–No puedo hacer esto –confesó Kaoru.
–¿Hacer qué?
–Esto... todo... Te agradezco lo que estás intentando hacer, de verdad, pero no funcionará.
Claro que funcionaría, se prometió Kenshin en silencio, él se aseguraría de que lo hiciera.
–Pero estuviste de acuerdo en intentarlo –le dijo–. Tienes que confiar en mí.
Advirtió que a Kaoru le temblaban los labios. E, incapaz de resistir la tentación, se los acarició lentamente.
–¿Por qué haces esto? –le preguntó.
–Kenshin...
–No tienes nada que perder. Y mucho que ganar.
Estaba frente a una mujer que se encontraba al borde de las lágrimas y no tenía ni la menor idea de lo que podía hacer o decir para consolarla. La verdad era que consolar a las mujeres no era su fuerte y tenía muy poca experiencia en averiguar sus necesidades emocionales.
Entre otras cosas porque hasta entonces nunca se había preocupado de hacerlo.
Continuó mirándola en silencio. Dios mío, se dijo, se sentía tan bien a su lado, cuidándola. Kaoru era una razón añadida para no regresar a su casa. Si antes tenía pocas ganas de regresar, después de aquel encuentro, todavía tenía muchas menos.
Sabía que cuando se fuera llevaría con él montones de imágenes maravillosas. Y esperaba que fueran suficientes para acompañarlo durante los fríos días invernales de Tokio... y, sobre todo, durante sus noches condenadamente solitarias.
Kenshin decidió acumular todas las reservas mentales mientras pudiera, para poder saborearlas más tarde. Eso significaba que debía ponerse en acción y romper aquel silencio, aunque corriera así el riesgo de que la situación empeorara.
–No me hagas esto, Kaoru. Venga, vístete y ponte ropa de abrigo.
Kaoru lo miró con el ceño fruncido.
–Vamos a ir a buscar un árbol para decorarlo después.
Kaoru no contestó.
Kenshin maldijo mentalmente.
–Mira Kenshin... yo no celebro la navidad.
Le estaba suplicando con la mirada que la comprendiera. Pero Kenshin sólo era capaz de comprender una cosa; quería afectar la vida de Kaoru tanto como ella había afectado la suya.
–No la has celebrado hasta ahora –la corrigió él–. Pero las cosas van a cambiar. Venga, vístete si no quieres que te saque fuera en yukata.
Kaoru se quedó boquiabierta, formando con los labios un delicioso círculo que estuvo a punto de hacer que Kenshin olvidara sus buenas intenciones y sucumbiera a la tentación.
–No te atreverías –lo retó Kaoru.
–¿Ah, no? –le soltó los hombros y se cruzó de brazos.
–Eres una persona seria.
–Sí, eso sí es cierto.
Kaoru tenía la cabeza ligeramente inclinada, de sus ojos brotaban chispas azules, como cuan do estaba excitada.
–Y la cuestión es que yo no quiero tener un árbol de navidad en mi casa.
–Tienes quince minutos. Nos encontraremos en la cocina –Kenshin giró sobre sus talones y salió a grandes zancadas de la habitación, sonriendo por el tono subido de las imprecaciones de Kaoru.
Una vez abajo, sacó algunos troncos de la leñera y los dejó cerca de la chimenea. A continuación, buscó los clavos y el martillo y se dispuso a arreglar una de las puertas del armario. Pronto tendría que marcharse, y cuanto más pudiera ayudar antes de irse, mejor.
Miró el reloj. Habían pasado ya once minutos. El sonido del agua de la ducha demostraba que Kaoru había decidido obedecerlo, aunque no iba a estar preparada tan rápido como él esperaba.
Pero pocos minutos después, Kaoru se reunió con él. Casi a tiempo. Y no parecía en absoluto contenta. Se había puesto unos vaqueros negros y un jersey blanco que permitía adivinar la redondeada forma de sus senos.
Estaba adorable.
–Te advierto que estoy haciendo esto a la fuerza.
Kenshin la besó.
–Ya lo he notado.
Se abrigaron y salieron afuera. Yuki-chan los siguió, patinó en un bloque de hielo y aterrizó en un montón de nieve, provocando una carcajada de Kaoru que despertó todos los sentidos de Kenshin. Aquella mujer, pensó éste, era única.
Llegaron al cobertizo. Kenshin tomó un hacha y fue a acariciar a Mokuba, que relinchaba encantado de ver a Kaoru por allí.
Kenshin, mientras la observaba, no podía dejar de preguntarse cómo sería su propia vida allí, lejos de la presión y el estrés provocado por un negocio multimillonario.
Suspiró. Sí, cualquier cosa debía ser mejor que aquella carrera desenfrenada en el mundo de los negocios que tenía por delante.
–¿Estás lista? –le preguntó a Kaoru, y ésta asintió.
Fueron caminando juntos por la nieve. El viento se había aplacado durante la noche anterior y el sol brillaba en un cielo completamente azul, haciendo que el día pareciera más caluroso de lo que realmente era.
Kaoru iba en silencio, aunque la risa había cambiado la expresión malhumorada con la que había salido de la casa. Cruzaron la pradera y comenzaron a subir hacia la zona boscosa.
–Cuesta creer que la madre naturaleza haya desatado su furia tan recientemente –comentó Kaoru–. Ayer el cielo estaba gris y hoy sólo hay un par de nubes que parecen menos amenazadoras que un trozo de algodón.
Kenshin asintió.
–¿No te parece increíble?
La noche anterior, mientras Kaoru dormía entre sus brazos, Kenshin había acariciado la seductora idea de llevarla a Tokio con él. Pero al verla allí, aquella idea le parecía completamente absurda.
–Adoras este lugar¿verdad?
Kaoru se detuvo, echó la cabeza ligeramente hacia atrás y se detuvo.
–No puedo imaginarme viviendo en otro lugar.
Y él tampoco podía imaginársela en ninguna otra parte.
Y al pensarlo sentía un extraño dolor en el corazón. En medio de su tristeza, recordó el sufrimiento que se reflejaba en la voz de Kaoru cuando le había hablado de su infancia. Olvidándose de su propio dolor, dijo:
–Has vivido en muchos lugares¿verdad?
–Principalmente en grandes ciudades, y durante las vacaciones viajábamos por todo el mundo.
–¿Y?
Kaoru lo miró muy seria.
–Jamás he conocido un lugar como éste –señaló a su alrededor–. El cielo nunca es el mismo, siempre está cambiando. Y también sus colores. Malva, rosa, rojo, naranja. Es... –se interrumpió bruscamente y el rubor cubrió sus mejillas.
–Continúa –la instó Kenshin.
–Suena ridículo.
Kenshin arqueó una ceja, con expresión interrogante.
–Bueno, es como un alimento para mi alma. Me mantiene viva, no sé, me hace dormirme pensando en qué aspecto tendrá al día siguiente –se quedó callada un momento y continuó–: Ya te he dicho que parecía un poco ridículo.
–No –Kenshin sacudió la cabeza–. No lo es.
Kenshin miró a su alrededor, intentando ver aquel paisaje con los ojos de Kaoru. Jamás había tenido la oportunidad de estar con alguien que amara el lugar en el que vivía como Kaoru lo hacía.
No. Tokio no estaba hecho para ella. Ella pertenecía a aquel lugar. Y, por mucho que se esforzara, Kenshin encontraba serias dificultades en imaginársela como esposa de un ocupado ejecutivo, haciendo de anfitriona en fiestas sin sentido y atendiendo a otros ejecutivos con el único fin de afianzar la carrera de su marido.
No, no podía pedirle una cosa así, por muchas ganas que tuviera de hacerlo.
Suspiró. Fue un suspiro nacido en las profundidades de su alma. Kenshin se preguntaba cómo era posible echar tanto de menos algo que nunca se había tenido.
En silencio, continuaron caminando hasta la zona en la que se espesaba el bosque.
–¿Qué te parece éste? –preguntó Kaoru, señalando un árbol.
Kenshin entrecerró los ojos y estudió el pino que la joven le indicaba.
–Es demasiado pequeño.
–¿Y ese?
–Demasiado grande, no conseguiríamos meterlo en casa.
Un halcón se abalanzó en ese momento sobre la rama de un árbol, arrojando un montón de nieve sobre ellos. Y por segunda vez en el día, la cristalina risa de Kaoru penetró en los sentidos de Kenshin.
Kaoru sacudió la cabeza, despidiendo brillantes copos de nieve de su pelo, y Kenshin comprendió en ese momento que no había otro lugar en el mundo que prefiriera estar.
–De acuerdo, señor navidad –dijo Kaoru con los brazos en jarras–, como no te gusta nada de lo que yo elijo...
–Kaoru, el primero estaba hecho una lástima.
Kaoru rió y Kenshin guardó en su corazón la visión de aquellos labios curvados y aquellos ojos chispeantes.
–Le faltaba la mitad de las ramas –le explicó.
–Podíamos haber colocado la parte menos frondosa contra la pared.
–Pero si no tenía una sola parte frondosa.
–Entonces llevemos ése –dijo Kaoru con expresión claramente desafiante.
Kenshin supervisó el árbol que quería. Naturalmente, era uno de los más altos. Pero había hecho una promesa. Y tenía además la sensación de que estaba muy cerca de poder hacerla feliz.
–Tus deseos son órdenes para mí –agarró el hacha y le indicó–: Venga, apártate.
Kaoru se humedeció el labio.
–¿Alguna vez has cortado un árbol?
–No¿qué pasa, es muy duro? –al ver que Kaoru fruncía el ceño con evidente preocupación, le acarició la mejilla y le aclaró–: Estaba bromeando, la carpintería es mi principal afición.
–¿Eres carpintero?
¿Por qué demonios se lo habría confesado?, se preguntó Kenshin, ligeramente irritado consigo mismo.
–Sí –de hecho, la carpintería era su verdadero y único amor.
Kaoru le tomó la mano.
–¿Es sólo una afición , o es algo más?
–Es una afición.
–¿Y te gustaría que fuera algo más?
–Todo el mundo tiene su propio sueño –se encogió de hombros.
–Esa es la razón por la que no quieres volver a tu casa¿verdad?
Los fríos tentáculos de sus palabras le provocaron un escalofrío. Kaoru era muy observadora, demasiado quizá. Y aquellas palabras habían conseguido penetrar las defensas que con tanto cuidado había erigido Kenshin a su alrededor.
–En cualquier caso sobreviviré. Siempre puedo conservar esa afición –y dando por zanjada la conversación, alzó con las dos manos el hacha y la clavó en el tronco del árbol.
Diez minutos después, tras haber cortado el tronco por ambos lados, dejando únicamente una pequeña pieza de madera conectando las dos partes del árbol, se dio cuenta de que durante el tiempo que llevaba allí, había estado retrasando su encuentro con el futuro.
Miró a Kaoru, esperando que su negativa a seguir hablando de él no la hubiera herido y dijo:
–Apártate por si acaso.
Kaoru sujetó a Yuki-chan del collar mientras Kenshin daba el hachazo final y el pino caía al suelo.
La nieve voló. Yuki-chan comenzó a correr en círculos alrededor de aquel centinela derrotado. Y un cuervo remontó el vuelo graznando desagradablemente.
Kenshin y Kaoru se miraron en silencio.
–Impresionante –comentó la última.
No había en sus palabras ningún rastro de resentimiento. Esa era otra de las muchas razones que Kenshin tenía para adorarla.
–No ha sido nada –contestó Kenshin burlón.
Pero que sabía que sí lo era; de hecho era algo muy importante para él. Le entusiasmaba trabajar con la madera, transformarla en algo especial, sacar lo que la naturaleza escondía en el interior de cada tronco.
Mientras cortaba la madera, había estado pensando en la cabaña que pretendía construir en el norte de Okinawa, cerca del agua, en los troncos que ya había cortado y descortezado... en esa cabaña que nunca había tenido tiempo de terminar. Sabía además que, aunque lo hiciera, nunca podría compartirla con nadie... algo que hasta que no había conocido a Kaoru realmente no le había preocupado.
–¿Y ahora qué?
–Ahora lo cortaremos para tener un árbol de navidad de tamaño ideal y la madera que sobre la utilizaremos en la chimenea.
Mientras emprendía de nuevo la tarea, se preguntó que haría Kaoru al año siguiente por navidad. ¿Compraría un árbol, o prescindiría de él como había hecho hasta entonces?
–¿Kenshin?
Kenshin alzó la mirada y vio su traviesa sonrisa. Antes de que hubiera tenido tiempo de averiguar qué le parecía tan divertido, recibió el impacto de una bola de nieve en el pecho.
Y, seguida por Yuki-chan, la observó corriendo hacia la casa.
Kenshin dejó entonces el hacha en el suelo, tomó un puñado de nieve, corrió tras ella y cuando estuvo a la distancia que deseaba, le arrojó una bola que se estrelló contra la chaqueta de la joven.
Pero Kaoru no se detuvo. Así que , aligerando sus pasos, Kenshin la alcanzó y la agarró por detrás.
–Di tío –le advirtió, sin soltarla.
Sin dejar de sonreír, Kaoru replicó:
–Tía.
–Te lo estoy advirtiendo... –pero entonces Kaoru le plantó un montón de nieve en plena cara. Y mientras él intentaba secarse los ojos y la boca, aprovechó para librarse de su abrazo y salir corriendo.
Kenshin la persiguió, la agarró de la chaqueta y terminaron los dos en el suelo.
Kaoru alzó la mirada y sonrió. Kenshin la agarró de las muñecas y le hizo subir los brazos por encima de su cabeza.
–Tío –susurró Kaoru riendo.
Yuki-chan comenzó a mordisquearle la pierna a Kenshin.
–Tuviste tu oportunidad y no la aprovechaste –repuso Kenshin en tono falsamente amenazador.
Kaoru pestañeó y alzó las caderas intentando escaparse, pero Kenshin la sujetó con más fuerza.
–Ahora tendrás que pagar las consecuencias.
Consecuencias.
Kenshin le había dicho que tendría que pagarlas. Pero no podía saber el coste emocional que todo aquello estaba teniendo para ella.
La noche anterior, se había prometido guardar las distancias, proteger su corazón. Pero le bastaba mirar a Kenshin para olvidarse de todas sus promesas.
Kaoru no podía renunciar a Kenshin. Y esa era la peor de las consecuencias de todo lo ocurrido.
El árbol estaba ya colocado en una esquina. Y muy pronto sería ya un agradable recuerdo de los días que habían compartido protegiéndose de una ventisca de nieve.
A pesar de que la casa estaba helada, Kaoru ardía de pasión, una pasión que a la vez que encendía su sensualidad amenazaba con dejar al descubierto sus sentimientos.
Fue desnudándose a la vez que Kenshin, y terminaron ambos en el sofá. En aquella ocasión, Kenshin la penetró rápidamente, como si estuviera deseando fundirse con ella. Kaoru alzó las caderas, saliendo a su encuentro, desesperada también por unirse a él. Y mientras lo hacía, una insidiosa vocecilla interior le recordaba que pronto llegaría el momento de tener que enfrentarse sola a su futuro. Le advertía que cuando Kenshin se fuera, sentiría un dolor superior a todos los que hasta entonces había experimentado.
Pero por el momento, aunque sólo fuera durante ese minuto, necesitaba estar con él.
Kenshin reclamó sus labios, y Kaoru saboreó en su boca la urgencia, y, sobre todo, un compromiso que desde ya sabía no iba a poder cumplir.
Agotada, emocional y físicamente, Kaoru se durmió en sus brazos, sintiéndose segura y a salvo.
Kenshin regresó del cobertizo y colgó su chaqueta en la puerta.
–Mira, he encontrado esta maceta para colocar el árbol, y también un rollo de cuerda.
–Y en esta caja tenemos algunos adornos –anunció Kaoru sacando una bola de cristal–. Creo que son doce.
Lo que era prácticamente nada para un árbol de ese tamaño.
–¿Eso es todo?
–También tengo un par de medias de Santa Claus, lazos y papel brillante. Y una cinta de villancicos.
Kenshin sopesó la ráfaga de dolor que se reflejó en sus ojos antes de que consiguiera esconderla. Antes de salir al cobertizo, había subido al desván y allí había encontrado aquella caja con adornos navideños. Estaba al lado de otra caja con un letrero que indicaba que allí estaba guardado el vestido de novia. Kenshin se había sentido como si estuviera entrometiéndose en su pasado, pero había decidido que merecía la pena intentarlo.
Había prometido dejarle recuerdos felices y estaba dispuesto a hacerlo.
–¿Tienes palomitas de maíz? –preguntó de pronto–. Podemos hacerlas en la chimenea.
Kaoru frunció el ceño.
–Quizá haya algo de maíz en la despensa, pero lleva allí mucho tiempo. Quizá ni siquiera explote.
–No nos las vamos a comer –la miró con los ojos entrecerrados–. No me lo digas, ya lo sé... nunca has hecho tiras de palomitas –sacudió la cabeza y le preguntó–¿Tienes hilo y aguja?
–Por supuesto.
–En ese caso, señora, voy a permitirme el lujo de mostrarle algo.
Silbando, fue a buscar un sartén y un poco de aceite. Con el ceño fruncido, intentó localizar el maíz para hacer las palomitas.
–Está en la estantería de arriba –le dijo Kaoru, acercándose sigilosamente a él–. ¿O es que estás distraído otra vez?
Kenshin la agarró por la muñeca.
–Claro que estoy distraído, definitivamente distraído –y el costurero que Kaoru sujetaba en la otra mano cayó irremediablemente al suelo.
Yuki-chan trotó a inspeccionar su contenido. Lo olfateó, y después de sacudir despectivamente la cola, se alejó para volver a concentrar su atención en el árbol.
Kenshin le ofreció a Kaoru un beso maravillosamente tentador, el preludio de lo que más tarde compartirían...
Después de ese aperitivo amoroso, calentó el aceite mientras Kaoru preparaba el hilo y la aguja. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado sentado en la cocina de la abuela Kaede, realizando aquel pequeño, pero significativo ritual... Al recrear aquel ambiente, echaba terriblemente de menos a su abuela, y ansiaba llegar a compartirlo algún día con su propia familia.
Y al pensar en ello, se descubrió deseando que Kaoru formara parte de aquella familia.
Por un instante, se la imaginó como madre de sus hijos. Era extraño, pero hasta ese momento jamás se le había pasado una imagen parecida por la mente.
La primera palomita explotó, llevándose con ella la idílica imagen en la que Kenshin se estaba recreando. Cuando estuvieron listas todas las palomitas, las llevó a la mesa y se sentó al lado de Kaoru.
Ésta, después de pasarle la aguja enhebrada, le robó un par de palomitas y se las llevó a la boca.
–No están mal –aprobó.
En absoluto, pensó Kenshin ensimismado mientras la veía llevarse otro par de palomitas a la boca. Alargó la mano hacia el sartén y él mismo se encargó de ofrecerle las siguientes.
Al rozar los labios de Kaoru, sintió que su cuerpo volvía a reaccionar y recordó que hacía años que no desplegaba aquella actividad sexual. De hecho, jamás había conocido a nadie que lo afectara como Kaoru lo hacía.
Exhaló un suspiro.
Había abandonado Tokio en busca de respuestas y lo único que había encontrado había sido muchas más preguntas.
En cuanto estuvieron listas, llevaron las tiras de palomitas al cuarto de estar.
–¿Dónde quieres que lo ponga?
Kaoru lo miró desconcertada.
–Me refiero al árbol le aclaró Kenshin.
–Ah, el árbol.
–Kaoru¿dónde quieres que pongamos el árbol?
Kaoru señaló una esquina, al lado de la chimenea.
Kenshin arrastró el árbol hasta allí, y al hacerlo, un fresco aroma a pino inundó la habitación. Kaoru llevó hasta allí la maceta que Kenshin había encontrado y se apartó ligeramente.
–Retírala hacia la derecha.
Las agujas del pino se clavaron en la camisa de Kenshin mientras éste seguía las indicaciones de Kaoru.
–Demasiado lejos.
Kenshin volvió a mover el árbol.
–Casi, un poco más hacia la derecha.
Kenshin suspiró exasperado.
–Kaoru...
–Ya, está perfecto.
Aquel era el primer árbol de navidad de la vida de Kaoru. Kenshin advertía en sus ojos un brillo que anteriormente no había visto.
–Trae la cuerda, antes de que se caiga.
Kaoru obedeció y juntos consiguieron mantener recto el árbol, tarea nada fácil, teniendo en cuenta que aquella maceta no estaba diseñada para albergar a un pino del bosque.
–Se me clavan las agujas –protestó Kaoru cuando Kenshin le pidió que sujetara el tronco mientras él clavaba un par de clavos en la pared para poder asegurar la cuerda.
En cuanto terminaron, Kenshin se dispuso a colgar las tiras de palomitas, pero no tuvo demasiado éxito con la primera, que colocó desde la punta hasta el final del árbol sin especial cuidado..
Kaoru arrugó la nariz y soltó una carcajada.
–Dale un par de vueltas –le recomendó.
–Creía que habías dicho que nunca habías decorado un árbol de navidad.
–Pero tengo buen gusto –replicó, y se acercó a él para ayudarlo a decorar el árbol.
Mientras lo hacían, Kenshin comenzó a cantar noche de paz en un tono completamente desafinado y Kaoru se unió a su canto.
Al oírla, surgió en el interior de Kenshin una alegría desbordante, una alegría que no había vuelto a sentir desde niño.
–No está mal –comentó cuando terminaron de colocar las tiras.
–Pero necesitamos algo para la punta del árbol –comentó Kaoru.
–Un ángel.
Los ojos de Kaoru brillaron como dos estrellas.
–Ahora mismo vuelvo.
Subió rápidamente las escaleras, acompañada por Yuki-chan y regresó con un puñado de ángeles.
–También podemos usar para decorar el árbol algunos de estos más pequeños que no he conseguido vender.
Mientras ella colocaba los angelitos en las ramas, Kenshin fijó uno en la punta.
–Las galletas –dijo de pronto Kenshin.
Kaoru elevó los ojos al cielo.
–No me digas que estás hambriento otra vez.
–No, estoy hablando del árbol.
–¿Quieres decir que el árbol está hambriento?
Allí estaba otra vez, el alegre sonido de su risa. Kenshin recordaría aquella risa durante el resto de su vida.
–Ya que no nos han salido demasiado bien, quizá podamos colgarlas del árbol.
Veinte minutos después, Kaoru contemplaba arrobada su árbol de navidad.
–Hemos hecho un buen trabajo.
Kenshin lo miraba entusiasmado. Aunque no tenía ni siquiera luces, aquel árbol era tan hermoso como los que decoraba cuando era niño. Incluso más. Sí, definitivamente mucho más.
–Hacemos un buen equipo –añadió Kaoru.
–Sí –Kenshin asintió, recorriéndola de pies a cabeza con la mirada–. Hacemos un buen equipo.
–Esto comienza a parecerse a...
–A la navidad –terminó Kenshin por ella. Tomó una de las ramas que había cortado del árbol y agarró a Kaoru por la muñeca para que se acercara a él.
–¿Se puede saber qué demonios estás haciendo?
–Es el muérdago.
–Es posible que no sepa mucho sobre la navidad, pero le aseguro, Himura-san, que eso no es muérdago.
–Claro que lo es. Y yo estoy debajo de él. Eso significa que tienes que besarme.
–¿Kenshin?
–¿Hmm?
–No necesito ninguna excusa para besarte.
–¿No?
Y poniéndose de puntillas se lo demostró.
Continuará...
Disculpen la tardanza, tuve un par de semanas bastante ocupados con los exámenes médicos para ver como va mi embarazo, afortunadamente todo va bien, así que ahora me quedo tranquila y puedo seguir con esta historia.Nos vemos el próximo capítulo.
Mattaneeeeeeeeeee...
