Nuevo capi! gracias a las chicas que me dejan rr enserio cuando los veo me pongo super feliz!
Nada me pertence sino a Meyer y a cara colter!
Nessa
Capítulo 6
Isabella se había visto en unas pocas situaciones incómodas, pero ésa superaba a la más embarazosa, sobre todo dado que estaba en compañía del hombre más sexy. Si no se hubiera fijado ya antes, ciertamente no se le habría pasado por alto que la ropa empapada se ceñía al masculino contorno de su cuerpo.
Lo que había empezado como un día lleno de potencial, evolucionaba rápidamente hacia el desastre, tan rápidamente como la oscuridad cubría la isla.
Se había venido abajo delante de él. Compartido confidencias que jamás debería haber expresado. Cuando la canoa se había alejado, se había sentido devastada. Estaba a punto de decirle cosas importantes, cosas reales sobre él. Por suerte las confidencias de él la habían sacado de la autocompasión.
Al verlo lanzarse al agua por la barca, había pensado tristemente que sólo ella podía estar sola con un hombre así en una isla y dedicarse a hablar de su antiguo novio. No era una excusa que él la hubiese animado a hacerlo. Eso era lo que hacían los hombres que tenían éxito con las mujeres. Ésa era su arma secreta. Escuchaban.
Aunque le estaba empezando a resultar difícil mirar a Edward como un playboy. Sobre todo después de cómo había hablado de su familia, de la ternura que había notado en su voz. Parecía el hombre más real que había visto nunca. El pobre James parecía una caricatura en comparación. Edward parecía genuino. Por eso había aparecido la confianza a pesar de conocerlo sólo desde hacía unos días. Por eso había bajado la guardia, cuando ella, a la que habían dejado plantada, debería tener la guardia más alta.
¿Cuándo había decidido que podía confiar en él? Había sido por el modo en que la miraba con ese verde sombrío en sus ojos. Algo que ella había interpretado como un interés, caliente y embriagador, hirviendo bajo una superficie de aparente calma.
A pesar de toda esa energía masculina, el modo en que se había conducido los últimos días era digno de admiración. Era un hombre navegando en aguas extrañas con unos niños y aun así estaba saliendo airoso de la situación.
Incluso el modo en que se había lanzado al agua tras la canoa hablaba de su carácter. Había sido él, el egocéntrico soltero, y no ella, la supuestamente sufrida niñera, quien había pensado cómo reaccionarían los demás al ver la canoa volviendo vacía.
Había sido una tontería lanzarse al agua tras él, pero ¿qué otra cosa podía hacer? De algún modo, desde que había llegado hasta allí remando juntos, tenía la sensación de equipo. Se había lanzado al agua casi por instinto. Estaban juntos en eso.
Pero en ese momento pagaba por su altruismo.
Estaban en la cabaña de las lunas de miel donde cientos de parejas se habrían desnudado tímidamente frente al otro por primera vez.
Y seguro que ninguna en la misma situación que ellos.
Ninguna porque estuviera en riesgo inminente de morir de frío.
—Qué embarazoso —murmuró ella.
—Olvida la vergüenza —dijo él mirándola desde donde estaba en cuclillas delante de la chimenea, echando palitos para conseguir un buen fuego.
Se había quitado los pantalones como si fuera lo más natural. Claro que para él, el soltero más sexy del mundo, seguramente lo sería.
Había encontrado un contenedor lleno de ropa de cama, había quitado la tapa y se había envuelto con una manta.
Debería haber parecido un idiota con una manta roja alrededor de la cintura atada con un nudo, pero parecía un jefe indio, con el torso desnudo y los brazos llenos de músculos. Había algo de guerrero en su expresión, remota y concentrada, mientras ponía toda su atención en encender el fuego.
—No puedo quitarme los vaqueros —se lamentó ella.
—¿Qué?
—No me los puedo quitar —dijo molesta por tener que repetirlo.
¡Ya lo había oído la primera vez!
El tejido del vaquero, que ya le quedaban un poco ajustados, al mojarse se le había quedado pegado. Tenía las manos tan frías que no podía hacer con ellas lo que quería.
Edward se volvió a mirarla.
—¿Me está pidiendo que le quite los pantalones, señorita Swan?
—¡No! —dijo al comprender completamente la situación—. Te gusta hacer que me ruborice, ¿no?
—Si estuviera buscando una nueva afición, lo consideraría.
—¡No es momento de juegos, Edward! Sólo te estoy diciendo que tengo el pantalón pegado al cuerpo. ¡Dame una manta!
Se acercó a ella sin lo que le había pedido y se le cayó la manta de la cintura. Bella contuvo la respiración, embarazosamente esperanzada, pero él se detuvo, se recolocó la manta y siguió hacia ella.
—Sólo relájate —dijo él tranquilizador contemplando la situación.
Se inclinó a ver qué pasaba. Ella se había desabrochado el botón y bajado la cremallera. Había conseguido bajar los pantalones unos centímetros hasta la cadera, después se había atascado.
—Es porque estás tensa —decidió él.
«Me quito los pantalones en una cabaña con el soltero más sexy del mundo y estoy tensa. Mira tú».
—Es que tengo las manos demasiado frías —era cierto que tenía las manos como si fueran dos bolas heladas, pero además había otro problema. Iba a tener que admitirlo de una vez—. Los vaqueros quizá me quedaban un poco demasiado estrechos. Además.
—A mí que me parecían bien —dijo aparentemente pensándolo—. Más que bien. Perfectos.
En otras circunstancias se habría sentido emocionada por que se hubiera fijado.
Ponerse los vaqueros había sido un desafío, y eso que estaban secos. ¿Qué tentación de vanidad le había hecho pensar que por lucir un buen trasero valía la pena un poco de incomodidad?
—Mira, da lo mismo lo razonable que pareciera ponérselos cuando estaban secos, ahora no salen. No me pasan por las caderas. ¿Ya estoy lo bastante colorada?
Edward torció los labios.
—No te rías —advirtió.
—No lo haré —dijo, pero ella habría dicho que se estaba mordiendo las mejillas. No dijo nada en un minuto para contener la risa—. Deja que te ayude —consiguió decir—. Parezco un mayordomo.
—Sólo uno de nosotros sabe cómo suena eso aquí —advirtió ella, pero era demasiado tarde.
Él se echó a reír y se acercó a ella con un propósito escrito en el rostro.
—¡No me toques! —dijo haciendo que por fin aflorara en ella el espíritu de autoprotección.
—No puedo ayudarte sin tocarte.
—No necesito tu ayuda —eso era una mentira obvia para los dos—. Te estás riendo de mí.
—Trato de no hacerlo.
—Inténtalo con más fuerza.
—Vale —se puso en cuclillas y miró la zona donde se habían atascado los vaqueros.
Alzó la vista para mirarla a los ojos de un modo que no le hizo sentirse una ballena. Además, la risa había desaparecido.
—Sí —dijo con firmeza—, necesitas mi ayuda.
—Vale —temblaba demasiado fuerte como para negarlo más tiempo. Cerró los ojos—. Date prisa.
—Es la primera vez que he oído algo así en una situación como ésta —murmuró.
—No estamos en ninguna situación —le advirtió—, en la que hayas estado antes.
—En eso tienes toda la razón.
Agarró los bordes del pantalón, Bella tenía tanto frío que sintió que sus manos quemaban. Tuvo que resistirse al impulso de apoyarse en ese calor. En lugar de eso se quedó de pie rígida. Abrió los ojos lo justo para verlo sin que él se diera cuenta.
Tiraba con fuerza, la suficiente para que se le marcaran unos hermosos músculos en los brazos. Por desgracia los pantalones no se movieron, ni un centímetro.
—Tienes la piel fría como el mármol —comentó cínico.
En su mente se lo había imaginado diciendo con suavidad: «tienes la piel como seda calentada al sol, suave y sensual».
¿Cuándo se había imaginado algo semejante? Prácticamente cada maldito minuto desde que lo había conocido, una conversación cargada de lujuria y deseo transcurría debajo de su escrupulosa superficie.
—¿Puedes relajarte?
—Lo dudo —gimió e hizo la confesión que completó su humillación—. Vas a tener que darte prisa. Creo que tengo que ir al servicio.
—Bella, sería completamente desaconsejable para ti que nos echáramos los dos a reír ahora. De verdad.
—Créeme, no me voy a echar a reír —pero en los labios de él asomaba otra sonrisa.
¿Cómo podía haber pensado alguna vez que era guapo? No lo era. Era como un duende diabólico.
—Algún día le encontrarás el lado gracioso a esto —le aseguró—. Se lo contarás a tus hijos.
No, no lo haría. Porque las historias así suelen empezar: «¿os he contado alguna vez cómo conocí a vuestro padre?» Y él no iba a ser el padre de sus hijos.
De pronto se dio cuenta de que tenía un secreto deseo: niños de ojos verdes.
Edward volvió a tirar y el pantalón bajó un centímetro.
—Oh. ¿Quién inventaría el vaquero? Vaya tejido ridículo —se quejó ella.
—Hay una razón para que no hagan bañadores con él —le dio la razón, antes de decir—. Vas a tener que tumbarte en la cama. Espera. Voy a colocar el colchón.
Buscó un cuchillo y cortó las cuerdas que sujetaban el colchón enrollado, una defensa contra los ratones.
Los ratones, su mayor temor sólo medio minuto antes. En ese momento, lo que le daba más miedo era ella misma.
—Quizá podrías cortar los vaqueros —dijo ella.
Se acercó a la cama con los pantalones bajados lo justo para limitar su movilidad. Dejó las huellas marcadas en el suelo.
—Lo tendré en mente como último recurso, pero podría cortarte por accidente, así que trataré primero de bajarlos. Túmbate.
¿Por qué sus fantasías nunca funcionaban? Cualquier mujer habría deseado escuchar esas palabras de su boca.
—No te pongas mandón —dijo, así nunca sabría la gran decepción que había supuesto el modo en que se lo había dicho.
—Oye, que si hubieras seguido unas sencillas instrucciones al principio, no te encontrarías en esta situación.
Se dio la vuelta y se dejó caer en al colchón con las rodillas dobladas.
—No iba a dejar que te metieras solo en el agua.
—¿Por qué no?
La verdad explotó dentro de ella. «Porque creo que me estoy enamorando de ti. Es algo real, maldita sea, no una de esas ilusiones románticas que me hacen comprar vestidos de novia y planear lunas de miel que nuca ocurrirán».
—Por lo del equipo y todo eso —dijo en voz alta—. Bueno tira. Tira fuerte.
Cada día que pasaba era más patética, se dijo. No era normal enamorarse de un hombre en cuatro días. A menos que fuese una famosa de Hollywood, lo que evidentemente no era.
Sintió sus manos abrasadoras otra vez sobre la piel de las caderas y vio el gesto de concentración en sus bonitas facciones.
Lo sentía como real aunque no lo fuera. Claro, que la gente que oía voces también decía que eran reales.
—Espera —dijo él.
Agarró fuerte y tiró. Los vaqueros bajaron un poco. Finalmente habían pasado el horrible obstáculo de las caderas, pero entonces las manos de él se apoyaban en la parte alta de los muslos, sus pulgares rozaban él delicado tejido de pura sensibilidad de la parte interior de las piernas. Por suerte la piel estaba casi congelada, no lo bastante sensible como para agarrarlo de las orejas y ordenarle con voz ronca que le diese calor.
Volvió a tirar. Las manos abandonaron los muslos y los vaqueros reacios se separaron de su helada piel. Edward los sacó del todo y se los mostró triunfante para que los viera.
—Tengo la piel como manteca ¿no? —preguntó ella buscando en el rostro de él algún signo de repulsión.
Si hubiera visto alguno, se habría levantado y se habría ido directa al lago.
—Alabastro —dijo suavemente tras un largo silencio.
—¡Ah! —dijo apaciguada un segundo antes de pensar en otra cosa—. Espero no llevar las bragas que pone martes.
—Esto… no, no las llevas.
Entonces volvió a verlo encantado de que se ruborizara.
—¿MiérCullens? —preguntó conmocionada consigo misma.
—¡Estoy tratando de ser un caballero!
Por supuesto que lo era. Y no le salía de un modo natural. Un pequeño empujón y dejaría de ser un caballero.
¿Pero sabía cómo manejar algo así?
—Toma una manta —dijo tendiéndole una.
Bajó la vista antes de aceptar la manta. Blanca, la ropa interior perfecta para una niñera que se va a encontrar con un playboy millonario. Por supuesto el encuentro era más trágico que romántico. En realidad ella no tenía lo necesario para encender un fuego que luego no sabría apagar.
Se envolvió en la manta, y se retorció en la cama atrapada en los pliegues. Él se acercó a tranquilizarla.
—Está bien —dijo con suavidad—. No te dé vergüenza.
Miró la mano que le había apoyado en el brazo. De nuevo estaba ahí ese potencial fuego. Apartó el brazo.
—Tengo que ir al servicio. ¿Puedo sentirme avergonzada ya?
—Sí, vale. Todo el mundo tiene que ir al servicio unas cuatro veces al día, pero si tú quieres sentirte avergonzada por eso, adelante —dijo y le sonrió de un modo que hizo que desapareciera la vergüenza porque en esa sonrisa vio la persona que realmente era él.
No un playboy millonario que llevaba el timón de una empresa de éxito. No el dueño de un gran apartamento y piloto de su propio avión.
Era el niño de la fotografía de la playa de hacía muchos años.
Y en una fantasía desbocada, pudo verse sentada al lado del fuego, envuelta en una manta como ésa, sus hijos sentados hombro con hombro diciéndole: «Cuéntanos otra vez cómo conociste a papá».
Huyó de la cabaña y se tomó su tiempo para recuperar la compostura. Finalmente volvió.
Él había puesto el sofá delante del fuego y dando una palmada en el sitio libre a su lado dijo:
—Caliente y cómodo.
Una cabaña. Fuego. Un hombre guapo.
En la vida de cualquiera ésa sería una buena ecuación. Se sentó en la esquina más alejada del sofá, lo más lejos de él que pudo.
Él le pasó media barra de chocolate.
Juró entre dientes. Una casa de campo. Fuego. Un hombre guapo. Chocolate.
—Las niñeras no pueden jurar —la regañó con suavidad.
—¡Bajo coacción!
—¿Qué clase de coacción? —preguntó inocente.
Cerró los ojos. «No se lo digas, idiota». Naturalmente la boca se puso en marcha antes de recibir de su cerebro la orden de callarse.
—Probablemente pensarás que esto es gracioso, pero yo te encuentro muy atractivo —al menos no era una declaración de amor—. Probablemente es un síntoma de hipotermia —añadió rápidamente—. Falta de oxígeno en el cerebro. O algo así.
—Seguramente es por el aspecto que tengo con la manta —dijo inexpresivo.
—Supongo que es eso —reconoció reacia y después añadió con cierta desesperación—. ¿Hay más chocolate?
—Yo también te encuentro atractiva, Bella.
Ella dejó escapar un resoplido de escepticismo. Él se inclinó para poder acariciarle el pelo.
—No sabes cuánto tiempo he deseado hacer esto —le acarició el cabello formando un peine con los dedos.
Se acercó un poco más, enterró el rostro en el cabello e inhaló con fuerza.
Era plenamente consciente de que ése era su juego, su territorio, sabía cómo hacer derretirse a una mujer. A una criatura blanda como era ella. Mentalmente tomó el estúpido guardapelo y lo arrojó al lago.
La clase de fuego que podía o no apagar, de pronto no le pareció importante. Tan cerca de él, tan hundida en la sensación de sus manos acariciándole el pelo, ¡no le importó si ardía en el fuego de la pasión!
Volvió la cabeza y quedó atrapada por sus labios, los rozó con la lengua. Edward se quedó paralizado, se echó hacia atrás y la miró fijamente mientras el fuego dibujaba reflejos dorados en su hermoso rostro.
Y entonces él se rindió. Sólo que en absoluto fue una rendición. Recibió su indecisión con una audacia que la dejó sin aliento. La besó con un ímpetu en el que ella saboreó el hambre y la aceptación.
Bella supo entonces la completa mentira que se había contado a sí misma sobre lo de amar a alguien, unirse a alguien.
Porque jamás había sentido con una intensidad semejante hasta entonces, como si estallaran fuegos artificiales contra el fondo de la noche, como si su corazón hubiera empezado a latir después de un largo letargo, como si su sangre se hubiese vuelto fuego. No quedaba ni una pizca frío en ella.
«Ardiendo», se dijo feliz, «estoy ardiendo».
—También llevaba queriendo hacer eso mucho tiempo —susurró él con voz áspera—. Sabes a lluvia. Tu pelo huele a flores, no decepcionas, Isabella.
Ella lo saboreó, pasó los labios por su áspera barba, volvió a la suavidad de su boca, después al cuello. Se dio permiso a sí misma para seguir.
Y sintió el exquisito tirón de la completa libertad. Volvió a la boca, ansiando su sabor y la sensación que producía. Dejó que sus manos recorrieran la piel desnuda, sintió su exquisita textura, suave, los duros músculos debajo.
La respiración de él empezó a acelerarse, casi como si ella supiera lo que hacía.
Y al mismo tiempo sabía y no sabía. Su parte racional no sabía nada de todo eso y simplemente exploraba. Su parte instintiva, animal y primaria, lo sabía todo, sabía cómo volverlo loco.
Le encantó notar que empezaba a temblar mientras sus labios seguían el camino que en su pecho primero abría la mano.
—Para —dijo él casi sin voz.
Ella se echó a reír encantada con ese lado malvado que acababa de descubrir en sí misma.
—No.
Pero él la apartó y volvió a su lado del sofá. Mientras lo miraba con los ojos entornados, se pasó una mano por el cabello que parecía de bronce a la luz del fuego.
—No vamos a hacer nada —dijo con voz grave mirándola a los ojos.
Ella volvió a reír sintiendo la exquisitez de su poder.
—No estoy de broma, Bella. Mi hermana me mataría.
—¿Vas a hablar ahora de tu hermana?
—Siempre me viene a la cabeza cuando trato de comportarme decentemente.
—Soy una mujer adulta —dijo ella—. Tomo mis propias decisiones.
—Sí, muy buenas, como seguirme al agua cuando no era necesario —ella se acercó más—. Bella, no me lo hagas aún más difícil.
—Pienso hacértelo muy difícil —dijo con tono peligroso recolocándose la manta y levantándose del sofá.
—Eh, he oído algo.
—Seguro —dijo ella con una sonrisa.
—¡Es una motora!
Se quedó paralizada, inclinó la cabeza sin poder creer en la tacañería de los dioses. ¡Le iban a robar su momento! ¡Cuando había elegido quemarse le arrebataban la oportunidad!
No había ninguna duda sobre la expresión de alivio que apareció en el rostro de él al oír que el sonido del motor aumentaba. Con una última mirada, de gratitud más que de pérdida, Edward se sujetó la manta y se dirigió a la puerta.
En cuanto desapareció, la sensación de poder se esfumó. Se dejó caer en el sofá y contempló lo que acababa de suceder. Ella, Isabella Swan, se había convertido en la tigresa.
—Más bien en una sinvergüenza —se dijo en voz alta.
¡No iba a ser rescatada con una manta! Estar desnuda de pronto le pareció un cartel luminoso que decía desvergonzada. La dejó caer al suelo y recuperó los vaqueros colgados al lado del fuego.
Sólo se habían secado un poco y empezaban a ponerse rígidos como si se hubiese caído una caja de almidón a la lavadora. Aun así, se tumbó en la cama y trató de volver a ponérselos.
Había llegado a esa terrible zona de las caderas, cuando se abrió la puerta.
—¡No mires! —dijo susceptible—. Me estoy vistiendo. Quiero mantener mi dignidad —como si ya no fuera demasiado tarde para eso.
Él hizo un ruido que no le gustó nada.
Dejó los vaqueros y se tumbó sobre el brazo para mirarlo.
—¿Qué?
—Era Emmett. El fondo del lago tiene muchas rocas aquí y está demasiado oscuro para poder verlo. Ha dicho que si estamos bien esta noche, volverá mañana por nosotros.
—¿Y le has dicho que podíamos pasar bien la noche aquí? —dijo incrédula.
Era tan evidente que las cosas no estaban bien, que su autodisciplina se había deshecho como una madeja de lana en las garras de un gato.
—Eso es lo que le he dicho.
—¿Sin preguntarme?
—Lo siento. Estoy acostumbrado a tomar decisiones.
Le lazó una almohada. Él la esquivó. Le lanzó todas las demás almohadas de la cama y no le dio con ninguna. Si hubiera habido algo más, se lo habría lanzado.
Pero no quedaba nada, no cerca, y no iba a ponerse de pie con los pantalones a medias. En lugar de eso, se echó por encima la manta.
—Lárgate —dijo en tono sordo.
Pensó que sus treinta segundos de pasión habían tenido el peor de los efectos: ¡la habían convertido en sus padres! Perdía rápidamente el control.
Alzó la mirada de la manta. A pesar de la oscuridad de la cabaña, pudo ver que no se había ido del todo. Había encontrado una vela y la había encendido. En ese momento, recorría los armarios de la cabaña y sacaba algunas latas.
—¿Quieres comer algo? —preguntó como si no se acabara de comportar como una loca.
¡Claro que quería algo de comer! Así era como se libraba del dolor. Por eso no le cabían los vaqueros. Volvió a quitárselos, se envolvió en la manta y se acercó donde estaba él. Si él podía hacer como si nada hubiera pasado, ella también.
—Eso tiene buena pinta —dijo ella mirando una lata de espagueti.
Si él se dio cuenta de que su entusiasmo era fingido, no dijo nada.
—Delicioso —corroboró él mirando a todas partes menos a ella, como si los espaguetis fueran una comida prohibida, como la manzana en el jardín del Edén.
