Kaoru se despertó lentamente.
Bostezó sonriente y se estiró. Se volvió y estiró el brazo para buscar a Kenshin. No estaba a su lado. Abrió entonces los ojos y pestañeó con fuerza para protegerse de la luz del sol.
La sonrisa desapareció de su rostro. Kenshin no estaba allí.
Había llegado el día de navidad y Kenshin la había abandonado, tal como había hecho Enishi.
Con el corazón destrozado, buscó su yukata. Escuchó con atención, pero no se oía absolutamente nada. La casa estaba vacía, tan silenciosa como antes de la llegada de Kenshin.
Aquella mañana de navidad iba a ser tan triste y solitaria como todas las que hasta entonces había conocido.
Kaoru luchó para combatir la insidiosa voz que le decía que Kenshin se había marchado sin despedirse, que después de lo que le había dicho, después de todas sus promesas no había sido capaz de...
Con dedos temblorosos se ató el cinturón del yukata y caminó vacilante hasta la cocina. Ignorando el nudo que se había formado en su garganta, abrió la puerta y miró hacia fuera.
Yuki-chan estaba jugando con la nieve, moviendo la cola entusiasmado. Pero su entusiasmo no consiguió robarle ni siquiera una sonrisa a Kaoru.
Corrió entonces hasta el cuarto de estar, buscando la mochila de Kenshin, esperando contra toda esperanza que no se hubiera marchado.
Y cuando vio su chaqueta en el brazo del sofá, sintió que una bocanada de aire fresco inundaba sus pulmones.
Hasta ese momento no había querido admitir la verdad, ni siquiera ante sí misma.
Esta enamorada de Kenshin. Lo amaba.
Saboreando aquel sentimiento, juntó las manos y susurró en voz alta.
–Te amo –y aquellas palabras quedaron flotando en el frío aire de la mañana. Sonaban extrañas, pero eran dolorosamente reales, sinceras.
Kaoru se hundió en el sofá y cerró los ojos. Sí, sus sentimientos eran reales, sinceros, pero no podían ser peores.
Sabía que no podía decirle a Kenshin lo que sentía, que no podía pedirle que se quedara. Admiraba su fuerza de voluntad, su compromiso con su padre, el sentido de la responsabilidad que lo llevaba a hacerse cargo del negocio de la familia. Y le importaba demasiado como para sugerirle que renunciara a su futuro, que diera la espalda a sus responsabilidades para estar con ella.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero las reprimió con determinación. No podía sucumbir a la tristeza.
Pero a pesar de todos sus esfuerzos, una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla. Y durante algunos minutos, permaneció allí sentada, intentando ahogar el dolor que el amor por Kenshin le causaba.
Después de que Enishi la abandonara, se había repetido muchas veces que estaba mejor sola. Pero al conocer a Kenshin se había dado cuenta de que estaba manteniendo una mentira.
Y se preguntaba como habría sido capaz de engañarse de tal forma a sí misma. En ese momento, se estremecía ante la idea de no volver a escuchar la voz de Kenshin pronunciando su nombre, de no poder inhalar su esencia, de no ver el velo del deseo en sus ojos cuando inclinaba la cabeza para besarla, de no sentir la fuerza de sus músculos bajo su mano.
Kaoru no sabía cuánto tiempo permanecería a su lado, pero quería sacarle el máximo provecho hasta el último segundo. Ya tendría tiempo para curar más tarde sus heridas. Para enfrentarse al irreparable dolor de un corazón partido.
Pero de momento... de momento Kenshin estaba allí. Y no podía permitir que se fuera sin arrebatarle muchos más recuerdos de los que le había prometido.
Enderezó los hombros, se secó las lágrimas e, ignorando la voz del sentido común que le advertía que estaban encaminándose irreparablemente hacia el desastre, se puso en acción.
Después de ducharse regresó a la cocina, con la camisa de franela semiabierta, ofreciendo una imagen de lo más cautivadora.
–Buenos días –la saludó con una voz grave y profunda que le hizo recordar a Kaoru inmediatamente lo que había compartido la noche anterior con él.
Al darse cuenta de que no volverían a compartir aquella clase de intimidad, se le encogió el corazón.
–Buenos días –lo saludó, extrañándose de haber sido capaz de pronunciar una sola palabra.
–¿Has dormido bien?
Kaoru se sonrojó violentamente.
–No, he estado despierta casi toda la noche, por culpa de un hombre especialmente insistente.
–Así que muy insistente, ¿eh?
–Sí, mucho.
–¿Y por casualidad no intentó hacer esto? –se acercó a ella, le quitó la taza de las manos, le enmarcó el rostro y la besó.
Cuando se separó de ella, Kaoru consiguió contestar con voz entrecortada:
–Sí... intentó hacer eso.
Kenshin sonrió de oreja a oreja.
–Y supongo que funcionó.
–Sí, funcionó –poco a poco, el pulso fue volviéndole a la normalidad–. Te he preparado el chocolate.
–Mmm... eres mi ángel de la guarda –tomó la taza y dio un sorbo complacido. A continuación miró a Kaoru por encima del borde–. No consigo arrancar la moto.
–Lo siento.
–¿De verdad?
–No –Kenshin no pestañeaba, como si no quisiera que se le escapara un solo detalle de la respuesta de Kaoru–. No –repitió–. No lo siento.
–Yo tampoco.
Y entonces, con una sonrisa traviesa, le susurró al oído cómo podían pasar el tiempo que iban a estar juntos. Evidentemente, Kaoru se mostró de acuerdo.
–Yo te sujetaré –le prometió Kenshin–, de verdad.
Kaoru se mordió el labio con expresión preocupada; el mismo labio que Kenshin había saboreado hacía solo unos minutos.
–¿Estás seguro?
–¿Crees acaso que soy capaz de hacerte algún daño?
Kaoru lo miró. Kenshin vio una sombra de duda en sus ojos, una sombra que rápidamente desapareció, haciéndole preguntarse si habría sido un reflejo del sol o Kaoru estaría ocultándole algo. Pero rápidamente apartó de su mente aquel ridículo pensamiento.
–Estamos a mucha distancia del suelo –comentó Kaoru, señalando hacia el fondo de la colina que acababan de subir.
Kenshin arrastró el trineo que había encontrado en el cobertizo y que había estado arreglando esa misma mañana.
–¿Estás cuestionando mis habilidades como carpintero o mi capacidad para cuidarte?
–Creo que eres un gran carpintero, Kenshin.
–Ah, entonces no estás segura de que pueda cuidar de ti.
–No es eso tampoco.
Sacudió la cabeza y su melena azabache voló alrededor de su cuello, cuello que Kenshin acarició con deleite.
Ninguna mujer lo había afectado jamás como lo estaba haciendo Kaoru. Le hacía reír, pensar, emocionarse...
Había empezado todo aquello con la ilusión de brindarle a Kaoru unas verdaderas navidades y había terminado beneficiándose él mismo de su propia experiencia. Para demostrarle a Kaoru lo que se estaba perdiendo, había redescubierto cosas que él mismo tenía olvidadas.
–Bajaré contigo, Kenshin, para que veas que confío en ti.
Confiar, pensó Kenshin sobrecogido. Era una palabra increíble, repleta de significados y esperanzas.
Nadie se la había dicho jamás... y la saboreó como si fuera el más exquisito manjar.
–Siéntate.
Kaoru miró el pequeño trineo.
–¿Estás seguro de que no se romperá?
–Creía que habías dicho que confiabas en mí.
–Y confío –apretó los dientes–, pero...
–¿Eres una cobarde?
–¿Eres una cobarde? ¿Yo?
–Si, tú, ¿eres una cobarde?
Kaoru se sentó inmediatamente en el trineo, despertando la hilaridad de Kenshin.
–Ya sabía yo que no lo eras. Pedes ser muchas cosas, pero desde luego no eres ninguna cobarde.
Se montó él mismo en el trineo tras ella. Kaoru alzó ligeramente el trasero y se frotó contra él, provocándole una excitación instantánea.
–Kaoru... –le advirtió.
Pero Kaoru volvió a hacerlo otra vez.
Kenshin estaba colocándose para poder ir más cómodo cuando Kaoru le tiró una bola de nieve.
–Esto te enseñará a llamarme cobarde.
–Pienso devolvértela.
–Pero no suficientemente pronto.
Inmediatamente, Kenshin se echó hacia un lado con intención de recoger nieve para su propio proyectil. Al hacer aquel movimiento, rompieron el equilibrio y el trineo comenzó a deslizarse. De la garganta de Kaoru escapó un grito, más de alegría que de miedo. Kenshin maniobraba con las piernas para controlar la dirección del deslizamiento y juntos, fuertemente abrazados, descendieron la colina seguidos por un jubiloso Yuki-chan.
Se detuvieron cerca del final. Kaoru se volvió inmediatamente y le acarició con un dedo la mejilla.
–Me gusta tu forma de deslizarte –le dijo alegremente–. Hagámoslo otra vez.
Y después de trepar de nuevo hasta la cumbre, repitieron la operación.
En aquella ocasión se sentaron con extremo cuidado, asegurándose de repartir proporcionalmente el peso.
–¿Lista? –preguntó Kenshin.
Kaoru asintió.
Kenshin empujó el trineo con los pies y escuchó una carcajada de Kaoru. A medida que iban ganando velocidad, se iba echando hacia atrás, buscando la protección que Kenshin le ofrecía en su regazo.
Después de unas cuantas carreras, Kenshin se levantó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Al incorporarse, Kaoru hizo una mueca de dolor.
–¿Te ha dado un calambre?
–No, tengo una astilla –se miró la pierna por encima del hombro.
–¿No es la segunda astilla que te clavas en dos días?
–Gracias por recordármelo. Eres todo un caballero.
Kenshin siguió la dirección de la mirada de la joven.
–¿Dónde te la has clavado, en el muslo?
–No, en la nalga.
–¿Quieres decir que te has clavado una astilla en el trasero?
Kaoru lo miró y frunció el ceño.
–No es eso exactamente lo que he dicho –protestó Kaoru.
–En cualquier caso, estaré encantado de ayudarte a quitártela.
Ya en la casa, estando Kaoru con los pantalones bajados y tumbada sobre el sofá, Kenshin comentó.
–Esto no es una astilla. Parece casi una rama. Creo que deberíamos ponerle algún adorno.
–¡Animal!
Kenshin posó entonces la mano sobre su trasero y Kaoru lo elevó ligeramente, como si estuviera intentando intensificar aquel contacto.
–Esto está despertando mi imaginación, Kaoru.
–¿Kenshin?
–¿Hmm?
–¿Quieres hacer el favor de sacarme la astilla?
–¿Qué astilla?
–¿Pero qué demonios estás haciendo entonces?
–Cariño, me encantaría demostrártelo –deslizó los dedos entre sus muslos, acariciándola suavemente.
–Eh... Kenshin, ¿no te importaría quitarme la astilla primero?
Kaoru se estiró, sonriendo secretamente al pensar en cómo había sido su última unión. Y agradeció a las estrellas el no haber tirado nunca la última caja de preservativos que ella y Enishi no habían podido terminar. Después de todo, los suministros de Kenshin no habían durado tanto como pretendía.
Rápidamente, intentó pensar de nuevo en el presente. Resopló suavemente y se reclinó contra el respaldo de la silla para supervisar su trabajo.
El ángel en el que había estado trabajando sería un regalo de navidad, y también un regalo de despedida, para Kenshin. Se llamaba abuela Kaede y se trataba de un angelito muy especial.
Kaoru era su peor crítica, pero incluso ella reconocía que había esculpido un ángel muy hermoso. De hecho, quizá fuera el mejor que había hecho jamás. La abuela Kaede sería un hermoso regalo de agradecimiento para una persona que le había hecho volver a vivir.
Kenshin le había comentado en una ocasión que su abuela tenía los ojos verdes, y Kaoru así se los había coloreado. Debajo de la pieza había añadido su nombre y un letrero que advertía que su ángel de la guarda siempre le estaba observando.
Estiró la mano para buscar la cola y le colocó al angelito un lazo de color rojo, para recordar la navidad que habían compartido. Inesperadamente, las lágrimas nublaron su mirada. Esperaba que el año siguiente Kenshin se acordara de ella al ver el ángel. Eso demostraría que entre ellos había habido algo con lo que no podrían acabar ni el tiempo ni la distancia.
Porque ella sabía, con una convicción absoluta, que ni el tiempo ni la distancia podían destrozar el amor que sentía hacia Kenshin.
–¿Kaoru?
Kaoru escuchó sus pasos y cubrió el ángel con un trapo. Rápidamente salió al pasillo y cerró la puerta tras ella. Kenshin la miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
–He calentado la pasta pensando que podrías tener hambre.
–Y la tengo, gracias.
Durante la comida, prácticamente no cruzaron palabra. Y a Kaoru le bastaba mirarlo para que desapareciera pñor completo su apetito.
Tenía los nervios al límite. Al día siguiente era navidad, el único día del año que siempre le había reportado dolor y desilusión. Y Kenshin pronto se marcharía.
A aquellas alturas de su corta relación, sabía ya que por mucho que quisiera protegerse, era completamente vulnerable a todo lo que tenía que ver con él. Una sola mirada de Kenshin bastaba para encender su deseo.
Y no conseguía entender cómo era posible que se hubiera expuesto voluntariamente a otro ser humano cuando sabía que lo único que de aquella relación podía salir era dolor.
Mientras Kenshin lavaba los platos, aprovechó para darse un baño con la esperanza de que el agua caliente ayudara a entrar en calor a su corazón.
Se reunió con Kenshin en el piso de abajo, llevando encima únicamente un yukata. Estaba sentado frente a la chimenea y el fuego confería un brillo especial a sus ojos.
–Ven aquí –le pidió Kenshin al verla entrar y le tendió la mano.
Kaoru caminó hacia él y se arrodilló. Kenshin le cubrió el cuello de besos y le quitó el yukata frente al fuego. Cuando estuvo completamente desnuda ante él, tomó las almohadas, las ahuecó y le hizo tumbarse sobre ellas.
Kaoru tomó su sexo y comenzó a acariciarlo con movimientos cada vez más rápidos.
–Kaoru...
Pero Kaoru ignoró su advertencia.
Kenshin soltó un juramento y le agarró la mano para detener sus movimientos. Estiró el brazo para tomar un preservativo, pero en su precipitación se le cayó al suelo.
Kaoru lo recogió rápidamente.
–Aquí está –le dijo, y preguntó vacilante–. ¿Puedo...?
–Claro.
Kaoru abrió entonces el paquetito y le puso el preservativo. Inmediatamente, Kenshin se hundió en su interior, haciéndola gritar de ansiedad y placer mientras la penetraba. Kaoru quería más, mucho más. Y Kenshin le ofreció todo lo que deseaba.
Después debió quedarse dormida en sus brazos porque se despertó sobresaltada al oír un extraño ruido.
–Es la calefacción –le explicó Kenshin abrazándola con fuerza.
–¿Ha vuelto la luz?
Kenshin asintió.
Pero la vuelta de la corriente eléctrica significaba muchas cosas. Entre otras, que ya no tendrían que dormir juntos frente a la chimenea para resguardarse del frío.
Kaoru tragó saliva, intentando deshacer el nudo que tenía en la garganta. Pronto ya no habría ninguna razón para que Kenshin continuara allí.
Y aunque desde el primer momento se había advertido que no debía confiar en su palabra, no quería perderlo y mucho menos cuando estaba a punto de llegar el día de navidad.
Kaoru se levantó intentando no pensar en nada, actuando como si el corazón no le doliera. Se levantó, se puso el yukata y corrió a la cocina.
Quería estar sola. Necesitaba escapar. Kenshin la siguió hasta allí con expresión preocupada.
–¿Estás bien?
–Estupendamente –contestó intentando aparentar indiferencia–. Simplemente me he acordado de que tenía que darle de comer al perro.
–Kaoru...
Y Kaoru se derrumbó. Aquel no era su estilo. Esconder sus sentimientos delante de Kenshin le resultaba absolutamente imposible.
–Estás huyendo otra vez. Me acusas a mí de huir, pero tú te vas corriendo cada vez que no quieres enfrentarte a mí.
–Yo sólo...
–Kaoru, no busques excusas. Sólo me interesa la verdad.
Kaoru se humedeció los labios.
–Corrígeme si me equivoco –continuó diciendo Kenshin clavando su intensa mirada en los ojos de Kaoru–. Pero, ¿no acabamos de hacer el amor?
–Sí.
La mente de Kaoru corría frenéticamente examinando sus opciones. ¿Qué podía decirle? Kenshin adivinaba sus mentiras y no estaba diepuesto a tolerárselas. Pero ella tenía que protegerse, tenía que proteger su corazón por difícil que resultara.
–¿Y no has disfrutado?
La joven se sonrojó violentamente.
–Entonces me debes una explicación.
Kaoru asintió.
–Venga, juntos podemos solucionar cualquier cosa.
Pero Kaoru sabía que no era cierto. Porque nada podía cambiar el futuro. Y nada podría sanar su corazón roto.
–¿Kaoru? Estoy esperando.
Continuará...
