Ya saben, ni la historia ni los personajes me pertenecen, yo solo los meto a la licuadora a ver que sale…

¡Antepenúltimo capítulo!


Bailando en el Aire

Dieciocho

Yuffie miró a Zack con compasión. Y llori­queó un poco. Administraba bien sus lloriqueos para que causaran más impresión.

—No quiero ir a casa de Tifa.

Después de veintisiete años viviendo con ella, Zack era inmune a esas tácticas.

—Cuando eras una niña vivías prácticamente en casa de Tifa.

— ¿No ves la diferencia ahora¿Por qué no vas tú?

—Porque tengo pene. Me contendré y no te preguntaré si ves la diferencia. Sé una buena ami­ga, Yuffie.

Giró sobre sí misma, que era su modo de pata­lear.

—Si Aeris va a casa de Tifa esta noche, enton­ces, ella, Tifa, puede vigilarla. Por Dios Zack, no seas tan protector. El gilipollas de Los Angeles no sabe que está viva.

—Si soy demasiado protector, tendremos que acostumbrarnos. No quiero que conduzca sola por los acantilados —la imagen del coche volando sobre las rocas a tres mil kilómetros de distan­cia le había dejado una bola de hielo en las entra­ñas—. Quiero tenerla vigilada hasta que la cosa se resuelva.

—Pues hazlo tú. Vosotros sois los que tenéis que decidir si ser unos amantes con el corazón destrozado y separados para siempre o un matri­monio ejemplar y como Dios manda.

Zack no entró al trapo porque sabía que ésa era la forma que tenía Yuffie de provocar una discu­sión que le permitiera no hacer lo que le habían pedido que hiciera.

—Nunca comprenderé cómo es posible que yo conozca mejor a las mujeres que tú cuando sois del mismo género.

—No te pases de listo.

Quizá sí hubiera entrado al trapo después de todo.

—Ella no necesita un hombre que la abrume, ni siquiera un ejemplar tan extraordinario como yo. Tiene que tomar algunas decisiones importan­tes. Y hasta que no lo haga, intento mantener cier­ta distancia sin que resulte muy evidente.

—Caray, sí que lo tienes pensado.

La realidad era que estaba poniendo en un buen apuro a Yuffie: quería tener vigilada a Aeris y su hermana quería tenerlo vigilado a él. Yuffie lle­vaba dos días preocupada desde que él le había contado la historia de Aeris.

Sangre en la luna. La visión que tuvo Aeris de Zack cubierto de sangre. Un marido psicópata y homicida en potencia. Sus propios sueños eran muy poco tranquilizadores. Detestaba saber que estaba entrando en el terreno de los presagios... pero las cosas no tenían buena pinta.

— ¿Qué vas a hacer tú mientras yo vigilo al amor de tu vida en la sede de las brujas?

Después de veintisiete años de convivencia, había aprendido otra cosa de Yuffie: siempre podía contar con ella.

—Hacer las dos patrullas de la tarde. Comprar algo de comida preparada e irme a casa para cenar solo y triste.

—No me das ninguna pena. Si quieres, te cam­bio el puesto —fue hasta la puerta—. Iré a casa de Aeris y le diré que esta noche me voy a pegar a ella. Quiero que tú andes con ojo.

— ¿Cómo dices?

—No quiero hablar de eso. Simplemente te lo digo.

—Andaré con ojo.

—Y compra cerveza. Te bebiste la última.

Salió y dio un portazo porque... porque sí.

Tifa preparó encantamientos nuevos. Parecía como si el aire se fuese poniendo más denso cada día. Como si algo lo presionara hacia abajo. Miró afuera. Ya había oscurecido. A finales de octubre las noches eran largas, quedaban muchas horas hasta el amanecer.

Había ciertas cosas de las que era mejor no ha­blar durante la noche, ni pensarlas siquiera. La noche podía ser como una ventana abierta.

Quemó incienso de salvia para contrarrestar las influencias negativas y se puso unos pendientes de amatista para fortalecer la intuición. Estuvo tentada de poner un ramito de romero debajo de la almohada para alejar los malos sueños, pero tenía que ver, tenía que mirar.

Puso jaspe en la cadena que llevaba al cuello para que le diera energía y le aliviara la tensión. Era la primera vez en años que la tensión le acosa­ba tan permanentemente.

Esa noche no podía estar tensa, iba a llevar a Aeris al siguiente escalón y eso debía ser algo jubiloso.

Tocó la bolsa mágica que tenía en el bolsillo. La había llenado de cristales y hierbas y la había atado con siete nudos, como había enseñado a Aeris. De­testaba estar tan nerviosa, como si estuviera espe­rando y esperando que ocurriera el desastre.

En realidad, era una tontería: se había pasado toda la vida preparándose para el desastre y para esquivarlo.

Oyó un coche y vio las luces de los faros que barrían las ventanas de la casa. Fue hacia la puerta y visualizó que metía la tensión en una caja de pla­ta y la cerraba con llave.

Al abrir la puerta, Tifa parecía tan tranquila como siempre. Hasta que vio a Yuffie.

— ¿De visita por los barrios bajos, ayudante de policía?

—No tenía nada mejor que hacer —le sor­prendió ver a Tifa con un vestido largo y negro—. ¿Es una ocasión especial?

—Eso parece. No me importa que estés aquí si Aeris quiere que estés, pero no te entrometas.

—No me interesas lo suficiente como para en­trometerme.

— ¿Va a durar mucho la discusión? —preguntó Aeris—. Me apetece una copa de vino.

—Creo que ya hemos terminado. Entrad. Nos llevaremos el vino.

— ¿Nos llevaremos¿Adonde vamos?

—Al círculo. ¿Has traído lo que te dije?

—Sí —Aeris dio una palmada a la bolsa de cuero.

—Muy bien. Prepararé lo que necesitamos y nos iremos.

Yuffie fue de un lado a otro mientras Tifa co­gía las cosas. Siempre le había gustado la casa del acantilado. Le encantaba. Las grandes habitacio­nes abigarradas, las extrañas esquinas, las gruesas puertas talladas, los suelos resplandecientes.

Estaba más que contenta con su habitación y su casita, pero tenía que reconocer que la casa de Tifa tenía estilo. Y clase. No se podía igualar ese ambiente.

Y además del estilo, la clase y el ambiente, la casa era cómoda. Era un lugar donde cualquiera sabía que podía dejarse caer en una butaca con los pies en alto.

Recordó que ella había corrido por aquellas es­tancias con la libertad de un cachorrillo. Le fastidió darse cuenta de golpe de cuánto añoraba aquello. Echaba de menos todo.

— ¿Sigues utilizando la buhardilla? —preguntó con tono despreocupado mientras Tifa elegía una botella de vino tinto.

Tifa se volvió y sus miradas se encontraron.

—Sí. Algunas de tus cosas siguen ahí —res­pondió Tifa con tres copas de vino en la mano.

—No las quiero.

—En cualquier caso, ahí están. Ya que estás aquí, podías llevar eso —señaló una bolsa y ella co­gió otra que tenía las botellas y las copas.

Abrió la puerta trasera e Isis salió corriendo, cosa que sorprendió a Aeris porque la gata no solía acompañarlas.

—Es una noche especial —Tifa se puso la ca­pucha de la capa que se había echado sobre los hombros. También era negra y tenía un forro de color vino—. Ella lo sabe. Se acerca Halloween y Aeris tiene que practicar para encender la hoguera.

Yuffie levantó bruscamente la cabeza.

— ¿No vais un poco deprisa?

Tifa miró la luna mientras caminaban. Estaba muy pequeña y pronto sería luna nueva; alrededor del fino gajo blanco, podía ver un halo más oscuro y denso que el cielo.

—No.

Yuffie se encogió de hombros, molesta porque Tifa la hubiera intranquilizado.

—Halloween. Los muertos salen de sus tum­bas. La oscuridad rebosa de malos espíritus y sólo los tontos o los muy valientes salen de noche.

—Tonterías —dijo Tifa despreocupadamen­te—. Y no hace falta que las digas para intentar asustar a Aeris.

—El final de la tercera y última cosecha del año —Aeris respiró profundamente el aire de la noche—. Un momento para recordar a los muer­tos y celebrar el ciclo eterno. También es la noche en la que se dice que el velo que separa la vida de la muerte es más fino. No es un momento negativo, sino de reafirmación y diversión. Y, además, el cumpleaños de Tifa.

—Te caen veintisiete —dijo Yuffie.

—No estés tan contenta —había cierto retin­tín en el tono de Tifa y no era una pulla inocente del todo—. A ti te caen dentro de seis semanas.

—Sí, pero tú siempre serás mayor que yo.

Isis ya estaba en el centro del claro. Sentada co­mo una esfinge.

—Tenemos algunas velas para iluminarnos. Pue­des ponerlas en las piedras y encenderlas, Yuffie.

—No —se metió las manos en los bolsillos de la cazadora—. He cargado con tu bolsa de trucos, pero no voy a participar.

—Por el amor de Dios. No vas a traicionar tus votos en contra de la magia por encender un par de velas —dijo, pero Tifa le arrebató la bolsa y fue a las piedras.

—Yo lo haré —dijo Aeris—. No tiene sentido que os enfadéis cuando en realidad estáis haciendo lo que queréis.

— ¿Por qué estás tan enfadada? —Yuffie lo preguntó en voz baja cuando Tifa se acercó a elegir lo que necesitaba de la bolsa—. Pincharte suele costarme más.

—Quizá esté más sensible estos días.

—Pareces cansada.

—Estoy cansada. Se acerca algo. Avanza y cada vez está más cerca. No sé hasta cuándo podré rete­nerlo ni si soy la indicada. Va a haber sangre —agarró con fuerza a Yuffie por la muñeca—. Y dolor. Espan­to y pena. Y me temo que haya muerte sin el círculo.

—Si estás tan segura, si lo temes tanto ¿por qué no has mandado a buscar a alguien? Conoces a otras.

—No es para otras y lo sabes —volvió la mira­da hacia Aeris—. Quizá ella tenga fuerza suficiente. —Tifa se irguió y se quitó la capucha—.Aeris, tra­zaremos el círculo.

Yuffie no esperaba sentir el anhelo que le in­vadió todo el cuerpo cuando observó el ritual bási­co y escuchó las palabras que conocía tan bien.

Se recordó que lo había dejado; que se había apartado de todo eso.

Vio el brillo de la vara y el athamé. Ella siem­pre había preferido la espada. Hizo un gesto pensativo con la boca mientras Tifa encendía las velas con una cerilla de madera. Abrió la boca para ha­blar, para hacer una pregunta, pero Tifa la calló con la mirada. Yuffie supo que se harían las cosas como Tifa quisiera, como se habían hecho siem­pre, y se guardó los comentarios.

—Tierra, viento, fuego, agua, oíd esta invoca­ción de vuestras hijas. El círculo mágico se siente y como la luna está presente.

Tifa esperó con la cabeza echada hacia atrás y los brazos en alto. Se levantó el viento, casi rugió, las llamas de las velas permanecieron rectas como lanzas a pesar del remolino. La tierra tembló lige­ramente y un líquido fragante empezó a bullir en el caldero. Tifa volvió a bajar los brazos y todo se amainó.

Aeris se había quedado sin respiración. Duran­te los meses anteriores había visto, hecho y oído cosas fantásticas, pero nunca había experimentado algo tan intenso.

—El poder espera —le dijo Tifa mientras alar­gaba una mano.

Aeris la estrechó y notó que su amiga tenía la piel cálida, casi caliente.

—Espera en ti. Tu vínculo es el aire y si lo in­vocas te llegará más fácilmente. Pero hay cuatro. Esta noche harás fuego.

—Ya, la hoguera, pero no hemos traído leña.

Tifa se rió y dio un paso atrás.

—No la necesitaremos. Céntrate. Aclara la mente. Este fuego no arde. No hace daño. Ilumina la oscuridad. Es una prueba de tu fuerza y tu poder.

—Es demasiado pronto para ella —advirtió Yuffie desde fuera del círculo.

—Silencio. No te metas. Mírame, Aeris. Pue­des confiar en mí y en ti misma. Mira y observa.

—Átense los cinturones de seguridad —bufó Yuffie mientras se apartaba un poco por si acaso. Tifa abrió las manos vacías. Separó los dedos. Extendió los brazos. Saltó una chispa de un azul eléctrico. Luego otra y otra más, hasta que fue imposible contarlas. Se oyó un chisporroteo y el aire del círculo se volvió azul zafiro.

Una columna de fuego dorado se elevó donde antes estaba el suelo desnudo.

A Aeris se le doblaron las piernas hasta que ca­yó sentada en el suelo. No habría sido capaz de de­cir nada de lo que pasaba por su cabeza, en el caso de que hubiera podido juntar algunos de los dis­persos pensamientos que la desbordaban.

—Te lo dije —Yuffie suspiró y sacudió la cabeza.

— ¡Silencio! —Tifa se apartó del fuego y alargó una mano para ayudar a Aeris a que se levantara—. Ya me habías visto hacer magia, hermanita. Tú misma la has hecho.

—No así.

—Es un poder elemental.

— ¿Elemental? Tifa, has hecho fuego, de ver­dad. De la nada.

—Lo que quiere decir es que se parece a per­der la virginidad. Es como la impresión que te lle­vas con cualquier novedad —le explicó amable­mente Yuffie—. La primera vez puede que sea menos agradable de lo que te esperabas, pero con el tiempo vas mejorando.

—Bastante aproximado —concedió Tifa—. Ahora, céntrate, Aeris. Sabes cómo hacerlo. Aclara la mente. Visualízalo, reúne el poder. Haz tu fuego.

—No puedo...

Tifa levantó la mano para callarla.

— ¿Cómo puedes saberlo si no lo intentas? Concéntrate —se colocó detrás de Aeris y le puso las manos en los hombros—. Tienes luz dentro y calor y energía. Lo sabes. Reúnelo. Siéntelo. Es como un cosquilleo en el estómago que sube hasta el corazón. Se expande y te llena —puso delicada­mente las manos debajo de los brazos de Aeris y los levantó—. Avanza por debajo de la piel, es como un río que fluye por tus brazos hasta la yema de los dedos. Déjalo salir, es el momento.

Yuffie las observaba. La escena tenía algo en­cantador. Era como si estuviera viendo a Tifa enseñar a Aeris a montar en bicicleta. La animaba, la sujetaba, la dirigía, le daba confianza.

Ella sabía que la primera vez no era fácil ni pa­ra la profesora ni para la alumna. La cara de Aeris brillaba por el sudor del esfuerzo. Le temblaban los músculos de los brazos.

El claro, que nunca estaba en completo silen­cio, parecía vibrar. El aire, que nunca estaba completamente quieto, parecía suspirar.

Saltó una chispa débil e irregular. Aeris dio un respingo y Tifa la sujetó; la animaba tranquila y firmemente, como si fuera una letanía. Otra chispa más fuerte.

Yuffie vio que Tifa se apartaba y dejaba que su hermanita siguiera sola en la bicicleta. A pesar de la debilidad que eso significaba, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas; puro sentimiento que le desbordaba. Sintió también cierto orgullo al ver que el fuego de Aeris cobraba vida.

Por primera vez, Aeris sintió el latido de su propio corazón y el pecho que le subía y bajaba. La energía, brillante como la plata, le recorría todas las venas.

—Es mejor que perder la virginidad. Es her­moso y brillante —susurró—. Nada volverá a ser lo mismo para mí.

Se volvió llena de júbilo, pero Tifa ya no la mi­raba a ella sino a Yuffie.

—Necesitamos tres.

Yuffie, furiosa, contuvo las lágrimas.

—No vas a conseguir que yo sea la tercera.

Tifa había visto las lágrimas y las había enten­dido.

—Muy bien —se dirigió a Aeris—. Seguramen­te ya no sea capaz de hacerlo.

—No me digas lo que puedo hacer —dijo Yuffie, alzando la voz.

—Le ha debido resultar difícil darse cuenta, sobre todo después de ver que tú lo haces tan bien en tan poco tiempo.

—Y deja de hablar como si yo no estuviera de­lante. No lo soporto.

— ¿Por qué estás aquí? —preguntó Tifa irrita­da—. Aeris y yo podemos hacer la tercera entre las dos —era lo que tenía pensado hacer Tifa antes de ver a Yuffie en la puerta—. La verdad es que no te necesitamos a ti y tus intentos penosos y desentrena­dos. Nunca fue tan buena como yo —confió Tifa a Aeris—. Siempre le enfurecía que lo que a mí me re­sultaba tan fácil a ella le costara un esfuerzo enorme.

—Era tan buena como tú en todo.

—Lo dudo.

—Mejor aún.

Tifa sabía que Yuffie nunca rechazaba un desafío.

—Demuéstralo.

Yuffie, debilitada por tantos sentimientos en­contrados, agitada por la añoranza y con aire reta­dor, entró en el círculo.

Aeris pensó que no debía hacerlo.

Yuffie no extendió los brazos como había he­cho Tifa. Los dejó caer y el fuego que brotó de los dedos se hundió también en el suelo. En cuanto lo hizo, siseó como una serpiente:

—Lo has hecho a propósito.

—Quizá, pero tú también. Mira, no se ha hun­dido el mundo. Eres tú la que has tomado la deci­sión. Yo no puedo obligarte si tú no quieres.

—Esto no cambia nada. Ha sido sólo una vez.

—Si tú lo dices... Ya que estás aquí, puedes to­marte un vino.

Tifa miró el trío de llamas mientras sacaba la botella. La de Yuffie era más grande que la suya por la rabia, pero ni la mitad de elegante, se dijo satisfecha.

Sintió nacer un fuego en su interior mientras servía el vino. Eso era esperanza.

Tomaron otra copa de vino cuando volvieron a casa de Tifa.

Yuffie, inquieta, iba de una ventana a otra ju­gueteando con las monedas que tenía en el bolsillo. Tifa, no le hacía caso. Yuffie no había sido nunca un espíritu tranquilo y ella sabía que en ese mo­mento estaba librando una batalla bastante desaso­segante en su interior.

— ¿Has decidido cómo vas a manejar la situa­ción con Zack?

Aeris levantó la cabeza para mirarla. Estaba sentada en el suelo hipnotizada por el fuego.

—No. Una parte de mí confía en que Sephiroth quiera divorciarse y ahorrarme ese problema. El resto sabe que ése no es el problema esencial.

—Si no haces frente a los matones, te avasallan.

Aeris admiraba a Yuffie. Era fuerte, directa y aguda.

—Saberlo y actuar para evitarlo son dos cosas distintas. Sephiroth jamás se habría metido con alguien como tú.

Yuffie se encogió de hombros.

—Inténtalo.

—Lo hará cuando esté preparada —replicó Tifa—. Deberías saber mejor que nadie que es im­posible obligar a alguien a que tenga las mismas ideas y criterios que tú. O eliminar el miedo de otra persona.

—Está molesta conmigo porque le estoy ha­ciendo daño a Zack. No puedo reprochártelo.

—Es mayorcito —Yuffie se encogió de hom­bros nuevamente y se sentó en el brazo del sofá—. ¿Qué vas a hacer con él, con Zack, mientras tanto?

— ¿Hacer?

—Sí, hacer. ¿Vas a permitir que caiga en la fase de ensimismamiento que le llega después de la fase de estar jodido y, que lo sepas, es aún más difícil de soportar? Creo que tú y yo hemos llegado a ser más o menos amigas. Haz un favor a una amiga y sácalo de ahí antes de que se quede en la cama y yo tenga que arroparlo.

—Hemos hablado.

—No me refiero a hablar. Me refiero a actos. ¿Realmente es tan cariñosa? —le preguntó Yuffie a Tifa.

—Eso parece. Yuffie, con la delicadeza que le ca­racteriza, está proponiendo que vuelvas a seducir a Zack y que solucionéis vuestros problemas con un par de asaltos de sexo salvaje... que es su forma de res­ponder a cualquier incordio, incluida una uña rota.

—Métete conmigo... Tifa ha renunciado al se­xo, lo que explica que sea tan perra.

—No he renunciado, sencillamente soy más selectiva que una gata en celo.

—No se trata de sexo —la afirmación firme y concisa fue la única solución que encontró Aeris para evitar otra discusión.

—Claro, seguro —gruñó Yuffie.

—Me duele, más de lo que puedo expresar, es­tar de acuerdo con Yuffie —Tifa lanzó un suspiro—. Aunque sea en parte. Es verdad que tu rela­ción con Zack no se basa sólo en el sexo, como las de Yuffie, pero éste es una parte esencial, una ex­presión de vuestros sentimientos, un homenaje a ellos y a vuestra intimidad.

—No lo adornes; sigue siendo sexo —Yuffie hizo un gesto con la copa—. Por muy elevado de espíritu que sea Zack, es un hombre. Estar ron­dándote y no acostarse...

—Yuffie, por favor.

—No tener intimidad —dijo rebajando el tono después de la reprimenda de Tifa—, acabará poniéndole nervioso. Si va a tener que vérselas con tu gilipollas de Los Angeles, tendrá que estar en ple­na forma.

—Ha procurado mantenerme a distancia en ese aspecto.

—Entonces, intenta tú acortar esa distancia..., en ese aspecto —le aconsejó sencillamente Yuffie—. Llévame a tu casa. Pasaré la noche ahí. Tú vas a nuestra casa y haces lo que te digo. Has sali­do con él lo suficiente como para saber las teclas que tienes que tocar.

—Eso es rastrero, un engaño y una manipula­ción.

Yuffie inclinó la cabeza hacia Aeris.

— ¿Qué propones tú?

Aeris se rió a pesar suyo.

—Quizá vaya. A hablar —añadió.

—Llámalo como quieras —Yuffie se terminó el vino—. Podrías llevar las copas a la cocina y recoger tus cosas.

—Claro —Aeris se levantó y cogió las copas—. Tardaré un minuto.

—Tómatelo con calma.

Tifa esperó a que Aeris hubiera salido de la ha­bitación.

—No tardará, de modo que dime lo que no has querido decir delante de ella.

—Lo que he hecho esta noche no cambia las cosas.

—Eso ya lo habías dicho.

—Cállate —volvió a ir de un lado a otro. Se había abierto, aunque hubiera sido sólo un instan­te, pero le bastó con eso—. De acuerdo, se aveci­nan problemas. No voy a fingir que no lo he nota­do y no voy a fingir que no he pensado en una forma de afrontarlos. Quizá pudiera, pero no quie­ro que Zack corra riesgos. Voy a participar en esto, Tifa —se dio la vuelta—. Sólo en esto.

Tifa no insistió.

—Encenderemos las hogueras la medianoche anterior a Halloween. Nos encontraremos a las diez en el Sabath. Zack ya lleva el talismán de Aeris, pero yo que tú, protegería la casa. ¿Te acuer­das de cómo hacerlo?

—Sé lo que tengo que hacer —contestó Yuffie—. Una vez que haya pasado todo, las cosas volverán a ser como antes. Es decir...

—Sí, lo sé —le cortó Tifa—. Una sola vez.

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Zack había renunciado a ocuparse del papeleo, había dejado de entretenerse con el telescopio, in­cluso había abandonado en gran medida la idea de que pudiera dormir. Estaba leyendo una de las re­vistas de armas que tenía Yuffie para ver si así le entraba el sueño.

Luky estaba tumbada junto a la cama y profun­damente dormida, lo que le pareció envidiable. De vez en cuando contraía las piernas al perseguir ga­viotas en sueños o bañarse en la ensenada. Pero le­vantó la cabeza bruscamente y dejó escapar un so­nido sordo y ronco justo antes de que Zack oyera la puerta al abrirse.

—Tranquila. Es Yuffie.

Al oír el nombre, Luky se levantó y empezó a agitar todo el cuerpo contra la puerta.

—Ni lo sueñes. Es demasiado tarde.

La llamada en la puerta hizo que Luky se pusie­ra a ladrar de alegría y que él maldijera.

— ¿Qué?

La perra dio una vuelta frenéticamente sobre sí misma cuando se abrió la puerta y se abalanzó so­bre Aeris.

Zack se incorporó en la cama.

— ¡Luky abajo! Perdona, creía que era Yuffie —estuvo a punto de destaparse, pero se acordó de que estaba completamente desnudo—. ¿Pasa algo?

—No, nada —se inclinó para acariciar a Luky y se preguntó quién de los dos se sentía más violen­to. Decidió que estaban empatados-—. Sólo quería verte, hablar contigo.

Zack miró el reloj y comprobó que era cerca de medianoche.

— ¿Por qué no bajas a la sala? Yo voy ahora mismo.

—No —no iba a tratarla como a una invita­da—. Esta bien así —ella se sentó en el borde de la cama. Él seguía llevando el medallón y eso quería decir algo—. Esta noche he hecho fuego.

Zack la miró directamente a la cara.

—Muy bien.

—No —Aeris se rió un poco y rascó la cabeza de Luky—. Lo he hecho. No con leña y cerillas. Con magia.

—Ah —él sintió un cosquilleo en el pecho—. No sé qué se dice en estos casos. ¿Enhorabuena¿Caray?

—Ha hecho que me sintiera fuerte y emocio­nada. Y... plena. Quería decírtelo. Ha hecho que sintiera algo parecido a lo que siento cuando estoy contigo. Cuando me acaricias. Ahora no quieres acariciarme porque tengo un vínculo legal con al­guien.

—Eso no impide que te desee, Aeris.

Ella asintió con la cabeza y sintió cierto alivio.

—No vas a acariciarme porque tengo un víncu­lo legal con otro hombre —repitió—. Pero la ver­dad es, Zack, que sólo me siento realmente vin­culada a ti. Cuando me escapé, me dije que no volvería a atarme a ningún hombre. Que no volve­ría a correr ese riesgo. Hasta que apareciste. Tengo poderes —se apoyó el puño en el corazón—. Es asombroso, emocionante y encantador. Pero no se puede comparar, ni remotamente, Zack con lo que siento por ti.

Cualquier defensa, cualquier razonamiento que él hubiera podido usar, se vino abajo.

—Aeris.

—Te echo de menos. Estar contigo. No voy a pedirte que hagas el amor conmigo. Iba a hacerlo. Iba a intentar seducirte.

Él le pasó los dedos por el pelo.

— ¿Por qué has cambiado de opinión?

—No quiero volver a mentirte, ni siquiera de la forma más inofensiva. No voy a emplear una parte de tus sentimientos contra la otra. Sólo quie­ro estar contigo, Zack, estar. No me digas que me vaya.

La atrajo hacia sí hasta que su cabeza se posó sobre su hombro y sintió que su interminable sus­piro de satisfacción se unía al suyo.

Continuara...


¿No son preciosos juntos? Ya saben, si quieren sus imágenes del primer encuentro de Zack y Aeris (está tan… ¬) solo mandenme un review con su dirección de correo y les llega calientito!!

Ciao