Nuevo capi! perdon por la tardanza he estado ocupadita! pero de regalito les dejo estos dos capi!
besos
gracias a otdas por sus reviws alertas y favoritos!
se les quiere!
Nessa
Capítulo 7
—Delicioso —dijo Bella inexpresiva—. Gracias por preparar la cena.
«El infierno no tiene la furia de una mujer rechazada», pensó Edward tratando de no mirar a Bella. No se había equivocado en lo de los espagueti. La boca de ella había formado la O más hermosa mientras los succionaba. No los retorcía alrededor de un tenedor.
La antigua cocina de la cabaña funcionaba con propano y no había gas en las bombonas porque esa temporada no iban a abrir, así que había calentado la cena en el fuego con una sartén y el resultado había sido todo lo delicioso que se podía esperar.
—Todo está quemado —dijo él.
Algo brilló en los ojos de ella, vulnerables, y después se cerró otra vez. La verdad era que habría dado lo mismo si hubiesen tenido langosta y trufas. Todo lo que se metía en la boca le sabía a serrín. Serrín quemado.
El mundo había perdido su sabor porque había hecho daño a Bella. La había insultado. Rechazado.
¡Pero era sólo por su bien! Y si no dejaba de hacer eso con los espaguetis, su resolución se iba a disolver como azúcar en agua hirviendo.
Cometió el error de mirarla, sus facciones suavizada por la dorada luz del fuego y de las escasas velas, pero en ellas podía ver cómo la indiferencia se iba abriendo paso entre el dolor.
Se llevó una pinchada de espagueti a la boca y sintió una oleada de calor, de puro deseo. Se conocía. Una parte de aquello era porque era una buena chica, remilgada y tímida. Una chica normal.
Era la fantasía de la bibliotecaria, una bella bruja que se ocultaba bajo la máscara de respetabilidad.
Sólo que no era una fantasía. Desatada, Isabella era una bruja. Y la parte de la belleza cada vez se profundizaba más.
Quería recuperar lo que había perdido. No los besos calientes; tenía muchos de ésos y tendría más. No, lo que quería recuperar era la extraña confianza que sentía en ella y que se había ganado de ella. Lo que quería recuperar era la comodidad que había nacido entre los dos en los últimos días, la sensación de compañerismo.
—¿Quieres que juguemos a las cartas? —preguntó él.
—No, gracias —dijo con una mirada que habría marchitado un ramo de rosas.
—¿A otra cosa?
Ninguna respuesta.
—¿Quieres postre? —nada—. Va a ser una larga noche, Bella.
—Dios te ha castigado con el aburrimiento.
—Como si alguien pudiera aburrirse a tu lado —murmuró—. Molesta, enfadada, sin escuchar, no aprecia los sacrificios que se hacen por ella…
—¿Qué opciones hay de postre? —interrumpió.
—Pastel del chocolate. No hay horno, pero hay polvos de pastel de chocolate —sólo para escapar de su mirada, se levantó con la manta bien sujeta para acercarse a uno de los armarios donde había visto una caja de mezcla de pastel de chocolate.
Dio vueltas en la penumbra hasta que encontró otra cacerola, echó dentro la mezcla y le añadió agua de un bidón que había llenado en el lago. Lo puso al fuego y le dio vueltas, esperó, le dio más vueltas.
Después se sentó en el sofá con la cuchara.
—¿Quieres un poco? —preguntó.
—Claro. La chica que no cabe en sus vaqueros daría cualquier cosa por un pastel —dijo ella—. Aunque sea uno mal hecho. Frito. Supongo que está asqueroso.
—No —mintió—. Estás estupenda con esos vaqueros. Déjalo ya —y después añadió con precaución—. ¿Qué te pasa?
—Quería que siguiéramos besándonos. Tú no.
—Necesito una amiga más que unos besos. ¿Sabes lo rápido que se estropean las cosas cuando se llega ahí? —casi añadió «antes de estar preparados», pero eso implicaba que algún día lo estaría, y no estaba seguro de que eso fuese verdad.
A Bella no se le podía decir nada hasta que fuera cierto. Silencio.
—Vamos —dijo con suavidad—. Perdóname. Ven a comer pastel —no fue consciente de que se le había parado el corazón hasta que empezó a latirle de nuevo cuando ella se dejó caer a su lado en el sofá.
Llenó la cuchara con engrudo y se la pasó evitando mirarle los labios cuando se cerraron sobre la cuchara. Al final miró y sintió deseo y arrepentimiento en igual medida. ¿Había pesando que verla comer espagueti era sexy? Esa chica hacía que compartir una cuchara pareciera una postura del Kama Sutra.
El pastel era una horrible pasta con grumos, pero se lo comieron pasándose la cuchara y a él le supo a ambrosía.
—Dime algo de ti que nadie sepa —la invitó deseando recuperar la confianza que habían compartido en la orilla del lago—. Sólo una cosa.
—¿Es ésa una de tus estrategias de playboy? —preguntó ella.
—No —y era verdad, nunca le había dicho eso a nadie. Aun así ella parecía desconfiar y seguramente hacía bien.
—Tú primero.
«Cuando me meto la cuchara en la boca sólo puedo pensar que antes ha estado en la tuya».
—Era un muchacho enclenque antes del último curso de primaria.
—Eso ya lo sabía. Tu hermana tiene una foto tuya.
—¿Donde todo el mundo puede verla? —preguntó haciéndose el ofendido.
—Seguramente colgada en Internet —dijo—. Prueba otra vez.
Había una cosa que nadie sabía de él y por un momento estuvo a punto de decírsela. A ella. Por un momento la idea de no llevar más esa carga fue una tentación embriagadora.
—Algunas veces… eructo en los ascensores —dijo tratando de poner una nota desenfadada, de ser superficial y gracioso e irreverente, de aplacar el demonio que sentía dentro.
—¡No! Eso es asqueroso.
—Los hombres reales lo son —dijo él—. No puede ser la primera vez que lo oyes.
—Guau. No creo que quiera volver a besarte.
—Eso es bueno.
—¿Es tan terrible? —preguntó.
¿De verdad podría creer que era terrible? Eso hacía la tentación mucho más insoportable.
—No —dijo brusco—. No ha sido terrible en absoluto. Tu turno.
—Um… en noveno mandé una rosa a Leonard Burnside. En la nota le puse que era de la señorita Marchabd, la profesora de francés.
—¿Te gustaba?
—Lo odiaba —dijo ella—. Era un escocés orgulloso. Se fue a la biblioteca y se aprendió una frase en francés que luego le dijo a ella. Lo expulsaron de la escuela tres días.
—Anotado… no despertar el lado malo de Isabella Swan.
—Nunca se lo había dicho a nadie. Fue un placer culpable. Tu turno.
—Nunca me paso la seda dental.
—Eres asqueroso.
—¿Quieres decir que no pensabas que no lo hacía? —preguntó enfurruñado—. Ya te he dicho que si me conocieras no me besarías.
Y entonces ocurrió lo mejor. Ella se echó a reír. Y él se echó a reír. Y empezaron a planear crueldades que habrían hecho al pagado de sí mismo Lennie Burnside.
Se quedaron en silencio. El fuego chisporroteaba y resultaba caliente y Edward sintió sueño. Cambió de postura y notó la cabeza de ella en el hombro. Le acarició el cabello.
—La parte que no entiendo de ti —dijo ella después de un largo silencio—, es si lo pasabas tan bien de pequeño de vacaciones con tu familia, ¿por qué tu empresa está vedada a los más pequeños?
La batalla que libró en su interior fue increíblemente corta. Ya había llevado esa carga el tiempo suficiente. Era demasiado pesada.
Le resultaba impactante desear contárselo. Sólo a ella. Impactante que quisiera que lo conociera. Con todos sus defectos y debilidades. Quería que supiera que era un hombre capaz de cometer terribles errores.
—Cuando estaba en la universidad —dijo suavemente—, la chica con la que salía se quedó embarazada. Tuvimos un hijo. Acordamos entregarlo en adopción.
Durante un largo tiempo ella se quedó en absoluto silencio y después lo miró. A la débil luz del fuego era como si se hubiese quitado la máscara.
Lo que vio en los ojos de ella no fue reprobación. Ni nada parecido.
Amor.
Ella le acarició la cara suavemente.
—Tú no querías —adivinó—. Oh, Edward.
La miró a la dorada luz del fuego. Ella lo miraba intensamente como si estuviera conteniendo la respiración. Su mano seguía en la mejilla. Sólo tenía que girar la cabeza y podía besarla en los dedos. Pero sería un error. Una mentira. Un intento de tratar de distraerlos a los dos del momento de intimidad real en que estaban inmersos, del más profundo de los secretos que acababa de ver en los ojos de ella.
—No, no quería. Supongo que quería lo que había tenido antes, de nuevo una familia a la que llamar mía, esa sensación. No puedo decirte cómo eché de menos esa sensación tras la muerte de mis padres. Sensación de pertenencia, de tener un lugar al que ir en el que te conozcan, de ser abrazado por la gente que mejor te conoce y sabe lo que eres capaz.
Estaba conmocionado por todo lo que le había dicho y también por lo poco que le había costado, como si esas palabras llevasen años bajo la superficie esperando para emerger.
—¿Qué pasó con el niño? —preguntó Bella tranquila.
—Sarah no quería ataduras. No estaba preparada. Consideré, brevemente, la posibilidad de criarlo yo solo, pero ella pensó que era una estupidez. Un padre soltero empezando a vivir cuando había un montón de familias que podían dar mucha más estabilidad y amor al niño. Mi cabeza estuvo de acuerdo con ella, mi corazón… —hizo una pausa para recomponerse, mientras ella no decía nada—. Mi corazón jamás lo hizo. Algunos hombres podrían no cambiar por algo así. Yo no. Ni siquiera terminé la universidad. Traté de huir de lo que sentía. Había abandonado a mi hijo en manos de extraños. ¿Qué clase de persona hacía algo así? Viajé por todo el mundo y desarrollé una aversión por los lugares en que se reunían las familias con niños. ¿No había ningún sitio en el que un tipo como yo pudiera escapar de tanto amor? Caí en el negocio del turismo, compré un hotel en quiebra en Italia, empecé a ofrecerlo a jóvenes y solteros y fue un gran éxito.
La mano que acariciaba la mejilla era suave. Parecía como una absolución. Pero conocía la verdad. Ella no podía absolverlo.
Hubo un largo silencio. Y después ella dijo:
—Resulta gracioso que tu empresa se llame Sun. Si lo pronuncias en lugar de deletrearlo, suena como hijo en inglés, ¿verdad? Tu hijo. Todos los días.
Ése era el problema cuando le habrías el corazón a alguien como Bella. Lo veía todo claramente.
—¿Has pensado en que lo que hiciste fue lo mejor para él? ¿Que fue con una familia que esperaba desesperadamente un niño a quien amar? ¿Que podían darle todo eso que tanto echabas tú en falta tras la muerte de tus padres?
—En las contadas ocasiones en que me permito pensar en ello, eso es lo que espero. Nada más que una esperanza. Un ruego. Y no soy hombre de ruegos, Bella.
—¿Alguna vez has pensado en buscarlo?
—Ahora y siempre.
—¿Y qué te detiene?
—Lo complicado que me parece. Sólo tienes que meterte en internet y teclear «adopción» y ver el jaleo que es: ramificaciones legales, dilemas éticos…
—Debes de tener un equipo de abogados que podrían resolver algo así en cinco minutos. Si no lo has hecho hay otra razón.
—Temor, supongo —dijo aliviado por decir toda la verdad—. Temor a ser rechazado. Temor de abrir un deseo que jamás podrá ser satisfecho, de conocer lo que podría haber tenido y no puedo tener.
—Oh, Edward —dijo triste—, no es así.
—¿No? —le había contado el mayor de sus secretos y, aunque en sus ojos brillaba el amor, sus palabras le hacían sentir que estaba decepcionada.
Una mujer como Bella podía enseñar a un hombre perdido cuál era el camino a casa. Ella jamás aceptaría nada más que lo mejor de él. Le enseñaría cómo encontrar ese camino cuando él no fuese capaz solo.
Por primera vez en mucho tiempo la sensación de soledad interior desapareció, la sensación de que nadie lo conocía realmente se disipó.
—Cuando diste a tu hijo en adopción, no era en realidad lo que necesitabas o querías, Edward —dijo con suavidad—. Y ahora tampoco lo es. Es por lo que él necesita y quiere. ¿Qué pasa si él quiere saber quién es su padre biológico?
Y de pronto se dio cuenta de lo egocéntrico que había sido siempre. Se había ido haciendo más después de que había abandonado a su hijo hacía siete años. Se había entregado a la autoprotección, el egoísmo.
Y se alegraba de no haber llevado ese beso con Bella a donde quería ir.
Porque había cosas que tenía que hacer, caminos que necesitaba recorrer, lugares que tenía que visitar. Lugares del corazón.
Por un momento, sentado allí al lado del fuego, intercambiando risas y confidencias, comiendo de la misma cuchara, succionando espagueti, había pensado que se sentía como volviendo al hogar.
En ese momento se daba cuenta de que no podía tener ese sentimiento, no con ella, ni con nadie, no hasta que hubiera hecho las paces con lo que era y lo que había hecho.
Un largo tiempo atrás había entregado su carne y su sangre al cuidado de extraños. Había tratado de convencerse de que era la decisión adecuada. Había racionalizado todo y había servido. Pero en el fondo de su mente, seguía siendo un hombre egocéntrico y egoísta, un hombre que sabía que ese niño había alterado sus planes y su vida y sus sueños.
Irónicamente, la decisión que se suponía debía liberarlo, lo había hecho prisionero.
Una punzante sensación de fracaso, de haber cometido un error en un aspecto que realmente contaba, lo había acechado y acechado con fuerza. Apenas se había detenido a recuperar el aliento entre éxito y éxito. Había perdido la fe en sí mismo por aquella decisión.
Y ninguna suma de dinero, poder o adquisición podría absolverlo jamás.
Pero ella tenía razón. Era por el niño, no por él. Si encontraba a su hijo, si descubría que estaba bien, ¿entonces los demonios desaparecerían? ¿Si era capaz de poner las necesidades del niño por delante de las suyas sería entonces el hombre de valor que veía en los ojos de Bella?
Se dio cuenta de que cuando había vuelto a la cabaña después de la visita de Emmett, había pensado que tenía que hacer que ella volviera a confiar en él como lo había hecho cuando le había contado su desastrosa no-relación con el profesor. Del mismo modo en que lo había hecho cuando le había contado lo del vestido de novia.
Pero en ese momento se dio cuenta de que esa misión era imposible.
No podía pedir a nadie que confiara en él hasta que él confiara en sí mismo.
¿Dónde empezaba eso? Quizá ese viaje había empezado ya al decir que sí a las necesidades de sus sobrinos. Y de nuevo también eso podía no contar, ya que tenía un motivo oculto.
Quizá su viaje había empezado cuando se había apartado de Bella, apartado de la suave invitación de sus labios y la calidez de sus ojos, porque había sabido que no estaba preparado y ella tampoco.
Y quizá podría recuperar la confianza en sí mismo dando un paso cada vez. Lo que era tan sencillo, y tan complicado, como añadir su nombre a un registro de adopción para que su hijo pudiera saber, si alguna vez quería saberlo, que él estaba ahí para él.
—Gracias por confiar en mí —dijo Bella con voz suave.
Las últimas brasas se apagaban y la voz le llegó de la oscuridad.
—Bella, eres una persona absolutamente digna de confianza —dijo él.
Y se preguntó si él sería alguna vez un hombre digno de confianza.
Pero tenía mucho trabajo que hacer antes. La oscuridad lo ganó y cuando se despertó por la mañana fue por el sonido de una motora en el lago. Le dolía el cuello por dormir en el sofá; no podía creer lo bien que se sentía con ella acurrucada a su lado.
Confianza. Suspiró, la apartó de él, se levantó y se puso los acartonados pantalones colgados al lado del fuego apagado.
Confianza. Ni siquiera podía confiar en sí mismo si la miraba, no creía que tuviera la fortaleza suficiente para controlar el deseo de despertarla con un beso.
Bella apenas dijo nada en el camino de vuelta a casa. Tampoco él. Había algo tan profundo entre ellos que ni siquiera necesitaban palabras. Eso era de lo que quería ser merecedor.
Apenas había bajado a tierra cuando Susie salió a recibirlos, bailando entre ellos y abrazándolos de las rodillas como si fuera la mañana de Navidad. Incluso el bebé parecía emocionado por verlos.
«Merecedor de esta clase de amor».
—¿Habéis estado bien allí? —preguntó Rosalie—. Vaya cosas tan terribles pasan.
—Hemos estado bien, pero no creo que la canoa se pueda reparar —dijo Edward—. La reemplazaré.
Rosalie hizo un ruido que sonó casi a disgusto.
—No me preocupan las cosas —dijo molesta—. Las cosas se reemplazan, las personas no.
Un bebé en una manta azul. Irreemplazable.
—He preparado un desayuno de despedida —dijo Rosalie alejándose hacia el refugio—. Vamos.
Con Susie de una mano, como si mereciera completamente su amor y devoción, y el bebé en el brazo, siguió a Rosalie hasta el refugio. Bella iba detrás absorta en sus pensamientos.
Rosalie había preparado un auténtico festín: beicon, huevos, tortitas, zumo recién exprimido. Para ellos, para gente a la que apenas conocía. Aun así parecía un poco triste y Edward se dio cuenta de que eso era una parte de la magia de ese lugar. Hacía que todo el mundo se sintiera de la familia y así las despedidas eran difíciles. No habían hablado de negocios ni una vez, y de pronto se alegró de ello. No había hecho promesas que no podría mantener.
Confianza. Había llegado el momento de ser un hombre de quien se pudiera enorgullecer. De quien Bella se pudiera sentir orgullosa. De quien quizá su hijo se sintiera orgulloso algún día.
—Tengo una confesión que hacer —dijo cuando ya habían retirado de la mesa los últimos restos del desayuno.
Susie estaba delante del fuego jugando con un viejo fuelle y no podía oírlo. Miró a Emmett a los ojos.
—Emmett, estaba tratando de librarme de mis sobrinos cuando llamaste. Habían aparecido en mi vida por un error de fechas. No los quería allí. Me hacían sentir incómodo. Pero cuando tuve la sensación de que podían incrementar mis posibilidades de adquirir el refugio, acepté tu invitación y me vine con ellos. Iba a hacer de tío entregado para causaros buena impresión —miró a Bella, pero no fue capaz de leer la expresión de su rostro. ¿Había vuelto a decepcionarla?—. En lugar de utilizarlos como pretendía —siguió—, el refugio me ha dado oportunidad de pasar tiempo con ellos y disfrutar realmente y os agradezco mucho a Rosalie y a ti esa oportunidad.
Nadie pareció sorprenderse por su confesión, como si hubiera sido algo completamente evidente. Nadie pareció enfadarse ni sentirse traicionado.
—Bueno, Edward, y ¿qué planes tienes para esto si lo compraras? —preguntó Emmett aunque había en su voz un tono reacio a hablar de negocios.
Edward quedó en silencio. Después pronunció unas palabras que jamás había pensado pronunciaría en toda su vida:
—Pensaba que lo sabía, pero no lo sé. No puedo prometeros nada. No sé en qué dirección va a evolucionar Sun.
Miró a Bella. Sabía que ella había escuchado la verdad. Ya no era algo relacionado con Sun, tenía que ver con su hijo.
Suspiró y se miró las manos. Parecía un hombre que llevaba el peso del mundo en los hombros.
Bella, siempre tan intuitiva, dijo:
—¿Por qué vendéis esto? Es evidente que el lugar os encanta. Para ser sincera, no me puedo imaginar esto sin vosotros.
Era la clase de pregunta que Edward jamás habría hecho antes. Esa clase de pregunta que desdibujaba los limites entre lo personal y lo profesional.
Por otro lado, ¿esos límites no eran cada vez más difusos? Se sintió agradecido porque hubiera hecho esa pregunta. Tenía la sensación de que para tomar la decisión correcta necesitaba conocer toda la historia.
Rosalie miró a Edward pensando, evidentemente, si utilizaría su debilidad contra ellos. Miró a su marido. Este se encogió de hombros y le tomó una mano.
El gesto tenía tanta ternura que Edward sintió que se le humedecían los ojos. ¿O fue por el humo del hogar? ¿O por varios días fuera de su elemento? ¿O porque se había enamorado de Bella?
La miró otra vez y la vio contemplando a Rosalie con enorme comprensión. La recordó en los últimos días, riendo, jugando con los niños, corriendo al agua detrás de él.
Una mujer con la que compartir cargas, lo mismo que era evidente, habían hecho Rosalie y Emmett a lo largo de los años.
Se estaba enamorando de ella. Esperó que apareciera el pánico.
Pero no llegó. En su lugar apareció una sensación de paz que ya no recordaba.
—Vendemos, o tratamos de vender por unas cuantas razones —dijo Rosalie con la voz cargada de emoción—. Por una parte, porque somos demasiado viejos para ocuparnos bien del sitio —se detuvo angustiada y Edward vio cómo la mano de Emmett se tensaba sobre la de ella.
—Y sobre todo porque nuestra hija está enferma —dijo Emmett—. Darlene tiene una enfermedad degenerativa muscular muy agresiva. Prácticamente se crió aquí, pero ya no puede venir. Tiene tres niños pequeños y es madre soltera. Muy pronto va a necesitar una silla de ruedas. Y va a tener que quedarse en su casa, todo va a cambiar, desde los armarios hasta los pomos de las puertas. Va a necesitar Un sistema especial de grúa para meterse en la bañera. Va a necesitar una furgoneta adaptada. Va a necesitarnos.
Edward entendió lo no dicho: va a hacer falta mucho más dinero del que tenían para poder cuidar de su hija.
Emmett se levantó bruscamente y salió al claro sol de la mañana.
—Perdonad —dijo Rosalie mirándolo salir—. Es duro para un hombre que ha cuidado de todo como él lo ha hecho, sentirse completamente inútil.
Edward miró a Bella que tenía la vista clavada en el fuego. Vio su mano estrechar la de Rosalie. Algo tan pequeño. Algo tan bueno.
Sintió mareo. Quería el Moose Lake Lodge, y lo deseaba mucho. Pero no podía aprovecharse de la desgracia de esa gente.
Pero necesitaban dinero.
Y sólo tenían un modo de conseguirlo. Vender lo que más querían. Su historia, sus recuerdos.
¿Por qué toda su vida parecía un error desde que había aparecido esa niñera?
Sólo unos días antes Edward Cullen había estado seguro de su identidad: hombre de negocios, empresario. Quizá había aceptado la parte del playboy de esa vida porque le permitía llenarla de diversión superficial y no le exigía ningún esfuerzo real.
En ese momento no estaba seguro de nada, menos de su identidad.
Más tarde esa mañana, con las maletas a su lado, Edward vio a Bella y los niños desde el porche del Descanso de los Ángeles. Bajaban a la playa una última vez, Bella con el bebé en brazos, los pies descalzos en la fría arena. Sintió, contemplando la escena, la vacuidad de su vida. La había llenado de cosas en lugar de sustancia.
Vio a Bella sacar algo del bolsillo y, después de reunir fuerzas, lanzarlo al agua más lejos de lo que la había creído capaz.
Vio un destello del oro arrancado por el sol antes de que el objeto desapareciera en el agua.
Desde donde estaba pudo oír la risa de Bella. Y comprendió que era libre.
Se alegró de subirse al avión una hora después. Su mundo, precisión, control. Esperó disfrutar de una libertad tan grande como la que había visto en la risa de Bella, pero en lugar de sentir una alegre liberación cuando aterrizaron, fue plenamente consciente de que no huiría más. No volaría lejos de las verdades a las que se tenía que enfrentar. Lo estaban esperando.
Pensó que era posible que jamás conociera a su hijo. O quizá lo encontraría y su familia decidiría no mantener con él ningún contacto.
Pero sabía que podría recobrar su fe en sí mismo por otros cauces. Su corazón estaba preparado.
Y una vez que el corazón estaba preparado, las oportunidades llegarían. Y un hombre preparado, las aprovecharía.
