Buenas!! Nuevo capítulo. Espero que les guste… No sé si pueda actualizar tan rápido como actualicé mi historia anterior, estoy comenzando clases y terminando dicha historia, pero voy a hacer lo posible…
Disclaimer: Twilight no me pertenece, sólo me pertenece el argumento.
Marvella: jaja gracias por el review. Y creeme, va a haber MUCHO drama xD Espero que te guste el cap! =)
Piita Masen: xD que bueno. Me imagino que te va a gustar que actualice hoy mismo =) Gracias por el review, espero que te guste el cap =)
: gracias por el review y el favorito =) Espero que te guste el cap, besos!
Edward Pov
- Recuéstate en la camilla, Edward. Quiero probar algo. – Dijo mi doctor actual, Robert Kerr. Como el ciego que era, usé mis manos para levantarme de la silla en donde estaba y tantear hasta sentir donde estaba la camilla. Claro está, tropezándome con todo a mi paso. Al usar el escalón para subir a la camilla, sentí las manos de mi madre posarse en mi cintura para guiar mis movimientos. Ya recostado, sentí un calor en la cara. – Quiero ver si, por lo menos, puedes detectar claridad. – Dijo, claramente sin esperanza alguna.
No me afectó mucho el tono de su voz; estaba acostumbrado a ese tipo de comentarios por parte de los muchos oftalmólogos que me habían atendido hasta entonces. Diecisiete años ya tenía. Cuando era niño pensaba que era normal, que nadie podía ver, hasta que mi madre, Esme Cullen, y mi padre, Carlisle, me contaron de mi problema. Ceguera. Ceguera causada por Retinopatía Diabética. Por fin entendí que era diferente, fue muy difícil, pues siendo niño, las explicaciones no bastan.
Mis padres y hermanos han sido muy buenos conmigo y han tratado de darme una vida normal. Me llevaron a clases de Braille, y me han comprado varios libros para que practique, pero no los he querido leer. También me compraron un perro, Holliday, el cual está entrenado para guiar personas ciegas. Casi no he paseado con él, pues no tengo confianza a salir de mi casa. En fin, han sido la familia amorosa que todo niño desea tener. Lástima que yo, atrapado en mi propia miseria y esta maldición, no haya podido corresponderles. Hace unos meses, mi hermano mayor Emmett se mudó de la casa, dejándonos a mí y a Alice, mi hermana de quince años. Alice es un ángel, no sé que hubiera sido de mí sin ella.
Volviendo a la realidad, el calor en mi rostro no cesaba. Era lo suficientemente desesperante como para querer golpear al médico.
- ¿No sientes nada, Edward? ¿No ves una luz? – Me preguntó. Yo negué con la cabeza frenéticamente, huyendo de la molesta "luz" que estaban apuntando a mi rostro.
- Soy ciego, no veo nada. – Dije en voz ronca, dejándole saber que estaba molesto. Finalmente, el calor cesó.
- Edward, compórtate. – Escuché la voz de mi mamá, a mi lado o detrás de mi cabeza, no lo sabía. Intenté buscar su voz, volteando mi cabeza a cada lado, claramente sin éxito.
- Esto es muy extraño, Carlisle. Con el tratamiento que te dio el endocrinólogo, él por lo menos habría logrado aclarar su vista. – Dijo el doctor. Escuché un suspiro de exasperación, probablemente hecho por mi padre.
- Edward, toma tu bastón y sal de aquí, por favor. Afuera está Alice, quédate con ella. – Asentí con la cabeza, tomé mi bastón y salí del consultorio.
Estando afuera, tomé un respiro profundo, sólo para llenar mis pulmones de un olor por el cual había procreado un odio grandísimo; el olor a hospital. Torpemente, me llevé una mano a mi cabello y halé de los mechones que caían sobre mi frente. En eso, sentí una mano en mi hombro. Me exalté e inhalé fuertemente.
- Cálmate, Edward, sólo soy yo, Alice. – Dijo la voz suave y cantarina de mi hermana. Exhalé lentamente para calmar los latidos de mi corazón, los cuales estaban disparados.
- Te estaba buscando, niña. – Musité, buscando su hombro con mi mano, el cual encontré rápidamente.
- ¿Por qué saliste del consultorio? – Me preguntó. Volteé mi cabeza en dirección de su voz.
- Papá me pidió que lo hiciera.
- Allá hay unas sillas, vamos a sentarnos. – Dijo, antes de tomar mi mano que estaba en su hombro y pasar mi brazo alrededor de sus hombros para guiarme, mientras que yo usaba mi bastón para evitar caídas. Cuando mi bastón tocó una de las sillas, me senté con ayuda de Alice, y escuché que ella se sentó en otra silla.
Nos sentamos en silencio cómodo, esperando a que mis padres salieran del consultorio. En unos minutos, empezamos a escuchar gritos que venían en dirección del consultorio.
- El pronóstico no es bueno, Carlisle. No es candidato para la operación aún. ¡No hay nada que yo pueda hacer!
- Tiene que hacer algo, ¡El muchacho se ha perdido 17 años de su vida!
- No podemos hacer nada aún, Carlisle. Podríamos matarlo.
- ¿Espera que siga así? ¿Podría explicarme por qué nada le funciona, por lo menos?
- Carlisle, baja la voz, Edward podría escucharte…
- No, Esme, no lo haré. Porque ya nos vamos de aquí.
Con eso, escuché que una puerta se abrió y mis padres seguían discutiendo en voz queda. Tampoco me afectó, siempre pasaba lo mismo cuando el doctor se quedaba sin alternativas. Hasta yo había perdido la esperanza.
- ¿Edward? – Preguntó la familiar voz de mi madre. Levanté mi cabeza buscando su voz, o por lo menos sólo para que ella supiera que yo le estaba prestando atención. – Nos vamos a casa. Levántate. – Dijo. Como ya estaban acostumbrados a atenderme como si yo fuera in inválido, sentí las manos de mi padre agarrando mis antebrazos al momento en que me levantaba y tomaba el bastón. Caminé de la mano con Alice y sosteniendo mi bastón. Conformado, deprimido y cansado.
Más tarde esa noche
Esa noche, ya acostado en mi cama y listo para dormir, escuché los pasos de alguien cerca de mi habitación. Cerré los ojos, subí el cobertor hasta mis hombros y me hice el dormido, porque a esa hora ya debería estarlo. Mi tutor y ayudante Peter no estaba allí esa noche, por lo tanto tuve que hacer un esfuerzo grande para bañarme yo sólo y luego cambiarme a mi ropa de dormir, además no pude calentar el agua como me gustaba. El baño era lujoso, si tan solo pudiera verlo…
El rechinido de la puerta al abrirse me alejó de mis pensamientos. Escuché unos pasos y luego una respiración a mi lado.
- Edward… -- Susurró una voz masculina, como la de mi padre. Dentro de unos segundos escuché sus pasos para salir de mi cuarto. Cuando escuché que la puerta del cuarto de mis padres (el cuarto contiguo al mío) se había cerrado, me senté en mi cama. Como no tenía sueño, me dieron ganas de hacer algo que ya se había vuelto un pasatiempo; bajar las escaleras de mi casa y llegar a la sala de estar de abajo, de donde por lo menos podía escuchar el ruido de las calles de New York. Me senté en el borde de mi cama y busqué a tientas mis zapatos, y me los puse. Me levanté y fui hasta la puerta de mi cuarto, la cual abrí con mucho cuidado para que el rechinido no se escuchara. Cuando salí de mi cuarto, el aire frío de Nueva York se coló en mi piel, pero eso no me molestaba. Me hacía sentir normal. Pero de repente escuché un sollozo desde el cuarto de mis padres. Caminé tanteando la pared, hasta que las voces de mis padres se escuchaban lo suficientemente claras como para saber qué estaban diciendo. En ese momento, la brisa fría cerró la puerta de mi cuarto.
- ¿Has escuchado eso, Carlisle? ¿Estás seguro de que Edward está dormido? – Escuché que mi madre preguntó.
- Sí, Esme. Por eso no te preocupes.
- No sé qué vamos a hacer… Peter renunció, yo voy a morir… -- Mi corazón se disparó cuando escuché la voz rota de mi madre decir esas palabras. Era como si intentara salirse de mi pecho. ¿Mamá va a morir?
- No digas eso, Esme. No vas a morir…
- ¡Carlisle, abre los ojos! ¡Es cáncer! Y está avanzado… -- Exclamó mi madre, acompañada por más sollozos. Sentí lágrimas cálidas mojar mis mejillas desde mis ojos. No tenía sentido, mi madre era la que me había dado fuerzas de continuar desde que realicé completamente qué era lo que tenía, y ahora sin ella… Simplemente no podría.
- Tenemos que ser fuertes, amor. Por Edward. Ya he puesto anuncios en la internet y en todo Nueva York. Algo encontraremos, ya lo verás. – La consoló mi padre.
Regresé a tientas a mi cuarto, aún realizando lo que acababa de escuchar. No tardé en sollozar y llorar como sólo había llorado cuando me dijeron que era ciego. La maldición que me acompañaría quedó olvidada, y dormí pensando cuan horrible sería una vida sin mi madre. Sin uno de los pilares más fuertes de mi vida.
Bella Pov
New York. El fantástico New York. Algo me traería de bueno, ¿no? El avión aterrizó y el frío acogió mi cuerpo a penas salí del avión y pude apreciar el comienzo de mi nueva vida. Me mudé de Phoenix, Arizona, a Nueva York, intentando olvidar toda huella que mi pasado dejó en mí.
Para darles un comienzo; viví toda mi vida en un hogar con padres adictos a la droga. Al principio todo estaba bien, éramos una familia feliz, hasta que cuando yo tenía nueve años, mi papá perdió su trabajo como jefe de policía. Se involucró en la droga y pronto se convirtió en el negocio de la familia. Hasta mi madre Renée participaba en ello. Al parecer algo salió mal y una noche unos hombres entraron a la casa y apalearon a mi padre. Mi madre estaba asustada y escandalizada, pero con la droga todo se les olvidaba. Mis maestros en la escuela me preguntaban por qué siempre usaba la misma ropa raída y sucia y por qué siempre llegaba caminando y mi mamá nunca iba a las reuniones escolares. Yo hacía lo imposible por cubrir lo que mis padres estaban haciendo, pero eso es lo que hace un niño; querer a sus padres y preocuparse por ellos.
Un buen día papá se fue de la casa y nunca regresó. Mi madre entró en una recaída horrible y se drogaba todos los días a toda hora. Yo tenía que atenderla y limpiar los desastres que hacía. Esto siguió hasta que entré a la Universidad local a estudiar Educación para Personas Discapacitadas y conseguir un título. Lo que aprendí allá a veces lo usaba en casa cuando mi mamá estaba tan drogada que no podía ni valerse por sí sola. Un día encontré a mi madre en la cocina, totalmente inconsciente, y tuve que llevarla al hospital. Le diagnosticaron SIDA. Ya casi no podía ver, y nos dijeron que no duraría mucho, que no había nada que pudieran hacer.
Unos meses después, ella murió. Pero sé que pensó en mí, porque en su testamento me dejó un apartamento en Nueva York, y si era inteligente, me iba a ser muy fácil encontrar trabajo con el título que tenía. El que me diera lo oportunidad de empezar de nuevo en un lugar diferente es una de las pocas cosas que le agradezco a mi madre.
Busqué mi valija y salí del apartamento, donde encontré fácilmente un taxi. Saqué de mi bolso un papel donde el abogado me había dejado la dirección de mi nuevo hogar.
- ¿Adonde, señorita? – Dijo el taxista, mirándome a través del retrovisor.
- 501, Upper East Side. – Le dije al señor. Él asintió con la cabeza y empezó a manejar por las calles de la ciudad de New York. Yo miraba con fascinación todo lo que podía apreciar desde la ventana del pequeño taxi amarillo. En un semáforo, el señor volvió a mirarme por el retrovisor.
- Me recuerdas a mi hija Susie. No físicamente, claro, pero tienen la misma mirada. – Comentó el señor, un tanto tristemente.
- ¿Sí? – Le dije, no muy interesada. El señor sonrió.
- Sí. Susie… Ella murió hace dos años. Esta es ella. – Dijo, pasándome una foto pequeña. La niña podría tener unos 13 años, tenía el cabello castaño desvaído, tez muy blanca y ojos azules. Me sentí muy mal por el señor, y le pasé la foto.
- Oh, cuanto lo siento. Se parecía a usted. – Le dije en un intento de alegrarlo un poco. Él sonrió tristemente a través del retrovisor.
- ¿Verdad que sí? – Dijo. Yo asentí con la cabeza. El camino siguió tranquilo y en silencio, yo apreciando todo desde la pequeña ventana. De repente el auto paró. – Ya llegamos, señorita. ¿Ve esa pequeña puerta junto a la farmacia? Esa puerta lleva a unas escaleras, súbalas y verá la puerta del apartamento. Que tengas buenas noches. – Dijo dedicándome una sonrisa cuando bajé del auto. Yo le devolví la sonrisa y me dirigí a la puerta que daba a las escaleras. En la puerta había un anuncio que me llamó la atención.
"Se busca institutriz para un joven ciego. Preferiblemente hombre o una persona que tenga un título.
Para más información hable con el doctor Carlisle Cullen o acérquese a la casa 677 en Upper East Side."
Sonreí, estaba a pocas cuadras de mi nuevo departamento. Miré la hora, eran las 11:35 p.m. y estaba cansada, pero decidí ir al día siguiente antes de que alguien más lo hiciera. Yo más que nadie necesitaba el trabajo.
Entoncessss… ¿Qué piensan? ¿Bueno? ¿Malo? Review por favor!! Y gracias por leer =)
