Capítulo tres

Kenshin dio un segundo paso, y un tercero, y finalmente un cuarto paso hasta el interior de la cocina, y Kaoru se derrumbó en la silla.

Había algo en aquel hombre, algo tan real y poderoso que hacía que le resultara imposible razonar.

Alzó su taza, sosteniéndola con mano temblorosa, consciente de la escrutadora mirada de Kenshin. Se llevó la taza a la boca y, en medio de su precipitación, se escaldó la lengua.

Kenshin se sentó frente a ella. La vista de su cuerpo semidesnudo era un auténtico banquete. La mente de Kaoru registraba cada detalle de aquel cuerpo perfecto. El desarrollo de sus bíceps indicaba la fuerza de aquel hombre y al mirarlos, Kaoru no pudo dejar de preguntarse lo que se sentiría al ser abrazada por ellos.

El modo en el que el tejido del vaquero se pegaba a sus músculos inducía en ella pensamientos de los que nunca se habría creído capaz.

Kaoru nunca había tenido pensamientos obscenos.

Por lo menod hasta el momento.

Kenshin tomó la tetera con el agua hirviendo, tomó una de las tazas que había en la mesa y miró a su alrededor.

–¿Has oído algo?

Lo único que Kaoru oía era el correr de la sangre por sus venas.

Kaoru sacudió la cabeza.

Kenshin se encogió de hombros.

–Debo estar volviéndome loco –dejó la taza en la mesa–. ¿Cómo haces esto?

–¿Cómo hago qué? –preguntó Kaoru con voz débil. Respirar volvía a convertirse en una actividad definitivamente dificultosa.

–El té. Quizá no te lo creas, pero nunca me he preparado un té.

Kaoru nunca pensó que para una conversación tan intrascendente tuviera que esforzarse tanto.

–Primero pon la bolsa de té en la taza.

Kenshin siguió sus instrucciones y después comenzó a desgarrar la bolsita del té.

–No hagas eso –en un gesto automático, Kaoru alargó la mano y cubrió la de Kenshin.

Éste dejó caer la bolsita de té.

Y Kaoru entró por fin en calor.

Dio un respingo y ordenó a su cerebro que moviera la mano.

Pero su cerebro no la obedecía.

Entonces Kenshin posó la otra mano sobre la de Kaoru. Y, de pronto, desapareció el oxígeno de la habitación.

Kaoru sentía su corazón latiendo a toda velocidad. Se le había secado la boca, mientras otras zonas de su cuerpo se humedecían, anunciando su deseo.

Sacudió la cabeza, intentando disipar aquel sentimiento. No quería desear a nadie. Y mucho menos a Kenshin Himura.

Pero sus miradas se encontraron, y Kaoru descubrió en los ojos de Kenshin un deseo idéntico al suyo.

Un peligro inminente se cernía sobre Kaoru. Tenía que hacer algo para escapar. Y con más resolución de la que sentía, apartó su mano.

Pestañeó, diciéndose que ella misma se había imaginado aquel asalto sensorial.

Pero continuaba temblándole la mano.

Y no habían sido imaginaciones suyas. El deseo continuaba también allí, y era más real que cualquier otra cosa que hasta entonces hubiera experimentado. Miró hacia el cielo, pidiendo ayuda. Su cerebro estaba embotado por aquella respuesta de su cuerpo y no sabía que hacer, ni cómo actuar. Tenía que dejar de nevar inmediatamente. Tenían que despejarse las carreteras.

Un golpe de viento cubrió de nieve la ventana.

Evidentemente, no iba a recibir ayuda desde el cielo.

Lo que quería decir que estaba completamente sola. Con Kenshin.

–¿Y supone alguna diferencia?

Kaoru tardó algunos segundos en contestar.

–¿Alguna diferencia? –intentó imprimir un tono ligero a su voz. Estaba tan absorta en las imágenes que poblaban su mente y en las inoportunas reacciones de su cuerpo que no había sido capaz de seguir la conversación.

Kenshin sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado. Para Kaoru era completamente imposible formular un pensamiento coherente viendo aquellos mechones rojizos cayendo rebeldes por su frente. Deseaba echárselos para atrás y absorber con todos sus sentidos aquella sensación táctil.

–Me refiero al té. ¿Por qué no se puede mover la bolsita?

Entre todas las sensaciones que la invadían, no había una sola que estuviera relacionada con el té.

–Eh… sabe menos amargo que si extraes su contenido.

–Algunas cosas saben más dulces si se consigue extraer su contenido.

Aquello no podía ser real, no podía estar sucediéndole, se decía Kaoru. La furia del viento le hacía sentirse aislada, atrapada, como si Kenshin fuera su único vínculo con la vida real.

Al cabo de unos segundos de intenso escrutinio, Kenshin pareció advertir su incomodidad. Rompió el contacto visual, se echo un par de cucharadas de azúcar en la taza y las revolvió. Después se llevó la taza a los labios e hizo una mueca.

–No es café –le advirtió Kaoru.

–No hace falta que lo digas –replicó Kenshin, y añadió una nueva cucharada de azúcar a su taza.

–La próxima vez te prepararé un café instantáneo.

–Esto está bien.

Su mentira quedó flotando en el aire, haciendo sonreír a Kaoru. Kenshin era un pésimo mentiroso.

–De acuerdo, pero de todas formas me lo tomaré.

Kaoru pensó que aquel era un buen momento para subir a su habitación. Pero por alguna razón que no habría osado nombrar, se olvidó de su instinto de supervivencia y se quedó.

Kaoru no se había enterado de lo mucho que le gustaba coquetear con el peligro hasta que Kenshin había llamado a su puerta.

Y en ese momento parecía que no solo le gustaba bordear el peligro, sino que estaba deseando sentirlo, verlo, saborearlo. Y se preguntaba si Kenshin sería tan buen maestro como imaginaba.

Con mal disimulado interés, lo observó tragar un sorbo de té y fruncir el ceño.

–Hay chocolate en el armario –le advirtió.

Kenshin se levantó rápidamente y preguntó:

–¿En qué armario?

Kaoru lo señaló. Él abrió una puerta y sacó el bote de chocolate en polvo. Después agarró a Umi, que continuaba en el mostrador, y llevó el bote junto al ángel a la mesa.

La luz de la lámpara de queroseno se movía, creando una extraña atmósfera. Qizá, se dijo kaoru cuando sintió las rodillas de Kenshin rozando las suyas bajo la mesa, debería huir cuando todavía tenía alguna oportunidad.

–Mi abuela Kaede, o Ba-chan, como la llamábamos nosotros, coleccionaba ángeles –le dijo Kenshin. Se preparó un chocolate y tras el primer sorbo, asintió satisfecho. Tomó de nuevo el ángel de sonrosadas mejillas.

Parecía ridículamente pequeño en su mano. Pero era un lugar seguro, como una cuna. Parecía que estaba acunando a Umi. Y así se sentía también Kaoru, a pesar de la infinidad de razones que tenía para sentir todo lo contrario.

–¿Coleccionaba? –preguntó Kaoru suavemente.

–Murió hace unos cuatro años.

Kaoru advirtió el inconfundible dolor que se reflejaba en su voz.

–Lo sineto.

–Yo también. Era una persona muy especial –dejó el ángel en la mesa y acarició las flores secas que Umi llevaba en las manos–. ¿Recuerdas dónde lo compraste? Me gustaría tener uno, sería como un recuerdo de ella.

–Lo hice yo. Lo modelé usando como modelo el rostro de mi abuela, Umi.

–Impresionante.

La nota de aprobación de su voz hizo sonrojarse a Kaoru.

Kenshin se reclinó en la silla, ignorando o fingiendo ignorar el impacto que habían tenido sus palabras en ella.

–¿Es una afición o te dedicas a ello profesionalmente? –le preguntó.

–Los vendo en las tiendas del pueblo.

–¿Y dónde las haces?

–Tensgo un estudio arriba.

Kenshin asintió.

–Me gustaría verlo.

A Kaoru se le quedó la mente en blanco. Nadie, jamás, había visto su estudio. Era su santuario, su refugio. Y no permitiría que nadie lo traspasara.

–Claro –mintió, diciéndose que Kenshin no estaría allí tiempo suficiente para preguntárselo otra vez.

–¿Tienes más ángeles en venta?

–Muchos –contestó, pensando en las existencias que adornaban las estanterías de su estudio–. Acababa de terminar una cuando llegaste. Se suponía que debía mandarlos a la ciudad esta tarde.

–Quizá yo podría ayudarte a venderlas.

Educado. Aquel era un hombre educado. Tenía los modales de un santo. Y el atractivo erótico de un pecador.

–¿Y es un buen negocio durante todo el año o solo vendes por navidad?

Ahí estab otra vez aquella palabra: navidad. Kaoru desconfiaba tanto de aquella palabra y de las verdaderas intenciones de Kenshin como si éste acabara de colocar una rama de muérdago sobre su cabeza.

Muérdago.

Le bastó pensar en una rama de muérdago y en Kenshin para imaginar sus labios sobre los suyos.

Desterró rápidamente aquella imagen… o por lo menos lo intentó.

–¿Kaoru?

–La navidad es la mejor época, pero estoy intentando distribuirlos por toda la región para alcanzar una venta más regular.

–¿Por qué te disgusta tanto?

Kaoru pestañeó varias veces.

–¿Por qué me disgusta qué?

–La navidad –dejó que la palabra descansara entre ellos y la miró a los ojos–. Cada vez que la menciono tuerces el gesto.

–No es cierto –protestó, maldiciendo en silencio su capacidad de observación. Rodeó la taza de té con ambas manos, intentando reprimir el frío repentino que la invadía.

–Claro que si.

Aunque Kenshin parecía superficialmente relajado, Kaoru advirtió su decepción. Tenía la mirada fija en ella y el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera sometiéndola a un severo escrutinio.

–Has vuelto a hacerlo. Te has vuelto a sobresaltar.

Kaoru se preguntó como demonios se ganaría la vida aquel hombre. Hiciera lo que hiciera, estaba segura de que lo haría bien. Su determinación era inquebrantable. Podía permitirse un breve respiro, pero siempre volvía a lo que de verdad le importaba.

Kaoru se estremeció mientras jugaba con la imagen de lo que sería ser perseguida por alguien con aquella asombrosa determinación.

Kenshin no decía nada, continuaba esperando relajadamente su respuesta.

Dio un sorbo a su bebida y dejó de nuevo la taza en la mesa. Continuaba en silencio. Y Kaoru comprendió que, a menos que quisiera que Kenshin volviera a abordar el tema una y otra vez, tendría que compartir con él los dolorosos recuerdos que estaba intentando enterrar. Quizá si se lo dijera, la dejara en paz.

–No es la navida en si misma lo que me disgusta.

–Continúa.

–Son las cosas que tengo asociadas a ella.

Kenshin acarició la frágil corona de Umi. El viento golpeaba las ventanas, aullando como si estuviera protestando por la opinión de Kaoru sobre las navidades.. La joven se encogió de hombros. Y envuelta en aquella semioscuridad que parecía proporcionar un cierto anonimato, reunió valor para continuar. Con un hilo de voz confesó:

–Nunca he podido disfrutar de una verdadera navidad.

Kenshin la miró con las cejas arqueadas.

–¿Nunca has…?

–Mis padres están… –se batía contra un desagradable sentimiento de deslealtad. Odiaba hablar mal de alguien, y mucho más de sus padres. Así que optó por decir una media verdad– … muy absorbidos por sus propias vidas.

Se apartó varios mechones de pelo de la cara mientras acudían a su mente olvidados recuerdos de la infancia.

–La pasaba siempre con niñeras que estaban de mal humor por no poder estar disfrutando de esa fiesta con su propia familia.

–¿Pero qué clase de padres tienes?

–Unos padres ricos.

Lo vio sopesar con la mirada lo que le rodeaba y le brindó una sonrisa.

–No acepto su dinero. Me envían un cheque todos los años –esperó un par de segundos y añadió–, en…

–Navidad –en aquella ocasión fue Kenshin el que hizo una mueca.

Kaoru se encogió ligeramente de hombros.

–Y yo envío el cheque a un hogar infantil.

–¿Nunca vienen a pasar las vacaciones contigo? –le preguntó con incredulidad.

–Tokio está demasiado lejos de aquí.

–¿Entonces viven en la región?

Kaoru negó con la cabeza.

–Tienen casas en Francia e Italia. Solo vienen a Nagano durante dos semanas al año. A la temporada de esquí. Es cuando hay mejores fiestas.

–¿Y no vienen a verte?

–Vinieron. Una vez. Pero creo que fue porque les quedaba en el camino.

Kenshin estuvo a punto de decir algo muy poco agradable, pero se contuvo.

–¿Y Santa Claus? –preguntó inclinándose hacia delante.

–Nunca tuvo tiempo de parar en mi casa.

–Kuso, Kaoru, ¿qué diablos de vida es ésa para una niña?

–Por lo menos eran preferibles esas navidades a las que pasaba en el internado.

Kenshin apretó los puños.

–Así no se hacen las cosas –hablaba muy tenso, como si estuviera haciendo un serio intente para controlarse–, o por lo menos no deberían hacerse así.

–Quizá no –contestó Kaoru suavemente–. Pero esas son las únicas navidades que yo he conocido. Hubo una noche en la que la niñera me encontró dormida en las escaleras, esperando a Santa Claus y esperando a que mis padres llegaran a casa y me dijeran que me querían, esperando alguna señal de esa magia de la navidad de la que la gente hablaba tanto. Pero nunca la encontré –añadió con un doloroso suspiro.

–Eso va a cambiar –le prometió Kenshin.

Y por un absurdo momento, Kaoru le creyó.

Pero la realidad no tardó en regresar con toda su crudeza. Kaoru no sólo había sufrido la desilusión de la infancia. La había experimentado dos veces, como si el cielo no se hubiera dado por satisfecho con castigarla una sola vez.

El dolor inflingido por una madre podía no ser nada comparado con la angustia causada por un hombre que le había prometido delante de un sacerdote que la amaría y cuidaría eternamente.

Pero esa parte de su vida era un secreto.

Años después de su separación, a Kaoru todavía le costaba creer que alguien pudiera ser tan frío y despiadado como lo había sido Enishi durante las primeras vacaciones que habían pasado juntos.

Sintiendo rápidamente el escozor de las lágrimas, pestañeó con fuerza.

–No me crees, ¿verdad? –le dijo Kenshin.

Kaoru podía haber sido una estúpida una vez, quizá incluso dos, pero no tres veces. Miró a Kenshin a los ojos.

–No, no te creo. Las navidades no son para todo el mundo. Desde luego, no son para mí.

Con un ágil movimiento, Kenshin se levantó, se acercó a ella, posó las manos en sus hombros y le hizo volver hacia él.

Kaoru tragó saliva. La masculina esencia que la rodeaba estaba haciendo estragos en su mente. Temía por su propia cordura y por su capacidad para no olvidarse de su realidad.

Y la mirada de Kenshin era de absoluta resolución.

Kaoru temblaba de anticipación.

Cuando la estrechó contra él, manteniendo una firme presión, no se resistió. Aunque solo fuera por un instante, deseaba ceder a los impulsos de su corazón.

Sentía las manos de Kenshin en su pelo, desenredando sus rebeldes mechones. Delicadamente, Kenshin deslizó la mano hasta su cuello y continuó bajándola lentamente por su espalda.

El pecho de kenshin ocupada todo su campo de visión y se descubrió preguntándose si el vello que tenía en la línea del vientre le llegaba hasta la línea del vaquero o…

Kenshin la estrechó contra ella. Kaoru apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el confiado latido de su corazón.

Miles de sentimientos la atravesaban.

Calor.

Deseo.

Promesas.

Oh Kami, el deseo era lo peor.

–¿Kaoru?

–¿Hmm?

–Mírame.

Kaoru no se sentía capaz de enfrentarse a la realidad. No podía ser ella la que estaba haciendo eso. No podía haber permitido que entrara un desconocido en su casa, no podía permitir que un hombre la tomara en sus brazos.

Quizá aquello tuviera algo que ver con el famoso espíritu de la navidad. ¿Por qué si no iba a estar comportándose de forma tan irracional, permitiendo que un completo extraño se metiera en su casa, invadiera su vida?

–Mírame –repitió Kenshin.

Kaoru abandonó el agradable calor de su pecho.

–Voy a aliviar tu dolor. Te lo prometo.

–Parece que estás hablando en serio…

–Y lo estoy haciendo, Kaoru. Quiero que me creas.

–Te irás en cuanto deje de nevar, Kenshin.

Kenshin acarició entonces su rostro.

–No me iré hasta que no te haya demostrado lo que es la navidad.

Kaoru lo miraba intentando encontrar en su rostro algo que explicara aquella generosa actitud.

–¿Por qué? ¿Por qué hablas como si yo te importara?

Kenshin se encogió suavemente de hombros.

–Quizá porque todo el mundo se merece unas navidades dignas de recordar.

Esa era otra razón que invitaba a Kaoru a desconfiar.

Kenshin la estrechó de nuevo contra él, envolviéndola en un protector abrazo. Kaoru después no sabría cuánto tiempo permanecieron así. Pero aquello sólo era un abrazo, se repetía, nada más. Estaba confiando su cuerpo a un extraño, pero sólo su cuerpo.

No su corazón. Jamás entregaría a nadie su corazón.

–Tenemos un problema, Kaoru –y añadió tras un instante de silencio–: El frío. Me imagino que tu habitación es mucho más fría que el cuarto de estar.

Pero en ese preciso instante, el frío era lo que menos le importaba. Y el escalofrío que cruzó su espalda poco tenía que ver con la falta de calor.

–No voy a poder dormir sabiendo que estás pasando frío en tu habitación. Tenemos que pensar en algo para solucionarlo.

Kaoru se estremeció.

–El calor humano es una de las mejores formas para no pasar frío.

Kaoru se humedeció los labios. La insinuación de Kenshin la había dejado directamente helada.

Kenshin la miró con un peligroso brillo dorado de deseo en el fondo de sus ojos violeta.

–Tenemos que dormir juntos.

Continuará………………………………

Buaaajjajajaja…. Soy mala, sí, lo sé, pero el suspenso hace la historia más interesante buaaajajajaja. Insúltenme todo lo que quieran, pero ya verán que cuando llegue el lemon me agradecerán haber esperado tanto, ya que les resultará más delicioso jijiji.

Bueno, gracias por los RR, son todos muy amables, me alegran mucho y me dan ánimos para seguir.

Mattaneeeee……………