Hay chicas gracias a todas las que me estan leyendo!
gracias por sus RR que me alegran mucho y me alegra tambien cuando me ponen en alerta o en favoritos!
Les tengo una mala notica!
este es el ultimo capi asi que disfrutenlo y hangan me saber si les gusto!
si quieren que haga otra adaptacion de este estilo tambien diganme
y por su puesto que personajes! porque tengo uno perfecto para Alice y Jasper
las quiero mucho y gracias a todas
Nessa
Capítulo 9
«Te he estado esperando».
Las palabras y su recuerdo de ellas habían sido como un salvavidas los últimos días. Se había agarrado a ellas y a la belleza que había notado en la voz de Bella.
Edward Cullen había sido un jugador de primera en el mundo de los millones. Había construido desde la nada una gran empresa. Había dirigido él sólo un imperio de miles de millones.
Y todo eso palidecía en comparación con cómo se sentía por conocer a su hijo. Y por volver a ver a Bella.
Era como si, en todo su mundo, sólo dos importaran. Sólo dos cosas se hubieran convertido en importantes. Y las dos tenían que ver con una: el amor.
Esperó a Bella en el aeropuerto de Calgary, nervioso, con un ramo de flores en la mano. Había comprado flores a docenas de mujeres, y nunca le había causado tanta ansiedad elegir cada una personalmente, se había debatido entre las rosas y las margaritas, las glipsófilas y los lirios de los valles.
Vio a Bella salir de las puertas de la zona de seguridad y quedó sorprendido por los cambios. Supo que había acertado con las margaritas, nada pretenciosas, sencillas, pegadas a la tierra, hermosas, resistentes.
Bella parecía como si pesara diez kilos menos que la última vez que la había visto. Llevaba una blusa blanca y unos vaqueros de cintura baja, muy baja. Se dio cuenta de que no le costaría nada quitárselos aunque estuviesen mojados.
Por suerte el pelo seguía siendo la misma maraña negra, de cíngara. No había hecho ningún esfuerzo para domesticarlo y le caía a los lados de la cabeza en atractivos mechones que se moría por tocar. Estaba bronceada y tenía un aspecto saludable, sus ojos turquesa resaltados por un sutil maquillaje.
Vio en ella confianza y pura fuerza y supo que él jamás la había necesitado más.
Ella lo vio y Edward pensó que no olvidaría en el resto de su vida la expresión de sus ojos. Más que una bienvenida. Más que alegría. Mucho más.
Se lanzó a sus brazos sin reservas y él la levantó del suelo y giró con ella sintiendo su propia bienvenida en respuesta a la de sus ojos.
Finalmente la dejó en el suelo y la miró intensamente, en silencio, lleno de asombro. Le acarició el pelo para comprobar que era real.
—Esta noche estamos solos tú y yo —dijo quitándole el equipaje de la mano consciente de que podía pasarse una eternidad allí de pie contemplándola—. Vamos a ir a conocer a Jared y a sus padres mañana a la hora de comer, a su casa, y si todo va bien, vamos a ir al zoo.
—¿Cómo estás? —preguntó ella notando la ilusión de control que le producía a él recitarle los planes.
Edward sonrió por cómo podía verlo a través de su fachada de controlado hombre de negocios.
—Aterrorizado —susurró.
No sólo por Jared, sino por cometer un error con ella.
Era gracioso que quien había sido calificado de playboy sintiese que no tenía habilidades en el mundo real.
—¿Qué quieres hacer esta noche? —preguntó él con voz estrangulada.
Resultaba cómico, como un adolescente en su primera cita. Se sentía como un adolescente que quería hacerlo todo bien. Antes de que ella llegara había estado revisando un periódico buscando exactamente la actividad que los convirtiera en las personas que habían estado en una isla hacía unos meses.
Había unos cuantos espectáculos en la ciudad. Restaurantes de cinco estrellas que le habían recomendado. Pero no había sacado entradas ni hecho ninguna reserva porque no quería tener esa extraña sensación de primera cita.
Aunque probablemente eso era lo que era.
—Pedimos una pizza en el hotel —dijo ella enterrando la nariz en el ramo—, y vemos una peli en la habitación.
Tan sencillo. Tan perfecto. Como las margaritas. Como ella.
—Esto… —parecía tímido, avergonzado—. Te he reservado una habitación separada. No pensaba… —se estaba ruborizando, podía notarlo él mismo.
Bella rió a carcajadas.
—Has hecho bien, Edward, vas a tener que cortejarme. No soy como las demás chicas.
—No los eres —dijo sincero—. A nadie se le ocurriría utilizar en serio la palabra «cortejar».
—Bueno, pretendo ser cortejada. No voy a lanzarme a la cama contigo.
Fue el turno de él de echarse a reír, de decirle al diablo de su hombro que se olvidara de quitarle el pantalón tan pronto.
Esa noche se tumbaron en la cama de la habitación de él a comer pizza y ver películas, y recordó la noche con ella en la cabaña.
Hilarante, pero también cómoda.
A las once ella le dio un beso de buenas noches, los labios suaves y llenos de promesas, pero se marchó a su habitación.
A la mañana siguiente ella insistió en buscar un rocódromo porque decía que la tensión hervía dentro de él.
Para cuando le había dado una paliza haciéndolo subir tres veces hasta arriba de la pared, ya no le quedaba ni una pizca de energía, mucho menos de tensión.
Fueron juntos de compras. Él quería comprarle a Jared un oso de peluche, pero ella puso los ojos en blanco y le dijo que a un niño de siete años no le gustaban los osos de peluche.
Lo que fue un alivio, porque entonces él se lanzó a la búsqueda de juguetes como coches por control remoto, patinetes, videojuegos… Quería comprarlo todo, pero Bella lo guió con calma a través de montañas de juguetes hasta que eligió uno.
Así que llegaron a casa de Jared a la hora de comer, con un coche por control remoto y deseando llevar una montaña de juguetes para poder esconderse detrás. Miró la casa, y tuvo la sensación de que, a pesar de sí mismo, todos esos años, se las había arreglado para hacer lo correcto.
Era una casa normal en una calle normal, bien cuidada, limpia, amada. Detrás de la cerca, entre las ramas de un gran arce, vio una plataforma que dominaba el jardín. Una bicicleta apoyada en la fachada. Una red de voleibol en la hierba.
Le agradó más de lo que había pensado que su hijo hubiera disfrutado de una vida normal, en una familia normal, una vida muy diferente de la que él habría podido ofrecerle si no lo hubiese abandonado.
Una vida mejor, pensó mirando el césped una vez más, sintiendo la mano de Bella en la suya, una vida en la que se había puesto a Jared en primer lugar. Incluso el hombre que no era consciente de haberlo hecho así.
En su vida había tenido más miedo que cuando llamó a la puerta. Dentro ladró un perro. Un labrador, en un delirio de felicidad, los recibió él primero. Una adorable mujer se acercó a la puerta, de treinta y pocos, pelirroja, con una sonrisa picara y cálidos ojos verdes. Tras ella estaba de pie su marido, tan genuino como una tarta de manzana, la clase de tipo que construye una casa en un árbol y lanza pelotas de béisbol, y seguramente se apunta a entrenar un equipo de hockey.
Y entonces el mundo quedó en silencio.
Jared corrió a la puerta todo energía y felicidad. Para entonces, Edward ya había visto una foto de su hijo, pero eso no lo había preparado para cómo se sintió. Parecía que el niño irradiaba energía. Jared era fuerte, con pelo castaño y ojos verdes que bailaban traviesos, con la confianza que hay en un niño que sólo ha recibido amor.
Se detuvo en seco, acarició las orejas al perro y miró a Edward con intensa curiosidad.
—Te pareces a mí —decidió—. No lo habría dicho por la foto. Mamá, ¿puedo tener una rana?
Hasta ese momento, Edward había sentido como si su vida fuese un rompecabezas con las piezas esparcidas por todas partes.
Pero con esas palabras, «mamá, ¿puedo tener una rana?» y la súbita carcajada que disolvió la tensión de la sala, fue como si todas las piezas se juntasen y encajasen en su lugar.
Parecía como si ese momento, y toda la vida, fuera iluminado por la luz, como si, a pesar de los esfuerzos de la gente más que a causa de ellos, todo hubiera vuelto al lugar en que debía estar.
Se hicieron las presentaciones, pero fueron una extraña formalidad entre un grupo de gente que, de algún modo, ya eran y siempre serían una familia.
En todo el fin de semana no hicieron nada especial, y aun así todo fue especial. Comer hamburguesas en la barbacoa de los Morgan, jugar al frisbi con el perro, ir al zoo, sentarse en el borde de la cama de su hijo y tratar de leerle un cuento con un nudo en la garganta.
Edward Cullen, que se había especializado en proporcionar a gente normal experiencias espectaculares hizo el humilde descubrimiento de que las experiencias normales se volvían espectaculares por las personas con quienes las compartías, por la adición de un ingrediente secreto: el amor.
—No sé cuándo he pasado un fin de semana mejor —dijo Edward mientras caminaba por el aeropuerto con Bella de la mano la noche del domingo.
—Yo tampoco —dijo ella.
En poco tiempo los kilómetros los separarían. ¿Cómo podía reducir ese dolor, apartar esa sensación de pérdida?
Se detuvo frente al escaparate de una joyería y miraron el muestrario de gargantillas de diamante.
—Elige una —dijo él—. Cualquiera. Para recordar este fin de semana.
—No —dijo ella.
—Vamos, para recordarme. Para demostrarte lo mucho que me importas y lo que te voy a echar de menos hasta que volvamos a vernos.
—No —dijo ella con mayor firmeza.
Demasiado caro, pensó él, nada apropiado para ese fin de semana juntos aunque había hecho regalos más caros por mucho menos.
—¿Y uno de ésos? —dijo señalando un grupo de brazaletes de diamantes.
—¡Edward, no!
—Eh —dijo él—, que te estoy cortejando.
—No —dijo casi amable como si le explicase los horarios a un niño de tres años—. Eso es cautivar, hay una diferencia. No necesito nada para recordar este fin de semana.
—¿Cómo se supone que te voy a cortejar con una actitud así?
—Para ti, Edward, lo más fácil sería cubrirme de regalos, con todo lo que el dinero puede comprar, pero eso no es lo que yo quiero. Quiero las cosas más difíciles de ti. Quiero tu tiempo. Quiero tu energía. Te quiero completamente comprometido. Te quiero a ti. No me vas a conquistar con toda tu riqueza.
La miró con el ceño fruncido. El fin de semana había ido tan bien que creía que ya la había conquistado. En ese momento se dio cuenta de que no era así. Que le iba a hacer trabajar y que no pensaba dejarle recurrir a su dinero. Iba a tener que conquistarla a la antigua usanza.
Y de pronto le pareció el desafío más excitante de toda su vida. Mejor que nada. Mejor que comprar complejos turísticos, mejor que pilotar aviones, mejor que viajar por todo el mundo.
Ella le estaba tratando de decir que no había destino, que lo importante era el viaje. Y la verdad era que él no podía esperar.
—Bella —dijo Alice—, ¿podrías decir que sí? Mi hermano me está volviendo loca.
Estaban las dos de pie delante de la ventana mirando el césped. Durante la noche habían aparecido unos flamencos de plástico encima de la primera nieve del invierno. Decían, más o menos, Bella.
—Han pasado seis meses —dijo Alice—. Cada día está más enamorado de ti. Di que sí.
—No sé si los flamencos cumplen el criterio. Ha usado dinero.
—¡Tendría que haberlos contratado! A lo mejor los ha robado. No los ha comprado. Y apuesto a que ha estado ahí fuera congelándose escribiendo tu nombre con unos horribles pájaros de plástico. Si eso no es amor, nada lo es. Di sí.
—¿A qué? —dijo Bella inocente—. No me ha pedido nada todavía.
Sonrió. Cuando había retado a Edward a cortejarla sin un gran despliegue de riqueza y poder, nada la había preparado para cómo se enfrentaba ese hombre a un desafío.
La única excepción que habían hecho para recurrir a su riqueza habían sido los billetes de avión. Hasta ella había admitido que era muy difícil cortejar a alguien sin verlo.
Así que él había volado a Toronto y ella a Vancouver, y se habían encontrado en Calgary para ver a Jared y los Morgan.
Alice tenía razón. Su hermano estaba loco, pero en el mejor de los sentidos. Nunca había sido cortejada una mujer como lo estaba siendo ella.
Mientras el tiempo había seguido siendo bueno, habían ido a escalar y montar en canoa juntos. Para consternación de él, ella había insistido en pagarse su parte.
Edward se había hecho con una guitarra, que él decía que le habían regalado, por lo que no había dinero implicado, y le cantaba en la casa de su hermana. Tampoco sabía tocar ni cantar. Escucharlo asesinar canciones de amor había sido más entrañable que su oferta de llevarla a un concierto en Vancouver a lo que ella se había negado al ver el precio de las entradas.
La había ido llenando de tesoros lentamente, ninguno que pudiera comprar el dinero. En una arquita de cedro que había hecho él, le había regalado el anillo de casada de su madre y encajes hechos a mano por su abuela; un antiguo zapato de bebé que había sido de él, y una fotografía de Jared. Le estaba regalando su historia.
Le había hecho un guardapelo para remplazar el que había tirado al lago, era de papel maché y tenía su huella dactilar. Lo había llevado hasta que había amenazado con desintegrarse y entonces lo había metido en el arca de cedro.
Le había enviado seda dental con mensajero con una nota en la que decía que se había reformado.
—¿Está usada? —había preguntado Alice horrorizada cuando la había visto.
—No importa —había dicho Bella guardándola en su cofre de los tesoros—. Se la enseñaré a mis hijos algún día y les diré: «vuestro padre me regaló sarro».
—Qué desagradables sois —dijo Alice—. ¿Qué hijos? ¿Ya se ha declarado?
—Aún no.
—Es lo que debería hacer. Voy a informar a correos si sigue enviando cosas así.
Cuando iba a verla los fines de semana, él le enseñó a pescar en una canal que había cerca de la casa de Alice y Jasper y cuando se congeló, le enseñó a patinar. Jamás pescaron nada, aunque sí una rana para Jared y después tuvieron que conseguir llevársela. Al final Edward alquiló un avión para no tener que pasar al animalito de contrabando por el aeropuerto.
Fueron a dar largos paseos. Una vez que pasaron al lado de unos niños que tenían gatitos en una caja al lado de una tienda bajo un enorme cartel de «gratis», él eligió el más mono y se lo regaló.
Ella lo llamó Rapsodia.
Cuando ella iba a Vancouver, le llevaba poemas espantosos que había escrito y cocinaba desastrosos platos. Admiraba las flores que él había sembrado para ella en la terraza ya que no podía comprarlas.
Cuando iban a Calgary salían al campo con los Morgan y montaban en bicicleta con Jared. Jugaban al béisbol y le pusieron tejado a la casa del árbol para poder dormir por la noche. Edward demostró que no era muy buen constructor. El tejado tenía goteras, lo que sólo lo hizo más divertido.
Se apuntaron a clases de esquí y perfeccionaron el arte de beber chocolate caliente con los esquís puestos.
—Ahí está —dijo Alice mirando un poco más allá de los flamencos—. Llega el gran playboy. Si no te lo pide este fin de semana, lo repudio como hermano.
—Eso lo dijiste el fin de semana pasado.
—La diferencia es que éste lo digo en serio.
—Mira, Alice —dijo Bella con suavidad—. Te trae una sorpresa.
Edward salía de un pequeño coche, evidentemente alquilado, y después un niño se bajó del asiento delantero.
—Oh, Dios mío —dijo Alice y miró a Bella con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Es ése mi sobrino?
No esperó la respuesta, sino que salió por la puerta con las zapatillas, cruzando entre flamencos rosados para conocer a un niño que era como había sido su hermano una vez.
Cada día que pasaban juntos parecía mágico, pero ése mucho más. Los niños jugaron juntos y Susie al instante adoró a su primo.
Cuando entraron en casa, Alice tomó a los niños bajo el ala y después le dio un sobre a su hermano.
—Ya es bastante —dijo estricta—. Yo me ocuparé de los niños.
Edward abrió el sobre, dentro había un mapa. Isabella apenas podía mirarlo, de pronto tímida, preguntándose si él también estaría recordando la última vez que alguien se había ofrecido a ocuparse de los niños.
Siguieron el mapa, fuera de la ciudad, a través de espesos bosques hasta llegar a una cabaña.
Fue dentro de la cabaña que Bella se dio cuenta de que era cosa de él. ¿Cómo si no podría estar llena de espagueti en lata y cajas de polvos de tarta de chocolate?
Él hizo la cena, y después, mientras el fuego chisporroteaba en la chimenea de piedra, vertió los polvos de la tarta y los mezcló con agua.
—Yo no quiero eso —dijo ella.
—Vamos. Te estás quedando muy flaca.
Era cierto, pero por primera vez en su vida no era a propósito. Era tan feliz que no encontraba el momento de comer.
Esa noche, pensó mirando por la puerta del diminuto dormitorio de la cabaña, esa noche sería la noche. Se acercó y lo besó.
Normalmente él le hubiera devuelto el beso, pero esa vez no.
—No puedo hacer nada más —dijo él—. No puedo besarte y no tenerte.
—Lo sé —dijo ella—. Está bien. Me doy por cortejada, vamos a la cama.
—Ah, no.
—¿Qué quieres decir con no? —preguntó asombrada.
—Bella, así no es como termina el cortejo a la antigua usanza.
—¿No?
—No —dijo y se puso de rodillas delante de ella—. Termina así —sacó del bolsillo una caja con un anillo—. Bella, ¿quieres casarte conmigo? ¿Tendremos hijos y serán parte de una familia que incluye a mi hijo? ¿Y a mis sobrinos?
—Sí —susurró ella.
Entonces la besó y cuando ella trató de llevarlo a la cama él no la dejó.
—No, tendrás que esperar hasta la noche de bodas.
—¿Sí?
—Sí.
—Dame la tarta frita —dijo taciturna.
Compartieron la cuchara y a ella no le supo ni la mitad de mal.
—¿No quieres ver lo que hay en la caja? —dijo él en broma.
Se dio cuenta de que se había olvidado del anillo. La verdad era que el anillo no significaba nada para ella. ¿Cómo iba a olvidar el que tenía en su cofre de los tesoros hecho con la tapa de una lata? Iba echar de menos todo eso.
Por supuesto, casarse significaba que todo eso se iba a terminar. Se cambiaría por algo mejor. Mucho mejor. Se dio cuenta de que se moría de hambre por él. Por más de él. Por su cuerpo y su lengua y sus labios y sus manos en ella.
Miró la habitación. ¿De verdad iba a hacerle esperar?
—Ábrela —insistió tendiéndole la caja.
Le costó mucho abrir la tapa. Cuando lo consiguió, vio por qué. En lugar de un anillo había un papel doblado. Con cuidado lo desdobló y trató de entender los términos legales en que estaba redactado.
Finalmente lo entendió. Edward le había regalado la escritura del Moose Lake Lodge.
—Es para ti, Bella, para que hagas con él lo que quieras —ella sonrió a través de las lágrimas—. ¿Cuánto tiempo te va a costar organizar una boda? Quiero que lo tengas todo. El vestido, las chicas con flores, la catedral, el…
—No —dijo ella—. No. No quiero nada de eso. Eso es una boda y no tiene nada que ver con el matrimonio —empezó a ruborizarse—. Edward, no puedo esperar mucho más.
—¿Para qué? —dijo con mirada malévola.
—Ya lo sabes.
— Dilo.
Le susurró sus secretos deseos en el oído.
Él se echó a reír.
—Se me olvidaba que ya tenías vestido.
—No —dijo ella—. Me voy a casar en traje de nieve para que nos podamos ir derechos de luna de miel.
—¿Lo has pensado bien?
—Me temo que sí —confesó ruborizándose—. Quiero que nuestra luna de miel sea en la cabaña de la isla del Moose Lake Lodge.
—¡Allí estará todo cubierto de nieve! —dijo él.
Sonrió. No podía pensar en nada, absolutamente nada, mejor que quedarse con él en una cabaña aislada por la nieve.
—Lo sé —dijo feliz—. Lo sé.
—No sé cómo piensas que lleguemos a la cabaña a través de la nieve. ¡No pienso llevarte en canoa por el lago con nieve!
—¿Edward?
—¿Sí?
—Confío en que se te ocurrirá algo —hizo una pausa y susurró—. Confío en ti.
—No lo harías si hubieras sabido las ideas perversas que tenía sobre tus dedos de los pies.
—Confío en ti —volvió a susurrar—. Para siempre.
que capi mas hermoso! ejejejej
espero que les haya gustado tanto como ami!
