Capítulo Ocho

La frontera que separaba el sentido común del deseo se desdibujaba.

Con piernas temblorosas, Kaoru se dirigió hacia él. El corazón le latía violentamente mientras observaba los brillantes ojos de Kenshin. Le había abierto su corazón, y aunque dudaba de que su verdadera intención fuera alejar el dolor y sustituirlo por algo mejor, se sentía incapaz de resistirse.

Después de todo, ya había sido suficientemente herida. Kenshin no podía causarle más dolor del que ya había soportado.

Los ojos de Kenshin parecían relampaguear, ilusión provocada por la luz de las velas. Kaoru conocía sus intenciones, sabía que Kenshin no podría cumplir su promesa, pero aun así se rindió inevitablemente a la pasión.

Sus labios se encontraron. Kaoru inhaló su esencia, el olor a sudor provocado por el trabajo, el rastro que había dejado en su piel el frío aire de la montaña. Aquel beso encerraba una promesa, una promesa que se convirtió en la llave para abrir un rincón del corazón de Kaoru que ella había mantenido cerrado durante años.

Pero con Kenshin...

Su lengua bailaba entre la suya una danza lenta y excitante. Kaoru se inclinó hacia delante, permitiendo que Kenshin soportara su peso, y hundió una mano en su pelo, como si quisiera que sus bocas no se separaran nunca.

Kenshin presionó su pelvis contra ella en el más sensual de los asaltos y profundizó el beso mientras acariciaba su espalda y la estrechaba contra él.

Kaoru, invadida por un delicioso calor y sintiendo sus pezones erguidos por el placer, cerró los ojos entregándose al placer de aquel beso, dejando que el deseo lo inundara todo.

Lo sentía, sentía su dureza contra la suavidad de su vientre. Sentía su propia respuesta, dócil y al mismo tiempo exigente. Sabía que había perdido el control, lo que no tenía forma de detenerse, y que ni siquiera pretendía hacerlo.

–Kaoru... –musitó Kenshin en el más sensual de los susurros–. Kaoru... –repitió.

Kaoru abrió los ojos, pestañeó un par de veces y descubrió la mirada de Kenshin fija en su rostro.

–Dime que me detenga, Kaoru –le suplicó.

Kaoru debería haber sopesado su ofrecimiento, haber detenido aquella locura antes de que fuera demasiado tarde, pero el deseo era ya superior a sus fuerzas. Y aunque sabía que jamás podría olvidar las heridas que anteriormente le habían inflingido, pensaba que al menos Kenshin podía darle algo que recordar durante los tristes y duros meses de invierno.

Quizá, sólo quizá, las noches no le parecieran tan largas después de aquello. Ni los días tan vacíos.

–No puedo decirte que te detengas, Kenshin –reunió todo el valor que tenía para confesar–: Porque no quiero que lo hagas.

Un intenso deseo oscureció la mirada de Kenshin. Con un solo movimiento, la levantó en brazos y la condujo hacia el cuarto de estar.

Kaoru se acurrucaba contra su pecho, escuchando los reconfortantes latidos de su corazón. A su lado se sentía a salvo. Segura. Deseada. Especial.

Kenshin la dejó delicadamente en el sofá y añadió un par de leños al fuego.

–¿Quieres que encienda unas velas o nos basta con el fuego? –le preguntó a Kaoru.

La joven intentó combatir los nervios que inesperadamente se habían apoderado de ella.

–Con la luz del fuego bastará.

Kenshin tomó el montón de sábanas y mantas que habían dejado aquella mañana en la mesa y Kaoru se levantó dispuesta a ayudarlo.

–Vamos a acercarlas al fuego –dijo Kenshin–, no quiero que pases frío.

Al imaginarse desnuda ante él, Kaoru sintió un escalofrío. Pero obligándose a no perder el valor, lo ayudó a extender las sábanas sobre el futon.

Consciente de que Kenshin la estaba observando, alzó la mirada y soltó bruscamente la sábana. Porque en el rostro de Kenshin no descubrió la sonrisa que estaba esperando. Sino que sus facciones encerraban una ternura que amenazaba con desarmarla por completo.

–No te pongas nerviosa –le dijo Kenshin, y le tendió la mano.

Kaoru intentó esbozar una sonrisa, pero fracasó estrepitosamente.

–Es fácil decirlo...

–Iremos tan lentamente como quieras.

Mientras lo decía, le sostenía la mano, como si temiera que pudiera escaparse. Pero no lo haría. A pesar de lo asustada que estaba, Kaoru quería estar con él.

–Tenemos toda la noche –añadió Kenshin y con la mano libre le retiró suavemente el pelo de la frente y acarició con el pulgar el arco de sus cejas.

Kaoru entreabrió lentamente los labios y dejó escapar un suave suspiro. Kenshin deslizó la mano hasta sus labios y Kaoru, siguiendo un impulso casi involuntario, sacó tímidamente la lengua. Kenshin posó allí su dedo índice y ella cerró delicadamente la boca.

Kenshin contuvo la respiración y Kaoru comprendió con deleite que tenía la misma capacidad para afectarlo que él para influir en ella. Y sin pensarlo dos veces, le acarició el dedo con la lengua y lo succionó más profundamente en su boca.

Kenshin arqueó sorprendido las cejas y cuando Kaoru lo soltó continuó su lenta exploración. La tomó por la barbilla y al sentir la suave piel de su mentón bajo los dedos se estremeció ligeramente. En el interior de Kaoru comenzó a desatarse una sensación parecida al inicio de un incendio. Poco a poco iba siendo consciente de su propia sensualidad.

Echó la cabeza hacia atrás mientras Kenshin seguía su propio recorrido. Sabía perfectamente dónde podía conducirlos aquello, pero saboreaba cada segundo mientras Kenshin hacía renacer cada una de sus células.

–Casi desde que te vi estoy deseando hacer esto –susurró Kenshin acariciándole el cuello.

Kaoru también había soñado con ello.

Y cuando los labios de Kenshin sustituyeron a sus dedos, no pudo evitar un estremecimiento de placer. Los latidos de su corazón aumentaron vertiginosamente de velocidad, siguiendo un ritmo profundamente erótico y en el momento en el que sintió la punta de la lengua de Kenshin contra su piel, comenzaron a flaquearle las piernas.

Pero como siempre, allí estaba él para protegerla y rápidamente ambos estuvieron de rodillas en la alfombra.

Kenshin se detuvo un momento para quitarle el jersey. Y a pesar de todos sus temores, la joven no sintió ningún pudor. ¿Cómo iba a sentirlo cuando la estaba mirando como algo precioso? Y aunque ya era suficientemente adulta como para comprender la diferencia entre la vida real y el mundo de los sueños, no pudo menos que pensar que aquél sí era el cuento de hadas que siempre se había imaginado.

Sus senos llenos y henchidos palpitaron cuando Kenshin posó en ellos su mirada. En aquella ocasión, él colocó las manos sobra sus costillas y alzó los pulgares para acariciarle los pezones ocultos por el sujetador.

Kaoru gimió anhelante.

Y entonces Kenshin le desabrochó el sujetador y deslizó reverencialmente los tirantes por sus hombros. Instintivamente, Kaoru se arqueó hacia delante.

–Kenshin...

La urgencia que destilaba su voz debió ser percibida por Kenshin pues inmediatamente aumentó el ritmo de sus movimientos. Sin ningún recato, posó las manos en sus senos y los pezones de Kaoru se irguieron, como si estuvieran demandando sus caricias.

Y Kenshin accedió a sus demandas.

Con las yemas de los pulgares, rozó sus pezones. Kaoru sentía que algo se estremecía entre sus muslos. A continuación, Kenshin tomó sus senos y ella se arqueó contra él, cerrando las manos sobre su cuello. Con una delicadeza exquisita, Kenshin pellizcó sus pezones e inclinó la cabeza para besarlos. Y entonces Kaoru comprendió que estaba ya en el borde del precipicio.

En medio de la precipitación de su deseo, las ropas se convertían en un estorbo para Kaoru y Kenshin advirtió rápidamente su inquietud.

–¿Kaoru?

Kaoru apenas podía pensar, luchó para encontrar las palabras adecuadas en medio del estado de turbación en el que se encontraba y musitó:

–Quiero que... hagamos el amor.

Kenshin sonrió.

Kaoru comenzó a desabrocharle con torpeza los botones de la camisa.

–Kuso –protestó nerviosa.

Kenshin rió, con una carcajada rica y seductora. Y Kaoru continuó decidida en su empeño hasta llegar al último botón. Cuando terminó la operación, inspiró lentamente, intentando controlarse.

A pesar de su frenesí interno, no quería precipitarse.

Posó las manos contra el pecho de Kenshin y exploró lentamente la textura de su piel. Y cuando deslizó involuntariamente la mano hacia uno de sus pezones, Kenshin dejó escapar un suspiro.

Alentada por su reacción, Kaoru repitió la caricia con el otro pezón y Kenshin la agarró por la muñeca.

–Ojo por ojo... –susurró Kaoru.

–Si no quieres que esto acabe en menos de dos minutos, yo no lo haría.

Kaoru sonrió, sintiendo, por primera vez, que llevaba ella el control. Imprudentemente, ignoró su advertencia y consiguió con la boca la misma reacción que Kenshin había obtenido de ella.

Kenshin se echó entonces hacia atrás, ella lo siguió y le mordisqueó el pezón.

–Ya es suficiente –suplicó Kenshin.

Pero no lo era, por lo menos para ella.

Alzó la mirada y advirtió en la de Kenshin que para él tampoco era suficiente.

–Levántate –le pidió Kenshin suavemente.

Kaoru jadeó. Aunque había estado casada, Enishi nunca había tenido tiempo para enseñarle, para animarla a hacer realmente el amor.

–Confía en mí –le pidió Kenshin–. No voy a pedirte nada que no estés dispuesta a hacer.

Utilizando como apoyo la mano que Kenshin le ofrecía, Kaoru se levantó. Todavía de rodillas, Kenshin la rodeó con los brazos y deslizó los labios hasta su vientre.

–Kaoru, voy a terminar de desnudarte.

Kaoru asintió después de intentar, y fracasar estrepitosamente, pronunciar alguna palabra. Y cuando sintió las manos de Kenshin entre la cintura de las mallas y su piel desnuda, hundió los dedos en su pelo, animándolo a continuar hasta que ya sólo quedó entre ellos el suave satén de sus bragas.

Se estremeció al sentir la humedad entre sus piernas, preguntándose si Kenshin sería consciente del efecto que sus caricias tenían en ella.

Con movimientos deliberadamente lentos, Kenshin le quitó las bragas y posó la mano sobre sus partes más íntimas.

–Kaoru, voy a ncuidar de ti...

Kaoru sabía que lo haría.

–¿Confías en mí? –le preguntó Kenshin.

–Sí –susurró ella.

Entonces Kenshin se levantó y se quitó las botas. Kaoru llevó la mno hasta el botón de sus vaqueros. Sintiéndose incapaz de desabrochárselos, alzó la mirada, pidiéndole ayuda sin necesidad de palabras.

Pero Kenshin, en vez de desabrocharse él mismo la cremallera, le tomó la mano para que lo hiciera ella. Kaoru se sonrojó mientras tomaba la lengüeta de la cremallera. El sexo excitado de Kenshin se tensó contra la tela del vaquero y la joven gimió al comprender que estaba tan preparado como ella para el amor.

–Termina de desnudarme –le dijo Kenshin.

Kaoru asintió, dejando de lado sus vacilaciones para convertirse en la amante que Kenshin la estaba animando a ser. Cuando más participaba, más consciente se sentía de su feminidad... de hecho, jamás se había sentido tan sexy, tan femenina.

Poco a poco, fue deslizando la cremallera. Y cuando terminó no pudo menos que asombrarse de que la tela hubiera podido ocultar la excitación de Kenshin.

Alzó la mirada, le bajó el bóxer y se quedó, sencillamente, sin aliento.

Entonces Kenshin la abrazó y se reunió con ella sobre el futón, capturándola con un beso que le hizo olvidarse a Kaoru de cualquier duda. Cuando Kenshin la besaba, lo único que era capaz de pensar era que estaban hechos el uno para el otro.

Después de que Kenshin colocara uno de los cojines como almohada, Kaoru se tumbó. Él la imitó y con la cabeza apoyada sobre un codo, la observó, analizando las emociones que la joven no era capaz de esconder. Y bajo aquella lenta exploración, comenzó a bullir de nuevo la pasión en el interior de Kaoru.

Después de cubrirla de lentas caricias, Kenshin posó la mano entre sus piernas. Kaoru se arqueó contra él y cuando sintió sus dedos sobre el delicado centro del placer, gritó:

–¡Kenshin! No puedo... Quiero...

La estaba volviendo loca; por una parte tenía la sensación de que ya no podía más y por otra nunca parecía tener suficiente.

Kenshin se detuvo un momento y fue a buscar algo a su mochila de cuero. Abrió la cremallera, la vació en el suelo y cuando encontró la cartera sacó un paquete de uno de los compartimientos.

–Espero que todavía esté en buen estado –comentó.

El hecho de que fuera capaz de acordarse de utilizar protección en un momento en el que ella no habría sido capaz de acordarse de nada, le inspiró a Kaoru una profunda confianza.

Aquel era un hombre que mantenía sus promesas.

Kenshin desgarró el sobrecito y a los pocos segundos Kaoru pudo sentir toda la fuerza de su excitación contra ella. Sentía palpitar los rincones más escondidos de sus entrañas y alzó las caderas, invitándolo a hundirse en ella.

Kenshin se hundió lentamente en su interior. Kaoru gimió ante la suavidad de su penetración. Lo miró a los ojos y advirtió el brillo de sudor que cubría su frente.

–Entra del todo –le susurró con la respiración entrecortada.

Entonces Kenshin se hundió plenamente. Kaoru se aferró a sus hombros y él comenzó a moverse intensa e insistentemente, llevándola hasta el límite. Al cabo de unos momentos, colocó las manos bajo sus caderas y la elevó ligeramente para que pudiera sentirlo mucho más.

Todo tipo de sensaciones y colores inundaba la mente de Kaoru. Ella, impulsada por aquel intenso gozo gritó varias veces su nombre hasta quedar exhausta de placer.

Kenshin se detuvo un momento, dejando que la oleada de excitación retrocediera.

–¿Estás bien? –le preguntó.

Kaoru abrió los ojos y sonrió al advertir la tensión que todavía poblaba su rostro.

–Estupendamente –susurró con voz ronca.

Y lentamente, mientras comenzaba a ser consciente de todo lo que la rodeaba, se dio cuenta de que Kenshin no había encontrado la misma satisfacción que ella.

–¿Kenshin?

Obviamente, no hizo falta que dijera nada más.

Kenshin le dio un cariñoso beso en la nariz y comenzó a moverse de nuevo. Kaoru se movía al unísono y en aquella ocasión mantuvo en todo momento los ojos abiertos, para no perderse ninguna de sus reacciones. LO abrazaba con fuerza y elevaba las caderas cada vez que él empujaba. Entonces Kenshin gimió y se estremeció con una sacudida que se repitió como un eco en el interior de la joven.

Y en aquella ocasión se fundieron en un solo climax.

---------------------------------------------------------------------------------------

–¿Galletas? –Kaoru repitió somnolienta la sugerencia de Kenshin–. ¿Todavía estás empeñado en que hagamos galletas?

–La verdad es que a mí se me ha abierto el apetito –dijo Kenshin.

Kaoru sonrió, y el corazón de Kenshin pareció encenderse. Inmediatamente rechazó aquella imagen, era ridícula. Un corazón jamás se encendía. ¿O sí?

Kaoru se movió suavemente, Kenshin alargó el brazo y sintió el pezón erguido de Kaoru contra su mano. No recordaba haber disfrutado nunca de una sensación tan erótica. Le hacía desearla otra vez. Y el gemido de Kaoru que siguió a su caricia parecía indicar que ella también estaba dispuesta a repetir la experiencia.

Pero de pronto, se escuchó un estruendo en la cocina que hizo que Kaoru se levantara de un salto. Instintivamente, Kenshin la abrazó.

–Parece que no eres el único que está pensando en comer –bromeó Kaoru.

Se oyó un segundo estruendo, y a continuación un ladrido quejumbroso de Yuki-chan. Kenshin maldijo y buscó sus vaqueros.

–Probablemente se le haya caído alguna lata en la pata –comentó Kaoru.

–Ahora mismo voy a averiguarlo –Kenshin se levantó, se puso los pantalones y bajó la mirada hacia Kaoru.

Mechones de pelo enmarcaban su rostro, invitándolo a deleitarse con su rica textura. La sábana cubría su pecho, pero dejaba sus hombros desnudos al descubierto. Y sus ojos... Por Kami, qué ojos. Parecían tener luz propia.

Estuvo a punto de olvidarse del chucho, pero Yuki-chan no iba a olvidar tan rápido su apetito.

–¿No podría dormir fuera? –preguntó Kenshin al oírlo ladrar.

Kaoru sonrió, esbozó aquella seductora sonrisa que lo llevaba a recordar el tentador sabor de sus labios. Con enorme desgana, Kenshin agarró la linterna y se dirigió a la cocina.

Cuando iluminó al sabueso, éste alzó la mirada y gimió como si estuviera diciendo que lo sentía pero que ya no podía aguantar más.

–Lo sé –le contestó Kenshin y le sirvió una ración de comida antes de poner orden al desastre que el perro había organizado.

–¿Hablabas en serio de hacer unas galletas?

Kenshin se volvió y miró a Kaoru. No la había oído llegar, pero se alegraba de verla. Se había puesto la bata, que llevaba firmemente atada a la cintura. aquella visión lo turbaba todavía más que haberla visto en camisón la noche anterior. Después de su encuentro, ya sabía lo que escondía debajo.

Y estaba hambriento, desde luego, pero no necesariamente de comida.

Kenshin se recordó a sí mismo su promesa de dejarle un dulce recuerdo navideño. Y estaba seguro de que con su ex–marido jamás había hecho galletas de navidad.

–Sí –respondió–, estaba hablando en serio.

Kaoru asintió.

–Pues estoy dispuesta a hacerlas.

–Iré a buscar los huevos y la mantequilla al cobertizo.

–¿No crees que hace demasiado frío para salir?

–No, siempre y cuando me prometas ayudarme a entrar en calor cuando regrese –y le dio un beso de despedida.

Menos de cinco minutos después, volvía con los dedos completamente helados.

Kaoru había encendido algunas linternas y había sacado de la despensa los recipientes y los utensilios necesarios para preparar las galletas recreando una escena absolutamente hogareña... y extrañamente apetecible para Kenshin.

Rechazando de nuevo aquellas incómodas sensaciones, Kenshin colocó los ingredientes en el mostrador y se quitó la chaqueta.. Kaoru se acercó a su lado.

–Estás helado –le dijo, tomándole las manos y se puso de puntillas para ofrecerle un beso que, por supuesto, Kenshin aceptó.

Kaoru había prometido calentarlo y, en cuanto rozó sus labios, el frío se convirtió para Kenshin en un recuerdo distante y el mañana en una realidad a la que no quería enfrentarse.

–Tenemos que hacer las galletas –le recordó Kaoru.

–Ah, sí, las galletas –tragó saliva–. ¿Tienes un libro de cocina?

Kaoru lo miró con recelo.

–Pensaba que habías dicho que sabías hacerlas.

–Mentí.

–¿Qué mentiste?

–Quería crear nuevos recuerdos, Kaoru, para sustituir aquellos que tanto te hieren.

Kaoru entreabrió los labios, ofreciéndole una tentadora visión de su lengua.

–Jamás habría pensado que llegaría a gustarme que alguien me mintiera. En fin, creo que todavía tengo un libro de cocina que me regalaron cuando me casé –buscó en una estantería y al momento sacó un libro al que ni siquiera le había quitado todavía el envoltorio de plástico.

Le quitó el plástico, hizo una pelota y la arrojó a la basura. Como siempre falló.

–¿Quieres acercarme una linterna? –le pidió a Kenshin.

Kenshin obedeció, después de recoger el plástico y depositarlo en el cubo de la basura. Permaneció detrás de ella, muy cerca, iluminándole el libro por encima del hombro. A los pocos segundos, comenzó a acariciarle el cuello con los labios y a estrecharla contra él.

–No muevas la luz –le dijo Kaoru.

–Entonces estate quieta.

–No puedo estarme quieta si me haces esas cosas.

–¿Qué cosas? –le mordisqueó el cuello suavemente.

–Eso –jadeó Kaoru, estrechándose contra él.

Yuki-chan tiró en ese momento el cuenco de la comida y se sentó a mirarlos con curiosidad.

–Tenemos que... encender... –empezó a decir Kaoru.

–Oh, yo ya estoy.

Kaoru se movió contra él y susurró su nombre.

Kenshin la acariciaba sin terminar de entender lo que le estaba ocurriendo. ¿Qué diablos tenía aquella mujer? Siempre había sido capaz de ejercer sobre sí mismo un férreo control... por lo menos hasta que había conocido a Kaoru.

Dándose cuenta de que si no se detenían iban a terminar haciendo el amor allí mismo, Kenshin retrocedió ligeramente y volvió a iluminar el libro de cocina.

–O hacemos esas malditas galletas, o te llevo inmediatamente a la cama.

–Creía que estabas hambriento.

–Y lo estoy –se miraron a los ojos.

–Oh –Kaoru esbozó una seductora y sigilosa sonrisa–. Entonces será mejor que hagamos las galletas, así podremos satisfacer ambos apetitos.

–¿Kaoru?

–¿Hmm?

–Lee la receta.

Y Kaoru lo hizo. Kenshin intentaba concentrarse mientras buscaba la harina y el azúcar.

–Están en la estantería de abajo –le dijo Kaoru.

Pero Kenshin miraba la estantería una y otra vez y era incapaz de verlas. Lo único que ocupaba su mente era visiones de mechones azabaches alrededor de sus dedos, de la expresión de los ojos de Kaoru cuando gritaba su nombre al llegar al clímax, de...

–Allí está la harina. Y el azúcar está a su lado –lo ayudó Kaoru.

–¿Crees acaso que los hombres no son capaces de encontrar las cosas por sí mismos?

–¿Acaso pueden? Mi padre era incapaz, y tú...

–Yo tampoco he podido –replicó acercándose a ella y abrazándola por la cintura–. Estaba distraído.

–¿Distraído? –le preguntó Kaoru con voz ronca.

–Pensando en ti.

–¿En mí?

–En la forma en la que me mordías el hombro...

–No he hecho eso.

–En tu forma de arquear tus caderas contra las mías.

Kaoru sacudió la cabeza.

–En tu sabor... –deslizó la mirada hasta su cintura–. En ti.

Kaoru suspiró y Kenshin sonrió.

–Ahora te toca a ti encontrar la levadura.

Estaban jugando a algo muy peligroso y Kenshin lo sabía. Pero ya no había lugar para arrepentimientos.

Un par de minutos después, le estaba diciendo:

–Está en estante de arriba.

Y Kaoru no pudo menos que echarse a reír.

Kenshin encendió el horno y cascó los huevos mientras ella preparaba la levadura en el mostrador. Kenshin comenzó a silbar entonces un villancico.

–Es Jingle Bells, ¿verdad? –musitó Kaoru con un seductor ronroneo.

Kenshin dejó de silbar.

Kaoru midió la cantidad de azúcar y la puso en un cuenco junto a unas gotas de esencia de vainilla.

–Necesito los huevos –dijo.

–Permíteme –una vez más, se colocó tras ella y después de echar los huevos al recipiente, le tomó la mano para ayudarla a hacer la mezcla.

Mientras la revolvían, rozaba con la parte superior de su brazo el seno de Kaoru y no podía dejar de imaginarse su rosado pezón erguido. Sus movimientos fueron haciéndose cada vez más lentos, mientras se aceleraba el ritmo de sus respiraciones.

–Harina –consiguió decir Kaoru, dejando descansar su espalda contra el pecho de Kenshin.

En cuanto a él, ni siquiera se esforzó en hablar. Sin tomarse tampoco la molestia de medir la harina, la echó en el recipiente y añadió después la levadura, aprovechando cada uno de sus movimientos para tocar a Kaoru.

La harina voló mientras reanudaban la tarea, dándole al mostrador la apariencia de estar cubierto de nieve.

Con tanto movimiento, el yukata se le había abierto a Kaoru, sólo ligeramente, pero lo suficiente como para dejar al descubierto una fracción de su piel y hacer que Kenshin dejara de prestar atención a la masa de las galletas y se concentrara plenamente en el cuerpo de su amante.

Le soltó la mano, la deslizó por su hombro y no fue capaz de resistir la tentación de hundirla entre las solapas del yukata.

Kaoru Se detuvo. La cuchara cayó al mostrador.

–¿Kenshin?

–¿Sí?

–La masa tiene que estar dos horas en reposo.

–Gracias a Kami.

Continuará...

Ya está, ¿Y? Qué tal, por fin comienza el placer para nuestros protagonistas, espero les haya gustado.

Nos vemos pronto y gracias por los RR.

Kisu, kisu...

Mattaneeeeeeeeeeeee...