Bueno aqui esta el otro!

besos


Capítulo 8

Se estaban despidiendo. Bella no podía creer que hubiera sucedido tan rápido. Había querido decirle que lo admiraba por haber dicho a Rosalie y Emmett la verdad. Quería preguntarle cómo quería ayudarlos, porque seguro que lo haría.

Y había querido darle las gracias por hablarle de su hijo.

Pero, por alguna razón, durante el corto vuelo hasta Vancouver, la oportunidad no había surgido. Al margen de que su expresión hubiera sido remota y de concentración, la situación no invitaba a ninguna conversación. Jake había molestado mucho.

Susie tuvo una reacción diferida a que le hubiesen dejado sola por la noche sin habérselo dicho y su enfado había aumentado cuando no había encontrado a Emmett para decirle adiós.

En el avión se había portado muy mal. Lanzando el oso de peluche de un lado a otro.

Edward ni siquiera parecía notarlo. Cuando aterrizaron les pidió que esperaran y desapareció en la terminal.

Cuando volvió les dijo que ya había arreglado su vuelo de regreso a casa. Un avión los llevaría a Toronto, un coche los recogería allí y los llevaría a casa de su hermana. Tomó la mano de Bella entre las suyas, por un momento pensó que iba a besarla, pero no lo hizo. En cierto sentido la mirada de sus ojos había sido mejor que un beso.

—Me pondré en contacto contigo en cuanto pueda —dijo él—. Hay unas cosas de las que tengo que ocuparme antes. No sé el tiempo que me llevará, pero cuando las haya hecho, te lo prometo, iré a verte.

Unas palabras idénticas a las que le había dicho James.

¿Volvería a caer en lo mismo? ¿Construiría una fantasía alrededor de unas palabras, de promesas vagas? Pero al mirarlo a los ojos, lo creyó. Esa vez era real.

El vuelo de vuelta a casa al estilo rico y famoso, la enorme distancia geográfica entre ellos, todo eso daba vueltas en su cabeza. Nada en ese avión privado parecía real.

¿Sería posible que Edward la hubiese sacado de su vida?

¿Sería posible que dejase la historia a medias? ¿Sería posible que nunca llegara a saber lo que había pasado con Rosalie y Emmett? ¿Con Sun y el refugio?

¿Sería posible que hiciera ese viaje al corazón, tomara la decisión sobre su hijo él solo?

Era un playboy letalmente encantador. ¿Se había enamorado de ese encanto o había conocido al auténtico Edward, el que nadie más veía?

Alice y Jasper llegaron a casa un día después, bronceados y relajados, más enamorados que nunca.

Su afecto y respeto muto parecía, imposible, haberse profundizado. Los problemas de conducta de Susie desaparecieron una vez se sintió en la seguridad de su familia.

Bella nunca se había sentido tan externa a la familia, nunca había sentido tantas dudas sobre lo que tenía que decidir. Una parte de ella esperaba y daba un salto cada vez que sonaba el teléfono. Porque cada vez que pensaba en el tiempo que había pasado con Edward, le parecía algo sólido, una isla en medio de la niebla de su vida. Parecía como si los días del lago hubieran sido lo más real que había vivido nunca.

Él había compartido sus secretos con ella. Le había hablado de su hijo. Cada vez que pensaba en ese momento sentía ganas de llorar. Sentía que quería estar ahí cuando él diera el siguiente paso, decidiera lo que decidiera. Había estado segura de que llamaría. Segura de que su promesa significaba algo.

Cuando no llamó un día y luego otro, sus dudas volvieron con fuerza. Cuando pasó una semana sin una llamada, Bella se declaró a sí misma la mujer que podía construir un romance a partir del más pequeño de los materiales.

James le había dado un guardapelo con su fotografía. Había hecho vagas promesas.

Edward, el soltero más sexy del mundo, en un momento de completa vulnerabilidad, le había contado su más profundo secreto. ¡Naturalmente eso significaba que iba a renunciar a todas las mujeres con las que había salido anteriormente!

Iba a dejar a las actrices, cantantes y herederas por una niñera. ¡Claro que iba a hacerlo! Bella incluso sacó el vestido de novia de su funda y lo extendió en la cama, se permitió mirarlo soñadora e imaginarse caminando hacia el altar mientras él la esperaba.

Pero pasaban los días y parecía que eso no iba a suceder. Se refugió en el chocolate más que en el vestido.

—Muy bien —dijo Ali finalmente—. ¿Dime qué demonios te ha pasado, Bella?

—¿A qué te refieres?

—¡Engordas medio kilo al día! No eres la misma con los niños que eras. Como si hubieses decidido ser una empleada en lugar de una más de la familia. ¡Te echo de menos! ¿Qué está pasando?

—Es toda la historia de James —mintió.

Pero Alice la miró fijamente y comprendiendo dijo:

—No es por James —y añadió suavemente—. Es por mi hermano. ¿Qué te ha hecho?

—Nada —dijo deprisa, demasiado deprisa.

—Voy a matarlo.

Bella tuvo una humillante visión de Ali llamando a su hermano y regañándolo por haberle hecho algo a su niñera. De la que lo más probable sería que se hubiera olvidado en cuanto se había deshecho de ella en el aeropuerto.

—No has hecho de celestina, ¿verdad? ¿No has pensado que tu hermano y yo podíamos hacer buena pareja? —preguntó Bella recordando la conclusión a la que había llegado Edward.

—Por supuesto que no —dijo Alice rápida y vehementemente sin mirarla a los ojos.

—¡Lo has hecho! —dijo Bella sin aliento.

—No. Al menos no oficialmente.

—¿Pero extraoficialmente?

—Oh Bella, te quiero mucho, y a él. Y los dos parecíais tan solos y perdidos y tan decididos a tomar siempre las decisiones equivocadas para vosotros mismos. Pensaba que no haría daño juntaros y ver qué pasaba. Pero no ha sido así, ¿verdad?

¿Daño? Pensó en los días que había pasado con él, en la delicia que había sido conocerlo. Incluso aunque nunca llamara, ¿podrían quitarle esos días? Sólo si ella lo permitía.

—Voy a matarlo —repitió Alice, pero sin fuerza.

—¿Sabes qué? —dijo despacio al comprenderlo todo—. Tu hermano no me ha hecho nada. Yo me hago las cosas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Alice escéptica.

—Quiero decir que tengo una imaginación que rellena las grietas que deja la realidad.

Al decirlo, Bella se comprendió mucho mejor. Tenía demasiada tendencia a que sus emociones dependieran de otras personas. Tenía demasiados deseos de reorganizar su mundo, de dejar toda su vida en suspenso mientras esperaba que alguien dijera la última palabra.

No era muy admirable que sacrificara toda su vida a la espera de un futuro gran amor. Lo había hecho con James con poca base y lo estaba volviendo a hacer con menos base aún.

No. Él podía tener su coche y su avión y su apartamento de lujo y sus complejos de cinco estrellas. Podía tener herederas y actrices y estrellas del rock, si eso era lo que le hacía feliz. El amor necesitaba ser correspondido para dar felicidad. ¡No exigía propiedad!

Además, echaba de menos la chica que había sido, incluso tan brevemente, en la canoa. No una chica que espera que la vida transcurra, sino alguien que participa por completo, alguien que ha descubierto su propia fuerza e insiste en utilizarla.

Mientras Alice la miraba, Bella tiró a la basura el helado que se estaba comiendo.

—Eso es —dijo a su amiga—. Se acabó la autocompasión. Se acabó el ser víctima. ¡Tengo una vida que vivir!

—Sigo queriendo matarlo —murmuró Alice.

—No, por mí no —dijo Bella con firmeza.

Al día siguiente, su día libre, llevó el traje de novia a la compañía de teatro y lo donó al departamento de vestuario. Estuvieron emocionados por el regalo y ella se emocionó por deshacerse de él.

Y después se apuntó a clases de remo en un sitio llamado Wilderness Ways Center. Y mientras estaba allí, se dio cuenta de que había clases de escalada, y un rocódromo, así que también se apuntó.

Se entregó a esas actividades con intensidad y pasaba allí cada minuto que podía.

Ocurrió lo mejor y más inesperado. Isabella Swan había pasado toda su vida esperando enamorarse y lo había hecho. Se había enamorado de ella misma.

Se enamoró de la risueña mujer que se lanzaba a escalar y a descender un río en canoa con una completa sensación de aventura. Se enamoró de la mujer en la que reconocía que siempre había tenido miedo a la vida y, de pronto, se enfrentaba a sus incertidumbres.

Siempre había sido una buena niñera, y lo sabía, pero súbitamente se sintió una gran niñera porque estaba transmitiendo ese nuevo espíritu de aventura y descubrimiento a los niños.

Cuando los frescos días de primavera dejaron paso a los cálidos y húmedos de verano, se descubrió saltando entre los aspersores con Susie y metida en la piscina con Jake.

Estaba enseñando a los pequeños que cuidaba lo que estaba aprendiendo: que la vida era un regalo. Y una vida imperfecta, una vida que no sale según lo planeado no era menos regalo. Incluso una vida sorprendente podía ser mejor regalo.

¡Lo más extraño era que cuanto más bailaba con ese espíritu cíngaro que estaba descubriendo en ella, menos necesitaba que un hombre lo validara! Cuando Edward le había tocado los labios, había dicho que había en ella algo que ni siquiera ella misma conocía.

¡Ya lo conocía! Sabía que era fuerte e independiente y capaz. Y divertida. Y traviesa. ¡Y dispuesta a bailar con la vida! La ironía era, claro, que los hombres, que siempre la habían tratado como si fuera invisible, se fijaban en ella. ¡Flirteaban con ella!

Empezó a sonar el teléfono para ella constantemente. Cuando podía tener todo lo que quería, a cualquiera, se sorprendía de que, tenía bastante consigo misma. Le gustaba lo fácil que era vivir su propia vida, perseguir sus objetivos, inmersa en su trabajo y sus placeres de todos los días.

Volvía a casa de las lecciones de kayak cuando Alice le dijo que tenía una llamada.

—Es Edward —dijo con las cejas levantadas sin tratar de disimular sus esperanzas.

Bella se llevó el auricular al oído. A pesar de lo que había cambiado, el corazón le latía desbocado.

—¿Cómo estás? —dijo él.

—Estoy bien, Edward —y antes de que ella pudiera preguntar, él volvió a hablar.

—Me dice Alice que estás muy ocupada. Montando en canoa y escalando.

—He estado muy ocupada —dijo con voz cuidadosamente neutra.

—Dice que te llaman hombres constantemente.

¿Eran celos lo que había en la voz del soltero más sexy del mundo? Se echó a reír.

—Constantemente no.

—Me ha dicho que no sales con ninguno —dijo en tono grave.

—¡Edward! Tu hermana no debería contarte nada de mi vida privada.

—No ha podido resistirse cuando se lo he rogado —dijo.

—¿Por qué le pides información sobre mí?

—Sabes por qué.

«Sí». No dijo nada, temerosa de hablar, temerosa de creer, temerosa de que aquello fuera una prueba de su resolución de no vivir de fantasías sino de crear su propia dinámica realidad.

—Bella, no podía llamarte hasta haberme ocupado de algunas cosas. Hasta no haber hecho todo lo posible para soltar lastre, cualquier cosa que me hiciera no ser el hombre que te mereces.

Deseó decirle que se equivocaba, que siempre había sido el hombre que se merecía, pero algo en ella le dijo que esperara, que escuchara, y sobre todo, que creyera.

—Cuando volví del Moose Lake Lodge, pensé en lo que me dijiste de dejar el balón en el tejado de mi hijo. De hacer lo que él necesitaba en lugar de lo que pensaba que necesitaba o quería yo. Discutí la cuestión con uno de mis abogados. Y tras muchas discusiones accedí a inscribirme en el registro de una agencia especializada en reuniones a tres partes. Eso supone que las tres partes, padres biológicos, adoptivos y el hijo tienen que querer reunirse. Hasta que las tres partes no quieren, no pasa nada.

Hubo un largo silencio. Bella notaba la emoción en su voz y pensó que nunca lo había querido más.

—Bella.

No podía estar llorando. No. No el fuerte y totalmente controlado playboy. No el soltero más sexy del mundo. Su Edward, el que ella siempre había visto mientras el resto del mundo se creía el papel que representaba, era capaz de esa enorme ternura, de esa gran vulnerabilidad, de quitarse la máscara.

—Bella —repitió—, me están esperando.

—Oh, Edward —dijo sin aliento y otra vez—. Oh, Edward.

Lágrimas de felicidad le recorrieron las mejillas.

—He hablado con sus padres por teléfono. Y con él. Es curioso, no había sufrido por la muerte de su madre hasta que se lo he tenido que decir a él.

—Edward.

—He quedado para conocer a mi hijo y a sus padres adoptivos este fin de semana. Viven en Calgary. Se llama Jared. Yo… —se detuvo, dudó y al final dijo con emoción—, yo… me gustaría mucho que vinieras conmigo.

—¿Por qué? —dijo ella.

Era una pregunta difícil de hacer cuando todo en ella le decía que accediera.

Pero su respuesta lo era todo. Todo. Si quería que fuera con él por sus conocimientos como niñera, entonces no servía. Si no era eso lo que quería, entonces estaba un poco más cerca. Ese segundo hasta que respondió fue el más largo de su vida.

—Quiero que vengas conmigo porque es lo más importante que jamás he hecho y no puedo imaginar hacerlo sin ti. Quiero que vengas porque confío en ti más que en mi —dijo y después muy suavemente, tan suavemente—. Quiero que vengas conmigo porque creo que podría enamorarme de ti. Creo que ya he empezado.

A Bella no le dejaron hablar las lágrimas.

—¿Estás ahí?

—Sí —dijo ella.

—¿Vendrás?

En esa pregunta había algo más que una petición para acompañarlo a conocer a su hijo. Le pedía una oportunidad para esa loca, impredecible cosa llamada amor.

—¿Iré? Oh, Edward. Me encantará —respiró hondo para evitar que le temblara la voz—. Te he estado esperando.

No lo había sabido hasta que se lo había dicho. No se había dado cuenta. Había tenido que saber cuál era su lugar en el mundo y lo había ocupado para luego poder enamorarse.

Ya no era una «necesitada», era fuerte. No necesitaba otra persona para estar completa, sino que se entregaba ella entera en una unión.

Era cierto, había esperado a Edward. Tan cierto como que se había esperado a ella misma.