LÁMPARA PARA OTRO SOL
Antes del Fuego


2

—Mire, General. Las criaturas negras de los alicornios.

Zabrakán, un shugenja mapache, un brujo pony y un mentalista lobo observaban escondidos en los matorrales cómo dos alicornios obligan a sus esclavos a probar sus artefactos.

—Esos que parecen Diamond Dogs en versión equina se llaman a sí mismos anisodon, y esos ponies que tienen tres dedos con garras y colmillos en sus bocas se llaman a sí mismos hipolycans —dice el shugenja. No es un mapache normal; es un mapache de Cipango, las islas al otro lado del mar, allá donde nace el sol. Está usando un kimono amarillo de seda y en su mano sujeta una katana cubierta de fuego.

—Deberíamos atacar. Sus mentes son débiles, con una descarga psicótica sangrarán por la nariz y les dará histeria suicida —dice el mentalista lobo. Sus pupilas son rojas, un ojo es mucho más grande que el otro y tiene una apariencia y hace unos gestos que dan a pensar que es enfermo mental.

—Mis garras están listas —dice el brujo pony, mientras sus ojos grises se vuelven ojos verdes de hidra y su pelo castaño se transmuta en escamas.

—Cuando yo cuente diez —contesta Zabrakán, y levanta la pezuña—. Uno, dos, ¡Diez! ¡Maten a esos gusanos!

Zabrakán es el primero en salir de los arbustos y presentarse ante sus enemigos. Antes de que puedan atacar, dos nubes de humo negro y sangre surgen diagonalmente de sus alas. Y el mentalista salta tras él, se lleva las manos a la cabeza y balbucea un conjuro.

La sangre salta de las narices, orejas y ojos de los dos alicornios, los hipolycans y los anisodon. Azotan sus cabezas contra el suelo, perturbados por un ensordecedor zumbido que sólo existe en sus cerebros. Sienten que sus neuronas se fríen y gritan lastimeramente.

El shugenja blande su katana y es un tornado de fuego que da vueltas por el campo decapitando e incinerando. Zabrakán arroja sus nubes y allá donde caen convierten la carne en aserrín.

El brujo es una enorme hidra que azota las máquinas unas contra otras y contra los propios anisodon. Ruge, coge el montón de chatarra y las arroja lejos de sí. Luego, muerde su cola y con sus garras se arranca la piel; volviendo lentamente a ser un pony luego de vomitar las enormes tripas de hidra, que se dispersan con el viento.

—Buen trabajo, compañeros —dice Zabrakán—. Ahora regresemos y dejemos a estos gusanos pudrirse en este lugar.

—Los halagas demasiado llamándolos gusanos —dice el shugenja—. Son peores que escoria.

Los cuatro Manantes regresan a su campamento base. Allí los restantes Manantes se practican para la batalla.

Un zorro invocador practica hacer círculos de cosas concretas frente a sus ojos. Un pegaso hechicero crea una nube de humo que orbita alrededor de su cuerpo. Un zahorí pony mueve sus patas casi a la velocidad del sonido. Una cabra médium hace un tornado de espíritus frente a ella. Un chamán grifo vomita fuego de su pico. Un búfalo-medicina revisa su colección de hierbas sanadoras.

Huáscar vigila a los kallawayas llamas que practican sus movimientos con los bastones sagrados de cristal, canelo y jade o lapislázuli. Al verlo, la llama abandona a su gente y se acerca a su amigo.

—Mariscal, informe por favor —dice Zabrakán tratando de que no se note su ansiedad por Zecora.

—Zecora regresó viva y bien.

—Gracias al Maná —Zabrakán camina con dignidad, pero a pesar de todo se nota la relajación de su nerviosismo— ¿En dónde está?

—Allá, adiestrando a los jóvenes médicos-brujo.

El General camina y pasa entre dos pul yah jaguares que lo saludan, sortea un astrólogo gacela, esquiva a un alce conjurador de cristal que conversa con un corzo druida, y finalmente ve a su hermosa y dulce Zecora observando a los médicos-brujo cebras practicando con la lanza.

—¡Zecora! —grita él, y vuela a su lado.

—¡Zabrakán! —grita Zecora, y trota a su encuentro. Ambos al encontrarse se abrazan y se funden en un apasionado beso.

—Estuve sin corazón por todo un día. ¿Qué descubriste?

—Muchas cosas. Esas criaturas que parecen no tener sangre son artefactos llamados "máquinas de guerra" que para vivir necesitan un líquido negro.

—Estallan con facilidad. Aldebarán, el brujo, hoy destruyó tres de esas... máquinas.

—Sus esclavos controlan el fuego y el trueno mediante un polvo gris que estalla. Llaman "taumaturgos" a sus Manantes, y ellos utilizan el Maná para mover cosas y concentrarlas en un solo lugar.

—¿Entonces, no son Dioses como dicen los ponies?

—¡Claro que no! ¡De serlo, serían Dioses de la Muerte y la Desesperación!

—No sabes cuánto me alegra saber eso.

Zecora sonríe, y en ese momento Huáscar aparece, un poco agitado.

—¡Tengo noticias! —grita emocionado.

—Habla, Huáscar.

—¡Gwydion viene hacia aquí con doscientos de sus Caballeros de Ópalo!

—¿Gwydion? ¿El Gwydion Sparkle que todos aquí conocemos, el Mariscal de los Maestros Rúnicos? —pregunta Zecora.

—¡El mismo! —contesta Huáscar.

—¿Gwydion viene hacia acá? —Zabrakán enmarca una ceja, sorprendido— ¿Qué le habrá motivado a abandonar su reino? La última vez que lo vimos dijo que sólo quería proteger a su familia y que no lo molestáramos más.

—Sí, pero sus Maestros Rúnicos serán de gran ayuda para acabar con los alicornios. ¡Trae a sus Caballeros de Ópalo, que son tan Maestros Rúnicos como son guerreros!

Zabrakán mira a Zecora. Ella le sonríe. Mira a Huáscar, quien dentro de su emoción está muy feliz. El General siente viva la esperanza: cree que puede ganar esta guerra y salvar todas las tierras de ese lado del mar. Incluso su mente comienza a trazar un plan...

—Huáscar, Zecora, díganles a los demás Mariscales que mañana a primera hora deben presentarse ante mi tienda.

—¿Por qué?

Zabrakán se ríe, haciendo retumbar el mundo con su risa de dientes lechosos.

—Porque el General ideó un plan, que acabará con los alicornios para siempre.


Twilight observa la casa de Zecora antes de finalmente decidir tocar la puerta.

—¡Twilight! —la cebra se ve muy feliz— ¡Qué agradable sorpresa!

—Hola, Zecora. ¿Cómo estás?

La cebra nota que algo no está bien.

—¿Pasa algo, Twilight?

—La verdad, sí. Tengo un pequeño problema.

Zecora la hace pasar y le ofrece un poco de sopa de su caldero, que acepta agradecida. Luego se sienta frente a ella, y Twilight le cuenta todo. Le cuenta que el lunes sintió un insoportable cosquilleo nervioso en la barriga cuando escuchó y vio a un cuervo negro volar sobre la casa de Fluttershy. Que ese mismo sentimiento se repitió cuando vio a un unicornio de pelo gris y crin azul marino oscuro en la boutique de Rarity.

Al mediodía durmió una siesta, y soñó con Fluttershy, vestida con una manta beige y blandiendo una vara de lapislázuli, haciendo temblar la tierra, acompañando a una llama blanca que usaba una vara de jade. Y Rarity vestía de seda, como una dama de la lejana Cipango, usando un abanico envuelto en llamas; tras ella caminaba a paso lento un mapache que portaba dos extrañas armas.

Y en esa noche soñó que veía a un par de ponies, cubiertos de pinturas rituales y de aspecto primitivo, observar desde la orilla unos barcos gigantescos, unas moles tan grandes como montañas y tan numerosas como hormigas, enviando millares y millares de botes hacia la costa; así vio cuando los alicornios pisaron por primera vez el continente.

El martes sintió un frío carcomerle la espalda cuando volteó a ver el Bosque Everfree. A su siesta soñó que Gilda la grifo vomitaba ríos de fuego, y a su lado, Rainbow Dash blandía un tornado de agua en cada uno de sus cascos. Y en la noche soñó que los alicornios, junto con otras criaturas extrañas, clavaban centenares de clavos negros y largos como álamos sobre la tierra; y en la lejanía una cebra alada observaba a los visitantes con una expresión fría.

El miércoles soñó al mediodía que Trixie era escoltada por una procesión de blancos fantasmas; que Pinkie Pie babeaba en trance ante la atenta mirada de una cabra; que Applejack era un destello, un párpado de luz anaranjada, que corría paralela a un pony muy gallardo. Y que ella caminaba entre un pony terrestre y un unicornio por un sendero de lágrimas, mientras en el cielo estaban Discord cambiando de color entre el rojo, el azul y el amarillo, Celestia derramando centellas como fuego entumecido, y Luna escupiendo negra saliva de tinta, danzando en un extraño compás mientras formaban una estrella.

Al anochecer soñó que los alicornios eran tenidos por Dioses por los ponies, que los pegasos huían a sus hogares sobre las nubes; que unas criaturas extrañas, que parecían Diamond Dogs pero con cabezas equinas, experimentaban con los más sanos, experimentos horribles de mutaciones, mutilaciones y fuego. Soñó también que la cebra alada se reunía con uno de cada una de las criaturas del continente, incluso de las más lejanas regiones: una cebra normal, un lobo, un alce, una cabra, una búfalo, una llama, un panda, un pony, un pegaso, un unicornio, un grifo, un huemul, un mapache, un corzo, un dragón, un lémur, una gacela, un gamo, ¡incluso un draconequus, como Discord, pero sin las partes de otras criaturas!

Y la cebra alada les hablaba, les decía que debían enfrentarse a los alicornios con buenas o con malas artes, pues en vez de corazón tenían un abismo que iba a devorar la tierra sin dejar más que una costra seca. Les habló y les dijo que se acercaba el tiempo de la pérdida de la memoria de las criaturas y que el Maná del mundo estaba por ser tragado como un trago de agua. Y todas las demás diecinueve criaturas aceptaban, sus rostros marcados por la tristeza, y lo nombraban General.

El jueves soñó que la cebra normal llamaba "Zabrakán" a la cebra alada, y que Zabrakán llamaba "Zecora" a la cebra normal. Ellos dos se abrazaban, y ella lloraba en el hombro de él ante la posibilidad de perder aquella tierra de árboles, ríos y naturaleza. Pero él la consolaba y le daba esperanza. Y soñó que llegaban docenas de criaturas, de las veinticinco cuyos representantes estaban presentes en su sueño anterior.

Terminó con los últimos dos sueños de ayer viernes y de la madrugada del sábado.

—Esto me tiene muy preocupada, Zecora —Twilight siente algo raro al nombrar a la Zecora real que tanto concuerda con la Zecora onírica.

—¿Has tenido muchas tensiones últimamente?

—No.

—¿Has tenido preocupaciones graves?

—Tampoco.

—Tal vez sea que lees mucho de aquella época tan antigua —por un instante, parece que Zecora ríe al decir "antigua".

—No mucho. Pero el domingo pasado, mientras limpiaba mi biblioteca, encontré un poema de Star Swirl que trataba sobre esa época. Me gustó mucho y le leía varias veces.

En el amanecer todo era luces y colores.
Como un vendaval de plumas pardas

los grifos e hipogrifos saludaban la mañana.
El oso mineral besaba
con melosos labios el aire.
El pegaso comió nubes,
y el fuego de los dragones
ardía sin quemar el cielo.
Como caminos de tierra roja
ondeaban los cuerpos
de los sacerdotales draconequus.
Los unicornios eran una
palabra de marfil entumecido.
El lémur se guardó para sí
el secreto del ramaje,
mientras los búfalos y toros hacían una carrera
encomiablemente rápida
suavizando la dura tierra
para los suaves pies del corzo
y del reverencial alce.

El gamo manchado como la noche
observaba tras la cortina de hojas.
La llama y el guanaco conquistaron
las alturas del oxígeno.
La cebra y el pony forjaron
con sus propios cascos los caminos.
La selva amamantó a los venados
y el porvenir de los tejones
crecía como un árbol

El lobo, el zorro y el tigre
duros guerreros de estambre,
guardaban en su interior como una montaña
el secreto de la valentía.
Como un obispo guerrero
el panda alcanzó el misterio de la nieve,
y el acero del mapache
levantaba templos hasta el cielo
dorado por el crepúsculo.
Eran la cabra, el okapi y la gacela como piedras
rodadas por el agua.
El huemul se vistió de tierra
y, junto al pudú, en el sur lejano,
con sangre y lágrimas regó los bosques,
mientras la eras seguían desgranando
el calendario de los jaguares.

Como puntos de ópalo y rubí,
los selenitas observaban la luna
germinar como una estrella.
El orco, el ogro y el duende, en la profundidad
del bosque soñoliento
abrían carroñeros ojos en la verdura
surcado por las nupciales dríades,
los fugaces silfos y los arbóreos los ents,
mientras los wyverns y Diamond Dogs
horadaban
las laderas de las montañas.

Así eran Mu y Lemuria en el comienzo
antes de las arenas azotadas
por las alas de los alicornios.
Así se han mantenido,
los dos continentes sanos
como un roble enaltecido.

—¿Te aprendiste ese poema de memoria? —Zecora está boquiabierta.

—Sí, lo leí varias veces —Twilight sonríe un poco. Le hace gracia ver la cara de sorpresa de Zecora.

—Sueñas con esa época de la colonización porque ese poema lo sabes de memoria. De tanto que lo leíste hasta sueñas con eso.

—Puede ser.

—Pero de todas formas creo que tengo por aquí un té de hierbas que mi pueblo usaba para tener dulces sueños.

—Muchas gracias, Zecora —dice Twilight ya más animada de verse libre de sus sueños.

Pasa con la cebra el resto del día. Y cuando ya las sombras se alargan en el piso, se despide de Zecora y se va a su hogar, aunque hay algo que aún no se le aclara.

"Si sólo son sueños, ¿Por qué me preocupan tanto?"


—Su lado Sparkle despertó hace una semana, Merlín. Ha tenido los Sueños.

—Si se asusta con los sueños, Zecora, entonces no sirve. Si le da un ataque de pánico por un sueño sobre la historia de su continente, ¿Qué pasará cuando vea que su cabeza flota a diez metros de su cuello?

—¡Eres muy duro con ella, Merlín! ¡Todos nosotros nos hemos asustado mucho cuando los Sueños tocaron nuestras mentes! —la cebra frunce el ceño ante la terquedad del unicornio.

—Nosotros somos una generación de hace cinco mil años, Zecora. En ese tiempo era un orgullo oír la llamada del Maná y volverse un Manante.

—Demostró tener sangre Sparkle. Memorizó un poema tan grande que ni yo recuerdo cómo decía.

—¿Y qué? los juglares tienen buena memoria, los chasquis tienen buena memoria y los druidas tienen buena memoria.

—No la aceptarás en la orden hasta que le arranque la cabeza a un monstruo, ¿cierto?

—No la aceptaré hasta que demuestre tener el poder que su padre nos dijo que tendría. Un poder tan hermoso y poderoso como el crepúsculo.

—Bien, entonces ella te demostrará su poder —a continuación, la expresión de Zecora se relaja. Ve cómo Merlín levanta la cabeza y mira a todos los lados, buscando algo que Zecora sabe qué es.

—Siento... cuatro presencias —Merlín la mira como confundida—... hay cuatro Manantes increíblemente poderosos cerca de nosotros... pero la última vez que sentí estás presencias... fue hace cinco mil años...

—Te apuesto lo que quieras a que es Víctor, Aldebarán, Huáscar y Windheart.

Merlín tarda un poco en asimilar la noticia.

—¿Sobrevivieron? ¿pero cómo?

—Víctor se unió a los zíngaros que nomadean por el país de Ándalos, aquí al sur de Equestria. Aldebarán se escondió en el Bosque Everfree y se oculta transformándose en pájaros y reptiles. Huáscar volvió con los malkas del Tahuantinsillu, y Windheart ha estado viviendo de tribu en tribu de búfalos.

—Todos estos años sin saber de nadie, y tú no has perdido la huella de nadie.

Zecora ríe.

—Pony precavida vale por dos.

Como un camino de estrellas, los cuatro nuevos visitantes aparecen por el Bosque Everfree.

Víctor lleva puesta una camisa blanca y gastada, abierta por en el pecho, es un pony de color ámbar oscuro, ojos azul claro y crin negra; la soltura y fluidez de sus movimientos da a entender que es tan ágil y ligero como el aire. Aldebarán es un pony de pelo castaño, ojos grises y crin color chocolate; camina con paso firme y digno, como un militar, aunque mucho en él indica que prefiere tumbarse a dormir que luchar en una guerra. Huáscar lleva una vara de lapislázuli, es un llama macho de pelo blanco amarillento y ojos negros; camina con una calma melancólica, demostrando así su carácter tranquilo y pensativo. Windheart es una búfalo hembra de color café anaranjado y ojos morenos, con un par de plumas sobre su cabeza; ella es como Huáscar, pero es mucho más alegre, y va sonriendo y aparentemente cantando.

—Nada ha cambiado... —susurra Merlín casi a punto de caer de rodillas.

—No, nada. El espíritu de defender esta tierra sigue vivo a pesar de cinco mil años —dice Zecora, sonriendo.

—¡Merlín! ¡Zecora! —dice Windheart, abrazándolos efusivamente— ¡Me ha parecido una eternidad sin vernos! ¡Han pasado tantas cosas! ¡Están exactamente igual que como los vi por última vez!

—Zecora, Merlín —dice Huáscar, inclinando respetuosamente la cabeza —, es un placer volver a verlos después de tantas eras.

—Lo mismo digo, aunque podrían saludar de vez en cuando —dice Aldebarán ahogando un bostezo.

—He caminado mucho por el mundo, he recorrido caminos que ni siquiera conocen, e increíblemente terminé junto a ustedes de nuevo —dice Víctor.

—Windheart, me ahogas —la búfalo es más grande que el unicornio, y lo suelta apenas escucha el ruego.

—¡Es tan agradable volver a juntarnos todos! —Windheart está tan feliz que incluso se pone a saltar— ¡Deberíamos hacer una fiesta!

—¿Fiesta? ¡Apoyo la idea! —Aldebarán pierde su somnolencia y adquiere otro ánimo.

—No creo que Zecora y Merlín nos hayan llamado para hacer una fiesta —dice Huáscar, apoyándose en su bastón azul.

—¡Eres un maldito amargado! —gruñe Aldebarán.

—¡No me grites, brujo! —la llama se yergue frente a él. Huáscar es el más alto de todos, y Aldebarán tiene que mirarlo hacia arriba—. Quizá después de saber qué nos quieren decir podremos improvisar algo.

—¡Huáscar, sigues siendo tan listo como hace años! —dice sonriendo Windheart.

—Huáscar tiene razón —dice Zecora con voz solemne—. Sólo hay un motivo para reunir a una hechicera, un mago, un zahorí, un brujo, un kallawaya y una búfalo-medicina.

Incluso Windheart se ensombrece cuando oye las palabras de Zecora.

—Por favor dime que no es el día... —dice Víctor.

—No, aún no lo es; pero díganme que no han sentido un terror que no tiene nombre, sólo dirección, una dirección que apunta al oeste. Díganme que no han sentido al terror revolotear bajo el mar.

—Pensé que eran las alubias con queso rancio... —dice Aldebarán.

Hay un silencio de dos minutos. Finalmente Huáscar rompe el silencio.

—Entiendo qué quieres decir. Desde el Tahuantinsillu hemos sentido como la Pachamama se nos muere.

—No puede ser sino que esos gusanos de los alicornios están por volver. Todos los zíngaros lo hemos sentido, y sepan que mi pueblo es un pueblo de Manantes —continúa diciendo Víctor.

—En el Bosque Everfree surgen los demonios como una plaga —dice Aldebarán, serio.

—La última semana, en mi tribu de búfalos, todos los bebés nacieron muertos —Windheart se ve preocupada por primera vez en la noche.

—Ya ven —dice Zecora—. Quizá los Oscuros despierten a los alicornios antes de que termine el año.

—Así que finalmente los Oscuros han logrado encontrar la forma de despertar a sus amos alicornios —Víctor está tan serio y preocupado como todos— ¡Pues que vengan! —grita el zahorí, extrayendo dos dagas doradas que lleva escondidas en su camisa— ¡Mis dagas los esperan!

—¡Y mi bastón sagrado! —grita el kallawaya alzando su vara azul que brilla como una estrella.

—¡Y mis hierbas venenosas! —grita la búfalo-medicina como un torbellino de plantas.

—¡Y mis garras y colmillos! —grita el brujo con ojos de hidra.

Zecora sonríe ante la determinación de sus amigos. Merlín los calma, Víctor guarda sus dagas, Huáscar deja de hacer brillar su bastón, Windheart deja de hacer girar las hierbas y Aldebarán devuelve sus ojos a la normalidad.

—Amigos míos, seamos realistas —dice el unicornio—. Tenemos cinco mil años de edad, aunque aparentemos ser menores de treinta años.

—¡Mi espíritu sigue joven! —grita Aldebarán.

—Eso no importa. Hace cinco mil años perdimos porque nos faltaban las armas más poderosas de estas tierras.

—¿Qué cosas, Merlín? —pregunta Windheart.

—Los Corazones del Mundo.

—¿Y se te ocurre donde buscarlos? —pregunta Víctor

—A él no —Zecora se adelanta antes de que Merlín hable—. Pero hay una pony, en esa ciudad del fondo, que tiene el cerebro suficiente para encontrarlos.

—Dale con esa pony. Zecora, esa pony encontrará un Corazón cuando Aldebarán tenga ganas de trabajar, o sea, nunca.

—¡Oye! —grita Aldebarán, ofendido.

—Vale la pena darle una oportunidad —habla Huáscar—. Este equipo necesita gente joven de esta generación.

—¡Estoy de acuerdo! —Windheart recupera su buen humor.

—No tengo ninguna objeción —asiente Víctor con la cabeza.

—Si es una pony bonita y atractiva, ¡Bienvenida! —dice Aldebarán.

—Y tal vez haya lugar para otras cinco ponies —aventura a decir Zecora.

—¡Mientras más, mejor! —dicen los demás casi al unisonó.

Zecora mira triunfante a Merlín, quien lanza un profundo suspiro de derrota.

—Está bien, está bien, entrarán las seis a nuestra orden secreta. Pero primero las probaremos, y si ellas no son lo suficientemente fuertes, enloquecerán y se suicidarán.

—¿Acaso no hacemos eso con todos? —dice Aldebarán, y los demás ríen al recordar sus primeros años, ya tan lejanísimos.

—Ya basta de discutir problemas por esta noche —dice Zecora sonriendo—. Windheart quiere una fiesta, y como dijo Huáscar, creo que podemos improvisar algo. Tengo jugo de guayaba y jugo de maíz, dulces de pera, manzana y miel, unas cuantas tortillas de heno y café. ¿Servirá?

—¡Jugo de guayaba! —la cara de Huáscar se ilumina como encendida por un profeta.

—¡Jugo de maíz! —Windheart comienza a saltar de nuevo por la emoción— ¡Mi favorito! ¡Dónde-dónde-dónde-dónde-dónde!

—En mi casa, por aquí, vamos —apenas Zecora señala el camino, Windheart sale zumbando en esa dirección, dejando tras de sí una estela de plantas dobladas. El resto, riendo, espera unos segundos a que regrese.

—Espero que tengas suficientes dulces de pera —ríe Víctor.

—Y suficientes tortillas de heno —ríe Aldebarán.

La búfalo llega de vuelta y un poco avergonzada.

—No encontré tu casa, Zecora. Mejor voy con todos ustedes.

—Eso es muy inteligente —dice Zecora entre risas.

De forma que comienzan a caminar, seis insólitos compañeros, y respiran el aire fresco de la noche antes de dirigirse a la casa de Zecora para pasar una noche cálida y alegre, rebosante de exageradas historia y bromas, de paz antes de la tormenta.