"La terrible Guerra del Ragnarok, temida desde siempre, había iniciado provocada por el derramamiento de sangre Asgardiana por otro Asgardiano. También por el terrible sentimiento de soberbia y locura que se había sembrado en el corazón en aquél que había sido elegido por el Gran Señor Odín, en los recientes tiempos.

Una lucha en la que los Dioses se vieron envueltos por sus propios errores y que costó la sangre de valientes Guerreros que se levantaron dispuestos a sobrevivir y a salvar lo que parecía ya insalvable. ¡Grandes fueron los sacrificios que se realizaron y que cambiaron, para siempre, el rostro de nuestra amada nación!

Sí, los errores que costaron caros en vidas humanas tampoco iban a irse sin que hubiera consecuencias entre los Dioses que por sus acciones imprudentes fueron manipulados por aquellos que supuestamente les estaban consagrados.

La ironía de la situación era que, finalmente, la salvación de Asgard dependía de que una vez más, que sangre Asgardiana fuese derramada por otro Asgardiano. Sacrificios enormes realizados heroicamente, por hombres y Dioses en un campo de batalla común."

POLLUX DIOSCUROS presenta:

DAS RAGNAROK LIED

Canto V: El Ocaso de los Dioses

Erik, nuevo Señor de Odín, corrió atravesando el Bosque de los Espíritus para alcanzar aquel pasaje por siempre helado al que lo dirigía el Cosmo del Dios Padre. No sentía frío, a pesar de que el aire soplaba gélido conforme se acercaba al sitio. Se sentía preocupado por su hermano, sin ceder un ápice en la confianza en aquel que no conociera antes pero que, ahora se había convertido en alguien muy querido por él.

"¡Hermano!" pensó, recordando en el gesto de determinación que Midgardo mostrara al saber que la misión que tenía que cumplir podría costarle la vida. "¡Nuestro destino está unido! ¡Odín, por favor!" rogó en sus oraciones. "¡Guíalo! ¡No le abandones!"

Sus dedos sangraron al aferrarse fuertemente al piso. La armadura le protegía, pero su cuerpo finalmente, era el de un ser humano. Midgardo de Loki se sorprendió ante el poder que mostraba el anciano que desplegaba su última técnica para deshacerse de él de manera definitiva.

"¡Eres semejante al conejo que huye inútilmente de su presa, Midgardo!" se burló el Sacerdote de Odín, brillando en poder temible, que no cerraba el portal dimensional que atraía todo hacia sí para exterminar a su enemigo hasta haberlo engullido. "¡Ríndete de una buena vez!"

"¡Nunca!" gritó de vuelta Midgardo valientemente. "¡No lo permitiré!" Cerrando sus ojos, el joven intentó alejarse, arrastrándose por el suelo penosamente. "¡No puedo morir aquí, de esta manera!"

La succión que ejerció el vacío aumentó nuevamente, haciendo que el joven sintiera que sus fuerzas se debilitaban. Su cuerpo se elevó por los aires, siendo arrancado del suelo y comenzando a volar inexorablemente hacia ese gran agujero negro que se había abierto frente al imponente Dolbare. Volviéndose hacia lo que parecía ser su destino fatal, pudo una vez más comprobar que en el rostro de su padre se manifestaba un odio profundo combinado con la maldad de una sonrisa estremecedora.

"¿Cómo los Dioses pudieron haberse equivocado así?" pensó. "¿Y por qué nos abandonan cuando más les necesitamos?"

Ull, joven hermano de Balder, lanzó con magnificencia los martillos Mjolnir contra sus enemigos. Envueltas en la voluntad de pelea del último heredero de Rung, las hachas volaron ágiles por los aires, arrancando de tajo las cabezas de varios de sus enemigos.

"¡Se arrepentirán de haber creído que Asgard caería sin alzar las manos, malditos!" juró. Su sangre hervía, su Guerrero interno también había despertado en medio de las batallas que se sucedían frente al imponente Palacio Valhalla en la cumbre de Asgard. En su corazón, un sentimiento de pesar pareció caer sin que lo pudiera explicar. "¿Qué es esta sensación de angustia que me invade?" pensó, continuando con su paso entre los Guerreros con los que luchaba.

Sus cabellos se erizaron al sentir que un ataque se dirigía contra él. Incapaz de poder advertir a los Asgardianos que estaban junto a él en aquel punto del campo de batalla, observó como un ataque cósmico caía en el suelo, provocando una explosión que lo hizo saltar intuitivamente para ponerse a salvo. Gritos agónicos se escucharon. Poco a poco, el hijo de Rung abrió los ojos para descubrir qué había ocurrido. Todos los hombres que le rodeaban se encontraban muertos o a punto de perder la vida, calcinados por el terrible ataque. Se volvió, mirando hacia el único lugar que era lógico de observar, buscando al autor de tan terrible embestida. El joven pudo advertir, de pie, a un hombre enfundado en una armadura de diseño elaborado, de color dorado con motivos cobrizos. Su gesto era frío, su piel blanca y cabellos negros volaban al compás del viento, al igual que su capa. Se le veía descansado, no parecía haber estado combatiendo.

"¡Acercaos, joven!" dijo el hombre con una voz profunda e imperativa. "Es hora de que os enfrentéis a un enemigo que esté a la altura de vuestra misión."

Poniéndose de pie poco a poco, Ull obedeció la orden del extraño, percibiendo un gran poder guardado dentro del cuerpo de éste

"¿Quién eres?" preguntó Ull acercándose poco a poco hasta el hombre, guardando una distancia prudente.

"Lancelot, Dragón del Mar" respondió el hombre mirándole directamente a la cara, sin demostrar la sorpresa que sentía al ver que sí, era prácticamente un niño el que había demostrado tales habilidades de lucha.

"¡Yo soy Ull, hijo de Rung!" exclamó el rubio.

"¡Vos sois el que se interpone entre mí y aquel Palacio!" prorrumpió finalmente el Atlante.

"¡Y lo seguiré haciendo, Dragón Marino!" declaró Ull. "¡Por la sangre de mis seres queridos, te juro que no pondrás un pie en ese sitio nunca!" El hijo de Rung mostró a Mjolnir en amenazante gesto.

"¡Ya una vez rompí el poder de aquellas hachas!" informó el Atlante con arrogancia. "¡Yo soy el que mató a vuestro padre, ahora me encargaré de borrar el paso de ese hombre por este mundo!"

Escuchando aquellas palabras, Ull comprendió de forma inmediata que nada ocurre por casualidad y, que su presencia ahí, aquel día, obedecía a un destino que tenía que cumplir y ganar. Los Dioses le habían premiado con la oportunidad de la venganza y salvar al mismo tiempo a Asgard.

Alberich lanzó golpes con su espada esforzándose al máximo. Se sentía cansado, la técnica que había utilizado para defender a sus hombres y a Erik del terrible ataque del General Marina lo había dejado sintiéndose al borde del desmayo, pero le exigió mucho más a su cuerpo.

El pelirrojo siempre había admirado las virtudes de los Guerreros de Asgard; el amor que sentía por su nación era profundo y comprometido, siempre sirviendo a los Señores del Valhalla. Su familia había asumido el papel de nobles que aconsejaban a los Reyes que pasaban por el Trono de ese hermoso Palacio.

Nadie como los Alberich de cada generación para comprender la importancia de las oraciones de los Elegidos de Odín, nadie como ellos para apreciar la historia de Asgard y de sus retos a lo largo de los siglos. No, no eran Guerreros natos, pero su inteligencia y sus conocimientos les hacían adversarios formidables, pues habían logrado mediante el esfuerzo académico, conocer las técnicas de combate que a lo largo de los años, se habían registrado en la nación. Odín jamás les había bendecido con un Elegido en su propia familia, pero los Dioses les habían regalado el don de la comprensión y la unión, quizá más grande que cualquier otro habitante de Asgard, que podía existir con el suelo mismo de su país.

Elevando el Cosmo dentro de su corazón, el pelirrojo era quien podía sentir lo que ocurría en cada esquina y rincón de Asgard. Para él no era secreto que Freyr de Tyr había perecido en el campo de batalla, pero que había se cobrado la primera sangre a su favor, exterminando a un formidable enemigo. Y podía calcular, con precisión matemática, los sitios donde en este momento se realizaban las batallas que definirían el resultado de esta guerra. Sonriendo, el joven Escribano empuñó con sus dos manos la espada, para canalizar la energía que ardía en su pecho y su corazón palpitante, emocionado al comprender que en estos momentos, aquellos guerreros que admiraba y él, tenían los mismos motivos, y que el único paso que lo separaba de ellos, no era un entrenamiento o la fuerza física, sino la voluntad de atreverse y hacer las cosas. Aponus dio un paso hacia él al observarle concentrado, detenido, mirándole con atención absoluta, mientras respiraba agitadamente.

"¡Estáis cansado, señor Alberich!" exclamó Caballo de Mar. "¡Debisteis dejar a vuestro Señor combatir contra mí! ¡Al menos él habría durado más que vos! Es evidente que no tenéis las aptitudes para guerrear conmigo, a pesar de contar con un Cosmo defensivo extraordinario."

Alberich intentó hacer caso omiso de las palabras de aquel hombre, no permitiría que su voluntad fuese minada por argumentos que sonaban, para su pesar, muy razonables. Intentó ignorar que sus hombres parecían comenzar a retroceder, pues los Atlantes habían redoblado sus esfuerzos ante el coraje mostrado por los Asgardianos, los cuales veían que su líder parecía estar a punto de caer, desmoralizándose además por la partida de Erik, quien los había inspirado al enfrentamiento. Cerró sus ojos rápidamente, ordenando a su Cosmo viajar por su espada y salir con fuerza contra su enemigo. Prodigiosamente, el arma adquirió ese brillo plateado tan semejante al que lo rodeaba. Abriendo sus ojos, satisfecho y a sabiendas que lo había logrado, respondió.

"¡Aún no terminas conmigo, Caballo de Mar!" sonrió. "Ni Asgard ha sido derrotada. Seguramente puedes sentir, como yo, que uno de tus compañeros ha sido derrotado y que los invasores que atacan Valhalla por el frente son cada vez menos."

"¿Qué?" preguntó Aponus al escuchar estas palabras, elevando su Cosmo y verificar la veracidad de las palabras del Asgardiano. Para su sorpresa, Caballo Marino comprobó que lo dicho por el pelirrojo era cierto. "¡Sobek!" exclamó asombrado. "¿Cómo pudisteis haber sido derrotado?"

Observando el momento de sorpresa registrarse en el rostro y en los gestos del enemigo, Alberich lanzó su ataque cósmico a través de su espada que surgió como si una estrella escapara de la hoja. El campo se iluminó cuando el proyectil alcanzó su objetivo. Los combatientes interrumpieron su lucha para volver sus miradas y averiguar lo que había ocurrido entre aquellos hombres.

La luz se aclaró poco a poco, dejando paso a la oscuridad que la noche de Asgard proyectaba sobre todo el reino. Alberich abrió los ojos sorprendido al encontrar ante sí a su enemigo de pie, sin signos de haber sido dañado y que lo miraba, con una sonrisa burlona.

"¡Fallasteis, Alberich!" se burló Aponus, elevando su propia Cosmoenergía una vez más, como lo hiciera cuando se presentara en el campo de batalla. Sus hombres, aprovechando el momento de distracción de sus enemigos para retirarse nuevamente, hacia líneas atrás de su General, conociendo que realizaría por segunda vez el ataque devastador que utilizara antes.

"¡Cúbranse, Asgardianos!" ordenó Alberich comprendiéndolo todo en un instante. "¡Atrás de los árboles!"

"¡RISING BELLOWS!" gritó el General Marina una vez más, alcanzando al Señor de Megrez, que fue incapaz de llegar al refugio del bosque siendo lanzado por los aires con la incontenible fuerza del ataque de su enemigo.

Levantado como si se tratara de una hoja al viento, Alberich comprendió que la caída le resultará fatal y que su vida parecía ya perdida. Alcanzando gran altitud, su cuerpo se detuvo para iniciar el desplome. Resignado, se volvió hacia abajo y abrió los ojos para observar su nación una última vez. Desde aquella altura, pudo ver el Bosque de los Espíritus y un poco más allá.

"Será como morir volando" meditó Alberich, intentando consolarse en su camino hacia el inminente suelo.

Un grito desgarró la garganta de Ull que lanzó con precisión los martillos Mjolnir contra su nuevo enemigo. El aire pareció romperse ante la velocidad del ataque, anunciando un trueno parecido al del rayo que ha caído en la distancia. El cabello de Lancelot se movió ante el golpe del viento pero su rostro así como su cuerpo, permanecieron fijos. Emitiendo Cosmo, los proyectiles parecieron resultar afectados, moviéndose casi imperceptiblemente de su trayectoria para pasar sin tocar en ningún momento al General Marina del Dragón. El joven observó la maniobra, pudiendo notar que sus martillos han sido afectados por el poder del Atlante. Extendiendo sus manos, utilizó su Cosmo para llamarlos de vuelta. Obedientes, los martillos tomaron caminos opuestos, para completar un medio círculo que los llevó hasta el hijo de Rung.

"Debo de deciros que lo que me hizo venir hasta aquí fue el encontrar con sorpresa que se estaban realizando las técnicas que tenía ya conocidas en mi enfrentamiento contra Rung" dijo el Estratega de Poseidón con voz calmada. "Sin embargo, no pretendáis que al utilizarlas contra mí, me sienta sorprendido de ninguna manera, pues como os lo he dicho: ya las conozco" sentenció. "Vos no sois más que una copia muy inferior a la maestría con que vuestro padre manejaba esas mismas armas."

Brillando de ira ante las palabras condescendientes de su rival, Ull replicó.

"¡No lo copio, Lancelot!" su voz resonó enojada. Lanzando de vuelta sus martillos una vez más, rodeado de energía termina la frase. "¡Continúo con su legado!"

"¡Patético!" se burló el hombre, cerrando los ojos y volviendo su cara hacia otro lado en un gesto teatral, mientras que emitía una vez más su Cosmo para desviar las hachas.

Ull observó el gesto, esperándolo casi, y elevó sus manos, canalizando su propio Cosmo para enfrascarse en una lucha de fuerzas con el General Marina. Sintiendo la presión que ejercía el hijo de Rung, Lancelot rompió su postura confiada para mirar hacia el joven asombrado.

"¿Qué?" preguntó, obligándolo a moverse rápidamente en posición de defensa para contrarrestar la acción inesperada de su contrincante. "¡Es muy fuerte!" pensó para sus adentros Dragón Marino, quien comenzó a temblar al contrarrestar las fuerzas, descubriendo que su poder no parecía afectar al joven que dio el sorpresivo golpe. "¡No!" exclamó el General Marina, lamentando no haber usado su casco en esos momentos, observando cómo Mjolnir, al sentir el poder de su amo, se movió con gran velocidad contra él inconteniblemente.

"¡Lo hice!" festejó Ull sonriendo, rompiendo su propia concentración y dándole a Lancelot la oportunidad de utilizar su propio Cosmo en una defensa rápida en un último instante que logró romper la mortalidad del ataque que llevaba Mjolnir.

Sin embargo, aunque uno de los Martillos se logró desviar del todo sin que lo tocara, la otra hacha golpeó de lleno a Lancelot en el rostro, lanzándole lejos para desplomarse pesadamente en medio de soldados que habían caído a lo largo del combate.

Las hachas regresaron a las manos de Ull, el cual inmediatamente brilló en poder para lanzarse corriendo contra su enemigo. El grito de guerra que profirió el joven hizo que Lancelot reaccionara, encendiendo instintivamente su Cosmo a manera de defensa, rechazando al joven hijo de Rung, quien cayó al lado contrario de su enemigo en el mismo tipo de terreno que el Atlante.

Un hilo de sangre ardiente escurrió por la boca de Ull, que hizo que su ira aumentara. Levantando la vista, para encontrar a su enemigo que lo observaba, agitado, caído desde el suelo, con su pómulo abierto por un corte preciso que Mjolnir le hiciera y que ya corría sangre.

Vapor escapaba por las bocas de ambos Guerreros, agitados por el esfuerzo del momento. Ambos se levantaron poco a poco.

"Vuestro padre me sorprendió en algún momento con sus habilidades guerreras, joven" dijo Lancelot quitándose la capa en un fluido movimiento. "¡No me avergüenza decir que sois un digno hijo de él!" soltando la prenda, Dragón del Mar se limpió con su mano izquierda la sangre que le escurría y molestaba al correr sobre su rostro. La observó con cuidado, tiñendo su mano y sus escamas. Mirando una vez más el rostro del muchacho, el cual lo observaba ya de pie y con sus hachas en mano, Dragón del Mar comprendió que sus espíritus de guerra son similares; y que la lucha entre ellos, sí era algo que escapaba a sus propias voluntades. "Ahora entiendo que desde que puse un pie en esta tierra de Asgard, todo estaba predeterminado para mi encuentro contra ti, joven Ull. Los Dioses así lo han dispuesto."

"¡Eso yo no lo sé!" respondió agitado el hijo de Rung. "¡Lo que sí sé es que siento un odio absoluto por ti! ¡Deseo reclamar la venganza que me debes por haber matado a mi padre!"

El camino de Midgardo hacia el vórtice se detuvo inesperadamente. Incapaz de comprender la causa, el joven observó con su único ojo, que una de las rocas salientes del techo de la caverna había atorado su capa de piel. Angustiosamente, víctima de la presión de la técnica de Dolbare, Midgardo siente como su ancla de inesperada salvación comienza a desgarrarse poco a poco.

"¡Debo de aferrarme a esto!" pensó angustiado el joven haciendo un gran esfuerzo, sosteniéndose con fuerza, evitando la técnica que comenzaba a debilitarse.

Enojado, Dolbare concluyó la emisión de su Cosmo, sintiendo que sus fuerzas menguaban rápidamente en comparación a la juventud y la fuerza de su hijo. Profiriendo un grito de frustración, se vio finalmente obligado a cerrar el vórtice, regresando la caverna a la calma. Respirando agitadamente, sin poder siquiera levantar su espada contra el muchacho, el cual cayó para acercarse a su propia espada, también con signos evidentes de cansancio.

Volviéndose hacia su padre, Midgardo encendió su Cosmo para alzar por encima de sí sus dos brazos juntos, mientras que la temperatura alrededor de ellos comenzaba a descender drásticamente, a pesar del calor que emanaba de la piedra como si fuese una plancha natural.1

"¡Finalmente ha llegado mi turno, Padre!" exclamó el joven, dibujándose tras de sí la figura del Dios Loki. "¡ANCIENT GOD'S WINTER!" gritó lanzando ahora un chorro helado a través de sus manos a gran velocidad.2

Elevando su propio Cosmo, el Sacerdote de Odín evitó el potente ataque de Midgardo, aprovechando el pequeño instante que la ejecución de la máxima técnica de su hijo le proporcionó, el Sacerdote pareció volar en su impulso para brillar, colérico, con la fuerza del Cosmo de Odín y gritar, cayendo sobre su hijo y posando su mano sobre su rostro:

"¡EVIL CLAW!" Una enorme presión cayó sobre Midgardo, quien se arrodilló para recibir el ataque de su padre, gritando al sentirse aplastado por la fuerza del Sacerdote.

"¡De rodillas ante tu padre, Midgardo!" ordenó Dolbare satisfecho. "¡De rodillas ante tu vencedor!"

Los gritos del joven en armadura naranja se combinaron con el de las chispas de energía que parecían recorrer su cuerpo y retorcerse en su propio padre, como si se trataran de enredaderas vivas moviéndose a gran velocidad. La presión aumentó, mientras que el suelo pareció comenzar a ceder ante el ataque. El hijo de Dolbare soltó su espada para caer finalmente contra el suelo, como si el pie de un gigante le hubiese pisado. Intentó resistirse y volverse a poner de pie, pero el ataque era muy fuerte.

Su vista comenzó a nublarse.

"Hermano... ¡perdóname!" susurró cerrando sus ojos y sumirse en una profunda oscuridad. "¡No pude cumplir mi palabra!"

El ataque concluyó. Dolbare respiraba agitadamente, observando con asombro, que las grietas en el suelo abiertas alrededor de Midgardo parecían emitir una luz rojiza que se colaba desde las profundidades de La Tierra. Mira a su hijo, quien yace con los ojos cerrados y respirando muy lentamente, sintiendo cómo el Cosmo de Midgardo disminuye con rapidez.

"¡Está muriendo!" reconoció el Sacerdote de Odín satisfecho. "¿Lo has visto Odín?" retó mirando hacia el techo de la cueva en un monólogo frenético. "¡He vencido a Midgardo! ¡El poder sigue siendo mío!"

Estalló en carcajadas violentas que lo estremecieron de pies a cabeza.

"¡Nadie puede conmigo!" declaró, arrogantemente. "¡Ni los Dioses!"

Erik ingresó en la recta final del camino que lo dirigiría a Atlantis. Con paso firme, el nuevo Señor de Asgard pudo observar la acumulación de nieve y los signos del paso de los Guerreros del Dios Poseidón por aquel paraje que lo habían dejado con marcas que ya el viento helado comenzaba a cubrir.

Como si de un espectro se tratase, un aullido pareció escucharse acompañado con el pasar del viento por sus oídos. El aire que daba vueltas, al igual que el negro remolino gigante que aparecía ante él, al final de un acantilado, el cual lo recibió con una macabra melodía.

"¡Ahí está!" se dijo a sí mismo, tragando saliva. Reconociendo que había llegado al último punto antes de abandonar Asgard. Miró al cielo, oscurecido en aquel sitio que parecía tan lejano de ser realmente, una parte del reino de Asgard que recordaba.

La nación del Norte de Europa, protegida por Odín. Aquí hacía frío, un frío que calaba hasta los huesos, parecido al de los inviernos más crudos que recordara. No, la vida en Asgard jamás había sido fácil, pero contaba con hermosos arroyos que durante la primavera y el verano corrían veloces sobre verdes prados. El sol brillaba lo suficiente como para dar la oportunidad de recorrer la ciudad o visitar los bosques para entrenar en compañía de sus amigos.

Erik sonrió recordando su infancia en compañía de Rung y de Balder, cuando los días parecían ser más felices y tenía un futuro que creía asegurado. Huérfano de madre casi desde el nacimiento, la tragedia del desprecio de su padre hacia él y una vida llena de injurias que habían traspasado las murallas del Valhalla, no habían sido determinantes en su formación al tener, en los Señores de Bilkskirnir, la familia que no tuvo en su propio hogar.

No, Erik no era un hombre acostumbrado a lamentar los acontecimientos negativos de su vida. Siempre había tenido una esperanza puesta en el futuro, con la convicción que a la luz de los últimos sucesos, hoy se antojaba bobalicona, ingenua.

Buscó los signos de que la armadura de Odín lo alcanzara y cerró sus ojos para poder percibir la presencia de su hermano. Abrió los ojos asombrado para mirar hacia el remolino que se mostraba furioso ante él sobre la superficie del mar.

"¡Siento presencias inmensamente poderosas más allá de ese remolino!" exclamó asombrado en su mente. "¡Pero una de ellas lo parece cubrir todo de forma absoluta!" se estremeció, reconociendo que era el Cosmo de lo que parecía ser un Dios y de pronto, le quedó más claro que su misión era una muy peligrosa. La fuerza tan absoluta de los poderes que percibía más allá de aquella feroz entrada le impedía poder reconocer los Cosmos de su hermano o de cualquier otro en Asgard.

"¡Odín!" cerró sus ojos en una oración. "¡Por favor, Señor de los Dioses, no nos abandones!" dijo elevando su propio Cosmo. "¡Odín, estoy clamando por tu ayuda!"

"Erik..." escuchó en su mente, apareciéndose lante de él la figura sobre los cielos de un hombre barbado que se miraba claramente entre las nubes. Portaba un casco de diseño elegante, que remataba en un par de alas. Sus ojos reflejaban sabiduría y pesar. "Puedo sentir en tu corazón que estás demandando que los Dioses luchemos."

"Señor mío..." bajó la cabeza Erik al escuchar las palabras del Dios Supremo nórdico. "No he querido ofenderte con mi actitud, ni siquiera reprocharte, pero hasta ahora el peso de la batalla ha caído sobre nosotros los Asgardianos como una maciza loza. Puedo sentir el poder de los Guerreros de Poseidón que aumenta, gracias a que su propio Dios los apoya, mientras que nuestros hombres entregan sus vidas en espera de un milagro que no parece llegar. ¿Acaso nos estás probando, Señor? ¿No hemos demostrado que somos dignos de recibir tus bendiciones?" concluye sus preguntas el nuevo Señor de Odín, levantando su rostro con la angustia reflejada en su mirada.

Odín escuchó las palabras de Erik.

"Erik, en este momento puedo decirte que tu hermano está en medio de una situación terrible que amenaza su vida, sin que cumpla el objetivo de despertar mi propia armadura. Si esto así ocurriese, Asgard parecería más propensa a la derrota, aunque he encontrado que podemos tener inesperados aliados en nuestra lucha contra Poseidón, más poderosos de lo que yo imaginaba."

"¿Qué dices, Señor?" preguntó Erik sin comprender el sentido de la revelación que hiciera el Dios Padre.

"Erik, Poseidón es un Dios que realiza en este mismo momento una cruzada en todo el mundo que ha hecho que estalle una Guerra Sagrada contra otra Diosa. Parece inevitable que yo participe, de una o de otra forma. Te he dicho que la capacidad de ustedes, los humanos, de levantarse y luchar contra todo aquello que parece ya decidido de antemano es una que admiro, pues escapa a la comprensión de los Dioses" admitió el Dios. "En vista de la gravedad del momento, yo te prometo que ayudaré a Midgardo para derrotar a Dolbare y obtengas el poder de mi armadura, conjuntamente con la Espada de Balmung."

"¡Gracias, mi Señor!" respondió Erik con la chispa de la esperanza y la alegría dibujadas en su rostro.

"Sin embargo..." agregó Odín, borrando de pronto la amplia sonrisa en Erik. "...Esto menguará mi poder en gran manera, con el despertar de mi armadura habré llegado al límite de mis fuerzas, al atentar contra mi mismo poder, residente en Dolbare" observando finalmente a Erik, el Dios Padre se dirigió una vez más a él. "¡Es tu deber salvar a Asgard con el poder que te deje, pues entraré en un período de somnolencia necesario para ayudar a que nuestra nación despierte y pueda protegerla una vez más!" guardando silencio unos segundos, Odín agregó. "Mi voluntad se moverá para asegurar el nacimiento de los Guerreros que ayudarán a reconstruir el Asgard que tú, Erik, deberás salvar y regir. Y después, dormiré, dormiré el sueño de mi Voluntad Divina."

"¿Nos dejarás, Señor?" preguntó Erik, temiendo el significado de aquellas palabras y aquella despedida.

"Mi poder permanecerá en este Asgard que me ha demostrado su amor y su valentía, Erik." explicó el Señor de los Dioses a su joven Representante. "Mi Cosmo protegerá el lugar y buscará a mis elegidos en el futuro, pero mi voluntad consciente no retornará sino hasta que el tiempo sea el adecuado."

"¿Hasta que el tiempo sea el adecuado?" cuestionó angustiado Erik, sin poder entender. "¡Señor!"

"¡Salva a Asgard, Erik!" ordenó Odín, desapareciendo poco a poco.

El aire pareció golpear la vista de Erik, que dio un paso adelante intentando detener a Odín sin éxito.

Ya estaba solo.

Alberich abrió los ojos para ver que había perdido el sentido por unos minutos. Se dio cuenta que estaba suspendido y que el suelo se encontraba aún muy lejos. Increíblemente, las ramas de los árboles habían detenido su caída, en un evento que jamás pudo haber previsto.

Se movió con sentido de urgencia, pues había permanecido desmayado no sabía cuánto tiempo; pero podía percibir el sonido de la batalla que se realizaba cerca de ahí. ¡Sus hombres no se rendían aún! Intentó encontrar el Cosmo de Aponus, pero pudo darse cuenta que éste se movía en dirección contraria a él... ¡Iba por Erik!

Zafándose del abrazo protector de los árboles, el joven se preguntó una vez más cómo tal cosa podría haber ocurrido, teniendo la sensación de que debía comprenderlo. ¿Por qué? No lo sabía, sólo tenía un presentimiento de que algo importante había pasado.

Bajándose poco a poco, Alberich pudo notar que había perdido su espada. ¡Eso no importaba ahora! Se dirigió a través del camino del Bosque de los Espíritus para llegar de nueva cuenta al claro donde se había realizado su encuentro con el General Marino. Mientras se movía, pensó haber perdido el juicio al sentir, a su alrededor, que alguien lo seguía...

¡No! No lo seguía, lo rodeaba. Detuvo sus pasos unos instantes para mirar a su alrededor, no encontró absolutamente nada, solamente los árboles, que le rodeaban.

"¿Qué es esta sensación que percibo?" se preguntó.

Los árboles parecieron estremecerse hasta sus ramas, cuando una ráfaga de viento les recorrió. Algo parecía comunicarse directamente con su espíritu, con su alma. El pelirrojo extendió sus manos, mirando cómo, invisibles para cualquier otro ojo humano, pequeñas chispas de energía parecían desprenderse de todo el bosque. Como si una explosión de miles de estrellas hubiese ocurrido, Alberich se vio envuelto en medio de algo parecido al cielo nocturno. Con curiosidad de quien está acostumbrado a investigar y a ser arrastrado por la pasión de los descubrimientos, el Señor de Megrez tomó una de aquellas chispas incandescentes para acercarla a su rostro.

Era como si el tiempo se hubiese detenido de pronto; olvidó absolutamente todo, incluso la necesidad y el apuro que llevaba. Las chispas comenzaron a moverse a su alrededor, hasta que conformaron una especie de cinturón de estrellas que giraban, teniéndolo a él como el centro de un minúsculo sistema solar. Luego, todas se lanzaron contra él, atravesándolo.

Por alguna razón, Alberich no sintió miedo. Cuando aquella energía lo tocó, su cuerpo pareció inundarse de una fuerza que hizo que abriera sus ojos asombrado al recibir conocimiento. El conocimiento que él, hasta entonces, pensaba tener, al saber de Asgard más que ningún otro Asgardiano. Pero ahora no era conocimiento, era conciencia. Era como, si de pronto, fuese uno con el suelo de aquel bosque que le había regresado las fuerzas, por medio de su propia energía.

Miró a sus alrededores, buscando elfos, enanos o gnomos, ecos de religiones ajenas cuando se hablaban de los habitantes del Bosque, pero no hubo nada de ello. Solamente la vitalidad de una tierra que se había despertado para ayudarle, para rechazar a un enemigo que había venido hasta ella para destrozarla.

Alberich, por vez primera, pudo comprender y descubrir que la razón por la que aquel Bosque, de nombre originado en las tinieblas del pasado, había sido llamado así. Los Espíritus del Bosque ahora le hablaban, le indicaban cómo moverse.

"¿Estaré loco?" se preguntó por un momento, dejando que su mente científica le permitiera sentir aquella pequeña duda. "¡No!" se respondió a sí mismo firmemente. "¡Yo no morí porque el Bosque me ha protegido!"

Haciendo caso a una especie de nuevo sentido de dirección, Alberich pudo moverse por una ruta más rápida, que lo reunió con el grupo de hombres que se encontraban en un momento difícil de la lucha. Habían logrado acortar la distancia numérica con sus enemigos, pero el cansancio ya hacía presa de ellos en una batalla que tomaba ya demasiado tiempo. Se encontraban en un momento en que ambas fuerzas eran iguales. También estaban desmoralizados, pues ambos de sus líderes habían desaparecido.

"¡Asgardianos!" exclamó Alberich, sintiendo ese poder nuevo que surgía desde su interior. "¡Retrocedan!" gritó el pelirrojo.

¡El Bosque parecía indicarle lo que debía de hacer!

Sin dudarlo, los hombres de Asgard hicieron caso a las palabras del Escribano, pensando que llamaba a la retirada y al regreso a Valhalla. Adelantándose, el pelirrojo impidió con una presencia que brillaba en Cosmo intimidante, que los hombres de Atlantis pudieran alcanzar a su ejército.

"¡Atlantes!" gritó. "¡Ahora verán que cuando Asgard se levanta, lo hace completamente!" concluyó. Las oraciones que pronunciara desde el comienzo de la pelea parecían haber caído en los oídos de alguna Deidad generosa que le regaló este nuevo poder. Un Cosmo extraño, totalmente diferente al que jamás los Guerreros de Atlantis hubieran sentido, los invadió. Como si se trataran de fantasmas, dos emanaciones de Cosmo salieron del cuerpo del pelirrojo, moviéndose a gran velocidad e internándose, sin siquiera tocarles, en el Bosque.

"¡Es un truco barato!" exclamó uno de los Atlantes desesperado ante la interrupción. "¡Vamos contra ellos!" Gritó.

Intentaron moverse, pero no pudieron. ¡Se encontraban paralizados, llenos de miedo! Alrededor de ellos, el suelo comenzó a temblar; y como si fueran seres salidos de la imaginación más fantástica, los árboles parecieron caminar hacia ellos, al comenzar a moverse con vida propia. Alberich abrió los ojos para tranquilizar a los propios Asgardianos que sintieron miedo ante estos eventos.

"¡No teman!" ordenó. "¡Es nuestra patria que lucha junto con nosotros!"

El suelo se estremeció, deteniendo a lo lejos a Aponus, Caballo de Mar, al sentir de repente que todos los Cosmos de sus hombres se apagaban al mismo tiempo. Lleno de ira, decidió no regresar. La batalla estaba perdida allí, pero si llevaba al nuevo Señor de Asgard ante Poseidón, quizá podría aún recuperar algo de la gloria que se le había escapado de sus manos.

Lancelot evitó uno de los golpes lanzados por Ull contra su rostro, barriendo su pierna y haciendo que el hijo de Rung cayera al piso pesadamente.

El joven abrió sus ojos alerta, observando cómo el General Marina levantaba su pie para asestarle una patada llena de incandescente Cosmo. Al moverse, se impulsó hacia arriba, para responder con otra patada que el Dragón del Mar esquivó con gran agilidad. El hombre de cabellos negros aguardó en el sitio a que el hermano de Balder descendiera al suelo, presto a continuar con el ataque.

"¡Estamos perdiendo el tiempo, Ull!" exclamó el hombre. "¡Ambos sabemos que estos ataques no nos llevarán a nada!" se veía cansado ante el ejercicio prolongado de una batalla, lo mismo que el joven. "¡No podemos seguir así!"

"¡No hables por mí, Lancelot!" respondió Ull, desafiante. "¡Yo continuaré luchando hasta haber cumplido con mi misión!"

"¡Ja!" se rió el General Marina con una sonrisa retorcida. "Probablemente tú sí, ¿pero estáis seguro que vuestros hombres lo aguantarán?" preguntó.

Ull observó hacia atrás de Lancelot, para ver cómo poco a poco, el ejército Asgardiano mostraba claros signos de cansancio, mientras los Atlantes parecían comenzar a ganar terreno. Desesperado, miró de vuelta al General Marina, que ya comenzaba a brillar en energía.

"¡Muéstrame el poder del que te dices ser continuación, Ull de Bilkskirnir!" desafió el General Marina. "¡Dejemos que nuestros poderes decidan quién de los dos es el más poderoso al final!"

Mirando las hachas Mjolnir, Ull comprendió que tenía la desventaja de que la técnica que su enemigo esperaba, era una que ya conocía de antemano; mientras que él, no tenía idea de la clase de poder que éste poseía. El joven cerró los ojos, pensando en su padre, en su madre, en su hermano...

"¡Padre!" llamó, tomando entre sus manos el relicario con el cabello de la dulce Freya. El joven abrió los ojos, soltando las hachas que cayeron pesadas al suelo ante la mirada absorta del General Marina del Dragón. "¡En esta ocasión debo confiar en mí mismo!"

"¡Veo que habéis decidido rendirte!" gritó Lancelot magnificando su Cosmo y preparándolo para la explosión de poder que arrojaría. "¡Finalmente creo que esperé demasiado de ti!"

"¿Crees que caeré en tu trampa? ¡Tú has visto ya antes mi técnica!"

"¡Así que a esto hemos llegado!" respondió Lancelot, cambiando su gesto por uno de furia. "¡Hasta ahora te había respetado por la pasión que habíais puesto en la contienda, pero ahora veo que no sois más que un despreciable chiquillo incapaz de cumplir con lo que promete!" Abriendo sus brazos listos para lanzar su poder, concluye. "¡Sois una vergüenza para tu padre!"

Haciendo caso omiso de aquellos insultos, Ull elevó su propio Cosmo para desenvainar su espada. Mirando de vuelta a su enemigo, el hijo de Rung amenazó.

"¡Te haré tragar esas palabras!"

"¡TIDAL WAVE!" gritó Lancelot, lanzando una poderosa corriente de Cosmo que parecía una marejada salvaje, capaz de destrozar una montaña.

"¡SURTUR'S FLAME SWORD!" exclamó de vuelta Ull haciendo uso, por vez primera, de la técnica que hubiera desarrollado en sus entrenamientos con su padre.

La espada que empuñaba se incendió y se mostró al rojo vivo, mientras que detrás de Ull, se dibujó la figura de un gigante cósmico.

"¿Qué es esto?" cuestionó Lancelot asombrado, al ver que la espada era clavada en el piso por el joven comenzando a empujarla, con fuerza magnificada por Cosmo, rompiendo el suelo allí mismo. De la grieta abierta, un haz de luz apareció pareciendo alcanzar el cielo, mientras que el suelo pareció comenzar a partirse, siguiendo el camino trazado por el gesto del hijo de Rung.

Dragón del Mar observó cómo el suelo parecía iluminarse para estallar en una grieta luminosa que se dirigía a toda velocidad contra él, partiendo en dos su técnica recién lanzada y que lo alcanzó para golpearle fuertemente, arrojándolo a muchos metros, lejos de allí.

"¡Nos volvemos a encontrar!"

Erik se volvió para encontrar, ante sí, la figura del hombre que viera en el Bosque de los Espíritus ejecutar la técnica que casi derrotara a Alberich.

"¡Tú!" exclamó. "¿Dónde podía estar Alberich?" se preguntó. "¿Fue derrotado por éste?"

Aponus lo miró con una mueca.

"Si te preguntas sobre el paradero de tus hombres y aquel que te decía 'Señor', puedes estar seguro que han muerto por mis manos" mintió el General Marino. "¡Fue demasiado fácil luego de que lo dejasteis casi muerto para enfrentarme!"

"¡No te creo, extranjero!" replicó Erik, acallando las carcajadas que el hombre comenzara a proferir tras concluir su mentira.

"¿Qué habéis dicho?" preguntó Caballo de Mar.

"Para mí me queda claro que tu presencia aquí, ante mí, sin ninguno de tus hombres no significa más que una cosa: Su derrota a manos de Alberich" respondió Erik con tranquilidad.

"¿Cómo podéis estar tan seguro de eso?" indagó Aponus enojado, descubierto en un momento vergonzoso.

"¡Si hubieras ganado te encontrarías dirigiendo a tus hombres con dirección al Valhalla para rodear a los Asgardianos que luchan defendiendo el Palacio desde el otro punto que decidieron atacar! ¡Alberich lo sabía y planeaba derrotarte para poder hacer exactamente lo mismo que ustedes planeaban en su contra!" Las palabras hicieron abrir los ojos a Aponus sorprendido. Su deshonra sería conocida incluso por sus enemigos. "¡Veo que Alberich lo logró, ahora mismo debe de dirigirse en contra de tus aliados que verán cómo la derrota llega inexorable hasta ellos!"

"¡Puede que tus palabras sean reales, maldito Asgardiano!" escupió Aponus. "¡Tal vez Asgard pueda estar a punto de ganar estas batallas, pero no ha ganado la guerra!" añadió. "¡Aún hay más Generales Marinos que pueden terminar el trabajo y quizá, yo tenga oportunidad de ofrecer un regalo que significará mucho para mi Señor Poseidón!" concluyó con una sonrisa vil. "¡El mismísimo nuevo Elegido para gobernar Asgard!"

"¡Eres despreciable, Atlante!" insultó Erik. "¡Ya deberías saber que como asgardiano que soy no te resultaré tan fácil de derrotar!"

"¿Tan seguro estás de eso, Asgardiano?" cuestionó Aponus alzando su Cosmo una vez más. "¡RISING BELLOWS!" gritó, liberando por su boca el terrible Cosmo de un huracán que golpeó a Erik, quien fue lanzado al remolino arrastrándolo hacia Atlantis incapaz de hacer nada.

Detrás de él, Caballo de Mar brincó detrás de su presa, pensando que Poseidón se sentiría muy satisfecho de recibir aquel regalo inesperado.

"¡Midgardo!" exclamó la voz en medio del mar de oscuridad en que el joven se había sumido. "¡Midgardo!"

"¿Quién eres?" preguntó confundido, sintiendo que las fuerzas se le escapaban.

"Soy Loki, Midgardo" respondió la voz del Dios. "¿Te has dado ya por vencido, tan pronto?"

"Señor..." dijo el joven. "¿Qué puedo hacer? El hombre al que enfrento está lleno del poder de los Dioses y conoce cada uno de mis movimientos por anticipado."

"¡Debes levantarte, Midgardo!" ordenó Loki. "¡No puedes permitirte caer y no cumplir con aquello que habíamos prometido!"

"¿Qué puedo hacer contra un hombre que conoce tanto sobre mí?" preguntó el gemelo de Erik.

"Puedes hacer uso del poder que yo mismo te puedo otorgar, Midgardo" respondió la voz que hablaba al hombre herido. "¡Yo soy el Dios del Caos! Tu entrenamiento es contrarrestado por Dolbare mediante un orden preestablecido que puedes anular."

"¿Qué has dicho?" cuestionó Midgardo, comenzando a comprender las palabras del Dios.

"¡Levántate, Midgardo!" arengó Loki. "¡Y despierta el poder de mi armadura!"

Lancelot se puso de pie furibundo. Aquel jovencito se había atrevido a golpearle como jamás nadie lo había hecho. Su rostro herido y lanzado de un lado al otro en más de una ocasión. Se había dado cuenta que era un Estratega pobre, por no haber considerado esta clase de sorpresas desagradables y se prometió no ser sorprendido ni una sola vez más.

Caminando con decisión, se acercó hasta donde se encontraba antes. Ull se encontraba aparentemente hablando con su montura, a la cual golpeó en un anca para dejarla ir por los caminos, alejándose del campo de batalla. Con tranquilidad, el joven enfundó su espada y se acercó hasta donde se encontraba el hombre de Poseidón, quien lo miraba fijamente.

"¡Pensé que tenías prisa por terminar esto, Lancelot!" dijo con voz tranquila, saboreando el momento luego de observar a su enemigo con fría calma.

El General Marina observó hacia el cielo, calculando que no debería de faltar mucho para que Aponus y sus hombres se reunieran a la batalla y asestar así el golpe final a los Asgardianos. ¡Ya no le importaba que esto se lograra mediante los refuerzos de aquellos hombres! ¡Todo lo que importaba era poner fin a esta pelea que ya había sido demasiado larga!

"Reconozco que esta lucha ha sido mucho más difícil de lo que jamás me lo planteé, Ull de Bilskirnir" indicó Lancelot. "¡Aunque pronto esta llegará a su fin por un golpe devastador que he pensado darle a Asgard!" anunció.

Aquellas palabras alertaron al joven hijo de Rung que cuestionó.

"¿Qué quieres decir?"

"¡El sol se ha puesto finalmente y desde el corazón de Asgard descenderá la última muerte, la tuya y la de tus hombres!" profetizó Lancelot. "¡Mis hombres habrán derrotado ya a la Guardia Asgardiana y se nos reunirán para acabar contigo! ¡Han peleado valientemente, Ull, sin embargo, yo he sido superior por prevenir esto!" Lancelot decidió no mencionar que desde hacía algunos instantes su dificultad por percibir cosmos en Asgard se había convertido en una imposibilidad. El General Marino del Dragón ignoraba que, tanto Loki, como Odín, guardaban ya su nación.

Ull miró hacia las murallas de la ciudad de Asgard a sus espaldas, luego observó a sus hombres en el campo de batalla, aún luchando con todas sus fuerzas, pero cerca de caer exhaustos. Por un momento temió, temió que las amenazas de Lancelot se cumplieran, preguntándose qué habría ocurrido con Alberich y su ejército.

La respuesta pareció llegar cuando a lo lejos, desde la entrada que conducía al Bosque de los Espíritus, observó cómo, silenciosamente pero con paso firme y disciplinado, apareció el pelirrojo Señor de Megrez junto con sus hombres. Ull sonrió para decir.

"¿Y qué pasaría si las cosas ocurrieran totalmente opuestas a lo que has pensado, Lancelot?" preguntó Ull con sorna.

"¡Imposible!" bufó con soberbia Lancelot. "¡Jamás han fallado mis estrategias!"

Ull estalló en carcajadas al observar el rostro confiado de su enemigo, quien indignado ante esta reacción cuestionó.

"¿Has perdido finalmente la cordura y te ríes ante el rostro de tu segura derrota, Asgardiano?" Lancelot intentaba guardar una compostura que estaba perdiendo.

"¡Mira detrás de ti, Lancelot!"

"¡Debes de estar bromeando!" se rió el General Marino. "¡No voy a caer en un truco tan viejo como ese!"

"¡ASGARDIANOS!" se escuchó una voz que venía desde el punto que Ull pidiera a Lancelot que observara. "¡MUERTE A LOS INVASORES!"

Con asombro, Lancelot y sus hombres se volvieron para ver, corriendo a toda prisa un numeroso contingente de nórdicos dirigidos por un pelirrojo que chocó en una ola contra los asombrados invasores. Mirando de vuelta a Ull, con enojo, Lancelot gritó.

"¿Cómo es posible que yo, el General Marino más brillante haya fallado en esto? ¿Cómo es posible?" proclamó enojado.

"¡Has sido vencido por el coraje y la inteligencia del más brillante de los Asgardianos, Dragón de Mar!" sonrió Ull. "¡Por Alberich de Megrez!"

La súbita aparición de Alberich en el campo de batalla, encendió los ánimos de los cansados Asgardianos quienes redoblaron sus esfuerzos sabiendo que el final del combate se acercaba.

Dragón de Mar estalló su Cosmo lleno de furia para volverse hacia Ull y amenazar.

"¡Sentirás en carne propia mi técnica definitiva, Ull de Bilkskirnir!" amenazó el General Marino, furioso. "¡Y me iré con el precio de tu vida entre mis manos!"

Dolbare se puso de pie luego de observar largo rato a su hijo inmóvil. Había logrado descansar y sopesado el hecho de dejarle vivir, quizá aún bajo su influencia o matarle. Al final, Midgardo no parecía haber sido capaz de acceder al poder del Dios Loki, lo que le daba la oportunidad de seguirle controlando. Pero luego, pensó que su hijo se encontraba ya moribundo, su Cosmo era una pequeña llama que parecía estar cerca de extinguirse y no quiso dejar pasar la oportunidad de ser él, Dolbare, el que terminara con aquella vida que engendrara en el pasado. La existencia de aquel joven había resultado por un error de Odín y ahora suyo. Maldijo por enésima ocasión el hecho de que no pudiera utilizar, a pesar de todo, la totalidad del poder del Dios Padre. Hubiera deseado poder invocar el despertar de los Guerreros Divinos, pero sin la cooperación del otro poseedor del poder de Odín, tal tarea le resultaba imposible.

Caminó poco a poco hasta llegar al sitio donde cayera la espada de manos de Midgardo, para tomarla entre sus manos y poder asestar el golpe final. Lo mataría como su hijo había hecho con Balder: atravesándole la espalda, como signo del traidor que era.

Se agachó para tomarla cuando el cuerpo del joven se estremeció para impedir que la tocara. Dolbare retrocedió al sentir el Cosmo del joven incendiarse iluminando su cuerpo.

"¿Qué es esto?"

"¡No te atrevas a tocarla con tus sucias manos!" exclamó Midgardo poniéndose de pie con rapidez asombrosa, su Cosmo expandiéndose a gran ritmo.

"¿Cómo es posible que tenga este Cosmo?" se preguntó Dolbare desenfundando su propia espada al notar las intenciones de su hijo. "¡Estaba casi muerto!"

Impulsándose con un potente salto, Midgardo se lanzó contra el Sacerdote de Odín en un ataque que estaba llena de una nueva ferocidad. Sus movimientos, más ágiles que hacía unos minutos, hicieron que el antiguo Señor de Asgard se desestabilizara.

La agilidad de Midgardo era portentosa y su mirada estaba concentrada, fija en contra de su padre, a través del único ojo que le quedaba. Era casi como una danza la que él realizaba, con movimientos que iban más allá de cualquier cosa que él jamás le hubiese visto realizar, porque eran movimientos que jamás le enseñara. Asombrado, el anciano fue lanzado poco a poco hacia atrás, sorprendido e incapaz de reaccionar más rápidamente a pesar de la maestría propia con la que manejaba la espada.

"¡Loki!" reconoció Dolbare en su mente al sentir el creciente Cosmo de su hijo. "¡El Dios está despertando en el Cosmo de Midgardo!"

Sabedor de esto, Dolbare supo que tenía que incendiar el poder de Odín una vez más en su Cosmo si quería tener una oportunidad. Invocando el poder del Dios Padre, la fuerza del anciano se renovó, dejando atrás las limitaciones de la edad o el cansancio.

La ferocidad de su contraataque hizo que Midgardo se defendiese, sin dejar de intentar seguir en la pelea con la ventaja de la ofensiva. Chispas se encendieron al cruzarse las dos espadas alimentadas por el poder de los Dioses. ¡Loki contra Odín!

Midgardo repitió el movimiento girando y lanzando un golpe a su padre una vez más, que recibió con la defensa que mostrara momentos antes el anciano. Como lo esperara, su golpe fue detenido por aquella maniobra magistral, pero el joven no se rindió aplicando más fuerza que hizo que su propia mano girara también de forma casi sobrehumana, rompiéndose la muñeca con el movimiento, logrando con la audaz táctica herir al anciano en la mano que gritó, lleno de dolor, soltando su propia espada.

Dolbare retrocedió, observando como su única defensa había quedado atrás. Miró a su hijo, quien había hecho una pausa tras su sorpresivo movimiento; observó el movimiento dislocado de su propia muñeca que había resultado lastimada al intentar derrotarle. Elevando su Cosmo, el Sacerdote gritó: "¡ESCUDO DE ODÍN!"3

El ken que abrió el portal a otra dimensión comenzó a abrirse poco a poco.

Erik abrió los ojos para encontrarse en un sitio desconocido. Un silencio sepulcral parecía rodear el lugar. Una enorme ciudad se dibujó a lo lejos de las extrañas colinas que le rodeaban. El camino que recorriera en su caída lo había llevado hasta Atlantis, el Continente de Poseidón.

Observando al cielo, pudo notar que la noche había caído, pero que en ese lugar las estrellas se observaban claramente. El aire era mucho más cálido. ¡Estaba ya muy lejos de Asgard!

Un poder enorme pareció extenderse por todo aquel sitio, la presencia de un Dios desconocido para él. Unos pasos se escucharon, se volvió para encontrar al responsable de los mismos. Ahí, delante de él, estaba Aponus, Caballo de Mar.

"¡No te resistas más, Señor de Asgard!" advirtió el hombre. "Te salvasteis por el portal que os trajo hasta aquí, pero no correréis con la misma suerte una siguiente vez."

"¿Dónde está Poseidón?" indagó Erik recuperándose de la sorpresa. "¡Tengo que ir hasta donde él se encuentra!"

Aponus lo escuchó para reírse fuertemente.

"¡Yo te llevaré hasta él, idiota!"

"¡Vamos entonces!" replicó Erik sin oponer resistencia.

"¡VIDA PRIMIGENIA!" gritó Dragón de Mar expulsando su terrible Cosmo ardiente contra Ull de Bilkskirnir.

El joven fue envuelto en el aire caliente que pareció absorber su propio Cosmo en un ataque brutal desconocido para él. Intentó gritar, pero no pudo, sintió como sus pulmones parecían quemarse al contacto de la atmósfera que parecía fuego líquido. Llevándose sus manos al cuello, el valiente hijo de Rung cayó, intentando escapar. En su camino encontró a su paso, entre sus manos, las hachas que hiciera a un lado en la pelea. Mirando rápidamente para encontrarse con ellas, el joven pensó que su padre parecía estar ahí, a su lado, protegiéndole.

"¡Ull!" escuchó la voz de su padre en su mente. "¡Confía en tu poder! ¡Lanza por una vez más a Mjolnir!"

"¡Es inútil!" insultó Dragón Marino. "¡Mi técnica no te dejará ir hasta que estés muerto!"

Ull apretó entre sus manos las hachas para encender su Cosmo, que parecía ser exprimido de su ser como se extrae el agua de una esponja. Con dificultad se puso de pie, sintiendo como su piel comenzaba a quemarse rápidamente.

"¡LORD OF THUNDER!" exclamó con un esfuerzo sobrehumano, envolviendo a Mjolnir lanzándolo al cielo con fuerzas insospechadas para el propio Lancelot.

Alrededor del sitio donde el hijo de Rung luchaba, Alberich hizo una pausa en su combate para observar como los truenos parecieron chocar entre las nubes.

"¡Ull!" dijo reconociendo la figura del hombre que parecía envuelto en aire licuado. Delante de él, otro Marino de Poseidón brillaba con un gran Cosmo con los brazos levantados.

Los cielos parecieron iluminarse con fuerza, como si de pronto la noche hubiera dado paso al día, cuando un rayo, un solo rayo conformado por incontables relámpagos, se abalanzaron como una enorme columna de energía que cayó sobre Dragón Marino.

"¡NO!" gritó Lancelot al recibir el castigo, sintiendo cómo al contacto con la energía que recibió sin poder defenderse, atravesó su ser quemándolo al instante. La maldición de moverse más rápido que un humano normal radica en que los momentos pequeños se prolongan en terribles longitudes. Para el ojo normal, Dragón Marino habría muerto instantáneamente, pero para la conciencia del Guerrero de Poseidón, su muerte habría tenido una agonía lenta, prolongada por el poder de su propia armadura, que quedaría tirada en el suelo sin su portador el cual, se habría evaporado convirtiéndose en cenizas.

Ull respiró agitadamente, sosteniéndose con gran esfuerzo para presenciar, con sus propios ojos, que la técnica de su padre habría surtido el efecto que deseaba.

"¡Todo está hecho ya!" declaró el joven, demasiado agotado siquiera para llorar. "¡Padres!" concluyó cayendo pesadamente contra el suelo.

"¡Ull!" gritó a lo lejos Alberich, quien corrió hacia el lugar donde el valiente hijo de Rung cayera.

El portal a otra dimensión se abrió poco a poco frente a Dolbare. En su cuerpo sintió una presión como jamás antes lo había hecho.

"¡Estoy cansado!" pensó el Sacerdote de Odín. "¡He luchado ya mucho!"

"¡Dolbare!" escuchó en su mente la voz del Dios Padre. "¡Has llevado muy lejos tu ambición sobrepasando incluso tus propios límites!"

"¡Odín!" exclamó Dolbare sintiéndose ante la presencia de la deidad.

"¡No permitiré que sigas utilizando mi poder para tus sucios propósitos!" advirtió Odín. "¡Aunque tenga que luchar contra mi propio poder!"

La energía del portal se volvió inestable en frente de Dolbare. La cueva pareció estremecerse ante el esfuerzo de contención que el Cosmo de Odín realizó.

"¡No!" se quejó Dolbare redoblando sus esfuerzos por abrir el portal. "¡No permitiré que me traiciones de esta forma tan vil! ¡Es imposible que te levantes contra uno de tus representantes!"

"¡Desde hoy, Dolbare, no hay imposibles para lo que puedo o no hacer yo con aquellos a los que les he dado mi poder!" proclamó el Dios.

Un temblor recorrió la gruta haciendo que polvo y piedras se desprendieran de su techo. Midgardo observó la lucha que Dolbare ejercía con su Cosmo ante la presencia divina que tenía enfrente.

"¡Ahora es el momento de atacar, Midgardo!" escuchó el joven la voz de Loki hablando directamente a su cabeza. "¡Odín está luchando para darnos una oportunidad!"

"¡Sí!" dijo el hermano de Erik. "¡Lo haré!"

"Midgardo, recuerda que debes destruir también mi armadura, con la ayuda del poder de Odín será posible, así despertarás los ropajes sagrados de mi hermano y podrás, a tu vez, ayudar al tuyo propio." recordó la voz de Loki.

Las órdenes fueron claras para Midgardo quien asintió valientemente. Brincando por encima de Dolbare que se revolvía enojado con el poder de Odín que iba cediendo finalmente, el joven cayó detrás de su padre para tomarle de entre los hombros y hacer estallar su propio Cosmo en una cacofonía de Cosmos, divinos y humanos que hicieron retumbar el suelo de todo Asgard.

"¿Qué demonios haces?" preguntó Dolbare, quien en su cuerpo mostraba los signos del esfuerzo que luchar contra Odín le había provocado. Su propia piel parecía estar palideciendo. Sus ojos y sus oídos comenzaron a sangrar en la explosión de poder que el glorioso Cosmo de Midgardo explotó. "¡Vas a morir, imbécil!"

"¡Lo sé, Padre!" informó de vuelta Midgardo, quien pudo sentir su piel arder conforme la armadura de Loki comenzaba a agrietarse poco a poco. "¡Y lo hago feliz sabiendo que eso salvará a Asgard y a mi hermano!"

"¡Gusano infeliz!" maldijo Dolbare haciendo arder su propio Cosmo a su vez en un momento suicida. "¡No te daré el gusto de ser tú quien me mate, sino de ser yo el que te destruya con mi propia vida!"

Odín, Señor de los Cielos, apareció por última vez ante la escena, lo mismo que Loki, que apoyó a su elegido con su poder. Observándose entre sí, los Dioses asintieron y declararon.

"¡Todo queda en manos de los humanos y el destino a partir de ahora!"

"¡Erik!" pensó Midgardo, cerrando su ojo sano y recordando a su hermano y en la efímera felicidad que pudo sentir al encontrarle.

La energía liberada por Dolbare y Midgardo comenzó a crecer poco a poco, adquiriendo el rojo-blanco que destruyó finalmente la poderosa armadura de Loki, mientras que los dos hombres, envueltos en la última pelea de sus vidas, estallaron en una vorágine desbocada de energía que rompió los suelos que los sostenían y abriendo, con una columna cósmica, el techo de la gruta. La explosión fue tan intensa que una vez más el suelo de Asgard se estremeció totalmente, cuando la explosión pudo ser vista y escuchada desde todas partes del reino.

Alberich ordenó a sus hombres llevarse a Ull a Valhalla cuando, nuevamente, el suelo se estremeció.

"¡Señor!" gritó uno de sus hombres. "¡Mire allá!"

El hombre señaló con dirección al noreste, donde una inmensa luz apareció con dirección al cielo. Un temblor sacudió el piso, haciendo que los caballos y los hombres presentes sintieran temor de lo que pudiera ocurrir.

"¿Qué es eso, Señor?" preguntaron entre gritos los soldados de Alberich, al observar a lo lejos, la enorme figura parecida a un hongo que se dibujó en medio de humo que tenía por fondo una enorme luz que iluminaba, una vez más la noche de Asgard.

Pocos momentos después, la luz desapareció, y la oscuridad los envolvió una vez más.

Una luz abandonó, como una estrella, el Valhalla. Confundidos los hombres corrían de un lado al otro sin poder comprender lo que ellos presenciaban. El lucero que se alejó del Palacio se dirigía hacia el norte, con rumbo hacia donde Erik emprendiera sus pasos.

Alberich, Señor de Megrez, comprendió que Midgardo había cumplido su misión y que su vida, como la del antiguo Sacerdote de Odín, habían dejado de existir.

Asgard habría derrotado a sus enemigos, pero por primera vez desde generaciones, se encontraba sola, sin la presencia de Odín y su elegido en la nación.

El Ocaso de los Dioses había llegado.

Concluirá...

1 Para aquellos que hayan identificado esta cueva con la misma que viéramos como sitio de entrenamiento de Hagen de Merak Beta, está en lo correcto. Sin embargo, deben de imaginarse esta misma caverna sin una piscina de Magma hirviente, ése está por debajo del piso.- Nota del Autor.

2 A fin de facilitarles lo que estoy describiendo, les comento que la postura que adopta Midgardo es exactamente la misma que Camus utiliza para realizar La Ejecución de la Aurora.- Nota del Autor.

3 ¿No es curioso que Dolbare pareciera que tiene un control similar al de Saga y Kanon en el control de apertura de Puertas Dimensionales?- Nota del Autor