¡¡¡¡AVISO IMPORTANTE PARA TODOS LOS FANS DE ZACKxAERIS!!!! Se que tardé mucho en actualizar en uno de los momentos clímax del fic, pero por favor entiéndame, se me acabó el contrato del internet Y.Y ahorita me están prestando una conexión… Pero ya estoy de vuelta con dos capítulos y un regalito para todos ustedes!!! A aquellos que me dejen un review con su correo en este capítulo y en el que sigue les enviaré… ¡¡¡Imágenes del primer encuentro de Zack y Aeris!!! La calidad no es lo que me gustaría . ¡Pero aún así estan muy buenas!
Así que ya saben… solo dejenme su correo y con mucho gusto se las mando ;)
Bailando en el Aire
Diecisiete
—Lo he perdido. Lo he estropeado todo.
Aeris estaba en la impresionante habitación que Tifa tenía como salón. Estaba sentada delante de un fuego enorme y bebía un té de canela. Isis estiraba su cuerpo esbelto y cálido sobre su regazo.
Nada de eso conseguía animarla.
—Quizá un poquito. Nada está perdido si puede volver a encontrarse.
—No puedo arreglarlo, Tifa. Todo lo que me dijo es verdad. No quise pensar en ello ni darme cuenta, pero es verdad. No tenía derecho a permitir que las cosas llegaran a ese punto.
—No tengo un látigo a mano para que te flageles, pero supongo que podemos encontrar algo —Aeris la miró atónita y Tifa elevó el hombro elegantemente—. Lo siento por vosotros, naturalmente, pero lo cierto es, Aeris, que os enamorasteis, los dos. Y los dos lo llevasteis como teníais que llevarlo. Los dos conseguisteis algo que no todo el mundo consigue. No hay razón para que te arrepientas.
—No me arrepiento de haberlo amado ni de que él me amara. Me arrepiento de muchas cosas, pero no de eso.
—Perfecto. Entonces, tienes que dar el paso siguiente.
—No hay paso siguiente. No puedo casarme con Zack porque estoy unida a otra persona. Incluso si Sephiroth decidiera divorciarse de mí en ausencia o como quiera que se llame, seguiría sin poder casarme con él. Mis documentos de identidad son falsos.
—Detalles.
—No para él.
—Ya, tienes razón —golpeó sus preciosas uñas contra la taza mientras meditaba—. Siendo Zack como es, hay cosas que sólo verá blancas o negras. Siento no haber previsto esto y haberte avisado. Yo lo conozco —siguió diciendo Tifa mientras se levantaba para estirar las piernas—. No preví que buscaría una unión legal tan rápidamente. Las cosas del amor pueden conmigo.
Se sirvió más té, deambuló por la habitación y dio un sorbo.
Había dos sofás, ambos de un color verde oscuro, que pedían a gritos que alguien se tumbara y se hundiera en ellos. Estaban salpicados de cojines y hechos con telas delicadas con los tonos de piedras preciosas. La textura era esencial para el lujo y Tifa insistía en el lujo cuando se trataba del bienestar.
La habitación estaba llena de antigüedades; ella prefería lo antiguo a lo moderno salvo en el material de oficina. Las alfombras que cubrían el suelo de grandes tablones de castaño estaban gastadas. Había flores por todos lados en jarrones de un cristal de incalculable valor o en vasijas de divertidos colores que no valían nada.
Había encendido algunas de las velas que tenían por todas las habitaciones. Las blancas eran para la tranquilidad.
—Le has ofendido por dos cosas, Aeris. Uno, por no caer rendida y completamente emocionada cuando te ha propuesto que te cases con él —se detuvo y arqueó una ceja—. Ya te he dicho que este asunto puede conmigo, pero aun así, cuando un hombre pide a una mujer que se case con él, no puedes pretender que le haga gracia que le rechacen.
—No soy tan tonta, Tifa.
—No, querida. Perdona —arrepentida, pero divertida en el fondo por aquel tono mordaz, Tifa se puso detrás del sofá y acarició el pelo de Aeris—. Claro que no lo eres. Debería haber dicho tres cosas. La segunda es el sentido del honor. Se ha encontrado cazando furtivamente en lo que considera el territorio de otro hombre.
—Vaya. No soy una liebre.
—Zack considera que ha infringido un código. En tercer lugar, creo que es que lo habría hecho en cualquier caso si lo hubiera sabido, si le hubieras puesto en antecedentes. Habría adaptado sus principios porque te quiere y porque se habría sentido aliviado de que hubieras escapado de una situación terrible. Pero le costará asimilar que no se lo hayas dicho, que le hayas dejado meterse en esto y enamorarse a ciegas.
— ¿Por qué no puede comprender que mi matrimonio con Sephiroth no significa nada? Ya no soy Aerith Faremis.
— ¿Quieres que te diga la verdad o que te consuele? —preguntó inexpresivamente Tifa.
—No puedo conseguir las dos cosas. Será mejor la verdad.
—Le has mentido y al hacerlo le has puesto en una situación insostenible. Además, le has dicho que no tenías intención de divorciarte.
—No puedo...
—Espera. No lo harás, y si no hay un fin no puede haber un principio. Es una decisión exclusivamente tuya, Aeris, y nadie puede ni debe tomarla por ti. Pero le has impedido que crea en ti, que esté a tu lado o, lo que me imagino que él preferiría, que te proteja y que sea él quien se enfrente a tus demonios. Aeris —se sentó y le tomó las manos—. ¿Crees que lleva una placa para pasar el rato, por una paga ridícula o por poder?
—No, pero no sabe de lo que Sephiroth es capaz. Tifa, mi marido está poseído por una paranoia. Por una locura fría y deliberada que no puedo explicar.
—La gente tiende a pensar que la palabra «mal» es demasiado impresionante —dijo Tifa—, cuando, en realidad, es extremadamente sencilla.
—Sí —Aeris se tranquilizó un poco. A esas alturas debería saber que no tenía que dar explicaciones a Tifa—. Zack no entiende que yo no soporte la idea de volver a ver a Sephiroth o de oír su voz. Creo que si eso sucediera, yo me derrumbaría. Me haría añicos.
—Eres más fuerte que todo eso.
Aeris sacudió la cabeza.
—Él... me encoge. No sé si me entiendes.
—Sí, te entiendo. ¿Quieres un conjuro que te dé fuerza¿Que te proteja de un hombre para que puedas tener a otro?
Tifa alargó el brazo y acarició a Isis en el lomo. La gata levantó la cabeza, intercambió una mirada que le pareció reveladora con su dueña y volvió a hacerse un ovillo.
—Se pueden hacer algunas cosas —continuó Tifa con un tono más enérgico—. Para protegerte, para centrarte, para aumentar tus propias energías. Pero en el fondo, el poder está dentro de ti. Por el momento... —se pasó la cadena de plata con el disco por encima de la cabeza—. Le diste a Zack tu talismán, así que yo te daré el mío. Era de mi bisabuela.
—No puedo aceptarlo.
—Tómalo como un préstamo —dijo Tifa, colgándoselo a Aeris—. Mi bisabuela era una bruja muy astuta y prudente. Se casó bien. Hizo una operación redonda en la Bolsa y supo conservar su fortuna, lo cual yo le agradezco. No me gustaría ser pobre. Ella hizo de médico en la isla antes de que llegara uno de verdad. Entre otras cosas, eliminaba las verrugas, ayudaba en los partos, cosía los cortes y cuidó a la mitad de la población durante una gripe muy contagiosa.
—Es precioso. ¿Qué quiere decir la inscripción?
—Es un idioma muy antiguo, parecido al que se empleó en las inscripciones de las piedras funerarias de Irlanda. Significa valor. Y ahora que llevas mi valor, te daré mi consejo. Duerme. Deja que él se debata con sus sentimientos mientras tú lo haces con los tuyos. Cuando vayas a él, porque él no volverá a ti por mucho que te quiera, ten muy claro lo que quieres y lo que estás dispuesta a hacer por conseguirlo.
----------------------------------------------------
—Estás siendo un gilipollas, Zack.
—De acuerdo. Pero ¿podrías callarte?
Yuffie creía que decir lo que le viniera en gana era una de sus prerrogativas de hermana.
—Escucha, sé que ella la ha jodido. Pero ¿no quieres saber por qué? —golpeó con las manos en la mesa y se inclinó para poder mirarlo directamente a la cara—. ¿No quieres indagar, presionar o hacer algo hasta que ella te diga por qué sigue casada?
—Ha tenido tiempo de sobra para decírmelo si hubiera querido hacerlo.
Zack estaba concentrado en el ordenador. Cuando se fue de la isla no lo hizo sólo para comprar un anillo; también había testificado en un juicio y ya podía actualizar el fichero del caso.
Yuffie hizo un ruido a medio camino entre un gruñido y un aullido.
—Me sacas de mis casillas. No sé cómo no te sacas de tus casillas a ti mismo. Estás enamorado de una mujer casada.
Zack le lanzó una mirada fulminante.
—A estas alturas lo tengo muy claro. Ve a hacer la patrulla.
—Es evidente que ella no quiere al otro. Lo ha dejado tirado. También es evidente que bebe los vientos por ti y viceversa. Aeris lleva aquí... ¿cuánto¿Cinco meses? Y todo parece indicar que piensa quedarse una larga temporada. Todo lo que haya pasado antes está liquidado.
—Está casada legalmente y eso no prescribe para mí.
—Claro, claro, Don Perfecto —que Yuffie admirara su código de honor no quería decir que no le sacara de quicio—. Entonces, deja que todo siga como estaba. ¿Por qué tienes que casarte? Ah, es verdad, se me había olvidado con quién estaba hablando. Pero si quieres mi consejo...
—No lo quiero. Lo cierto es que no lo quiero.
—Muy bien cuécete en tu propia salsa —agarró la cazadora y volvió a dejarla inmediatamente—. Lo siento. No puedo verte sufrir.
Zack lo sabía y dejó de fingir que actualizaba el fichero. Se frotó la cara con las manos.
—No puedo plantearme el futuro con alguien que tiene otra vida que no ha dado por terminada. No puedo acostarme con una mujer que está casada legalmente con otro hombre. No puedo querer a alguien como quiero a Aeris si no puedo desear, esperar, un matrimonio, un hogar y unos hijos. No puedo hacer esas cosas, Yuffie.
—No. No puedes —se acercó a su hermano por detrás y le rodeó el cuello con los brazos, luego apoyó la barbilla en su cabeza—. Quizá yo pudiera —aunque tampoco se imaginaba queriendo lo suficiente a alguien como para tener que tomar una decisión—. Pero entiendo que tú no puedas. Lo que no entiendo es que si la quieres y la deseas, no puedas sentarte delante de ella hasta que te dé una explicación. Te la mereces.
—Yo no voy a obligarla a nada: no sólo porque no es mi estilo, sino porque creo que el hombre con el que está casada ya la obligó a demasiadas cosas.
—Zack—Yuffie inclinó la cabeza hasta apoyar la mejilla en su cabeza—. ¿No se te ha ocurrido pensar que ella puede tener miedo de divorciarse?
—Sí —el estómago le dio un vuelco—. Se me ocurrió alrededor de las tres de esta mañana. Si es verdad, ganas no me faltan de enterarme de todo. Pero eso no cambia las cosas. Está casada y no me lo ha contado. No confía lo suficiente en mí como para que esté a su lado, cueste lo que cueste —dijo y levantó la mano hasta tomar la de Yuffie.
Así los encontró Aeris cuando abrió la puerta. También vio el brillo acusador en los ojos de Yuffie aunque Zack cerrara los suyos.
—Tengo que hablar contigo. A solas. Por favor.
Yuffie apretó la mano instintivamente, pero Zack se la soltó.
—Yuffie iba a hacer la patrulla.
—Claro, deshazte de mí cuando la cosa se pone interesante.
Estaba poniéndose la cazadora cuando comprendió lo que quería decir la expresión de que se podía cortar la tensión con un cuchillo. En ese momento, Betsy abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Sheriff... hola. Aeris, Yuffie. Sheriff, Bill y Ed Sutter están peleándose delante del hotel. Parece que la cosa puede ponerse fea.
—Yo me ocuparé.
—No —Zack se levantó—. Nos ocuparemos los dos.
Los hermanos Sutter se debatían entre una lealtad familiar inquebrantable y un odio enfermizo. Los dos eran cabezotas y cortados por el mismo y monumental patrón. Zack pensó que mejor sería no dejar que Yuffie se metiera en una situación de dos contra una. Miró brevemente a Aeris mientras salía.
—Tendrás que esperar.
Aeris se frotó los brazos y pensó que había sido gélido. Era difícil aceptarlo de un hombre que podía ser tan cálido y cariñoso. Zack no iba a ponérselo fácil. Aunque pareciera extraño, ella se había convencido de que lo haría. De que la dejaría hablar; de que la entendería, sentiría compasión y la apoyaría.
Aeris, sola en la comisaría, vio cómo su fantasía se hacía añicos y se desvanecía.
Se había tragado su orgullo, había puesto en peligro su tranquilidad y su paz de espíritu, y lo único que había conseguido era que él la premiara con una mirada gélida.
Quizá debiera dejarlo en paz.
Dolida, abrió la puerta. Dio dos pasos y no sólo pudo ver el tumulto, también oírlo. Sintió frío, se abrazó a sí misma y se quedó a ver lo que pasaba.
Un hombre gigantesco con el pelo cortado a cepillo se abalanzaba sobre otro hombre gigantesco con el pelo cortado a cepillo. Se intercambiaban insultos. Una multitud los rodeaba a una distancia prudencial y parecía tomar partido gritando el nombre de uno u otro.
Zack y Yuffie se abrían paso. Aeris no podía oír lo que decían, pero si bien conseguían calmar a la multitud, no parecían impresionar lo más mínimo a los hermanos Sutter, que hacían de todo menos abofetearse.
Cuando vio el primer puñetazo, Aeris se encogió y sintió miedo. El barullo era enorme y lo oía como si fuera el batir de las olas. Un movimiento confuso y sin formas definidas.
Zack tenía sujeto el brazo de un hombre y Yuffie el del otro. Unos hermanos habían sacado las esposas; los otros dos se empujaban, se golpeaban, se insultaban y se amenazaban.
Uno de aquellos hombrones se giró violentamente contra el otro, falló el objetivo y estampó un puñetazo en el rostro de Zack.
Aeris vio que la cabeza de Zack se daba la vuelta y oyó que la multitud se quedaba en silencio de golpe. Todos se quedaron tan quietos que la escena le pareció como si fuera una película que se hubiese quedado congelada en un fotograma.
Aeris echó a correr por la calle y todo se puso en movimiento otra vez.
—Muy bien Ed, maldita sea, estás detenido —Zack le puso las esposas y Yuffie hizo lo mismo con el otro hermano—. Y tú también, Bill, por si acaso. Sois un par de animales con el cerebro de un mosquito. Ustedes, vuelvan a sus asuntos —dijo Zack mientras arrastraba a Ed.
Vio a Aeris paralizada en la acera como si fuera un cervatillo atrapado por los faros de un coche y volvió a soltar una maldición.
—Vamos, sheriff, sabe de sobra que no quería darle a usted.
—Me da igual a quien quisieras darle —dijo, aunque no pensó lo mismo cuando notó el sabor de la sangre en la boca—. Has atacado a un representante de la ley.
—Empezó él.
—Una mierda —protestó Bill mientras Yuffie tiraba de él—, pero te aseguro que vas a enterarte en cuanto pueda.
— ¿Tú y cuántos más?
—Callaos —ordenó Yuffie—. Pareja de delincuentes cuarentones...
—Le ha pegado Ed. ¿Por qué me detiene?
—Sois un incordio público. Si queréis partiros la cabeza, hacedlo en la casa de cualquiera de los dos, pero no molestéis en la calle.
—No irás a encerrarnos... —más tranquilo al ver lo que le esperaba, Ed se volvió para suplicar—. Vamos, Zack, sabes que si me encierras mi mujer me despelleja. En el fondo, sólo era un asunto familiar.
—No lo es si ocurre en la calle y si afecta a mi maldita cara —la mandíbula le palpitaba como si fuera a estallar. Llevó a Ed a la comisaría y lo metió en una de las dos diminutas celdas—. Aquí tendrás tiempo de tranquilizarte mientras llamo a tu mujer. Ya veremos si tiene ganas de venir a pagar la fianza.
—Te digo lo mismo —dijo Yuffie a Bill mientras le quitaba las esposas y lo metía en la otra celda —se sacudió las manos y añadió—: Yo redactaré el informe. Escribo a máquina más despacio que tú. Llamaré a sus respectivas mujeres, aunque me temo que se enterarán antes de que me haya puesto con el papeleo.
—Sí—Zack, furioso, se pasó el dorso de la mano por la boca y se manchó de sangre.
—Vas a necesitar algo de hielo para la mandíbula. Y para el labio. Ed Sutter tiene un puño como Idaho de grande. Eh, Aeris ¿por qué no te llevas a nuestro héroe a tu casa y le pones un poco de hielo?
Zack no se había dado cuenta de que ella había entrado; se dio la vuelta lentamente y la miró.
—Sí. De acuerdo.
—Hay hielo atrás. Puedo apañarme solo.
—Será mejor que te alejes un poco de Ed —le aconsejó Yuffie—. Hasta que estés seguro de que no abrirás la celda y le devolverás el puñetazo.
—Ya
Aeris se había dado cuenta de que la mirada ya no era gélida, sino de un azul cristalino y ardiente. Se mojó los labios.
—El hielo te bajará la hinchazón y... un poco de romero puede aliviarte el dolor.
—Muy bien. Genial —la cabeza le zumbaba, era mejor acabar de una vez—. Doscientos cincuenta dólares de multa —le indicó Zack a Yuffie—. O veinte días. Si no les gusta, puedes redactar una orden de detención y que se las vean en el tribunal.
—A sus órdenes —Yuffie sonrió radiante mientras Zack se marchaba.
Era maravilloso. Todo aquel asunto le había levantado el ánimo.
Caminaron en silencio hasta la casa de Aeris. Ella no sabía qué decir o cómo decirlo. Ese hombre tan furioso le resultaba tan desconocido como la gélida estatua que antes la había rechazado. Estaba completamente segura de que no quería hablar con ella en ese momento. También sabía lo mucho que se podía tardar en recuperar el equilibrio después de un tortazo.
Zack, aunque había recibido el puñetazo de lleno, no había tenido ninguna reacción aparte del arrebato de rabia.
Había oído muchas veces que las personas parecen más duras de lo que son, y eso parecía ser el caso de Zack Grimore.
Entró en su casa y, sin decir una palabra, fue a la cocina donde preparó una bolsa con hielo envuelta en un paño fino.
—Te lo agradezco. Te devolveré el trapo.
Aeris, que había puesto agua a calentar para hacer un té, lo miró asombrada.
— ¿Dónde vas?
—A dar un paseo para ver si se me pasa esta furia.
—Te acompañaré —dijo, apagando el fuego.
—No quieres estar conmigo en este momento y yo no quiero estar contigo.
Qué difícil era darse cuenta de que, a veces, una bofetada era preferible a unas palabras.
—Eso es inevitable, pero tenemos que hablar y cuanto más tardemos más nos va a costar.
Aeris abrió la puerta y esperó.
—Podemos ir al bosque. Se puede considerar un terreno neutral.
Zack no había cogido nada para abrigarse y la lluvia de la noche anterior había hecho que la temperatura bajara. Aeris lo miró mientras se dirigían a su pequeña arboleda.
—El hielo no servirá de mucho si no lo utilizas. —El se lo puso en la mandíbula y se sintió bastante ridículo—. Cuando llegué en verano me imaginé lo maravilloso que sería pasear por aquí en otoño, con el colorido de los árboles y los primeros fríos. Echaba mucho de menos el frío y los cambios de estaciones cuando estaba en California —resopló y volvió a coger aire—. Viví tres años en California. Sobre todo en Los Angeles, aunque pasábamos temporadas en la casa de Monterrey. A mí me gustaba más, pero aprendí a no decírselo o él se habría inventado cualquier motivo para dejar de ir. Le gustaba encontrar pequeñas maneras de castigarme.
—Te casaste con él.
—Sí. Era guapo, romántico, inteligente y rico. Pensé que había encontrado a mi príncipe azul y que viviríamos felices el resto de nuestras vidas. Yo estaba asombrada, halagada y enamorada... Se esforzó mucho para que me enamorara de él. No tiene sentido entrar en detalles. Tú ya has adivinado algunos de ellos. Era cruel con nimiedades y con cosas grandes. Hizo que me sintiera cada vez más pequeña hasta que estuve a punto de desaparecer. Cuando me pegó... la primera vez me impresionó. Nadie me había pegado. Debí haberme marchado en ese instante. Al menos intentarlo. Él no me habría dejado, pero debí haberlo intentado. Sólo llevaba casada unos meses y algo me hizo sentir que me lo merecía. Por ser estúpida o torpe. O desmemoriada. Él me adiestró como a un perro. No estoy orgullosa de eso.
— ¿Recibiste alguna ayuda?
El bosque estaba tan silencioso que se podía oír cada paso que daban sobre el lecho de hojas caídas.
—Al principio, no. Yo sabía algo sobre malos tratos; de oídas. Había leído artículos e historias. Pero no me lo aplicaba a mí. Yo no era parte de ése mundo. Yo procedía de una familia buena y estable. Me había casado con un hombre inteligente y con éxito. Vivía en una casa grande y hermosa. Tenía servicio doméstico.
Aeris se metió la mano en el bolsillo. Se había hecho una bolsa para que le diera valor y la había atado cuidadosamente con siete nudos; se tranquilizaba cuando la sentía entre los dedos.
—Todo se reducía a que yo no dejaba de cometer errores. Pensaba que cuando aprendiera, todo iría sobre ruedas. Pero todo iba de mal en peor y no podía seguir engañándome a mí misma. Una noche me arrastró escaleras arriba tirándome del pelo. Lo tenía mas largo en esa época. Pensé que iba a matarme. Pensé que me pegaría, me violaría y luego me mataría. No lo hizo. No hizo nada de todo eso. Pero comprendí que podía haberlo hecho y que yo no habría podido evitarlo. Fui a la policía, pero era un hombre influyente. Yo tenía algunos moratones, pero nada de consideración. Ellos no hicieron nada.
El sintió que le abrasaban las entrañas.
—Debieron haber hecho algo. Debieron haberte llevado a un refugio.
—Para ellos yo era una esposa rica y mimada que daba problemas. Daba igual —dijo Aeris con un tono cansado—. Aunque me hubieran llevado a cualquier parte, él me habría encontrado. Me escapé una vez y él me encontró. Lo pagué. Me dejó claro una cosa: yo le pertenecía y nunca lo abandonaría. Me encontraría fuera donde fuese. Él me quería —sintió un escalofrío estremecedor al decir eso. Se detuvo y miró a Zack—. Según lo que él entendía por amor; sin reglas ni vínculos. Egoísta, frío, obsesivo y poderoso. Me prefería muerta antes de dejarme marchar. No es una exageración.
—Te creo, pero te marchaste.
—Porque cree que estoy muerta.
Le contó con voz clara e inexpresiva lo que había hecho para romper sus cadenas.
—Por Dios, Aeris —tiró al suelo la bolsa de hielo—. Es un milagro que no te mataras.
—Fuera como fuese, me escaparía. Vendría aquí. Creo, creo sinceramente, que empecé a venir aquí en el preciso instante en el que el coche voló hacia el mar. Que empecé a venir a ti.
Zack se metió las manos en los bolsillos porque sentía unas ganas tremendas de tocarla, pero no sabía si la acariciaría o la sacudiría violentamente.
—Tenía derecho a saberlo... cuando las cosas cambiaron entre nosotros. Tenía derecho a saberlo.
—Yo no esperaba que las cosas cambiaran entre nosotros.
—Pero cambiaron. Y si no sabías hacia dónde nos dirigíamos, es que eres una estúpida.
—No soy una estúpida —su tono era crispado—. Quizá estuviera equivocada, pero no soy una estúpida. No esperaba enamorarme de ti. No quería enamorarme de ti, ni siquiera quería tener una aventura contigo. Tú me perseguiste.
—Da igual cómo pasara. El caso es que pasó. Tú sabías cuál era la situación y no me lo contaste.
—Soy una mentirosa —dijo sin alterar el tono—. Soy una tramposa. Soy una perra, pero no vuelvas a llamarme estúpida.
—Dios mío.
Zack, sin saber qué hacer, se alejó con paso digno y mirando al cielo.
—Nadie va a rebajarme. Nunca más. No voy a sentirme despreciada y desdeñada hasta que a ti te parezca conveniente volver a prestarme atención.
Él volvió la cabeza y la miró.
— ¿Crees que eso es lo que quiero?
—Te estoy diciendo lo que hay. He meditado mucho desde que te fuiste de casa ayer. No voy a quedarme en un rincón lloriqueando porque estés enfadado conmigo. Eso sería un insulto para los dos.
—Muy bien, tres hurras.
—Vete al infierno.
Zack se dio la vuelta y fue hacia ella. Ella sintió que el terror le atenazaba el estómago y notó que le sudaba las palmas de las manos, pero no se movió.
—Es terrible que busques pelea conmigo, sobre todo cuando estás equivocada.
—Sólo estaría equivocada si hiciera lo que tú quieres. Hice lo que tenía que hacer. Me habría gustado no hacerte daño, pero no puedo dar marcha atrás y cambiarlo.
—No, no puedes. De modo que partimos de cero. ¿Has omitido algo que debería saber?
—La mujer que se precipitó por ese acantilado se llamaba Aerith Faremis, la señora de Sephiroth Faremis. Ése ya no es mi nombre. Ya no soy ésa.
—Faremis —repitió lentamente. Aeris casi podía ver cómo repasaba un fichero mental—. Un tipo de Hollywood.
—Así es.
—Te has ido todo lo lejos que has podido.
—Sí, así es también. No volveré nunca. Aquí he encontrado la vida que quiero.
— ¿Conmigo o sin mí?
A ella se le encogió el corazón por primera vez desde que empezara a contarle su historia.
—Eso depende de ti.
—No. Tú ya sabes lo que quiero. Ahora falta saber lo que quieres tú.
—Yo te quiero a ti. Ya lo sabes.
—Entonces tienes que terminar lo que has empezado. Pide el divorcio.
—No puedo. ¿Es que no has oído nada de lo que he dicho?
—Lo he oído todo y también algunas cosas que no has dicho.
Una parte de él quería consolarla, abrazarla, protegerla. Decirle que no tenía importancia. Pero sí la tenía.
—No puedes pasarte la vida preguntándote qué pasará, mirando por encima del hombro para ver si hay alguien detrás o fingiendo que esos tres años han desaparecido. Yo tampoco puedo. Para empezar, te consumiría y además, el mundo es muy pequeño. Nunca podrás estar segura del todo de que no vaya encontrarte. Si lo hace, o si crees que lo ha hecho; ¿volverás a salir corriendo?
—Ha pasado más de un año desde que me fui. No puede encontrarme si cree que estoy muerta.
—Nunca estarás segura. Tienes que acabar con eso, pero tienes que acabar tú sola. Yo no permitiré que te toque. No es su terreno —le levantó la cara con un dedo debajo de la barbilla—. Es mi terreno.
—Le estás infravalorando.
—No lo creo. Sé que no me estoy infravalorando, ni a Yuffie, ni a Tifa, ni a mucha gente de esta isla que haría lo que fuera por ti.
—No sé si puedo hacer lo que me pides. Durante un año me he esforzado al máximo en hacer todo lo posible para estar segura de que no me encontraría viva, de que no sabría dónde estoy. No sé si seré capaz de volver a salir a la luz. Tengo que pensarlo. Necesito un poco de tiempo para pensarlo.
—De acuerdo. Dime lo que decidas —recogió la bolsa de hielo. Estaba casi todo derretido, pero tampoco le importaba mucho su mandíbula. Abrió la bolsa y la vació—. Si no quieres casarte conmigo, lo asimilaré, Aeris. Pero cuando lo hayas pensado bien, necesito que me digas lo que has decidido.
—Te quiero. Eso no tengo que pensarlo.
La miró. El bosque era una explosión de color y el aire todavía llevaba el olor de la lluvia del día anterior. Extendió una mano hacia ella.
—Te acompaño a casa.
Continuara...
waaaaa!! Zack ya se enteró de la historia de Aeris, y si bien ya no está tan enojado, tampoco está muy feliz que digamos…
¡Siguiente capítulo!
