Comentarios del autor: Segundo capítulo de mi primer fic de HP. Tal como digo siempre, mil gracias por los reviews y también a los que añaden la historia a favoritos. Sin duda animan mucho esas notificaciones. Y como lo prometido es deuda, en este episodio voy a darle un poco más de salsa a la historia para que no resulte tan monótona. Un saludo y espero que este capítulo que sigue sea también de su agrado. Como siempre, se aceptan críticas tanto buenas como malas siempre que sean desde un punto de vista constructivo y nunca peyorativo. Nos leemos!

Título: Felix Felicis

Autor: Quimaira

Pareja: Draco Malfoy/Harry Potter

Advertencia: Slash (relaciones homoeróticas explícitas). Pese a que no me centraré solo en el lemon, sí que lo habrá – aunque no desde el primer capítulo – de forma abundante y narrada en profundidad y con detalle, así que si no están a gusto con este tipo de escritos, pueden dejar de leer desde ya.

Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen a mí, sino a JK. Aún así me tomo la libertad de escribir sobre ellos para cumplir mis enfermas(¿) fantasías.


FELIX FELICIS


Confundus

Había sido una noche de lo más interesante, de eso no cabía duda. Luego de dar un sinfín de vueltas en la cama, y hasta caerse de ella una vez – cosa que nadie tenía porqué saber – había invertido las horas muertas en una profunda meditación que lo llevó a ordenar paso a paso los puntos a seguir en los días venideros.

Estaba alterado, de eso no había duda. Como si sus años de estudiante en Hogwarts no fueran suficientes para darse cuenta de que tener un Malfoy a menos de 60Km de distancia no era buena idea, la perspectiva de tenerlo bajo su mismo techo esa noche y tener que hacerse cargo de su vigilancia durante los próximos meses, no era precisamente halagüeña.

Todavía no había amanecido cuando abandonó el lecho y deambuló por la casa para matar el próximo par de horas en algo medianamente productivo.

Hacía años que Hermione le había recomendado hacerse con varios blocs de post-it dada su facilidad para el despiste, y aunque había echado mano de ellos más veces de las que se permitiría reconocer, sin duda les vio ahora una función mucho más útil: Evitar que Malfoy muriera a causa de cualquier accidente doméstico en su ausencia.

Sin más dilación, ocupó la mesa de la cocina y desplegó las distintas pegatinas por la superficie, escribiendo instrucciones en ellas. Cosas simples: funcionamiento de los grifos de la ducha, los botones de la cafetera, dónde estaban guardados los cereales… Aunque sin duda en lo que más notas invirtió fue en advertencias tales como "Ni se te ocurra tocar esto" o "Aléjate del horno".

El tiempo se sucedió más rápido de lo que esperaba y una vez tuvo todo en su lugar, apenas tuvo tiempo para un aseo rápido y un desayuno fugaz antes de partir a sus quehaceres diarios en el Ministerio.


No había sido ni de lejos la mejor noche de su vida, pero de un tiempo a esta parte, dónde los nervios se adueñaban de él a cada segundo y sus sueños lo atormentaban con una frecuencia casi injusta, el leve relax al que consiguió abandonarse luego de la no tan grave – aunque sí insultante – sentencia, dio sus frutos cuando en cuanto consiguió deshacerse parcialmente de sus manías y la incomodidad que resultaba de yacer en esa cama, bajo el techo de ese edificio - que no era más grande que cualquiera de los salones de la Mansión Malfoy - dónde el ambiente estaba cargado de Eau de Toilette Potter, sus párpados ocultaron los fatigados ojos y su respiración se hizo tan pesada como profunda, dejando su cuerpo en un estado de inconsciencia semejante al coma.

Las horas transcurrieron en una calma difícil de describir, en un sopor que viajaba de la total inconsciencia hasta un amago de vigilia, dónde pese a seguir sumido en el mundo de los sueños, juraría que era consciente de lo que pasaba a su alrededor, del ambiente, del olor e incluso de algún que otro movimiento alrededor de la cama sobre la que dormía. Aunque claro que nunca estaría seguro de ello, quizá solo fuera parte de un mal sueño.

Era ya bien entrado el mediodía cuando se decidió a abandonar la calidez que le proporcionaban las – en su opinión – hoscas sábanas, por lo que se sentó en el colchón y se masajeó un poco la nuca mientras tomaba consciencia de dónde estaba. Le llevó pocos segundos alcanzar un estadío lo suficientemente espabilado para poner en orden sus pensamientos y recuerdos.

Estaba en la casa de Potter. Sin posibilidad de usar ninguna clase de magia. Es más, ni siquiera veía su varita por ahí cerca. Un brusco sentimiento de desolación viajó desde la boca de su estómago hasta su cabeza, volviendo luego a bajar hasta sus pies. Se estremeció presa de un escalofrío que recorrió su espina dorsal, haciendo que el vello de la nuca se le erizara, pero no le llevó demasiado tiempo recomponerse, posando los pies en el suelo con rapidez y siseando por lo frío de la baldosa contra la piel desnuda.

Era un Malfoy después de todo. Aunque la situación lo sobrepasara, aunque estuviera perdido, aunque no tuviera ni idea de qué debería hacer ahora, nadie tenía que notarlo. Ante todo tenía una reputación que mantener – a muy echada por tierra que se encontrase – y si tenía que aferrarse a eso para evitar golpearse la cabeza contra la primera pared tal cual haría un elfo doméstico, se agarraría a la idea con uñas y dientes. De forma elegante, por supuesto.


Tal cómo había dejado especificado en una de las notas, era algo más tarde de las tres del mediodía cuando arribó, cargando consigo algunas bandejas de comida que había encargado a un restaurante de camino a casa. Sinceramente y dado la hora a la que tenía pensado llegar, no le apetecía en lo más mínimo ponerse a cocinar, seguramente teniendo que aguantar quejas de cierto rubio impertinente.

Suspiró intentando calmarse antes de empujar la puerta, preparándose mentalmente para encontrarse con cualquier tipo de desastre. Por fortuna todo parecía bastante normal, al menos a simple vista, por lo que dejó las llaves en el mueble de la entrada con un sonido seco, quitándose también el abrigo, algo húmedo dado el agradable clima londinense, y se encaminó a la cocina.

- ¿Malfoy…? – llamó levemente distraído, no tanto como para saber dónde se encontraba el rubio sino más bien para dar a conocer su presencia en la casa. Una especie de gruñido que parecía venir del salón fue todo lo que obtuvo por respuesta, así que luego de dejar las bandejas con el menú sobre la mesa y alzar una ceja al ver cristales rotos en el suelo y el café desparramado por ahí, se dirigió casi arrastrando los pies hasta dónde creía que se encontraba Draco.

El muchacho permanecía sentado en uno de los sillones individuales que había arrastrado hasta dejarlo debajo de una de las ventanas, probablemente porque no supo cómo accionar las luces. Con la espalda recta, pulcramente vestido y peinado, sostenía un tomo de la biblioteca personal de Harry entre las manos, apoyado en la rodilla izquierda, un tanto más alzada dado que mantenía esa pierna cruzada sobre la diestra.

Potter apoyó su hombro en el quicio de la puerta y llevó un par de dedos al interruptor de la luz. Un leve click y la habitación se iluminó. Los ojos del rubio se separaron de las páginas del libro y se dirigieron en primer lugar hacia la bombilla que pendía del techo, luego hacia Harry, y por último hacia el lugar dónde éste mantenía sus dedos. Como para corroborar lo que acababa de hacer, apagó nuevamente las luces y volvió a encenderlas, no pudiendo evitar el sonreír con petulancia ante la inutilidad del Slytherin ante tan sencilla tarea.

- Oh – sus platinados ojos volvieron al libro, procurado ignorar la expresión del puto-Niño-Que-Vivió, hablando con un tono carente de cualquier tipo de emoción, aunque por dentro se sentía un poco abochornado. Por las barbas de Merlín que había tenido problemas hasta para abotonarse correctamente la camisa sin magia. Nunca pensó que fuera tan complicado encajar cada botón en el ojal correspondiente – Así que has descubierto la luz…

La sonrisa del moreno se apagó un poco y entrecerró los ojos con cierto desdén. No podía creer que en esas circunstancias Malfoy continuara siendo tan…Malfoy.

- Yo no diría exactamente eso, pero no importa – se apartó de la puerta, dejando las luces encendidas y acercándose al rubio, deteniéndose frente a él y curioseando qué libro había cogido, aunque enseguida centró su verdosa mirada en el rostro contrario.- ¿Todo bien?

- Perfectamente, Potter – casi ni había terminado la pregunta cuando alzó el mentón de manera arrogante para contestarle, casi como si la hubiera estado esperando. Sostuvo su mirada.- Como puedes ver, he sobrevivido, así que no te preocupes… - respondió con su característica manera de arrastrar las palabras.

- Ya lo veo…quién no ha sobrevivido ha sido la jarra de cristal de la cafetera… - fue la mirada del moreno la que se desvió hacia la puerta, casi como si pudiera ver desde ahí, con pena, los restos de vidrio desparramados por el suelo. Malfoy se limitó a elevar una de las comisuras de sus labios, en un amago de sonrisa, y alzarse levemente de hombros. Su lenguaje corporal parecía decir "Ey, gajes del oficio". Potter suspiró y le quitó despacio el libro de entre los dedos.- ¿No tienes hambre? He traído algo de comer.

Sin esperar respuesta simplemente se dio media vuelta, dejando el libro en una baja mesa auxiliar y volviendo a la cocina. Casi al momento escuchó al rubio levantarse, así que luego de ejecutar un hechizo de limpieza sobre la escabechina que se había montado en el suelo, comenzó a desempaquetar la comida, todavía caliente, y a ordenar los cubiertos.

El Slytherin, por su parte, se detuvo en la puerta y miró con suspicacia la comida, no cortándose en demostrar su disconformidad entrecerrando los ojos y hasta arrugando la nariz. Ni siquiera había olido el contenido de las bandejas, pero sólo por cómo venían envasadas, no podía más que mostrarse renuente a comerse aquello.

- ¿Qué? – preguntó el moreno, alzando inquisitivamente una ceja, habiéndose ya sentado y comenzando a dar cuenta de una de las raciones.- No seas escrupuloso, está bueno.

- ¿Escrupuloso? – el rubio bufó conteniendo una carcajada y de mala gana tomó asiento frente al Gryffindor en aquella diminuta – casi ridícula comparada con la del comedor de la Mansión Malfoy- mesa redonda, tomando los cubiertos elegantemente pero volviendo a dirigirle una mirada desconfiada a la comida, como si esperase que de un momento a otro de en medio de la salsa emergiera un hipogrifo.- Esa palabra es demasiado rebuscada parar ti.- Se mofó.-

- Cállate y come, ¿quieres? No está envenenada – y como para reafirmar la veracidad de sus palabras, extendió el tenedor y tomó una de las patatas que desordenadamente adornaban la bandeja del rubio, llevándosela a la boca y hablando antes de tragar - ¿Ves?

- ¡Potter! – el Slytherin se veía realmente indignado, ya no sabía si porque el moreno lo hubiera mandado callar, porque se hubiera atrevido a tomar sin permiso la asquerosa comida de su plato, si por hablar con la boca llena, o por todo a la vez – Eres un completo maleducado. Aunque no sé de qué me sorprendo, no podría esperarse otra cosa de alguien que ha crecido entre muggles

El moreno se lo quedó mirando con cierta indignación un momento, buscando algún comentario ingenioso pero no demasiado despectivo como para enzarzarse en una pelea verbal, era demasiado temprano para eso y había tenido una mañana lo suficientemente ajetreada como para dejar pasar ese detalle por alto y simplemente seguir comiendo en silencio. El rubio tardó un poco más mientras se dedicaba a darle vueltas a la comida con los cubiertos, hacer muecas, trocear algunas de las cosas y mirarlas por dentro. Finalmente se decidió a probar aunque solo fuera un par de bocados y pese a la reticencia inicial, terminó por dejarse llevar por el para nada desagradable sabor y comer hasta quedar satisfecho.

- Tenemos que buscarte una casa – murmuró entonces, dándole un buen trago al vaso de agua para regar la comida, mirando con atención la reacción del rubio.

- ¿Mm? – Malfoy simplemente alzó la vista de la bandeja de plástico y masticó con parsimonia, con una expresión que indicaba que estaba esperando a que Harry se explicase mejor, ya que parecía tener más que decir.

- ¿No esperarías quedarte aquí, no? – inquirió con desconfianza, a lo que su interlocutor rodó los ojos en clara muestra de que no era precisamente esa la idea que tenía.- Bien, pues eso. He traído unos cuantos diarios para que mires los anuncios y veas si hay algo que te convence.

- ¿Cómo voy a pagar una casa? – no era una pregunta desdeñosa, simplemente curiosidad. No por nada nadie se había molestado en explicarle todavía cómo pretendían que sobreviviera sin magia. Desde luego solo esperaba no tener que meterse en ninguno de esos poco atrayentes trabajos muggles, pero sabía que no iba a poder disponer de la fortuna de su familia a su antojo (tal como le habían dicho). Eso sería demasiado sencillo, y el Ministerio no se quedaría conforme permitiéndole semejantes facilidades.

- Bueno, - comenzó el moreno, levantándose y recogiendo las sobras, haciéndole un gesto al otro para que lo ayudara. No tuvo muy claro si no lo entendió o si simplemente no le dio la gana de hacerle caso, pero el trasero de Malfoy no se movió de dónde estaba sentado y solo seguía con cierta atención los movimientos de Harry por la cocina – con frecuencia serás llamado para hacer algún que otro trabajo, ya sea en el Ministerio o fuera de él, pero todo tendrá que ver con resarcir a las víctimas de la guerra. Todavía no tienen demasiado claro ese punto pero han dicho que buscarán algo adecuado para ti.

- Oh, sí. Adecuado – por un momento puso los ojos en blanco, consciente de lo que esa palabra significaba.

- No hagas muecas, ¿quieres? Te recuerdo que podría haber sido mucho peor – terminó de juntar las sobras en un plato, ganándose una nueva cara de asco por parte del rubio cuando las guardó en la nevera, y tiró las bandejas vacías a la basura – Te darán una cantidad de dinero, según los trabajos que vayas desempeñando. Con eso te las arreglarás para solventar tus gastos.

- Mucho peor, sí. Pero eso no quita que sea igualmente injusto – bufó removiéndose en la silla, encontrándola sumamente incómoda, pero a su cabeza daban vueltas más cosas que ese simple y pequeño detalle.

- No te quejes, sabes perfectamente que…

- ¡Cállate de una vez! – El Gryffindor no tuvo tiempo siquiera a terminar la frase, quedándose un tanto frío ante la exaltada reacción de Malfoy, quién se había levantado de golpe de la silla y lo señalaba acusadoramente, mirándolo como si pretendiera fulminarlo – "No hagas", "no digas", "no toques"… ¡Estoy cansado de escucharte, Potter! Si quiero quejarme, me quejo. Si quiero tocar tus estúpidos cacharros muggles, los toco. Y si quiero decir que todo esto es una mierda, lo digo.- El moreno nuevamente abrió la boca para rebatir pero un nuevo arrebato por parte del rubio dejó que las palabras perecieran en su garganta – No lo niegues, lo sabes perfectamente. Lo injusto de todo esto. Si no pensaras así jamás habrías intercedido por mí. Eres estúpidamente noble como para eso. Y ahora haz lo que tengas que hacer y no intentes darme más lecciones de moralidad cuando tú gozas de una doble. – y sin mediar más palabra y antes de que la tensión se saliera de unos límites razonables, abandonó la cocina pateando la silla que él mismo había dejado en medio al levantarse tan eufóricamente.


- ¿Sabes? Imaginaba que los aurores en prácticas no teníais un sueldo envidiable, pero esperaba que al menos te diera para un elfo doméstico – la voz del rubio sonó más pausada, mucho más tranquila, la verdad. Potter, sentado a su lado en el sofá, le dirigió una mirada levemente desconcertada, incluso alzó la ceja izquierda un momento – ¿Ni para uno pequeñito? – preguntó haciendo un gesto con el pulgar y el índice, como si indicase el tamaño del elfo al que se refería.

El moreno no pudo más que comenzar un amago de divertida sonrisa que fue secundada por una nueva elevación de comisura de los finos labios del Slytherin. Al parecer habían hecho una pausa en esa tensión. Ya era hora.

Había pasado un buen rato desde esa explosión de carácter en la cocina, dónde Draco se había marchado hecho una furia y se había dejado caer en el primer sofá que había encontrado, mirando a la nada con el ceño fruncido, sumido en sus pensamientos. Por su parte, Harry se había quedado terminando de recoger la mesa, y finalmente y no exento de remordimientos, había revisado los periódicos y destacado algunos de los anuncios que le parecían más indicados para una vivienda para el rubio.

Cuando por fin se había atrevido a acercarse a él, sentándose a su lado aunque dejando un espacio considerable de sofá entre ambos, los dos se habían quedado en silencio unos minutos más, hasta que el gesto del rubio se fue ablandando y finalmente optó por romperlo. Sin duda la situación lo había sobrepasado, y aunque Harry pensaba que era por enfado, por capricho, Draco tenía muy claro que se trataba de un sentimiento bien distinto: Estaba asustado.

Él, Draco Mafoy, alguien que nunca admitiría tal cosa, tenía miedo.

- Eres un niño mimado – rebatió el moreno en el tono más conciliador que fue capaz de usar, tendiéndole los periódicos para que les echara un ojo. El rubio suspiró con resignación y los tomó, frunciendo un tanto el ceño al ver los anuncios que estaban marcados.

- Dos habitaciones. 130 metros cuadrados – alzó una ceja y escrutó el rostro del Gryffindor, esperando encontrar en su expresión alguna señal de que aquello era una broma. Por Morgana bendita, en la Mansión tenían unas 17 habitaciones. ¿Y 130 metros cuadrados? Apostaba que eso sería poco más grande que la casa en la que estaba ahora, lo que no sabía es que en realidad, era menos.

- ¿Es que necesitas más habitaciones? Con una debería bastarte – reconoció tomando uno de los periódicos y señalándole los precios, aunque Draco no tenía la menor idea de las equivalencias entre los galeones y las libras.- Si quieres tener dinero para comer, vas a tener que conformarte con algo de este tipo.


Y ese era el sexto y último edificio que Potter pensaba visitar con Draco. Se habían hecho a pie media Inglaterra, y la otra media en autobús – para que el Slytherin aprendiera cómo usarlos – y todas, absolutamente todas las viviendas que habían visto, tenían demasiados inconvenientes para el gusto del Señor-Mimado-Caprichoso-Y-Consentido-Malfoy.

Tenía que reconocer que las muecas del rubio eran hasta entretenidas. Incluso en el primer edificio que habían visitado, a primera vista se había quedado satisfecho e incluso había dicho que seguramente se habrían equivocado en el anuncio en el apartado dónde indicaban los metros. Lamentablemente Malfoy pensaba que alquilaría todo el bloque. Fue divertido en extremo ver la cara que puso cuando le explicó que a él solo le correspondía uno de los pisos – ni tan siquiera la planta entera -. Al parecer, no concebía la idea de que los muggles vivieran apilados como animales.

Pero cuando llevaban ya más de dos horas deambulando por las calles de un lado a otro, cayéndoles la noche encima, y además amenazando con llover, Potter decidió de antemano que por muy pequeño que fuera, por pocas habitaciones que tuviera, o por muy escandaloso que resultara, ése sería sí o sí el edificio definitivo que visitarían.

- Es horrible – había murmurado el rubio nada más entrar. Al menos ése era un primero. Por lo visto el Slytherin no se fiaba de los ascensores, había resultado hilarante también el verlo agarrarse a las paredes y mirar con desconfianza al moreno cuando lo obligó a subir por vez primera en el segundo bloque que visitaron.- Mira esto. ¿Cortinas con estampado de flores? Definitivamente no pienso…

- Malfoy… - la esmeralda mirada fulminante que le dirigió, junto con ese tono lento, cadencioso y hasta sibilante, fue suficiente para que Draco detuviera lo que sin duda sería una nueva perorata sobre inconvenientes – Vas a quedarte aquí, o en cualquiera de los otros que hemos visto, porque si no, está claro que tu única opción es vivir en un albergue o debajo de un puente – la nariz del rubio se arrugó en una muestra clara de su disconformidad, separando los labios expresamente para protestar, pero Potter sostuvo su mirada, prácticamente amenazándolo con ella - ¿Tienes la menor idea de lo que es un albergue? No. Lo imaginaba. Es una casa de acogida para gente pobre. – Remarcó quizá de manera algo exagerada la última palabra – Allí te darán la cama más pequeña que eres capaz de imaginar, dónde ya han dormido cientos de personas antes que tú. Pero eso no es todo, si no que compartirás espacio con 20 o 30 personas más, si tienes suerte. Y no me refiero solo a la habitación, también al baño. Así que o tomas uno de estos jodidos pisos que hemos estado viendo toda la jodida tarde, o de una jodida patada en tus jodidas-reales-nalgas te mando directo al jodido albergue más cercano.


Y allí estaban dos días después, con el contrato firmado, llaves en mano, y organizando el equipaje del rubio para acomodar más a su gusto la estancia por la que finalmente se había decidido – uno de los edificios que alquilaba el primer piso – gracias al animoso discurso de Potter. Por supuesto no estaba convencido ni mucho menos, pero Malfoy era inteligente y sabía perfectamente que no quería que sus jodidas-reales-nalgas terminaran en un jodido albergue.

Después de varios movimientos de varita – todos realizados por el futuro auror, obviamente y para desgracia del Slytherin – todo estaba más o menos acomodado al gusto del nuevo inquilino, así que tras varios vistazos alrededor, el moreno decidió que ya no se le había perdido nada allí dentro.

- Creo que eso es todo – murmuró alzándose de hombros. Le había enseñado a Draco los básicos para usar la ducha, el microondas y un par de electrodomésticos más. El muchacho no era idiota ni de lejos, aunque sí muy reticente a tocar la mayoría de las cosas de las que desconocía el funcionamiento sin magia, pero aprendía pronto. Seguro que luego de una semana se habría familiarizado con todo lo que lo rodeaba. Aun con eso, por el momento acordaron que no se acercaría a los fogones, que lo mejor sería que se comprase comida precocinada o que comiera en algún local barato de la redonda. Potter se encargaría poco a poco de enseñarle algunas cosas.

- Supongo que sí.- Ambos estaban ya frente a la puerta de la entrada, por lo que el moreno le tendió las llaves que aún tenía para que las guardase – Si tengo algún problema…es decir, no creo que lo tenga. Si los estúpidos muggles pueden hacerlo no puede ser tan difícil, pero…

- Vendré a verte – lo cortó Potter, haciendo una leve mueca por cómo se refirió a la gente sin magia – Tengo que asegurarme de que todo vaya bien, que no te sientas tentado de usar magia, y además tengo que informarte de los trabajos que se te encarguen.- Draco asintió, comprendiendo y sintiéndose algo aliviado por pensar que al menos no se moriría sin que el Gryffindor se enterase.

- Quería preguntarte algo, Potter. – Bajó un momento la mirada, como si meditara cómo abarcar esa conversación, pero enseguida decidió que no había nada cómo ser directo con el tema, por lo que al segundo sus iris plateados estaban fijamente sobre los contrarios.- ¿Dónde está mi varita? No sé de ella desde que me la arrebataron un par de días antes del juicio.

- Yo la tengo – respondió sin titubear, aunque sus labios se apretaron con cierta incomodidad, como si temiera que esa revelación fuera a ser utilizada en su contra en algún momento – Por precaución, ya sabes. Pero no te preocupes, está en lugar seguro. Y no voy a hacer uso de ella, solo mantenerla alejada de ti mientras dure la sentencia.

El rubio pareció dudar un momento, manteniendo una expresión indescifrable en su rostro, pero finalmente se limitó a asentir. Potter tuvo la intuición de que en esa oxigenada cabeza se mecía algún tipo de pensamiento, de confabulación, pero prefirió no pensar en ello y simplemente dejarlo pasar.

- Está bien, trátala bien, Cara-Rajada – el moreno hizo una mueca de enfado casi infantil pero Draco tan solo se limitó a sonreír de forma encantadora, como si ofenderlo no fuera su intención.

Potter repasó ese gesto – cosa que haría en su cabeza en días posteriores con cierta frecuencia – y juraría que sus mejillas tomaron algo de color pero no le dio importancia, tan solo se apuró a abrir la puerta y salir al rellano.

- Procura no morirte, ni incendiar el edificio, ni nada de eso

- No está en mis planes. Todavía – su sonrisa se ensanchó y Potter no pudo más que negar con la cabeza, aunque con cierta diversión.

- Buenas noches, Malfoy.

- Buenas noches.


La primera noche fue…singular. La casa olía a vacío, a silencio, no a Potter. De un modo que no tenía nada que ver con la temperatura, se sentía fría. El rubio se engañó a sí mismo convenciéndose de que esa sensación de desasosiego tenía que ver con el hecho de que estaba nervioso con la nueva situación a la que se enfrentaba.

Le costó conciliar el sueño. Primero dio vueltas en la cama, luego por la casa. Quiso prepararse algo caliente con lo poco de lo que Potter había provisto la cocina. Fue paso a paso con lo que le había enseñado sobre los botones, pero el infernal cacharro no funcionaba. Lamentablemente ninguno de los dos se había fijado en que la cafetera no estaba enchufada, y por supuesto, Malfoy no tenía ni idea de que tuviera que estarlo para funcionar.

Frustrado, probó con el microondas. Se quedó mirando con desconfianza como el vaso con leche daba vueltas en la peana y finalmente con un Ding! la luz se apagaba y todo dejaba de moverse. Abrió la puerta y antes de tocar directamente el vaso con las manos – recordando cómo se había quemado anteriormente con la cafetera de la casa de Potter – tomo el cristal con cuidado por la parte superior. Casi sonrió ante ese pequeño logro de calentar la leche sin quemarse en el proceso, pero de poco le duró esa sensación de felicidad, ya que de nuevo se encontró solo y sin nada que hacer.

Se llevó al sofá la bebida y se dejó caer en él, dando pequeños sorbos mientras dejaba fija la vista en las horrendas cortinas de flores, aunque en ese momento sus pensamientos no estaban puestos en ellas.

Había pasado por mucho estrés, por muchas responsabilidades. Había tomado un camino que si bien no era el correcto a ojos de todos, lo era para él. Distraídamente acarició por encima de la tela del pijama, el tatuaje que marcaba su brazo. Ahora estaba relativamente libre. Estaba solo. Y quizá en ese momento, lejos del amparo de Harry Potter, fue consciente de ello más que nunca. Después de esos tres días de convivencia, de discusiones absurdas, de silencios incómodos, enfrentamientos verbales, comida muggle, olor a Potter y sábanas hoscas, se daba cuenta de que dependía de él.


Tumbado en el sofá, mirando al techo con los ojos entornados y sin ser quién de enfocar – ya que las gafas yacían sobre la baja mesa auxiliar del salón – sus labios dejaban escapar ligeros suspiros con relativa frecuencia. Sus mejillas estaban encendidas, acaloradas, y su mente pensaba en la encantadora sonrisa de Draco Malfoy. En su arrogante tono cuando se quejaba por algo. En sus mohines de disgusto. Y en sus jodidas-reales-nalgas.

Sonrió al recordar que esas palabras habían salido de su boca, y habían causado un buen efecto en el Slytherin, que finalmente se había decidido sin mayores objeciones por el último piso que habían visitado. Más la sonrisa duró poco ya que sus labios se deformaron para exhalar un jadeo necesitado.

Su mano se movía rauda sobre su hombría, apretando de vez en cuando, dando algún que otro ocasional tirón levemente más brusco. Ni siquiera se había molestado en bajarse los pantalones, tan solo los había desabrochado, por lo que sus dedos se rozaban de forma tenuemente molesta contra la tela de la ropa interior, notando ya una pequeña sensación de abrasión en la piel. Pero no se molestó, sabía que terminaría rápido. Hacía cierto tiempo que no se permitía un desfogue, no con el rubio rondando por la casa. Le daba demasiado apuro, ciertamente. Era demasiado mojigato y vergonzoso para ello. Pero ahora que estaba solo, no se le había ocurrido nada mejor que masturbarse pensando en él.

Su sexo pulsó cuando sus pensamientos se fueron de nuevo a esa sonrisa. Sintió la espesa humedad resbalar por entre sus dedos y manchar sus bóxers. La caricia se hizo más ruda y los resuellos más necesitados. Comenzó incluso a mover las caderas contra su propia mano, acomodándose a la cadencia.

Le había dado un repentino calentón de lo más intenso y el girar el rostro a un lado, dando con la nariz en uno de los cojines del sofá no hizo sino acrecentar su excitación. Olía a su gel de ducha, y al cuerpo de Draco. No se lo pensó y simplemente tomó el cojín con la mano libre y lo aplastó contra su boca y nariz, inspirando profundamente. Gimió de forma corta, aguda. Mordió la tela y volvió a inspirar.

Uno de sus pies descalzos se apoyó en el reposabrazos del sofá y se empujó contra él, alzando más las caderas, follándose su mano, ahora resbalosa dados los fluidos que ya había derramado en anticipación al clímax. Los músculos de sus piernas estaban tensos, al igual que los de su abdomen. Inconscientemente puso los ojos en blanco y sintió su saliva mojar el cojín que ahora agarraba con los dientes y empujaba más contra su boca con la mano al tiempo que entre intensas pulsaciones su sexo teñía su ropa interior, gimiendo mientras se abandonaba a un placentero – y frustrante - orgasmo.

Le llevó unos segundos reponerse de la abrumadora sensación, apartando el cojín de su cara y dejándolo caer al suelo, junto con el brazo que quedó colgado del sofá, todavía mirando al techo. Su cuerpo yacía relajado, manchado, sobre el sofá. Jadeante.

Acababa de masturbarse pensando en nada más y nada menos que Draco Malfoy. Si bien su cuerpo no iba a hacer caso de su razonamiento, su orgullo debería haberle impedido el llevar a cabo ese acto, pero pensándolo fríamente, ¿quién iba a enterarse de eso? Él y sólo él. Malfoy solo era un rubio atractivo, Harry no necesitaba ponerse las gafas para ver eso. No tenía nada de malo hacerse una paja a su salud y a salud de su encantadora sonrisa y sus jodidas-reales-nalgas.

Pese a intentar pensar de esa manera, estaba demasiado confundido y relajado como para organizar las ideas en su cabeza con claridad. Lo mejor sería irse a dormir, aunque la pereza de quedarse en el sofá pudiera con sus ganas de levantarse. Soltó un resoplido de frustración y puso los pies en el suelo, acomodándose todo el género dentro de los pantalones y caminando hasta las escaleras que llevaban a los dormitorios.

A medio camino dio la vuelta y regresó al sofá.

Un par de minutos después ascendía nuevamente por las escaleras.

Con el cojín que olía a Malfoy.


Y hasta aquí el segundo capítulo – que en realidad es el tercero, ya me entienden xD – Como siempre espero que les haya gustado. Intenté hacerlo fácil de leer y entretenido, ya ustedes mismos valorarán el resultado final. Ha sido divertido escribirlo.

Espero reviews y subir pronto el tercer capítulo. Nos leemos!