Comentarios del autor: ¡Y ya vamos por el tercer capítulo! La verdad es que estoy disfrutando mucho escribiendo esta historia, aunque no sea ni de lejos la mejor de DRARRY que hay, pero es mía y eso me infla un poquito el orgullo =P.

Muchas gracias - como siempre - a todos por sus reviews así como la gente que sigue la historia o la añade a sus favoritos. Bienvenidos son los consejos, sugerencias y correcciones, así como cualquier tipo de crítica constructiva. No les hago perder más el tiempo así que solo me resta decirles que espero disfruten de la continuación. ¡Nos leemos!

Título: Felix Felicis

Autor: Quimaira

Pareja: Draco Malfoy/Harry Potter

Advertencia: Slash (relaciones homoeróticas explícitas). Pese a que no me centraré solo en el lemon, sí que lo habrá – aunque no desde el primer capítulo – de forma abundante y narrada en profundidad y con detalle, así que si no están a gusto con este tipo de escritos, pueden dejar de leer desde ya.

Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen a mí, sino a JK. Aún así me tomo la libertad de escribir sobre ellos para cumplir mis enfermas(¿) fantasías.


FELIX FELICIS


Draconifors


Por supuesto que la adaptación a su nueva forma de vida no había sido ni de lejos, sencilla, es más, todavía le quedaba mucho por delante. No era fácil hacer todo por sí mismo – no lo sería ni siquiera pudiendo utilizar la magia – rodeado de cacharros de los cuales les era casi tan desconocido el nombre como el funcionamiento o la utilidad. Vivía sobresaltado, porque cada cosa hacía un sonido diferente. Cada botón tenía una función distinta.

Procuraba no tener que tocar demasiadas cosas para no llevarse ningún susto. Todavía recordaba el casi paro cardíaco que le había supuesto el descubrimiento del teléfono. A San Potter se le había olvidado hacer mención a dicho aparato, y cuando estando solo en casa, éste había comenzado a sonar escandalosamente y sin pausa, el rubio se había vuelto loco intentando pensar qué demonios pasaría o qué habría hecho mal para que esa alarma desconocida estuviera aullando sin descanso.

Por suerte y para su alivio, tras unos instantes se detuvo sola, dejando un silencio para nada reconfortante. Las dos horas siguientes hasta que el aprendiz de auror tuvo tiempo de personarse en su casa para su visita diaria, Malfoy se había quedado en el rellano, sin intención ninguna de regresar al interior de la vivienda.

"- No tiene ninguna gracia, Potter-" había dicho ceñudo y de forma ácida cuando tras explicarle lo ocurrido al moreno (no con lujo de detalles acerca de su temor por volver al interior del piso), éste se había puesto hasta rojo por aguantarse la risa, de manera poco efectiva, la verdad, pues sin que pudiera (o quisiera) evitarlo se había convulsionado y se le habían escapado pequeños amagos de carcajada mientras intentaba explicarle al Slytherin el funcionamiento del aparato.

Mas dejando aparte ciertos incidentes aislados – como el primer centrifugado de la lavadora – Draco Malfoy era un muchacho inteligente y con muchos recursos, sobre todo cuando de situaciones desesperadas se trataba.

No era ni de lejos el perfecto vecino. No ayudaba a las ancianas con las bolsas de basura, no le abría las puertas del ascensor a nadie – en gran medida porque se negaba a utilizar ese poco fiable invento muggle – ni tampoco le llevaba postres a los habitantes de las limítrofes puertas. Pero era atractivo. Elegante. Educado. Y – si se lo proponía – encantador.

Sin lugar a dudas hacía las delicias de gran parte de las féminas que poblaban el edificio, en especial de Cathy, la del 2ºB. La mujer bien podría ser la madre de Draco, habiendo pasado ya de los cuarenta. Era coqueta, extrovertida, y si bien su madurez reflejaba que ya no era ninguna jovencita, su aspecto físico – bien cuidado – y su refinada forma de vestir hacían de ella una mujer hermosa y llamativa como la que más.

Al principio eran justas y contadas las palabras que se cruzaban en el rellano cuando se encontraban de casualidad. Apenas unos saludos, alguna sonrisa de cortesía…pero conforme iban transcurriendo los días, Cath encontraba en Draco un muchacho lo suficientemente halagador como para henchir su ego, y en contraposición, Draco encontraba en Cath una muggle capaz de solucionarle los problemas domésticos más básicos.

Según avanzaba la semana, con apenas dos visitas de Potter para comprobar que todo estaba en su lugar y que el rubio estaba portándose bien, las visitas de la mujer se habían incrementado de un bizcocho de bienvenida a algún postre que acababa de inventar y que de tan rico que le había salido tenía que compartirlo.

El ex - mortífago, alegando su supuesta procedencia rumana, consultaba varias veces al día a la diligente hembra sobre el funcionamiento más básico de los diferentes tipos de electrodomésticos de la casa.

Creyéndoselo o no, Cathy se dejó coquetear de esa descarada manera.


Para bien o para mal, esa semana había estado demasiado ocupado en su preparación como auror por lo que aunque en principio era su idea visitar al Slytherin una vez al día para ayudarlo a acostumbrarse a su nueva situación, se veía obligado a postergar sus inspecciones y relegarlas a apenas tres días por semana.

Una parte de él sabía que realmente no estaba tan terriblemente ocupado y en realidad era él mismo quién, voluntariamente, posponía sus citas, pero otra parte de él se anteponía al raciocinio y se hacía creer a sí mismo lo primero.

Aquella placentera masturbación había sido la primera pensando en Malfoy, pero lamentablemente no la última. El cojín que había trasladado del sofá a su cama había ya incluso perdido el olor al rubio pero para Harry seguía suponiendo cierto morbo, cierto estímulo extra a sus pajas desestresantes del día – y en ocasiones de la mañana.-

Más a golpe de miércoles y después de que su última visita hubiera sido el domingo a media tarde, sintió que no podía prorrogar más sus deberes, así que tras arreglarse – arreglarse, sí, porque se había pasado más de diez minutos frente al espejo intentando sin éxito domar el revoltijo que era su pelo – se personó en el edificio dónde se alojaba el rubio.

Primer timbrazo.

-...

Segundo timbrazo.

-...

Al tercero fue cuando pegando la oreja a la puerta sintió pasos por la casa y alguna que otra maldición. No pudo más que sonreírse.

- Es el timbre de la puerta, Malfoy – murmuró en tono jocoso, volviendo a escuchar una de las maldiciones y finalmente abrirse los pestillos de la puerta así como la misma.- Buenos días.

La sonrisa de Harry – así como su presencia – fueron recibidas por un Draco de expresión desdeñosa, revueltos cabellos rubios y vestido únicamente por un pantalón de seda negra. Caminaba descalzo y bajo sus ojos se marcaban suaves ojeras.

- No sé qué tengan de buenos… - se quejó haciéndose a un lado en una clara invitación a que el moreno entrase – Ni siquiera sabía que existían las ocho de la mañana, Potter…

- No seas quejica, al contrario que tú tengo la agenda muy apretada y si no vengo a esta hora no podría venir en lo que queda de día.

La puerta se cerró tras ambos y Draco señaló la cocina con un gesto de la mano, dirigiéndose también hacia allí y preparando la cafetera como si llevara haciéndolo toda la vida. Hecho que sin duda sorprendió gratamente al Gryffindor.

- ¿Te las estás arreglando bien?

- Aham. Como puedes ver, Potter, he conseguido sobrevivir, y el departamento no se ve tan mal, ¿no? – hablaba de espaldas a él y su tono dejaba clara la retórica de la pregunta.- Voy a ponerme presentable, vuelvo ahora. Puedes…no sé, ponerte cómodo o lo que veas.

La verdosa mirada lo siguió un momento para luego simplemente dirigirse al resto de la estancia. Sin darse cuenta estaba caminando despacio por la cocina, pasando los dedos por los muebles. Se sonrió sin quererlo al ver algunos post it pegados en el microondas o en la lavadora, dónde estaban apuntadas escuetas y sencillas instrucciones sobre la funcionalidad de cada botón.

Se sorprendió también de que todo estaba limpio. Tanto que por un momento dudó si Malfoy se había conseguido una varita nueva y la utilizaba para sencillos hechizos de limpieza. Le era imposible imaginárselo fregando platos o simplemente haciendo algo tan sencillo como pasarle un paño a una mesa.

Escuchar correr el agua de la ducha le hizo pensar que el rubio iba a tardarse más de la cuenta en ponerse presentable, así que se tomó la libertad de cuchichear en los armarios para intentar adivinar de qué se habría estado alimentando esos días.

La primera sorpresa llegó cuando abrió el horno y descubrió un plato lleno de muffins de chocolate caseros. Dudaba mucho que el Slytherin fuera tan talentoso en la cocina como para conseguir algo así, por lo que intuyó que había tenido ayuda de algún vecino amable. En parte se alegraba de saber que no había estado tan solo y aislado como imaginaba.

Con toda confianza tomó uno de los esponjosos dulces y le dio una probada, emitiendo un sonidito de placer al notar el rico sabor del chocolate.


Pese a la hora intempestiva que era, bien podría decirse que se alegraba de ver a Potter – algo que por otra parte, nunca pensó que diría – después de casi tres días sin dar señales de vida. Todo seguía siendo demasiado complicado, y aparte de eso, su único contacto con el mundo parecía ser la adorable Cath, pero lamentablemente ella no era suficiente.

En cuanto se hubo aseado y vestido decentemente – cosa que le llevó cerca de media hora – volvió a la cocina con los húmedos cabellos peinados hacia atrás, recordando su aspecto a cuando tenía once años.

Una de sus rubias cejas se enarcó al encontrar a Potter-cojo-sin-permiso-lo-que-me-da-la-gana devorándose uno de los postres que su vecina tan amablemente había tenido el detalle de obsequiarle.

- ¿Están de tu gusto, Potter? – el muy cretino sonrió de forma bastante bobalicona y asintió con restos de magdalena en las comisuras de los labios.- Sinceramente tenía la esperanza de que hubieras aprendido modales en estos años.

El moreno ignoró por completo el comentario y siguió con esa sonrisa en la cara, sirviendo el café ya listo en dos tazas mientras se terminaba el dulce y se chupaba los dedos con los que lo había sujetado.- No imaginaba que te las arreglarías tan bien solo. Hasta los vecinos te regalan postres caseros. Qué lujo.

- Al parecer también los muggles ceden a mi encanto – comentó haciéndose con una de las tazas y preparándola a su gusto con la leche y el azúcar, ocupando uno de los taburetes que rodeaban la barra que separaba la cocina del salón.- Has tardado mucho en venir esta vez. ¿Tanto te explotan los aurores?

- No creo que eso realmente te interese, pero algo así – se alzó de hombros para retirar con el pie otro de los taburetes y tomar asiento frente al rubio, no sin antes robarse el tercer muffin del horno.- En el Ministerio están echando mano ya de tu caso y buscándote trabajo, así que es más que probable que para la semana estés tan ocupado como yo.

- Uhm… - el Slytherin revolvió su café distraídamente mientras que con el índice de su otra mano se acariciaba rasposamente el mentón.- Quizá no sea tan malo, al menos estaré ocupado en algo. Creo que me volveré loco si tengo que quedarme más tiempo aquí encerrado sin nada que hacer.

- ¿Te estás dejando barba? – preguntó con curiosidad, cambiando radicalmente de tema al captar una poco perceptible sombra de rubio vello en el mentón y parte de las mejillas del muchacho. Apenas eran cuatro pelos albinos que si no fuera por la cercanía ni se notarían, pero en ese momento destacaban bastante ya que Harry recordaba al rubio completamente lampiño.

- No es por gusto, ¿sabes? No sé si recuerdas que no dispongo de varita… - recordó con una mirada de fastidio, volviendo a toquetearse bajo el mentón pero esta vez para rascarse disimuladamente – Es molesto. Pica y se me irrita la piel. Tal vez tú podrías…

- ¿Afeitarte? ¿Tienes cuchillas?

- Por el amor de Merlín, Potter. – suspiró con frustración – Solo necesitas hacer un movimiento de varita, ¿sabes? Es un hechizo sencillo.

Sencillo o no, Harry no estaba precisamente al corriente de dicho hechizo, él siempre lo había hecho a la manera muggle y en ese momento le pareció una idea bastante divertida el enseñarle a Draco cómo se hacía. Sus labios dibujaron una sonrisa mientras apuraba el café y se levantaba – Abajo hay una droguería, vuelvo enseguida.


- ¿De verdad crees que voy a dejar que te acerques a cara con eso? – la mirada de desconfianza del rubio era de las peores que el Gryffindor le había visto, pero por algún infantil motivo eso le resultabaa de lo más entretenido.

- No seas crío Malfoy, son unas simples cuchillas de afeitar, hasta un niño sabe usarlas… - a cada paso al frente que daba, el Slytherin retrocedía la distancia equivalente.

- No me importa, no voy a dejar mi cuello en manos de un idiota que ni siquiera sabe utilizar un depilo.

- Muy bien. Entonces por mí como si se te alojan garrapatas cuando te crezca más la barba – el gesto de asco que le devolvió el muchacho no dejó lugar a dudas de que quisiera o no, iba a ceder.

- De verdad, Potter. Si me haces el más mínimo rasguño, por Salazar que me encargaré de afeitarte con esas mismas cuchillas bajo los pantalones. – el aludido no pudo sino reprimir una risilla mientras acomodaba uno de los taburetes frente al lavamanos del baño.

- No sabía que estabas interesado en el aspecto de mi cuerpo bajo mis pantalones.

- Muérete, Potter – masculló de mala gana, tomando asiento frente al espejo y suspirando como quién intenta relajarse.

- Bien, tú no te muevas y no pasará nada. He hecho esto cientos de veces…

A través del espejo consiguió entrever la mirada desconfiada que los ojos grises le lanzaron y solo pudo sonreír mientras se acomodaba las gafas sobre el puente de la nariz, agitando el bote de la espuma y echándose una generosa cantidad en la mano.

- ¿Qué es eso? – preguntó el rubio arrugando la nariz, mirando fijamente al aprendiz de auror también a través del espejo.

- Solo es espuma. Para evitar los roces – explicó tomándolo por el mentón desde atrás, con cuidado, y extendiendo con suavidad la blanca substancia.

Se limpió entonces la mano a la toalla que mantenía colgada del hombro del Slytherin y tomó una de las cuchillas, humedeciéndola bajo el grifo y volviendo a tomar del mentón al rubio para deslizar la maquinilla desde su cuello hasta el mentón, de forma lenta y cuidadosa. No dudaba de que si lo cortaba, probablemente cumpliría su amenaza.

Al momento sintió cómo Draco contenía el aliento probablemente en su afán por no mover ningún músculo, aunque su ceño se frunció al primer contacto. Al menos por el momento no había ningún quejido.

El silencio se instauró entre ambos, solo roto por el rozar de la cuchilla contra la piel del rubio, así como el cadente goteo de la pila.

Conforme el afeitado iba avanzando, la piel del pálido cuello del Slytherin quedaba más al descubierto, más a la vista del moreno, quién inconscientemente había comenzado a dar leves y sutiles caricias sin apenas darse cuenta de lo que hacía.

La tez expuesta en verdad era tentadora. Tan nívea, tan exenta de manchas. Desde esa cercanía podía incluso entrever las azuladas venas que discurrían bajo la dermis. Los músculos tersos que ascendían hasta la angulosa mandíbula.

- Estás realmente concentrado… ¡auch! ¡Demonios, Potter!

- Mierda Malfoy, ¿no podías mantener la boca cerrada?

Apenas había sido un corte de nada que el moreno se afanó en cubrir con un trozo de papel higiénico que al momento quedó tintado de rojo. Draco se había levantado ya del taburete para examinarse de cerca en el espejo, poniendo claramente una cara de disconformidad de lo más evidente.

- Estúpido Gryffindor, ¡Casi me decapitas!

- Deberían darme un premio si consigo degollarte con esto – masculló con el ceño fruncido, agitando la cuchilla en la mano.

- Lo que deberían es darte un premio a la inutilidad. Maldición. – la expresión del rubio fue una mezcla de desagrado y molestia cuando se quitó el diminuto papelito que cubría el rasguño.

- ¿Quieres estarte quieto, Malfoy? – el Gryffindor ya se había adelantado a la jugada y vuelto a cubrir la herida con un nuevo pedazo de celulosa.- Se te pasará enseguida, confía en mí.

La entrecerrada mirada del rubio le indicó que no era confianza precisamente lo que sentía en ese momento, pero Harry decidió ignorarla – al menos por el momento – y de un firme empujón en los hombros volvió a sentar en el taburete al ex – mortífago.

Sin mediar palabra tomó una toalla y le limpió –nuevamente con innata precaución – los restos de espuma que habían quedado en su cara y cuello, antes de administrarle la loción que hizo sisear del escozor al rubio.

- ¿Qué demonios me estás haciendo ahora, Potter? Disfrutas torturándome, ¿cierto?

- Oh, por supuesto – sin proponérselo no pudo evitar una leve sonrisa, dejando que el rubio tomara el frasco y leyera el apartado de uso mientras secretamente él disfrutaba del tacto de su piel mientras extendía el líquido por sus mejillas y mentón.

Aprovechó también para retirar el papelito con la sangre reseca de la herida ya cerrada. Por su parte el rubio dejó tranquilo el frasco en cuanto su lectura concluyó, y pareció satisfecho ya que no puso ninguna objeción más, probablemente porque el olor le agradaba lo suficiente como para no quejarse.


No iba a detenerse a pensar en que el tacto de las manos de Potter sobre su cara y cuello le agradaban, simplemente porque eso carecía de importancia. Era normal que tras largos meses de exilio y sin más contacto humano que el de los aurores que lo custodiaban, ahora la más mínima caricia le resultara placentera, y solo recibía eso de Cath y del Gryffindor, así que su cuerpo no era precisamente quisquilloso con ello.

Porque sí, a pesar del percance del diminuto corte, su corazón había latido con cierta intensidad – no solo por el pavor a ser amputado - en ese íntimo momento dónde sus ojos estaban concentrados en el reflejo que le devolvía el espejo.

Aunque no lo reconocería nunca, Potter era…¿cómo decirlo? Agradable a la vista. A pesar de su expresión de bobalicón, del nido de pájaros que tenía por cabello, de sus horrorosas gafas – que debían ser las mismas que usaba desde chico – y de su imposiblemente hortera forma de vestir, había algo en su expresión. Quizá en todos sus defectos residía su encanto.

Y bien pensado…¿por qué no sacar partido de que el Niño-que-Vivió no le asqueaba por completo? Si con Cath le funcionaba un poco de coqueteo, con el moreno no tenía por qué ser diferente.

Era un Slytherin después de todo, y si ya se había aprovechado de la situación para que dentro de su desgracia sus desventuras fueran las menos posibles, echar un poco más de azúcar al pastel no mataría a nadie…más ahora sabiendo que su varita estaba en poder del aprendiz de auror que lo custodiaba.

- ¿Crees que…? No importa, olvídalo.

- ¿Qué pasa? – los ojos verdes se centraron en el con curiosidad mientras iba secando las tazas recién limpias que el rubio le iba pasando.

- Bueno, Potter. No es que tu compañía me sea de lo más agradable, mucho menos de tu reciente intento de asesinato… - el moreno no pudo evitar una mueca exagerada de exasperación - …el caso es que eres el único contacto que tengo con la comunidad mágica y me preguntaba si podríamos vernos más a menudo…

- Oh… - Harry pareció meditar mientras fijaba su vista en la taza que limpiaba ahora con suprema lentitud, hasta que finalmente Draco se la arrebató para guardarla, utilizando el trapo para secarse las manos – Sabes que estoy muy ocupado con todo eso de la preparación de aurores y esas cosas…

- Lo sé y créeme que no estoy particularmente feliz pidiéndote esto, pero creo que terminarán saliéndome arrugas del estrés que me supone estar todo el día aquí encerrado. Ni siquiera puedo tener reuniones con ex compañeros de Hogwarts por si se me ocurre crear un grupo de neo-mortífagos que siembren el caos… - masculló con desgana, buscando con sus ojos grises la mirada contraria en una expresión cercana a la desesperación.

- Yo…te entiendo. De veras que sí, Malfoy. No eres la mejor persona del mundo pero desde la…pequeña discusión que tuvimos coincido en que tu situación es… complicada.

- Injusta – corrigió firmemente, con cierta altanería impresa en la voz.

- Dejémoslo en peliaguda.- Draco suspiró y se alzó de hombros en clara señal de "cómo gustes".- Intentaré venir más a menudo y pensaré en actividades que puedas hacer para entretenerte sin tener que usar la magia. Te doy mi palabra.


Y pese a no dudar de la palabra de un Gryffindor, mucho menos del león por antonomasia Harry Potter, no pudo evitar sorprenderse cuando al día siguiente – otra vez a horas intempestivas de la mañana – el timbre de la puerta lo despertó para mostrarle al otro lado a un sonriente idiota cargando con un enorme paquete cuadrado en brazos.

- … - sus platinados iris lo recorrieron de arriba abajo antes de hacerse a un lado para permitirle la entrada, frotándose un adormilado ojo y todavía con las marcas de las sábanas impresas en la mejilla derecha - ¿Qué demonios es eso?

- ¡Buenos días! – casi a empujones dada la prisa que parecía tener (probablemente acentuada por el aparente peso del desconocido artefacto) el moreno entró en el departamento y se dirigió directamente a la sala de estar, dejando con cuidado la caja en el suelo y vaciando la mesa del té en la que había desperdigados varios diarios muggles.- Esto te gustará.

- ¿Tú crees…? – Draco enarcó una rubia ceja mientras cerraba la puerta y caminaba tras el Gryffindor, sentándose en uno de los reposabrazos del sofá y observándolo con curiosidad.

- Ey, ni se te ocurra sentarte. Necesito tu ayuda – pidió desembalando la aparatosa caja e intentando sacar de dentro…¿otra caja? El rubio no se movió.- ¿No me escuchaste?

- Oh, ¿iba enserio? Pensé que bromeabas…

- No seas ridículo, este trasto pesa como mil demonios, levántate – bufó ante lo inverosímil de la conversación.

Finalmente el Slytherin accedió no sin hacer muecas de molestia, y entre ambos consiguieron sacar de la caja una rudimentaria televisión que se notaba tenía varios años encima, pero eso no fue algo en lo que el rubio reparara precisamente.

- ¿Vas a explicarme qué es esto? – interrogó con la voz empañada en esfuerzo mientras dejaban el cacharro del diablo encima de la mesa.

-Ésto, Malfoy, es una televisión.

- Aham…

- Es una…caja que recibe ondas eléctricas y retransmite imagen y sonido…

- … - una ceja enarcada fue todo lo que obtuvo por respuesta.

- Está bien, espera y verás. – Harry desapareció en ese momento tras el aparatoso invento muggle, revolviendo entre cables y enchufes hasta que la televisión hizo un extraño sonido y se encendió un pilotito rojo en la parte frontal.

Draco aguardó con cierta expectación bastante bien disimulada…hasta que el moreno tomó el control remoto y accionó por fin el electrodoméstico, que mostró una nítida imagen de alguna teleserie matutina, haciendo que los grises ojos del rubio se abrieran fuera de lo normal e incluso brillasen con un tinte de sorpresa.

- ¿Cómo has…? ¿Qué es…? ¡Potter! ¿Qué hacen todos esos muggles ahí metidos?

Tardó bastante tiempo en conseguir hacerle entender al rubio al menos un poco del funcionamiento básico del aparato, así como convencerlo de que no todo lo que se veía allí era real - exceptuando los noticiarios – y que no tenía que alarmarse ni pensar que podían verlo a él desde el otro lado de la pantalla.

Como fuera, había valido la pena el cederle uno de los dos televisores que él tenía en casa solo por ver la expresión de incredulidad en su rostro, así como disfrutar infantilmente de la manera en que tocó la pantalla – varias veces – para asegurarse de que realmente no había nadie metido allí dentro con un reductus.


Pasaban ya de las once de la noche. Harry descansaba el cuerpo en el sofá del salón, tirado en él de cualquier manera y casi quedándose dormido mientras veía en la pequeña televisión - que había trasladado de su dormitorio a la sala- una vieja película de dragones. Sus labios habían dibujado ausentes sonrisas en el transcurso de todo el filme, imaginando en ese momento al rubio en su casa, mirando como un niño la misma película y sobresaltándose por cada escena, incluso encogiéndose en su asiento en según qué partes.

De manera distraída se llevó a los labios la segunda cerveza de la noche, dándole un último trago que se le trabó en el medio de la garganta ante el estridente sonido del teléfono.

A esas horas solo solían llamarlo para emergencias, y no había demasiadas personas que tuvieran su número. Recientemente le había enseñado al Slytherin como utilizar ése aparato así que lo primero que temió fue que le hubiera pasado algo grave.

- ¿Sí…?

- ¡POTTER! – al primer grito no pudo más que apartar el auricular de su oreja, espantado por la exaltada voz al otro lado - ¿¡POTTER, ME OYES? Dichosos aparatos muggles… - escuchó murmurar entre golpes de lo que suponía era el receptor del teléfono del rubio golpeando contra la pared.

- Estoy aquí, Malfoy, te oigo. No grites, por favor…de veras te oigo bien si hablas como una persona normal…

- ¿Enserio? – se oyó un carraspeo al otro lado de la línea. El moreno casi podía imaginarse el ceño fruncido del rubio en expresión de desconfianza. No le extrañaría que estuviera hablando a medio metro del aparato.

- Enserio. ¿Qué pasa?

- En la… - un nuevo carraspeo - …televisión…Potter…hay unas personas en actitud poco…decorosa…

- ¿Poco decorosa? – del otro lado no le llegó ningún sonido pero su intuición le dijo que el rubio probablemente estaba asintiendo tontamente. Sus labios dibujaron una sonrisa – No entiendo.

- Ya sabes…

- No, no sé.

- Teniendo sexo, Gryffindor idiota. – masculló de manera desdeñosa Draco al otro lado.

Hubo una pausa que fue rota a los pocos segundos por la risa del moreno. Definitivamente Draco no estaba viendo la película de dragones de la que él había estado disfrutando hasta el momento.

- ¿Potter? ¿Sigues ahí? ¡Eres un idiota, deja de reírte y ven a solucionarlo!


Y hasta aquí el capítulo de hoy. Sé que me he retrasado en subirlo pero es que esta semana – para bien o para mal – sufrí de una sobredosis de inspiración pero de tiempo escaso y he estado embebida en otros proyectos. De todos modos espero que la próxima actualización me lleve menos tiempo. Un saludo y muchas gracias a todos por su atención. Nos leemos!