Hola Chicas, aqui les traigo un nuevo capi!
espero que les guste!
Nessa
Capítulo 4
Bella se despertó y se estiró a gusto. La cama era fenomenal, las sábanas de lujo. Se arrebujó bajo el edredón, extrañamente contenta, hasta que recordó que el día sólo planteaba dudas.
¿Habría reservado Edward sus billetes para casa? ¿Por qué se sentía triste en lugar de feliz? ¿Estaba sucumbiendo al encanto y todo lo demás? ¿A las habitaciones lujosas, las vistas de millones de dólares? ¿O sólo a su encanto?
Pensó en esos ojos verdes jade, la seguridad de su voz, el tacto del pulgar en su labio. Cualquier resto de contento se evaporó. Sintió, en su lugar, una cierta intranquilidad en el estómago, algo similar a lo que sentía en una montaña rusa. ¿Qué era, ansiedad, excitación o una diabólica mezcla de ambas?
Agarró el colgante y se recordó adonde llevaban esas cosas. Aún no había superado lo de James. ¿Cómo podía estar ya pensando en subirse a la montaña rusa con otro hombre?
«Fantasías», se recordó en voz alta, «sea lo que sea lo que está pasando en tus pensamientos con Edward Cullen, no es real, incluso aunque te tocara los labios», sospechó con tristeza, que había pasado lo mismo en su relación con James.
La había creado en su mente. Por eso algunas veces Alice la miraba con disimulada conmiseración cada vez que ella añadía otra fotografía a la colección de lugares para una posible luna de miel.
Normalmente habría mirado la fotografía del guardapelo al despertarse y se habría permitido un anhelo de lo que no sucedería, pero esa mañana lo dejó colgar de su cuello cerrado.
Jake se movió en la cuna, se apoyó en el codo y lo miró ponerse de pie para empezar con sus alegres brincos matutinos. Lo maravilloso de los niños era que no la dejaban a una hundirse en las profundidades de la mente. Invitaban a bailar con su risa y su alegría. A Jake se le daba especialmente bien. No podía resistirse.
Era la primera vez en mucho tiempo que no sentía ganas de llorar. ¡Quizá empezaría a abrir el guardapelo con menos frecuencia! Apartó el edredón, sacó a Jake de la cuna y bailó con él por la habitación. Se abrió bruscamente la puerta y entró Susie con su pijama de princesa Jazmín y el oso nuevo bajo el brazo. Se subió a la cama y empezó a saltar.
Normalmente Bella le habría dicho que no se saltaba en la cama, pero estaban de vacaciones. Al menos unas horas más.
Dejó que el viento se llevara sus propias reservas y, con el bebé en brazos, se puso a saltar en la cama al lado de Susie. Saltaban y todos caían envueltos en risas.
La habitación se quedó en silencio. Se dio cuenta de que ya no estaban solos. Bella, cabeza abajo en la cama giró un poco el cuello.
Edward Cullen estaba en el umbral de la puerta con una sonrisa en los labios. A diferencia de ellos, no estaba en pijama, aunque vestía de un modo más informal que el día anterior, un pantalón caqui y una camisa. Era evidente que se había duchado y afeitado, tenía el pelo mojado y su rostro tenía ese aspecto de recién afeitada que hizo a Bella desear tocarlo. Bebió un sorbo de humeante café y eso hizo que lo mirara a los labios.
Su pijama era un pantalón suelto de franela roja atado con un cordón. Llevaba además una camiseta de hombre demasiado grande que resultaba muy cómoda sobre su voluptuoso cuerpo. Demasiado tarde, recordó que la camiseta decía que le habían puesto guirnaldas en Hawai.
La recorrió con la mirada.
—¿Has estado en Hawai? —preguntó.
—No, me la regalaron.
—Y te encantaría ir.
¿Cómo sabía lo que le gustaría?, pensó enfadada. Sin embargo, si Hawai era la mitad de bonito que su apartamento, seguramente tenía razón.
—El aire huele como tu perfume —dijo él suavemente.
Se puso rígida. Era una línea, evidentemente. La débil línea de un tipo cuyas líneas le había dado muchos puntos con mujeres mucho más sofisticadas que ella.
—No uso perfume.
—¿De verdad? —parecía sinceramente sorprendido como si de verdad ella oliera como Hawai.
De pronto se dio cuenta de que estaba manteniendo esa conversación en una cama, del revés y con un bebé en el vientre. Se sentó y abrazó a Jake. Intentó recolocarse el pelo.
Él bebió otro sorbo de café.
—Quizá sea tu pelo lo que me hace pensar en Hawai.
Los cumplidos iban a conseguir que se ruborizara. Una mujer diferente, que deseó ser en ese momento, sabría cómo responder a eso. Otra mujer quizá parpadearía, dejaría escapar una risita y hablaría de bañarse desnuda en las cálidas aguas del Pacífico. Con él.
Pero sólo pensar en «desnuda», le hacía ruborizarse. Pensar en «desnuda» cerca de él le hacía sentir como si tuviera que confesarse. ¡Y ni siquiera era católica!
Además, había renegado de los hombres. Y del romanticismo. ¡Y más que nada de bañarse desnuda!
Él sonrió con satisfacción.
—He preparado algo de desayuno —dijo él—. Fruta, yogur. ¿Alguna otra petición?
—Yo tengo que tomar Huggi Bears para desayunar —dijo Susie.
—No es así —dijo Bella con firmeza—. Yogur está bien. Si me perdona un minuto. Me pondré presentable. Y a los niños, claro.
—Pensaba que estás muy presentable. No creas que hay que vestirse para el desayuno. Quiero que os sintáis como en casa.
—¿Por qué? Nos vamos.
—Mientras estéis —dijo suavemente y cerró la puerta al salir.
En pocos minutos tenía a los niños lavados y vestidos. Se descubrió a sí misma lamentando las pocas posibilidades de elección entre la ropa que había llevado, pero se puso lo más alegre que tenía, una chaqueta azul marino y unos pantalones a juego. Como la mayoría de su ropa, los pantalones protestaron por su aumento de peso y estaban muy ajustados. Por suerte la chaqueta cubría lo peor. La ropa era definitivamente de trabajo, casi un desafío a su invitación de que se sintieran como en casa. En el último momento se puso un poco de maquillaje del que le quedaba en su bolsa tras el último viaje.
Esa mañana él estaba especialmente encantador. Eso debía de salirle de un modo natural. No tenía por qué sentirse halagada por ello. O peor, debía preguntarse qué querría.
Cuando salió, la barra de la cocina estaba llena de platos de fruta y cruasanes. Algunas cajas de cereales de tamaño infantil, incluyendo Huggi Bears. Había para elegir leche, chocolate y zumo. El café olía delicioso.
¿Cómo sería vivir así? Chasquear los dedos y tener un desayuno con todo al instante.
Eso haría de alguien un podrido malcriado, pensó, poniendo énfasis en «podrido».
O pensar que había muerto y estaba en el Cielo, pensó bebiendo un sorbo de café. Estaba aún más rico que como olía.
Renovó su decisión de llevarse los niños a casa. Antes de que quedara estropeada para la vida real. Antes de que empezara a querer y esperar lujos que jamás tendría.
—Saquemos todo a la terraza —sugirió él.
Le quitó el bebé con más facilidad de la que ella habría esperado sólo un día antes. Cuando salió fuera, estaba dando yogur a Jake que abría la boca cooperador.
Susie había elegido una de las cajitas de Huggi Bears. Era de ésas que el fabricante dice que pueden usarse como cuencos, pero que nunca funcionaban bien. Aun así Susie insistió y Bella acabó intentando abrirla para echarle la leche mientras maldecía el encantador aspecto de Edward lo que le hacía sentirse torpe, como si abriera la caja con las pezuñas de un elefante.
Se obligó a concentrarse en las vistas que eran espectaculares a esa hora de la mañana. La brisa del mar era fresca y aromática. Se preguntó cómo olería Hawai.
Se propuso disfrutar del lugar y del momento, pero parecía ser imposible. Necesitaba saber qué iba a suceder, era su naturaleza.
—Bueno, ¿puedo preguntar si se ha arreglado ya lo de los niños y yo? —la idea de volver a viajar la agotaba, la idea de quedarse allí con él la aterrorizaba.
Entendió el significado de la expresión entre la espada y la pared.
—Bueno —dijo él con una amplia sonrisa—. Tengo una sorpresa para vosotros.
Bella era de esas personas a las que no le gustaban mucho las sorpresas.
—Vuelo a ver una propiedad unos días. Se llama Moose Lake Lodge. Susie habló del camping, así que he pensado que le gustaría. A todos nos gustaría. Unas vacaciones en la salvaje Columbia Británica.
—¿Vamos a ir de camping? —dijo Susie sin aliento—. ¡Me encanta el camping!
—No sabes nada sobre el camping —dijo Bella.
—¡Si sé!
Bella miró a Edward con un creciente enfado. ¡Así que por eso había sido tan encantador esa mañana! Que olía como Hawai. Su cabello le recordaba a Hawai. ¡Seguro!
—¿Me lo comunica o me consulta? —preguntó en tono peligroso.
—Me gustaría mucho que vinierais —dijo tras un momento de duda.
Era una respuesta evasiva. Eso significaba que aún no había reservado los billetes.
—La auténtica cuestión es ¿por qué iba a querer cargar con dos niños y una niñera en un viaje de negocios?
—No es un viaje de negocios en sentido estricto.
Ella lo miró con una ceja levantada.
—Sabes tan bien como yo que Alice me matará si mando a los niños a casa sin las prometidas vacaciones.
Aún no era toda la verdad, podía sentirlo.
—Di que sí —dijo Susie agarrando a Bella de la mano y poniendo la más adorable de las expresiones—. Por favor, di que sí. Camping.
Todo en ella gritaba no. Excepto una parte que gritaba sí.
La parte que le rogaba que, por una vez, dijera sí a lo inesperado. Sólo por una vez arriesgarse a no saber qué le deparaba el día. A no tener ni idea. A abrazarse a la sorpresa en lugar de rechazarla. A abandonar la seguridad de su predecible y controlado mundo.
¿Adonde la había llevado ese mundo? A pesar de sus enormes esfuerzos había acabado con el corazón roto de todos modos.
—¿Qué quiere decir con «vuelo»? —preguntó para no decir sí a la primera.
—Tengo licencia de piloto —dijo—. Piloto mi propio avión.
De nuevo sintió en el estómago esa sensación de montaña rusa.
—¿Eso es seguro? —preguntó ella.
—Más seguro que subirte a tu coche todos los días —dijo él—. ¿Sabes que tienes más posibilidades de matarte en tu cuarto de baño que en un avión?
¿Quién podía discutir algo así? ¿Quién podría mirar del mismo modo su cuarto de baño después de escuchar algo semejante?
Ése era el problema con un hombre como Edward Cullen.
Le daba la vuelta a todo: hacía que lo que siempre había parecido seguro se volviera la cosa más peligrosa.
¿Pero no era lo más peligroso de todo morir sin haber siquiera vivido? ¿No era lo más peligroso recorrer la vida con el piloto automático, sin retos, sin emociones, sin compromisos?
Compromisos. Odiaba esa palabra por sus múltiples acepciones. Pensaba que había estado comprometida. Por primera vez no agarró el guardapelo cuando pensó en ello.
Inspiró con fuerza, acarició la mano de Susie.
—De acuerdo —aceptó—. ¿Cuándo quiere que estemos preparados?
Bella nunca había volado en avioneta antes. Hasta llegar al aparato había sentido un nudo en el estómago, pero ver a Edward dirigirse de un modo extremadamente preciso a los mandos, la tranquilizó. Irradiaba confianza y parecía seguro de su capacidad.
La sensación de calma se incrementó cuando acomodó a los niños, Jake en su sillita de coche, y después ella se sentó al lado de Edward.
Le encantó el aspecto de su rostro mientras se disponía a despegar, intensamente concentrado y relajado al mismo tiempo. Tenía el aire de un hombre al que se le podía confiar la propia vida; exactamente lo que iba a hacer.
El nivel de confianza la sorprendió. A esas horas el día anterior, después de bajarse del avión y con lo que había leído sobre él, estaba preparada para que le desagradara. Cuando no se presentó en el aeropuerto, ese desagrado se había disparado.
Pero después de verlo en su propio ambiente, y en ese momento al mando de su avión, se dio cuenta de que la culpable del malentendido del aeropuerto seguramente habría sido Alice. Edward daba la impresión de ser un hombre que se tomaba en serio todo lo que hacía y todo lo hacía bien.
Aun así, pasar del desagrado a la confianza en menos de veinticuatro horas no tema que ser bueno. Podía estar sucumbiendo a su legendario y letal encanto, como todas las demás.
¡Por supuesto que era eso! ¿Por qué sino había accedido a volar a lo desconocido con un hombre que, bueno, también era desconocido?
Tocó el guardapelo y recordó que incluso lo muy conocido se volvía desconocido, incluso lo predecible fallaba.
Antes de que tuviera tiempo de prepararse, el avión estaba rodando por la pista y de pronto estaba en el aire, liberado de la gravedad, volando.
Bella se sorprendió, y agradablemente, al descubrir que le gustaban más los aviones pequeños que los grandes. Podía ver el rostro del piloto, sentir su energía, no le parecía un desconocido. De hecho, tuvo la sensación de conocerlo profundamente mientras observaba sus manos confiadas sobre los controles. Él la miró súbitamente y sonrió.
Por un momento fue el muchacho que había visto en la fotografía de la playa, travieso, y encantado de la vida. Por un segundo fue el futbolista de la otra fotografía, confiado, seguro de su capacidad para enfrentarse a cualquier cosa que el mundo le deparara.
Algo había cambiado en él desde que se tomaron esas fotografías. No había sido consciente de que llevaba una carga hasta que lo había visto relajarse mientras atravesaba cielo.
—Le encanta esto —adivinó ella.
—Es lo mejor —dijo volviendo su atención al avión.
Y ella volvió la suya al mundo que él le había abierto. Un mundo de libertad y belleza que apenas imaginaba.
Edward le iba explicando qué era lo que veían y algunas cosas que iba haciendo con el avión.
Una hora después sobrevolaron un lago rodeado de preciosas cabañas separabas por árboles. Había un muelle sobre el agua. Excepto porque era demasiado pronto para que hubiera gente, parecía el perfecto cartel de veraneo. Aun así, sintió pena de que se acabara el vuelo.
Un coche los esperaba al final de la pista. Se hicieron las presentaciones. Rosalie y Emmett McCarty eran una pareja mayor a la que se le notaba la vida al aire libre. No eran pretenciosos, vestían de un modo informal con vaqueros y pesadas chaquetas. A Bella le gustaron de inmediato.
Y le gustó que no la presentara como la niñera, sino como alguien que había mandado su hermana porque no confiaba completamente en él con los niños.
Los McCarty generaban a su alrededor una confianza que hizo que los niños de inmediato se sintieran cómodos. Jake se lanzó a los brazos de Rosalie en cuanto pudo.
—Creo que llevaba toda su corta vida esperando una abuela —dijo Edward.
—¿No tiene abuela? —preguntó Rosalie horrorizada.
—Los abuelos paternos viven en Australia. Mis padres murieron en un accidente cuando yo era pequeño.
Alice había contado a Bella que sus padres habían muerto, pero nunca le había explicado las circunstancias. Bella había asumido que eran mayores y habían muerto por causas naturales. Se preguntó si ésa sería la carga que llevaba, y también reparó en lo rápidamente que se lo había contado a los McCarty.
Había mucho que conocer en ese hombre, pero conocerlo era llamar a los problemas. Porque ya sólo saber que había perdido a sus padres de pequeño, hacía que lo mirara con más suavidad.
—Eso debió de ser muy duro —dijo Rosalie con sincera preocupación.
—Seguramente más para mi hermana que para mí —dijo él—. Ella es la mayor.
De pronto Bella vio la actitud de Alice hacia su hermano a una luz muy distinta. Lo miraba como a un niño, no como a un hombre de éxito.
Emmett metió sus cosas en la trasera de un todoterreno y se dirigieron al lago. Recorrieron una carretera que discurría entre el bosque y el agua hasta que llegaron a un claro donde había una preciosa construcción antigua, de troncos, que por un lado daba al lago y estaba rodeada de praderas de césped salpicadas de flores. Salpicando la ladera de la colina de detrás había unas cuantas cabañas pequeñas de la misma época.
—Es precioso —dijo Bella.
Más que precioso, de algún modo ese lugar capturaba los sentimientos: risas de verano, fuegos de campamento, juegos de agua, niños jugando al atardecer.
Había un parque infantil en una pradera antes de la playa y Susie empezó a intentar soltarse en cuanto lo vio.
—¿Eso es un fuerte de troncos? —preguntó la niña—. ¡Quiero jugar!
—Claro que quieres jugar —dijo Rosalie entre risas—. Has estado encerrada en un avión. ¿Por qué no me quedo yo con los niños en el parque mientras vosotros os instaláis?
Bella esperó alguna protesta de Susie, pero no la hubo. En cuanto la puerta del coche se abrió, salió corriendo al parque.
Emmett y Edward descargaron el coche y luego siguieron a Emmett por un bonito camino de tablas que empezaba tras el edificio principal y transcurría entre álamos temblones y píceas. El camino terminaba en unas escaleras de piedra que subían por la colina, arriba de ellas había una docena de cabañas que entre los árboles se asomaban al lago.
Cada cabaña tenía un nombre tallado en el porche.
Descanso de los Ángeles.
Había un par de mecedoras en el porche. El suelo de las cabañas estaba gris por los años, las ventanas estaban pintadas de blanco. Las jardineras, por desgracia, estaban vacías. Bella las imaginó llenas de geranios. Un felpudo delante de la puerta daba la bienvenida.
Emmett abrió la puerta que gimió y eso le añadió rústica calidez al sitio. Dejaron las bolsas.
Se dio cuenta de que Edward y ella estarían juntos, bajo el mismo techo. ¿Qué tenía de distinto que haber estado bajo el mismo techo la noche anterior?
La cabaña era más pequeña, lo que hacía más íntimo todo que el elegante interior del apartamento de Edward. Aquello era un espacio real. Las décadas de risas, de familias, empapaban el acogedor ambiente.
—Es la cabaña más grande —dijo Emmett—. Hay dos dormitorios abajo y arriba está diáfano. Algunas veces los niños duermen en el porche en las noches calurosas, pero aún no hace tanto calor.
—Qué maravilla que haya en el mundo lugares lo bastante seguros como para que los niños duerman en el porche —dijo Bella.
Emmett asintió.
—Mi hija y sus hijos normalmente la ocupan todo el verano, pero… —se detuvo en seco y se aclaró la garganta—. La cena es en el refugio principal. Nos vemos a eso de las seis. Siempre hay cosas de picar en la cocina si queréis comer algo antes.
Cerró la puerta y los dejó allí.
Solos.
La cabaña era más que pintoresca. Había alfombrillas de colores sobre el suelo de tarima. Un viejo sofá con tapicería de grandes flores dominaba la decoración del cuarto de estar. Dentro, donde los troncos no habían estado expuestos a la intemperie, eran dorados, brillaban por la edad y el calor. La chimenea de cantos rodados, la cara ahumada por el uso, tenía delante dos mecedoras pintadas de amarillo brillante.
Quizá fuera la sensación hogareña que producía lo que le hizo aventurarse en un territorio más personal. Estar allí en ese lugar, con él, le hacía sentirse conectada con él, como si el calor y el amor de las familias que habían ocupado ese sitio le hubiera infundido el espíritu del cuidado.
—No puedo creer que lleve meses trabajando para Alice y no supiera nada de lo de sus padres. Sabía que habían fallecido, pero no las circunstancias.
—Fue un accidente de coche. No habla de ello.
—¿Y eso?
—No somos muy habladores en nuestra familia —se encogió de hombros.
—Más bien de actuar.
—Así es —dijo sin disculparse.
Casi con una advertencia de «no sigas por ahí», y para dejarlo claro empezó a explorar la cabaña, según ella, con una distancia cínica, como cerrándose deliberadamente a su encanto.
Estudió el revestimiento de las ventanas, miró con el ceño fruncido los suelos decididamente astillados. Subió al piso de arriba.
—Me quedaré con esta habitación —anunció.
Sabía que no debía subir, pero lo hizo. Subió y se quedó a su lado. El espacio diáfano era enorme. La chimenea de piedra del primer piso continuaba por el de arriba y allí había otro hogar. Una enorme cama con dosel, antigua, con una colcha hecha a mano ocupaba la mayor parte de la estancia. Edward miraba debajo de la cama.
—¿Buscando al coco? —preguntó ella.
Él levantó la cabeza, sorprendido porque hubiera subido.
—Ratones.
Era evidente que él no le encontraba ningún romanticismo al sitio.
—¿Y?
—No hay ratones o lo han limpiado hace poco.
Le daban miedo los ratones. A él le daba miedo la compasión. Quizá había llegado el momento de confrontar sus miedos.
—Edward, siento lo de tus padres. Debió de ser terrible para ti —dijo sabiendo que era sobrepasar los límites.
Él se levantó y abrió la puerta del armario, miró dentro. Tuvo la sensación de que mentalmente estaba haciendo planos, anotaciones.
—Gracias —dijo él—. Ocurrió hace mucho tiempo.
—¿Qué planes tienes para este sitio? —dijo tratando de respetar el deseo de él de no seguir con el tema—. Si lo compras.
—Quiero convertirlo en un complejo Sun. Así que eso supone renovar por completo el interior de las cabañas, si las conservamos. Pienso en un elegante refugio de caza, muebles de cuero, una barra, obras de arte, alfombras de piel de oso.
Experimentó una sensación de pérdida cuando él dijo eso.
—Para turismo activo —siguió—, excursiones durmiendo al raso, escalada, senderismo, una hilera de motos de agua amarradas a un muelle nuevo.
Todo eso le dolió.
—Cena de cinco estrellas en el refugio principal, una coctelería, algunas de las cabañas con sauna.
—¿Sólo para adultos? —dijo sintiendo que el corazón se le caía a los pies.
¿Cómo podía ser tan indiferente a lo que ese lugar significaba?
—Bueno, eso es a lo que nos dedicamos.
—Qué pena. Este lugar pide a gritos a los niños. Resultará vacío sin ellos.
—Bueno, eso no es a lo que se dedica Sun.
—¿Es por tu familia? —preguntó suavemente aunque era traspasar todos los límites—. ¿Es por eso que llevas a la gente sin hijos de un sitio a otro? ¿Porque te resulta demasiado doloroso ir si no?
Edward se quedó quieto, después cerró el armario y la miró irritado.
—No necesito que me psicoanalicen. Pareces mi hermana.
Había tocado un punto sensible. Se dio cuenta. Y pensó que él tenía razón. Estar con él en esa cabaña, verlo con los niños, verlo pilotar su avión, todo eso había creado una falsa sensación de intimidad.
Ella era la niñera, la empleada. No tenía derecho a meterse en su vida. No tenía derecho a pensar en él de un modo personal.
¡Pero ya lo estaba haciendo! ¿Cómo salía de eso?
—Lo siento, señor Cullen —dijo envarada.
La mirada distante abandonó los ojos de él de inmediato. Se acercó a ella, se dio cuenta de lo alto que era cuando la miró de cerca.
—Eh, no quería herir tus sentimientos.
—No lo ha hecho.
—Sí. Puedo verlo en tu cara.
—Seguro que se lo está imaginando.
—No.
—Ahora es usted quien se mete en temas personales, señor Cullen.
—¿Estamos discutiendo?
—Eso creo —aunque con lo que se había criado aquello no lo habría calificado de riña.
Edward se echó a reír y, sorprendentemente, ella hizo lo mismo y la tensión entre los dos desapareció, aunque sólo para ser reemplazada por otro tipo de tensión.
—Por favor, no vuelvas a llamarme de usted.
—De acuerdo, Edward.
—Y sólo para que conste. No empecé a dirigir complejo sólo para adultos por mis padres —hubo un dolor tan grande en sus ojos que ella pensó que los dos se ahogarían en él.
Parecía la cosa más razonable del mundo acariciarle una mejilla.
La mejilla empezaba a estar áspera por la barba. Su piel resultaba inesperadamente sensual, fresca y tensa bajo la palma de la mano.
Edward se apoyó contra la mano. Por un momento ella pensó que le iba a decir algo. Algo importante. Quizá lo más importante que podía decir sobre él.
Y entonces, el velo cayó sobre sus ojos y algo peligroso afloró en la superficie de jade. Iba a besarla. Sabía que podía apartarse, pero era incapaz de hacerlo. Y entonces él se echó hacia atrás como si hubiera sufrido una descarga eléctrica, pareció avergonzado y siguió inspeccionando la cabaña.
Ella era demasiado consciente de la enorme cama, de la chimenea, del romanticismo que lo impregnaba todo.
—¡Tío! ¡Bella! —gritó Susie desde el piso de abajo—. Este sitio es lo más. Lo más de lo más. Tenéis que venir a ver el fuerte de troncos. Rosalie dice que puedo dormir allí. ¿Queréis dormir allí conmigo?
Eso sería mucho mejor que dormir en la cabaña, con él. Aunque sería en otra habitación, ese espacio diáfano parecía demasiado abierto a lo de abajo. Podría imaginárselo allí aunque estuviera en otra habitación. Incluso podría sentirse atraída hasta allí, en la oscuridad de la noche, cuando hablaba el corazón y no la cabeza.
Sus ojos se detuvieron una vez más en la cama. Fue consciente de que Edward se había detenido y la miraba.
—¿Dónde estáis? —gritó Susie.
—Arriba, pero ya bajamos —«huyendo de la tentación».
Bella bajó corriendo las escaleras aliviada por la distracción de los niños.
Su trabajo, se recordó seria, su prioridad.
—¿Quieres elegir una habitación? —preguntó a Susie.
—No, yo quiero acampar en el fuerte. Es lo más —dijo rodeándose con los brazos y girando en círculos de delirio—. ¡Moose Lake Lodge es lo mejor!
—Lo mejor —reconoció Bella sabiendo que el futuro de todo aquello era muy distinto.
Pero, ¿por qué sentía que bajo esa apariencia de frío profesional sin corazón, Edward era algo muy diferente?
—Tengo que cambiarme —dijo Bella de pronto consciente de que su vestimenta no era muy adecuada para ese lugar.
Por suerte, anticipando las posibles vacaciones, había metido en la maleta algunos pantalones sueltos y camisetas.
—Elige una habitación —dijo a Susie—, sólo por si no te gusta el fuerte.
Susie puso los ojos en blanco como si eso fuera imposible, pero eligió una habitación. Después Bella se llevó su maleta a la otra.
Su mente volvió a su encuentro con Edward en la buhardilla. Si ese beso se hubiera producido, ¿sabría quién era él en realidad? ¿O estaría aún más confusa?
Se vio en el viejo espejo desazogado. Lo primero que notó fue que ya no estaban los siete u ocho kilos extra de tristeza que llevaba siempre, pero que el guardapelo seguía en el cuello.
Lo tocó, después, en un impulso, se lo quitó y lo guardó en un bolsillo de la maleta. Se dijo a sí misma que ese gesto no tema ningún significado. El guardapelo era algo demasiado delicado para esa excursión. Luego pensó que ella era demasiado delicada para esa excursión.
Aunque… lo habría besado a pesar de todo si él no se hubiera alejado. Se puso unos pantalones de yoga y una camiseta a juego y al mirarse en el espejo se vio más voluptuosa que gorda.
Eso debería haberla convencido de volver a ponerse el colgante, pero no lo hizo.
Lo dejó donde estaba.
Chicas espero que me disculpen por no haber actualizado antes pero he tenido algunos problemitas! besos!
gracias por su paciencia!
Nessa
