Disclaimer: Todo cuanto podáis reconocer es propiedad de Jotaká.


¡Hola de nuevo! Antes de comenzar con la lectura quiero aclarar algunos puntos.

Tengo que admitir que este capítulo me ha resultado más complicado de escribir de lo que pensaba Lo he comenzado unas mil doscientas veces y lo he borrado otras tantas porque al final, por una cosa o por otra, nunca terminaba de convencerme realmente. Por eso he tardado más de lo habitual en poder actualizar el fic. ¡Lo siento!

También he de decir que este capítulo se diferencia bastante de los tres anteriores por el esquema que sigue. No digo que sea mejor ni peor. Digamos que es una breve reflexión que James se plantea tras las palabras que Lily le dedica en la biblioteca.

¡Pero ya está! ¡No cuento nada más!

¡A leer!


Medianoche.

Es ya medianoche y James todavía no ha conseguido conciliar el sueño. Está tumbado bocarriba sobre el mullido colchón, prácticamente sepultado bajo un aluvión de mantas. Mantiene sus ojos castaños fijos sobre la deslucida lámpara, que oscila de un lado a otro de manera casi imperceptible. Los atronadores ronquidos de Colagusano parecen empeñarse en echar abajo el castillo entero. Parece un jodido tractor. El moreno resopla y entierra la cabeza bajo su almohada, tratando de escapar del ruido, intentando buscar un poco de paz. Pero resulta del todo inútil; lo único que ha conseguido de esta manera es amortiguar sutilmente los incesantes gruñidos de Peter. Y entonces, algo se enciende en su cerebro, como una luz. Se estira para alcanzar su varita, que descansa sobre la mesita de noche, y apunta a Peter. Ejecuta un ágil movimiento con ella y pronuncia el conjuro. Silencius.

Y el dormitorio queda sumido en el más profundo de los silencios. Y James sonríe, aliviado. ¿Por qué cojones no se le habrá ocurrido antes? Bueno, no importa. Ahora podrá dormir a pierna suelta.

Cierra los ojos y se remueve un poco para encontrar la postura ideal. Con todo, nada más cerrarlos, se dibuja en su mente la grácil figura de ella. Lily. Mirándolo, serena, con su flamante cabellera roja y una afectuosa sonrisa en los labios. La misma sonrisa que consigue atraparlo y transportarlo a un lugar donde ambos juegan un papel protagónico. Y la imagen de la muchacha se forma tan nítida en su cabeza que se ve obligado a abrir los ojos para cerciorarse de que ella no está frente a su cama.

Suspira. Lily. Esa pelirroja neurótica y maniaco-obsesiva que solamente se dirige a él para aguarle la fiesta cuando se topa con algún Slytherin despistado en mitad de un pasillo solitario; la única que dispone de la extraordinaria habilidad de dedicarle un insulto diferente cada día del año, contando fines de semana y festivos. Y, sin embargo, James sabe que no sería capaz de vivir en un mundo en el que ella no existiera. Irónico, sí, puesto que Lily lo detesta más que a un día sin deberes.

Pero ella es la única capaz de hacerlo volar sin necesidad alguna de escoba con tan sólo una mirada. La única que, aún sin ser consciente de ello, ha logrado abrirse camino hasta su corazón para declararse dueña absoluta de él. La que permanece firmemente anclada a cada fibra de su ser, hasta en el lugar más recóndito de su alma.

Joder, menuda cursilería, tío.

Es una auténtica suerte que Canuto no pueda escuchar sus pensamientos. Sólo le faltaría tener al maldito chucho pegado a su trasero todo el jodido día dándole el coñazo. James ríe suavemente en la oscuridad de la noche.

Pero es inevitable. Su mente decide retomar el hilo de sus pensamientos.

Lily, de nariz respingona salpicada de diminutas pecas. Con una mala leche de cojones y sus curvas de infarto; esas curvas que atraen a los tíos como la carroña a los buitres. ¡Putos buitres! ¿Pero qué se han creído? ¿No ha dejado claro ya que no piensa tolerar que un tío se acerque a menos de quince metros de ella cuando sustituyó la cabeza de Thomas transformándola en la de un burro? O cuando infló la cabeza de aquel guaperas de Hufflepuff hasta que adoptó el tamaño de un globo aerostático por flirtear con ella. Y qué decir del imbécil de Diggory, que tuvo la desfachatez de invitarla a Hogsmeade el día de San Valentín con todo el Gran Comedor observándolos. Por suerte —o por desgracia, según se mire—, James se encontraba allí, sospechosamente cerca, y con su varita ya en ristre; el idiota de Diggory solamente atinó a emitir desagradables mugidos cada vez que despegaba los labios para intentar hablar.

James ríe entre dientes al recordar la escena y se ve obligado a meterse parte de la sábana en la boca para no despertar a los demás.

Entonces, una voz suena en su cabeza.

Demuéstrame que realmente me quieres, había dicho Lily en la biblioteca. ¿Pero por qué motivo considera que él no la toma en serio? ¿Realmente cree que sólo pretende jugar con ella como si no fuera más que una estúpida muñeca de trapo? Está bien, de acuerdo, hay que reconocer que algo de razón tiene la muchacha. Al fin y al cabo una noche la invita a salir con él y a la mañana siguiente ya está pegado como una lapa a cualquier otra falda del castillo. Bueno, a cualquiera, no. Merlín lo libre de las Slytherins.

Evans no aprueba su conducta. Lo tacha de irrespetuoso, desvergonzado, fanfarrón y egocéntrico, entre otros. Y James no se explica el por qué, sinceramente. Es cojonudo practicar el tiro al blanco con esas serpientes con complejo de ente. Está convencido de que Lily cambiaría radicalmente de opinión si se animara a participar con ellos alguna vez. En fin… El problema que tiene la pelirroja es que únicamente lo juzga desde la negatividad y la antipatía que siente hacia él. Jamás se ha molestado en intentar ver más allá de la superficial fachada que lo envuelve. James tiene innumerables defectos, quizá más de los que él mismo quisiera reconocer, pero eso sólo potencia la magnitud y la grandeza de sus muchas virtudes –que también tiene-. Simpatía, amistad, lealtad, nobleza, valentía, franqueza e inteligencia; todas ellas forman parte de lo más profundo y primoroso que James alberga en su interior desde el principio de los tiempos.

Mostrará su auténtica manera de ser a la pelirroja y eliminará de su mente esos inmerecidos prejuicios que se empeñan en distanciarlos cada día más.

Porque él no conoce el significado de la palabra derrota y no piensa darse por vencido. Por Merlín que no. Él es un Gryffindor. Un león, con su melena y todo. Valiente, temerario y desmesuradamente terco. Y peleará hasta el último aliento para conseguir lo que desea. Y lo que James Potter anhela fervientemente es a esa prefecta perfecta pelirroja neurótica y maniaco-obsesiva. Comúnmente conocida como Lily Evans.

Cornamenta toma aire y su pecho se hincha en un arrebato de salvaje orgullo. Está bien. Lily quiere una demostración, un indicio acerca de cuáles son sus auténticas intenciones respecto a ella ¿verdad? Le ha reclamado pruebas. Bien, pues eso hará.

Al fin y al cabo, es como aspirar a escalar una montaña e intentar alcanzar la cima. No importa lo alta e inaccesible que ésta sea. Con empeño y tesón es posible lograrlo, poco a poco, paso a paso. Y, de este modo, lograr reemplazar el Evans por el Lily; las negativas y el desprecio por las miradas de complicidad; y los insultos por sonrisas.

Porque será la propia Lily quien descubra cuan equivocada ha estado todos estos años con respecto a él.

Aunque para alcanzar la victoria se vea obligado a avanzar a paso de tortuga.


¿Entonces qué? Un poco bastante cursi, ¿eh? xD

Todo tipo de comentarios son bien recibidos =)

Danna.