"Los sacrificios de los valientes Héroes de Asgard abrieron para toda la nación la oportunidad de un brillante futuro en medio del invierno que significó el Ocaso de los Dioses.
Desde que acontecieron los terribles hechos de la Guerra del Ragnarok en nuestra Tierra, un perenne invierno cayó sobre ella, para que los corazones de sus habitantes pudiesen purificarse a través del dolor y el frío.
Poseidón, terrible Dios de los Mares, había sido derrotado en nuestra orgullosa nación, pero su engreimiento y soberbia impedían que no reconociera a Asgard como si fuese una de sus posesiones. Su codicia había significado el final de una civilización entera1, además de haber puesto en movimiento una Guerra que se luchaba desde diferentes frentes.
Llegando hasta el Palacio del Dios de los Océanos, el último Guerrero de aquella terrible batalla estaba por librar una lucha sin igual en los antiguos anales de la historia. Y la luz de la esperanza que otra Diosa, desconocida para nosotros entonces nos daría, sería suficiente para que Asgard encontrase su misión sobre la Tierra.
¡Alabanzas a Athena y a sus valientes Guerreros! ¡Alabanzas a los grandes Héroes de Asgard! Pues con estos acontecimientos se develó que los sucesos más terribles, o los más sublimes, son posibles de realizar siempre desde el corazón de los que nos sentimos los más simples mortales.
Uno a uno, cada copo de nieve producen grandes aludes o majestuosos glaciares. Semejantes a los Dioses, somos capaces de mover una pequeña roca, capaz de destruir o edificar; la esencia de aquello que puede significar la diferencia, es lo que habita en nuestros corazones, manifiesto en nuestras acciones y pensamientos diarios.
El Ragnarok fue una guerra terrible, pero tristemente no la última. Con la esperanza de la supervivencia quedó en nuestras manos la oportunidad de construir o destruir. Por ello, es que estas palabras hoy son escritas, para que las generaciones futuras de Asgardianos y los habitantes del mundo, tengan la conciencia clara de que los humanos, sólo ellos, pueden erigirse como los salvadores de la promesa brillante de un futuro magnífico, o como aquellos que con su ignorancia y su indiferencia, pueden dejar el campo libre a la amenaza del olvido y el polvo de la muerte."
POLLUX DIOSCUROS presenta:
DIE RAGNAROK LIED
Canto VI: La Ardiente Batalla de los DiosesAponus, General Marino de Poseidón, empujó a Erik por los hombros mientras lo hacía recorrer las calles semidestruidas de Atlantis, lugar de residencia del Dios de los Mares.
"Ahora puedo comprender porque tu Señor posó su mirada en Asgard, Aponus" reflexionó en voz alta el Señor de Asgard. "¡Grande es la destrucción de su nación!"
Enojado, Caballo Marino respondió con tono airado.
"Siempre en las guerras hay destrucción, depuesto Señor de Asgard, pero no dejéis que vuestro corazón se envanezca, dejando que el amor por vuestra patria nuble vuestro juicio: mientras exista Poseidón, la destrucción de Atlantis es solamente un deseo pérfido de los enemigos de nuestro Dios."
Erik escuchó aquellas palabras, pensando en la seguridad que había detrás de ellas. Aquella pasión y aquella confianza en su Señor hacían que este enemigo fuese uno tan terrible. Comprendió, en toda su magnitud, la falla que los Asgardianos habían tenido al abandonar su fe y cuánto de ello había influenciado en el destino que el país nórdico había sufrido. Mientras caminaban por un amplio sendero pudo notar que su captor se mostraba nervioso, pues presencias poderosas parecían haber hecho su presencia en Atlantis. El aspecto del Santuario del Dios era el mismo que Asgard tuviera al ser víctima de la primera oleada de invasión que habían sufrido.
Una enorme explosión que provino de un sitio alejado cimbró el suelo y los hizo detenerse un poco, mientras que las columnas de los hermosos Templos parecían desprender una fina capa de polvo y piedras luego de comenzarse a agrietar con leves sonidos sordos.
"Poseidón tiene enemigos poderosos" pronunció Erik en voz alta.
Al escuchar aquellas palabras, Aponus lo detuvo para volverlo hacia sí con un tosco movimiento y dar un par de violentas bofetadas en el rostro del Señor de Asgard.
"¡Callad vuestra lengua viperina, Erik! ¡No abuséis de mi paciencia! ¡Hasta ahora te he considerado un prisionero útil para Atlantis, sin embargo, puedo aún arrepentirme!" amenazó.
Erik lo observó estoicamente. Las bofetadas habían hecho mella en su rostro, un fino hilo de sangre escapó por una de las comisuras de sus labios, partidos por los impactos. Analizó aquella mirada y aquellos gestos agitados, que Caballo de Mar había mostrado con esa reacción.
"Están perdidos" dijo en voz alta. "Hasta ahora vuestra confianza era lo único que aún podía ayudarles, pero en estos momentos puedo observar el miedo de la derrota ya reflejado en tu rostro" añadió. "¡Ya te sientes derrotado!"
"¡Calla, infeliz!" exclamó Aponus, haciendo brillar su Cosmo fuertemente tras escuchar aquella conclusión del prisionero. "¡Os haré pagar por ese insulto!"
Erik sonrió para sus adentros. Pensaba que Asgard ya habría sido salvada, por lo que no quería convertirse en un rehén que pudiera ser cambiado en una debilidad para su nación. Cerró sus ojos, listo para recibir el castigo mientras que el General Marino se preparaba para golpearle. A punto de hacerlo, un golpe cósmico, de increíble poder, atacó a Caballo Marino, lanzándolo contra uno de los Templos. Aponus se estremeció desde el suelo, habiendo sido tomado por sorpresa. Sorprendido ante esto, Erik volvió su mirada hacia el sitio de donde había venido aquel golpe para encontrar, corriendo hacia él, a un hombre alto y tez morena, el cual ostentaba una armadura de color dorado como el sol, y de noble mirada. El hombre se aproximó hasta él para preguntar.
"¿Estáis bien?" preguntó el extraño sonriendo. "Por la forma en cómo estabais siendo tratado, me pareció que necesitabais ayuda."
"¡Gracias!" respondió Erik asombrado, percibiendo la enorme fuerza espiritual que emanaba de su inesperado salvador. "¡Has salvado mi vida! ¿A quién debo el honor?" preguntó.
"A Athena, extraño" respondió el Guerrero, que llevaba puesto un casco con unos cuernos a los lados. "Yo soy Elnath de Tauro, del Santuario de la Diosa Athena, en Grecia" reveló con prestancia.
"Yo soy Erik, Elegido del Dios Odín de Asgard" dijo, provocando que las enormes cejas del Guerrero de Athena se arquearan con sumo interés.
"¿Asgard?" preguntó Elnath. "¿Odín?" se llevó una mano a la barbilla para pensar un poco. "¡Me parece que no he escuchado de vos o de tu Dios nunca!"
Un enorme Cosmo se levantó de pronto. Tomados por sorpresa, el Guerrero de Athena se movió con rapidez para cubrir al hombre de cabellos rubios que recién conociera para protegerle. El gesto le recordó sin querer a cuando Rung, Señor de Thor, le intentara salvar de ser encarcelado por la calumnia que el malvado Dolbare levantara en su contra.
"¡Rung!" exclamó en su mente, sintiendo la nostalgia de aquel gran hombre justo, que fuera como su padre.
"¡Santo de Athena!" escuchó la voz de Aponus sonar más allá de la enorme pared que era el Guerrero del Santuario griego. "¿Cómo os atrevéis a poner un pie en la Ciudad Imperial de Poseidón? ¡No lo perdonaré nunca!"
"¡Ahorrad vuestras palabras, General Marino!" respondió Elnath, utilizando el mismo desdén en el tono a su rival. "¡Hemos venido hasta aquí para hacer pagar a tu Dios por los crímenes cometidos contra el Mundo y contra los aliados de Nuestra Señora!"
"¡No me hagáis reír!" respondió Caballo de Mar. "¡Lo único que obtendréis en Atlantis es vuestra pira funeraria!" su Cosmo aumentó en intensidad y el aire volvió a levantarse, como cuando una tormenta se aproxima. Brillando en poder, el General Marino exclamó. "¡RISING BELLOWS!"
El Cosmo que Erik hubiera sentido en Asgard y que lo lanzara por la entrada que lo condujo hasta acá se percibió de nueva cuenta, y como si se tratase de un huracán, el ataque cósmico del Caballo de Mar se dejó sentir con fuerza, arrojándose contra Elnath de Tauro. Él sólo se limitó a cruzar sus brazos y abrir sus piernas, para recibir el ataque.
El huracán lanzado por su enemigo chocó contra el Santo de Athena, el cual no se movió ni un ápice de su sitio. Erik, detrás de él y de la enorme barrera cósmica que había erigido, sólo logró sentir el aire como si fuese una suave brisa levantando sus cabellos. La técnica del enemigo terminó, para dar paso a las carcajadas burlonas del Guerrero de la armadura dorada.
"¿Eso es una de las técnicas de un General Marino?" exclamó Elnath. "¡Estúpido!" dijo alzando su Cosmo enormemente. "¡Ahora podréis sentir lo que es verdadero poder!" Abriendo sus brazos ahora, el Santo de Armadura Dorada desapareció de la vista de Erik, quien lo miró todo asombrado, sólo alcanzó a escuchar su voz. "¡GRAN CUERNO!"
Una enorme explosión cósmica siguió a éste movimiento, mismo que estremeció los suelos y agitó, desde sus cimientos, los edificios enormes que rodeaban a los contendientes. Un brillo enorme surgió ante el choque de los dos Guerreros, que poco a poco se fue aclarando para revelar que ninguno de ellos había caído.
Abriendo sus ojos asombrado, Elnath retrocedió para encontrar a su enemigo de pie y sin daños aparentes; sólo unas extrañas ondas parecían brillar delante de él.
"¿Qué es esto?" preguntó el Santo de Tauro. "¿Una barrera?"
"¿Quién ríe ahora, Santo de Athena?" insultó Aponus con una sonrisa torcida. "¡Estáis enfrentando a uno de los Guerreros más fuertes de Poseidón!" proclamó con arrogancia. "¡Y traigo puestas las Escamas que me protegen! ¡Tu armadura no es más que una barata imitación de los trajes que nos concedió Nuestro Señor Poseidón!"2
"¿Qué palabras has dicho?" exclamó Elnath enojado, aún sorprendido.
"¡Mientras traiga puestas mis Escamas jamás podréis dañarme!" Aclaró Caballo de Mar. "¡Ahora sufriréis la máxima de mis técnicas, con las que mis Aires Huracanados no son más que el gentil soplo de un niño!" Elevando su Cosmo enormemente, la capa de Aponus voló, dibujando detrás de él la figura de un enorme Caballo con aletas que parecía surgir del mar. Elevando su Cosmo, Elnath no parecía ser capaz de moverse. "¡La máxima técnica del Caballo Marino!" gritó el General de Poseidón. "¡GOD BREATH!"
El ataque se desató furioso e insospechado por sus magnitudes. Sorprendido, el Santo Dorado de Tauro rompió su postura para detener la poderosa embestida, pero fue arrojado por los aires como si hubiese sido arrastrado por una ola enorme que le golpease. Elnath cayó delante de Erik, quien lo observaba todo asombrado, habiéndose refugiado detrás de una columna caída e ignorado por la técnica del General Marino.
"¡Elnath!" exclamó Erik, preocupado.
Los pasos de Aponus se escucharon aproximarse. El Santo de Athena no se movía. Elevando su Cosmo, el General dijo.
"¡Así que aún vivís!" dijo tras examinar a su rival haciendo uso de su propia energía. "¡Debo de decir que es de una manufactura muy buena, vuestro traje no recibió ni un rasguño, Guerrero de Athena!" agregó con sorna. "Pero debajo de ellas sólo reside un humano simple y mortal que puede morir, algo que haréis una vez que recibáis una nueva ráfaga de mi poder" amenazó. Mirando a Erik de pie observándolo todo, agregó. "¡Ya podéis iros despidiendo de este mundo junto a vuestro salvador, Erik de Asgard!" elevando una vez más su Cosmo, el General Marina gritó. "¡GOD BREATH!"
Aponus sonrió desde detrás del ataque que lanzara con todas sus fuerzas, confiado en su éxito. Sin embargo, un brillo inesperado que impactó contra su técnica hizo que su rostro se convirtiera en uno de sorpresa.
"¿Qué es esto?" preguntó, al descubrir que su técnica había sido partida en dos delante suyo y que las ráfagas de aire que había lanzado, se dividían ante sus ojos, habiendo dejado vivos al Guerrero de Athena y al Señor de Asgard.
Delante de ellos, una armadura de diseño desconocido, brillante como el más puro diamante pero con destellos azulinos, había aparecido. Una resplandeciente espada se había separado de la misma, la cual había roto el aire. Y de pie, sosteniéndola, se encontraba el Señor de Asgard.
"¡Balmung!" exclamó Erik sintiendo el poder de la Espada que sostenía. Una luz brillante, semejante en colores al de la armadura, pareció emanar de su cuerpo al tiempo que una melodía de Cosmo, sólo reconocible para aquellos entrenados en el uso de las técnicas mortales se escuchó. "¡Hermano!" suspiró Erik, comprendiendo en un solo momento que Midgardo, su gemelo, habría ofrecido su vida para salvar la suya. La armadura fue posándose rápidamente sobre él: hombros, peto, rodilleras. La armadura concluía en un casco de hermoso diseño que parecía convertirle en un diamante vivo.
"¡Maldito!" exclamó Aponus, lleno de ira. "¿Qué traición es ésta?"
"¡Ninguna traición, sirviente de Poseidón!" replicó Erik, brillando en poder y lleno de la sabiduría del Dios Padre. "¡Odín, cansado de observar, ha decidido luchar también contra tu codicioso Señor!" añadió. "¡Te precias del traje que portas y te jactas de que, mientras lo uses, no serás vencido!" apuntando con la punta de la Espada de Balmung, Erik brilló nuevamente en Cosmo para decir. "¡Entonces quitémoslo de en medio!"
"¡Estúpido!" respondió Aponus al reto, moviendo sus manos rápidamente para erigir la barrera que le protegiera instantes antes contra Elnath. "¡Si un Santo de Athena no lo logró, menos tú, insecto!"
"¡Eso lo veremos!" provocó Erik, lanzándose contra su enemigo con fuerza. Elnath levantó su mirada para observar el prodigio. Aponus permaneció de pie, con una sonrisa, observando como el ataque de Erik se había detenido al chocar contra la barrera que había formado.
"¡Te lo dije!" vociferó el General Marino. "¡Es inútil todo lo que intentéis!"
"¡No es así!" dijo Erik, quien apretó sus manos en el elegante mango de la hoja para incrementar el poder de su presión. Para sorpresa de Aponus, la barrera pareció resquebrajarse.
"¡Imposible!" exclamó el Caballo Marino. "¡Esto no puede estar ocurriendo!"
Gritando, Erik se retiró un momento, para luego lanzar su Espada en un corte que recorrió de pies a cabeza la barrera que Aponus había levantado. Las ondas se rompieron, dejando al General Marino totalmente expuesto. Sus Escamas, alcanzadas por el poder de Balmung, brillaron un momento para caer partidas por la mitad. La mirada de Caballo Marino se encontraba totalmente apagada, sorprendida. Poco a poco, su cuerpo se separó en dos mitades exactas, para caer en un charco enorme de sangre.
Respirando agitadamente, Erik logró relajarse finalmente para luego volverse hacia donde pensaba que encontraría a Elnath desmayado, pero en lugar de eso vio que el Santo de Athena sonreía, recargado en una de las columnas del edificio de manera casual.
"¡Muy impresionante, Señor de Asgard!" exclamó el Toro Dorado. "¡Esa Espada y esa armadura son muy poderosas!"
Con urgencia, Erik se aproximó hasta el Guerrero de la Diosa para decirle.
"¡No debo perder el tiempo! ¡Tengo que llegar hasta donde se encuentra Poseidón!" se adelantó para seguir su camino cuando fue detenido por Elnath. "¿Qué haces?" preguntó el Guerrero mirando el gesto de su salvador. "¿Acaso piensas detenerme?"
"¡Tranquilo!" exclamó el Santo Dorado de Tauro. "Sólo os he detenido para que podamos pensar en una forma para atacar a Poseidón, Señor de Asgard" agregó el otro. "El que hubiera llegado yo hasta aquí por vos no fue una casualidad, Athena esperaba que algo así ocurriera y me envió por vos."
"¿Athena?" preguntó Erik, desconcertado. "¿Cómo sabía que estaría aquí?"
"Si os calmáis y me acompañáis, creo que podréis obtener respuesta a vuestras preguntas" dijo Elnath sin dejar de sonreír. "Ahora, que si preferís ir a luchar solo..." agregó el Santo de Tauro abriendo los brazos y cerrando los ojos, aún sonriendo concluyó. "¡No os detendré!"
Un silencio cayó luego de estas palabras. Erik pensó en lo que había escuchado, preguntándose qué es lo que Odín querría que él hiciera.
"Id con él, Erik" escuchó la voz del Dios Padre hablar directamente a su corazón.
"Está bien" dijo el Señor de Asgard luego de escuchar las palabras de su Dios. "¡Vamos!"
"¡Bien!" dijo Elnath señalando un camino con su mano. "¡Por aquí!"
Rodearon por el sendero, el cual los llevó a una explanada que se elevaba por encima de una plaza central en donde se mostraba, orgulloso, un enorme Palacio que tenía un par de esfinges que guardaban la entrada.
Elnath le informó mientras caminaban que la guerra con Poseidón se había estado librando desde los últimos días en otras partes del mundo y añadiendo además que Athena, la Diosa que protegía a la Tierra, le había detenido ya en otras ocasiones. El buen humor del hombre era algo totalmente nuevo a lo que Erik jamás hubiese encontrado; le recordaba por momentos la vivacidad y la charlatanería de Balder y Ull cuando jugaban entre sí.
Erik pudo comprobar mediante su Cosmo que otras tres presencias de gran poder se encontraban cerca. Abrió sus ojos para poder encontrar de donde provenían tales señales, pero no halló nada.
"Hemos llegado" dijo Elnath sonriendo. "Aquí están mis compañeros."
Señalando con su mano, Erik se sorprendió al darse cuenta que el aire frente de él parecía licuarse; y como si de pronto la realidad se viera a través de ondas de agua, tres personajes vestidos con armaduras del mismo color y materiales que la que portaba Elnath, aunque de diseños diferentes y muy bellos, aparecían delante de él.
"¡Que Niké les corone!" dijo el primero de ellos, un hombre de cabello rojizo y de facciones sumamente finas que parecía rasurado ritualmente de las cejas. Su piel era blanca, sus ojos de color lila. En su frente mostraba un par de lunares de color rojo, el mismo color de su cabello.
Detrás de él, un hombre de cabellos rubios portando una armadura de diseño elegante y poseedor de un helado Cosmo fijó su vista en los recién llegados, haciendo una pequeña inclinación de cabeza a manera de saludo. El tercero portaba una armadura de diseño temible, su casco remataba en una larga cola que parecía tener una aguja. Su cabello negro profundo y sus ojos verdes contrastaban con su piel morena.
"Erik, ellos son, como yo, Santos Dorados de la Diosa Athena. Representan los signos de Aries, Acuario y Escorpión" presentó, señalándolos uno a uno.
"¡Basta de formalidades, Elnath!" interrumpió el hosco Escorpión. "¡Tenemos una misión que cumplir!"
"Tranquilo, Argus" interrumpió el Santo de Aries. "Parte de la misión que Nuestra Señora nos confirió fue encontrar a este hombre."
El Santo de Escorpión permaneció en silencio. Elnath se incorporó con los otros, mientras que el hombre de Aries se aproximó a Erik.
"¿Por qué tenían que encontrarme? ¿Quién es Athena?" preguntó el Señor de Asgard.
El Carnero Dorado escuchó aquellas palabras para responder.
"Athena es la Diosa que desciende al mundo para defender a los hombres."
"¿Defenderlos?" preguntó Erik sin comprender. "¿De quién?"
"De aquellos Dioses que, como Poseidón, intentan destruir por la fuerza a los humanos" respondió con sencillez el Santo de Aries. "Ella actúa llevando la Guerra Sagrada contra aquellos que no tienen por más motivo la conquista por sí misma y la destrucción con fines egoístas."
Erik se quedó pensativo. Una Diosa que llevaba a cabo una misión tan enorme, que defendía a todo el mundo, aún a aquellos que no la adoraban. Volviéndose hacia los Santos, pudo percibir en ellos un aura de bondad y de calidez que no poseían sus propios Dioses.
"¿Entonces ustedes están aquí luchando la Guerra de Athena? ¿Ella está aquí?" preguntó con curiosidad.
"Ahora mismo ella se encuentra con nuestros compañeros luchando contra los ejércitos de Poseidón" agregó el Santo Dorado de Aries adquiriendo un gesto sombrío. "¡Vamos a derrotarle!"
El Santo de Acuario al escuchar estas palabras, finalmente se movió, haciendo un gesto con su capa mientras caminaba para observar la entrada al Templo de Poseidón.
"¿Pero sigo sin entender cómo es que ella sabía de mí?" preguntó Erik mirando a los Santos de Athena.
"Athena, como Diosa de La Tierra, tiene conocimiento de aquello que es visible y que está oculto a los ojos de todos. Su Sabiduría no tiene límites" respondió el Ariano. "Desde el Santuario de Grecia pudimos enterarnos de su aventura en Asgard y lo que eso podría implicar para la seguridad de la Tierra." Bajando la vista, el hombre de cabellos rojos concluyó. "Mi propio pueblo sufrió en carne propia la ira de este Dios enloquecido, por lo que Athena ha jurado no permitir que vuelva a ocurrir algo similar con otra nación o con la misma Tierra." Caminando lentamente, el Santo se unió a sus compañeros, cerrando los ojos y elevar sus energías, invocando a la Diosa de los Ojos Grises.
Un Cosmo gentil y enorme pareció venir desde los cielos, como una respuesta al gesto de los Guerreros en armaduras doradas. Asombrado, Erik pudo escuchar, tras sentir una presencia enorme, la voz de una mujer que hablaba directamente a su propio Cosmo.
"Erik de Asgard, yo soy Athena" dijo la voz de aquella mujer. Su voz era potente, a pesar de ser femenina; sin embargo, la calidad de la energía que percibía de su parte, no dejaba de ser gentil, cálida y gratificante.
Los Santos Dorados se arrodillaron ante esta presencia, mientras que Erik hacía lo mismo, maravillado.
"¡Athena!" exclamó Erik, conmovido por la presencia de la Diosa. "¡Gracias por ayudarme!"
"Erik, no es necesario que me agradezcáis" respondió la Diosa. "¡Poneos de pie, por favor!" pidió. Erik hizo caso a la instancia de Athena. "He podido conocer las intenciones de Poseidón por conquistar vuestra nación. Ello implicaba un gran riesgo no sólo para vosotros, sino también para toda la Tierra. Su plan máximo es hundir bajo las aguas a todos los pueblos y hacerlos caer dentro de su poder. Lamento que Asgard se haya encontrado en medio de una Guerra Sagrada que no era la suya" añadió la Diosa. "Sin embargo, vuestra cercanía al Santuario de Poseidón y la importancia que tiene Odín en la seguridad de la Tierra, es algo que hace que el día de hoy me acerque hasta vos."
"¿Importancia de Odín para la Tierra?" preguntó Erik, escuchando las palabras pronunciadas por la de los Ojos Grises.
"Odín, Señor de Asgard, es guardián de los Hielos Eternos. Mediante su Cosmo y sus Elegidos, éstos pueden permanecer de pie sólidamente, asegurando la existencia de la vida sobre la Tierra. Hace muchos años, él y yo hicimos el pacto de seguridad para poder existir juntos. Hoy, con su lamentable partida de este mundo, debo de hacer el pacto con vos." El hermano de Midgardo abrió sus ojos, asombrado. "Por favor, Señor de Asgard, usad el poder de Odín para guardar los Hielos Eternos, así como os pido guardar la entrada a este Santuario Marino, una vez que haya sellado a Poseidón."
Escuchando aquellas palabras, Erik pudo comprender que el destino de todo el planeta recaía en los hombros de quien asumiera el cargo de Sacerdote de Odín.
"Ruego a las Parcas porque siempre, en Asgard, exista una persona justa que honre esta petición mía. ¿Comprendéis la gravedad de este pacto?" preguntó Athena una vez más.
El Señor de Asgard extrajo la Espada de Balmung, con la punta de la misma hacia abajo, sujetándola por la cruz para jurar.
"¡Athena, a partir de hoy puedes estar segura de que Asgard cuidará de la Tierra y de Poseidón!" exclamó. "¡Mi única condición es que me dejes luchar en su contra al lado de tus Guerreros!"
"¡La voluntad de Odín y de vuestro corazón son grandes, Erik de Asgard!" alabó Athena. "Con vuestro poder de nuestro lado, podremos asegurar la victoria contra Poseidón." Los Santos Dorados abrieron sus ojos sorprendidos al escuchar. "¡Que así sea!"
"¡Gracias, Athena!" respondió Erik, haciendo una reverencia.
"Kriari, Elnath, Argus, Theron, mi voluntad y mi amor los cubre. Tengo la seguridad de que cumpliréis con vuestra misión hasta el final" dijo la Diosa, hablando a los Cosmos de sus Santos Dorados de Aries, Tauro, Escorpión y Acuario. "¡Que Niké os corone!"
La Cosmoenergía de la Diosa fue desapareciendo gradualmente, hasta que no se sintió. Poniéndose de pie, los Santos Dorados observaron a Erik como preguntándose '¿Qué hacemos ahora?'. Fue Theron de Acuario el que dio unos pasos hasta ubicar su mirada en la explanada del Templo de Poseidón.
"Las fuerzas de Poseidón se están reuniendo" Mirando de vuelta a sus compañeros y a Erik declaró. "¡Tengo un plan!"
Erik respiró profundamente antes de iniciar el ataque. Los Santos Dorados y él, habían convenido en que acabarían con el ejército de Poseidón que guardaba la entrada de su Templo para entrar todos juntos a enfrentar al Dios.
"¡Listos!" exclamó Argus. "¡Es hora!"
"¡Por Athena!" exclamaron los cuatro Santos Dorados magnificando su Cosmo.
"¡Por Asgard!" exclamó Erik de Odín, uniéndose a ellos en el grito de guerra que los hizo lanzarse contra las innumerables tropas.
Más abajo, la Guardia de Poseidón, comandada por cuatro Generales Marinos esperaba. Todos ellos vestidos con sus imponentes trajes hechos con Oricalco y respaldados por el poder de su propio Dios, les confería un aspecto organizado y temible.
El suelo se estremeció cuando los cinco Guerreros alcanzaron a los Guardianes del Templo. Erik podía distinguir claramente el enorme poder de los Santos de Athena que acabaron con varios de sus oponentes en cuestión de momentos.
"¡No dejen que avancen!" podía escuchar exclamar a los líderes de los Guerreros de Poseidón menos poderosos. Pero la fuerza de su propio Cosmo, aunado a su poderosa armadura y su Espada, hizo callar muchas gargantas y cortar, de tajo, varias oleadas de enemigos que se dirigían a sus dorados aliados.
"¡He logrado abrirme camino!" exclamó Erik, dándose cuenta que su último golpe lo ponía en vía directa a la entrada del Templo de Poseidón.
"¿A dónde creéis que vas?" escuchó una voz preguntarle, mientras que una terrible Cosmoenergía lo envolvió. "¡AURORA BOREALIS!" exclamó la voz. Un terrible aire frío se dirigió hasta él, pero su armadura brilló recibiendo el ataque sin problemas. Volviendo su vista hacia el sitio de donde había venido el ataque, encontró a un General Marina de cabello castaño y piel clara. Su aspecto, muy parecido al de los habitantes de Asgard. "¡Esa armadura!" exclamó el General Marino del Kraken. "¿Sois de Asgard?" preguntó, asombrado.
"¿Cómo es conoces de Asgard y la Armadura de Odín?" preguntó asombrado Erik.
"Las leyendas de vuestra nación son conocidas también en Bluegraad." respondió el General Marino. "¡Yo soy Yevgueni de Kraken!" exclamó.
"¡Yo soy Erik de Odín!" exclamó de vuelta el joven.
"¿Qué hacéis aquí?" preguntó Yevgueni. "¿Qué hace Asgard inmiscuido en todo esto?"
Un chorro de aire helado se interpuso entre los hombres cortando la conversación. El General Marino retrocedió, evitando el ataque. Erik se volvió para encontrar a Theron de Acuario aproximándose.
"¡Dejadme a mí este combate!" ordenó el Santo Dorado de Athena.
El Cosmo de Yevgueni aumentó, uniéndose a los de los otros tres Generales Marinos que le acompañaban.
"¡No pasaréis de aquí!" amenazó uno de ellos, de piel morena, que portaba una lanza en su mano.
"¡Lo haremos!" exclamó Argus, llegando desde atrás y rompiendo la formación de los Generales Marinas lanzando uno de sus ataques. "¡SCARLET NEEDLE!" exclamó.
Una explosión se levantó en el lugar donde estuvieran los Generales Marinas, mientras que los hombres de Poseidón se lanzaban con furia contra Argus.
"¡Erik!" exclamó Elnath deteniéndose sólo un momento junto a Erik. "¡Adelantaos y enfrentad a Poseidón! ¡Nosotros nos encargaremos de ellos!"
Sin más tiempo, el Santo de Tauro se unió a la conflagración que sus otros tres compañeros iniciaban ya con los Generales de Poseidón. Lleno de determinación, pero a la vez temiendo por lo que encontraría al final de ese camino, Erik se adelantó.
Sus pasos resonaron a lo largo de todo el enorme Templo que lucía vacío y oscuro. Se aproximó hasta una enorme puerta que cerraba el final del pasillo por el que entrara, la que mostraba un enorme tridente. Usando a Balmung, Erik partió la puerta para entrar corriendo. Un enorme salón lo recibió y, al final de éste, un hombre de cabellos azules como el mar se encontraba sentado en un trono, cubierto por un magnífico traje, muy parecido al de los Generales Marinos.
"¡Poseidón!" exclamó Erik.
"¡Acercaos, extraño!" ordenó Poseidón mirándole desde lejos.
Con cautela, el nuevo Señor de Asgard se aproximó.
"¡No sois un Santo de Athena!" dijo observándole con detenimiento el Dios. "¿Qué hacéis aquí?"
"¡Yo soy Erik, Señor de Asgard!" exclamó Erik en guardia.
"¿De Asgard?" preguntó el Dios de los Mares, frunciendo levemente el ceño. "¿Aquella tierra que he conquistado ya?"
"¿Qué palabras dices?" dijo Erik desagradablemente sorprendido. "¡Asgard no ha sido conquistada por nadie!"
"¡Silencio, mequetrefe!" ordenó Poseidón, montando en divina cólera. "¡No hay nada más patético que un rey sin tierra!" exclamó, insultándole. "Mostraré misericordia por vuestra ridícula situación matándoos." Los ojos del Señor de los Mares adquirieron un tono azul profundo que se llenaron de la luz de la Cosmoenergía que surgió por todo su cuerpo. Un proyectil de energía bañó a Erik, el cual levantó la espada instintivamente para protegerse. El poder de Odín se alzó, y la presencia del Dios Nórdico pudo ser sentida.
"¿Quién sois?" preguntó Poseidón poniéndose de pie al percibir la energía del Señor de los Dioses del Norte.
"¡Poseidón, soy Odín de Asgard!" exclamó el Padre de los Dioses del Valhalla. "¡La sangre de nuestros Guerreros ha sido derramada en los campos de batalla! El hombre que tenéis delante vuestro no es ningún rey sin tierras, sino mi legítimo Representante." Elevando el Cosmo de la armadura y la Espada, Erik pareció dejar de pelear con voluntad propia.
"¿Habéis venido hasta aquí para rogar por la vida de vuestro súbdito, Odín?" preguntó Poseidón sonriendo. "¡La muerte que le tengo reservada no es un castigo, sino un acto de compasión!"
"¡No, Poseidón, Dios maligno!" replicó Odín con fuerza. "¡He venido hasta aquí para deciros en tu cara que no hay más Dios que reine en Asgard que yo mismo!" Al terminar de decir esto, el cuerpo de Erik se movió impulsado por la voluntad guerrera de Odín contra Poseidón, quien recibió el golpe defendiéndose con su tridente.
"¡Imposible!" reconoció Poseidón sorprendido. "¡No es el hombre quien me ataca, sino el Dios por medio de su Representante!"
"¡Vais a arrepentiros de haber osado poner tus ojos en mi tierra!" amenazó Odín. "¡Nunca jamás esta historia se repetirá!"
Poseidón brilló, lanzando su voluntad por medio de su mano, arrojando a Erik al otro lado del Salón Imperial, rompiendo dos columnas que estremecieron al Templo entero con el increíble choque de energías divinas. Poseidón se movió rápidamente para intentar salir del Salón, pero fue detenido por la voz de Erik, quien exclamó:
"¡ESPADA DE ODÍN!"
Un haz de luz escapó de la punta de Balmung rodeando a Poseidón, el cual observó sorprendido cómo el suelo explotaba en una columna imponente de energía que rompió el techo del Templo mientras que lo elevaba a gran velocidad.
"¡No puedo moverme!" exclamó Poseidón sorprendido, sintiendo cómo fragmentos afilados del suelo se habían desprendido, envueltos en ese poder cósmico que lo atacaban.
La intensidad de la energía fue visible aún desde afuera, interrumpiendo brevemente la batalla que se realizaba entre los Santos de Athena y los Generales Marinos.
"¡Señor Poseidón!" exclamó el General de Sirena, perdiendo concentración.
"¡GRAN CUERNO!" interrumpió el grito de Elnath de Tauro, quien atacó al General que se había distraído. La energía fue recibida por su enemigo en toda su intensidad, destrozando la fachada del Templo que ya se comenzaba a estremecer con más notoriedad.
Erik observó cómo Poseidón caía al suelo. Se levantó para mostrar que no tenía ninguna herida.
"¡Habéis sido un idiota al atacar a un Dios en su propio reino, Odín!" ladró el Emperador de los Mares poniéndose de pie. "¡Recibid mi furia!"
Elevando una vez más su Cosmo, el Dios explotó en una nube cósmica que alcanzó a Erik levantándolo del suelo y manipulándole como si se tratara de un muñeco de trapo que fue azotado contra las paredes, abriendo enormes orificios.
Atlantis se estremeció al sentir la furia de su Señor explotar, mientras que los antes limpios cielos se llenaron de oscuras nubes, que anunciaban una terrible tormenta.
Envuelto en la energía de Poseidón, Erik sintió su cuerpo lastimado a pesar de la fabulosa protección de su espada y armadura. Apreció en su Cosmo cómo flaqueaba la presencia de su Dios.
"¡Odín!" exclamó, preocupado.
"¡Erik!" escuchó que hablaba el Señor de los Dioses. "¡Pronto no tendré más fuerzas!"
"¡Señor!"
"Escucha, Erik" ordenó Odín. "¡Solamente la voluntad de ustedes, los humanos hicieron posible que aprendiera, que lograr lo imposible es una característica humana!
La voz de Odín se percibía cada vez más lejana. Poseidón sonrió maléficamente, mientras tomaba el cuerpo de Erik y lo arrojaba al techo del Templo rompiendo la piedra de la edificación, lanzándolo fuera, para hacerlo romper otro trozo del mismo en el descenso y finalmente azotarlo al suelo con presión descomunal.
"¡Ahora Asgard será mía!" amenazó Poseidón. "¡O de nadie!"
"¡Confía en tu poder como yo he confiado en ti, Erik!" urgió Odín. "¡Mi Cosmo queda contigo!"
Poseidón levantó su mano izquierda para dejar el cuerpo casi inerte de Erik, flotara en mitad del aire ante sí. Tomando su tridente con la mano derecha, el Emperador de los Mares se alistó para lanzarlo contra el cuerpo del Representante de Odín en la Tierra.
"¡Demasiado fácil!" dijo finalmente Poseidón, brillando en poder y lanzando su tridente contra Erik. Un resplandor de luz fue visto, cuando el arma alcanzó a su enemigo, el que dio paso a la Espada de Balmung defendiendo una vez más a su Señor. "¡Maldito!" escupió el Emperador de los Mares.
Alzando su mirada poco a poco, Erik recordó las palabras de Odín para decir.
"¡Por Asgard y por su pueblo!"
Un estallido de explosiva luz salió de la espada de Balmung como una ola destructora, que envolvió a Poseidón y derrumbó, finalmente, el Templo del Santuario del Emperador Marino. Los Santos Dorados ingresaron a las ruinas, acompañados de otros que habían llegado para apoyar en la batalla. Entre los escombros no era posible observar nada. De pronto, la voluntad del Dios se elevó amenazante, haciendo que los Santos Dorados retrocedieran.
"¡Poseidón!" exclamó Kriari de Aries.
Con poder sin igual, el Dios se carcajeó al ver la cara de los Santos de Athena y encontrarle aún moviéndose. Su rostro mostraba heridas, pero su poder parecía incrementarse cada vez más.
"¡Estáis muy equivocados si piensan que podrán derrotarme!" advirtió Poseidón. "¡Soy inmortal, soy el Emperador del Mundo!"
Al gritar aquellas palabras, una explosión cósmica fue lanzada, golpeando a los Santos Dorados y lanzándolos lejos. Se asemejó a una estrella que hubiera surgido de los suelos con gran impacto, iluminando la oscuridad de los cielos nublados de Atlantis que ahora, se podían observar con facilidad desde el sitio donde se encontraban.
Levantando su tridente, Poseidón sonrió, para gritar desafiantemente.
"¡Athena!" retó. "¡Ahora podréis observar la muerte de vuestros Guerreros por haberse atrevido a encarar a un Dios!"
Un Cosmo que creía apagado para siempre, se levantó de entre las ruinas. Con sorpresa, Poseidón se volvió para observar que, con un rostro hinchado por los golpes y estremeciéndose al borde de sus fuerzas, Erik de Odín había logrado ponerse de pie nuevamente, enarbolando la Espada de Balmung ante sí.
"¡Imposible!" pensó Poseidón.
Erik gritó con fuerzas para usar a Balmung contra el Emperador, quien lo recibió una vez más con su Tridente. La Espada no parecía traspasar una barrera que ahora, de repente, se había alzado entre él y Poseidón, y que además, le obligaba a esforzarse para no recibir el ataque de Balmung contra sí mismo.
"¡Odín se ha ido!" declaró el Emperador de los Mares. "¡Jamás podréis tocarme tú con tu Espada, gusano! ¡Atacar a un Dios es como escupir contra el cielo!"
Erik, presa del poder de la voluntad de Poseidón, se arrodilló, soportando el contraataque del Dios de los Mares.
"¡No!" respondió Erik sintiendo que sus fuerzas habían llegado a un límite. "¡No puedo más!"
Ante la muerte, la vista de Erik se llenó de recuerdos. Midgardo apareció ante él, en aquellos últimos momentos en los que se despidieran. En su mirada había pesar, pero también la confianza que él podría cumplir con su deber.
"¡Midgardo!" articuló Erik, llenándose de la energía que lo ayudó a alzar los brazos contra la Espada, la soportó como si se tratara de una enorme lápida que le hubiese caído encima.
"¿Por qué? ¿Cómo puede estar aún vivo?" se preguntó Poseidón, sin comprender. Erik se levantó en un movimiento rápido y, casi sin fuerzas, lanzó un golpe que chocó contra el brazo de Poseidón.
El tridente del Emperador de los Mares cayó. Sin saber lo que ocurría, el Dios no pudo moverse al sentir un enorme Cosmo, muy parecido al suyo, que se mostró de pronto. Moviendo sus ojos observó que ante él había aparecido Athena, enfundada en su divina armadura y rodeada de sus Santos Dorados.
"¡Todo terminó ya, Poseidón!" exclamó la Diosa de las Guerras Justas.
"¡Athena!" escupió el Emperador, mirándola con desprecio absoluto. El Dios parecía trémulo presa de la ira que le llenaba. "¿Cómo te atreves?"
Mirándolo con tranquilidad, la Diosa se adelantó, llevando entre sus manos una urna de diseño singular, con grecas doradas y del mismo material que las armaduras de sus Santos.
"¡Dejad al hombre de Asgard!" ordenó Athena. "¡Él ha ganado la libertad de su nación! ¡Tu pelea es conmigo!"
Levantando la mano que sostuviera su tridente, el arma regresó a las manos del Dios, el cual ignoró a Erik que cayó pesadamente y sin sentido.
"¡Jamás me rendiré, Athena!" amenazó Poseidón levantando su Cosmo. "¡Estoy harto de vuestras humillaciones!"
Apuntando con el tridente, Poseidón atacó a Athena, quien levantó la urna que llevara en sus manos elevando su propio Cosmo.
"¡Estáis muy débil, Poseidón!" reconoció la Diosa "¡No tenéis oportunidad!" exclamó frunciendo el ceño y explotando su propia voluntad divina, que chocó contra la del Emperador de los Mares en un duelo terrible. "¡La Tierra ha sufrido ya por mucho tiempo vuestras perversas maquinaciones, Señor de los Mares!" juzgó Athena.
"¡Maldita!" blasfemó Poseidón, notando que su poder retrocedía ante la tremenda fuerza del poder de la Diosa de la Guerra. "¡Ojalá jamás hubierais nacido!"
Levantando la urna, Athena abrió la boca para exclamar.
"¡Dormid, Dios de los Mares!" sentenció ella, lanzando su Cosmo para exorcizar el alma del Emperador de los Mares del cuerpo que le servía de contenedor. "¡Dormid para siempre!"
Poseidón se estremeció mientras intentaba defenderse. Una tormenta de poder cósmico estalló entre los dos Dioses contendientes, mientras que la figura de un hombre barbado pareció abandonar el cuerpo del hombre que se decía Emperador.
"¡Volveré, Athena!" amenazó el alma del Dios, que comenzó a introducirse en la vasija que ella portaba. "¡Sabéis que soy un Dios y por tanto inmortal! ¡Volveré y me vengaré de ti y de Asgard!"
La energía terminó de reunirse en la vasija, que se cerró con un chasquido, para luego aparecer sobre ella un sello que llevaba escrito el nombre de Athena. La Diosa permaneció en silencio unos momentos. Finalmente, pronunció.
"Mis Santos y yo estaremos esperándote, Poseidón" advirtió. "¡La Tierra jamás será vuestra!"
Elnath acompañó a Erik hasta la entrada por la que llegase a Atlantis. El Señor de Asgard mostraba heridas y cansancio, pero se mostraba tranquilo. Al llegar hasta el portal, ambos hombres se observaron sonriendo.
"Hasta aquí puedo llegar, Erik" dijo el Toro Dorado jovialmente.
"Gracias, Elnath" replicó el Señor de Asgard, correspondiendo con una sonrisa.
"Os deseo una vida larga y próspera. Que podáis reconstruir vuestra nación, ahora que regresas a ella" deseó el Santo de Tauro.
"Ha sido un honor luchar al lado tuyo y de tan valientes hombres, Elnath" dijo Erik, posando su mano derecha sobre su corazón y haciendo una reverencia a manera de saludo al Santo de Athena.
El Guerrero gigante sonrió, correspondiendo el gesto para presentar sus respetos.
"¡Que Niké te corone, Erik de Asgard!" bendijo finalmente. "¡A ti y a tu hermosa nación!"
"¡Que así sea!" respondió el Señor de Asgard, dando media vuelta y abandonar Atlantis para siempre entre un resplandor de su Cosmo.
EPÍLOGO
"El regreso del Señor de Asgard a nuestra Tierra llenó de júbilo al cansado pueblo. El reencuentro con su gente llenó de fuerzas a Asgard y de voluntad para soportar, en el futuro, el cruel invierno que cayó desde entonces en nuestro hermoso país.
Para muchos, sólo la presencia de Erik pudo significar que la voluntad del Dios Padre había regresado. Él se entregó a su tarea de reconstrucción de Asgard en cuerpo y alma. Su Cosmo selló la armadura de Odín en un lugar secreto, para aguardar el retorno de los Dioses a nuestra maravillosa Tierra."
Un par de caballos recorrieron la campiña asgardiana, la cual ahora aparecía cubierta de nieve perenne. Erik, Señor de Asgard, acompañado de Alberich, Escribano Real de la nación, se detuvo en donde alguna vez había estado Bilkskirnir.
"Pasará mucho tiempo antes de que veamos este sitio una vez más de pie, Alberich" declaró Erik con tristeza al pelirrojo. "Quizá jamás ocurra."
"Mi Señor" replicó Alberich escuchando el lamento de su líder. "No se preocupe ahora por esto. Un Señor de Bilkskirnir aún está vivo, uno con una voluntad de acero."
"Alberich..." respondió Erik mirando hacia su acompañante. "El Poder de Odín recaerá en la sangre de Bilkskirnir, es mi voluntad3."
Escuchando con atención aquellas palabras, Alberich miró las ruinas de la que fueran las tierras del máximo héroe de Asgard.
"Entonces..." reflexionó. "¡Bilkskirnir se erigirá como la piedra más fuerte de Asgard para el futuro!" Cabalgando un poco más, Alberich alcanzó a su Señor para concluir. "¡Estas ruinas son el pasado!4"
Sonriendo hacia el pelirrojo, Erik se mofó.
"Sabía que eras historiador, Alberich, pero jamás pensé que fueses poeta."
El pelirrojo escuchó aquellas palabras, y con aquella sonrisa retorcida que usualmente esbozaba agregó.
"Creo que es usted un hombre de poca fe, mi Señor."
Ambos hombres sonrieron, mientras que el sol se asomaba entre las nubes grises de Asgard.
Una mujer al servicio del Palacio ayuda al último miembro de una familia a caminar hacia el balcón de la habitación de Valhalla para tomar aire fresco. Su rostro era nostálgico, pero carente de dolor.
"¡Freya!" pronunció el nombre de la dulce y bella mujer que tanto recordaba, llevándose la mano al pecho para tocar el relicario que ella le diese antes de partir. Una mano gentil se posó sobre sus hombros. El hombre se volvió, esperando encontrar a la mujer que le cuidaba, pero ante él se encontraba la mujer que evocara en sus pensamientos. "¡Freya!" volvió a exclamar en voz alta.
La mujer sonrió. En su alma había aún luto y pesar por la muerte de su hermano, Freyr, noble Señor de Tyr. Encontrar a Ull vivo a su regreso la había llenado del valor que necesitaba para continuar adelante, honrando la memoria de su hermano quien le pidiera sonreír, para siempre, sonreír.
"Ull..." dijo ella, pronunciando con voz tranquila y abrazando, con delicadeza a su amado. "¡Verte vivo llena mi alma de alegría!"
El joven correspondió al abrazo de la mujer. Encontró algo cambiado en ella, pero logró comprenderlo, quizá como nadie más, al compartir el dolor de la pérdida de sus familias y la inocencia en medio de esa cruel guerra.
"¡Ull, prométeme que estarás siempre a mi lado, por favor!" exclamó la mujer a punto de romper en llanto, conmovida sin acertar a pedir más nada. El joven la observó, quien lo miraba de vuelta con ojos trémulos, y sintió que su corazón se llenaba de fuerza y de esperanzas hacia el futuro.
"Te prometo que siempre estaré a tu lado, Freya" enunció las palabras que la joven le pidiera que enunciara con aquella sonrisa de seguridad que la mujer viera en su hermano en el pasado y que, desde ahora, se dibujaría en el rostro de su amado, para hacerla sentir segura hasta el último día de sus vidas.
Las campanas de Asgard resonaron, provocando que varias aves alzaran el vuelo. Desde las alturas del Valhalla, los dos jóvenes se abrazaron para fundirse en un beso lleno de ternura y amor. Instantes después se observaron una vez más, para volver sus vistas hacia la ciudad de Asgard, maravillados de encontrar, momentáneamente, el sol que había vuelto a brillar en los cielos desde el final de la guerra.
Un nuevo día había comenzado para Asgard. Y su futuro también.
"Asgard, País de Hielos e Inviernos Inclementes.
Asgard, Tierra de Hombres Valientes.
Aguardamos, quienes te amamos, el retorno de Nuestro Señor a tu seno, esperando que jamás tengas que enfrentar un juicio similar provocado por los pecados de los hombres y la codicia de los Dioses.
Las palabras escritas en este documento no son falsas. Estos fueron los acontecimientos que sucedieron en tu momento más triste. Lamentablemente, en la mayoría de las ocasiones, es necesario llegar a esos momentos de miseria para que los hombres mostremos lo mejor de nosotros.
¡Señor Odín, vuelve pronto a la Tierra que salvaste con tu poder y que la fe que depositaste en nosotros jamás se vea traicionada como entonces!
Asgardianos, no olvidemos jamás la deuda que debemos a aquellos hombres y mujeres valientes.
A la espera del resurgimiento glorioso de nuestra nación.
Alberich III, Señor de Megrez.
En el V año después del Ragnarok."
1 Se refiere a Lemuria.- Nota del Autor.
2 De las lecturas del Hipermito, se desprende que las Armaduras de Athena, así como las Escamas de los Generales de Poseidón, surgieron alrededor de la misma época, aunque habría sido el Emperador de Atlantis quien incorporara el concepto en la lucha de las Guerras Sagradas.- Nota del Autor.
3 ¿No les parece que la Princesa Flare (Freya) se parece un tanto a la hermana de Freyr? – Nota del Autor.
4 ¿Alguien se acuerda de las ruinas en donde Mime luchó contra Shun e Ikki? – Nota del Autor.
