HOLA CHICAS PERDON POR ATRASARME PERO LA VERDAD ES QUE TENIDO ALGUNOS PROBLEMITAS!
AQUI LES DEJO UN NUEVO CAPI!
GRACIAS A TODAS A LAS QUE AN DEJADO SU QUERIDO COMENT
ESE ES EL UNICO PAGO QUE RECIEBIMOS
CON CARIÑOS NESSA
CAPITULO 3
La voz de Bella y su risa se mezclaban con los gritos de felicidad del bebé y los ruidos del agua. Todo junto, flotando en el aire, llegaba al otro extremo del pasillo donde Edward se sentaba en el sofá frente a Susie.
¿Quién podía imaginar que la seria, casi estirada niñera pudiera sonar así? ¿Tan intrigantemente despreocupada?
No era que ella fuera realmente así. Lo que había sido real era lo que él había sentido al tocarle los labios…
—Tres en raya —gritó Susie con gesto triunfal.
La niña lo estaba vapuleando. Algo inesperado le había sucedido. Dado que su ajustada agenda había saltado por lo aires, se sentía inesperadamente relajado, como si se hubiera deshecho un nudo dentro de él. Mirando a su sobrina con la lengua entre los dientes profundamente concentrada, oyendo a Bella con el bebé, sintió que algo se abría dentro de él. No podía ser anhelo.
Tenía la vida que todo el mundo buscaba, éxito más allá de sus sueños más descabellados, un gran coche, un fabuloso apartamento, tantas mujeres guapas como manzanas en un árbol e igual de disponibles.
Y aun así todo palidecía en comparación con la risa de un bebé y una niña jugando a las tres en raya. Y todo parecía nada en comparación con el tacto suave de los labios de una mujer.
Su hermana, como malvada conspiradora que era, estaría emocionada con ese giro inesperado.
¿En qué había estado pensando cuando había acariciado los labios de Bella? Cuando le había dicho con ridícula confianza: «sé algo de ti. Me pregunto si lo sabes incluso tú».
La verdad era que no había pensado. Pensar pertenecía al otro mundo: el de los tratos, el éxito, los planes. El mundo de acumular más y más.
El mundo que había hecho que no consiguiera sentirse tan lleno como se sentía en ese momento.
La verdad era que la capacidad de pensar lo había abandonado cuando la había tocado. Algo más profundo que lo temporal lo había poseído.
La había mirado con el corazón, no con el cerebro. La había mirado y había sentido la mentira que ella le había contado sobre el profesor de universidad. ¿Cómo podía engañarse a sí misma con eso de que sería feliz con una vida de estabilidad?
Desde el primer momento en que había aparecido en su oficina, había representado el papel de la perfecta niñera. Calma, control, remilgos.
Y desde el principio, él había visto algo más. Un alma gitana, el deseo de bailar. Eso era lo que sabía que ella no sabía de sí misma. Que el hombre adecuado, y seguramente no un profesor universitario, iba a hacer que fuera salvaje. Iba a hacer que se deshiciera de todo lo que pensaba de sí misma. Bajo el disfraz de respetabilidad que llevaba puesto, latía el tambor de la pasión.
«Para», se dijo. «¿Qué te pasa?»
—Gano —dijo Susie revisando la ubicación de sus cruces—. Otra vez. Eres torpe.
La miró y se echó a reír. Un día antes se hubiera sentido ofendido, probablemente habría discutido, pero ese día, dado que había cometido una torpeza tras otra, empezando por invitarlos a su casa y terminado por acariciar los labios de Bella, sabía que Susie tenía razón.
—Que te sirva de lección —dijo él—. No dejes a medias, el Cullengio.
—Ni siquiera voy al Cullengio aún —le informó la niña—, pero cuando vaya, me encantará. Nunca dejaré de ir. Iré al Cullengio hasta que tenga cien años.
Así era precisamente como se había sentido él en la universidad. Desde el primer momento había tenido una sensación de llegada. Era su sitio. Adoraba aprender. Le encantaba jugar al fútbol. Disfrutaba con las fiestas, las chicas, todo eso.
Y entonces, su último año, apareció Sarah. Eran «la» pareja del campus. Los más. Los que todos querían ser. Ella hacía de reina con su rey. Al mirar atrás, algo que raramente hacía, lo que habían llamado amor le parecía ridículamente superficial.
Y al final así había sido. No habían soportado la primera prueba de la vida real. Sarah se quedó embarazada.
Resultaba gracioso como, cuando se había enterado, había sentido una oleada no de miedo, sino de emoción. Estaba deseando hacer todo lo que fuera necesario para darle a su hijo una familia, una vida digna. Sarah había quedado asombrada por su entusiasmo.
—No voy a quedárAlio.
Aun en ese momento podía sentir con fuerza la amargura al recordar esas palabras.
Había llegado a pensar en quedarse él con el bebé, pero la realidad se había impuesto y reacio había aceptado la decisión de Sarah. Había pasado con ella el embarazo y el parto. Fue un niño.
Y después había cometido el error. Había tenido a su hijo en los brazos. Había sentido el amor y el deseo de protegerlo. Había sentido ese momento de conexión y había sabido algo: «he nacido para hacer esto».
Pero era demasiado tarde. Había tenido a su hijo cinco minutos y después lo había dejado escapar. Ni siquiera había conocido a los padres adoptivos.
Cualquier otra realidad había quedado ensombrecida por ese hecho. Nada le importaba, ni los estudios, ni la vida, ni nada. Su dolor era real y debilitador.
Sarah había decidido no ver al bebé y siguió adelante como si nada hubiera pasado. Era parte de lo que dejaba detrás. Él jamás se lo había perdonado.
Dejó la universidad un mes antes de graduarse, hizo las maletas y compró un billete a cualquier sitio. Viajó. Con el tiempo, habían empezado a disgustarle los niños. El sonido de sus risas, su energía, le recordaba lo que podía haber sido y no era.
Cuando había ido al funeral de Sarah unos años después tras su muerte en un accidente de esquí en Suiza, había tomado su propia falta de sentimientos como una señal de que había sido un hombre que no merecía criar a aquel bebé.
—¿Está bien?
No había visto a Bella volver por el pasillo, pero estaba de pie en el umbral de la puerta con Jake envuelto en una toalla. Tenía la blusa mojada y eso dejaba adivinar unas exuberantes curvas.
Bella parecía en su mundo con Jake, cómoda con su vida. ¿Por qué se contentaba con criar a los hijos de otros cuando parecía haber nacido para tener sus propios bebés en brazos?
—¿Bien? —tartamudeó levantándose del sofá—. Sí, claro.
Pero no lo estaba. Era agudamente consciente de que estar rodeado por esos niños, por Bella, le estaba haciendo sentir cosas que había estado feliz de no sentir, revisitar lugares que se había sentido aliviado de dejar atrás.
Todo lo que tenía que hacer era conseguir superar esa noche. Al día siguiente vería cómo volvía a tomar las riendas de todo, o quizá ella decidiera marcharse con los niños.
Al diablo con la desaprobación de su hermana.
—¿Seguro que está bien? —preguntó Bella con el ceño fruncido.
Edward se recompuso, se juró no volver a entregarse a los recuerdos. No podía volver al dolor por haber dejado que aquel niño sobreviviera. No podía.
Iba a concentrarse totalmente en ese momento. Dijo con alegría forzada:
—Todo lo bien que puede estar un tipo al que le ha ganado treinta y tres veces seguidas a las tres en raya una cría de tres años.
Debido a su decisión de concentrarse en el momento, fue agudamente consciente de la situación. Bella. Su cabello ligeramente rizado por la humedad, las mejillas ardiendo, la blusa pegada al cuerpo en los lugares precisos.
Miró a Susie que dibujaba en un papel, aburrida por la falta de competencia.
En su dibujo aparecía una madre, un padre, un bebe entre los brazos de los dos y grandes sonrisas en sus sobredimensionadas cabezas.
A pesar de su decisión, de nuevo los recuerdos lo golpearon: el mundo del que se había alejado.
Su hijo tendría tres años más que su sobrina. ¿Se parecería a Susie? O peor, ¿se parecería a él? Juró entre dientes y se pasó la mano por el pelo.
—¡Señor Cullen!
Susie rió encantada por el tono de voz que le había dedicado la niñera.
—Lo siento —murmuró él—. Vamos a comer algo —su mente seguía dándole vueltas a la imagen de Bella comiendo espagueti—. Hay un restaurante italiano buenísimo aquí mismo. Cinco estrellas.
Bella puso los ojos en blanco.
—¿Ha llevado alguna vez a un crío de cuatro años a un restaurante?
«No», deseó gritar, «porque lo abandoné».
—Bueno, pues vamos a pedir una pizza —cortó.
—Pizza —jaleó Susie—. Mi comida favorita.
—Pizza, niños y cuero blanco… —dijo Bella.
—¡No me importa el maldito cuero! —dijo él.
Esperó otra reprimenda, pero ella lo miró fijamente, demasiado fijamente. Como si él hubiera visto en ella cosas de las que ella no era consciente y ella en él igual.
—Buena idea la pizza —dijo ella suavizando el tono.
Contento por poder alejarse de ella, por recuperar el control, incluso en algo tan sencillo, sacó una lista de un cajón al lado del teléfono.
—¿Cuál? —preguntó.
—De queso —dijo Susie.
—¿Sólo queso?
—No me gusta nada más.
—¿Y tú, señorita Swan? ¿Podemos pedir una pizza para adultos para los dos? ¿Eso se puede?
—¿Eso incluye anchoas?
—Sí.
—Estaré encantada —dijo ella.
Volvió a mirar la blusa húmeda, las rotundas curvas de una mujer real. Pensó que él también podría estar encantado si le dejara estar allí, pero eso no iba a ocurrir.
Ella bajó la vista a donde miraba él y se ruborizó. Se balanceó por el espacio que los separaba y le entregó al bebé.
—Tengo que ponerme algo seco.
El bebé estaba caliente, la toalla ligeramente húmeda. Se dio cuenta de que no tenía ni idea de lo maravilloso que era el olor de un bebé recién bañado. También fue consciente de que la supervivencia de su mundo dependía de sacar de su vida lo antes posible a esa mujer y esos niños.
Ella quería irse. Él quería que se fuera. ¿Cuál era entonces el problema? El problema era que, sospechaba, los dos sabían lo que querían, y ninguno sabía lo que necesitaban.
Bella volvió a aparecer justo cuando llegó la pizza al portal. Estaba vestida de un modo informal, con unos pantalones negros sueltos y una sudadera con capucha, lo que sospechó, era un intento de ocultar sus atractivos, pero que no tuvo éxito. Su figura, excepto por la fea falda negra, era asombrosa, lujuriosa.
Seguía colorada por el baño. O estaba ruborizada por cómo la miraba.
Tenía que recordar que no era la clase de mujer a la que estaba acostumbrado. Sofisticada, experimentada. Que esperaba la admiración de los hombres.
—Bajo un momento a por la pizza —dijo mirándola a los pies, descalzos y con las uñas pintadas de un exótico rosa.
Se dio la vuelta a toda prisa. Profesor de universidad, ¡venga ya! Había adivinado lo que ella ocultaba. Lo que le sorprendía era cómo a un hombre como él, alguien que se relacionaba con mujeres que se sentían cómodas tomando el sol sin bikini, podía encontrar tan estimulantes unos pies descalzos.
Tuvo una súbita visión de ella sin aliento por la risa mientras la perseguía por el apartamento.
¿Qué haría con ella cuando la atrapara?
Casi volvió a jurar entre dientes. En lugar de eso, se metió en el ascensor y bajó al vestíbulo. Se tomó su tiempo antes de volver para tranquilizarse un poco y recuperar el buen juicio.
Cuando volvió, ella estaba en la cocina mirando la nevera con el ceño fruncido.
—Esto es patético —le dijo.
—Lo sé —pasó a su lado y dejó la pizza en la encimera.
Trató de evitar mirarle los pies, pero les echó una mirada furtiva y sintió una oleada de alegría, la misma que solía sentir hacía mucho tiempo, en el instituto, cuando Jane Vullturi, dos cursos mayor que él, le sonreía. Era evidentemente el mismo deseo de lo imposible.
Ella siguió mirando detenidamente el frigorífico.
—Ni leche, ni zumo, ni kétchup.
—¿Kétchup en la pizza?
—Sólo estaba haciendo una observación.
—¿Qué es?
—Que la nevera está vacía —lo dijo con el tono que habría dicho que su vida estaba vacía.
Ridículo. Su vida estaba llena a rebosar. Trabajaba doce horas al día normalmente y dieciséis con frecuencia. Su vida estaba llena de reuniones, viajes por todo el mundo y miles de decisiones que sólo podía tomar él.
Su vida eran complejos turísticos de millones de dólares y grandes inauguraciones. El medio de vida de cientos de personas dependía de que él hiciera bien su trabajo. Su vida era coches impresionantes y mujeres aún más impresionantes. Buenos restaurantes. Entonces, ¿por qué tomaba su desaprobación de lo que había en la nevera como una indirecta?
—¿Tiene manteca de cacahuete? —preguntó cerrando la nevera y abriendo la puerta de un armario.
—¿Para la pizza? —preguntó un poco a la defensiva—. ¿O es otra observación?
—Sólo estaba pensando en el futuro inmediato —dijo ella—. El desayuno, el almuerzo —centró su atención en un paquete de café selecto. Leyó la etiqueta—. A menos que arregle todo para que nos vayamos. Lo que hará probablemente en cuanto ponga la pizza en manos de los niños.
—Dame un poco de crédito —dijo, aunque eso era exactamente lo que quería hacer. Que se comieran la pizza y hablar con su asistente para que les organizase el viaje y se marcharan—. ¿Quieres vino? Como puedes ver mi elección de bebidas es limitada.
—No, gracias —dijo remilgada.
Mejor, un vaso de vino sería lo peor que podría añadirse a la mezcla. Sobre todo para ella. Seguramente se emborracharía oliendo el corcho.
No tenía trona, así que Edward sentó al bebé en su regazo y le dio de comer pedacitos del borde de la pizza y queso. Bella había tenido razón con lo del jaleo. A pesar de sus esfuerzos, Jake tenía el aspecto de haberse metido dentro de la pizza.
El móvil sonó durante la cena y Susie lo miró con el ceño fruncido y los labios llenos de tomate al ver que lo sacaba del bolsillo.
—Mi papá no responde a las llamadas durante las comidas —le informó.
—A mí… —se tragó el «tu padre» al ver la mirada de advertencia en el rostro de la señorita Swan y cerró el teléfono—. Yo tampoco.
Inmediatamente después de que colgara el móvil, sonó el fijo. Saltó el contestador.
—Señor Cullen, soy Emmett McCarty. Si pudiera llamarme lo antes posible…
Prácticamente lanzó el bebé embadurnado de tomate a los brazos de Bella. Susie, al darse cuenta de que la niñera tenía las manos ocupadas, decidió que era el momento de ir por un lápiz. Saltó de la silla.
—No —gritó Bella—. Susie, cuidado con las manos.
Demasiado tarde. Una marca de mano manchada de tomate decoraba ya el sofá blanco.
—Emmett —dijo Edward al dueño del Moose Lake Lodge—, me alegro de oírte.
Susie miraba la mancha del sofá. Agarró el borde de la camisa e intentó limpiarla. Por el rabillo del ojo vio que se le acercaba Bella.
—¡Yo lo arreglo! —gritó la niña—. No ha sido a propósito.
—Un segundo —dijo él apoyando el auricular del teléfono en el pecho—. No es nada —le dijo a la niña—. Olvídalo.
Pero Susie había decidido que sí era algo y empezó a llorar. Cada vez que Bella se acercaba a ella, la niña salía disparada gritando y manchándolo todo de salsa de tomate. Bella, cargada con el bebé, ni siquiera tenía esperanzas de agarrarla.
—Lo siento —dijo al teléfono.
¿Cómo podía una niña hacer tanto ruido como la Tercera Guerra Mundial? ¿Cómo podía extender cinco litros de salsa de tomate cuando la pizza no contendría más de unas cucharadas? El bebé, mirando a su hermana, empezó a llorar también.
Iba a desaparecer para atender la llamada en su guarida, pero por alguna razón pensó que no podía dejar a Bella lidiar sola con ese desastre.
—Tendré que llamarte yo en unos minutos.
Le quitó el bebé a Bella y se sentó en le sofá sin importarle que el niño pareciera un bote de salsa de pizza. Ya tenía la camisa perdida.
—Quiero a mi mamá —gritaba Susie una y otra vez—. ¡Quiero a mi mamá!
—Por supuesto que quieres a tu mamá, cariño —dijo él con tono sincero que probablemente significaba que él también quería que estuviera allí para hacerse cargo de la situación.
Algo en la voz de él, probablemente la sinceridad, hizo que Susie dejase de llorar. Lo miró y después se sentó en el sofá a su lado.
Edward contuvo la respiración. El niño tomó ejemplo de su hermana y se calló.
Susie apoyó la cabeza en el brazo de su tío, suspiró y se metió el pulgar en la boca y el salón se quedó de pronto en silencio excepto por el sonido de su respiración que se hizo cada vez más profunda. Le pesaban los párpados, los cerraba y los volvía a abrir corriendo. Hasta que una vez no los abrió.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Bella en un susurro.
—Dos niños muy cansados —dijo ella—. Susie se ha estado portando muy mal desde que se enteró de que sus padres se iban de vacaciones y ella no estaba incluida.
Culpa de él. Algunas veces con las mejores intenciones se equivocaba uno por completo.
—Lo siento —dijo.
—Creo que es bueno para ellos tener la experiencia de una separación breve. Les enseñará que el mundo no se acaba si no están cerca Ali y Jasper.
—¿Y ahora qué?
—Bueno, si no le importan unas pocas manchas más de pizza, sugiero que los metamos en la cama. Los lavaré por la mañana —tendió los brazos para que le diera al niño.
Él se ocupó de la sobrina que era una poco más joven de lo que sería su hijo.
Y por primera vez en su vida, metió a un niño en la cama. Cubrió a Susie con las sábanas, tan pequeña dormida. Tan vulnerable.
¿Quién acostaría a su hijo esa noche? ¿Sería la familia que lo había adoptado lo bastante buena? ¿Dulce? ¿Decente? ¿Amorosa?
Ésos eran los pensamientos que odiaba tener, que conseguía no tener si se mantenía lo bastante ocupado, si no se permitía nunca sentirse cansado o beber demasiado.
Salió de la habitación de Susie como si le quemaran los pies y se chocó con Bella en el pasillo cuando salía de la de Jake.
—¿Está bien? —preguntó ella.
—Oh, claro. Bien. ¿Por qué no iba a estarlo?
Lo miró con esos enormes ojos azules, los ojos que esperaban sinceridad, y tuvo la sensación de que si pasaba el tiempo suficiente con ella no sería capaz de mantener la máscara que todo el mundo mantenía.
—Es que parecía —inclinó la cabeza para mirarlo detenidamente—, como si hubiera visto un fantasma.
—Algo así —dijo intentando un tono ligero—. Estaba recordando cómo era mi casa antes de la pizza.
—Traté de advertirle —dijo ella con una sonrisa—. Lo tendré todo limpio en un santiamén.
—No, lo limpiaremos los dos —«en un santiamén», ¿quién decía cosas así?
Un rato después, Edward echó a la pila una bayeta mojada. Había caminado por África y hecho espeleología en Perú. Había buceado en la costa de Kona y saltado desde el puente George de Virginia.
¿Cómo era posible que algo tan sencillo, limpiar todas las manchas y retirar todas las cosas que se podían romper, le pareciera extrañamente divertido? Como si se sintiera completamente entretenido, completamente vivo por primera vez en mucho tiempo.
¿Era esa mujer la que le hacía sentir así? ¿Diversión cuando menos lo esperaba? ¿Entretenido sin juguetes ni baratijas? ¿Había llegado el momento de averiguarlo?
—¿Quieres ahora una copa de vino? —le preguntó cuando ella dejó su bayeta llena de tomate en la pila—. Ya no estas de servicio, ¿verdad?
—Siempre estoy de servicio —dijo, pero no en tono mojigato.
Aun así, temía la oferta.
Lo que era inteligente. Como su sobrina había señalado antes, él no era listo. Directamente torpe.
—Es más que un trabajo para ti, ¿verdad? —dijo él aun sabiendo que debería dejarle hacer lo que fuera que hacían las niñeras una vez que los niños dormían.
Ella parpadeó, asintió, miró al infinito y después dijo con voz ronca llena de reverencia:
—Los adoro.
Sintió sus palabras más que oírlas. Sintió lo sagrado de su vínculo con sus sobrinos y fue consciente de la suerte que tenía su hermana con esa mujer.
Pero ¿cómo era posible que Bella quisiera tanto a los niños como para, aparentemente, aparcar sus sueños de un profesor universitario, su propia vida, sus propias ambiciones?
Quiso decir algo, pero no lo hizo. No quería saber más sobre por qué renunciaba a su propia vida por los hijos de otros.
—Creo que deberíamos marcharnos mañana —dijo ella inspirando con fuerza—. Sé que sus intenciones son buenas, pero los niños necesitan estar en un sitio donde puedan jugar. Un sitio no tan vulnerable a sus manitas, la salsa de pizza y otras catástrofes diarias provocadas por su energía.
Sus ojos decían: «necesito alejarme de ti».
Y él necesitaba estar lejos de ella. Ya. Antes de que le preguntara más cosas que le revelaran un amor tan profundo que brillaba como agua en el desierto.
—Lo arreglaré todo —dijo en tono frío—. Ahora tengo que devolver una llamada.
—Buenas noches entonces. Hablaremos por la mañana.
Él asintió y se dio cuenta de que no se iba a su cuarto, sino que salía a la terraza. La miró mientras se quedaba de pie observando la oscuridad quebrada por las luces que se reflejaban en el agua. La brisa del mar le sacudía el cabello y deseó estar a su lado y disfrutar de ese sencillo momento con ella.
Sin saber que la estaba observando, se dio la vuelta. La vio sacarse la cadena del guardapelo por la cabeza, abrirlo y mirarlo.
No había ninguna posibilidad de error por la mirada que había en su rostro: ella también tenía recuerdos tristes a los que enfrentarse. ¡Y no quería saber cuáles eran!
Se alejó de las puertas de la terraza y un segundo después se encerró en su despacho. Esperó a que el familiar espacio actuara en él como un bálsamo y lo devolviera a su mundo.
Pero no fue así. Pensó en ella en la terraza con el pelo al viento. Que no quisiera que se fuera era una razón de peso para que arreglara su viaje de inmediato. Pensar en su marcha lo llenaba de pena y alivio en iguales proporciones.
Miró su reloj. Habían pasado menos de ocho horas desde que había aparecido en la oficina y había puesto patas arriba todo su mundo. Había vuelto a un pasado que consideraba dejado atrás. Sentía dudas que no quería sentir. Necesitaba volver a la seguridad y comodidad de su propio mundo. Marcó el número de Emmett McCarty.
Emmett le pareció menos a la defensiva que en otras ocasiones, casi jovial.
—Parecía como si tuvieras las manos ocupadas —le dijo a Edward.
—Mis sobrinos están en casa de visita.
—Mi esposa y yo teníamos la impresión de que no te gustaban los niños —dijo Emmett.
—No te creas todo lo que lees —dijo Edward con cuidado.
—Hemos decidido decirte que no —dijo Emmett—. El Moose Lake Lodge no es como el resto de tus complejos.
Lo dijo en un tono distinto a como lo había dicho anteriormente, de un modo que hizo pensar a Edward que había una puerta abierta. Sólo un poco. Lo bastante como para que un vendedor metiera un pie.
—Ninguno de mis complejos se parece a los demás, cada uno es único.
—Éste es un lugar familiar. Esperamos que siempre lo sea. ¿Entra eso en tus planes?
Decir que no habría cerrado la puerta irrevocablemente. Tenía que reunirse con los McCarty. Necesitaba gustarles y que confiaran en él. Estaba seguro de que les gustaría su visión del Moose Lake Lodge: excursiones, aventuras en canoa, escalada. El viejo refugio vivo con actividad y energía.
Que en esa visión entraran los niños o no, no era algo que tuviera que revelar en ese momento.
—Podría ir allí mañana —dijo Edward—. Reúnete conmigo. No soy la caricatura superficial de la que hablan las revistas. Hablaremos. No tienes que aceptar nada.
—Harás el viaje para nada.
—Estoy deseando arriesgarme. Me encantará ver el sitio. Según las fotos, es un lugar precioso —siempre hacía los deberes—. Sólo echar un vistazo al refugio valdrá la pena. Entiendo que tu abuelo cortó y colocó los árboles y el edificio es casi artesano.
—Quizás… —dudó—. Quizás nos hemos apresurado a juzgarte. En realidad no sabemos nada de ti.
—No.
—Seguramente hablar no nos hará daño.
—Eso es lo que yo pienso.
—Nada de abogados, nada de equipos, a menos…
—¿A menos qué?
—¿Cuánto tiempo se quedan tus sobrinos contigo?
—Aún no lo he decidido.
—Mira, ¿por qué no te vienes con ellos a pasar unos días? Rosalie y yo podremos conocerte y nos contarás algo más sobre tus planes para el Moose Lake. Los niños disfrutaran del sitio. Éste es el primer año que no hemos tenido reservas de familias porque estamos tratando de vender y no queremos decepcionar a nadie si se vende. Echamos de menos el ruido de los niños.
Era una respuesta a un ruego, pero ¿cómo podía echar alguien de menos el ruido que acababa de llenar su apartamento?
Aun así la situación se ponía muy favorable. Podría darles a los niños las vacaciones que le había prometido a su hermana. Podría encandilar a los dueños del refugio.
—Estaremos allí mañana —dijo con suavidad—. Aterrizaremos en la pista de al lado del lago —revisó mentalmente su agenda—. ¿Serán demasiada molestia dos días?
—¿Dos días? ¿Te refieres a volar un día y marcharte al siguiente? Eso no vale la pena. ¿Por qué no os quedáis cuatro?
No podía quedarse cuatro, su agenda no se lo permitía. Por otro lado, si se quedaba cuatro días, podría mandar a los niños a casa y sus padres sabrían que había estado con ellos más de dos días. Podría decir que habían sido unas vacaciones de verdad.
Además tendría cuatro días para convencer a los McCarty.
—Cuatro días —aceptó—. Perfecto.
—Iremos a la pista a recogeros.
Colgó el teléfono y lo miró pensativo. La habitual excitación que sentía cuando estaba a punto de cerrar un trato estaba curiosamente ausente. De alguna manera, sentía que había creado más problemas de los que había resuelto.
