El fuego crepitaba en la chimenea.
Conducido por el deseo y alimentado por la urgencia, Kenshin intentaba torpemente deshacer el nudo del cinturón del yukata.
Kaoru a su vez buscaba el botón de su pantalón, y en su precipitación le arañó la piel.
–Lo siento.
Kenshin no respondió, estaba demasiado concentrado en desnudarla. Kaoru le apartó los dedos y se desabrochó el cinturón. El aprovechó entonces para deslizarle el yukata por sus hombros. La tela cayó a los pies de Kaoru, dejando a la joven completamente desnuda ante él.
En cuestión de segundos, Kenshin se deshizo de sus pantalones y se alejó de Kaoru para ir a buscar protección. Inmediatamente, volvió a su lado y se hundió en ella.
Kaoru gritó, y lo abrazó para estrecharlo todavía más contra ella. Comenzaron a moverse. Lo hacían sincronizadamente, perfectamente acoplados, como si fueran un solo cuerpo.
Para Kenshin, aquello era mucho más que sexo. Mucho más incluso que hacer el amor. Aquello trascendía todo lo que hasta entonces había conocido. Pero la respuesta física de Kaoru no era suficiente. Quería mucho más. Quería su corazón.
Kenshin apretaba los dientes, como si estuviera luchando para contener el placer hasta haberse asegurado de la completa satisfacción de Kaoru. El sudor bañaba su frente y empapaba todos aquellos lugares en los que sus pieles entraban en contacto.
–¡Kenshin! –gritó Kaoru abrazándolo con fuerza.
Al oírla pronunciar su nombre, Kenshin ya no fue capaz de controlarse.
Segundos después, o quizá fueron minutos, cesó el sonido de la sangre en sus oídos. Consiguió también dominar el ritmo de su respiración, pero regular su pulso le resultaba imposible.
Desde luego, aquel no era su estilo. No le gustaba hacer las cosas tan rápido. Pero al mirar a Kaoru y ver su rostro radiante, lo último que experimentó fue arrepentimiento.
Se incorporó ligeramente y se tumbó a su lado. Después de haber abatido la primera oleada de pasión, se tomó todo el tiempo del mundo para explorar su cuerpo.
Comenzó con su pelo, se regodeaba deslizando aquellas hebras azabaches entre sus dedos. Después continuó acariciando las cejas que enmarcaban sus maravillosos ojos.
–¿Kenshin?
–Esta vez quiero ir muy lentamente, Kaoru. Quiero conocerte, aprender tus respuestas, descubrir lo que más te gusta.
–Creo... –susurró Kaoru, pero cerró los ojos y enmudeció, dejándose arrastrar por el placer de sus caricias.
–¿Crees?
–Que ya lo sabes.
Kenshin rió suavemente y añadió.
–Pero estoy seguro de que hay mucho más que aprender –dibujó sus labios con el pulgar y lo introdujo en su interior. Kaoru lo mordisqueó delicadamente despertando una vez más el deseo de un perplejo Kenshin al que le parecía prácticamente imposible estar reaccionando de nuevo y con tanta fuerza.
Cuando Kaoru le soltó, Kenshin dibujó la hermosa columna de su cuello para acariciar después sus senos.
La miró y advirtió que tenía los ojos abiertos, irradiando un brillo casi deslumbrante. La honestidad con la que mostraba sus sentimientos avivaba el deseo de Kenshin, haciéndolo anhelar darle mucho más, hacer que su relación la cambiara, tal como estaba cambiándolo a él.
Prestó de nuevo atención a sus pezones, fijándose en el contraste de aquella aureola oscura contra la cremosidad de sus senos. A continuación, los saboreó lentamente, observando fascinado los sutiles cambios que en ellos se producían.
Kaoru se retorcía de deseo y arqueaba las caderas buscando su cuerpo. Kenshin entonces se colocó a horcajadas sobre ella y lamió lentamente sus pezones.
–Yo... –comenzó a decir Kaoru, pero inmediatamente se le quebró la voz.
Kenshin se detuvo y esperó.
–Dime –la urgió suavemente–, dime lo que quieres, dime lo que te gusta.
Kaoru sacudió la cabeza.
–¿Esto? –preguntó Kenshin, acariciando el pezón.
–Sí.
Kenshin se volcó entonces sobre el otro seno, mientras continuaba acariciando el que anteriormente había humedecido. Kaoru continuaba retorciéndose y aferrándose con fuerza a las sábanas.
Y cuando Kenshin continuó hacia delante y le acarició entre los muslos, volvió a decir:
–Sí...
Kenshin buscó con la lengua los más íntimos rincones de su sexo y Kaoru se arqueó desesperada.
–¿Quieres más? –preguntó él.
–No... yo nunca... yo...
Pero Kenshin continuó implacable, conduciéndola inexorablemente hasta el clímax. Kaoru maldecía suavemente, pero con una pasión que lo animaba a aumentar sus caricias.
–Kenshin, yo –volvió a decir, clavándole las uñas en los hombros.
–Relájate –le pidió Kenshin con dulzura–. Toma lo que te estoy ofreciendo.
Delicadamente, introdujo un dedo en su interior, como si estuvieran haciendo el amor y Kaoru se meció rítmicamente bajo sus caricias.
Kenshin se movía cada vez más rápido, profundizando sus atenciones a petición de la propia Kaoru. Ella quería más, y él obedecía encantado, dejándose arrastrar porn los voluptuosos gemidos de la joven.
Cuando regresaron de nuevo a la realidad, Kenshin comprendió que, a pesar de que le había prometido a Kaoru el regalo de sus recuerdos, sin darse cuenta ella le estaba dando mucho más de lo que él jamás podría ofrecerle.
–¿Un rodillo? –Kaoru frunció el ceño–. Jamás he utilizado un rodillo. Pero quizá haya uno en ese cajón, debajo de la cocina.
Mientras Kaoru dividía la masa en dos partes, Kenshin fue a buscar el rodillo.
–¡Lo encontré! –exclamó con júbilo.
–Eso sólo puede significar que no estás suficientemente distraído –replicó Kaoru, e ignorando sus pies descalzos, se dirigió hacia él.
Estando con Kenshin, no le preocupaba la posibilidad de hacerse un corte en el pie y, por supuesto, a su lado no sentía el frío. De hecho, una de las cosas que le había sorprendido en su compañía era que dos personas pudieran generar tal cantidad de calor. Cuando llegó a su lado, se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
Kenshin dejó el rodillo en el mostrador, animándola sin palabras a continuar.
Para Kaoru, aquella conciencia de su propio cuerpo era algo completamente nuevo, excitante, y quería explorar todas sus posibilidades. Jamás en su vida se había visto tan sexual, pero con las atrevidas caricias de Kenshin estaba aprendiendo mucho.
Y estaba deseando continuar las clases.
Lo besó; fue un beso largo y profundo. Y cuando él la abrazó, dejó de rodearle el cuello para deslizar las manos por su espalda, dejando que una de sus manos continuara descendiendo.
–Bonito trasero –susurró con descaro.
La mirada de Kenshin se iluminó.
–El tuyo también lo es –le susurró al oído, e inmediatamente le mordisqueó el lóbulo de la oreja, enviando una bocanada de calor hasta sus partes más íntimas.
Kenshin abrió después el yukata de Kaoru y deslizó las manos por la piel de su espalda.
–Definitivamente, es un trasero perfecto.
Buscó entre las piernas de la joven y la acarició de tal forma que Kaoru pensó que no iba a poder seguir sosteniéndose en pie.
Kenshin había vuelto a cambiar las tornas otra vez, convirtiéndola de nuevo en su alumna. Y Kaoru decidió que le encantaba encontrarse bajo su tutela.
–Vamos a pasar más hambre... –protestó cuando Kenshin comenzó a estrecharse contra ella.
–Pues pasaremos hambre.
Kaoru se estremeció al ver los ojos de Kenshin oscurecidos nuevamente por el deseo. Mordiéndose el labio y lo miró. Llevaba el botón de los pantalones desabrochado, dejando al descubierto la mata de pelo que señalaba el camino hacia el centro de su masculinidad.
Con dedos temblorosos, comenzó a bajarle la cremallera y Kenshin hizo una mueca de dolor.
–Esto te enseñará a llevar ropa interior –se burló Kaoru.
–Tienes razón –maldijo en voz baja, se ajustó la tela del pantalón y terminó de bajarse él mismo la cremallera.
Kaoru lo observaba completamente olvidad de su propia desnudez, admirando el cuerpo de aquel hombre que, de momento, podía sentir como suyo.
Kenshin se estrechó de nuevo contra ella, la levantó en brazos haciendo apoyar los hombros y la espalda en la pared.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó Kaoru intrigada.
–Ahora vamos a aprender una nueva lección.
La joven sonrió. Y Kenshin, sujetándole las caderas con firmeza, fue haciéndola descender lentamente sobre su sexo.
–¿Estás bien? –le preguntó.
Kaoru no contestó; era incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Estaba perfectamente, de hecho, se sentía maravillosamente.
–¿Kaoru?
Respondiendo a la preocupación de su voz, Kaoru buscó su mirada.
–Jamás habría imaginado... –apoyó las manos en sus hombros–. ¿Realmente podemos?
En respuesta, Kenshin comenzó a moverla inmediatamente hacia arriba y hacia abajo.
Kaoru jadeó al sentirlo completamente enterrado en su interior, al sentirlo moverse. No había conocido nada tan maravilloso en toda su vida.
Gritó anhelante y gozosa su nombre en el mismo momento que surgía un placentero gemido de las entrañas de Kenshin.
–¿Esto que es? –preguntó Kaoru acercándose corriendo a Kenshin.
–Esto es un árbol.
–¿Un árbol? –volvió a mirar la galleta que Kenshin había estado modelando–. ¿Y esa cosa que tiene en la punta?
–Es una estrella. Todos los árboles de navidad tienen una estrella en la punta.
–Oh.
–Veamos ahora lo que has hecho tú.
Kaoru frunció el ceño.
–Yo todavía no le he pillado el truco a la navidad.
–Pero tienes un talento natural. Recuerda que ya he visto tu trabajo...
–Pero no me dedico a hacer galletas con forma de ángeles... sobre todo con una masa que ha sido amasada tantas veces...
Todavía sentía en sus senos el hormigueo provocado con los constantes roces y caricias de Kenshin. A su lado, hacer unas simples galletas se había convertido en la más erótica de las artes. Se colocaba tras ella y, cubriendo sus manos con las suyas, empujaba el rodillo hacia delante y hacia atrás, haciéndola sentir en todo momento la fuerza de su sexualidad.
Desde luego, Kaoru jamás habría pensado que cocinar pudiera ser algo así. De hecho, era tal la tensión que vibraba en el ambiente que resultaba prácticamente imposible concentrarse.
–¿Kaoru?
–De acuerdo, de acuerdo, te las enseñaré –le tomó la mano y lo condujo hacia la mesa, apartando voluntariamente la mirada de la pared en la que Kenshin le había enseñado anteriormente otro misterio–. Pero ya te he advertido que no he hecho gran cosa.
Realmente, las coronas parecían buñuelos, pero las campanas estaban bastante bien.
–Las campanas te han salido muy bien. Es increíble, parecen lo que se supone que son.
–Caramba, gracias –contestó Kaoru, haciéndose la ofendida.
–Bueno, quizá no haya sonado muy halagador, pero no era eso lo que pretendía –la tomó por la barbilla, haciéndole mirarlo a los ojos.
–Lo sé –contestó Kaoru con una sonrisa radiante.
–Esta me las vas a pagar, Kaoru.
–Eso espero.
Metieron la primera bandeja en el horno y continuaron preparando nuevas galletas. Las estrellas de Kenshin no eran mejores que sus árboles y sus muñecos de nieve parecían estar ya derretidos.
–Quizá sepan mejor de lo que parece –musitó Kaoru divertida.
–Deja de meterte conmigo y ayúdame a recortar estrellas.
Kaoru terminó su último muñeco de nieve, al que quizá no debería haber intentado ponerle una bufanda, y se acercó a ayudarlo.
–Ahora ya sé por qué las galletas de mantequilla son tan buen negocio.
–Un negocio para el que nosotros parecemos estar predestinados.
"Nosotros" La palabra quedó flotando en el aire y, dejándose llevar por los sentimientos que entre ambos habían aflorado. Kaoru estuvo explorando todos sus significados.Nosotros. Los dos juntos. Juntos enfrentándose al mundo, enfrentándose al futuro. La casa no parecería tan vacía, y ella no se sentiría tan sola. Quizá hasta pudiera llenarse de las carreras y las travesuras de los niños.
Pero rápidamente apartó aquellas dulces imágenes de su mente. Tomó el cuchillo que Kenshin había estado utilizando, pero, en vez de ayudarlo a dar forma a su masa, se puso a recortar su propia estrella.
Sí, era preferible que volviera a hacer las cosas por sí misma, que volviera a acostumbrarse a la soledad. Porque estaba sola antes de que Kenshin llegara, y continuaría estándolo cuando Kenshin se fuera.
Pero había algo de lo que podía estar segura: Kenshin la dejaría llena de recuerdos... tal como le había prometido.
Lo único que esperaba era que fueran suficientes para acompañarla durante las infinitas noches de soledad que la aguardaban en el futuro.
Poniéndose un guante protector, sacó la bandeja del horno. Mientras metía una segunda bandeja, Kenshin se dedicaba a separar las galletas de la primera con una espátula. La estrella de uno de sus arbolitos de navidad fue la primera víctima.
Y Kenshin decidió comérsela.
–No está mal.
Una tentadora miga quedó en sus labios y Kaoru sucumbió a la inoportuna voz que le decía que se la quitara de allí... con la lengua.
Aquella vez, terminaron cerca de la chimenea. Kenshin removió las brasas y echaron otro leño. Las llamas devoraron la madera, llenando el aire de olor a humo y a pino e iluminando la habitación con un acogedor tono dorado.
A continuación, Kenshin se reunió con ella e hicieron el amor muy lentamente, sin prisas.
La segunda bandeja de pastas se quemó, sin que a ninguno de ellos le importara.
Kaoru arrastró la silla para separarse de la mesa de trabajo. Las lágrimas llenaban sus ojos, haciéndole imposible distinguir las delicadas facciones del ángel que tenía frente a ella.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida?
La última noche había sido maravillosa, extraordinaria, increíble y ella había cometido el mayor de los errores. Sin darse cuenta, había permitido que sus sentimientos quedaran atrapados en aquella telaraña de sensualidad.
Kenshin le había dado sus recuerdos, pero a cambio, ella le había ofrecido estúpidamente su corazón.
Debería haberse conocido mejor.
Durante las dos semanas que habían seguido a la llegada de los papeles del divorcio de Enishi, Kaoru se había encerrado, intentando curar las heridas inflingidas por el que entonces era su marido. Hasta que un buen día, se había puesto en contacto con su propio abogado, había enderezado los hombros y se había hecho la solemne promesa de no volver a enamorarse de nadie y, sobre todo, de no volver a confiar en un hombre.
Kaoru se secó las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano, pestañeó con fuerza e intentó relegar las lágrimas que se había prometido no volver a derramar.
Miró hacia fuera, y vio un paisaje muy diferente al que se contemplaba justo el día anterior.
El sol brillaba con fuerza; sus rayos jugaban con la nieve, haciéndola parecer polvo de estrellas. Y las montañas lejanas se recortaban orgullosas contra un cielo intensamente azul. De pronto, un pájaro negro se cruzó frente a sus ojos para ir a posarse en la copa de un árbol.
Los árboles.
Los había por doquier, y cada uno de ellos servía para recordarle las galletas que habían estado horneando la noche anterior.
Galletas de invierno.
Galletas de navidad.
Apoyó la frente en el frío cristal de la ventana, deseando desesperadamente que Kenshin se marchara ese mismo día, llevándose con él sus ridículas ideas sobre la navidad.
Ya le habían enseñado demasiadas veces, y de las formas más dolorosas posibles, a través de la desilusión y el abandono, que la navidad no era para ella.
Sabía que no podía culpar a Kenshin de su dolor. Al fin y al cabo, él no le había hecho ninguna promesa, no le había ofrecido ningún tipo de compromiso. Simplemente se había cruzado en su vida, lo único que habían hecho había sido compartir un día muy especial. No tenía derecho a pedirle nada más.
¿Pero entonces por qué estaba tan dolida?
Kenshin llamó en ese momento a la puerta, haciéndola sobresaltarse.
Kaoru volvió la cabeza para asegurarse de que había echado el cerrojo, pero no respondió.
Kenshin intentó girar el picaporte, pero no le sirvió de nada.
–¿Kaoru?
Kaoru volvió a posar la frente en el cristal, deseando contra toda esperanza que Kenshin se marchara. Se sentía vulnerable... había desnudado su alma ante un desconocido. Y quería que la dejara sola, aunque al mismo tiempo deseaba encontrarse en la seguridad de sus brazos, escuchando el tranquilizante latido de su corazón.
Tan confundida entonces como en ese momento se encontraba, Kaoru se había deslizado aquella mañana sigilosamente del lecho que compartían y había subido a su estudio antes de que Kenshin despertara.
–Sé que estás ahí, Kaoru.
La voz grave e hipnótica de Kenshin era un bálsamo para el alma solitaria de Kaoru. Pero aquello sólo servía para empeorar las cosas.
–Tenemos que hablar, Kaoru. Podemos hacerlo perfectamente a través de la puerta, pero me gustaría poder verte a la cara mientras hablamos.
Kaoru suspiró y cedió, a pesar de que sabía que no debía hacerlo. A esas alturas, ya había aprendido que no era capaz de resistirse a Kenshin.
Después de abrir la puerta, retrocedió y cruzó los brazos sobre su pecho, como si de aquella manera pudiera proteger sus sentimientos.
–¿Por qué te has escondido aquí?
Kaoru buscó su mirada y sintió que se le secaba la boca. Kenshin todavía no se había afeitado y la sombra de la barba le hacía parecer mucho más sexy.
Con un par de zancadas, Kenshin acortó la distancia que los separaba. Kaoru permaneció donde estaba, negándose a retroceder a pesar de que sabía que habría sido lo más prudente.
Cuando Kenshin posó la mano en su hombro, con una caricia dolorosamente tierna, la joven tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para recordarse que debía aferrarse a la racionalidad en vez de sucumbir a los sentimientos que bullían de nuevo en su interior.
Inclinó la cabeza y lo miró. Kenshin la contemplaba como si estuviera intentando encontrara una explicación para lo incomprensible. ¿Pero cómo podía explicarle Kaoru nada cuando ni ella misma se comprendía?
Aferrándose a la única razón que se le ocurría para apartarse de sus brazos dijo:
–Tengo que trabajar –pero hasta ella fue consciente de la falsedad que se desprendía de sus palabras.
Kenshin miró a su alrededor y dijo con voz dura:
–Si hubieras estado trabajando, habría algo más que ese ángel encima de tu mesa. Además no tendrías los ojos llenos de lágrimas.
–Y no los tengo.
Kenshin acarició entonces sus pestañas.
–Claro que sí –replicó con inmensa ternura.
Kaoru necesitaba decirle algo, pero no podía, no podía permitir que Kenshin accediera a su más profundo secreto. No podía dejar que supiera que había comenzado a enamorarse de él.
–Ayer por la noche hicimos el amor –dijo Kenshin, acariciándola.
–Sí –susurró Kaoru.
–Y hoy, cuando me he despertado, ya no estabas allí. He preparado el desayuno, he hecho algunas tareas, he dado de comer a tu perro, al caballo...
Kaoru esbozó una débil sonrisa.
–Y he continuado esperándote –terminó diciendo.
La sonrisa de Kaoru desapareció de su rostro.
Después me he dicho que quizá estarías trabajando, pero te he oído pasear por la habitación –le secó otra traicionera lágrima–, y me he figurado que estabas huyendo. Me ha costado mucho menos tiempo darme cuenta de que quizá yo sea parte de la razón de tu huída.
Kaoru se sonrojó violentamente.
–Y he pensado que, después de todo lo que hemos compartido, quizá me merezca alguna respuesta.
Continuará...
Sorry por la demora. Gracias por los RR y nos vemos pronto.
Mattaneeeeeeeeeeeeee...
