Capítulo Seis

Kuso, kuso, kuso.

Kaoru no podía concentrarse. No podía pensar. Kenshin Himura había entrado en su vida para ponerla completamente de cabeza.

Cruzó la habitación y se asomó a la ventana. Una vez más. Lo había hecho varias veces durante las últimas horas, a pesar de que se había ordenado no hacerlo.

Miró hacia el cobertizo por centésima vez durante aquella mañana. Las puertas dobles estaban cerradas, impidiéndole ver nada. Ni nadie.

Sin permitirle ver el objetivo específico de su mirada.

Kenshin.

Kaoru había observado cada uno de sus movimientos mientras reparaba la puerta, como una mujer hambrienta de sensualidad. Al cabo de unos minutos, Kenshin se había quitado la chaqueta y se había secado el sudor de la frente, a pesar del frío reinante.

Después había sacado un martillo del cobertizo y se había dirigido hacia un leño caído del corral.

Mokuba se había adelantado hacia él, haciendo que a Kaoru se le encogiera el corazón. Retorciéndose nerviosa las manos, se había preguntado si debería salir, pero Kenshin se había puesto inmediatamente alerta y había alzado las manos, intentando imponerse al caballo.

El animal había avanzado vacilante. Kenshin permanecía sin moverse mientras Mokuba alargaba la cabeza para hociquearle el bolsillo, en busca de algún regalo. Kenshin le había acariciado entonces el hocico y Kaoru había podido imaginarse, más que oír, el relinchar de aprobación de Mokuba.

En ese instante, Kaoru había comprendido que se encontraba frente a un serio problema.

Cualquier hombre que tratara a los animales de esa forma, especialmente a uno que había estado a punto de abrirle la cabeza, era…

Yuki-chan empujó en ese momento la puerta y se metió en la habitación haciendo que Kaoru olvidara sus recuerdos. El perro esperó a que su dueña lo acariciara y se acurrucó después frente al hogar. Kaoru añadió otro leño al fuego y, de espaldas a la ventana, volvió a perderse en sus pensamientos.

Normalmente, el calor del fuego era suficiente para caldear la habitación mientras trabajaba, pero aquel día nada parecía poder ahuyentar el frío. Tampoco parecían ayudarle demasiado el jersey y las medias de lana. Pero en el fondo sabía que no era el temporal de nieve el culpable de su frío. De hecho, estaba destemplada desde que había subido corriendo al piso de arriba, alejándose de Kenshin y de la cascada de emociones que en su interior se habían desatado desde que la había besado.

Le molestaba haber respondido tan desenfadadamente. Le fastidiaba saber que no había sido capaz de resistirse a la tentación. Una tentación que todavía no había desaparecido de su vida.

Sintiendo crecer la frustración en su interior, volvió a la mesa e intentó trabajar.

Las sonrosadas mejillas del ángel eran demasiado oscuras, no parecían reales. Y las cejas estaban demasiado juntas, como si el ángel tuviera el ceño fruncido.

¿Fruncido?

Aquellos ángeles nunca habían expresado los sentimientos personales de Kaoru. Al menos hasta ese momento. Kenshin no llevaba ni siquiera veinticuatro horas en su casa y ya había conseguido afectarla de tal manera que se veía obligada a desenterrar emociones que durante mucho tiempo había conseguido mantener enterradas.

Tenía que olvidarse de él. Así que se colocó los auriculares del estéreo, puso la música a todo volumen y se dispuso a preparar el traje del ángel. Iba a necesitar lazos cuando tuviera que completar otro ángel, pensó. Aunque no era probable que aquel día terminara su trabajo.

Una llamada a la puerta la sobresaltó. Yuki-chan alzó la cabeza y la ladeó.

Kaoru bajó el volumen de la música y escuchó otra llamada.

–¿Kaoru?

El corazón le latía violentamente. Nadie había traspasado jamás el santuario de su estudio. No debería permitir que Kenshin lo invadiera.

–¡Espera un minuto!

El pomo de la puerta giró y un hombre imponente se apoderó de la habitación.

–Tenemos que hablar –dijo Kenshin nada más entrar.

Kaoru se esforzó en adoptar una actitud de indiferencia. Pero la frivolidad no encajaba con ella.

Kenshin irradiaba tensión y pasión. Las entrañas de Kaoru comenzaban a derretirse. Instintivamente, su cuerpo ansiaba lo que su mente se negaba a reconocer.

–No pienso disculparme por haberte besado.

Kaoru sintió que desaparecía todo el oxígeno de sus pulmones.

–Porque no soy un hipócrita. De hecho, volvería a besarte una y otra vez.

Kaoru lo miró a los ojos.

–Kenshin por favor.

Kenshin se acomodó con cierto nerviosismo los cabellos.

–Pero aun así te debo una explicación por mi comportamiento de esta mañana.

–No me debes nada –repuso la joven suavemente, repentinamente consciente de cómo estaba empequeñeciendo la habitación–. Estás invitado en mi casa hasta que la carretera se despeje. No tengo derecho a meterme en…

–Kuso, Kaoru, claro que tienes derecho –caminó hasta la ventana–. Y ése es el problema, soy más que un simple invitado.

–No, eso no es cierto –replicó inmediatamente ella sin saber muy bien si estaba intentando convencerlo a él o a sí misma. Y se obligó a decir una mentira–. Un beso no significa nada.

Kenshin se volvió hacia ella rápidamente.

–¿Ah no? ¿Y te dedicas a besar a todos los hombres con los que te encuentras?

Kaoru sacudió la cabeza, confundida por la rapidez con la que la conversación se le había ido de las manos.

–¿Y cuando los besas respondes siempre tan apasionadamente?

Hablaba en un tono suave, pero al mismo tiempo dolorosamente cortante. Kaoru se humedeció los labios.

–Creo que no, Kaoru. Y me gustaría que no hubiera mentiras entre nosotros.

Nosotros. ¿Había puesto un énfasis especial en aquella palabra o simplemente se lo había parecido a ella? Querría haber contestado que no había ningún "nosotros", pero no quería añadir otra marca a su lista de mentiras.

Porque sabía que, ocurriera lo que ocurriera, jamás se olvidaría de Kenshin. Y durante aquel breve instante en el tiempo, en el que la nieve impedía el paso al futuro, estaban juntos.

Y aunque no era una mujer proclive alas aventuras, no podía menos que desear poner un paréntesis a sus largos años de soledad.

–Antes he sido muy brusco –continuó diciendo Kenshin.

–Olvídalo –le dijo Kaoru tranquilamente–. Me lo merecía. Normalmente no me dedico a hurgar en la vida de nadie.

–No estabas hurgando en la vida de nadie. Simplemente has hecho una pregunta –replicó Kenshin sin poder ocultar su nerviosismo–. Normalmente no digo mentiras y escaparme corriendo sin contestar equivale a decir una mentira.

Su voz se había convertido en un íntimo suspiro. Kaoru advirtió el candor de su mirada y se dio cuenta de que Kenshin estaba a punto de confiarle una parte importante de su vida.

–Tenías razón. Estaba huyendo. Llevo un mes en la carretera.

Kaoru permaneció en silencio mientras Kenshin se volvía de nuevo hacia la ventana.

–Mi padre es Hiko Himura.

–¿De Himura Enterprises? –preguntó la joven asombrada.

–El mismo –giró hacia ella–. ¿Has oído hablar de esa empresa?

–Mis padres son accionistas.

–Hiko pretende retirarse a fianles de año.

Lo había llamado Hiko, no lo trataba como si fuera su padre.

–Se supone que yo soy su heredero –continuó explicándole sin ningún entusiasmo.

–Y tú no tienes ninguna gana –añadió ella–. Antes has dicho que te dirigías a Tokio, a tu casa.

–¿A casa? –replicó con una mueca–. No creo que te haya dicho eso.

–El caso es que aceptarás el puesto aunque no tengas ganas de hacerlo, ¿no?

Kenshin se cruzó de brazos.

–Tengo que hacerlo, es responsabilidad mía.

–¿Y no puedes renunciar?

–No –contestó con voz glacial.

Kaoru lo miró, admirando su sentido de la responsabilidad y comprendiendo que había sido precisamente aquella cualidad la que le había convertido en el hombre que era… en aquel hombre en el que ella había decidido confiar sin ninguna razón aparente. Aun así, tener que renunciar a sus propios proyectos para asumir los de su padre debía ser muy duro.

–Lo siento.

–Es mi obligación –se encogió de hombros, pero a pesar de su control, Kaoru advirtió que le faltaba a sus palabras la pasión que habitualmente lo caracterizaba.

Y entonces, comprendió que aquel Kenshin que había invadido su vida no sería el mismo en Tokio. Y aunque sabía que no era asunto suyo, aquel pensamiento la molestó.

Por alguna extraña razón, y aunque sabía que tenía ningún derecho, había comenzado a Kenshin como algo suyo.

Kenshin se apartó de la ventana.

–¿Entonces aceptas mis disculpas? –le preguntó.

–No tienes por qué disculparte –contestó ella, mirándolo a los ojos y reconociendo en ellos la magia a la que ya se había rendido anteriormente.

Kenshin le tendió la mano. Y Kaoru la aceptó, renunciando a considerar todas las recomendaciones de su sentido común. La aceptó y permitió que Kenshin se acercara a ella. Y cuando estaba cerca de él, se sentía increíblemente pequeña, pero en absoluto amenazada.

Las pocas horas que habían pasado separados habían sido casi tan terribles como la noche anterior, aquella noche que había pasado entre sus brazos, tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de él. Había dejado de alimentar determinados sentimientos durante tanto tiempo que hasta la llegada de Kenshin no se había dado cuenta de lo vacía que estaba su vida en muchos aspectos.

Durante las primeras horas de la noche, el sueño la había evitado. Al final, su cuerpo se había rendido, pero su mente había permanecido despierta, elucubrando sobre lo que sería vivir con un hombre que la deseara, que la quisiera de verdad.

El beso que Kenshin le había dado aquella mañana le había permitido adivinar ese dulce futuro. Le había gustado, sí. Le había gustado mucho.

Y era consciente de que quería más.

–Eres una mujer especial, Kaoru. Antes te he dicho que me gustaría besarte otra vez, pero he cambiado de opinión –le enmarcó el rostro entre las manos. Kaoru lo miró con el ceño ligeramente fruncido–. Lo que quiero es que me beses tú a mí.

Kenshin quería que lo besara. La vergüenza atravesó el tumulto de sentimientos que se había apoderado de Kaoru. Jamás había tomado la iniciativa con un hombre. No sabía cómo actuar, no sabía cómo reaccionar. Pestañeó nerviosa, sin atreverse a admitir la verdad.

–Yo…

–Tú tienes que tomar la iniciativa –le dijo Kenshin suavemente, sin apartar la mirada de sus ojos–. Antes te he asustado, ¿verdad?

Kaoru lo negó con la cabeza, pero no podía revelar la verdad. Había sido su propia reacción la que la había asustado, no Kenshin. Nerviosa, se humedeció los labios y advirtió en la mirada de Kenshin un sentimiento que ni siquiera se atrevía a nombrar.

Y percibiendo lo que Kaoru no se atrevía a explicar, Kenshin se inclinó ligeramente hacia delante, pero no se apoderó de sus labios.

Y como si estuviera siendo arrastrada por una especie de sortilegio inexorable, Kaoru se acercó a él. La tensión aumentaba. Era consciente del calor de sus manos en sus mejillas, de la fuerza protectora que le transmitían.

Kenshin deslizó el dedo pulgar hasta su barbilla mientras hundía la otra mano en su pelo.

Y Kaoru se sentía maravillosamente bien.

Agotada por la excitación y por los nervios, aceptó la oferta de kenshin y tomó el control de la situación.

Permitió que sus labios rozaran ligeramente los de Kenshin. Fue una caricia mínima, poco más que un roce. Aun así, tuvo el poder de vencer todas sus reservas.

Lo hizo por segunda vez, alimentando sus deseos.

El aliento de Kenshin se mezcló con el suyo… un aliento ardiente y prometedor. Kenshin posó las manos en sus hombros, y entonces ella acarició su rostro, deleitándose en aquellas facciones perfectamente cinceladas.

Se inclinó hacia delante y buscó sus labios, sabiendo que aquella vez no iba a salir huyendo a ninguna parte.

Kenshin tensó las manos sobre sus hombros al tiempo que sus lenguas se encontraban.

Kaoru saboreó su boca mientras el deseo crecía alimentado por aquel beso apasionado. Escuchaba la respiración jadeante de Kenshin y no era capaz de pensar con cordura. Se arqueó hacia delante, dejando que sus senos rozaran su pecho.

Y Kenshin gimió.

Kaoru hundió los dedos en su pelo. Aquella danza, similar a la más íntima danza del amor, continuaba, llevándola al borde de la locura. El beso que habían compartido aquella mañana no había sido nada comparado con aquello.

Kenshin se retiró ligeramente y Kaoru sintió entonces la intensidad de su deseo contra su abdomen.

–Kaoru –susurró Kenshin.

Kaoru, obedeciendo a la advertencia que aquel susurro encerraba, pues Kenshin había sido el primero en advertir que estaban llegando a un punto en el que les resultaría casi imposible dar marcha atrás, se separó de él y retrocedió, pasándose nerviosa las manos por el pelo.

Kenshin se apartó de ella y se acercó a la ventana.

–Lo siento –susurró Kaoru–. No pretendía… llegar tan lejos.

–No te disculpes, maldición –replicó Kenshin con una dureza inusitada.

Habían llegado mucho más lejos de lo que Kaoru pretendía. Habían llegado a un momento que ella jamás había encontrado cómodo en la relación con su marido. Había filtreado con el peligro e, increíblemente, estaba deseando hundirse de lleno en él.

Aquello no era propio de ella. Enishi jamás había conseguido despertar ese tipo de anhelo durante el tiempo que había estado casada con él.

Kaoru intentó buscar algo a lo que agarrarse, algo que la ayudara en aquel momento en el que no sabía cómo actuar. El corazón le latía violentamente y tenía los nervios a flor de piel. Tenía que encontrar algo que decir para distraerse y no terminar suplicándole a Kenshin que volviera a abrazarla.

Se sentó en la silla, acurrucada sobre sus piernas. Pero poner distancia entre ellos no servía para nada cuando todo el oxígeno de la habitación parecía haber sido sustituido por alguna extraña energía erótica.

–Gracias por la ayuda que me has prestado en la casa –dijo al fin.

Kenshin acarició a Yuki-chan con aire ausente y alzó después la mirada hacia ella.

–No tienes por qué dármelas.

–¿Cómo que no? Has arreglado un montón de cosas que tenía pendientes desde la primavera pasada.

–Considéralo como un pago por tu hospitalidad.

–Ni necesito ni quiero que me la pagues –replicó.

Kenshin se encogió de hombros como si estuviera dando el tema por terminado. Sabía que lo que en realidad estaba haciendo Kaoru era intentar iniciar una conversación intrascendente.

–Presumo que éste es tu estudio…

–Y tú eres mi primer invitado.

–¿He traspasado el umbral prohibido?

–Ajá –contestó Kaoru tranquilamente.

–En ese caso, debería sentirme un privilegiado.

–No lo eres, nadie te ha invitado.

Kenshin asintió en silencio.

–No pretendía ofenderte.

–No me has ofendido –contestó él y se dirigió hacia una estantería que cubría toda una pared.

Kaoru tragó saliva. El corazón continuaba latiéndole frenéticamente, y aquella vez por culpa de la sensación de vulnerabilidad provocada por la presencia de Kenshin en aquel lugar que no sólo era su estudio privado. Allí estaba todo su trabajo. Sólo los mejores ángeles pasaban la fase de selección para sacarlos en venta. Pero allí estaban todos sus esfuerzos, adornando las estanterías: desde aquellos ángeles de los que más orgullosa se sentía hasta los que había dejado a un lado porque no eran capaces de reflejar en su rostro ninguna emoción verdadera.

–¿Los has hecho todos tú? –le preguntó Kenshin.

Kaoru asintió, retorciéndose las manos en el regazo.

–Son muy buenos.

Kaoru sintió un delicioso calor en su interior. Su trabajo era muy personal, en él reflejaba lo más íntimo de sí. Aprobar sus ángeles era sprobarla a ella como persona, algo con lo que pocas veces había podido contar.

–No hay dos iguales –continuó comentando Kenshin.

–Esa es la parte que más me gusta –Kaoru se levantó y luchando contra la vocecilla interior que le gritaba que se alejara, fue hacia él. Kenshin había escogido su tema favorito. El entusiasmo bullía en su interior, ahogando cualquier advertencia de peligro. Tomó dos ángeles de la estantería y los colocó en la palma de su mano. Aunque tenían el mismo diseño, había entre ellos sutiles diferencias–. Cada uno de ellos tiene su propia personalidad.

–Uno es un chico y otro es una chica.

–¡Kenshin!

–Uno tiene un lazo rosa y otro un lazo azul –comentó Kenshin con una sonrisa y se los tendió para que los colocara de nuevo en las estanterías–. Ayer me comentaste que no habías podido vender muchos por culpa de la tormenta.

–Normalmente vendo muchos a última hora, justo antes de navidad, pero este año… –su entusiasmo se desvaneció.

–Te compraré cincuenta.

–¿Cincuenta? –repuso boquiabierta.

–Tengo muchos regalos que hacer…

–No son baratos –contestó Kaoru, intentando recuperarse de la impresión.

–No esperaba que lo fueran.

–Kenshin, no tienes… sólo porque hayamos…

–No –respondió Kenshin a la pregunta que Kaoru no había sido capaz de formular y le rodeó los hombros con el brazo–. Te los quiero comprar porque me gustan, porque creo que son un regalo estupendo.

Kaoru lo miró a los ojos, y vio en ellos una pasión tan grave que comenzó a encontrar dificultades para respirar.

–Y porque siempre me recordarán a una mujer especial. Y a unos días muy especiales.

–Aun así no necesitas cincuenta.

–Sí, los necesito.

Kaoru sentía un agradable placer extendiéndose por todo su cuerpo, reavivando la pasión que hacía sólo unos minutos la envolvía. Quería más, sentía un deseo desesperado de estar entre sus brazos, de tenerlo cerca de ella, de respirar la esencia de su sinceridad y su fe.

–Y me gustaría encargarte algunas docenas más. Mi hermana tiene una tienda de regalos en Tokio. Siempre están buscando nuevos productos. Estos ángeles serán un éxito. Antes de que puedas darte cuenta tendrás docenas de encargos.

–Yo… –tomó aire–, no sé cómo agradecértelo.

La mirada de Kenshin se oscureció. También parecía haberse alterado su respiración. Y Kaoru se estremeció al comprender que a él ya se le había ocurrido una forma de que lo hiciera.

Continuará……………………

Bueno minna, espero que les haya gustado, me apuré en subir este capítulo porque tengo que viajar, mi hermanita regalona se casa y no me perdería por nada del mundo un acontecimiento tan importante para ella. Así que no voy a poder hacer nada por lo menos por cuatro días, en el hotel no hay Internet T-T , gomen.

Les cuento también que me enteré hace poco que estoy embarazada… sí… otra vez… sería el cuarto… que cosas ¿no? Espero que esta vez sea una niña, no soportaría otro otoko más, ¡SON TERRIBLES! Pero si no, bueno, qué se le va a hacer, lo que importa es que es otro bebé ¡y me encantan los bebés!

Nos vemos a la vuelta de mi viaje, disfruten el capi, y, gracias por los RR.

Mattaneeeeee…………………