a historia no me pertenece le pertenece a Cara Colter ni los personajes (nisiquiera Edward) le pertenece a Mayer!
las quiero Nessa
Gracias a las chicas que han dejado RR
Capítulo 2
Bella se sentó furiosa en la parte trasera del taxi. «En cuanto vea a Alice, la mato», decidió.
Pensar algo así le pareció un terrible defecto para una mujer que se preciaba de su innata tranquilidad y su inalterable calma, al menos profesionalmente. Pensar así de Alice mostraba lo realmente alterada que estaba. Alice, en unos pocos meses, se había convertido en mucho más que su jefa.
La verdad era que la tranquilidad no era ninguna defensa contra un hombre como Edward Cullen. Era masculino, atractivo, con una brillante sonrisa, los ojos color jade, unas perfectas facciones, y cómo se movía, la ropa que llevaba sobre ese cuerpo musculoso. ¡Todo eso junto habría podido alterar hasta a la madre Teresa!
Sabía que el hermano de Alice era atractivo. Había visto fotografías suyas en la casa. Pero ninguna de esas imágenes la había preparado para él en carne y hueso.
En una de las fotografías tenía doce años y en la otra estaba en el equipo de fútbol de la universidad.
—No terminó la carrera —había dicho Alice con tristeza cuando la había visto mirando la fotografía.
Alice parecía ver a Edward como el exasperante hermano pequeño experto en desbaratar todos sus intentos de interferir en su vida con su sabiduría y buenos consejos de hermana mayor. Por las pocas veces que Alice hablaba de su hermano, había llegado a la conclusión de que dirigía un hotel o una agencia de viajes, no que era el presidente de una de las mayores empresas del mundo. Así que el artículo en People to Watch había sido una conmoción. Primero las fotografías que casi capturaban su magnetismo animal.
Alice nunca había mencionado que su hermano era candidato a soltero más sexy del mundo, aunque su condición de no casado parecía molestarle bastante.
De nuevo las afirmaciones de la revista parecían hacerle más justicia que las observaciones de su hermana. La revista lo describía como poderoso, comprometido y letalmente encantador. Y eso sólo era personalmente. Profesionalmente lo describían como decidido. El momento de apertura de sus instalaciones de vacaciones sólo para adultos se veía como brillante.
En el artículo también había sido emparejado con algunas de las mujeres más ricas y guapas del mundo, incluyendo la actriz Monique Belliveau, la cantante Carla Kensington y la heredera Stephanie Winger Stone.
Para cuando los había dejado plantados en el aeropuerto, Isabella Swan, la tranquila, ya estaba nerviosa por ir a conocer a Edward Cullen, el soltero más sexy del mundo, y ya no le gustaba sabiendo que rezumaría todo ese encanto superficial y esa arrogancia de un hombre que tenía el mundo a sus pies. Alguien que recorrería la vida sin esfuerzo, acumulando éxitos, rompiendo corazones, pero jamás sufriendo él.
Antes de aterrizar ya sabía que Alice había cometido un terrible error al mandarlos allí. Lo que imaginaba se había visto subravado cuando el gran Edward no había aparecido en el aeropuerto y ella no había podido atravesar los muros de oro que lo protegían de las molestias de la vida real.
Lo que hacía que surgiera la pregunta: ¿por qué no había aprovechado la oportunidad de irse a Whistler? No era sólo porque los hoteles y los niños no fueran una buena combinación sin importar lo pensados para ellos que estuvieran. También era porque los niños estaban agotados lo mismo que ella, así que no era un buen momento para tomar decisiones.
Había visto en él algo inesperado. No había sido arrogante y encantador. Algo le corría por dentro. Lo había visto cuando había bajado la guardia al ponerle a Jake en los brazos, algo en su rostro le había dicho que en su vida no se había librado del dolor.
«Para», se dijo terminante. Pasarían la noche con él. Al día siguiente, descansada, pensaría qué hacer. El plan original ya no parecía realizable. ¿Una semana con él? ¡Madre mía!
Lo que no iba a hacer era llamar a Alice y a Jasper que necesitaban esos días juntos desesperadamente. A la mínima sospecha de problemas, Alice volvería a casa.
¿Podía tener algún interés para los niños pasar algo de tiempo con su tío? Había dejado claro que no le gustaban los niños. De hecho, su éxito se basaba en crear un mundo libre de niños. No tenía ningún sentido ver nada noble en su súbito impulso de hacerse el héroe y pasar unos días con sus sobrinos.
Y ¿qué pasaba con ella? ¿Cuánto tiempo podría pasar cualquier mujer con sangre en las venas con alguien así sin sucumbir?
No era, se recordó, que hubiera nada por lo que sucumbir. Era rico y poderoso y letalmente encantador. No había visto en las fotos que lo acompañara ninguna mujer como ella: sin maquillar, sin sofisticación, rellenita.
Se llevó la mano al guardapelo del cuello y sintió dolor. Sólo unas semanas antes la hubiese protegido. James se lo había dado antes de salir para Europa.
—Te lo prometo —había dicho—. Volveré contigo.
Quizá sería mejor quitárselo ya que representaba una promesa rota. Pero por otro lado quizá aún la protegiera al recordarle la inconstancia del corazón humano, especialmente del masculino.
Además no estaba lista para quitárselo. Aún miraba cada noche la fotografía que había dentro y sentía el dolor de la pérdida y la esperanza de que él se diera cuenta de que había cometido un error.
Aunque el peor error había sido el de ella. Creer en lo que sentía por James, incluso a pesar del ambiente en que había crecido. La ruptura de sus propios padres había sido venenosa, su pasión se había convertido en puro odio que había destruido todo lo que tocaba, incluyendo a sus hijos. Quizá especialmente a sus hijos.
«Gracias Dios», pensó, «por los Hale, por Alice y Jasper, por Susie y Jake». Ese Dios que había hecho que fuera bienvenida en ese hogar cuando se había desatado el huracán de su ruptura. Sobreviviría porque ellos le daban una sensación de familia y de pertenencia, un lugar seguro para refugiarse cuando el mundo se desmoronaba. Además, quererlos no implicaba ningún riesgo. Porque desde que James había llamado desde Londres, «lo siento, hay otra persona», miraba a Alice y Jasper con envidia.
—¿Señora, va a algún sitio o se va a quedar ahí sentada todo el día? —preguntó el taxista, impaciente.
—Cuando vea un espantoso coche amarillo, sígalo —dijo evitando el horrible «siga a ese coche».
—¿Un coche amarillo? —dijo desconcertado—. ¿Podría especificar un poco más?
—Ya viene —dijo ella mirando por encima del hombro.
—Vale, señora —silbó—. Si le parece que un Lamborghini es espantoso, entonces es ése…
—Totalmente inadecuado para las sillitas de los niños —informó mientras el espantoso coche con su espantoso conductor pasaba a su lado.
«¡Un hombre como ése puede hacer que te arranques el guardapelo del cuello!»
De inmediato se corrigió diciendo: «un hombre como ése puede romperte el corazón sólo con estar en la misma habitación». Sus ojos no hacían más que prometer cosas que no iba a cumplir.
Además, era inalcanzable para las simples mortales, se recordó con un suspiro. ¡Y ella no era una mortal disponible! James había acabado con ella. Había dado una oportunidad al amor, mantenido sus sueños y esperanzas el año que él había estado lejos, vivido de sus cartas y correos electrónicos y al final sufrido la traición.
¡Era terrible que ese voto de haber terminado con el amor pudiera ponerse en cuestión por sólo una mirada de Edward Cullen! ¿Cómo podía sólo una mirada hacerle desear no haberse abandonado tan completamente? Atrás había quedado el maquillaje, el pelo arreglado, la ropa alegre. Y pesaba casi siete kilos más por una terapia intensiva a base de chocolate.
Había intentado hacerse invisible para sentirse segura. ¿Cómo podía sentirse como si Edward Cullen la hubiera visto de un modo que James nunca lo había hecho?
El deportivo era tan bajo que podía ver a Jake por la ventanilla. Rechazó suavizar su opinión sobre Edward porque hubiese decidido llevar él al bebé en su coche. Si mejoraba su opinión sobre él estaba perdida. Además, no había habido sitio bastante para Susie y ella.
Un coche así lo decía todo de él. Rápido y llamativo. Egocéntrico, soltero y decidido a seguir así. Dado que ella era soltera y decidida a seguir siéndolo el resto de su vida, una pobre niñera en la habitación del sótano, no era justo ver lo mismo en él como un defecto.
Excepto que el coche decía de él que era un depredador, ¿no?
—¿Qué significa para usted un coche como ése? —preguntó al taxista por si se equivocaba.
—Que puedes tener la chica que quieras —murmuró. «Bingo», pensó ella—. Si le pisa no voy a ser capaz de seguirlo —advirtió.
—Si le pisa, lo mato —dijo ella—. Lleva un bebé.
«Mi bebé», claro que oficialmente no lo era, pero se había ganado su corazón a la primera mueca. En ese momento, en su época post James, había decidido que sería el único bebé que tendría.
Dos veces, en el espacio de cinco minutos, la tranquila Bella había pensado en matar a alguien. Eso era lo que hacía la pena: convertir a la gente normal, de confianza, en amargados supervivientes, los volvía como menos querían ser. De hecho, su reciente tragedia tenía el potencial de volverla como sus padres que habían pasado toda su vida de casados intentando matarse.
Figuradamente. La mayor parte del tiempo.
—No se debe decir que se va a matar a alguien —le dijo Susie abrazada a su oso de peluche confirmando lo que ella ya sabía.
El mismo oso que había llegado junto a la sillita de coche, regalos de su tío. A los ojos de Susie, su tío era un villano que había apartado a su madre de ella. Un oso de peluche no iba a arreglar eso. ¡Una lección que el tío Ed sin duda necesitaba aprender! No se puede comprar el afecto.
La sillita y el oso de peluche habían llegado a los pocos minutos de hacer una llamada de teléfono. También le había oído dar instrucciones para que en su apartamento se instalara una cuna. En la habitación de invitados con jacuzzi. Lo que planteaba la pregunta de cuántas habitaciones de invitados había y, sobre todo, ¿para qué necesitaba una habitación de invitados con jacuzzi? Evidentemente para lo mismo que un coche como ése.
Aun así, había captado el mensaje: él hablaba y la gente brincaba.
¡Sería mejor que ni pensara en hacer lo mismo con ella! Podía haber sido el tipo de persona que brincaba antes de la traición de James, pero eso se había acabado.
Llegaron a un complejo de apartamentos no lejos de la oficina y Bella trató con fuerza de no mostrarse impresionada, aunque una habitación de invitados con jacuzzi debería haberla preparado para algo espectacular.
De todos modos, estaba impresionada. Aunque Alice y Jasper no tenían dificultades económicas, sabía que se encontraban a otro nivel completamente distinto.
El alto edificio parecía hecho de mármol blanco, cristal y agua. El jardín de la puerta principal era exquisito; césped, flores exóticas, una fuente de ónice negro.
Estaba buscando el monedero cuando Edward apareció en la ventanilla del conductor con Jake en brazos y pagó el taxi. Le abrió la puerta. ¡No parecía muy incómodo con el bebé!, pero decidió concentrarse en si el gran Edward Cullen sería consciente de que había aparcado su trasto amarillo en una zona marcada de un modo evidente como prohibida y no le preocupaba.
Tendría que recordarlo: las normas eran para los demás.
Un portero salió del edificio casi de inmediato para aparcar el coche. Otro sacó el equipaje del maletero.
Edward saludó a los dos por su nombre con una calidez sincera que la sorprendió. Y después la guió a través de un vestíbulo que le recordó el de un hotel de cinco estrellas en el que había estado una vez. Todo era impresionante, pero ¿por qué sentía que lo más hermoso del vestíbulo era un hombre seguro de sí mismo llevando un bebé sin aparente esfuerzo?
Pocos hombres, según su experiencia, se sentían realmente cómodos con los niños. James había dicho que le gustaban, pero había notado que tenía ese condescendiente entusiasmo a la hora de estar con ellos que tanto odiaban los niños.
Esperó que fuera un signo de curación haber apreciado un defecto en su hombre perfecto.
Era una extraña ironía que mientras que Edward no había dicho nada de que le gustaran los niños, y de hecho irradiaba una incomodidad por la que no se disculpaba, llevara al bebé en la cadera como la cosa más natural del mundo.
Justo en ese momento, Edward miró al rorro que llevaba en los brazos. Ella se dio cuenta de la ternura con que lo miró y se le hizo un nudo en la garganta. ¿Acababa de captar en él un atisbo de algo lo bastante real como para hacerle cuestionarse cómo lo había juzgado?
¿Qué pasaba si el soltero más sexy del mundo era un mentiroso? ¿Qué pasaba si el deportivo y la ropa cara eran sólo una puesta en escena? ¿Qué pasaba si ese hombre en realidad había nacido para ser un padrazo?
«Zona peligrosa», se dijo. ¿Qué le pasaba? ¡Acababa de ser decepcionada por un hombre! ¿Por qué encontraba tantas cualidades en otro que apenas conocía?
Además, no había ninguna duda sobre el porqué del éxito con las mujeres de los hombres como Edward Cullen. Había hecho del encanto una ciencia. Y eso hacía muy fácil situarlos en el centro de una fantasía, era muy fácil darle el papel de estrella en un sueño en el que ella había decidido no volver a creer jamás.
Ya estaba bien de fantasías, se dijo. Había pasado todo el año que James había estado fuera construyendo una fantasía alrededor de sus estúpidas cartas, leyendo en ellas un brillante amor, cuando de hecho el amor se estaba desvaneciendo. Era una mujer lo bastante patética como para haberse gastado todos sus ahorros en un traje de novia por una vaga promesa.
Edward se acercó a la puerta de un ascensor e insertó una llave. La puerta se abrió y Bella trató de no quedarse boquiabierta por la increíble decadencia del ascensor privado. ¿Cómo iba a renunciar a una fantasía en un mundo en que la fantasía era realidad?
El ascensor de cristal subió en silencio y hasta Susie olvidó el enfado con su tío y chilló encantada mientras subían suavemente cada vez más alto haciendo que la vista se volviera más impresionante por segundos.
El problema de un ascensor, sobre todo para una mujer que trataba desesperadamente de recuperar el control de sus indisciplinados pensamientos, de sus fantasías, era que todo estaba demasiado cerca. Sentía el torturador aroma de la cara colonia de Edward. Sus hombros, enormemente anchos bajo el traje a medida, la rozaron cuando se apartó para dejar ver al bebé, y sintió un estremecimiento de origen animal tan fuerte que le llegó a la médula.
La realidad de estar en ese ascensor con un hombre real le hizo plenamente consciente del año que James no había sido real, sino un lejano sueño que podía convertir en lo que quisiera.
¿Había sido alguna vez así de consciente de la presencia de James? ¿Tan consciente de su aroma, el roce de su hombro?
Se concentró en la vista para no pensar en el ritmo de su latido cardiaco. Podía ver el azul de la bahía salpicada de veleros. Más allá un crucero se alejaba.
Sólo podía pensar en que había cometido un gran error insistiendo en ir a casa de él. Se llevó la mano al colgante. Su poder de protección parecía haber mermado.
Ser tan consciente de otro ser humano, incluso a la luz de su reciente catástrofe amorosa, era terrible. Para aumentar el horror, sabía que él no era siquiera consciente de su presencia. Desde la llamada de ruptura, se había despojado del maquillaje, guardado su ropa decente, decidida a ser invisible. Refugiarse en el anonimato y en su papel de niñera.
El ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. Bella dio la espalda a la vista y entró directamente al apartamento. A su izquierda, unas puertas de cristal del suelo al techo que mostraban que todo el apartamento estaba rodeado por una terraza. Flores exóticas adornaban los muebles de junquillo negro y había gruesos almohadones tapizados en tonos blancos y negros. Unas cortinas blancas, tan transparentes que sólo podían ser de seda, colgaban mecidas por la suave brisa.
El interior era amplio, ultramoderno, con unos sofás de cuero decorados de un modo informal con vellones que conformaban un espacio de conversación alrededor de una chimenea enmarcada en acero inoxidable y con el interior de baldosas vitrificadas color cobre. Los motivos de cuero, vidrio y acero se repetían a lo largo del salón y pasaban de la zona de la chimenea a una barra que separaba el salón de la cocina.
La cocina era perfecta: armarios negros, encimeras de granito, más acero inoxidable, más baldosas color cobre. Una cámara para vinos, electrodomésticos a la última. Todo sutil y atractivo.
—No me diga que cocina —dijo ella casi sin darse cuenta.
—¿Cuenta abrir el vino? —dijo entre risas.
Oh, contaba, lo mismo que el coche y el jacuzzi, como un punto en contra.
Por suerte, eso confirmó lo que ya sabía. Ella no estaba a su nivel.
—Evidentemente —dijo tensa—, no podemos quedarnos aquí. Lo siento. No debería haber insistido. Si pudiera reservarnos un avión. Tengo que llevarme a los niños a casa.
Sólo pensarlo le hacía sentir ganas de llorar. Se decía que no era porque el apartamento pareciera sacado de un sueño, ni porque apelaba a esa parte de ella que deseaba ser mimada y lanzarse a una fantasía en lugar de rechazarla.
No. Estaba cansada. Los niños estaban cansados. No podía volver a meterlos en un avión el mismo día. Quizá al día siguiente.
—Un motel para esta noche —dijo desanimada—. Mañana podemos irnos a casa.
—¿Cuál es el problema?
Todo parecía un problema. Su vida entera parecía un problema. Nunca había deseado algo semejante a la elegancia de ese apartamento, pero sólo porque estaba más allá de lo que ni siquiera podía soñar.
Entonces, ¿por qué se sentía tan mal, por qué sentía un vacío que jamás podría llenar al ser consciente de que nunca podría tenerlo? ¿O a un hombre como él? Ni siquiera había sido capaz de mantener el interés de James, rechoncho, sabiondo, seguro.
Edward tenía al bebé sujeto con el brazo como un balón de fútbol y la miraba como si su preocupación por lo que pudiera estar mal fuera sincera.
—Evidentemente no puedo quedarme aquí con los niños. Destrozarían un lugar como éste en menos de veinte minutos.
—Eso es ridículo —dijo sin mucha convicción.
—Dículo —ratificó Susie mirando con ojos brillantes una escultura de cristal de un delfín.
Bella sujetó la mano de la niña con más fuerza cuando intentó soltarse. Ya podía imaginarse huellas de dedos pringosos en las tapicerías, marcas de rotulador en el sofá, vino fuera de la cámara.
—No —dijo ella—. Es evidente que esto no está pensado para los niños. Tendría un ataque de nervios tratando de evitar que rompieran sus posesiones.
—Son sólo posesiones —dijo con suavidad.
Por supuesto no lo tenía que decir en serio. Ya había visto lo que conducía. Había visto el cuenco de su despacho preocupada cada vez que lo miraba Susie.
—¿Está menos unido a esto que al cuenco de su despacho? —se alegró del tono escéptico que había conseguido.
—Puedo quitar todo lo que se rompe.
—Empiece con el vino —le dijo para que se hiciera una idea del tamaño de la tarea.
—La cámara se cierra. Lo haré ahora mismo —mientras se dirigía hacia allí, le dijo por encima del hombro—. Mandaré comprar algunos juguetes como distracción.
Tenía que ponerse firme. Tenía que tomar una decisión pensando en los niños. La idea de volver a trasladarlos, de meterlos en un hotel, le parecía insoportable.
Se quedarían allí esa noche. Una sola noche. Descansada tomaría mejor las decisiones al día siguiente. Descansada sería menos susceptible a las tentaciones de su hermoso mundo. Y de sus deslumbrantes ojos. Y de su brillante sonrisa.
—¿Qué clase de juguetes debería traer? —le preguntó Edward entregándole la llave de la cámara de vinos y cerrándole la mano sobre ella.
Bella deseó que no hubiera hecho eso. Su tacto, cálido y fuerte, lleno de confianza, le había hecho estar aún más confusa sobre realidad y fantasía. ¿Cómo podía un simple contacto hacerle sentir como si hubiera recibido una descarga eléctrica?
Le había ofrecido una salida, pero él no la había aprovechado. Era la clase de hombre que estructuraba su mente y después no se movía de posición.
—¿Qué juguetes? —volvió a preguntar sonriendo como si supiera que el tacto de su mano la había afectado.
¡Por supuesto que lo sabía! Era el tipo de hombre que habría jugado a eso con muchas mujeres. Jugado, sólo era un juego para él.
—¡La princesa Tasonja! —gritó Susie—. Y el equipo de camping. Tengo que tener la tienda y la mochila. Y el perro, Royal Robert —al ver que su tío parecía receptivo se lanzó por otro equipo distinto—. Y la carroza de la boda real. A Jake no le traigas nada, es un bebé.
Edward sacó el móvil del bolsillo y trató de marcar con le pulgar sin soltar al niño. Aparentemente iba a llamar a alguien para que trajera los juguetes que su sobrina había pedido.
—No me molestaría con la princesa Tasonja si fuera usted —consiguió decir Bella en un susurro aprovechando que Susie se había alejado para subirse al sofá.
—¿Por qué no?
¿Por qué decirle que Susie dedicaría a la princesa y todos sus pertrechos no más de treinta segundos de atención? ¿Por qué no dejarle descubrir solo que intentar comprar el cariño de los niños normalmente acababa mal? Susie se convertiría en un monstruo exigente si a la primera se le daba todo lo que pedía. Ésa era una lección que también necesitaría aprender sobre el coche. Cualquier mujer a la que impresionara un despliegue tan infantil de riqueza seguramente no valdría la pena. ¡Su propia reacción ante el apartamento hablaba de su falta de carácter!
—Sospecho que cree que eso la va a mantener entretenida… Susie, no toques el delfín. Pero no será así. A menos que esté interesado en jugar a vestir a la princesa con ella, le dedicará muy poco tiempo al juguete.
Cerró el móvil.
—¿Qué hago con ellos si no les compro juguetes? —preguntó.
—Es un hombre triste —dijo sin ambages y de inmediato se ruborizó por su propia audacia.
—No se me dan bien los niños. Eso no me hace triste —la miró largamente y después añadió—. Tú no sólo trabajas para mi hermana, además estás unida a ella, compartís ideas. Da miedo. Me sorprende que no te haya casado ya —la miró desconfiado—. A menos que para eso estés aquí.
—¿Perdón?
—Mi hermana lleva una buena temporada con lo de la «chica decente». Sería mejor que no hiciera de celestina.
—¿Conmigo? —casi gritó Bella—. ¿Con usted? —pero de pronto tuvo un mareante recuerdo de Alice mirándola muy triste por sus noticias sobre James, como si todo el mundo lo hubiese esperando menos ella.
—¿Tienes novio? —la miró sombrío.
—Ahora mismo no —dijo fría como si tuviese docenas de ellos, cuando sólo tenía relaciones serias y la mayoría habían sido a larga distancia—. Pero no tiene que preocuparse, señor Cullen. ¡Su hermana tiene que saber de sobra que no es mi tipo!
Tuvo el valor de mostrarse ofendido, como si tuviera que ser el tipo de todas las mujeres. Era evidente que se le había subido a la cabeza el título de soltero más sexy del año.
—¿De verdad? ¿Y cuál es tu tipo?
—¡Usted no!
—Eso no es una auténtica respuesta.
—Estudioso, serio, no necesariamente vestido a la última, desde luego no materialista —estaba hablando demasiado deprisa presa del pánico.
—Los curas suelen estar disponibles —dijo seco.
—Me refiero a alguien como un profesor de universidad —lo que había sido James.
—¿Tu hombre ideal es un profesor de universidad?
—¡Sí! —¿cómo se atrevía a preguntarlo con ese desprecio?
—Señorita Bella Swan, no se dedique al póquer. No puede mentir. Se le da fatal.
—Sucede que no me gusta el póquer y a mi hombre ideal tampoco.
—Al profesor de universidad —volvió a decir escueto.
—¡Sí! Ahora, si puede entretener a Susie un momento, es la hora del baño de Jake —por supuesto no era ni de cerca la hora de su baño, pero tenía que salir de ese salón y de esa conversación.
Dudaba de que el playboy mundial supiera algo sobre la hora a la que se bañan los niños. ¡O de profesores de universidad! Pero parecía saber bastante de mujeres y su mirada era penetrante.
—¿Entretener a Susie? —dijo cambiando de tema como había esperado—. ¿Cómo? Le has negado la princesa Tasonja.
—Pruebe con los ceros y las cruces.
—¿Como esas notas que me mandaba en que un cero era un abrazo y una cruz un beso? ¿Antes de que me odiase?
Bella se armó de valor. En realidad él no estaba realmente preocupado por haber caído en desgracia con su sobrina. Su mundo era demasiado grande para que le importase algo tan pequeño.
—Cruces y ceros —dijo ella—: tres en raya —pareció desconcertado—. Consiga un papel y un lápiz. A Susie le encantará mostrarle cómo se juega.
—¿Quieres decir que un papel y un lápiz la mantendrá más entretenida que la princesa?
—Mucho más.
—¿Tengo que dejarle ganar? —preguntó en un susurro.
—¿Eso sería sincero?
—Por Dios, no estoy interesado en la sinceridad.
—Estoy segura de que nunca se ha dicho una verdad más grande —dijo con doble sentido.
—Me interesa no hacer llorar a una niña pequeña.
—Se trata de pasar un momento con ella. Ésa es la parte importante. No ganar o perder.
—Tengo mucho que aprender.
—Sí, así es, señor Cullen —dijo con voz un poco áspera.
—Tú también tienes mucho que aprender —dijo tranquilo mirándola con una intensidad que le hizo pensar en salir corriendo.
—¿Como qué?
—Que el profesor de universidad no es para ti.
—¿Cómo lo sabe?
—Se me da bien juzgar a la gente.
—¡Ni hablar! Ni siquiera sabe si ser sincero jugando a tres en raya.
—No con gente en miniatura, por debajo de los cinco años, pero contigo… sé algo de ti. Me pregunto si lo sabes incluso tú.
—¡No sabe de mí nada que yo no sepa! —dijo temeraria.
Por una parte, quería oír lo que podía decirle el soltero más sexy del mundo.
Pero él no dijo ni una palabra, simplemente se comportó como tal soltero más sexy. Le levantó la barbilla con las yemas de los dedos y la miro profundamente a los ojos. Después le pasó el pulgar por los labios.
Si fuera posible derretirse, lo habría hecho. Se sintió como chocolate cerca del fuego. Sintió cada mentira que se había dicho a sí misma sobre James. Se apartó de un salto de Edward, y él asintió satisfecho de saber algo sobre ella que ella misma no sabía.
Ya hasta ella tenía una idea de lo que era: que era tan débil como cualquier otra mujer que él hubiera conocido.
—Estáis en el dormitorio al final del pasillo —dijo como si no hubiese pasado nada—. Allí está la cuna. ¿Está bien así?
—Perfecto —dijo tensa.
Una pequeña carabina para las debilidades, aunque no creía que él intentara colarse en su cuarto por la noche. Eso era otra fantasía.
—Eh, Susie —dijo él volviéndose hacia la niña—. ¿Quieres jugar a cruces y ceros?
Susie lo miró desconcertada debatiéndose entre el disgusto que él le generaba y su juego favorito.
—Vale —dijo en un gruñido.
Isabella se marchó por el pasillo con el bebé. La habitación del fondo tenía las mismas vistas espectaculares que el resto del apartamento.
La decoración era tan romántica: en marrones, excepto la cama que eran de un seductor color crema en medio de aquel rico chocolate oscuro.
Sus maletas estaban en la cama. Cómo había sucedido eso, no lo sabía. También había una cuna.
Al otro lado de una puerta cerrada había un cuarto de baño con jacuzzi. Una bañera para dos.
—Tenemos que salir de aquí —le dijo al niño mientras le quitaba la ropa.
Que Edward pensara que su hermana estaba actuando de celestina, y ella no podía negarlo al cien por cien, sólo añadía un elemento de humillación a la situación. ¿Estaba haciendo eso Alice? Frunció el ceño pensando en la conversación que había tenido con ella. Por muy ansiosa que estuviera Ali de que todo el mundo compartiera la felicidad conyugal de la que ella disfrutaba, siempre había sido reservada sobre James. Bella siempre había pensado que era porque no lo conocía. Había asumido que el deseo de Ali de que ella estuviera con sus sobrinos mientras estuvieran con su hermano era un esfuerzo más para ayudarla a reponerse de la ruptura. Un cambio de escenario. ¿Había una motivación oculta? ¿No era eso humillante? Pero Ali jamás había aludido, ni siquiera sutilmente, la posibilidad de que su niñera y su hermano pudieran congeniar.
«Porque evidentemente no lo haremos», pensó con una pizca de mal genio.
Como siempre, el bebé hizo magia en su humor. Puso cinco centímetros de agua en la enorme bañera y sumergió su cuerpecito en el agua. Cuando el niño empezó a reír a carcajadas ella hizo lo mismo.
—¿No crees que me tomo la vida demasiado en serio, Jake?
¿Qué más daba que Ali la hubiese enviado con intenciones que desconocía? ¿Qué más daba si le seguía el juego?
—Oh, Bella —se recriminó—, sería como comparar un petardo con un barril de pólvora.
«Relájate», se dijo. «Si aún sabes cómo… si alguna vez lo has sabido».
POBRE BELLA NO SABE RELAJARC PERO EDWARD YA LE ENSEÑARA!
