Disclaimer: Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto. Este fanfic no es con ánimo de lucro.
Advertencia: AU & algo de OoC.
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.-Soul Sister-.
• Cuídate •
Hinata pareció despertar de su ensimismamiento y señaló que pronto iba a bajarse. Sasuke le respondió que la acompañaría y ella asintió agradecida. Al llegar a la estación deseada, se bajaron con dificultad, esquivando pisotones y casi aventando personas. Por algo, él odiaba utilizar los transportes públicos. Frunció el gesto y gruñó molesto, provocando una leve risita en la chica.
—Detesto que haya tanta gente concentrada en un espacio tan reducido. No me gustan las aglomeraciones —contestó en su defensa.
Caminaron varias cuadras antes de llegar al departamento de la morena. Y apresuraron el paso, al ver aparecer los primeros rayos y sentir el viento húmedo, calándoles el frío hasta los huesos. Entraron rápidamente al vestíbulo del edificio para internarse igualmente ansiosos al elevador. Y esperaron pacientemente los cinco pisos que la chica había apretado en el tablero.
Ninguno de los dos había vuelto a comentar algo desde los andenes del metro. ¿Por qué? ¿Por qué tan callados si había tanto de qué hablar? Años sin verse y el silencio era sepulcral.
No creo que le interese, pensaba ella.
No ha pasado nada bueno desde que dejé de verla, se decía a sí mismo.
El departamento estaba hasta el fondo. Las pisadas de la pareja se escuchaban tan pesadas en el tranquilo pasillo, que parecían taladrarles los oídos. El corazón de Hyūga palpitaba a mil por minuto. La mente de Uchiha estaba siendo ocupada por las recriminaciones del pasado.
Avanzaron con pasos agigantados, ambos sabían que algo de lo que podrían arrepentirse podría ocurrir si no se daban prisa.
Ella se adelantó, sacó las llaves y con una rapidez inaudita, abrió la puerta número 331. Sasuke suspiró aliviado. Una rara tensión se diluía en el ambiente, para dar paso a la calma. Al fin podrían seguir con sus vidas, sin ningún contratiempo o fuertes verdades.
O eso parecía, hasta que la joven vio la enorme ventana de la sala.
—Ya empezó a llover.
Eso bastó para que el muchacho se estremeciese. Él no llevaba sombrilla y no traía su abrigo de siempre, sino un ligero suéter negro. Ahora no. ¿Por qué justo en ese momento?
—Creo que será mejor que te quedes un rato, Sasuke kun —le ofreció la chica, con marcada pena y con esfuerzo. También le costaba asimilar la situación, sólo que por no quedar como grosera…
—Está bien —le contestó, buscando sonar indiferente o agradecido y tratando de evitar mostrar el ligero pánico que comenzaba a embargarle.
Dio un ligero vistazo al lugar, estaba en su naturaleza ser así de analítico, con cierto interés. Se veía que ella pasaba muy poco tiempo ahí, como mucho, para desayunar y dormir únicamente. Muy pulcro, pero con la sensación de que todo era intocable y el aire concentrado, mareándolo un poco.
Fijó su mirada en otro punto, las paredes. Pigmentadas con colores pálidos y donde sobresalían las gigantes pinturas de Hyūga, las cuales cubrían más de un cuarto de éstas. Después, en los acolchados y níveos muebles; unos pocos estantes y mesillas de madera; donde descansaban unas obras de arte en repujado*.
—Las rosas eran de otro modo… —susurró, acariciando una pieza que rezaba en su base: "Rosas del ayer".
—Bueno, yo considero, que éstas están más bonitas —añadió ella, algo ofendida—. Porque vienen de mi corazón.
El moreno se quedó de piedra. Hinata las había hecho y así las veía, provenían de lo más profundo de su ser. Eran especiales.
Siguió mirando, sin contestarle lo anterior. La chica no contaba con aparatos electrónicos como un televisor o computadora.
—¿Sabes? Me gustan los programas de arte e historia, sin embargo, sólo son disponibles por televisión de paga. Pero está tan cara y no puedo permitirme pagar tanto sólo por un par de canales. Además, no tengo TV, pero es porque no me gusta la programación local —comentó, casi leyéndole el pensamiento.
En sí, el departamento se veía vacío. De no ser por la alfombra lila que abarcaba todo, pensaría que apenas se estaba mudando. Tenía lo necesario para vivir.
—¿Hace mucho que estás sola? —se atrevió a preguntar.
Hinata saltó, parecía haberla despertado de sus propios pensamientos.
—Sí, es mucho más cómodo que seguir con mi padre. Sigue enojado por haberme inscrito en la Universidad pública de aquí que en la privada que él quería —contestó tristemente.
Otra preocupación le cruzó por la mente.
—¿Vives bien?
—Tengo algunas carencias —admitió apenada, sintiendo las mejillas arder—. Pero puedo vivir con lo que gano en el museo estatal.
—Comprendo —asintió, contrariado por la sensación de alivio que le recorrió—. Aunque, tengo entendido que tu carrera es bastante cara.
La chica dio otro respingo, aún con el rostro encendido e intentó contestarle, soltando balbuceos que luego se volvieron oraciones entendibles.
—Así es —respondió finalmente, con un rictus de vergüenza y derrota marcado en su rostro sufriente—. Y no por eso iré con mi padre a suplicarle su favor o su limosna.
Le sorprendió muchísimo esa pequeña confesión. Hinata tenía la cabeza inclinada, dificultándole la visión de su tez. Estaba seguro de que mordía, nerviosamente, sus labios resecos y aguantaba estoicamente las ganas de llorar y decir lo mal que lo pasaba con tal de no verle la cara a su soberbio progenitor. También, no podía imaginar cuánto había sufrido en su universidad para pasar, honoríficamente, todas sus materias a pesar de las carestías; como lo demostraban todos los diplomas y premios que adornaban altiva, e irónicamente, humildemente el departamento.
Sintió un repentino y extraño orgullo. A ella le había costado un inimaginable esfuerzo convertirse en lo que era ahora. Habia madurado y entendido lo que era enfrentarse a la vida en solitario. Luchar ante las tempestades de la dureza del mundo y a las propias pesadas indecisiones que conducían al éxito más brillante o al fracaso más doloroso.
Ahora recordaba el porqué de sus sentimientos por ella.
—Como te dije anteriormente, cualquier cosa que necesites, sólo recurre conmigo —respondió con cierta dificultad, costándole superar la impresión anterior.
Lo malo, es que se sentía como un loro, repitiendo la misma recomendación una y otra vez, la cual, negaría amablemente ella. Es que, ¡se veía tan impotente e incluso inútil!
—Es decir —interrumpió el silencio, inesperadamente, la joven morena—, por mucho tiempo, tuve forzosamente que vivir en sumisión. Nunca el poder expresar lo que realmente sentía o pensaba. Pero ya no estoy dispuesta a verme envuelta en semejante prisión infernal después de conocer la libertad.
De nuevo; sacaba, poco a poco, todo el pesar y aflicción que llevaba, podría jurarlo, años dentro de ella. Esperando un ligero roce de curiosidad o preocupación de otra persona para liberarse con facilidad inaudita. Y entendiendo lo terrible de la situación, decidió que era mejor esperar a que ella se recuperase un poco.
La lluvia ya había dejado de caer desde hacía buen rato. Pero él no se atrevía a irse. No sabía que hacer. Nuevamente, volvía a ser ese jovencillo indeciso e idiota, a su parecer, que estaba ante una decisión que otra vez marcaría el rumbo de su vida. Después de la tormenta de la chica, volvía la calma a la habitación. Miró a Hyūga que, imperturbable y con una mirada perdida e incluso con toques pensativos, observaba uno de los tantos cuadros de la sala.
Al parecer, ninguno de los dos, tenía en claro que estaba sucediendo ni lo que ocurriría después.
—Gracias, Sasuke kun —musitó suavemente.
Casi podía oír, entre líneas, que agradecía el que estuviese ahí. Que le estuviese escuchando cuando desahogaba lo que venía asfixiándola desde que había escapado de su padre.
—Cuídate —susurró, dando la vuelta para dirigirse a la puerta de salida. La cual veía como la entrada a un patíbulo.
La joven, extrañamente, le siguió. Él creyó que iría a abrirle la puerta, por simple cortesía. Qué equivocado estaba.
—Lo haré —respondió, levantando la voz más de lo normal, llamando la atención del varón que se iba contra su propia voluntad.
—Eso espero —dijo mientras se atrevía a posar su mano sobre la cabeza femenina.
Lo menos que pudo esperar era que la chica retuviese su mano.
—No me olvides —murmuró temblorosamente. Toda su persona tiritaba.
Se acercó y besó la frente de Hinata. Suave y quedamente, aspirando el aroma de su cabello. Perdiéndose en una meditación preocupada. Nuevamente, no sabía que hacer en esos momentos. Nunca había demostrado semejante afecto a nadie. Y ahora, lo había hecho con esa chica; de la cual huyó para evitar eso mismo.
Ninguno había llegado a imaginarse tal cosa. Ambos se quedaron estáticos. Hasta que el oxígeno volvió a reanimar los pulmones de los dos y los corazones volvieron a latir, totalmente desbocados.
—Nunca antes lo hice, ¿por qué debería de olvidarte ahora? —contestó, esbozando una mueca en su rostro parecida a una sonrisa.
Se separó de ella y finalmente, abrió la puerta. Hyūga se acercó aún más a la puerta, tomándola con cierta fuerza, parecía que fuese a caer de la impresión.
—Nos vemos... —dijo, sonriendo como nunca antes lo había hecho—. ¡Te quiero! —exclamó sonrojada y tartamudeante.
—Adiós, Hinata —respondió él, sintiéndose reconfortado ante sus palabras.
Caminó lo suficiente para percatarse.
—¿De qué forma me quiere?
Pero ella ya había cerrado la puerta.
¡Maldición!
"Cierra la puerta, ven, y siéntate cerca, que tus ojos me cuentan que te han visto llorar. Llena dos copas de recuerdos e historias, que tus manos aún tiemblan si me escuchan hablar".
'Tú cuídate; aquí yo estaré bien. Olvídame, yo te recordaré...'
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Fin
N/A:
Aquí está el epílogo que algunas pedían. Es algo tarde, lo sé, pero he estado en exámenes finales. Aún me quedan un par, pero me dio tiempo para terminarlo. Si, nuevamente, una frase o estrofa de una canción de la Oreja de Van Goh, "Cuídate", se llama la melodía.
Además; creo, si me da el tiempo y algo más, esto se convierta en un three-shot. No lo sé realmente, sería cuestión de pensarlo...
Dedicado a todas aquellas personas que les gustó este insulso y primerizo SasuHina.
Esperando sea del agrado general...
See you~.
