Hola hoy no me he demorado tanto en actualizar
La historia no me pertenece sino a la genia Cathy Williams
Gracias a todas las que me han dejado RR, o han puesto la historia como favoritos o alerta, me encanta saber que les gusta!
Nessa
Capítulo 5
Lo que más le gustaba a Edward del vuelo era que parecía un mundo al que se accedía sólo a través del absoluto control, a través de la precisión del pensamiento y la autodisciplina que sólo los pilotos entendían. Volar le daba una sensación de absoluta libertad, pero sólo después de haber cumplido estrictamente una serie de normas.
Los negocios eran algo parecido. Trabajo duro, disciplina, precisión de pensamiento, que llevaban a resultados predecibles y deseados, un tremendo sentimiento de satisfacción, de compromiso.
Pero las relaciones… ése era un terreno completamente diferente. No eran jamás predecibles. No había unas reglas claras que seguir para mantener alejados los problemas. Daba igual lo que se hiciera, no había red de seguridad.
Por ejemplo, podía fijarse en la niñera. No era que tuviera una relación con ella, pero podía quedar atrapado por el azul de los ojos como había quedado atrapado por la llamada del cielo.
Había visto algo en ella cuando volaban que también había vislumbrado cuando había salido de la habitación de su departamento con Jake en los brazos envuelto en una toalla blanquísima, la blusa pegada al cuerpo, la risa aún brillando en los ojos. Bella tenía una rara habilidad para experimentar la sorpresa, para entregarse al momento.
Algo sobre sus contradicciones: severa y juguetona, pragmática y sensitiva, lo hacía vulnerable. Y salirse del camino. Cuanto más trataba de mantener el control de la situación, más perdida el sendero.
Por ejemplo, cuando había sentido que ella indagaba en la tragedia de la muerte de sus padres, había hecho lo que siempre hacía: levantar el muro.
Pero que eso la hubiera herido, había derribado esa pared como si estuviese hecha de papel.
En un abrir y cerrar de ojos había pasado de tratar de alejarla a estar a punto de contarle su más profunda verdad. Casi le había hablado de su hijo. Jamás le había hablado de eso a nadie. Ni siquiera a su hermana. Había estado a punto de confiar en una mujer que era una extraña… Y él se preciaba de autocontrol.
Y después de ese destello de vulnerabilidad había cambiado de tema desesperadamente. Y casi lo había hecho. Con los labios. Y aunque se había echado atrás en el momento preciso, lo que sentía no era orgullo por su autodisciplina. Sentía arrepentimiento por no haber saboreado esos labios.
—Supéralo de una vez —dijo en voz alta.
La oyó salir de la habitación de abajo y se acercó a la barandilla para mirar.
Se había puesto unos pantalones ajustados que destacaban la femenina curva de sus caderas. Unas sandalias que dejaban ver los adorables dedos de sus pies.
¿Superarlo de una vez? ¿A quién quería engañar? Sospechó que una persona jamás superaría a una mujer como Bella, sobre todo si cometía el error de saborearla, de tocar sus labios. Si llegara a cansarse de sus labios, imposible, aún le quedarían los dedos de los pies por explorar. Y las orejas. Y su cabello y los ojos.
Esos ojos turquesa quedarían gravados en su memoria mucho tiempo.
Sólo, pensó, si pasaba al siguiente nivel. Pero no iba a hacerlo. Nada de apoyarse en ella, nada de pensar siquiera en contarle sus más profundos secretos.
Apenas la conocía. Era la niñera de sus sobrinos. Conocerla a otro nivel no sería apropiado. Había cosas extremadamente atractivas en ella. ¿Y qué? Había estado con muchas mujeres atractivas. Y había conseguido no enredarse con ellas.
Claro, con todas las otras había recurrido a todo el arsenal que el dinero podía comprar para dar la sensación de implicación, sin realmente invertir en ellas. Había sido un arreglo feliz en todos los casos, ellas encantadas con sus ofertas superficiales y él feliz con la distancia emocional.
Bella le pediría más, esperaría más, se merecía más. Por lo que había sido una sabia decisión apartarse de sus labios en el momento adecuado.
Subió su maleta al piso de arriba y se cambió de ropa; después bajó sin deshacer el equipaje. Se detuvo en el porche y contempló el paisaje.
El silencio, el aroma del bosque, las pequeñas olas en a playa tranquilizaron sus pensamientos. Había una isla en el lago, llena de árboles, con una diminuta cabaña visible en la orilla. Una vista de un millón de dólares. Lo que le iba a costar convertir el Moose Lake Lodge en un complejo turístico Sun.
Había visto en el rostro de Bella que no le gustaban sus planes, pero era evidente que se dejaba guiar por las emociones más que por el sentido del negocio.
Quizá las emociones de ella le estaban influyendo, porque conservar esas viejas construcciones sería más costoso que quemarlas y construirlas de nuevo, pero quería conservarlas, arreglarlas, mantener su sensación de solidez.
El parque de columpios tendría que desaparecer. Podía poner un bar al aire libre en su lugar. Una piscina climatizada y una sauna prolongarían la temporada de apertura. También estaría bien un helipuerto.
En ese momento le llegó un grito de alegría de Susie seguido de una risa de Bella desde el parque que quería destruir. Miró en esa dirección. Pudo ver que la niñera estaba inmersa en el juego, persiguiendo a Susie por el fuerte. Susie abrió una puerta y salió del fuerte, Bella ni lo dudó, se lanzó sobre ella y las dos cayeron al suelo.
De pronto pensó que no conocía a ninguna mujer con más que ofrecer que ella. No podía pensar en ninguna mujer que se hubiera sentido más cómoda, más feliz, jugando con una niña.
A poca distancia de las dos, Rosalie estaba sentada en un banco con Jake a sus pies. Tenía una palita en la mano y se entretenía llenando un cubito con arena.
Edward se preguntó cómo iba a tirar el parque sin sentir una punzada de dolor por ese recuerdo. Ése era el problema de las emociones. Debería haberse ceñido a los negocios. Jamás debería haber llevado a los niños. Claro que sin ellos dudaba que le hubieran invitado.
Por un momento sintió agudamente la pérdida de sus padres y los momentos que había compartido con ellos. Sintió que se le emborronaba la visión contemplando la escena.
Los echaba de menos, quizá más de lo que se lo había permitido nunca desde que habían muerto. Recordaba momentos como ése: días de playa, interminables jornadas de risas y sol, arena y agua.
Tuvo un momento de clarividencia que fue como un puñetazo en el pecho.
«Quiero tener a mi hijo para poder sentir lo mismo otra vez. Una sensación de familia. De pertenencia. De amor».
Esa idea había vivido en algún sitio dentro de él esperando el momento de vulnerabilidad apropiado para salir a la parte consciente. Cuando había abandonado a su hijo, había abandonado un sueño. Lo había dejado detrás. Le había cerrado la puerta. Había tratado de llenar el vacío que dejaba con otras cosas.
Y hasta ese momento no había sido consciente de lo tristemente que había fallado. Era uno de los hombres de más éxito del mundo, ¿cómo podía verse como un fracasado? Su hermana sabía exactamente lo que era. Y él también. Un hombre que se había perdido a sí mismo.
Se sacudió los indeseados momentos de introspección. Aunque había pensado en ir a buscar a Emmett, se descubrió bajando al parque con intención de demostrar algo.
Lo mismo que besar a Bella podría haberle hecho quitársela de encima al demostrarse que la fantasía era mucho más deliciosa que la realidad, lo mismo podía suceder con la escena que se desarrollaba en el parque.
Tenía que mirarla sin filtros: el bebé estaba pringoso; Susie era pesada y demandante.
Rosalie levantó la vista y sonrió cuando lo vio acercarse.
—Me alegro de que hayas venido —dijo—. Iba a ponerme con la cena.
Y entonces se levantó y le dejó con el bebé. Después de considerar las opciones, se sentó en el suelo al lado de su sobrino. Como había sospechado, la realidad era fría y estaba llena de arena, nada cómoda.
Y entonces vio otro montón de juguetes, encontró otra pala y se puso a ayudar a Jake.
Como había sospechado: aburrido.
Y entonces dio la vuelta al cubo y vio el inicio de un castillo de arena. Jake agarró la pala y lo aplastó riendo a carcajadas.
Susie llegó sin aliento.
—¿Estáis haciendo algo?
Una larga pierna de Bella entró en su campo de visión. Se quedó un poco atrás. Sintiendo, lo mismo que él; que algo peligroso se cocía allí.
La miró. No supo por qué se dio cuenta, pero no llevaba el colgante.
Le tendió un cubito como si fuera el capataz de una enorme construcción.
—¿Queréis traer Susie y tú un poco de agua del lago? Vamos a hacer un castillo de arena.
El castillo fue tomando forma, lleno de torres, Bella abría ventanas con cuidado en la arena húmeda, dándole forma a la muralla.
Tenía la adorable manía de morderse la lengua cuando se concentraba. Se le caía el pelo hacia delante y se lo echaba para atrás con impaciencia. Se preguntó cómo sería enterrar sus dedos en ese cabello, un pensamiento que abandonó rápidamente para ayudar a Susie a construir el foso y defender el castillo de la alegría de Jake.
Antes de que se diera cuenta, la incomodidad había desaparecido, y la felicidad, los sentimientos, lo habían invadido oscureciendo todo lo demás. Era como si la niebla, dorada por el sol de la mañana, los hubiera envuelto y llevado a un mundo propio. Sin ser consciente de ello, se estaba riendo.
Y Bella se reía con él y después Susie en sus brazos con el pulgar en la boca, mojada y sucia, llena de arena, y el bebé olía fatal, y la realidad era extraña y maravillosamente mejor que ninguna de sus fantasías.
Algo en él se soltó y dejó los negocios en un segundo plano. Por alguna razón le había tocado ese regalo. Unos días que pasar con sus sobrinos en uno de los lugares más hermosos que había conocido. Unos días para pasar con una mujer que lo intrigaba.
Al día siguiente, Bella y él estaba ya instalados en una rutina que parecía decididamente doméstica. Debería haberle parecido extraño desempeñar ese papel con ella, pero no fue así. Era como lo que había sentido al entrar en la cabaña: la vuelta al hogar.
Rosalie preparaba la comida más deliciosa: comida a la antigua, estofado y panecillos para cenar la noche anterior, galletas y merAliada para desayunar, gruesos bocadillos de pan casero para comer.
El refugio, magníficamente construido, siempre olía a pan y a café recién hecho. Cuando refrescaba al final de la tarde, había un fuego encendido y juguetes en el suelo delante de la chimenea.
El segundo día fue un maravilloso día de sol de primavera. Jugaron en la arena, fueron de paseo por el bosque, remaron en las barcas. Cuando los niños se echaron la siesta después del mediodía, Bella y él se sentaron en porche del Descanso de los Ángeles.
—Los niños son agotadores —le dijo a ella dejándose caer en una silla, contento por la tranquilidad y mirando la cabaña de la isla—. Necesito la siesta más que ellos.
—Estás haciendo muy bien de tío. El mejor constructor de castillos de arena del mundo.
Algo que significaba para él más que ser el soltero más sexy del mundo.
—Gracias. Tú lo estás haciendo muy bien… siendo tú misma —eso hizo ruborizarse a Bella, así que Edward decidió seguir por ahí—. Los mejores dedos de los pies del mundo.
—No seas tonto —dijo tratando de ocultar los pies descalzos.
Llevaba unos pantalones capri que ceñían sus curvas de un modo delicioso.
—Vamos, sé buena. Déjame echar un vistazo a esos pies.
Ella dudó y sacó los pies de detrás de las piernas y movió los deditos.
Él se echó a reír y ella hizo lo mismo. Pensó que era una misión muy fácil hacer que ella riera… y que se ruborizara.
—Me encanta esta vista —dijo Bella—. Sobre todo esa cabaña. Si alguna vez fuera de luna de miel, sería ahí —se calló de pronto y se ruborizó salvajemente.
Si había algo de lo que no les gustaba hablar a los solteros convencidos era de bodas. O de lunas de miel. Pero lo que le gustaba era verla colorada, sacó lo mejor de él.
—¿Qué quiere decir ese si? —bromeó—. Si hay unos pies destinados a llevar unos zapatos de cristal, son ésos. Alguien caerá rendido a tus pies y se casará contigo. Pasaras toda la luna de miel siendo perseguida por él que querrá morder esos deditos. De hecho me sorprende que no haya sucedido ya.
Aunque pensó que la broma había funcionado porque tenía las mejillas del color de las frambuesas, la idea de algún afortunado persiguiéndola, le hizo sentirse desgraciado.
—Oh —dijo ella con voz estrangulada—. He renunciado a los sueños de Cenicienta. La mayoría de los hombres son lobos con piel de cordero.
Su intento de resultar desenfadada fracasó y se llevó la mano al cuello, pero el colgante no estaba.
—Qué razón tienes —dijo él, pero le daba mucha pena y sabía que era el peor hombre para cambiar esa opinión.
¿Quién la había engañado para ir allí con los niños ocultando el verdadero motivo? ¿Quién miraba sus labios y sus dedos de los pies y su cabello y libraba una feroz batalla para no saborearla sin importarle las consecuencias?
Sabía que no debía preguntar, pero igualmente lo hizo.
—¿Te hizo mucho daño?
—¿Quién? —abrió mucho los ojos.
—El profesor —dijo con un suspiro.
—Me da vergüenza ser tan transparente —bajó la mano del cuello.
—Bueno, espero que eso haga que te vuelvas a ruborizar. ¿Te lo hizo?
—No —dijo con tranquilidad—. Me hice daño yo sola.
«Bésala», le dijo el diablo que vivía en su hombro, «ninguno saldrá herido».
El pensamiento contrastaba tanto con la inocencia de jugar a perseguirse entre los árboles, de chapotear en las orillas de un lago aún demasiado frío como para bañarse.
Iba a ser muy difícil pasar otra noche en la cabaña con ella una vez que se durmieran los niños. El ángel que vivía en el hombro de ella tendría que ser más fuerte que su demonio.
Porque tras otra increíble cena, trucha del lago, Bella anunció que Susie y ella dormirían en el fuerte. De pronto se oyó decir que dormiría con ellas.
Fue la noche que peor durmió de su vida. Con Susie entre Bella y él, el bebé en una enorme cesta de mimbre al lado de sus cabezas, susurrando feliz en su nido de mantas.
Bella estaba tan cerca que podría acariciar ese increíble pelo, pero no lo hizo. Estaba tan cerca que podía oler su aroma a flores hawaianas. Se quedó tumbado despierto contemplando las estrellas sobre su cabeza y escuchando la respiración de ella y por la mañana se sintió helado y acalambrado y más vivo que en mucho, mucho tiempo.
Cuando se había despertado y había mirado los dormidos ojos color turquesa de Bella se preguntó cómo demonios iba a hacer para volver a su vida tal y como la había conocido.
La relajada estancia en el Moose Lake Lodge estaba tan lejos de su avanzada existencia, como podía estar. No había revisado su PDA, no había televisión, ni internet.
Tenía una nueva realidad y gran parte de ella se la debía a Bella: sus labios y sus ojos y el modo en que se sacudía el pelo. El aspecto que tenía con los pantalones remangados y sucios, ceñidos a sus femeninas curvas, los pies descalzos enterrados en la arena templada.
Veía cómo era con los niños: paciente, cariñosa, auténtica. Había llegado a darse cuenta de su inteligencia con sus pullas y el intercambio de bromas ingeniosas.
Era agudamente consciente de que Bella era la clase de mujer que los hombres, criaturas superficiales, pasaban por alto. Pero si un hombre estaba buscando un compañera para la vida, lo que por suerte no era su caso, no habría nadie mejor que ella.
Esa mañana, después del exquisito placer de una ducha caliente después de una fría noche, delante de las tortitas y el sirope, Rosalie les dijo que Emmett y ella se harían cargo de los niños ese día.
—La única que no ha tenido ningunas vacaciones ha sido Bella, un descanso de su responsabilidad. Es vuestro último día completo aquí. Id a divertiros los dos.
Su sobrina tenía toda la razón en lo que había dicho: era un torpe.
Se volvió hacia Bella, humillado por el comentario de Rosalie. Esa mañana Bella llevaba una sudadera roja que ocultaba alguna de las formas que hacía que se le quedase la boca seca, pero los vaqueros lo arreglaban.
El tejido ceñía sus curvas y pensó que las nalgas flacas estaban sobrevaloradas. Pensó también que era un pensamiento poco apropiado en un hombre que iba a tender una mano y ser considerado.
—He estado pensando todo el tiempo en lo maravillosa que es esta experiencia —admitió Edward—, mientras tú estabas haciendo tu trabajo, ocupándote de los niños.
—Oh, no —protestó Bella—. No me siento así. Si amas tu trabajo, nunca tienes la sensación de estar trabajando. Así es como me siento con Susie y Jake.
—Rosalie tiene razón —dijo él con firmeza—. Es hora de que tengas vacaciones.
Bella parecía incómoda, como si no quisiera pasar el día con él sin la protección de los niños.
Lo que demostraba que tenía sentido común. Aunque estaba cansado del sentido común. Le molestaba que le llevara la contraria cuando había decidido ser mejor persona, ser considerado, un caballero.
—Han sido unas vacaciones —insistió ella—. ¿Cómo iba a poder comer algo como lo que hace Rosalie y estar en un sitio como el Descanso de los Angeles y no sentirme de vacaciones? Ha sido mejor que estar en un hotel de cinco estrellas. Sin ofender a los propietarios de hoteles de cinco estrellas que andan por aquí.
—No —dijo Rosalie con firmeza—. Hoy es tu turno. Tienes tiempo para ti. ¿Por qué Ed y tú no os subís a una canoa y os vais a la isla? Os prepararé comida. Ed tiene que echarle un vistazo de todos modos porque es parte de la propiedad. ¡En esa cabaña se han pasado muchas lunas de miel!
A pesar de que Bella intentaba ser cínica respecto a las relaciones, a Edward no se le pasó la mirada soñadora en sus ojos. Él, dejando a un lado las buenas intenciones, no estaba seguro de ser el más apropiado para que Bella disfrutara de su día libre en una isla donde la gente iba a pasar la luna de miel.
No le pasó desapercibido el hecho de que Rosalie y Emmett, a pesar de que no habían hablado nada de negocios, se habían abierto un poco más a la posibilidad de que Sun comprara el refugio ya que le estaban animando a verlo todo.
En busca de aventuras perfectas para sus clientes y manteniendo su acelerado estilo de vida de soltero, Edward había probado muchas actividades, incluyendo algunas que ponían los pelos de punta como el puenting y el surf con parapente.
Ninguna de esas actividades lo había preocupado realmente, pero una hora después, en la canoa con Emmett, refrescando sus conocimientos sobre montar en canoa. Edward sintió el peso de la responsabilidad. Había montado canoa antes, pero nunca en aguas que podían matarlo de frío si volcaba y se quedaba en el agua mucho tiempo.
Emmett le aseguraba de que la isla estaba sólo a veinte minutos de remo por aguas tranquilas.
—Os vigilaré —prometió Emmett—. Si os pasa algo os rescataré con la motora.
A Edward no se le ocurría en ese momento nada más humillante, sobre todo compartiendo la embarcación con Bella. También era consciente de su presencia. Además de no querer que los rescataran, se sentía responsable de otro ser humano, algo nuevo en su existencia de solitario.
Extrañamente, los dos sentimientos en lugar de debilitarlo le dieron más fuerza. Él había asumido guiar la barca y lo sentía como interpretar el tradicional papel de protector, del guerreo, y nunca habría pensado que ese papel le satisfaría tanto.
Confió en que Bella no le dejara entusiasmarse con ese papel mucho tiempo. Ella se colocó en la parte delantera de la canoa y él le dio un remo por si acaso, pero pensando que no lo usaría. Él se situó en el lugar desde el que podría remar y dirigir la embarcación.
Estaba tan concentrado en sus deberes que sólo notó de un modo lateral que la sudadera roja de ella hacía juego con la canoa y que sus nalgas metidas en esos vaqueros eran algo para tener cuidado.
Antes de que hubieran salido de la protección de la bahía donde se encontraba el embarcadero, ella se dio la vuelta y lo miró enfadada. Tenía las mejillas encendidas por el ejercicio por tratar de sacar la barca de allí remando ella sólo con un remo.
—Mira, creo que esto es un trabajo de equipo. No soy la clase de chica que quiere sentarse en la parte delantera de la barca y quedar bien, creo que estamos remando sin sincronizarnos.
En otras palabras, no era la clase de chica a que él estaba acostumbrado.
En otras palabras, quizá llevaba demasiado tiempo solo. No estaba seguro de que pudiera volver a jugar en equipo.
Pero para su sorpresa, en cuanto cedió el control, en cuanto empezó a trabajar con ella en lugar de hacerlo solo, la canoa empezó a cruzar el agua con silenciosa velocidad y gracia y enfiló hacia la isla.
—Mucho mejor —dijo ella mirando por encima del hombro sonriendo.
No sabía cuándo se había transformado, pero en algún momento de los últimos días había pasado de la mediocridad a la belleza. El sol había dorado su pálida piel, había dejado de intentar domesticar su voluptuoso cabello, que se rizaba salvaje alrededor de su rostro, y su expresión parecía más relajada cada segundo que pasaba desde que habían dejado a los niños.
—Eres guapa —dijo tartamudeando y quedó sorprendido por cómo había sonado.
Él, que había acompañado a alguna de las mujeres reconocidas como bellezas mundiales, parecía un escolar en su primera cita.
En respuesta ella arrastró el remo por la superficie y le salpicó con el agua helada.
En ese momento podía ver la cíngara que había atisbado en ella, bailando con la vida, especialmente cuando reía a carcajadas.
—Oh —dijo ella con patente hipocresía.
En ese momento podía ver la verdad sobre quién era, brillando cerca de él. Aquello era lo que había vislumbrado cuando le había pasado el dedo por los labios. Eso era lo que había sabido de ella y ella no sabía de sí misma. Que estaba hecha para bailar con la vida, brillar con la risa, florecer.
Y en eso reconoció otra verdad: no había sido ella la que se había transformado. Había sido él.
—No balancees la barca —dijo gruñón.
Y la frase sonó como una metáfora de su vida. Edward Cullen, empresario innovador en los negocios, que se lanzaba a aventuras en el escaso tiempo que tenía para disfrutar, no balanceaba la barca en esa única área de importancia máxima.
Las relaciones. Jamás se arriesgaba a implicarse realmente. Veía a las mujeres unas pocas veces y al primer indicio de que querían más, buscaba una salida. Estaba encantado de jugar limpio con su cartera, pero no daba oportunidad al corazón.
Porque su corazón estaba herido. Cuando sus padres habían muerto, la gente le había dicho que el tiempo curaría las heridas. Cuando había accedido a la propuesta de Sarah de que lo mejor era entregar el niño a una familia que lo quisiera, que fuera emocional y económicamente madura, que estuvieran preparados para criar a un niño en todos los sentidos, había pensado que el tiempo finalmente mitigaría el dolor que sentía.
Quizá había creído que había sido así, pero sólo se había engañado a sí mismo.
Huir no era lo mismo que curar. Ni de lejos.
—¡Tierra! —gritó Bella al acercarse a la isla.
La miró, estaba radiante por el entusiasmo y se dio cuenta de que tenía baja la guardia. Tomó una decisión, sólo por ese día, se entregaría tan completamente como fuera capaz.
Por ella. Para que pudiera disfrutar del único día que no tenía responsabilidades, que podía divertirse sin los niños.
Atracaron la canoa, con poca habilidad, aunque por suerte el agua cercana a la isla estaba lo bastante caliente como para no tener que preocuparse por la hipotermia si se caían. Aun así, incluso con los vaqueros remangados. Bella acabó mojada hasta las rodillas.
Él bajó la cesta de la comida que Rosalie les había preparado y siguió a Bella hasta la orilla y dejó la cesta allí.
Había un sendero hasta la cabaña que de cerca era tan pintoresca como parecía de lejos. Como el Descanso de los Ángeles, tenía un nombre tallado a la entrada.
—Rapsodia de Amor —leyó ella en voz alta—. ¿No es precioso?
—Un poco sensiblero —dijo pensando que le cambiaría el nombre en cuanto la comprara.
—¿Podemos entrar? —preguntó ella.
Había algo en la forma en que ella miraba con los ojos muy abiertos a la pequeña cabaña que lo ponía bastante nervioso.
—Bueno, sí, no es una iglesia. Además, será mía algún día. Así veré cuánto dinero tendré que gastarme para mantenerla.
Ella reaccionó como había esperado, mirándolo como si hubiese cometido un sacrilegio. Era importante que ella supiera lo distintos que eran. El cínico pragmático y la blanda y soñadora. Era importante que conociera esa distancia para que el muro estuviera levantado.
Y necesitaba un muro en un lugar como ése. Necesitaba un muro cuando estaba empezando a sentir demasiado entusiasmo con ser el protector, el guerrero. Cuando se sentía extrañamente dubitativo sobre si debían entrar al santuario. ¿Qué pasaba si lo que fuera que habitaba allí, el espíritu del romanticismo, los poseía? ¿Qué pasaba si no tenía defensa contra él?
Enfadado consigo mismo por haber olvidado tan pronto su propósito de dedicarle el día a ella en lugar de a sí mismo, Edward empujó la puerta y la abrió.
Su primera reacción fue de alivio porque estaba oscuro y olía a cerrado. No había nada dentro de lo que hablar. Una antigua cama con el colchón enrollado y las sábanas dobladas, una mesita, un sofá raído y una chimenea de piedra como la del Descanso del Ángel.
Pero que hubiera tan pocas cosas, parecía resaltar que había algo invisible.
—Mira —susurró ella acercándose a una de las paredes—. Oh, Edward, mira.
Grabados en la madera de las paredes había nombres:
Mildred y Manny, tres de abril de mil novecientos cuarenta y siete. Penélope y Alfred, nueve de junio de mil novecientos treinta y dos.
Algunas veces sólo era el nombre de la pareja, otras veces un corazón rodeaba los nombres, otras un poema había sido pacientemente tallado en la pared. Parecía que todas las parejas que habían pasado allí su luna de miel habían dejado alguna marca en las paredes.
Era difícil no sentirse conmovido por ese testamento de amor, de compromiso. No había nada de valor material en esa cabaña, pero había algo tan valioso que ni siquiera tenía nombre: una historia de personas diciendo sí a la aventura de empezar una vida juntas.
En aquella diminuta cabaña, parecía que era la única aventura que contaba.
El cinismo lo protegería de la luz que brillaba en los ojos de ella. Pero, ¿qué pasaba con su propósito de dedicarle el día a ella?
Así que cuando salieron de la cabaña le tomó la mano a pesar de que quería meter las suyas en los bolsillos para defenderse de lo que había allí dentro. Curiosamente, tomarla de la mano pareció apaciguar la duda que sentía dentro.
La isla era pequeña. La rodearon en una hora. Pronto olvidó su incomodidad en la cabaña y se encontró disfrutando de todo con sorprendente facilidad. Así era estar con ella: fácil y cómodo.
Sin el más mínimo atisbo de atracción sexual, lo que sumaba más que restar a la experiencia de estar juntos.
Finalmente volvieron a la playa y abrieron la cesta de Rosalie. Había salchichas y panecillos, cerillas y pastillas para encender.
Reunieron leña y Edward encendió una hoguera, sintiendo «eso» otra vez, el empujón del antiguo papel: «encenderé un fuego para que tú te calientes».
Evidentemente la sensiblería de la cabaña estaba haciendo su efecto.
Con las salchichas ahumándose en el extremo de unos palos sobre el fuego y la magia de la cabaña detrás, se descubrió dando un paso adelante, queriendo ser más pero también saber más. Pronto cada unos seguiría su camino y el intercambio parecía no ser muy arriesgado.
—Dime por qué te hace feliz criar los niños de otra gente —dijo quitándole una mota de mostaza de la comisura de los labios con la punta de un dedo y después llevándoselo él a la boca.
—Ya te lo he dicho, es un trabajo que me gusta. Nunca me siento trabajando.
—Pero, ¿eso no te hace pensar que serías la madre ideal, de tus propios hijos?
Quizá era un tema demasiado personal, porque se ruborizó salvajemente como si le hubiese preguntado si quería ser la madre de sus hijos.
¡Le encantaba ese rubor! Antes de ella, ¿cuándo había visto a una mujer que se ruborizara?
—Es por el dolor —adivinó él suavemente fijándose en el modo en que ella miraba intensamente la salchicha—. ¿Me vas a contar eso?
Esa era la clase de pregunta que él nunca hacía. Pero de pronto realmente quería saberlo.
—No —dijo ella—. Se te está quemando la salchicha.
—Así es como me gusta ¿Cómo se llamaba?
Lo miró fijamente. Su expresión decía «déjalo», pero su voz dijo reacia:
—James.
—Vaya, siempre he odiado ese nombre. Déjame adivinar. ¿Profesor de universidad?
—No es una historia muy interesante.
—Todas las historias son interesantes.
—Muy bien. Tú has preguntado. Ahí va la patética verdad completa. James era profesor de universidad. Yo era estudiante. Esperó hasta que yo no iba a ninguna de sus clases para pedirme salir. Salimos unos meses. Me enamoré y pensé que él de mí también. Tenía un viaje a Europa previsto desde hacía tiempo, un año sabático, y se fue.
—¿No te pidió que lo acompañaras?
—Me pidió que esperara. Me hizo una promesa.
Edward rugió.
—¿Por qué haces ese ruido?
—Si te hubiera amado, jamás se habría ido a Europa sin ti.
—Gracias. ¿Dónde estabas cuando te necesitaba? Me prometió que volvería y nos casaríamos. Acepté el puesto de niñera temporalmente.
—Nada de anillo, sin embargo —adivinó Edward con cinismo.
—¡Me dio un guardapelo!
—¿Con su foto dentro? Un buen concepto de sí mismo, ¿verdad? —era el colgante que llevaba cuando la había conocido.
Después se lo había quitado. ¿Qué significaba eso? ¿Que era un buen momento para ella para tener esa conversación? Sabía de sí mismo que era superficial, la persona equivocada para navegar en las procelosas aguas del dolor de una mujer. ¿En qué momento de locura había hecho que ella se lanzara a las confidencias? Pero ya que había empezado…
—Al principio me mandaba un correo electrónico todos los días y una oleada de postales. Eso me hizo cometer auténticas estupideces… me gasté todos mis ahorros en un vestido de novia.
Su rostro expresaba dolor, parpadeaba con fuerza. Quizá no había sido muy buena idea esa conversación.
—Es de fantasía —susurró—. Seda y encaje —hablaba estrangulada—. Una fantasía. Como una forma segura de amar a alguien, desde la distancia, anticipando el siguiente contacto, pero sin tener que enfrentarse con la realidad. ¿Puedo decirte algo terriblemente sincero? ¿Algo que no sabía hasta ahora que pensaba? Cuanto más tiempo estaba él lejos, más elaborada y satisfactoria era mi fantasía de amor.
Se echó a llorar. Menos mal que no llevaba maquillaje en los ojos. Le palmeó el hombro y al ver que eso no la reconfortaba, ni a él tampoco, se lanzó a toda vela, dejó que se quemara su salchicha y la abrazó contra el pecho.
Por fin pudo acariciarle el pelo.
Era como había pensado que sería, como la más exquisita de las sedas.
Olía a las exóticas flores de Hawai. Por eso no se merecía su confianza: estaba desnudando su alma, él se intoxicaba con su aroma.
—En realidad —suspiró—, James fue la quiebra final de mis románticas ilusiones. Mis padres tuvieron una relación terrible, una constante tensión que periódicamente desembocaba en discusiones. Cuando conocí a James, tuve la esperanza de que fuera otra cosa, y lo fue, pero resultó ser más dolorosa. Oh, espero no parecer patética. De ésas de «es que tuve una niñez muy mala».
—¿Lo fue? —preguntó en contra de lo que le decía el buen juicio.
Claro que el aroma del pelo y sus suaves curvas contra su cuerpo le hacía sentir como si no tuviera juicio en absoluto. Además oírle decir que había tenido una niñez muy mala le había dolido. Había cosas que ni siquiera un guerrero podía arreglar.
—Terrible —dijo con un profundo suspiro—. Llena de discusiones e inseguridad, arreglos que siempre nos colmaban de esperanza a los niños, pero que nunca duraban. Terrible.
—Quizá por eso te interesan tanto los niños. Puedes darle la felicidad que tú no tuviste. Por eso estás comprometida con ellos, sinceramente interesada.
—¿Tuviste tú una buena infancia? —preguntó ella poniendo a prueba las barreras que siempre tenía colocadas para protegerse de los demás.
—Caliot —dijo él—. No puedo recordar una sola cosa mala. Muchas veces me pregunto si cada familia tiene asignada una cantidad de felicidad y nosotros usamos toda la nuestra.
—Oh, Edward —dijo en tono suave.
—Mis padres estaban locamente enamorados. Y nos querían mucho. Éramos la familia feliz de la manzana, mi padre era el entrenador del equipo infantil, mi madre llenaba la piscina hinchable para todos los niños de la vecindad. Y todo era sincero. A veces veo padres que creo que están siguiendo el manual de instrucciones, pensando en qué pensarán los demás, pero mis padres no eran así. Hacían esas cosas con nosotros porque les encantaba hacerlas, no porque quisieran parecer unos grandes padres.
—Y por eso lo eran.
—Los mejores —recordó—. Todos los años alquilaban una casa en la costa tres semanas. Pasábamos esos largos días bañándonos y jugando en la arena, hacíamos una hoguera en la playa todas las noches. Ni siquiera había televisión. Si llovía jugábamos a las cartas o al Monopoly.
Se dio cuenta de que no había vuelto a sentirse así. Jamás. No hasta que había ido allí. Y sentirse así lo dejaba expuesto a sufrir un terrible dolor. ¿Estaba preparado?
Un súbito ruido le hizo separarse de ella. Sin que se dieran cuenta se había levantado viento en el lago. ¡Menudo protector! Había atado mal la canoa y lo que había oído había sido su impacto contra unas rocas un poco alejadas de la isla.
Corrió hacia el agua, se metió en ella, pero al no poder resistir el frío se detuvo.
—Déjalo —gritó Bella.
Buen consejo. Dejaría que se fuera la canoa, pero todo lo que había visto en la otra orilla le decía que los McCarty andaban justos de dinero. Le habían confiado su barca.
—No puedo —gritó metiéndose más en el agua—. ¿Te puedes imaginar cómo reaccionaran los McCarty si la canoa vuelve flotando vacía? ¿Y Susie?
Respiró hondo y se adentró un poco más en el agua, sintió movimiento en la playa detrás.
—Quédate ahí —gritó él—. Lo tengo todo controlado.
Estaba acostumbrado a hablar y que la gente escuchara. Naturalmente, Bella no lo hizo. Oyó el sonido del agua cuando ella entró y su gritó cuando el frío líquido le entró en el calzado.
Intentó desesperadamente alcanzar la canoa antes de que los dos estuvieran en serios problemas. Estaba sumergido hasta la cintura, se echó hacia delante y consiguió agarrar el cabo que flotaba en el agua.
Tiró de él hacia la orilla, se apoyó en el hombro de ella al llegar a su altura.
—Dime que no ibas a tirarte al agua.
—¡Trataba de ayudar! —dijo sin arrepentirse.
—Ahora estamos empapados los dos —dijo pensando que había pasado mucho tiempo sin tratar a una mujer que se hubiera lanzado al agua con él.
Aun así los dos podrían haber tenido problemas y era culpa suya. Sentía el agua helada en los pies y, mojado casi hasta el pecho, empezó a tiritar.
Excepto por el hecho de que había ahorrado un susto a los McCarty, su rescate había sido inútil. La canoa tenía un agujero del tamaño de un puño donde había impactado con las rocas.
La miró a ella. Estaba mojada también hasta la cintura y se abrazaba. Reaccionaba al frío como lo haría cualquier mujer e hizo todo lo posible para reprimir un silbido de admiración.
«Piensa, Edward», se ordenó a sí mismo.
Estaba varado en una isla. Con una hermosa mujer. Que estaba temblando y cuyo cabello olía a Hawai.
Los dos iban a tener que quitarse esa ropa empapada rápidamente. Y no por lo que cualquier hombre de sangre caliente querría que se desnudaran por primera vez.
Pero la brisa de mayo era heladora al ir cayendo el día. Si no se quitaban la ropa tenían muchas oportunidades de sufrir una hipotermia. Sólo había una opción: iban a tener que buscar cobijo en la cabaña de las lunas de miel.
Menuda suerte, iba a acabar medio desnudo en la cabaña con Bella. Quizá fue a causa de que ella tiritara tanto que no pensó que había aterrizado en un sueño… o en una pesadilla.
