Perdóooooooooon!!!!!! Ya se que me tardé mucho, juro que me voy a esforzar por actualizar más rápido, por favor no me abandonen!!!! Y.Y
Ni la historia ni los personajes me pertenecen, sino a Nora Roberts y Square Enix respectivamente, yo solo los meto en la licuadora y se los presento XP
Capitulo dedicado a Aeris ;)
Bailando en el Aire
Dieciséis
Aeris lo borró todo de su cabeza, o al menos lo intentó, y se fue a trabajar. Sirvió café y bollos y bromeó con los clientes habituales. Se puso el jersey rosa nuevo y revolvió la crema de calabaza que hervía a fuego lento para la comida.
Repuso el montón de tarjetas de su negocio que Tifa le había sugerido que pusiera junto a la caja registradora del café.
Todo era normal, casi alegre. Excepto que durante la mañana se sorprendió queriendo acariciar una docena de veces el medallón que ya no llevaba colgado y cada vez que lo hacía, se le aparecía la imagen de Zack cubierto de sangre.
Esa mañana, Zack tenía que salir de la isla y eso hacía que ella sintiera miedo. Podían atacarle en medio de la calle y dejarlo en el suelo hasta que se desangrara.
Cuando terminó el turno, decidió que no había hecho lo suficiente y que necesitaba que le echaran un cable.
Tifa estaba ayudando a un cliente a que eligiera unos libros infantiles. Esperó, mientras se retorcía mentalmente las manos, hasta que el cliente se decidió y se marchó.
—Sé que estás ocupada, pero tengo que hablar contigo.
—De acuerdo. Voy a por mi chaqueta. Daremos un paseo.
Volvió al cabo de unos instantes con una chaqueta de ante puesta sobre el vestido corto. Eran de color amarillo y hacía que el pelo le brillara como una melena de fuego negro.
Se despidió de Gevurah con la mano mientras iban hacia la puerta.
—Voy a comer. Un jersey precioso —añadió—. Lo ha hecho Gev ¿verdad?
—Sí.
—Has superado un obstáculo. No te habría hecho algo tan bonito si no hubiera decidido aceptarte. Enhorabuena.
—Gracias. Yo... ¿quieres comer algo?
—No —Tifa sacudió la melena y respiró profundamente. Había algunas veces, muy pocas, que se sentía encerrada en la tienda. Que necesitaba espacio—. Quiero caminar.
Yuffie había tenido razón con lo del veranillo de San Miguel. La ola de frío había dejado paso a unos días cálidos en los que la brisa húmeda estaba cargada de olores a mar y bosque. El cielo estaba nublado y los árboles se erguían como llamaradas contra el color plomizo. El mar reflejaba el color del cielo y el oleaje machacón presagiaba tormenta.
—Lloverá antes de una hora —predijo Tifa—. Mira —señaló al mar y un rayo quebró el cielo como si obedeciera una orden de Tifa—. Se acerca una tormenta. Me encantan las buenas tormentas. El aire se carga de electricidad y la sangre se llena de energía. Sin embargo, también me inquietan. Quiero que una tormenta azote mis acantilados.
Tifa se quitó los preciosos zapatos, los enganchó con los dedos y entró descalza en la arena.
—La playa está casi vacía —comentó—. Es un buen sitio para pasear y para que me cuentes lo que te preocupa.
—He tenido una... no sé si fue una visión. No sé lo que fue. Me asustó.
Tifa agarró a Aeris del brazo y caminaron despacio.
—Cuéntamelo.
Cuando terminó de contárselo, Tifa siguió caminando.
— ¿Por qué le diste a Zack tu medallón?
—Fue lo único que se me ocurrió. Fue un impulso. Es mi posesión más preciada, supongo que por eso.
—Lo llevabas puesto cuando moriste. Lo llevaste contigo a tu nueva vida. Es el símbolo de tu procedencia, la conexión con tu madre. Tu talismán. Magia poderosa. Él lo llevará porque tú se lo has pedido y eso hace que sea más poderosa todavía.
—Es un medallón, Tifa. Algo que mi padre le compró a mi madre una Navidad. No tiene ningún valor.
—Tú sabes que es algo más. Su valor está en el significado que tiene para ti y en el amor que sientes por tus padres. En el amor que has entregado a Zack.
— ¿Es suficiente? No entiendo que pueda serlo. Sé lo que significaba, Tifa —eso era lo que la aterraba como una bestia que la devoraba por dentro—. En mi visión, él tenía la cara gris y la sangre... había sangre por todos lados. Estaba muerto —se obligó a repetirlo—. Estaba muerto. ¿No puedes hacer algo?
Tifa ya había hecho todo lo que se le había ocurrido, todo lo que creía que estaba entre sus poderes.
— ¿Qué crees que puedo hacer que no hayas hecho tú?
—No lo sé. Algo más. ¿Fue una premonición?
— ¿Es lo que tú crees?
—Sí. Sí —se quedaba sin aliento sólo de pensarlo—. Fue muy claro. Van a matarlo y no sé cómo.
—Lo que vemos son posibilidades. Nada es absoluto. Nada, sea bueno o malo, está garantizado. Tú tuviste esa visión y actuaste para protegerlo.
— ¿No hay alguna forma de detener a quien quiera herirlo? Un conjuro...
—Los conjuros no son la solución para todas las situaciones, o no deberían serlo. Recuerda, que lo que lanzas puede volverse contra ti o los tuyos con el triple de fuerza. Al atacar una cosa, puedes liberar otra.
No dijo lo que le pasó por la cabeza: Si detienes el cuchillo, pensó sombríamente Tifa, puedes cargar una pistola.
—Se acerca una tormenta —repitió—. Y algo más que rayos van a iluminar el cielo esta tarde.
—Sabes algo.
—Noto algo. No lo veo con claridad. Quizá no me corresponda a mí verlo —dijo con impotencia. Ella, que había sido una bruja solitaria durante tanto tiempo, no podía hacer sola lo que había que hacer—. Te prometo que haré todo lo que pueda para ayudarte —aunque le preocupaba que no fuera suficiente. Vio a Yuffie fuera de la playa—. Llama a Yuffie. Por ti, ella vendrá. Cuéntale lo que me has contado a mí.
No hizo falta que Aeris la llamara, bastó con que se volviera y la mirara. Yuffie avanzó hacia ellas con sus sencillos pantalones de algodón y las botas de trabajo.
—Vais a mojaros si os quedáis mucho rato aquí.
—Un trueno —dijo Tifa justo antes de que se oyera el rugido sordo que se acercaba por encima del mar—. Un rayo... —en ese momento un rayo rasgó el horizonte por el oeste—. No lloverá hasta dentro de media hora o algo así.
— ¿Te dedicas a predecir el tiempo? —dijo burlonamente Yuffie—. Deberías buscarte un trabajo en la televisión.
—No empieces. Ahora, no —Aeris pensó que el cielo podía reventar en cualquier momento, pero no le importó—. Estoy preocupada por Zack.
— ¿Sí? Yo también. Es preocupante que mi hermano empiece a ponerse joyas de mujer. Pero tengo que agradecerte que me hayas dado la oportunidad de tomarle el pelo.
— ¿Te ha dicho por qué lo lleva?
—No exactamente. Dudo que pueda repetir lo que me ha dicho ante una compañía tan distinguida. Pero ha sido un buen comienzo para nuestro día libre.
—Tuve una visión —dijo Aeris.
—Vaya, genial —Yuffie, molesta, empezó a darse la vuelta, pero se detuvo cuando Aeris la agarró del brazo—. Me caes bien, Aeris, pero vas a tocarme las narices.
—Déjala, Aeris. Tiene miedo de escuchar.
—No tengo miedo de nada —le llevaban los demonios que Tifa supiera perfectamente cuál era su punto débil—. Adelante, cuéntame lo que viste en tu bola de cristal.
—No estaba mirando en ninguna bola de cristal. Estaba mirando a Zack.
Daba igual la firmeza con que lo negara o la indiferencia con que se encogiera de hombros, Yuffie estaba temblando de los pies a la cabeza.
—Zack sabe cuidar de sí mismo —se alejó y volvió—. Mirad, a lo mejor no os habíais dado cuenta, pero es un servidor de la ley perfectamente formado y entrenado. Lleva un arma y sabe usarla cuando es necesario. Si hace que su trabajo parezca fácil, es porque sabe manejar cualquier situación que se le presente. Yo le confiaría mi vida.
—Lo que Aeris te pregunta es si él puede confiarte la suya a ti.
—Yo tengo una placa, un arma y un gancho de derecha bastante bueno. Así es como yo arreglo las cosas —replicó Yuffie llena de furia—. Si alguien intenta hacer algo a Zack, puedes jugarte el cuello a que tendrá que vérselas conmigo.
—Las tres de otros tiempos, Yuffie —Tifa deliberadamente, le puso la mano en el brazo—. En el fondo, es lo único que se necesita.
—No voy a hacerlo.
Tifa asintió con la cabeza. Formaban un círculo bajo la furia del cielo.
—Lo estás haciendo.
Yuffie, instintivamente, dio un paso atrás y rompió la conexión.
—No contéis conmigo. No, para esto.
Les dio la espalda a ellas y al viento que se levantaba y se encaminó hacia el pueblo dando patadas a la arena.
—Lo pensará y le dará mil y una vueltas. Como tiene la cabeza dura como el granito, le costará más de lo que yo querría, pero está vacilando por primera vez en años —Tifa dio una palmada de consuelo en el hombro a Aeris—. No pondrá en peligro a Zack.
Volvieron a la tienda y apenas había entrado cuando empezó a llover a mares.
Aeris encendió las velas dentro de las tres calabazas, no sólo como decoración, sino por el motivo original, y las puso en el porche para alejar los malos espíritus.
Gracias a lo que había aprendido en los libros de Tifa y a su instinto, se lanzó con determinación a hacer que su casa fuera el refugio más seguro posible.
Barrió toda la energía negativa y encendió velas que la protegieran y le dieran tranquilidad. Puso jaspe rojo y pequeños tiestos con salvia en los antepechos de las ventanas y piedras de la luna y ramitos de romero debajo de la almohada de su cama.
Hizo una olla de caldo de pollo. El caldo se cocía a fuego lento mientras la lluvia caía con fuerza y así su casa se convirtió en un lugar acogedor y protector.
Pero ella no podía estar tranquila. Iba de una ventana a otra y de puerta en puerta. Intentó hacer algo que la mantuviera ocupada, pero no supo qué. Se obligó a sentarse en el despacho para terminar una propuesta de trabajo, pero a los diez minutos se puso de pie otra vez con la concentración tan quebrada como el cielo lo estaba por los rayos.
Se dio por vencida y llamó a la comisaría. Seguramente, Zack ya habría vuelto. Hablaría con él, escucharía su voz y se sentiría mejor.
Sin embargo, fue Yuffie la que contestó y le dijo, con una voz tan cortante como una bofetada, que Zack no había vuelto todavía, que estaría de vuelta cuando hubiera vuelto.
La preocupación se hizo aún más intensa. Para ella, la tormenta se convirtió en una tempestad. El aullido del viento ya no era melodioso sino amenazador.
La lluvia era un telón que lo cubría todo y los rayos parecían armas arrojadizas. La oscuridad oprimía las ventanas como si fuera a romper los cristales para irrumpir en la casa. Los poderes que había aprendido a aceptar, incluso a recibir con los brazos abiertos, empezaron a vacilar como la llama de una vela movida por un aliento cálido.
La cabeza se le llenó imaginando miles de situaciones posibles, cada una más espantosa que la anterior. Al final, incapaz de soportarlo, agarró la chaqueta. Bajaría al muelle a esperar el trasbordador.
Abrió la puerta en el momento en el que cayó un rayo. Pudo ver una sombra que avanzaba hacia ella en medio de la oscuridad. Abrió la boca para gritar, pero en medio del olor a lluvia y a tierra mojada, captó el olor de su amado.
— ¡Zack! —se abalanzó en sus brazos con tanto ímpetu que casi acabaron en el suelo—. Estaba muy preocupada.
—Ahora estás mojada —la llevó dentro de la casa—. Menudo día he elegido para salir de la isla. El viaje de vuelta en el trasbordador ha sido una pesadilla —dejó a Aeris en el suelo y se quitó la cazadora empapada—. Habría llamado, pero mi teléfono móvil no conectaba. Será el último trasbordador que haga el recorrido hoy.
Se pasó las manos por el pelo y se sacudió la lluvia.
—Estás empapado —tenía la camisa mojada y ella pudo ver, para su tranquilidad, el contorno del medallón sobre su corazón—. Y helado —añadió cuando le tomó la mano.
—Tengo que reconocer que llevo media hora soñando con una ducha caliente.
Y ya se la habría dado si Yuffie no hubiera estado esperándolo en la puerta, no lo hubiera interrogado y no le hubiera dicho después que Aeris estaba esperándolo presa del pánico.
—Puedes dártela ahora. Luego tomarás un plato de sopa caliente.
—Es, sin duda, la mejor oferta que me han hecho en todo el día —le tomó la cara entre las manos—. Siento que te hayas preocupado. No había motivo.
—Ya no estoy preocupada. Date una ducha antes de que cojas frío.
—Los isleños estamos hechos de una madera más fuerte que todo eso.
Le dio un beso en la frente y fue al cuarto de baño.
Dejó las ropas empapadas en un montón en el suelo, abrió el grifo del agua caliente y dejó escapar un suspiro mientras se metía en la ducha.
La pequeña habitación y la bañera no estaban pensadas para un hombre de su estatura. El chorro le apuntaba a la garganta y si no tenía cuidado se raspaba el codo contra la pared cada vez que lo movía. Pero ya se había acostumbrado a esos inconvenientes en el tiempo que llevaba con Aeris.
Apoyó las manos en la pared de enfrente y se inclinó hacia delante para que el chorro le diera en la cabeza y la espalda. Había llevado algunos jabones de su casa para no tener que usar los de Aeris, que le parecían muy femeninos. Ninguno de los dos había dicho nada al respecto, tampoco sobre la muda de ropa que él había dejado en la balda del armario de ella.
No habían hablado del hecho de que apenas habían pasado una noche separados. Sabía que otras personas lo hacían. Se había fijado en los guiños de sus vecinos y empezaba a acostumbrarse a que su nombre y el de ella se dijeran como si formaran una sola palabra.
Pero no habían hablado de ello. No hablar de lo que temía perder quizá fuera una especie de superstición. O quizá de cobardía.
No estaba seguro de que tuviera importancia, pero sí de que era el momento de dar otro paso adelante.
Aquella tarde, cuando no había vuelto a la isla todavía, ya había dado uno, el mayor paso al que se había atrevido jamás.
Tenía que reconocer que estaba contento. Había sentido algunos nervios, pero se le pasaron enseguida. Ni siquiera el espantoso viaje de vuelta había conseguido estropearle el buen humor.
Le sorprendieron los ruidos al otro lado de la cortina e hizo un movimiento brusco.
El golpe del codo contra la pared y la consiguiente ristra de juramentos retumbó en toda la casa.
— ¿Te has hecho daño?
Aeris apretó los labios con una mezcla de diversión y compasión y mantuvo contra el pecho el montón de ropa mojada.
—Esta habitación es un peligro —Zack cerró el grifo y corrió la cortina—. Pienso repasar el código... ¿qué haces con eso?
—Bueno, yo... —se detuvo desconcertada cuando él salió desnudo de la bañera y le arrebató la ropa de los brazos—. Sólo iba a meterla un rato en la secadora.
—Ya me ocuparé yo más tarde. Tengo una muda por aquí —dejó caer la ropa otra vez en el suelo sin hacer caso de la mueca que hizo Aeris al oír el ruido sordo y mojado.
—Por lo menos cuélgala. Se estropea si la dejas en un montón.
—De acuerdo, de acuerdo —agarró una toalla y se la pasó enérgicamente por la cabeza—. ¿Has venido a recoger lo que yo he dejado tirado?
—La verdad es que sí —bajó la mirada lentamente por el pecho mojado donde colgaba el medallón, por el vientre plano y por las estrechas caderas que él había rodeado con la toalla—. Pero en estos momentos no estoy pensando en el orden.
— ¿Cómo es eso? —una mirada de ella le calentaba más la sangre que un océano de agua caliente—. ¿En qué estás pensando?
—Estoy pensando en que lo mejor para un hombre que acaba de llegar empapado por la tormenta es arroparlo en la cama. Ven —ella le tomó la mano y lo llevó al dormitorio.
— ¿Vamos a jugar a los médicos? Porque creo que puedo ponerme enfermo de verdad si me compensa.
Aeris se rió y retiró el edredón.
—Adentro.
—A sus órdenes.
Aeris le quitó la toalla antes de que pudiera hacerlo él, pero lo esquivó cuando intentó agarrarla. Lo empujó a la cama.
—Quizá sepas —empezó a decir mientras recorría la habitación encendiendo velas— que según las leyendas las brujas pueden servir de curanderas.
Se hizo una luz tenue y trémula.
—Empiezo a sentirme muy sano.
—Eso lo decidiré yo.
—Contaba con ello —Aeris se volvió hacia él.
—Hay una cosa que no había hecho para nadie ¿sabes qué?
—No, pero me encantaría saberlo.
Se levantó lentamente el borde del jersey y se acordó del día que se había quedado en esa postura en la ensenada junto a su casa.
—Quiero que me mires —se fue quitando el jersey centímetro a centímetro—. Y que me desees.
Aunque se hubiera quedado ciego, la habría visto, habría visto el resplandor de la piel iluminada por la delicada luz de las velas.
Dio algo parecido a elegante paso de baile y se quitó los zapatos. El sencillo sujetador blanco se ajustaba con suavidad a los pechos. Levantó la mano hasta el enganche central y observó que Zack seguía el movimiento con la mirada. Lo dejó deliberadamente cerrado y bajó las yemas de los dedos por el vientre hasta el pantalón.
Él sentía que el pulso le retumbaba por todo el cuerpo mientras Aeris deslizaba la tela sobre las caderas y las piernas. Se lo terminó de quitar con la misma facilidad y soltura.
— ¿Por qué no me dejas que haga yo el resto?
Ella esbozó una sonrisa y se acercó, pero no lo suficiente. Nunca antes se había propuesto seducir a un hombre y no iba a perder la oportunidad. Se acarició el cuerpo mientras se imaginaba las manos de él sobre su piel, estremecida al oír la respiración entrecortada de Zack.
Con una leve y experta sonrisa en los labios, se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Se bajó las braguitas y se las quitó.
—Quiero tomarte —susurró ella—. Lentamente. Quiero que me tomes —se metió en la cama a gatas y se puso a horcajadas sobre él—. Lentamente —le pareció que iba a derretirse encima de él—. Como si no fuera a terminar nunca.
Posó sus labios cálidos y delicados sobre los de él. Anhelantes. Su sabor, tan masculino, se apoderó de ella como una droga. Cuando Zack se giró para apurar el beso, para obtener más, ella rodó con él, pero no se sometió. Poco a poco, empezó a recorrerle la espalda con la punta de los dedos y gozó con la contracción de los músculos que ella excitaba.
Aeris se dejó llevar por la pura sensación. La luz de las velas dejó de ser tenue, las llamas se elevaban firmes y rectas como lanzas y llenaban el aire con embriagadores fragancias.
Se arrodillaron en el centro de la cama torso contra torso y boca contra boca. Si fuera un conjuro, habría caído en su hechizo eternamente, sin duda, sin oposición. Fuera bruja o mujer, o una mezcla de las dos, era suya.
Zack observó el contraste de sus manos contra la piel de Aeris, oscuras contra un fondo claro, lo ásperas que se veían al lado de su delicadeza tan femenina.
Se tocaron y se saborearon. Un roce, un sorbo, una caricia interminable, un trago largo y cadencioso.
La magia resplandecía cuando se miraron el uno al otro. En ese momento no existía nadie que no fueran ellos. Latido contra latido, con una intimidad que iba más allá de la unión, que satisfacía plenamente las necesidades del pasado y superaba la pasión.
Le brotó del corazón y lo derramó como si fuera oro.
Ella volvió a esbozar una sonrisa cuando él la besó en la boca. Unieron las manos y entrelazaron los dedos mientras juntos escapaban de este mundo.
Aeris permaneció acurrucada junto a él con la mano sobre el rítmico latido del corazón, y le pareció que nada podía alcanzarlos. Pensó que su refugio era seguro ya que ellos estaban a salvo en su interior.
En ese momento, le parecía que todos sus temores y preocupaciones y el terror que se había adueñado de ella, no eran más que tonterías.
No eran más que un hombre y una mujer enamorados que yacían en una cama y escuchaban los retazos de la tormenta que pasaba sobre ellos.
—Me pregunto si alguna vez aprenderé a mover objetos.
—Cariño, ya lo haces bastante bien —se rió él.
—No —Aeris le dio una torta juguetona—. Quiero decir llevar objetos de un lado a otro. Si pudiera hacerlo, diría las palabras adecuadas y podríamos tomar el caldo de pollo en la cama.
—Seguro que eso no se puede hacer ¿verdad?
—Estoy segura de que Tifa sí puede si lo desea lo suficiente. Pero los aprendices como yo tenemos que levantarnos, ir a la cocina y hacerlo de la manera tradicional.
Giró la cabeza para darle un beso en el hombro y se levantó.
— ¿Por qué no te quedas en la cama y te traigo la sopa? —preguntó Zack.
Aeris lo miró por encima del hombro mientras iba al cuarto de baño para ponerse la bata que por fin se había comprado.
—Eres muy listo al proponer eso cuando ya me he levantado.
—Ya que me has pillado, me pondré algo encima y te echaré una mano.
—De acuerdo. Saca ese montón de ropa mojada del cuarto de baño.
¿Ropa mojada? Tardó un minuto en acordarse. Aeris ya se había marchado cuando él se levantó y agarró los pantalones empapados del suelo; buscó en el bolsillo y resopló aliviado cuando encontró la cajita.
Entró en la cocina mientras ella servía unos platos de sopa. Estaba preciosa, muy hogareña, con la bata rosa, descalza y un poco despeinada.
—Aeris ¿por qué no esperamos a que se enfríe un poco?
—Vamos a tener que esperar. ¿Quieres vino?
—Dentro de un momento —había pensado que se pondría nervioso, un poco por lo menos, pero estaba completamente tranquilo. Le puso las manos en los hombros, la volvió hacia sí y bajó las manos hasta los codos—. Te quiero, Aeris.
—Yo...
Fue todo lo que pudo decir antes de que él le tapara los labios con los suyos.
—Había pensado hacerlo de otra manera. Llevarte a dar un paseo en coche por la noche; bajar a la playa con la luna llena; una cena romántica en el hotel. Pero éste es el momento adecuado, el lugar adecuado y la forma adecuada para nosotros.
La punzada que Aeris sintió en el estómago fue un aviso. Pero no podía apartarse. No podía moverse.
—Había pensado en distintas formas de hacerlo. En las palabras más indicadas y en cómo las diría. Pero ahora mismo sólo puedo decirte que te quiero, Aeris. Cásate conmigo.
Aeris dejó escapar la respiración que había estado conteniendo mientras el júbilo y el sufrimiento libraban una batalla inútil dentro de ella.
—Zack. Llevamos tan poco tiempo juntos...
—Podemos esperar si quieres, pero no entiendo el motivo.
— ¿Por qué no podemos dejar las cosas como están?
Él había previsto muchas reacciones, pero no había contado con el tono de miedo en su voz.
—Porque necesitamos un sitio para nosotros, una vida propia, no trozos de ti y de mí.
—El matrimonio sólo es una formalidad legal —dijo, y se volvió y se dirigió a ciegas hasta el armario de los vasos.
—Eso es para algunas personas —replicó Zack tranquilamente—. No para nosotros. Nosotros somos normales. Cuando las personas normales se enamoran, se casan y forman una familia. Quiero compartir mi vida contigo, tener hijos contigo y hacerme viejo contigo.
Ella estaba a punto de echarse a llorar. Todo lo que él decía era lo que ella quería en lo más profundo de su corazón, tan profundo que se llamaba alma.
—Vas demasiado deprisa.
—Yo no lo creo —sacó la caja del bolsillo—. He comprado esto porque ya hemos empezado nuestra vida juntos, Aeris. Es el momento de saber dónde nos lleva.
Ella cerró los puños y bajó la mirada. Zack le había comprado una esmeralda, una piedra cálida y preciosa engarzada en un sencillo anillo de oro. Él había sabido que necesitaba sencillez y calidez.
Sephiroth había elegido un diamante, un cuadrado brillante sobre platino que parecía un trozo de hielo en su dedo.
—Lo siento, Zack. Lo siento. No puedo casarme contigo.
Él sintió que el corazón se le partía, pero no se inmutó.
— ¿Me quieres, Aeris?
—Sí.
—Entonces me merezco saber por qué no quieres hacerme una promesa ni aceptar una mía.
—Tienes razón —hizo todo lo posible por no perder la calma—. No puedo casarme contigo, Zack, porque estoy casada.
No podía haber dicho nada que le impresionara más.
— ¿Casada¿Estás casada? Por el amor de Dios, Aeris, llevamos unos meses juntos.
—Lo sé —la sorpresa se había convertido en enfado. La miraba como si fuera una desconocida—. Lo abandoné. Hace más de un año.
Zack había superado el primer obstáculo: que estuviera casada y no se lo hubiera dicho. Pero no podía con el segundo: que siguiera casada.
—Lo abandonaste, pero no te divorciaste de él.
—No, no pude. Yo...
—Has permitido que te acariciara, que me acostara contigo, que me enamorara de ti cuando sabías que no eras libre.
—Sí —de repente hacía un frío en la cocina que le llegaba a los huesos—. No tengo ninguna excusa para eso.
—No voy a preguntarte cuándo pensabas decírmelo; evidentemente, no pensabas hacerlo —cerró de golpe la caja y se la guardó en el bolsillo—. No me acuesto con las mujeres de otros hombres, Aeris. Si me hubieras dicho algo, una maldita palabra, no habríamos llegado a este punto.
—Lo sé. Es culpa mía.
A medida que el enfado de él aumentaba, Aeris notaba que iba perdiendo la fuerza que había conseguido recuperar; como también iba perdiendo el color de las mejillas.
— ¿Crees que con eso lo solucionas todo? —siguió Zack, abatido por la ira y el dolor—. ¿Crees que reconocer tu culpa te limpia tu maldita conciencia?
—No.
—Maldita sea —se apartó bruscamente y notó que ella se encogía—. Gritaré cuando tenga que hacerlo. Me enfurece que te quedes ahí como si esperaras que fuese a golpearte. No voy a pegarte, ni ahora, ni nunca. Y es insultante que te quedes ahí preguntándote si lo haré o no.
—No sabes lo que es.
—No, no lo sé porque tú no quieres decírmelo —se dominó todo lo que pudo aunque seguía furioso—, o sencillamente me dices lo justo para que las cosas vayan bien hasta la siguiente vez.
—Quizá sea verdad, pero te advertí de que no podía decírtelo todo. Que no iba a entrar en detalles.
—Esto no es un maldito detalle. Sigues casada con el hombre que te hizo daño.
—Sí.
— ¿Tienes pensado acaso divorciarte?
—No.
—Muy bien, es más que suficiente.
Se puso las botas y la cazadora.
—No puedo permitir que sepa dónde estoy. No puedo dejar que me encuentre.
Zack fue a abrir la puerta, pero se quedó parado con la mano en el picaporte.
— ¿No te has parado a pensar... nunca me has mirado y has pensado que haría lo que fuera por ti? Aeris, lo habría hecho por un desconocido porque es mi trabajo. ¿Cómo es posible que no supieras que lo habría hecho por ti?
Ella lo vio alejarse y pensó que sí que lo sabía. Y que eso también era una de las cosas que le asustaban. Incapaz de llorar, se sentó llena de tristeza en la casa que había hecho segura, y que estaba vacía.
Continuara...
Ouch!! Eso hasta a mí me dolió!! Y parece que las cosas no pintan muy bien… ahora si Zack está muy dolido, y no crean que se la va a poner fácil a Aeris…
espero sus reviews... si no han dejado, anímense, que esto ya casi se acaba amigos!!
besos
Sayonara
