzanas de la calle principal. Tenía las contraventanas y el porche pintados de un rojo carmesí por lo que era fácil distinguirla de las de sus vecinos más conservadores. En el porche tenía un columpio con manchas y rayas de colores que recordaban a un cuadro de Jackson Pollock. En el estrecho camino de hierba había una bola morada y brillante que daba sombra a una gárgola en cuclillas que sacaba la lengua a todo el que pasara por allí.
Un dragón alado de un verde iridiscente coronaba el tejado como una veleta junto a una manga de aire decorada con el estampado más extravagante. En el corto camino de entrada estaban aparcados un sedán último modelo de un color negro muy discreto y el Volkswagen naranja fosforescente de 1971 de Gevurah. Un collar de cuentas para el amor, de la misma época, colgaba del retrovisor.
Aeris siguió las instrucciones y aparcó una casa más abajo. Cargando con la comida, fue hacia la puerta trasera y Gevurah abrió antes de que llamara.
—Te ayudaré —agarró a Aeris de debajo del codo y la metió dentro—. Los he mandado a dar un paseo y espero que no vuelvan antes de veinte minutos. O más, si tengo suerte. Syl ha sido una pesadilla desde que nació.
—Tu hermana.
—Mis padres aseguran que lo es, pero yo tengo mis dudas —Gevurah apoyó la cabeza en la caja en cuanto la dejaron en la encimera—. Me pone los pelos de punta pensar que puedo compartir la sangre con esa engreída, estrecha mental, estúpida y plasta. Soy dieciocho meses mayor, de modo que pasamos los años sesenta juntas y por el mismo camino. La diferencia es que ella tiene esa época en el baúl de los recuerdos, lo cual lo dice todo.
—Ah.
Aeris intentó imaginarse a Gevurah como una hippie sin ataduras, entregada al amor libre, y le pareció que tampoco era tan raro. Para la cena con su familia se había puesto una camiseta en la que se leía que tenía una pistola y estaba desbordada de estrógenos.
Aeris pensó que aquella era una buena advertencia.
—Mmm. A pesar de todo, es agradable que os juntéis de vez en cuando.
—Sólo viene una vez al año, alabado sea el Señor. Según el evangelio de Sylvia, una mujer no es una mujer si no tiene un marido e hijos, preside un comité de mierda y sabe cómo hacer un centro de mesa de emergencia con una cuerda, un trapo y una lata de atún vacía.
—Nosotras vamos a hacer algo más que eso —Aeris metió el asado en el horno para calentarlo—. He hecho la carne en su propia salsa, de modo que sólo tienes que echarla por encima y servirlo con los platos de acompañamiento. La ensalada de otoño es lo primero. Diles que dejen un hueco para la tarta de queso y calabaza.
—Se va a quedar boquiabierta —Gevurah se sirvió otra copa del vino que había abierto para pasar ese trago—. Estuve casada.
Lo dijo con tal rotundidad y tanta rabia que Aeris se volvió para mirarla.
—Ah...
—No sé por qué me empeñé en casarme. Yo no estaba embarazada ni nada por el estilo. Una estupidez. Supongo que lo hice para demostrar que todavía podía rebelarme. Era tan inútil como guapo: resultó que su idea del matrimonio era tener un sitio donde ir después de haberse acostado con la primera zorra de la que se hubiera encaprichado esa noche.
—Lo siento.
—No hace falta que lo sientas. Experiencias de la vida. Le di una patada en el trasero en 1985. Sólo me molesta cuando viene Sylvia pasándome por las narices a su marido, que no es más que un picapleitos con unos michelines que le cuelgan hasta los pies; por no hablar de sus hijos, un par de adolescentes insoportables con zapatos de campo de doscientos dólares, y otras alegrías de su vida en las afueras. Preferiría que me arrancaran la piel a tiras antes de vivir en una de esas casitas tan monas y todas iguales.
Aeris se aprovechó de que el vino o la situación hubieran soltado la lengua de Gevurah.
—Entonces ¿no os criasteis aquí?
—No. Somos de Baltimore. Me largué cuando tenía diecisiete años y me fui a Haight Ashbury. Viví una temporada en una comuna de Colorado. Viajé y tuve experiencias. Cuando llegué aquí no había cumplido los veinte. Llevo ya treinta y dos años viviendo en la isla. Dios mío... —al pensarlo, se sirvió más vino—. Trabajaba para la abuela de Tifa. Hacía un poco de todo. Luego, cuando ella nació, su madre me contrató para que la cuidara cuando hiciese falta. La madre de Tifa es una persona encantadora, pero el caso es que no tenía mucho interés en criar a una niña.
—Lo hiciste tú. No lo sabía —Aeris pensó que no era de extrañar que protegiera tanto a Tifa—. Piense lo que piense tu hermana, tú también tienes una hija en realidad.
—Muy cierto —asintió con la cabeza y dejó la copa—. Haz lo que tengas que hacer. Yo volveré enseguida —se fue hacia la puerta y se volvió—. Si viene mi hermanita la perfectita, dile que trabajas en la tienda y que habías pasado por aquí para preguntarme algo.
—De acuerdo.
Sin perder de vista el reloj, Aeris organizó la comida. Metió la ensalada y los aliños en la nevera y las patatas asadas y las judías verdes con la carne.
Fue al comedor y vio que la mesa no estaba puesta. Buscó platos y manteles.
—El primer plazo de tu pago —dijo Gevurah mientras entraba con una bolsa de papel arrugada.
—Gracias. Mira, no sé qué platos quieres poner, pero me parece que éstos están bien. Son muy alegres e informales.
—Qué bien, son los únicos que tengo.
Gevurah esperó mientras Aeris sacaba el contenido de la bolsa. Luego sonrió con orgullo ante el gesto de asombro de Aeris.
— ¡Oh! ¡Gevurah!
Era un jersey de cuello alto muy sencillo que podía usarse con cualquier cosa, pero el color era un tono rosado muy especial y la lana tan suave como si estuviera tejida con jirones de nubes.
—No me esperaba algo así —Aeris lo tenía entre las manos y lo frotaba contra la mejilla—. Es maravilloso.
—Llevas colores demasiado neutros —Gevurah, satisfecha consigo misma, se apartó un poco para admirar el resultado—. Te apagan el color de la cara. Éste te lo resalta. Ya he empezado el segundo, es largo y de un color verde vivo.
—No sé cómo agradecértelo. Estoy deseando probármelo y...
—Ya están aquí —farfulló Gevurah mientras empujaba a Aeris hacia la puerta—. ¡Vete!
—Tienes que revolver la ensalada antes de...
—Sí, sí ¡vete!
Aeris agarró el jersey nuevo y Gevurah le cerró la puerta en las narices.
—Servirla —terminó de decir Aeris mientras iba hacia el coche entre risas.
Se puso el maravilloso jersey en cuanto entró en su casa. Se subió a una silla que puso enfrente del espejo para poder verse de cuerpo entero.
Hubo una época en la que tuvo docenas de jerséis; de cachemira, de seda, del algodón más delicado y de la lana más fina. Ninguno le había producido la satisfacción de ése que una amiga le había hecho a mano.
O algo muy parecido a una amiga. Era el pago por un trabajo bien hecho.
Volvió a quitárselo, lo dobló cuidadosamente y lo guardó en un cajón.
Se lo pondría el lunes para ir a trabajar. Por el momento, le sería mejor seguir con la camisa, tenía muchas cosas que hacer.
Las tres calabazas estaban en la mesa de la cocina sobre unos periódicos. Ya había utilizado gran parte de la mayor de todas para hacer el postre de Gevurah. Ahora sólo tenía que darle la forma adecuada.
Haría pan de calabaza y pastel y galletas. Una vez vacías la pondría en el porche. Unas calabazas gordas y aterradoras para entretener a los vecinos y a los niños.
Había carne y pepitas de calabaza por todos lados cuando entró Zack.
—Tengo que terminar la tercera —él se puso detrás de ella, la rodeó con los brazos y la besó en el cuello—. Soy una artista de las lámparas de calabaza.
—De las cosas que se entera uno.
— ¿Quieres que te machaque un poco de carne de calabaza?
— ¿Machacarla? ¿Cómo haces el pastel?
—Con una lata —Zack frunció el ceño mientras ella echaba trozos en un gran cuenco—. ¿Quieres decir que usas eso?
—Claro ¿de dónde crees que sale lo que hay en las latas?
—Nunca lo había pensado. De una fábrica de calabazas.
Cogió un cuchillo para ponerse con la tercera calabaza mientras Aeris se lavaba las manos.
—Está claro que has llevado una vida entre algodones, sheriff Grimore.
—Si eso es así, no se me ocurre nadie mejor para que me corrompa. ¿Qué te parece si después de terminar esto nos vamos en coche al lado de barlovento e infringimos unas cuantas leyes?
—Me encantaría —Aeris volvió con un rotulador y empezó a dibujar una cara espantosa en la primera calabaza—. ¿Todo tranquilo en el pueblo?
—En esta época del año, los domingos suelen serlo. ¿Le has dejado todo preparado a Gevurah?
—Sí. No sabía que había estado casada.
—Hace mucho. Creo que él era un caradura que trabajó un tiempo en los muelles. No duraron más de seis meses. Supongo que eso arruinó su relación con los hombres, porque no ha estado con ninguno desde entonces, que yo sepa.
—Trabajó con la abuela de Tifa y luego con su madre.
—Así es. Gev se ha ocupado de Tifa desde que tuvo uso de razón. En realidad, si lo pienso bien, es la única persona a la que Tifa ha dejado que se ocupe de ella desde hace mucho. Tifa tuvo una historia con Cloud Strife; su familia es la dueña del hotel. No funcionó y él se marchó de la isla. Caray, han pasado diez años, o quizá más.
—Ah, ya entiendo.
Cloud Strife era el hombre al que había amado Tifa.
—Cloud y yo íbamos juntos cuando éramos jóvenes —Zack seguía vaciando la calabaza—. Hemos perdido el contacto. Pero recuerdo que cuando Tifa y él salían juntos, Gev lo miraba como si fuera un buitre —sonrió al recordarlo y sacó el cuchillo del centro de la calabaza.
Aeris lo vio brillar a la luz de la cocina, lo vio gotear. Un vendaval le barrió la cabeza y vio que la camisa y las manos de él se manchaban de sangre que le chorreaba hasta formar un charco en el suelo.
Sin siquiera un suspiro, se cayó sin fuerzas de la silla.
—Eh, eh. Aeris, vamos, Aeris.
Ella oía una voz muy débil, como si los dos estuvieran debajo del agua. Notaba algo frío en la cara. Era como si saliera a la superficie desde una profundidad insondable. Abrió los ojos y le pareció ver que se retiraba una bruma, como si fueran apartando velos transparentes uno después de otro, hasta que vio la cara de él.
— ¡Zack! —aterrada lo agarró de la camisa para ver las heridas. Notó los dedos torpes e hinchados.
—Espera —se habría reído de la forma en que le desabrochaba los botones si no fuera porque estaba pálida como un fantasma—. Túmbate. Recupera el aliento.
—Sangre. Mucha sangre.
—Shhh.
Su primera reacción cuando Aeris se desmayó fue de pánico, pero la superó como hacía siempre. La llevó en brazos al sofá y la reanimó. En ese momento, sentía un nudo en el estómago sobre todo por el miedo tan espantoso que transmitía ella.
—Seguro que hoy no has comido nada ¿verdad? Alguien que cocina tanto como tú debería aprender a comer a sus horas. Voy a traerte un poco de agua y algo de comer. Si no mejoras, llamaré a un médico.
—No estoy enferma. No me pasa nada. Estabas sangrando —le temblaban las manos mientras las pasaba por el cuerpo de Zack—. Había sangre en tu camisa, en tus manos, en el suelo. Vi...
—No estoy sangrando, cariño. No tengo ni un rasguño —levantó las manos y las abrió para demostrárselo—. Habrá sido un efecto de la luz.
—No lo era —lo abrazó con todas sus fuerzas—. Lo he visto. No vuelvas a tocar el cuchillo. No lo hagas.
—De acuerdo —la besó en la cabeza y le acarició el pelo—. No lo haré. No pasa nada, Aeris.
Ella agarró el medallón y, mentalmente, hizo un encantamiento protector.
—Quiero que lleves esto —más tranquila se pasó la cadena por la cabeza—. Todo el tiempo. No te lo quites.
Zack miró el corazón labrado que había en el extremo de la cadena y tuvo una típica reacción masculina.
—Te lo agradezco, Aeris. De verdad, pero es una cosa de mujeres.
—Llévalo por debajo de la camisa —dijo ella con impaciencia—. Nadie tiene por qué verlo. Quiero que lo lleves noche y día —se lo colgó a pesar de sus protestas—. Quiero que me lo prometas —Aeris le tomó la cara entre las manos antes de que él siguiera hablando—. Fue de mi madre. Es lo único que conservo de ella. Por favor, hazlo por mí, Zack. Prométeme que no te lo quitarás por ningún motivo.
—De acuerdo, te lo prometo si tú me prometes que comerás algo.
—Tomaremos crema de calabaza. Te gustará.
Esa noche, mientras dormía, corrió desesperada por los bosques sin poder encontrar el camino en una noche sin luna.
El olor a sangre y muerte la perseguían.
Continuara...
Nosh vemos…
R&R
