–Se me había olvidado que todavía tenía una botella de vino en el refrigerador.
–La encontré cuando fui a llevar las cosas de la nevera al cobertizo esta mañana.
Kaoru se sentó a la mesa mientras Kenshin rebuscaba en un cajón lleno de cachivaches un sacacorchos con el que abrir la botella.
–Necesitaremos velas, si no, no vamos a poder ver lo que he cocinado –Kaoru arrugó la nariz–. Aunque no sé si no sería mejor...
–Por allí –dijo Kenshin, señalando un cajón.
–¿En ese cajón hay¿De verdad? –preguntó Kaoru extrañada.
Aquella mujer necesitaba a alguien que la cuidara. Por décima vez en el día, Kenshin se descubrió intentando apartar aquella incómoda idea de su cabeza. Sí, quizá necesitaba a alguien que la cuidara, pero él no pretendía ocupar aquel puesto.
En cuanto la tormenta terminara y las carreteras volvieran a ser transitables se marcharía. Estaría con su familia durante la noche de navidad y aquel breve interludio con Kaoru se convertiría en un simple recuerdo.
Claro que sí. Y a su Harley le saldrían alas.
Con un fuerte tirón sacó el corcho de la botella.
Kaoru Kamiya había conseguido atraparlo por completo. Y en un tiempo récord. Había penetrado todas y cada una de sus defensas.
En ese momento estaba abriendo un armario y buscando en la estantería de arriba, dejando al descubierto la longitud de sus piernas.
–Están aquí –dijo Kenshin, colocándose tras ella. Rozó a Kaoru con los muslos y su cuerpo reaccionó inmediatamente.
Estar cerca de ella se convertía en una tarea más ardua a medida que iban pasando las horas. Le costaba inmensamente mantener las manos quietas. Quería abrazarla y besarla como se debía. Pero sabía que no tenía ningún derecho a hacerlo.
Pronto se iría. Y la dejaría tras él.
La idea de dejar a Kaoru completamente sola le removía las entrañas. Aquella mujer estaba hecha para tener pareja. Estaba hecha para un hombre, hecha para...
Interrumpió bruscamente el inquietante curso de sus pensamientos y tomó dos copas, desesperado por alejarse de ella.
Kaoru, a su vez, tragó saliva. Incluso con aquella tenue luz se advertía el sonrojo de sus mejillas. Contuvo la respiración y Kenshin pudo adivinar que también ella había reaccionado a su contacto.
Kenshin se volvió, se acercó al fregadero para enjuagar las copas y las llenó de vino con la esperanza de que fuera cierto aquello de que el alcohol adormecía los sentidos.
Al ofrecerle una copa a Kaoru, sus manos se rozaron y Kenshin recordó el suave tacto de sus dedos en su rostro... ¿Qué tendría aquella mujer, se preguntaba, que la hacía tan especial? Había conocido a muchas mujeres a lo largo de su vida, y con algunas de ellas había llegado a mantener relaciones bastante largas. Como con Tomoe... pero ni siquiera ella, la primera mujer que le había hecho plantearse seriamente la posibilidad del matrimonio, lo había afectado de forma tan poderosa.
Jamás se había pasado una noche en vela abrazado a Tomoe y preguntándose cómo podría arreglárselas sin él. Y la noche anterior, con Kaoru no había sido capaz de pegar ojo.
Algo que le preocupaba seriamente.
–Buen vino –comentó Kaoru.
Kenshin dio un sorbo a su copa. Encontró la bebida ligeramente dulce, pero era mejor que nada. Y cualquier cosa que tuviera un efecto ligeramente entumecedor era bienvenida.
Kaoru llevó las velas a la mesa. Kenshin escuchó el sonido del roce del fósforo y un siseo mientras la llama se encendía.
Mientras él había estado haciendo algunas reparaciones en el cobertizo, Kaoru había cocido unos espaguetis y había calentado un bote de salsa de tomate para acompañarlos.
–La cena está servida –dijo riéndose de si misma por sus escasas cualidades culinarias–. No es nada especial, pero por lo menos no pasaremos hambre.
Kenshin se sentó a la mesa, se sirvió una buena cantidad de pasta y la aliñó con la salsa de tomate.
–¿Estás bien? –le preguntó Kaoru mientras se llevaba el tenedor lleno de pasta a la boca–. Estás muy callado.
–Estoy bien, sí –mintió Kenshin, dándose cuenta de que pocas veces se había encontrado peor. Se sentía como si estuviera frente a un escaparate, separado por un grueso cristal de aquello que más deseaba en el mundo.
Era consciente de que no iba a poder alejarse de la vida de Kaoru como si aquel encuentro nunca hubiera existido. Y quería dejarle a ella algo digno de recordar, algo que no le permitiera olvidarlo.
Después de cenar, Kaoru calentó agua para preparar un chocolate y un té.
Mientras ella se acercaba ala cocina, Kenshin estuvo pensando en la mejor forma de hacer inolvidable aquel encuentro.
–¿Kaoru¿Tienes algo planeado para el postre? –le preguntó.
Kaoru se volvió hacia él y se apoyó descansadamente en el mostrador mientras esperaba a que el agua hirviera.
–Creo que tengo un preparado para hacer un pastel de queso. Solo hay que mezclar unos polvos con la leche. Pero no sé si la leche ya se habrá estropeado...
–¿Kaoru?
–¿Hmm?
–¿Sabes hacer algo más aparte de pan?
–Pues sí –el agua ya estaba hirviendo y apagó la cafetera–. Té.
Kenshin sonrió.
–Espero que cuando te lo diga continúes respetándome, pero tengo que hacerte una terrible confesión –siseó entonces Kaoru.
Kenshin inclinó la cabeza, prestando gran atención.
–Esta noche voy a hablarte sobre las limitaciones de mis talentos culinarios. Bueno, de eso y del guiso que te ofrecí ayer por la noche. Por supuesto, el guiso realmente no cuenta, porque ya venía prácticamente preparado. Sólo tuve que añadirle algunas verduras congeladas.
Definitivamente, aquella mujer necesitaba a alguien que se ocupara de ella, recordó Kenshin, ignorando estoicamente a la vocecilla interior que insistía en que él podía ser la persona indicada.
–Espera –continuó diciendo Kaoru–, también sé hacer tortitas. Son una de mis debilidades. Me encantan rellenas de sirope y cubiertas de azúcar.
–Mmm, solo de oírtelo decir ya estoy engordando.
–Y hablar de ellas no es nada comparado con comérselas. Por eso sólo me permito comerlas los domingos.
–¿Y sabes hacer galletas?
–¿Galletas?
–Sí, ya sabes, esa cosa que se toma con leche –se interrumpió un momento, midiendo el impacto que podía tener su frase y añadió–, y que se comen cuando va a llegar Santa Claus.
La expresión de Kaoru se ensombreció.
–No me digas que nunca has comido las típicas galletas de navidad.
–Lo hice –Kaoru pestañeó con fuerza–. Una vez.
Kenshin hizo una mueca. Kaoru cerró momentáneamente los ojos. Kenshin no tenía ninguna intención de que revelara el motivo de su dolor, pero pretendía que los recuerdos que podía dejar en aquella casa borraran la amargura de otras navidades.
–Mi abuela nos las solía hacer todos los años –le explicó–. No creo que sea difícil averiguar la receta.
Ignorándolo por completo, Kaoru recogió su plato y lo llevó al fregadero.
Kenshin tamborileó con los dedos en la mesa, considerando sus opciones. En cuanto tomó una decisión, dio un golpe con los nudillos en la mesa y se levantó. Con voluntad de hierro, apartó de su mente sus más desobedientes pensamientos que lo invitaban a abrazarla sin preocuparse por lo que pudiera ocurrir a continuación. Sabía que siempre conseguía controlar sus emociones, y esa vez no iba a ser una excepción.
–Si quieres lavar tú los platos –le dijo–, yo iré al cobertizo a buscar mantequilla y huevos. Quizá podamos hacer algunas galletas con formas navideñas. Algo festivo para celebrar estas fiestas.
Kaoru se giró, frunció el ceño y apretó con fuerza los puños.
–Déjalo ya.
–¿Qué deje qué?
–Deja de hablar ya de la navidad, por favor.
La camaradería que había entre ellos había desaparecido, abriendo paso al dolor. Kenshin intentó acercarse un poco más a ella y Kaoru alzó las manos, como si quisiera protegerse.
–Kaoru...
–¡Maldita sea, Kenshin! No quiero saber nada de la navidad, nunca he tenido nada que ver con ella y jamás va a importarme –lo miró a los ojos y añadió–: y tú también deberías empezar a superar estas cosas de una vez.
–Eres tú la que tienes que superar tus fantasmas, Kaoru. Ya eres una adulta, deberías intentar crecer.
Bajo la tenue luz de las velas, observó palidecer a Kaoru. El color desapareció de su rostro dejando en su lugar un triste velo de vulnerabilidad.
–Maldito seas –susurró.
Kenshin se tensó al oírla, temiendo haber llegado demasiado lejos. Pero sabía que aquella era la única manera de ayudarla a olvidar el pasado.
A Kaoru le temblaban los labios y cuando comenzó a hablar, Kenshin temió que fuera a empezar a llorar.
–No tienes ni idea de lo que estás diciendo –le reprochó Kaoru.
–Las navidades son una época para amar y compartir –insistió él–. El hecho de que hayas tenido unos padres tan egoístas no significa que estas fechas no existen.
–¿Cómo te atreves a decirme lo que tengo que sentir o cómo debo actuar? –tomó aire y continuó con furia–. No sabes nada de mí, no sabes lo que pienso y mucho menos lo que siento. Y, desde luego, no tienes ningún derecho a hacerme celebrar unas fechas que no significan nada para mí.
–La navidad es una oportunidad para sacar lo mejor que hay en nosotros.
–¿De verdad, Kenshin¿Entonces por qué mi marido me envió los papeles del divorcio el mismo día de navidad?
Se hizo un tenso silencio.
Un silencio ensordecedor.
Kenshin oía el bombeo de la sangre en sus oídos. Así que había un ex–marido. Un tipo capaz de enviarle la propuesta de divorcio el día de navidad.
Digirió aquella información como buenamente pudo y se descubrió odiando a aquel hombre que había sido capaz de herir de tal manera a una mujer que necesitaba tanto mimo.
–Maldita sea –suspiró–. Lo siento, Kaoru.
–Quizá en estas fechas algunas personas saquen al exterior lo mejor de sí mismas, pero la verdad es que yo nunca he tenido esa experiencia –alzó la mirada hacia él, presentándole todo su dolor–. Enishi y yo nos casamos en junio. Mis padres insistieron en correr con todos los gastos, aunque sabían que estaba cometiendo un error al casarme tan joven. Tenían que guardar las apariencias. Y tuve una boda de cuento de hadas, un vestido fabuloso, una diadema de diamantes... –sacudió la cabeza y continuó con voz ronca–. Mis padres invitaron a todos sus conocidos y organizaron una ceremonia en la que no faltó un solo detalle y un banquete que costó más que todo el dinero que gané yo el año pasado.
–En realidad la relación ya había empezado a fallar, pero yo todavía creía en ella e hice las promesas matrimoniales completamente en serio. Además, quería, necesitaba, demostrarles a mis padres que estaban equivocados.
Se alejó ligeramente de Kenshin y se abrazó a sí misma. El dolor se reflejaba en cada una de sus facciones.
–Y no sólo eso. Quería además poder disfrutar algún día de una verdadera navidad.
–Tu primera navidad –añadió Kenshin.
–Aquel año, estaba envolviendo el regalo de Enishi cuando recibí los papeles del divorcio.
–Que hijo de...
–Enishi –miró a Kenshin, sin pretender en ningún momento ocultar el tormento que había experimentado–, estaba pasando aquel día con su amante, una joven a la que había dejado embarazada.
Kenshin se pasó las manos por el pelo con expresión confundida.
–Así que, por favor, deja de decirme perogrulladas sin sentido sobre el veinticinco de diciembre. No hay nada especial en esa fecha, no hay nada que haga que la gente sea mejor o diferente. Es un día como otro cualquiera.
–Eso no es cierto –la desafió Kenshin–. No es un día como los demás.
Kaoru lo miró con los ojos entrecerrados y le dijo con voz emocionada:
–¿Qué quieres de mí¿Pretendes que te sirva mi corazón en bandeja de plata? Estupendo, ya lo tienes. Te he entregado todos mis recuerdos navideños; cada uno de ellos es un duro golpe para mi corazón. Y cada vez que intento distanciarme de ellos y examinarlos con la visión de una adulta, todavía me descubro con ganas de llorar.
Tras una breve pausa continuó diciendo:
–Todos los años me encuentro con los árboles de navidad, las guirnaldas, las luces... Y ninguna de esas cosas me trae un solo recuerdo agradable. No hay regalos para mí, y tampoco tengo una familia con la que reunirme. Y los villancicos que emiten por la radio sólo me sirven para entristecerme. Sólo uno de ellos se me ha quedado grabado, y se repite en mi mente una y otra vez: Noche silenciosa.
–A mí me encanta ese villancico –comentó Kenshin.
–Pues es el que mejor simboliza mi vida. Todas y cada una de mis navidades han sido una noche silenciosa –se secó una lágrima que amenazaba con escapar de sus ojos.
Y, al intentar ayudarla, se dijo Kenshin, lo único que había conseguido era empeorar la situación.
Kaoru alzó entonces la cabeza y le lanzó a su invitado un dardo mortal.
–Pero por lo menos yo soy capaz de enfrentarme a mis miedos, no necesito huir de ellos.
–¿De verdad, Kaoru? –le preguntó Kenshin con voz sedosa–. ¿Entonces por qué te escondes?
Kaoru palideció todavía más y Kenshin casi se arrepiente de haberle hecho aquella pregunta. Pero era demasiado fácil lanzar dardos envenenados, y no tan fácil el esquivarlos. Así que, sin ceder a la compasión, continuó preguntando:
–¿Realmente crees que tu actitud es muy diferente a la mía?
Kaoru pestañeó furiosa. ¿Qué derecho tenía aquel entrometido a intentar cambiar su vida? Los recuerdos no eran algo de lo que nadie pudiera deshacerse voluntariamente.
–Tienes razón –admitió suavemente–. Lo siento.
–Reconozco que me lo merecía.
–No –sacudió la cabeza–. No te lo merecías.
Se acercó a él, alzó lentamente la mano y deslizó los dedos por su barbilla. Kenshin se estremeció, conmovido por la intimidad de aquella caricia, le tomó la mano y se la apartó.
–No sé a qué se debe todo esto –dijo Kaoru–. No sé qué es lo que me hace comportarme así. Normalmente soy una persona mucho más comedida.
Kenshin la miró con las cejas arqueadas.
–Normalmente –continuó explicando Kaoru, como si necesitara que la creyera–, no soy tan brusca.
–Normalmente.
–Sí, normalmente –repitió Kaoru. Asomó a sus labios la sombra de una sonrisa, pero inmediatamente desapareció–. Pero cuando estoy cerca de ti –se le quebró la voz cuando sus miradas se encontraron.
La luz de las velas jugaba con la seda de su pelo. Y lo que más deseaba Kenshin en el mundo era hundir las manos en aquellas sedosas hebras y estrechar a Kaoru contra él.
–Cuando estoy cerca de ti –continuó diciendo Kaoru–, me resulta imposible pensar.
Aquella admisión podía llegar a ser el principio de algo, pensó Kenshin esperanzado.
–Me haces reaccionar, me haces sentir cosas que no debería –continuó diciendo Kaoru.
Kenshin la tomó por la barbilla y le hizo alzar ligeramente la cabeza.
–¿Y quién te ha dicho que son cosas que no deberías sentir?
–Yo –pestañeó–, el sentido común.
–¿Y qué es lo que sientes, Kaoru?
–Kenshin... –contestó ella al cabo de unos segundos de vacilación.
Kenshin permaneció en silencio. Kaoru también.
–¿Qué es lo que sientes? –preguntó él nuevamente, deseando destrozar el muro que Kaoru estaba intentando levantar entre ellos.
–Pasión –confesó.
Aquella repentina admisión dejó a Kenshin sin aliento. De hecho, cuando Kaoru continuó hablando tuvo que hacer un enorme esfuerzo para pensar con claridad.
–Es algo que... que parece escapar completamente a mi control.
–Y no te gusta sentir que no lo controlas.
–No, no me gusta –se separó de él, tomó su copa de vino y bebió un sorbo.
Kenshin invocó a la paciencia que había cultivado durante años. Kaoru estaba intentando escapar, lo que significaba que él le importaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Diablos, y ella también le importaba... mucho más de lo que quería admitir.
Kaoru dio un nuevo sorbo a su copa y Kenshin esperó, preguntándose si la joven estaría demorándose intencionadamente. Pero él se negaba a romper el silencio.
–La pasión es una cosa muy extraña –Kaoru se sentó y acarició su copa–. Yo sentía una pasión incontrolable por Enishi –continuó con voz dura–, se encendió muy rápidamente.
Kenshin se resistía a acercarse a ella, Kaoru parecía necesitar distancia y, por difícil que le resultara, estaba dispuesto a brindársela.
–Pero también se apagó mucho antes de lo que esperaba.
–Kaoru... –comenzó a decir, pero no terminó la frase. No se imaginaba siquiera de qué manera podría ayudarla.
–Eso fue hace mucho tiempo –continuó bebiendo.
Kenshin la miraba atentamente, advirtiendo todos los cambios que se producían en ella.
–El matrimonio y el divorcio me hicieron más fuerte. No sé si habría comenzado a hacer ángeles, ni si me habría comprado alguna vez esta casa si Enishi no me hubiera dejado.
Kenshin se obligó a apartar la mirada de sus labios.
–¿Y qué me dices de tu corazón?
–No lo sé, Kenshin. No creo que tenga miedo al amor, pero...
–¿Pero? –la instó él cuando Kaoru se interrumpió.
La joven alzó la mirada y dijo:
–Pero no confío en él. Mis padres tuvieron amor y pasión suficiente para todos, excepto para su única hija. Y Enishi se apasionaba por cualquier cosa que llevara puesta una falda.
–No todos los hombres son iguales.
–¿No?
–No. Algunos se toman sus compromisos en serio.
–¿Cómo tú?
–Sí –pensó en el futuro que tenía ante él, y en las pocas ganas de emprender aquel camino. Pero estaba decidido a hacerlo por mucho que le costara–. Como yo.
Kenshin desvió la mirada hacia el ángel que descansaba en el mostrador como si estuviera buscando inspiración en aquella pieza de barro. Después, se reunió con Kaoru en la mesa y tomó un largo sorbo de vino.
–Kaoru, tengo una propuesta que hacerte.
Los ojos de Kaoru brillaban con tanta fuerza que parecían estar saliendo chispas de sus ojos. Kami-sama, Kenshin adoraba aquellos cambios de expresión, aquella capacidad de reflejar toda su alma en la mirada a pesar de sus esfuerzos por actuar de forma fría y mesurada.
–Quiero ofrecerte nuevos recuerdos –le dijo, le tomó la mano por encima de la mesa–. Estamos obligados a pasar juntos algún tiempo, y me gustaría que lo aprovecháramos de la mejor manera. Podemos crear nuevos recuerdos, de modo que cuando dentro de unos años pienses en la navidad, puedas sonreír.
–Kenshin, los recuerdos no se pueden forzar deliberadamente.
Se reclinó en la silla, como si estuviera intentando poner distancia entre ellos.
–¿De verdad, Kaoru?
Kaoru echó la cabeza hacia atrás, revelando la suave piel de su cuello. Y Kenshin deseó acariciarla, deslizar el dedo por su piel y enseñarle lo que era la verdadera pasión. Al mirarla, deseaba hacerle olvidar su pasado y brindarle un momento de felicidad en el que pudiera refugiarse en el futuro.
–Una oportunidad, Kaoru, eso es todo lo que te estoy pidiendo. Si no puedes hacerlo por mí, al menos hazlo por ti.
Kaoru permaneció en silencio durante tanto tiempo que Kenshin temió haber llevado las cosas demasiado lejos.
Pero unos segundos después, la joven preguntó:
–¿Quieres que hagamos galletas?
Kenshin advirtió la vacilación de su voz, y leyó en sus ojos lo cerca que estaba ya de claudicar. Y se dijo a sí mismo que debía de andar con tanto cuidado como si estuviera a punto de firmar un contrato multimillonario.
Inmediatamente se regañó por aquella comparación. Kaoru valía mucho más que cualquiera de los contratos que había firmado o iba a firmar a lo largo de su vida.
–Galletas de invierno.
Kaoru se humedeció los labios con la lengua. Y una oleada de deseo para la que no estaba en absoluto preparado, golpeó con fuerza a Kenshin. Al parecer, el alcohol no había servido para adormecer ni uno solo de sus sentidos.
–¿Kaoru?
Kaoru alzó la mirada hacia él.
–Ven aquí.
Kenshin se levantó. Y con la mirada perdida en sus ojos recordó la angustia de sus palabras, el dolor de su voz. Había descubierto su dolor, y sabía cual era el siguiente paso. Tenía que conseguir que diera rienda suelta a su pasión.
Continuará...
Hola, cómo están, gomen, gomen por la tardanza, me tardé un poco porque tuve que conseguirme una compu portátil para poder actualizar, ya que con esto del embarazo, estoy con muchas nauseas y malestares múltiples que me hacen permanecer la mayor parte del tiempo en mi camita, es algo normal en mis embarazos, son horribles, wacala, no puedo comer casi nada. Pero en fin, me costó un poco conseguirlo, pero al final mi lindo esposo me trajo uno de su oficina y ahora espero actualizar más seguido.
Espero que les haya gustado, y ahora si puedo asegurarles que en el siguiente capi viene el lemon, así que espérenlo.
Gracias por sus RR, les agradezco mucho sus felicitaciones y buenos deseos, son todos muy dulces.
Besos para todos.
Mattaneeeeeeeeeeeee...
