PENULTIMO CAPITULOOOOOOO!!!! Perdón por haber tardado tanto, pero acabo de salir de un examen que me dejó Deséenme suerte!!!

No quiero que se acabe la historia!!! Pero a la vez estoy impaciente por comenzar la segunda parte, que será un VincentxYuffie. Trataré de actualizar más pronto ;)

Capítulo dedicado a Milena y Aeris, que me han apoyado a lo largo de todo el fic y que les encanta que les dedique capítulos. Ustedes sigan dejando reviews y yo estaré más que feliz de mencionarlas, chikas!! Y ya estoy pensando en aumentar la población de fics ZackxAeris por aquí. Y un super saludo a Umizu, que leyó 19 capis entre sus clases!!!

Espero que les hayan gustado las imágenes, si quieren las imágenes del ABRAZO! Solo dejen un review y con mucho gusto se las envío!!!

Y ya saben, ni la historia ni los personajes me pertenecen, yo solo los meto en la licuadora y se los traigo con mucho cariño!!!


Bailando en el Aire

Diecinueve

Escaparse sólo unos días no fue fácil para un hombre tan importante y triunfador como él, fue complicado y aburrido tener que cambiar las fe­chas de las reuniones, posponer las citas, informar a los clientes, comunicárselo al personal. Había mucha gente que dependía de él.

Más pesado si cabe fue tener que ocuparse per­sonalmente del viaje sin contar con un ayudante.

Pero después de pensarlo cuidadosamente, Sephiroth decidió que no podía hacerse de otra manera. Nadie debía saber dónde estaba ni qué iba a ha­cer. Naturalmente, podrían ponerse en contacto con él por medio del teléfono móvil si ocurría algo extremadamente urgente. Por lo demás, estaría in­comunicado hasta que hiciera lo que se había pro­puesto hacer.

Tenía que saberlo.

No había conseguido quitarse de la cabeza la información que su hermana le había dado de una forma tan casual.

Una doble de Aerith. El fantasma de Aerith.

Aerith.

Se despertaba por las noches empapado en un sudor frío y con la imagen de su esposa paseando por una pintoresca playa. Viva. Burlándose de él. Entregándose a cualquier hombre que se lo pidiera.

No podía consentirlo.

El espantoso dolor que había sentido con su muerte estaba dando paso lenta e inexorablemente a una furia asesina.

¿Lo había engañado¿Había planeado y lleva­do a cabo la farsa de su muerte?

No la había considerado lo suficientemente lista ni valiente como para escaparse y, mucho me­nos, salirse con la suya. Ella sabía cuáles serían las consecuencias. Él se lo había dejado muy claro.

Hasta que la muerte nos separe.

Evidentemente, no pudo hacerlo sola. La ha­bían ayudado. Un hombre, un amante. Una mujer, sobre todo una mujer como Aerith, no habría po­dido planear algo así ella sola. ¿Cuántas veces se habría escabullido para planear todos los detalles con un maldito ladrón de esposas?

Reír y follar, maquinar y planear.

Lo pagaría.

Consiguió tranquilizarse y seguir con sus ne­gocios y su vida sin pestañear. Casi pudo conven­cerse de que lo que le había contado la tal Daisy no tenía ni pies ni cabeza. Después de todo, ella era una mujer y las mujeres, por naturaleza, solían dar rienda suelta a la fantasía y la estupidez.

Los fantasmas no existían y sólo había una Aerith Faremis. La Aerith que estaba hecha para él.

Pero había veces que le parecía oír fantasmas en esa maravillosa casa de Beverly Hills; que oía la risa burlona de su mujer.

¿Y si no estaba muerta?

Tenía que saberlo. Tenía que ser astuto y cui­dadoso.

—Al trasbordador.

Sus ojos, transparentes como el agua, se cerra­ron en un parpadeo.

— ¿Cómo dice?

El empleado dejó de soplar el vaso de café e, instintivamente, se alejó de esa mirada inexpresiva. Luego pensó que había sido como mirar un mar vacío.

—Ya puede montar en el trasbordador. Va a Tres Hermanas ¿verdad?

—Sí —la sonrisa era aún peor que la mirada—. Sí, así es.

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Según la leyenda, la llamada Aire había dejado la isla para vivir con un hombre que le había prometido amarla y cuidarla. Cuando él rompió sus promesas y la hizo desgraciada, ella no hizo nada. Tuvo hijos con pena y los crió con miedo. Se había sometido y se había quebrado.

Había muerto.

Lo último que hizo fue enviar a los niños a sus hermanas para que los protegieran, pero ella no había hecho nada, ni siquiera con los poderes que tenía, para protegerse o salvarse.

Así se forjó el primer eslabón en la cadena de la maldición.

Aeris volvió a pensar en aquella historia. En las decisiones, en los errores, y en el destino. No lo olvidó ni un momento mientras bajaba por la calle del lugar que había pasado a ser su hogar. El que pretendía conservar como su hogar.

Cuando entró, Zack estaba echando una rega­ñina a un niño que no reconoció. Inmediatamente, se dispuso a marcharse otra vez, pero Zack levantó un dedo sin dejar de hablar.

—No sólo vas a ir ahora mismo a casa de la se­ñora Demeara y limpiar hasta el último resto de calabaza y a disculparte por ser un gamberro, sino que además vas a pagar una multa por posesión ilegal de explosivos y daños en la propiedad ajena; quinientos dólares.

— ¡Quinientos dólares! —el niño, al que Aeris echó unos trece años, levantó la cabeza que había tenido gacha hasta ese momento—. Caray, sheriff Grimore, yo no tengo quinientos dólares y mi madre me mataría.

Zack se limitó a enarcar las cejas con aire im­placable.

— ¿He dicho que haya terminado contigo?

—No, señor —farfulló el chaval con un aire de perro apaleado que hizo que a Aeris le dieran ganas de acariciarle la cabeza.

—Puedes pagar la multa limpiando la comisa­ría. Dos veces a la semana a tres dólares la hora.

— ¿Tres dólares la hora? Eso me llevará... —el niño se lo pensó mejor y se calló—. Sí, señor. No ha terminado todavía...

Zack estuvo a punto de soltar la carcajada, pe­ro consiguió mantener una actitud firme.

—También tengo algunas tareas para ti en mi casa. Los sábados.

Zack pensó que eso sí le dolería. No había na­da peor que estar obligado a hacer faenas domésti­cas en sábado.

—La misma tarifa. Puedes empezar este sába­do y el lunes pasarte por la comisaría después del colegio. Si me entero de que vuelves a causar pro­blemas, tu madre va a despellejarte ¿entendido?

—Sí, tío Zack... mmm, quiero decir, sí, señor, sheriff.

—Largo.

Se largó con tantas prisas que casi arrolla a Aeris en su carrera.

— ¿Tío Zack?

—Es un sobrino segundo en realidad. Un títu­lo honorífico.

— ¿Qué ha hecho para merecerse tanto trabajo?

—Metió un petardo de los gordos en la calaba­za de su profesora de historia. Era una calabaza muy grande. Lo dejó todo hecho un asco.

—Ahora pareces orgulloso de su hazaña.

Zack se contuvo lo mejor que pudo.

—Te equivocas. Podía haberse quedado sin de­dos por la explosión, que es lo que estuvo a punto de pasarme a mí cuando tenía su edad más o me­nos y metí un petardo en la calabaza de mi profesora de ciencias. Lo cual no viene al caso, sobre to­do teniendo en cuenta que mañana nos encontra­remos con gamberradas de Halloween parecidas, si no doy un escarmiento hoy.

—Creo que has cumplido con tu obligación —se acercó y se sentó—. ¿Tiene tiempo para otro asunto, sheriff?

—Seguramente podría arañar algunos minutos —le había sorprendido que ella no se hubiera in­clinado para besarlo y que se hubiera sentado tan tiesa y solemne—. ¿Qué pasa?

—Voy a necesitar algo de ayuda y consejo. Le­gal, me imagino. Me he creado una identificación falsa y he dado información falsa para impresos oficiales, además de firmarlos con un nombre que no es legalmente mío. Creo que fingir mi propia muerte también es ilegal y por lo menos debe ha­ber algún fraude por el seguro de vida.

Zack no apartó los ojos de los de ella.

—Creo que un abogado podría aclarártelo y ocuparse de todo y, cuando se conozcan todos los hechos, seguro que no habrá acusaciones. ¿Por qué me lo dices a mí, Aeris?

—Quiero casarme contigo. Quiero vivir contigo y tener hijos contigo. Para conseguirlo tengo que acabar con esto, y voy a hacerlo. Tengo que saber lo que voy a tener que hacer y si acabaré en la cárcel.

—No tendrás que ir a la cárcel. ¿Crees que iba a permitirlo?

—No depende de ti, Zack.

—Los documentos falsos y todas esas cosas no han hecho daño a nadie. Lo cierto es... —había pensado mucho en eso—. Lo cierto es que cuando cuentes tu historia te convertirás en una heroína.

—No. No soy la heroína de nadie.

— ¿Conoces los datos sobre esposas maltrata­das? —abrió el cajón inferior, sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa—. He recopilado alguna infor­mación. A lo mejor te interesa ojearla en algún momento.

—Lo mío fue distinto.

—Todos los casos son distintos. Que procedie­ras de un hogar estable y vivieras en una casa maravillosa no cambia las cosas. Muchas personas que piensan que sus casos son distintos y que no pue­den hacer nada para salir de su situación se fijarán en ti y sabrán lo que has hecho. Gracias a ti, algu­nas mujeres podrían atreverse a dar un paso que quizá no hubieran dado nunca. Eso te convierte en heroína.

—Diane McCoy. Todavía te agobia que no pu­dieras ayudarla. Que ella no te permitiera hacerlo.

—Hay muchas Diane McCoys en el mundo.

Ella asintió con la cabeza.

—De acuerdo, pero aunque la opinión pública es­té de mi lado, eso no quita que haya infringido la ley.

—Nos ocuparemos de eso, cada cosa a su tiem­po. En cuanto al seguro, recuperarán el dinero. Lo devolveremos si es necesario. Haremos juntos lo que tengamos que hacer.

Al oír eso, a Aeris se le quitó un peso de encima.

—No sé por dónde empezar.

Zack se levantó, se acercó a ella y se puso de cuclillas a su lado.

—Quiero que hagas esto por mí. Es egoísta, pero no puedo evitarlo. También quiero que lo hagas por ti. Puedes estar segura.

—Seré Aeris Grimore. Tendré el nombre que de­seo —dijo, y se dio cuenta de que a él se le cambiaba el gesto, que la mirada se le llenaba de emoción. Entonces supo que nunca había estado tan segura de algo—. Le tengo miedo. Yo tampoco puedo evitarlo, pero ahora creo que no pararé hasta que lo haya conseguido. Quiero vivir contigo. Quiero sentarme en el porche y mirar a las estrellas. Quie­ro ver en mi dedo ese maravilloso anillo que me compraste. Quiero compartir contigo muchas co­sas que nunca pensé que fuera a conseguir. Estoy asustada y quiero dejar de estarlo.

—Conozco un abogado en Boston. Lo llama­remos y nos pondremos manos a la obra.

—De acuerdo —soltó el aire—. De acuerdo.

—Hay una cosa que podemos solucionar ahora mismo.

Se levantó y abrió un cajón de la mesa. Aeris notó que el corazón le daba un vuelco cuando vio la cajita en su mano.

—Lo he llevado de aquí para allá. Ya es hora de que se quede donde tiene que estar.

Ella se levantó y alargó la mano.

—Así sea.

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Volvió andando a la librería hecha un manojo de nervios y de entusiasmo. El entusiasmo se im­ponía cada vez que miraba la piedra azul sobre el dedo.

Entró, saludó con la mano a Gevurah y subió las escaleras como si estuviera flotando hasta entrar en el despacho de Tifa.

—Tengo que contarte una cosa —Tifa levantó los ojos del teclado y la miró.

—Ya. Podría estropearte la escena dándote la enhorabuena y diciéndote que sé que seréis muy felices, pero no lo haré.

—Has visto el anillo.

—Hermanita, te he visto la cara —por mucho que dijera que las cosas del amor no iban con ella, el corazón le daba un vuelco cuando lo veía—, pe­ro quiero ver el anillo —se levantó de un salto y tomó la mano izquierda de Aeris—. Una esmeralda —no pudo contener un suspiro—. Es un regalo de amor. Como anillo, es curativo y protege contra el mal. Aparte, es impresionante —la besó en las dos mejillas—. Me alegro por ti.

—Hemos hablado con un abogado de Boston que conoce Zack. Ya es mi abogado. Va a ayudar­me con todos los líos en los que me he metido y con el divorcio. Va a presentar un interdicto con­tra Sephiroth. Ya sé que sólo es un trozo de papel.

—Es un símbolo. Tiene su poder.

—Sí. Cuando haya estudiado el asunto, dentro de un día o dos, se pondrá en contacto con Sephiroth. De modo que se enterará. Con interdicto o sin él, vendrá, Tifa, sé que lo hará.

—Es posible que tengas razón.

¿Era eso lo que había estado notando? El pa­vor, la presión que aumentaba. Las últimas hojas habían muerto ya y las pri­meras nieves no habían caído todavía.

—Pero estás preparada y no estás sola. Zack y Yuffie vigilarán cada trasbordador que llegue desde el momento en que se pongan en contacto con tu marido. Si no tienes pensado irte a vivir con Zack, vivirás conmigo. Mañana es el Sabath. Yuffie ha aceptado participar. Cuando se forme el círculo, él no podrá romperlo. Eso te lo pro­meto.

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Pensaba decírselo a Yuffie a continuación, si la encontraba. Pero nada más poner un pie en la ca­lle, sintió una náusea que le revolvió el estómago. Se tambaleó y notó un sudor frío. Se apoyó en la pared y esperó a que se le pasara.

Cuando consiguió respirar con normalidad, pensó que eran los nervios. Todo iba a empezar en ese momento e iba a suceder muy rápidamente. No podía dar marcha atrás. Le harían preguntas, llegaría la prensa, la mirarían, murmurarían de ella hasta las personas que había empezado a conside­rar amigas.

Era normal que estuviera un poco desasosega­da y sintiera náuseas.

Volvió a mirar el anillo, el destello de esperan­za hizo que desaparecieran los últimos restos de malestar.

Decidió que ya buscaría más tarde a Yuffie. En ese momento, compraría una botella de champán y los ingredientes para preparar un buen guiso de carne.

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Sephiroth desembarcó en Tres Hermanas justo cuando Aeris estaba apoyada en la pared de la li­brería. Echó una ojeada indiferente al muelle. La playa no le llamó la atención. Subió por la calle principal, siguiendo las instrucciones que le habían dado, y se paró delante de la Posada Mágica.

Decidió que era la típica madriguera de un pueblo muy propio de domingueros de clase me­dia. Bajó del coche para echar un vistazo en el pre­ciso instante en que Aeris daba la vuelta a la esqui­na para ir al mercado.

Entró y se registró.

Reservó una suite, pero los artesonados del te­cho y las antigüedades no le parecieron nada atractivos. Detestaba todo ese batiburrillo, él prefería las líneas limpias, lo moderno. Los cuadros, si me­recían ese nombre, eran marinas y acuarelas desvaí­das. En el minibar no había su marca preferida de agua mineral.

¿Las vistas? No veía más que playa y mar, ga­viotas ruidosas y lo que supuso que eran botes de pesca de los lugareños.

Irritado, fue al salón. Desde allí se veía la curva de la costa y el repentino corte de los acantilados donde se alzaba el faro. Vio la casa de piedra y se preguntó qué idiota habría elegido un sitio tan ais­lado para vivir.

De repente se encontró mirándola con los ojos entrecerrados. Parecía como si una luz se filtrara entre los árboles. Aburrido, decidió que tenía que ser un efecto visual.

En cualquier caso, y gracias a Dios, no había ido hasta allí para ver el paisaje. Había ido para buscar a Aerith o para convencerse de que lo que quedara de ella descansaba en el fondo del Océa­no Pacífico. Estaba seguro de que en una isla de ese tamaño no tardaría más de un día en hacer su trabajo.

Deshizo la maleta y colgó la ropa de tal forma que cada prenda quedara a tres centímetros exactos de la siguiente. Colocó sus enseres de aseo per­sonal, entre los que había un jabón de afeitar de al­tísima calidad. Jamás usaba los que ofrecían los hoteles. La sola idea le revolvía las tripas.

Para terminar, colocó en el escritorio una foto enmarcada de su mujer. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios a través del cristal.

—Si estás aquí, querida Aerith, te encontraré.

Al salir del hotel, reservó una mesa para la ce­na. El desayuno era la única comida que le parecía adecuado tomar en la habitación de un hotel.

Salió a la calle y giró a la izquierda en el mo­mento exacto en que Aeris, con las dos bolsas de comida, torcía a la derecha al final de la manzana para ir a su casa.

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Aeris estaba segura de que aquella era la maña­na más feliz de su vida. El cielo tenía un color pla­teado con manchas y jirones rosas, dorados y de un rojo profundo. El césped de su casa estaba al­fombrado de hojas que crujían alegremente bajo los pies y que habían dejado los árboles desnudos y con aire fantasmal. Lo cual era perfecto para Halloween.

En su cama había un hombre que le había agradecido el guiso de carne de una forma muy sa­tisfactoria.

Los bollos estaban en el horno, el viento sopla­ba y ella estaba preparada para hacer frente a sus demonios. Pronto abandonaría su casita y la echaría de menos, pero lo compensaba con la idea de vivir con Zack.

Pasarían juntos la Navidad. Quizá, si se resol­vieran todos los embrollos legales, para entonces podrían estar casados.

Ella quería casarse al aire libre. Era poco prác­tico, pero era lo que más deseaba. Se pondría un vestido largo de terciopelo. De terciopelo rosado.

Llevaría un ramo de flores blancas. Toda la gente que había conocido estaría presente.

El gato maulló lastimeramente mientras ella soñaba despierta.

—Diego —se inclinó para acariciarlo. Ya no era un gatito sino un gato joven y elegante—. Me ha­bía olvidado de darte de comer. Hoy tengo la ca­beza a pájaros. Estoy enamorada y voy a casarme. Vendrás a vivir con nosotros a la casa junto al mar y te harás amigo de Luky.

Sacó el cuenco y lo llenó mientras él se frotaba nerviosamente contra sus piernas.

—Se puede decir que una mujer que habla con su gato es un bicho raro.

Aeris no dio un respingo, lo cual complació a ambos. En vez de eso, se levantó y se acercó a Zack, que estaba en el quicio de la puerta.

—Podría ser un familiar mío, pero me han dicho que depende de él. Buenos días, sheriff Grimore.

—Buenos días, señorita Gainsborough. ¿Me ven­dería una taza de café y un bollo?

—El pago es por adelantado.

El la abrazó y le dio un beso largo y profundo.

— ¿Es suficiente?

—Sí, claro. Tendré que darle las vueltas —vol­vió a besarlo con deleite—. Soy muy feliz.

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A las ocho y media en punto, Sephiroth se sentó pa­ra desayunar café, zumo de naranja, una tortilla de claras de huevo y dos rebanadas de pan integral.

Ya había pasado por el gimnasio del hotel. Se limitó a echar un vistazo a la piscina. No le gustaba bañarse en piscinas públicas, pero pensó hacer­lo hasta que se dio cuenta de que ya la habían usa­do. Una morena alta y delgada nadaba con vigor, como si estuviera en una carrera, pensó.

Sólo pudo vislumbrar su cara cuando la giraba al ritmo de las brazadas. Decidió que no le interesaba y se marchó, por lo que no se dio cuenta de que ella perdía velocidad repentinamente; que se erguía en el agua como si se preparara para un ata­que; que había abierto los ojos como platos y había pedaleado en el agua mientras miraba alrededor en busca de lo que le había parecido un enemigo.

Él se duchó en su habitación y se puso un jer­sey gris pálido y unos pantalones oscuros. Miró el reloj dispuesto a enfadarse si le subían el desayuno un minuto tarde. Sin embargo, llegó puntual. No habló con el camarero; nunca hacia esas tonterías. Le pagaban por servir la comida, no por confrater­nizar con los clientes.

Disfrutó del desayuno y le sorprendió no po­der ponerle ninguna pega. Mientras, leyó el periódico y escuchó las noticias en la televisión.

Pensó en cómo podría hacer mejor lo que ha­bía ido a hacer. Quizá no fuera suficiente pasear por el pueblo como había hecho el día anterior, ni recorrer la isla en coche como tenía pensado ha­cer ese día. Tampoco serviría de nada preguntar a los lugareños si conocían a alguien que fuera co­mo Aerith. La gente siempre quería saberlo todo y le harían preguntas. Conjeturas. Llamaría la atención.

Si, por casualidad, Aerith estaba viva y estaba allí, cuanta menos atención le prestaran a él, mejor. ¿Qué haría Aerith en aquella isla? No tenía una profesión. ¿Cómo podría ganarse la vida si no estaba él? A no ser, naturalmente, que hubiera uti­lizado su cuerpo para embaucar a otro hombre. ¿Qué otra cosa haría una mujer?

Tuvo que sentarse hasta que se le pasó la ira. Era difícil pensar en los pasos lógicos si estaba furioso. Aunque tuviera motivo. La encontraría. Si estaba viva, la encontraría. Sencillamente lo sabría. Eso le llevó a pensar en lo que haría si la en­contraba.

Sin duda, tendría que castigarla. Por entriste­cerlo, por engañarlo, por intentar romper las promesas que le había hecho. Las molestias y el bo­chorno que su huida le había ocasionado eran incalculables.

La llevaría de vuelta a California, claro, pero no inmediatamente. Primero tendrían que ir a al­gún sitio tranquilo e íntimo para que él pudiera re­cordarle esas promesas. Para que él pudiera recor­darle quién mandaba.

Dirían que ella se había golpeado la cabeza al salir disparada del coche; que había sufrido amnesia y había vagado lejos del lugar del accidente.

Sephiroth pensó que a la prensa le parecería una noticia sensacional. Lo devorarían.

Atarían todos los cabos de la historia cuando estuvieran en ese sitio tranquilo e íntimo.

Si no podía hacerlo, si ella se atrevía a recha­zarlo, si volviera a escaparse para ir gritando a la policía como había hecho otra vez, tendría que matarla.

Tomó esa decisión con la misma frialdad con la que había elegido el desayuno.

Le parecía que Aerith tenía dos elecciones muy sencillas: vivir o morir.

Cuando llamaron a la puerta, Sephiroth dobló mi­nuciosamente el periódico y fue a abrir.

—Buenos días, señor —dijo alegremente la jo­ven camarera—. Ha solicitado el servicio de lim­pieza entre las nueve y las diez.

—Efectivamente.

Miró el reloj y comprobó que eran las nueve y media. Se había distraído con sus pensamientos más tiempo del previsto.

—Espero que esté disfrutando de la estancia. ¿Quiere que empiece por el dormitorio?

—Sí.

Se sentó a tomar la última taza de café y ver un reportaje sobre un nuevo conflicto en Europa del Este que no le interesó lo más mínimo. Era dema­siado pronto para llamar a Los Angeles para saber si había alguna novedad, podía llamar a Nueva York. Tenía un asunto entre manos, que se estaba cociendo allí, y no estaría de más dedicarle un po­co de atención.

Entró en el dormitorio para buscar la agenda y se encontró a la camarera con los brazos llenos de ropa de cama limpia y mirando fijamente la foto­grafía de Aerith.

— ¿Ocurre algo?

— ¿Cómo? —ella se sonrojó—. No, nada, lo siento.

Fue rápidamente a hacer la cama.

—Miraba con mucho interés esta fotografía ¿Por qué?

—Es una mujer muy hermosa.

La mujer sentía un escalofrío por todo el cuer­po. Sólo quería hacer la habitación y salir de allí.

—Sí, lo es. Es mi mujer, Aerith. Por la forma de mirarla he pensado que a lo mejor la había visto en algún sitio.

—No, señor. Lo dudo. Me recuerda a alguien, eso es todo.

El tuvo que hacer un esfuerzo para que no le rechinaran los dientes.

—Ah.

—Se parece mucho a Aeris, pero ella no tiene ese pelo precioso ni ese... no sé, refinamiento.

— ¿De verdad? —la sangre le hervía, pero man­tuvo el tono de voz tranquilo, casi amigable—. Qué curioso. A mi mujer le encantaría saber que hay una mujer que se parece tanto a ella.

Aeris. La abuela de Aerith se llamaba Aeris. Un nombre vulgar y nada elegante. Siempre le había disgustado.

—Esa Aeris ¿vive en la isla?

—Claro. Llegó a principios de verano. Vive en la casita amarilla. Lleva el café que hay en la libre­ría... también sirve comidas a domicilio. Cocina de maravilla. Debería ir a comer al café. Todos los días hay una sopa y sándwiches especiales. Son in­superables.

—Quizá lo haga —replicó muy delicadamente.

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Aeris entró por la puerta de atrás de la librería, saludó alegremente a Gevurah y subió al café.

Una vez allí, se movió como el rayo.

Dos minutos después, llamó a Tifa con un tono de voz que expresaba impotencia y disculpas.

—Tifa, lo siento ¿podrías subir un minuto?

—A estas alturas ya debería ser capaz de orga­nizarse sola —masculló Gevurah mientras la jefa la miraba de soslayo.

—A estas alturas, tú deberías ser capaz de dar­le un respiro —le replicó Tifa mientras iba a hacia las escaleras.

Aeris estaba junto a una de las mesas del café donde había una tarta glaseada que resplandecía bajo unas velas de cumpleaños; también había una cajita envuelta y tres floreros rebosantes de mimosas.

—Feliz cumpleaños.

La amabilidad del gesto la cogió desprevenida, lo cual era muy raro que ocurriera. Tifa sonrió emocionada y encantada.

—Gracias. Tarta... —arqueó una ceja y tomó uno de los floreros con mimosas—. Mimosas y regalos. Casi merece la pena cumplir veintisiete años.

—Veintisiete—gruñó Gevurah detrás de ella—. Una ni­ña. Hablaremos cuando llegues a los cincuenta —sa­có otro paquete más grande—. Feliz cumpleaños.

—Gracias. No sé por dónde empezar.

—Lo primero, el deseo y soplar las velas —or­denó Aeris.

Hacía mucho tiempo que no hacía algo tan sencillo como formular un deseo, pero obedeció y sopló las velas.

—Tienes que cortar el primer trozo —Aeris le pasó un cuchillo.

—De acuerdo. Luego quiero los regalos.

Tifa cortó la tarta y abrió el paquete más gran­de. La colcha era suave como el agua y del color del cielo a medianoche. Llevaba estampados los signos del zodiaco.

— ¡Gev, es fabulosa!

—Te mantendrá caliente.

—Es preciosa —Aeris acarició la colcha—. In­tenté imaginármela cuando me la describió Gevurah, pero es mucho mejor.

—Gracias —Tifa se volvió y acarició la mejilla de Gevurah con la suya antes de besarla.

A Gevurah se le sonrojaron las mejillas de puro placer, pero fue ella la que apartó a Tifa.

—Vamos abre el regalo de Aeris antes de que reviente.

—Me recordaron a ti —dijo Aeris mientras Tifa desataba el cordón de la cajita.

Había unos pendientes. Unas estrellas de plata que colgaban y centelleaban contra diminutas esferas de piedra de luna.

—Son preciosos —Tifa los levantó a la luz an­tes de besar a Aeris—. Y muy adecuados, sobre to­do hoy —añadió mientras alargaba los brazos.

Iba vestida de negro otra vez, pero la tela lisa y brillante estaba salpicada de pequeñas estrellas y lunas plateadas.

—No pude resistir ponérmelo precisamente en Halloween y ahora esto... —se quitó rápidamente los pendientes que se había puesto esa ma­ñana y los sustituyó por los de Aeris—. Son el re­mate perfecto.

—Muy bien —Gevurah levantó su vaso—. Por los veintisiete.

—Gev, no lo estropees —rió Tifa mientras brindaba—. Quiero tarta —levantó el pequeño re­loj de plata que colgaba de una de sus cadenas—. Hoy abriremos un poco más tarde.

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No fue difícil encontrar la casita amarilla. Sephiroth aminoró la velocidad para ver la pequeña ca­sa escondida entre los árboles. Pensó que era poco más que una choza y casi se sintió irritado por el insulto que suponía.

Aerith prefería vivir en ese cuchitril en vez de en las casas maravillosas que él le había proporcio­nado.

Tuvo que contener la urgencia por ir al café y sacarla a la calle a rastras. Se recordó que las escenas en público no eran la mejor manera de tratar a una esposa mentirosa.

Esas cosas exigían intimidad. Volvió al pueblo, aparcó el coche y echó a an­dar. Un estudio minucioso le llevó comprobar que ninguna de las casas vecinas estaba lo suficiente­mente cerca como para preocuparle. No obstante, primero fue a la arboleda, la recorrió y permaneció entre las sombras observando la casa.

Al ver que no se movía nada, que no había agi­tación, fue hacia la puerta trasera.

Le llegó una oleada de un olor poderoso y mo­lesto. Era como si lo empujara, como si lo apartara de la puerta. Por un momento, sintió en la piel al­go parecido al miedo y se encontró dando un paso atrás, fuera de la entrada.

La furia le dominó y barrió todo temor. Una repentina ráfaga de viento hizo que las estrellas que colgaban del alero repicaran estruendosamen­te, pero él atravesó lo que parecía una pared de ai­re y agarró el picaporte. Ella ni siquiera cerraba con llave la casa, pensó con irritación. Qué descui­dada era, qué estúpida.

Estuvo a punto de gritar cuando vio el gato. Detestaba a los animales. Le parecían unas criatu­ras repugnantes. Se miraron durante un buen rato, hasta que Diego se marchó.

Sephiroth echó una ojeada a la cocina y deambuló por la casa. Quería ver cómo había vivido su mujer durante el último año.

Apenas podía esperar para volver a verla.

Continuara...


Waaaaaaaaaaaaa!!!!!!! Sephiroth ya llegó!! Ahora sí nos cayó el chahuiztle!!! Que hará este malo malísimo cuando encuentre a la pobre Aeris? Nada bueno, se los aseguro!!!!

Au revoir!