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Bruce estaba de pie delante de una residencia bella. Era una casa en apariencia acogedora. Miró un letrero colocado en la acera, indicando el nombre de la calle: Elm Street.
Caminó lentamente hacia la vivienda. Un par de niñitas jugaban, cantando cerca. Algo en la letra de la canción le inquietó:
Uno, dos, Freddy viene por ti
Tres, cuatro, cierra la puerta
Cinco, seis, toma el crucifijo
Siete, ocho, mantente despierto
Nueve, diez, nunca dormirás
Llegó a la puerta. La abrió y entró. Lo recibió una cómoda estancia bien amueblada. Una mujer se dirigía a la cocina. Bruce no la conocía pero la siguió. Parecía no verlo. Él era como un fantasma allí.
-Fred, cariño… ¿Ya te vas al trabajo? – preguntó ella a un hombre que se terminaba de vestir con un impermeable y tomaba un sombrero.
-Sí. No quiero llegar tarde. Tengo… muchas cosas que hacer hoy.
El hombre depositó un tierno beso en los labios de la mujer y salió al jardín. Al ver el jersey a rayas que llevaba bajo el impermeable, lo reconoció.
¡Freddy Krueger!
Entonces… aquella mujer era…
Loretta Krueger, su esposa.
Bruce se estremeció. Siguió a Freddy hasta el jardín y lo vio alzar a una niña pequeña. Sonreía, feliz.
-¡Papi, papi! – decía la nena - ¡Tráeme un perrito!
-Oh, Kathy, ya lo hablamos – le replicó su padre, con ternura – No podemos tener una mascota. Tu madre está muy ocupada con los quehaceres de la casa y yo trabajo. No se puede.
La niña hizo un puchero.
-¡Pero papi! Yo lo cuidare. ¡Te prometo que lo haré!
Freddy rió y meneó la cabeza. Con dulzura, depositó a su hija en el piso.
-Debo irme – se acomodó su sombrero – Te veré luego, pimpollo. Ve a jugar con tus amiguitas.
La niña asintió, obediente. Se la veía medio triste por la negativa de su padre a comprarle una mascota pero no protestó. Freddy le dio un beso y se marchó.
Bruce estaba perplejo.
¿Este era el monstruo asesino que había matado a tantos? ¿Este?
No lo podía creer.
Siguió a Freddy. Súbitamente, el paisaje cambió. Estaba en una fábrica, cerca de una caldera encendida. Krueger trabajaba en algo, sobre una mesa. Se acercó a su lado para ver y vio lo que con paciencia y precisión armaba.
Su clásico guante de cuchillas.
El asesino sonrió. Se colocó el guante y extendió los dedos.
-El arma perfecta – murmuró, para sí.
Se rió. Salió de la habitación. Bruce volvió a seguirlo.
Paso a paso, vio a Freddy cometer sus primeros crímenes. Lo observó matar y reír, regodeándose en la sangre. Todas las victimas eran niños.
También vio cuando lo atraparon. Como fue llevado a la Justicia y como lo sometían a juicio. Durante el mismo, parecía que lo condenarían a la silla eléctrica, pero a último momento un hábil abogado lo evitó todo con sus alegatos. Freddy quedó en libertad.
El paseo por el tortuoso pasado del homicida acababa en la fábrica donde todo había comenzado, cuando una turba de padres enfurecidos prendían fuego el lugar, con Krueger dentro.
Las llamas devoraron su cuerpo, voraces. Su carne se ampolló, se arrugó y se derritió… fue en ese momento que Bruce vio lo que hizo nacer al monstruo que mas tarde, toda Springwood conocería.
Tres criaturas infernales surgieron del fuego y lo rodearon. Eran espantosos espíritus malignos con caras grotescas y retorcidas. Tres demonios… y los tres tenían una propuesta para el hombre a punto de morir abrasado.
-Únetenos – dijo el primer demonio.
-Te daremos poder para vengarte. Para matar – dijo el segundo.
-En los sueños. Serás el amo de las pesadillas. Serás inmortal – prometió el tercero.
-¡Lo haré! ¡LO HARE! – bramó Freddy, envuelto en llamas. Extendió sus manos incineradas hacia aquellos espíritus inmundos, que flotaban cerca suyo - ¡Denme el poder!
Los tres demonios rieron, al unísono. Se introdujeron en su cuerpo.
La escena terminaba abruptamente. El fuego había desaparecido. Bruce se encontraba en la fabrica, pero su aspecto era mucho mas desolado, como abandonada.
Una risa atroz sonó en el aire.
-¿Disfrutaste del espectáculo, Williams? – preguntó Freddy, sombrero sobre su cabeza, jersey a rayas y su guante de cuchillas en la mano – Un pantallazo al infierno. A mí infierno.
Bruce retrocedió. El asesino se le acercó lentamente.
-¡Eres espantoso! – dijo Bruce.
-Gracias… pero tú vas a quedar peor cuanto termine contigo - Freddy largó un zarpazo. Bruce lo esquivó.
-¡Esto termina aquí! ¡Tu reino de terror acaba aquí para siempre!
-No me digas – Krueger volvió a reír – A ver – extendió su mano sin el guante – Primero, intentaron quemarme - ¡Zac! Se cortó un dedo con la cuchilla. Pasó al siguiente – luego, intentaron con agua bendita – se lo cortó – Hay quien lo intentó enterrando mis restos en campo santo – se cortó otro mas – y hubo quienes me enfrentaron y me creyeron muerto totalmente – se cortó todos los dedos – pero, ¿sabes que? – sacudió la mano mutilada. Los dedos reaparecieron, intactos - ¡Fue inútil! Siempre vuelvo, siempre. ¿Sabes cual es la razón, Williams?
Freddy volvió a largarle un zarpazo con su guante. Las cuchillas hirieron en el brazo a Bruce.
-La razón es: yo soy eterno. Soy la cosa que mora en las tinieblas, aquello que los hombres mas temen. El miedo… el miedo me vuelve más fuerte. ¡Me vuelve inmortal!
¡Zas! Otro zarpazo. Bruce logró esquivarlo de nuevo.
-Mientras exista el miedo en los corazones de las personas, existiré yo. ¡Y tú, patético hombrecito, no hay nada que puedas hacer al respecto! ¡No puedes detenerme!
-¿No? – Bruce sonrió, valiente – Veamos como te equivocas.
Lo embistió. Freddy y él rodaron por el piso, forcejeando. A su alrededor, el paisaje fluctuó y se convirtió en el sótano de la vieja casa de Krueger.
-¡No puedes ganar, Williams! ¡Acéptalo!
-¡No estoy de acuerdo! – le propinó un puñetazo en su quemado rostro - ¡No te temo! ¡Estoy decidido a acabar contigo!
-¡En ese caso eres muy idiota! – Freddy se lo sacó de encima. Se irguió, amenazador - ¡Voy a destrozarte las tripas! ¡Voy a rasgar tu carne en lonjas, una detrás de otra! ¡Voy a zapatear sobre tu cadáver!
-No. No harás nada de eso, porque te tengo justo donde quiero – Bruce señaló al sótano – Hora de despertar.
Se abrazó a Freddy. Con todas sus fuerzas y pese a la repulsión que le inspiraba. El maniático chilló, enfurecido. Trató de zafarse…
En Westin Hills, Maggie y su colega vieron que las constantes vitales de Bruce se alteraban. Su cuerpo se sacudió en espasmos.
-Hora de sacarlo de allí – dijo el médico junto a la psicóloga.
Lo despertaron. Bruce abrió los ojos con pesar. Levantó una mano.
Llevaba aferrado en ella el sombrero viejo de Krueger.
-¿Funcionó? – preguntó Maggie, dubitativa.
-Eso espero…
