Capítulo Cuatro
–Seré un perfecto caballero, te lo prometo.
Kaoru respingó.
No le creía.
No confiaba en él.
La idea era absurda. Loca. No podía dormir con él, a pesar de su promesa.
Kenshin permanecía de pie, sin hacer ningún movimiento, sin intentar influir en su decisión.
Kaoru rezaba para ser capaz de reaccionar. ¿Por qué un hombre como aquel era capaz de colocarla en ese estado de incertidumbre?
La idea de estar tan cerca de él le hacía estremecerse. La lógica le decía que la sugerencia de Kenshin era racional. Y la intuición argüía que era cualquier cosa menos lógica.
La joven se frotó el brazo. Tenía la carne de gallina, advirtió. La temperatura de la casa había bajado algunos grados. Y le habría encantado no tener que tomar ninguna decisión al respecto.
–¿Has tomado alguna decisión?
–Tienes razón –dijo, deseando que su voz no hubiera sonado tan temblorosa como a ella le había parecido.
–¿Entonces vas a dormir conmigo?
El color desapareció del rostro de Kaoru.
–Dormir –repitió Kenshin.
¿Había sido su imaginación, o realmente había añadido una carga de sensualidad a su voz al pronunciar aquella palabra?
–No pensaba que estuvieras insinuando otra cosa –contestó, a punto de atragantarse.
Kenshin asintió.
Kaoru se encaminó hacia el cuarto de estar. Las piernas le pesaban como si fueran de plomo.
–Necesitaremos un futón –le dijo, pasando por delante de él.
El corazón le latía a toda velocidad.
¿Por miedo al peligro?
¿O por anticipación?
–Ahora mismo vuelvo –y salió corriendo, cuestionándose su decisión de pasar la noche con Kenshin Himura.
Aquel hombre era un extraño.
Y se veía a sí mismo como un salvador.
Una vez en su habitación, agarró una almohada extra, un edredón y un futón del armario. Estrechándolos contra su pecho como si fuera un escudo, pensó en el brillo que había visto en sus ojos.
Era un brillo peligroso.
Pero ella era demasiado inteligente para sucumbir a aquella atracción. Ya había sido herida una vez y conocía hasta dónde podía llegar el dolor. Otra parte de ella, sin embargo, clamaba por hacerle vivir algo que hasta entonces nunca había experimentado.
Pero tenía que mitigar como fuera aquel deseo.
Sabía que en el corazón duraba mucho más el dolor que el placer.
Pero al sentir cómo se filtraba el frío de la noche por su bata, decidió que también era absurdo pasar la noche despierta, castañeteando los dientes.
Era preferible enfrentarse al peligro de Kenshin que al peligro del frío.
Cerró la puerta con la cadera y bajó lentamente la escalera. Encontró a Kenshin en el cuarto de estar. Parecía sentirse cómodo, como si estuviera en su propia casa. Tenía la sábana y la almohada en la mano y permanecía de pie, esperándola.
Kaoru volvió a sentir que desaparecía el aire de la habitación.
Apagó accidentalmente la linterna al dejar caer la almohada. Y deseó con todas sus fuerzas no haberlo hecho. Porque sólo quedaba una lámpara de queroseno iluminando la habitación, creando un ambiente peligrosamente íntimo.
Mientras ella preparaba el futón sobre la alfombra, Kenshin reavivó el fuego, inundando de luz la habitación.
Yuki-chan se acercó a él y se instaló frente a la chimenea, dispuesto a pasar una agradable noche.
Después de colocar el protector de metal en la chimenea, Kenshin dijo animado:
–Así conservaremos el calor durante toda la noche.
Pero Kaoru sospechaba que no iba a ser el fuego lo que la ayudara a no pasar frío durante las siguientes horas que la esperaban.
Se cruzó nerviosa de brazos. A pesar de haber estado casada, la verdad era que tenía escasa experiencia con los hombres. Y Kenshin Himura no se parecía en nada a su ex-marido. En presencia de Enishi, el único sentimiento que la hacía estremecerse era el miedo.
La penetrante presencia de Kenshin era algo completamente diferente.
Lo observó mientras se tumbaba en el futón y se tapaba con el edredón y se quedó ensimismada con el movimiento de sus músculos.
–No voy a morderte –dijo Kenshin divertido, palmeando el hueco que quedaba a su lado en aquel improvisado lecho–. A no ser que me lo pidas.
Kaoru se quedó de piedra al oírlo.
–Era una broma, Kaoru.
–Lo sé –mintió, intentando luchar contra las imágenes que su propia cercanía despertaba en su mente.
¿Cómo sería un beso de Kenshin? ¿Ardiente? ¿Húmedo? ¿Y por qué le importaba tanto?
Y peor aún, ¿por qué lo deseaba tanto?
–Relájate –la urgió Kenshin.
A Kaoru le habría gustado quedarse con el yukata, pero no quería que Kenshin pensara que era una cobarde. Se dijo a sí misma que debía comportarse con naturalidad. Pero entonces se dio cuenta de que no sabía cómo hacerlo.
Con dedos temblorosos, intentó desatarse el cinturón.
Kenshin la observaba. En vez de volverse y fingir que dormía, brindándole así la privacidad que necesitaba, Kenshin la observaba.
El nudo del yukata cedió, dejando su camisón al descubierto.
Era un camisón muy discreto, de manga larga y le llegaba por debajo de las rodillas. Y aún así se sentía como si estuviera medio desnuda.
El frío de la noche hizo que se irguieran los pezones… o al menos fue el aire de la noche a quien decidió culpar por aquella reacción en vez de responsabilizar a la escrutadora mirada de un extraño.
Kenshin se sentó y le tendió la mano. Consciente de su estado de nervios, y actuando como el caballero que había prometido ser, había decidido ayudarla.
Y Kaoru aceptó su ayuda mientras se perdía en la infinidad de emociones que la asaltaban. Deslizó la mano en la de Kenshin. Éste cerró sobre ella sus dedos, haciéndole sentir su fuerza, su masculinidad.
A los pocos segundos, Kaoru estaba sentada a su lado. Después de soltarle la mano, Kenshin se tumbó y la miró con atención.
El fuego crepitó. Kaoru se sobresaltó.
Kenshin se tumbó y se cubrió con el edredón.
Tragando saliva, Kaoru lo imitó, Procurando mantenerse a una prudente distancia de él. Aunque no creía que hubiera distancia suficiente para mantenerla protegida de la inminente amenaza que se cernía sobre ella.
–Buenas noches –dijo en un susurro.
No podría haberlo jurado, pero le pareció oír una risa burlona.
–¿Kaoru?
–¿Hmm? –preguntó a su vez ella fingiendo un bostezo.
–Ven aquí.
El corazón dejó de latirle durante un instante.
–Si dormimos así de separados, no va a servir de nada que estemos juntos.
Kaoru no se movió. Pero sí lo hizo Kenshin.
Y le hizo acurrucarse contra él. Estaban a sólo unos milímetros de distancia. Kaoru respiró hondo, y le recordó a su corazón su obligación de latir.
Sentía la parte de atrás de sus muslos contra la dureza de sus músculos. El ancho pecho de Kenshin parecía estar dando la bienvenida a su espalda. Pero era su mano la que más le molestaba.
La tenía colocada justo encima de sus costillas. Muy cerca de sus senos. Peligrosamente cerca.
Un traicionero pensamiento penetró sus defensas. Quería… quería acariciarlo, olvidarse de las consecuencias, abrazar el peligro. Tuvo que morderse el labio para impedir que escapara de su garganta un gemido.
Pero Kenshin se iría muy pronto y lo último que necesitaba era tener que cuidar de nuevo de su corazón herido.
La conversación que habían mantenido sobre la navidad había hecho renacer de las cenizas algunos recuerdos. Recuerdos muy dolorosos. Sabía que confiar sólo conducía a la desilusión.
Así que, ¿por qué tenía que creer en su absurda promesa de que conseguiría hacerle olvidar el dolor de la navidad? Peor aún, ¿por qué no quería creer en su promesa de que era un perfecto caballero?
–Buenos días.
Kenshin volvió la cabeza al escuchar que alguien se acercaba a la cocina. La vista de su compañera nocturna hizo que algo se tensara en su interior. Kaoru parecía haber descansado. El brillo de sus ojos era un recuerdo nada sutil de que, mientras ella había estado disfrutando de un agradable sueño, él había pasado la mayor parte de la noche despierto.
Teniéndola en sus brazos, dormir se había convertido en un imposible.
–¿Estás preparando el desayuno? –preguntó Kaoru con una voz en la que todavía se apreciaba la suave ronquera provocada por el sueño.
Kenshin se preguntó si su voz sería igual de sensual haciendo el amor. ¿Cómo sonaría su nombre al ser pronunciado con aquel tono ligeramente arrastrado?
–¿Kenshin?
Kenshin se obligó a prestar atención a lo que le estaba diciendo.
–Es el desayuno –le confirmó.
–Huele muy bien –mientras hablaba, Kaoru se abrochaba el cinturón del yukata con firmeza.
Kenshin deseaba desatárselo y deslizarlo suavemente por sus hombros.
Pero no lo hizo.
Había hecho una promesa.
Y sólo Kami sabía lo difícil que le había resultado mantenerla cuando Kaoru había presionado la espalda sensualmente contra su sexo. O cuando había sentido su oscura melena acariciando su pecho. Durante toda la noche había estado luchando contra el deseo e intentando concentrarse en que se había comprometido a enseñarle a la adorable Kaoru a creer en la navidad.
Aunque no sabía muy bien cómo iba a conseguirlo.
Se volvió de nuevo hacia la cocina mientras la joven comenzaba a entrar en la habitación. A pesar de que con las zapatillas era imposible distinguir el sonido de sus pasos, Kenshin era perfectamente conciente de su presencia, de la femenina esencia que dejaba a su paso.
Cuando se acercó a Kenshin, Yuki-chan alzó la mirada, gimió suavemente y, ansioso por obtener algo de comida, se volvió de nuevo hacia Kenshin.
Kaoru sonrió suavemente.
–Yuki-chan ya se ha olvidado de hacia quién tiene que dirigir su lealtad.
–No, no lo ha olvidado. Pero mantenerse cerca de quien le suministra la comida es de sabios.
Kenshin alzó la mirada hacia ella al advertir que lo estaba mirando.
–¿Qué tal has dormido? –le preguntó la joven con voz dulce.
–Fatal.
–¿Demasiado frío?
Demasiado calor. Kenshin negó con la cabeza y volvió a prestar atención a su guiso. Alzó la sartén y con un preciso movimiento de muñeca dio la vuelta a la tortilla.
–Me dejas impresionada.
–Pues no te dejes impresionar –respondió–. Sólo sé hacer tortillas. Tuve que aprender cuando estaba en la universidad para no morirme de hambre.
Kaoru soltó una carcajada, hipnotizando a Kenshin con su risa.
De hecho, en menos de doce horas, aquella mujer había pulverizado su resistencia y encendido sentimientos que no sabía siquiera que existieran. Kenshin jamás había pasado una noche con una mujer tan atractiva sin darle ni siquiera un beso de buenas noches.
Y kuso, sería capaz de hacerlo otra vez con tal de hacerla sonreír de esa forma.
Y eso sólo quería decir que tenía que salir corriendo de allí y volver a Tokio. Cuanto antes.
Desgraciadamente, el clima no colaboraba. Continuaba nevando y el cielo estaba todavía nublado. El viento azotaba la casa y el sol ni siquiera había conseguido asomar un rayo de sol por encima de las nubes.
–¿Has hecho suficiente para dos? –le preguntó Kaoru, haciendo añicos la tensión que Kenshin sentía y de la que probablemente ella ni siquiera había sido consciente.
Kenshin asintió.
–Y también he puesto agua a hervir. He pensado que quizá te apetecía tomar un té. Y antes también he hecho un zumo de naranja, cuando he llevado la comida del refrigerador y del congelador al cobertizo. Se me ha ocurrido pensar que, como no hay corriente eléctrica, sería la mejor forma de conservarla.
Y también había estado intentando hacer algo que lo distrajera, que le permitiera dejar de mirarla mientras dormía. Había desenterrado la Harley, había metido la mochila con su bolsa de ropa limpia dentro de la casa y había pasado bajo la ducha tiempo suficiente para apagar su excitación. O por lo menos eso pensaba hasta que Kaoru había aparecido en la cocina.
Kaoru abrió la puerta del refrigerador y del congelador simultáneamente. Después de cerrarlas, le preguntó.
–¿Has hecho tú todo eso?
Kenshin se encogió de hombros. Aquella mujer creaba adicción. Cuanto más la miraba, más la deseaba.
–He pensado que no te gustaría que se estropeara la comida.
Kaoru posó la mano en su brazo.
–No tienes por qué cuidarme tanto.
–Había que hacerlo.
Se miraron a los ojos. Y, durante un segundo, durante un solo segundo, Kenshin deseó quedarse en aquella casa.
Como si hubiera sentido la intensidad de su mirada, Kaoru pestañeó y desvió la mirada.
–Eh… voy a poner la mesa –dijo la joven, apartándose para acercarse al armario. Kenshin también se apartó sin saber muy bien cómo iba a reaccionar si Kaoru volvía a rozarlo. Si el primer contacto había estado a punto de sacarlo de sus casillas, estaba seguro de que con el segundo perdería definitivamente el control.
Kaoru miró por la ventana.
–Parece que el tiempo ha empeorado –dijo suavemente.
El agua comenzó entonces a hervir.
Kenshin apagó el fuego, deseando que fuera igual de fácil extinguir sus sentimientos. Aquella mujer se merecía algo mejor. Se merecía por lo menos un huésped que no fuera un mentiroso. Se merecía un hombre honrado, que no estuviera pensando constantemente en tocarla, en besarla.
–Me imagino que eso quiere decir que todavía continúas atrapado –le dijo. Kenshin advirtió que le temblaba la mano mientras abría un cajón para sacar los cubiertos.
¿Estaría tan nerviosa como él?
–A no ser que me eches –replicó en tono ligeramente interrogante.
–No –negó Kaoru con la cabeza. Y fijando la mirada en lo que estaba haciendo, añadió–: Puedes quedarte hasta que las carreteras sean transitables.
Kenshin se preguntaba si podría sobrevivir hasta entonces.
Rápidamente partió la tortilla en dos y sirvió una porción en cada plato. Preparó después el té y se reunió con Kaoru en la mesa.
A principio estuvieron hablando de generalidades, pero al cabo de unos minutos, Kaoru alzó la mirada y le preguntó directamente.
–¿Hacia dónde irás?
–A Tokio –contestó él. No añadió la segunda parte, la palabra que siempre pronunciaba cuando nombraba Tokio: a casa. Tokio ya nunca volvería a ser para él un hogar.
–¿Y de dónde venías?
Kenshin se encogió de hombros y decidió que no tenía ningún motivo para ocultarlo.
–De Kobe.
Kaoru apartó su plato, dejando la mayor parte de la comida sin tocar. Kenshin se dijo que no le extrañaba que estuviera tan delgada. Y volvió a recordarse que necesitaba a alguien que la cuidara… Y que no podía ser él ese alguien porque pronto, muy pronto, tendría que irse de allí.
Kaoru lo miró fijamente, como si estuviera intentando decidir hasta dónde podía continuar preguntando.
–¿Te has ido de excursión en moto en el mes de diciembre?
Kenshin asintió.
Kaoru se humedeció los labios mientras jugueteaba con los cubiertos.
–¿Ibas huyendo o escondiéndote de alguien?
Kenshin se sobresaltó.
Kaoru dejó la cuchara en la mesa y continuó observándolo. Y Kenshin no pudo menos que admirar su valor.
–Nadie me había hecho nunca esa pregunta.
De hecho, cuando había declarado su intención de pasar un mes en carretera, lo único que había hecho su padre había sido mirarlo con el ceño fruncido y hacer algún comentario sobre el estado mental de su hijo.
La única persona que realmente había parecido preocupada había sido Misao. Le había hecho prometerle que estaría en su casa, con sus sobrinos el día de navidad.
Kaoru esperó pacientemente.
Entonces Kenshin se recordó su hospitalidad, y recordó que Kaoru no sabía absolutamente nada sobre él. Y recordó el dolor de su voz cuando le había hablado de su pasado.
–Estoy huyendo –contestó con voz dura.
Aferrándose a su taza, Kaoru preguntó:
–¿Eso quiere decir que estoy dando alojamiento a un delincuente?
–¿A un delincuente? No.
–Ya me lo imaginaba.
Se hicieron unos segundos de silencio entre ellos antes de que Kaoru volviera a hablar.
–Entonces, ¿de qué o de quién estás huyendo?
Kenshin tragó saliva.
–¿Kenshin?
–De mi vida –admitió crudamente.
Y se levantó violentamente, sin importarle que la silla cayera tras él.
Continuará………………….
Gomen, gomen, quieren matarme, lo sé, pero es que el lemon se va a tardar un poquitín, ya que si lo apuro, algunas partes muy importantes se perderían y echarían a perder la historia, además la tensión sexual que existe entre ellos hace las cosas más interesantes ¿No creen?. Como consuelo les digo que una vez que comience el lemon, habrá muchos hasta el final, jajajajaja.
Gracias por los RR, me animan a seguir.
Mattaneeeee……….
