Capítulo Cinco

Kaoru lo observó en silencio. Kenshin se estaba poniendo la chaqueta. Después de abrochársela con un movimiento rápido, metió los pies en las botas de cuero. Y todo ello sin decir una palabra.

–No pretendía meterme en tu vida –le dijo Kaoru, preguntándose cómo podría enmendar su error.

Evidentemente, aquel hombre era un solitario.

Había dicho que estaba huyendo de su vida. Kaoru no era ninguna experta en hombres que huían, pero estaba segura de que aquel tenía algo de lo que esconderse.

En cualquier caso, no era asunto suyo. Lo que tenía que haber hecho era comportarse como una educada desconocida hasta que las carreteras estuvieran despejadas. Pero no era capaz de hacerlo.

–¿Kenshin?

Sin mirarla, Kenshin giró el picaporte, permitiendo que entrara una ráfaga de aire helado. En menos de una décima de segundo, había cerrado la puerta tras él, separándose definitivamente de Kaoru.

Kaoru se asomó entonces a la ventana. Kenshin luchaba contra los elementos, agarrado a una pala e intentando despejar el camino.

Incluso a esa distancia y a pesar de la chaqueta, Kaoru advertía su fuerza, aquella fortaleza que en un primer momento la había asustado pero que, lo había descubierto la noche anterior, podía transmitir también una inmensa ternura. La había animado a relajarse, y al final lo había conseguido. Y en cuanto Kaoru había olvidado sus temores, había utilizado su fuerza para protegerla, para defenderla del frío.

Kaoru acarició con aire ausente a Umi.

–Bueno, Umi, parece que lo he echado. A Himura-san no le gusta hablar de sí mismo.

La sonrisa de Umi no se inmutó.

Con un suspiro, Kaoru dejó el ángel en el mostrador y abrió el grifo de agua caliente, alegrándose de no tener un calentador eléctrico. Aunque se había jurado no hacerlo, no pudo evitar volverse hacia la ventana.

Y entonces el tiempo pareció detenerse. Incapaz de moverse, horrorizada por lo que estaba sucediendo, observó a Kenshin.

Los acontecimientos parecían estar sucediéndose a cámara lenta. Asustado por la repentina aparición de Kenshin, Mokuba, el normalmente dócil caballo de Kaoru, había conseguido atravesar la puerta del establo y estaba relinchando, encabritado sobre sus patas traseras.

Kenshin alzaba las manos para protegerse la cabeza de los cascos del caballo.

De pronto, se resbaló sobre una capa de hielo y se tropezó. Su juramento pareció congelarse en el frío aire de la mañana.

Kaoru se acercó a la puerta trasera, sin acordarse siquiera de cerrar el grifo.

Se calzó unas botas y se ató con más fuerza el cinturón del yukata. Y enfrentándose a la fuerza del viento, abrió la puerta.

–¡Kenshin! –gritó.

Afortunadamente, Mokuba había decidido regresar al calor del establo. Pero Kenshin no contestaba. Peor aún, ni siquiera se movía.

Con el miedo corriendo por sus venas y los dedos entumecidos por el frío, Kaoru volvió a gritar:

–¡Kenshin! –pero la única respuesta que recibió fue la del aullido del viento y la de la puerta del establo chocando contra la pared exterior.

Kuso. Hacía más de un año que la puerta del establo estaba a punto de caerse. Si le ocurriera algo serio a Kenshin por culpa de su negligencia, jamás se lo perdonaría.

Deslizándose torpemente sobre la nieve, llegó a su lado. El sentimiento de culpa superó al miedo cuando se arrodilló a su lado.

–No te muevas –le dijo suavemente al verlo apoyar los codos en la nieve para intentar levantarse.

–Vuelve a casa –le ordenó Kenshin entre toses.

Ignorando su orden, la joven le apartó el pelo de la frente y le preguntó:

–¿Estás herido?

–Kaoru, apenas vas vestida. Te vas a pillar una pulmonía si no haces lo que…

–No voy a dejarte aquí, Kenshin. Tienes que venir conmigo.

Se miraron el uno al otro fijamente. Kaoru no estaba dispuesta a ceder, y cuanto antes lo comprendiera Kenshin, mejor.

–Que mujer tan cabezota –protestó Kenshin.

–¿Dónde te ha herido? –repitió Kaoru, mirándolo atentamente para asegurarse de que no era nada serio.

–Estoy estupendamente.

–Kenshin… –le advirtió Kaoru.

–En la cabeza.

Delicadamente, fue tocándole la cabeza con los dedos, hasta que se encontró con un buen chichón. Afortunadamente, no había heridas.

–Ayúdame… a levantarme.

Kaoru se debatía entre sus diferentes opciones. No estaba segura de que debiera moverse, pero definitivamente, no podía dejar que se congelara en el suelo. Así que al final, le tendió la mano.

Kenshin la aceptó.

Kaoru tuvo que morderse la lengua para no decir nada al ver la herida que tenía en los nudillos. Probablemente se la había hecho al caerse.

–No me habías dicho que ese animal era un maniaco –le dijo.

–¿Mokuba? –le preguntó mientras lo ayudaba a incorporarse–. Normalmente es muy tranquilo.

–En cualquier caso se la tengo guardada. Puedes estar segura de que habrá un desempate.

Kaoru no pudo evitar una sonrisa.

–Lo siento, debería haberte dicho que la puerta no estaba bien.

–Ha sido culpa mía. Ya lo había notado –respiró hondo–. Iba a arreglarla.

Kaoru estaba preocupada por su palidez. Tenía que meterlo en casa. Y rápido.

–Rodéame los hombros con el brazo –le pidió.

Kenshin hizo lo que le pedía, y mientras se dirigían hacia la casa, no pudo evitar que escapara algún gemido de sus labios. En cuanto llegaron al primer escalón, Kaoru lo instó a apoyarse con más fuerza en ella.

–Eres un ángel.

Aquel comentario hizo que Kaoru se detuviera momentáneamente. Ángel. Le gustaba como sonaba. Pero no quería dejarse engañar por ese tipo de halagos.

En cuanto la puerta se cerró tras ellos, ayudó a Kenshin a sentarse en una silla de la cocina. Rápidamente, llenó una palangana de agua y buscó una toalla.

Con el corazón latiéndole violentamente y temblando tanto de miedo como de frío, regresó a su lado, esperando en silencio que Kenshin no necesitara más asistencia médica de la que ella podía proporcionarle.

Kenshin se desabrochó la chaqueta y Kaoru se arrodilló para quitarle las botas deseando mientras lo hacía no ser tan conciente de su presencia. Aquella cercanía despertaba en su interior sentimientos que ni siquiera se atrevía a nombrar.

–Así estoy mucho mejor –comentó Kenshin cuando le quitó la segunda bota.

–Ahora déjame mirarte la mano.

–Pero si no es nada.

–Entonces haz lo que te digo.

–Señora, no hay nada que me apetezca más.

Sus miradas se encontraron. Kaoru tragó saliva, la desvió y concentró su mirada en la toalla y en el agua. Después de mojar la primera, buscó su mano.

Al principio la sintió helada. Pero el frío no tardó en transformarse en calor.

Y aquel gesto no tenía nada médico, advirtió. Las enfermeras no debían tener ningún tipo de sentimientos hacia sus pacientes. Pero su respuesta era una respuesta eminentemente física, peor aún, peligrosamente sentimental.

Había confiado en Kenshin la noche anterior. Había desnudado su alma ante él. Quizá porque creía que no lo iba a volver a ver en su vida.

Pero quizá fuera por algo más.

Y a su vez Kenshin le había revelado, con abierta reluctancia, una parte de si mismo.

Negándose a seguir el curso de aquel pensamiento, limpió los nudillos de Kenshin con agua caliente.

–¿Qué tal? –le preguntó.

–¿Tienes alguna otra herida?

–Sí, pero en mi orgullo.

Kaoru sonrió ligeramente y elevó los ojos al cielo, dando las gracias. Se acercó después hacia el armario y sacó una pomada desinfectante. Lentamente se volvió de nuevo hacia él, se arrodilló a su lado y tomó su manoherida para aplicarle suavemente la pomada.

–Gracias –repitió Kenshin.

Kaoru alzó la mirada hacia él.

Sus ojos volvieron a encontrarse.

Kaoru tragó saliva. Kenshin entrecerró los ojos y sus iris maravillosamente violetas se oscurecieron de una forma que cualquier mujer habría sido capaz de interpretar.

Kaoru sabía que debía tener cuidado.

Kenshin había dejado de ser su paciente. Ya no necesitaba ninguna ayuda.

–¿Kaoru?

–¿Cómo tienes la cabeza? –preguntó, esperando romper la extraña magia del momento.

Pero la única respuesta de Kenshin fue tomarle las manos y empujarla suavemente hacia él, hasta sentarla en sus rodillas.

Y al estar allí, Kaoru deseó… Deseó no desearlo.

Kenshin la agarró por la barbilla y se inclinó hacia delante. Su rostro estaba a sólo unos centímetros del de Kaoru.

Y en ella, se rebeló de pronto el hambre de tantos años sin caricias, de tantos años de soledad y tristeza.

–Estás helada –le dijo Kenshin.

–Debe ser por culpa de la adrenalina.

–Estás helada –repitió Kenshin–, porque has salido a rescatarme.

Pero Kaoru ya no sentía frío; de hecho, el calor se extendía por todo su cuerpo. El peligro la consumía.

–Aprecio ese gesto, Kaoru. Te aprecio –y rozó sus labios.

Kaoru contuvo la respiración y buscó sus labios, si no con palabras, sí con su cuerpo, pidiendo más. Mucho más.

Y los labios de Kenshin rozaron los suyos por segunda vez.

Pero no fue suficiente. Que el cielo la ayudara, suplicó Kaoru, pero ni siquiera un tercer encuentro fue suficiente.

Kenshin retrocedió un poco. E instintivamente, Kaoru se inclinó hacia él.

Kenshin esbozó entonces una enigmática sonrisa. Y Kaoru se la devolvió.

Jamás, en toda su vida, se había sentido tan increíblemente femenina. Y en cuanto Kenshin le soltó las manos, las posó delicadamente en su pecho, sintiendo el rápido latir de su corazón.

Al parecer Kenshin estaba tan afectado como ella. Y eso le gustaba.

–Kaoru –el nombre quedó flotando en el aire. Sonaba dulce, increíblemente dulce. Y cuando Kenshin volvió a susurrarlo, Kaoru sintió un agradable escalofrío.

Porque en la segunda ocasión, sonó mucho más duro, como si fuera fruto de la desesperación.

Kenshin también la deseaba.

Kaoru deslizó las manos por la tela azul de su camisa. El material era suave, pero bajo él se adivinaban unos fuertes músculos. Se imaginó la suavidad de su pecho y buscó después su espalda, hasta alcanzar la textura rica , espesa y tentadora de su nuca.

Kenshin la abrazó. Y Kaoru se sentía maravillosamente a salvo entre sus brazos, como se había sentido la noche anterior, protegida y mimada. Cerró lentamente los ojos y lo besó.

Kenshin introdujo la lengua entre sus labios. Y Kaoru los abrió, rindiéndose a su sabor. Sabía que no debería estar haciendo eso, que no debería confiar, que debía tener cuidado con las consecuencias de lo que estaba haciendo.

Pero rechazó aquellos incómodos pensamientos. Kenshin le estaba acariciando y ella no lo rechazó, al contrario, reaccionó uniendo su lengua a la suya. Kenshin entonces la apretó suavemente, estrechándola todavía más contra él.

Kaoru apreció entonces la intensidad de su deseo.

Y al advertirlo, la realidad irrumpió bruscamente en sus pensamientos.

Terminó el beso y tragó saliva. Kenshin la sostuvo entre sus brazos mientras ella recuperaba el equilibrio y se levantaba.

Kaoru jamás se había comportado de esa forma.

La soledad no debería importarle. Había estado sola durante años. Pero eso no significaba que tuviera que rendirse al primer hombre con el que se encontraba, particularmente si aquel hombre era un solitario que estaba huyendo de su propia vida.

Además, aquél no era el tipo de hombre al que normalmente habría encontrado atractivo.

Temiendo lo que Kenshin pudiera pensar de ella, se frotó los labios, dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.

Kenshin se pasó las manos por el pelo.

Kuso.

Era un estúpido. Un auténtico estúpido.

¿Por qué la había besado? Debería haber dejado las manos quietas. Pero cuando estaba cerca de Kaoru, le resultaba imposible pensar con cordura.

Aun así, eso no justificaba el hecho de que hubiera abusado de su hospitalidad. Ni el que hubiera actuado tan precipitadamente.

Kaoru Kamiya era una mujer muy deseable. Pero menos de un mes atrás, había tenido a más de doce mujeres deseables rodeándolo en una fiesta. Y no había besado a ninguna de ellas.

¿Entonces qué le ocurría con Kaoru?

La lógica le decía que se fuera. Se marcharía caminando por la nieve.

Pero le bastó mirar hacia fuera para descartar su idea.

Estaba atrapado. Y tenía que encontrar valor para enfrentarse a aquella dolorosa situación. Le debía a Kaoru una explicación. Había sido muy rudo al salir tan precipitadamente de la casa, había recompensado su hospitalidad con hostilidad. Y Kaoru se merecía algo mejor.

Se merecía, al menos, sinceridad.

Rápidamente recogió todo lo que Kaoru había sacado para curarlo. Aquella mujer, pensó mientras lo hacía, cuidaba de todo el mundo.

Cuidaba de un viejo chucho, de un caballo, e, incluso de un hombre atrapado por culpa de la nieve.

Y cuidaba de su casa mientras esculpía sus ángeles.

Kenshin tomó el ángel que había en el mostrador. Umi. Así habia llamado Kaoru a aquel ángel de la guarda. Acarició su aureola y recordó a su abuela, aquella mujer que tanto había significado para él.

Ella también le había dado todo tipo de cuidados; había tenido mucha suerte al poder contar con ella.

Y Kaoru… Kaoru también tenía derecho a tener suerte en la vida.

Oyó pasos en el piso de arriba. ¿Estaría en su dormitorio? ¿En su estudio quizá?

Kenshin quería hablar con ella, pero a juzgar por la expresión con la que había salido corriendo de la cocina: labios apretados y ojos sombríos, no apreciaría una intrusión en su refugio.

El beso que habían compartido lo había estremecido. Y por la velocidad con la que Kaoru lo había abandonado, había tenido un efecto idéntico en ella.

Recordó la textura de su boca, sus pezones erguidos contra su pecho.

Encajaban perfectamente.

Como la navidad y el muérdago.

Su beso había sido tan natural como inevitable.

Y aunque probablemente debería hacerlo, no iba a disculparse.

La deseaba. La había tenido en sus brazos toda la noche, había sido una tortura. Y un inmenso placer.

Kenshin exhaló un suspiro.

Decidiendo darle algún tiempo a Kaoru mientras él pensaba en el próximo paso que iba a dar, se acercó al cuarto de estar.

Se sentó en el sofá, con la mirada fija en la chimenea, perdiéndose en las imágenes de Kaoru que aparecían en su mente. La recordó sonriendo, frunciendo el ceño. Mordiéndose el labio.

Excitada.

Aquella mujer despertaba en él sentimientos de posesividad que ninguna mujer le había inspirado.

Quería cuidarla, y no solo para reparar el favor que le había hecho ofreciéndole su casa. De hecho, había pasado gran parte de la mañana intentando satisfacer ese deseo.

Había intentado quitar la nieve del camino, había sacado toda la comida de la nevera, había comprobado el estado de los grifos, incluso había preparado el desayuno. No recordaba haberse comportado nunca de una manera tan… doméstica.

La experiencia debería haberle resultado extraña. Pero la verdad era que le había parecido algo completamente natural.

Se acercó a la chimenea, removió las brasas y echó un nuevo leño.

Como no tenía idea de lo que podía hacer para que Kaoru bajara de su habitación y no estaba acostumbrado a estar sin hacer nada, se calzó sus botas, se puso la chaqueta y se acercó al cobertizo.

La intensidad de la nevada parecía haber disminuido y las nubes estaban menos cargadas. Quizá saliera el sol al cabo de unas horas.

Miró hacia la casa y vio la silueta de Kaoru en la ventana. La vio alzar la mano, como si estuviera saludándolo. Pero cuando al cabo de unos minutos volvió a mirar, había desaparecido.

La puerta del cobertizo colgaba de las bisagras.

Había que empezar las cosas por el principio. En primer lugar, arreglaría la puerta y después ya se encargaría del caballo, que en ese momento estaba tranquilamente en el pesebre.

Se metió en el cobertizo con las herramientas que necesitaba para arreglar la puerta.

Cerca de una hora después el viento había cesado bruscamente, como si alguien hubiera dejado de soplar. La nieve dejó de caer y a través de las nubes, se filtró un diminuto rayo de sol.

Pero aquella mejoría del tiempo no elevaba el ánimo de Kenshin. Después de dejar a Mokuba bien cerrado en el establo, tras haber arreglado ya la puerta, tomó alguna de las herramientas y se dispuso a tallar una pieza de madera.

Se sentía bien trabajando manualmente. Pero cuando ya habían trazado el mapa de su futuro, su anhelo de crear y construir no podría ser ya nunca nada más que una simple afición.

Maldijo suavemente. Entonces se recordó a sí mismo que había planeado aquel viaje para exorcizar los demonios de su vida, se recordó que se encontraría bien en cuanto estuviera de vuelta en Tokio. Y miró de nuevo la pieza de madera que tenía frente a él.

Colocó un cincel contra la puerta y lo golpeó con el martillo.

Quizá aquel no fuera un gran regalo, pero serviría como regalo de navidad para el ángel que lo había rescatado del frío. El cielo sabía que aquella mujer había recibido muy pocos regalos a lo largo de su vida.

Y por lo menos estaba seguro de que al menos lo aceptaría… aunque no quisiera aceptar su beso.

Continuará…………………….

Konnichiwaaaaa!!!!!

Cómo están, gracias por los RR, la verdad me alegra muchísimo que les haya gustado la historia. Disculpen por la demora, trataré de actualizar más seguido.

Kisu, kisu, kisu

Mattaneeee……