Cuatro: Vértices.
Centro de Monitoreo de Universos. Núcleo de la Nada.
La Nada es aquel sitio donde precisamente, no existe nada. Es un vacío infinito que a cualquiera lo hace sentirse irremediablemente insignificante. Y es en su centro exacto, en su núcleo, donde se encuentra una especie de construcción a la que pocos tienen acceso. Se trata del Centro de Monitoreo de Universos.
Ahora mismo, mientras la Nada pasa suavemente de un blanco grisáceo a un negro profundo, hay mucho movimiento. Se ha ordenado arreglar perfectamente el Recinto de los Vértices, pues está a punto de producirse uno.
Un Vértice, en el lenguaje del Centro, es una coincidencia entre dos o más universos. El Centro, cuya misión principal es la vigilancia, tienen además una tarea adicional cuando uno de esos vértices se produce: analizarlo a fondo. Para los que laboran en el Centro, hay distintos tipos de vértices, pero solamente uno es el que requiere tantos preparativos en el Recinto de los Vértices: un Vértice de Deseo. Y todos están bastante impresionados, pues hace varios periodos que no había un suceso de ese tipo. Tal vez era porque los habitantes de los universos habían evolucionado a tal grado de creer que desear algo era simplemente ridículo. Y así lo creían ya algunos de los que trabajaban en el Centro.
—Ilusos —masculló de repente una joven de cabello rubio peinado en dos coletas altas, con ropas que poco a poco, si uno veía bien, pasaban del gris al negro. Lo que no cambiaba en ellas eran sus bordes, de color rosa neón —No veo la necesidad de ofrecerles esta oportunidad a esos… seres. ¿En serio debemos tomarnos tantas molestias?
Una joven a la derecha de la rubia, de ojos y cabello rojo, negó con la cabeza con aire resignado. Su largo cabello casi llegaba al suelo, recogido en una sencilla trenza. Su ropa, que como la de su compañera cambiaban del gris al negro, mostraba bordes rojos.
—Sabes que son reglas, así que deja de quejarte —le señaló a la rubia.
—No digo que no sean reglas, pero no creo que esas Chispas lo aprecien —susurró la rubia —Las mías, al menos, tardarían en darle crédito a esta muestra de… buena voluntad.
La pelirroja asintió, sonriendo levemente. Consultó un sujetapapeles, en el que tenía varias hojas blancas, para luego suspirar.
—Debemos avisarles a los encargados de los universos implicados que se preparen para la transmisión —dijo con seriedad.
—¿Y cuáles son, eh? —quiso saber la rubia.
—Según las indicaciones, los universos son el 5-3-5, el 5-5-5 y el 5-4-8.
—¡Vaya! —se sorprendió la rubia —En estos periodos, en uno de esos universos hay Chispas activas de sus Majestades, ¿no importa?
—No creo, ellos mismos revisaron la información antes de ordenar los preparativos.
La rubia se encogió de hombros antes de llevarse una mano a la espalda, donde colgaba la funda de una larga espada de empuñadura rosa neón.
—Por cierto, ¿qué clase de Deseo pidieron esta vez?
La pelirroja se encogió de hombros.
—Eso lo sabremos cuando el Vértice se produzca. Aunque no creo que sea tan fácil de descifrar. Según datos preliminares, los deseos no tienen relación a simple vista.
La rubia hizo una mueca justo cuando una joven de ropas casi negras y bordes grises se les acercó. Su cabello castaño y sus ojos grises, de párpados caídos, le daban un aspecto inusualmente amable.
—Se me informó del próximo Vértice de Deseo —soltó a modo de saludo, sonriendo levemente —¿Qué creen que sea esta vez?
—Para mí que una pérdida de periodos —dijo la rubia indiferentemente.
—Tranquila, que la verdad no me refiero a eso —señaló la castaña —Estoy a cargo de uno de los universos implicados y es en donde hay Chispas activas de sus Majestades. Creo que sería peligroso realizar la transmisión porque entonces les causaríamos un shock.
—Eso díselos a sus Majestades —la rubia parecía impacientarse más a cada momento —Ellos dieron la orden.
—Lo sé, y vengo de hablar con ellos —descubrió la castaña —No obtuve gran cosa.
Las otras dos negaron con resignación. Y es que cuando sus Majestades daban una orden, era rarísimo que cambiaran de opinión.
—Será mejor que se muevan —les pidió jovialmente una chica de cabello castaño oscuro y ojos color castaño rojizo. Una banda naranja en su cabeza, cubriéndole casi toda la frente, combinaba con los bordes de sus ropas, que estaban a un paso de ser negras por completo —Tenemos los datos completos. El Vértice de Deseo se producirá en dos periodos claros y uno sombrío. Así que a trabajar.
Las otras tres chicas asintieron y salieron de la habitación.
—Sí, a trabajar —musitó la rubia sin poder ocultar una sonrisa maliciosa —Y que La Unión proteja a esas Chispas. No saben la que les espera.
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Poke-Universo DP. Sección Media del Instituto Lavender. Ciudad Lavanda, Zona Añil, La Unión.
Las clases estaban por terminar, según el gran reloj que se encontraba en la fachada de la sección media del Instituto Lavender. Los jóvenes que asistían a ella, de entre doce y dieciséis años, no dejaban de rogar porque la campana sonara pronto y los librara de seguir escuchando a los profesores, pero eso no sucedería hasta dentro de unos diez minutos.
Gathie, por supuesto, era de aquellos que ya quería irse, pero no precisamente por el entusiasmo del inminente fin de semana. Más bien estaba distraída, garabateando sin apenas notarlo toda la explicación de la clase de Idioma Johto que recibía en aquel momento, pero su mente estaba realmente en otra parte. En concreto, sus pensamientos seguían encaminados a tratar de encontrar una solución al problema en el que Law, su rubio amigo, parecía haberse metido por culpa suya.
Ya habían pasado dos días desde su conversación con Bess y Wall acerca del trato que Law firmó con la Hechicera Fantasma y eso no hacía más que complicarle las cosas. No podía forzar a Law a recordarla, pues entonces el hechizo que sufría lo haría morir lentamente, pero entonces… ¿entonces debía conformarse con no ser nadie para su amigo? ¿Con ser simplemente una chica a la que podía encontrarse en la calle y saludar como si nada? ¿A ser para Law… una perfecta desconocida?
—Señorita King, ¿me oye?
Gathie dio un respingo. Su profesora, una mujer muy alta y de escaso cabello negro, la miraba con severidad.
—Creo que usted ya quiere el fin de semana, señorita King —comentó la profesora, haciendo que algunos miembros de la clase rieran —Pero antes de eso, ¿podría decirnos "hola, amigo" en idioma Johto?
Antes que Gathie pudiera responder, un fuerte timbrazo acaparó la atención de todos.
—Muy bien, terminamos por hoy —se resignó la profesora, viendo cómo sus alumnos salían disparados hacia los pasillos con las mochilas al hombro —Salvada por la campana, señorita King —le soltó a Gathie, cuando ésta pasó a su lado.
—Hasta el lunes, señorita Lancett —se despidió Gathie no muy convencida de que la campana la hubiera salvado.
—Vamos, Gathie, a casa —Bess terminó sacando a su amiga del instituto —Hasta que llegó el fin de semana.
—No es la gran cosa, nos dejaron muchas tareas —se quejó de inmediato Gathie —Y a propósito, ¿qué fue eso que quería Lancett que dijera en idioma Johto?
—Olé amerr —dijo una voz seria tras las dos chicas, quienes al volverse se encontraron cara a cara con un rubio de ojos color azul grisáceo claro que vestía totalmente de gris —"Hola amigo" en idioma Johto. A veces no sé porqué eres tan despistada, King.
—Sí, claro —Gathie esbozó una sonrisa triste —Aquí me despido —continuó, al llegar a una esquina, y dobló a la derecha —Nos veremos después, Bess.
—Adiós, Gathie —Bess tuvo que seguirle el juego a su amiga, mientras el rubio las miraba como si se hubieran vuelto locas —Te llamo luego.
Gathie asintió y se marchó. El rubio la siguió con la mirada hasta que dobló otra esquina y se perdió de vista.
—No sé porqué te agrada esa chica, Bess —se decidió a comentar —Es amable, sí, pero hay algo en ella que me hace sentir extraño.
—¿No será que te gusta? —le soltó Bess sin querer.
El rubio se sonrojó notoriamente.
—¿Gustarme? ¡Tonterías! —negó con la cabeza —King es una chica demasiado rara. Y mira que yo soy raro.
Bess sonrió.
—Eso lo sé, Lawrence. Además, si no fueras raro, no serías tú.
Lawrence Krause compuso una mueca de ligero fastidio.
—¿Terminaste? Tal vez si lo hiciste, podríamos ir a comer algo. Yo invito.
—Si por eso eres mi mejor amigo —se burló Bess, conteniendo la risa.
—Sirve que me resuelves una duda que tengo desde que me hablaste de King.
Bess se detuvo en seco.
—¿Qué duda? —quiso saber.
Lawrence pareció meditarlo un momento.
—¿Porqué siento que la conozco? Me refiero a King.
—Eso tendrías qué decírmelo tú —Bess esquivó la mirada de su amigo —Si quieres lo discutimos mientras comemos, tengo ganas de una hamburguesa.
—Tú y tu dieta asesina —se quejó Lawrence.
—Oye, tú eres vegetariano por elección propia, ¿no? Igual yo: como todo lo que puedo por elección propia.
Lawrence no pudo evitar sonreír ante semejante lógica, pero al seguir su camino, se quedó pensando en lo que le había preguntado a Bess, ¿porqué sentía que conocía a King? Si de verdad la había conocido antes de hace casi una semana, ¿porqué no lo recordaba? ¿Y qué era esa extraña sensación que lo invadía cada vez que la veía? Como por ejemplo hacía un rato, que la vio marcharse con aspecto tan abatido. Había sentido algo muy difícil de explicar, combinado con tristeza. Algo como… como si no quisiera verla triste. Como si quisiera hacer cualquier cosa para verla sonreír.
…Ahora realmente veo que es maravilloso haberte conocido…
La frase le sonó amable, cálida, alegre… pero no era su voz. Era como un vago recuerdo que no podía vislumbrar de pronto en su mente. Pero esa voz… esa voz le era familiar. Muy familiar.
…¡Miren! El DJ aún está poniendo música, y creo que es hora del último baile, ¿qué dices, Gathie?
¿Gathie? ¿Quién era Gathie? Un minuto, ¿no era así como llamaba Bess a King? ¿Qué hacía él llamando a King así?
… Perdona, no vi por dónde iba… ¿Law? … ¡Ah, vaya! Gracias por no romper mis anteojos, y disculpa de nuevo por chocar contigo… ¿Lawrence? … ¡Ah, qué pena! Olvida esa tontería de Law, ¿quieres? … ¿Cómo me llamo yo? Pues Aga… Gath… Agie…
Una punzada le atravesó la cabeza a Lawrence en ese instante, haciendo que tirara el par de libros que cargaba en las manos. Bess, al escuchar eso, se giró y encontró al rubio con las manos en la cabeza y gesto de dolor.
—¿Te sientes bien, Lawrence? —inquirió con preocupación.
Lawrence sacudió la cabeza un par de veces y se inclinó a recoger sus libros.
—Sí, estoy bien —respondió con desgano —Supongo que tengo hambre, porque me duele la cabeza.
Cuando se enderezó, el chico observó que Bess lo veía con el ceño fruncido.
—¿Y a ti qué te pasa? —quiso saber.
—Nada en particular —Bess se encogió de hombros, disimulando muy bien. Había temido que el dolor de cabeza de su amigo fuera a causa del hechizo, pero parecía que había sido una falsa alarma —Déjame revisar mi correo en el camino, ¿sí?
Lawrence asintió sin mucha convicción, rogando porque un día de ésos, Bess no cayera de bruces en la acera por ver su Palm mientras caminaba. Por el rabillo del ojo, pudo ver el fondo de la pantalla del aparato y se extrañó bastante. Era una fotografía de él y Bess, sonriendo ampliamente… rodeando con los brazos a una jovial King. ¿Qué tenía que estar haciendo King en esa fotografía? Él no la conocía… ¿o sí?
… Ahora no tienes poderes porque deseé que no me hubieras conocido y fui yo quien te dijo que entraras al Portal aquella noche, ¿ahora lo ves, Gathie? Si no fuera por mí, no existiría Gathie Queen… De verdad siento esa tonta discusión, eres mi mejor amiga…
Lawrence se quedó un segundo estático al escuchar aquello en su cabeza, como una incierta vivencia, el suficiente como para que Bess lo notara, retirara la vista de su Palm y la fijara en él. ¿Qué estaría pasando por la mente del rubio en ese instante?
… Desde entonces, tú eres Gathie y yo soy Law… Prometimos que sería nuestro secreto, pero ya no importa, ¿cierto? No lo recuerdas…
—¿Lawrence? —llamó Bess, al ver al joven con una expresión ausente —¿Me oyes?
… Para ti, Ágatha Jane King… ¿quién es?
Sí, eso era lo que Lawrence quería saber, ¿quién era Ágatha King en su vida? ¿Porqué parecía que todos a su alrededor le ocultaban algo con respecto a ella? ¿Porqué sentía que la conocía? ¿Y porqué sentía que esa chica era algo más para él que una simple compañera?
… Mi mejor amiga… La primera que tuve en Ciudad Lavanda… y…
Entonces no supo más. De alguna forma, aquella punzada de dolor que lo asaltó minutos antes volvió a atenazarlo tan de pronto, que no tuvo tiempo de nada. Dejó caer de nuevo los libros, llevándose las manos a la cabeza, y cayó de rodillas sin poder evitarlo.
—¡Lawrence! —se asustó Bess, tirando su Palm sin notarlo —Lawrence, ¿qué pasa?
—Mi cabeza… —musitó el rubio, levantando un poco la vista —Bess, ayúdame a ir a casa… No me siento muy bien.
Bess asintió, levantó torpemente su Palm y los libros de Lawrence y luego le tendió una mano a él como apoyo. En cuanto Lawrence la sujetó, volvió a oír algo que parecía venir de un remoto pasado. Algo que por alguna razón, le pareció que era como un faro en medio de un largo camino sumido en la oscuridad.
… Si hay algo que aprecian los mortales es su vida, sus recuerdos. Así que eso me darás… Pues el pago es que tú sufras el hechizo en su lugar…
Ahí estaba su respuesta, por supuesto. Mientras Bess lo ayudaba a llegar a su casa (que en realidad era lo que muchos llamaban "mansión"), Lawrence se dedicó a meditar en todo aquello que parecía recordar de pronto. Porque de alguna forma, se le hizo que todo comenzaba a tener sentido.
Él conocía a King, e incluso ambos eran amigos. Ahora lo único que quería saber era qué tan amigos habían sido. Cómo deseaba saber qué había pasado exactamente para que olvidara a la joven King de esa forma. Deseaba saber qué lugar ocupaba en su corazón…
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Poke–Universo HP. La Arboleda, hogar de la familia Oak. Cercanías de Ciudad Plateada, Zona Añil.
La casa desbordaba actividad. Las habitaciones no estaban silenciosas la mayoría del tiempo, al contrario. Además, las cosas no habían girado únicamente en torno a la próxima boda de la primogénita Oak.
—¡Vamos, juguemos un rato! —rogó Mish casi de rodillas, entrando a la habitación de Nancy, en la buhardilla, con escoba en mano —Aprovechemos que tu madre no nos tiene ocupados con alguna cosa, Nancy…
La mencionada, recostada en su cama con expresión exhausta, apenas si logró mover la cabeza, asintiendo, antes de ponerse de pie y buscar su escoba entre las cosas de su baúl. Jackie, sentada en una cama plegable leyendo un grueso libro de pastas violetas, miró de reojo al pelirrojo, frunciendo el ceño.
—No deben salir de la casa —dijo en tono autoritario.
—Lo sé, pero no soporto más el encierro —Mish hizo una mueca, para luego regalarle una sonrisa dulce a Jackie —Por favor, compréndeme…
Jacki lanzó un suspiro, cerró su libro y se levantó.
—De acuerdo, te comprendo. Si no les importa, voy con ustedes.
—Pero si tú no juegas Aeroball —se extrañó Nancy, con su Smeagle 13 en las manos.
—Lo sé, pero eso no significa que no me guste ver los partidos —le recordó Jackie.
Nancy asintió.
—Hermana, ¿no quieres venir? —ofreció Mish, mirando a la callada chica sentada en el alfeizar de la ventana, observando al exterior.
—No, gracias —susurró la joven, esbozando una sonrisa triste.
Mish, Nancy y Jackie se miraron entre sí, preocupados. Ashlee estaba muy decaída desde su cumpleaños, hacía ya dos semanas, y eso ya era mucho decir. Según palabras de Mish, ni siquiera cuando murió Brock, hacía ya un año, se había puesto así.
—Muy bien, hermana, nos vemos —Mish colocó su Raichu 2000 sobre un hombro, y antes de salir, agregó —Si quieres alcanzarnos, sabes dónde encontrarnos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —aceptó Ashlee.
Los tres salieron, bajaron las escaleras en completo silencio y casi llegando al final, se toparon con Mark y Jimmy, saliendo del dormitorio del segundo.
—¿Van a jugar? —inquirió Jimmy, que tenía en las manos su propia escoba.
—Sí, ¿vienes? —invitó Mish.
Jimmy asintió en el acto, sonriendo, y bajó la escalera con entusiasmo. Jackie lo observó con desaprobación, y mirando a Mish, arqueó una ceja.
—¿A éste qué le pasa? —espetó en un murmullo —¿Acaso ya no le interesa Ashlee?
—No tengo idea —Mish se encogió de hombros.
—Dice que si no le da importancia, Ashlee acabará por comprender que hizo mal, y volverá sola a sus brazos —intervino Mark de repente.
—Eso es una tontería —sentenció Nancy —Hasta yo lo sé.
—Pienso lo mismo, pero sabes cómo es Jimmy —Mark negó con la cabeza —Es tu hermano, lo conoces mejor que nosotros.
Nancy, con un mohín de fastidio, no pudo más que asentir.
—¿No vienes con nosotros? —le preguntó Jackie a Mark —Ellos jugarán un poco y tú y yo podemos divertirnos al verlos volar.
—Qué graciosa —dejó escapar Nancy con sarcasmo.
—No, gracias. Prefiero quedarme aquí a leer un poco.
—Muy bien —aceptó Mish, dándole la espalda —¿Puedo pedirte un favor?
—Sí, claro.
—Hazle compañía a mi hermana.
Mark asintió y vio a sus amigos irse, luego de lo cual regresó al dormitorio de Jimmy, tomó un libro grueso de pastas azules. Antes de eso, le sonrió levemente al chico rubio que estaba sentado en el suelo, sobre un cojín, leyendo una revista al revés.
—¿Porqué no vas con Jimmy? —le sugirió —Él, Mish y las chicas se fueron al huerto a jugar Aeroball.
El rubio levantó la vista y sonrió.
—Sí, creo que distraerme un poco me caería bien —se paró, dejando la revista en el suelo y se encaminó a la puerta —No sabes cuánto le agradezco a Jimmy el haberme invitado. Es un buen amigo.
—Me lo imagino, Luke —Mark ladeó la cabeza —Ahora vete, seguro los alcanzas.
Luke Locklook le sonrió aún más ampliamente y abandonó la habitación. Ese chico, del mismo curso que Jimmy pero de la casa Añiclaw de Pallet, era un compendio de rarezas, pero excelente persona. Jimmy decía que lo único que tenía de malo era esa tendencia a creer en cosas que nadie creía que existieran.
El pelirrojo salió de nueva cuenta, para subir rumbo al dormitorio de Nancy. Ya frente a la puerta, llamó con cuidado.
—Adelante —oyó que una queda voz femenina respondía.
Mark abrió la puerta lentamente y asomó la cabeza al interior de la habitación. Logró ver a su amiga sentada en el alfeizar de la ventana, con la vista fija en una libreta muggle de hojas blancas y un lápiz en la mano. Al parecer, estaba dibujando.
—Ashlee, yo… ¿puedo hacerte compañía? —inquirió el muchacho.
—Sí, claro —respondió ella, sin levantar la mirada.
Mark entró, cerró la puerta tras él y fue a sentarse en una de las camas plegables del dormitorio. Abrió su libro y se puso a leer, desviando la vista discretamente a su amiga con regularidad, solamente para saber qué hacía.
La chica parecía concentrada en lo que aparentemente dibujaba. Sin embargo, podía verse que el brillo de tristeza de las últimas semanas seguía en sus ojos, sin querer desaparecer. Mish lo había expresado hacía unos días con bastante claridad: ésa que estaba allí no era la Ashlee Ketchum de siempre. Se había convertido en una vaga imitación de sí misma. Y ninguno de los que la rodeaban sabía qué hacer.
—Terminé —se oyó que decía Ashlee.
Mark alzó la vista de su libro y miró a su amiga directamente. La joven tenía los ojos clavados en lo que sea que hubiera dibujado con expresión crítica, evaluadora. Segundos después, dejó la libreta y el lápiz a un lado y se puso de pie.
—Es tarde —musitó, sin dirigirse a nadie en particular.
—No tanto —se atrevió a contradecir Mark, volviendo la vista a su libro —Apenas es mediodía. Seguramente la señora Oak no tarda en volver.
Ashlee se giró hacia el pelirrojo y lo observó con detenimiento.
—Yo no hablaba de eso —corrigió con suavidad, para luego ver de reojo la libreta que había abandonado —Pero qué más da…
Iba hacia la puerta, pero sintió una mano en su hombro que la detenía.
—¿Así piensas de todo ahora, Ashlee? —murmuró Mark, entre molesto y herido. Había dejado caer su libro al suelo sin ninguna consideración, pero no le había importado —¿Que qué más da?
Ashlee inclinó la cabeza, sin mirarlo a la cara.
—¡Mírame! —soltó Mark bruscamente, con furia.
Eso asustó a la chica, quien levantó la vista de golpe y la fijó en su amigo.
—No sé qué estés pensando, pero te recuerdo una cosa —Mark se había dado cuenta del tono de voz que estaba empleando, pero no lo cambió. Quería que Ashlee reaccionara a cualquier precio —No eres egoísta, nunca lo has sido. Siempre andas pensando en los demás, ¿y ahora te encierras en ti misma así nada más?
—No entiendo —susurró Ashlee —La verdad, no entiendo…
—¿Crees que la gente no se preocupa por ti? —Mark liberó su hombro, pero en cambio, la tomó de los brazos con fuerza, forzándola a quedar de frente a él —¿Crees que nadie padece por verte en ese estado? Pues te tengo una noticia, Ashlee Ketchum, ¡tú no eres la única que sufre!
La joven abrió mucho los ojos, asombrada, pero no se atrevió a hablar.
—Tu propio hermano ya no te reconoce —comenzó Mark con voz un tanto más suave, inclinando la cabeza —Nancy y Jackie tampoco, y yo menos. ¿Qué es lo que te pasa? —inquirió, casi suplicando —¿Qué te tiene de esa forma? ¿No hay algo que podamos hacer por ti, en vez que tú te andes preocupando por nosotros?
Ashlee entornó los ojos tristemente, se mordió el labio inferior y lentamente, alzó una mano. Mano que Mark pudo sentir poco después en su mejilla.
—No… No hay nada… salvo… salvo estar ahí.
El pelirrojo levantó la vista y contempló a su amiga al borde del llanto. Quiso hablar, intentar disculparse por la manera tan brusca en que la había tratado para hacerla despertar, pero descubrió con asombro que la mano de ella, que estaba en su mejilla, ahora se encontraba sobre sus labios, silenciándolo.
—Mi destino es éste —afirmó Ashlee en un suave tono de voz, casi inaudible —Mi destino… está escrito desde hace mucho. Lo único que hace la diferencia… es cómo vivo antes de cumplirlo. Y en esa vida están todos ustedes.
Comenzó a llorar y Mark se sorprendió mucho al verla esbozar una sonrisa, pero no una cualquiera. Era una sonrisa débil, tierna y cálida que no recordaba haberle visto jamás.
—¿Cómo es que tú lo haces? —se preguntó ella en voz baja, sin hacer el menor intento por detener sus lágrimas —¿Cómo es que ni Jimmy, que dice quererme tanto…?
Se interrumpió de golpe, entrecerrando los ojos con aspecto ausente, y Mark se alarmó ante tal gesto, dado que en el proceso, el rostro de Ashlee se había tornado rojo sin motivo aparente. Posó una mano sobre la frente de ella, retirándola casi de inmediato.
—¡Tienes fiebre! —se alarmó, soltándola al instante. Iba a la puerta, pero al recordar que no había nadie en casa, cambió de idea, y más cuando sintió un tirón en una manga.
Ashlee lo había aferrado con una mano, como rogándole que no se fuera. Aunque tuvo que escucharlo de su boca para creerlo.
—Por favor… —suplicó Ashlee con debilidad —No… no te…
No dijo más porque se desmayó. Casi da en el suelo si no es porque Mark la sostiene.
¿Qué había pasado para que ella acabara así? Era lo que Mark se preguntaba una y otra vez, mientras se ocupaba de meter a Ashlee en la cama, cubrirla bien con una manta y pasearse un poco por la habitación, para decidir qué hacer. Lo primero, pensó, era bajarle la fiebre, así que hizo aparecer su bastón mágico y con un movimiento, apareció una toalla pequeña de color azul y una palangana de agua fría. Mojó la toalla, la exprimió y la colocó en la frente de ella, mientras la veía respirar con demasiada lentitud para su gusto.
Fue a sentarse al alfeizar de la ventana en cuanto vio que Ashlee dormía más o menos con normalidad, y se topó con la libreta de hojas blancas. Vio, con curiosidad, que estaba abierta justo en lo que la chica había estado dibujando y se sorprendió un poco con lo que vio: era un retrato muy bien logrado. Y era suyo. Pero lo raro era que él lucía mayor, mucho más que ahora, y vestía de negro. De la mano, llevaba a una pequeña niña que también vestía de negro, tenía cabello, corto y sombreado de color oscuro, y los rasgos básicos, pero lucía incompleto por una cosa: no tenía ojos.
Mark frunció el ceño. Si la niña en el retrato estaba incompleta, ¿porqué Ashlee había dicho que lo había terminado? De pronto, se encontró con un par de líneas escritas al pie del dibujo con la letra larga y clara de Ashlee. Y en ellas decía: Gracias. Muchas gracias por poder ver… lo que me voy a perder.
Mark dejó la libreta a un lado y observó a Ashlee, que en ese momento se movía ligeramente en la cama, haciendo un gesto como si le doliera algo. Se acercó y la escuchó musitar como en sueños.
—Perdóname… Mark… Por favor, perdóname…
—No, Ashlee —susurró Mark, tomándole una mano —No hay nada qué perdonar. Perdóname tú a mí, por favor.
Y mentalmente, deseó con toda su alma hacer lo que fuera para que ella estuviera bien. Incluso si eso llegaba a destrozarle el corazón.
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Poke–Universo CCS. Sección Media del Instituto Pallet. Ciudad Paleta, Zona Añil, La Unión.
Marine Ash hubiera deseado evitar tantas miradas curiosas al asistir a clases, pero no había forma. Sencillamente, la corona que portaba ahora en la cabeza llamaba la atención de cualquiera.
Habían transcurrido ya dos meses desde que su padre, el rey Markus, la había presentado ante el Consejo Real como la heredera al trono, y ese mismo tiempo, menos una semana, era el que ella llevaba luciendo esa corona, luego del anuncio oficial al reino entero. A diferencia de la de su padre, era dorada, pero la marca de la pokebola dorada y plateada seguía siendo idéntica. Era la forma de mostrarle al mundo que el anuncio del rey era oficial y nada lo haría cambiar de idea.
Había unos cuantos que estaban en desacuerdo con semejante decreto. Y esos cuantos decían que no era justo que su Alteza Alterna, el hermano de la difunta reina, no fuera a participar en el gobierno. Pero el rey declaró con firmeza que así debía ser y casi nadie volvió a decir en voz alta lo que realmente pensaba: que no podían confiarle La Unión entera a una niña. No cuando había alguien mejor para el cargo.
A Marine Ash eso la tenía sin cuidado. Sabía, por medios propios, que lo que su padre había hecho al excluir a su tío del gobierno era lo mejor. Sin embargo, había algo que ocupaba sus pensamientos y tenía que ver, indirectamente, con ser la futura reina.
—¡Buenos días, Marine! —la saludó una joven de su edad de largo cabello oscuro y ojos azules, de aspecto sereno —¿Lista para las clases de hoy?
—Eso creo, Lizzie —Marine Ash sonrió un poco, animada —¿Y tú?
—Lo normal —respondió Lizzie, encogiéndose de hombros —Aunque veo que ya no llegas tarde, ¿eh? ¿Acaso Al tiene algo qué ver?
Marine Ash se sonrojó ligeramente ante la sonrisa divertida de Lizzie.
Elizabeth Daicom, mejor conocida como Lizzie, era la mejor amiga de Marine Ash desde hacía años. En realidad, las unía algo más que amistad: Lizzie era la única hija de Vanessa, prima materna de la difunta reina y el hermano de ésta. Cuando ambas se enteraron, se pusieron muy contentas, pues ya tenían algo más en común. Y desde entonces, habían sido casi inseparables, aunque Lizzie tuvo que reconocer que la entristecía ya no pasar tanto tiempo con su amiga desde que ella había regresado a vivir al Palacio de La Unión, a cumplir con sus obligaciones de princesa y ahora, de futura soberana.
—¿Porqué crees que Al tiene que ver en esto? —le preguntó Marine Ash a su amiga, tomando asiento al fondo del salón, justo tras el susodicho; o sea, Al Ming.
—Bueno, es que desde que salen juntos, creo que cada uno ha mejorado para bien —tuvo que admitir Lizzie, sonriendo levemente —Y a ambos eso les sienta muy bien.
Marine Ash hizo un gesto de incredulidad al notar, por enésima vez en años, lo observadora que era su amiga.
—¡Buenos días, jóvenes! —saludó un hombre joven, castaño y vestido de traje, entrando al aula. Toda la clase fue a ocupar sus lugares antes que el hombre continuara —Hoy iniciaremos presentando un nuevo alumno, ¿de acuerdo? Trátenlo bien.
Enseguida, la puerta se abrió lentamente y un chico alto, moreno y de lacio cabello castaño entró. Sus ojos verde azulado asomaban tras unos anteojos rectangulares de esquinas curvas y por increíble que pareciera, le daban un aire misterioso.
—¡Jeremy! —susurró Marine Ash, antes incluso de ver al profesor escribir el nombre del nuevo alumno en el pizarrón.
—Su nombre es Jeremy Pinedo y acaba de llegar hace poco de Isla Shamuti, en la Zona Naranja —informó el profesor —Así que por favor, denle la bienvenida.
—¡Bienvenido, Pinedo! —exclamó la clase entera al unísono.
—Gracias —dijo el chico, sonriendo —Espero llevarme bien con todos ustedes.
Al, tras Marine Ash, no le quitaba la vista de encima a Pinedo con el ceño fruncido, ¿qué hacía allí? La última vez que lo había visto, había llegado de improviso por mandato del clan Pow, mandato que tuvo que ver directamente con que Marine Ash se convirtiera, de una vez por todas, en la nueva Superiora de las Cartas Pow, las actuales Cartas Unity.
Las cartas mágicas creadas por Holy Pow habían sido transformadas en unas nuevas gracias a Marine Ash, puesto que así debía ser. Sin esa transformación, la joven princesa no habría podido seguir usándolas, ya que la magia humana de las cartas pelearía continuamente con la magia pokemon que la muchacha había heredado de su madre. Así las cosas, Marine Ash se enfrentó a un reto que muchos creían imposible de llevar a cabo: combinar magia humana y magia pokemon sin morir en el intento. Y en ese asunto, había intervenido Pinedo, propiciando las situaciones más extrañas para que Marine Ash se viera obligada a utilizar las cartas y a cambiarlas.
—Al, hay que hablar con Jeremy —sintió Al que le decía la voz de Marine Ash directo a la cabeza —Presiento que está aquí por una razón.
—De acuerdo —respondió mentalmente con poco entusiasmo. La verdad es que no le hacía ni pizca de gracia acercarse a Pinedo.
A la hora de receso, Marine Ash, Al y Jeremy, acompañados por una curiosa Lizzie, salían a los patios de la sección, lejos de las miradas de los curiosos.
—Gusto en volver a verla, Marine —saludó Jeremy en primer lugar —Tengo que tratar con usted un asunto muy serio.
—Ya me lo imaginaba —masculló Al en voz baja.
Lizzie, que alcanzó a oírlo, sonrió levemente, divertida.
—¿Ha sentido una presencia mágica últimamente? —inquirió Jeremy.
Marine Ash asintió.
—Yo también, estuvo en las Islas Naranja —explicó Jeremy con seriedad.
—¿Haciendo qué? —quiso saber la princesa.
—No tengo idea, pero lo que me preocupa es que andaba por las Islas Sagradas.
Marine Ash frunció el ceño, Lizzie puso una cara de incomprensión bastante evidente y Al fue el que se atrevió a romper el silencio.
—¿Las islas donde habitan Articuno, Zapdos y Moltres? —interrogó.
—Exacto —Jeremy asintió con la cabeza —Anduvo rodeando las islas, pero no provocó nada en sí. Lo malo es que después que se fue, los Tesoros desaparecieron.
—¿Los Tesoros? —se alarmó Marine Ash.
Los Tesoros no eran más que esferas de cristal, que cuando se requerían, mostraban mágicamente en su interior el elemento del pokemon en cuya isla se encontrara: una llama roja el Tesoro de la Isla de Moltres, un viento escarchado y azul en el Tesoro de la Isla de Articuno y un relámpago amarillo en el Tesoro de la Isla de Zapdos.
—¿Y dónde están los pokemon's? —quiso saber Marine Ash —¿Dónde están?
—Por lo que pude averiguar, se refugiaron en la Zona Pokemon —respondió Jeremy, refiriéndose al corazón de la Tierra Principal, a donde ningún humano podía entrar —Pero eso no me preocupa. Tal parece que esa presencia mágica sabe exactamente lo que busca, porque asaltó la casa de la profesora Molly Storge, ¿la conoce?
Marine Ash asintió de nuevo en completo silencio. La profesora Storge era una vieja conocida de sus padres.
—Robaron las Runas Unown —completó Jeremy.
Las Runas Unown eran reliquias puestas bajo estricta vigilancia en la mansión Storge desde que la Familia Real le concedió a la profesora Molly el privilegio de estudiarlas.
—Parece que se está llevando objetos de magia pokemon muy poderosos —se atrevió a conjeturar Al —O al menos, los que quedan y que sabemos que existen.
—Falta uno —Marine Ash abrió los ojos, asombrada —La pokebola GS.
La pokebola Golden–Silver, o pokebola GS, era actualmente el símbolo de la Familia Real y su más preciado tesoro. Pocos sabían dónde se guardaba.
—Ese objeto no se considera de magia pokemon en sí —recordó Jeremy.
—Ahora sí —rebatió Marine Ash —Sus ocupantes están sellados en ella con mi magia hasta que se les requiera. Y mi magia, al menos la mitad, es magia pokemon.
Jeremy suspiró con cierto desgano.
—Entonces esperemos que lo que sea que robe esos objetos, no sepa dónde se guarda —aventuró Jeremy tras un instante de reflexión —Quién sabe qué pasaría si logra usarlos para su propio beneficio.
Se hizo el silencio. Una ráfaga de viento movió las ramas de los árboles, arrancando un susurro constante de sus hojas, y Marine Ash levantó la vista. Contempló cómo los rayos del sol se filtraban a través de las ramas cargadas de hojas y unas pocas flores y suspiró con nostalgia.
—¿Porqué presiento que no es todo lo que está ocurriendo? —inquirió, sin dirigirse a nadie en particular.
—Quizá porque no es todo —apuntó Jeremy —Quisiera saber, si no es indiscreción, si conoce la razón de Pol para volverse humano.
Marine Ash se sobresaltó ante tal pregunta.
—Eso no tiene qué ver con esto —se defendió.
—No, pero quisiera saber, ya que yo le ayudé a ser humano —explicó Jeremy.
Marine Ash volvió a suspirar.
—Le prometí no decirlo —se limitó a responder.
Jeremy asintió en señal de comprensión.
—En todo caso, debería avisarle a la Guardia Real sobre esto —aconsejó de repente —Si nuestras suposiciones son correctas, tratarán de robar la pokebola GS, así que deben prepararse. ¿Está de acuerdo conmigo?
Marine Ash negó con la cabeza, para asombro de Jeremy.
—La Guardia Real no tiene nada qué ver en esto —aseveró —La pokebola GS está a salvo de todo mal, eso puedo jurarlo.
—Entonces, no hay más qué hablar —Jeremy sonrió de una forma que Al conocía y a la vez detestaba: con cierto misterio, como si supiera algo que los demás no —Estaremos juntos todo un curso antes que regrese a casa.
—¿Solamente regresaste por esos robos, Pinedo? —inquirió Lizzie, hablando por primera vez en todo ese tiempo.
Jeremy amplió más su sonrisa misteriosa.
—Digamos que por un lado, sí —respondió.
Eso hizo que tanto Lizzie como Al se quedaran pensativos, pero cada uno a su forma.
—Jeremy, ¿quieres ir a casa a comer? —invitó repentinamente Marine Ash, con una gran sonrisa —A papá y a mi tío les dará gusto verte.
El aludido, sin dejar de sonreír, asintió, haciendo que Al frunciera el ceño.
Las clases siguieron su curso normal, aunque pronto se corrió el rumor de que un nuevo alumno se había hecho amigo de su Alteza Real en tiempo récord. Cuando se enteró de eso, Marine Ash rompió a reír.
—Me hace gracia que crean que no puedo tener amigos normales —comentó a la hora de salida, seguida por Jeremy, Al y Lizzie.
—Y más desde que eres la heredera al trono —le siguió Lizzie, riendo —A mi madre le parece divertido, aunque no le agrada ver seguido a su Majestad Markus en televisión.
Marine Ash rió. Era bien sabido que Vanessa Daicom y Markus Aquarium no se llevaban bien. O mejor dicho, a Vanessa Daicom no le caía bien Markus Aquarium.
—Bien, yo me voy a casa —anunció Lizzie al ver una elegante limosina a las puertas de la sección, donde dos mujeres de uniformes oscuros esperaban junto a las portezuelas —Nos veremos mañana, Marine —y agitando una mano, se alejó.
Marine Ash la despidió imitando el gesto, mientras Al sonreía.
—Será mejor apurarse, creo —comentó Jeremy —No quisiera que Polly e Ibelec se quedaran mucho tiempo.
Los mencionados se trataban de creaciones mágicas de Helios Pow, padre de Holy Pow, que en cierta forma, eran imitaciones de Pol y Celebi, pero hechas con magia humana. Polly era una joven muy entusiasta y de cabellos blancos. Poseía como instrumento de defensa y ataque un enorme báculo negro. Por su parte, Ibelec era un pequeño duende alado de color plateado que cuando se requería, se transformaba en lo que parecía una niña ángel.
—¡Ah! ¿También vinieron a la Zona Añil? —se sorprendió Marine Ash.
—Sí, no quisieron quedarse con mi padre —Jeremy se encogió de hombros.
Siguieron caminando unos metros, disfrutando del clima y la charla, y Al por fin pudo alejar sospechas tontas de su mente. Jeremy parecía disfrutar la compañía de Marine Ash, cierto, pero su mirada había cambiado por completo desde la última vez que lo había visto. Quizá, sólo quizá, él también había encontrado a alguien.
—Es hermoso —soltó Marine Ash de repente, deteniéndose a contemplar un enorme árbol cuajado de flores —Adoro la primavera.
Lucía una sonrisa franca y amplia, como si el peso de todo un reino y de nuevos problemas mágicos no descansara sobre sus hombros. Y Al, sonriendo a su lado, deseó fervientemente que esa sonrisa nunca se apagara, por más dificultades que se presentaran, y que él pudiera ayudar en algo si algún mal aparecía. Lo deseaba de todo corazón.
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Recinto de los Vértices. Centro de Monitoreo de Universos, Núcleo de La Nada.
—Vértice en proceso, preparen la transmisión.
La voz que anunció aquello, una totalmente seria y de timbre masculino, fue atendida de inmediato en aquella habitación de techo abovedado y cuyo piso estaba soberbiamente decorado con mosaicos en un diseño extraño y circular, que asemejaba un complicado círculo mágico. El hombre que había hablado, de aspecto joven y brillante cabello castaño, miró a su alrededor para asegurarse que todos estaban en sus posiciones. Cuando comprobó que lo habían atendido, se movió un poco, haciendo ondear una capa casi negra de bordes rosados que colgaba a su espalda.
—Listos todos, no tardarán —avisó.
Los presentes, asintiendo en silencio, fijaron su vista en el centro de la habitación al tiempo que revisaban numerosos documentos y aparatos que sostenían, no sin antes colocarse delante de los ojos unos lentes oscuros. Alejados del barullo, en una sala aparte, dos figuras observaban todo a través de una pantalla.
—Se acercan —dijo una de las figuras con una suave voz femenina.
—Y que La Unión los proteja —completó la otra figura, con voz masculina y amable.
Al segundo siguiente, un destello de luz inundó por completo el Recinto de los Vértices, dejando ver únicamente algunas siluetas en su interior.
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Hola a todo el mundo. Este capi es el más largo que he hecho de la historia y me está haciendo pensar que no la haré muy larga. ¿Porqué? Quizá porque el concepto es simple, unido a que quiero terminar las otras historias que tengo por allí y que sinceramente, empecé antes, jajaja. Pero en fin, a lo que quiero llegar es que ojalá quedara claro lo que podría pasar con los protagonistas de los distintos universos, ahora que presenté el Centro, cosa que le dará un toque de misterio que no creí posible. Pero bueno, basta de palabrería. Deseando que hayan disfrutado el capi, me despido. Nos leemos.
