Capítulo 6: Estás fuera
Sentía que el corazón le iba a estallar de felicidad; ahora podría hacer lo que siempre había querido: romperle el hermoso rostro al puto rubio Slytherin. Le odiaba con todo su ser aún antes de ver la "tensión" que había entre él y Harry, porque era el ser más hermoso que había en Hogwarts. Nadie, ni hombres ni mujeres se atreverían a enfrentarlo, todos lo sabían. También era envidia, una envidia que le carcomía por dentro al ver cómo una sola persona tenía tanto: riqueza, poder, belleza, inteligencia, brillo. El jodido rubio prácticamente brillaba con luz propia, embobando y encandilando a todo el que lo viera.
No era justo que la vida fuera tan fácil para él. Mordió su labio conteniendo la rabia y sacó una carta de su bolsillo, acababa de llegar al piso donde se encontraba la oficina del Ministro de Magia. Se regocijó en su victoria, pronto tendría a Draco Malfoy pidiendo misericordia, porque no, a ella poco le importaba la orden de Orión, ella simplemente quería verlo sufrir.
- ¿Señorita Weasley?, – la llamó la secretaria de Kingsley-. ¿Puedo ayudarle en algo? –La pelirroja la miró e intentó curvear sus labios en una sonrisa amable, pero la impaciencia le ganó y su boca formó una mueca un tanto extraña, la secretaria frunció el ceño.
- Dumbledore me pidió entregar algo al Ministro – respondió con voz gruesa, intentando contener la ansiedad que le provocaba el papel entre sus dedos-. Así que si me permites… - dijo encaminándose al despacho, pero cuando pisó la pequeña alfombra que estaba a pasos de la codiciada puerta ésta se convirtió en arena y le engulló hasta las rodillas.
La secretaria sonreía con suficiencia
- ¿Pero qué…?
- ¡Oh, cuánto lo lamento! – decía ella-. Ya sabe, en el Ministerio se deben tomar todo tipo de precauciones para esquivar posibles ataques -sus ojos se entrecerraron maliciosos-, y a personas…indeseadas.
El rostro furioso de Ginny no amedrentó a la pelirroja secretaria que día a día sorteaba vociferadores, cartas envenenadas, hechizos de todo tipo y maldiciones ciertamente dolorosas. Volvió a sonreír, ser secretaria del Ministro necesitaba más que una cara bonita.
- No te preocupes querida, ya te saco – con un movimiento de varita la arenosa alfombra desapareció debajo de Ginny y ésta cayó sentada con un golpe seco en una incómoda silla cerca del escritorio-. Iré a ver si el ministro tiene tiempo de atenderla, ahora mismo está en una junta, puede sentarse a esperar – dijo la mujer ingorando la mirada indignada que le dirigía.
La pelirroja se lo pensó, sabía que siempre el o la secretaria del Ministro de Magia eran inefables, generalmente el más poderoso de ellos; y sólo por eso siguió la recomendación de esperar mientras la mujer se perdía entre las oficinas.
Caminó a la cafetería, preparó varios aperitivos, café y galletas, y entró a la sala de juntas donde el Ministro estaba reunido con el Ministro Ruso.
- Disculpe, Señor –interrumpió la mujer.
- Elizabeth –saludó Kingsley.
- Señor – La mujer, que no parecía tener más de veintiséis años, era dueña de unos hermosos ojos ámbar, un cabello rojo fuego le llegaba a la cintura, y era tan delgada que era fácil para ella pasar desapercibida-. La señorita Weasley lo espera, dijo que no tenía inconveniente en esperar a que termine su junta. – El Ministro sonrió.
- Gracias Elizabeth, sírvele lo que te pida. – La secretaria asintió y salió de la sala, hacia la salita donde la esperaba la leona, que caminaba en todas direcciones.
- ¿No pudiste tardar más? – preguntó rabiosa.
- Puedo intentarlo – respondió la otra pelirroja sonriéndole y hablando calmadamente-. El Ministro la atenderá cuando termine la reunión.
- ¡Mierda! –gruñó y se dejó caer nuevamente en la silla.
Remus le tendió la mano a Sirius para ayudarlo a levantarse luego de que el traslador les dejara en las oficinas de Traslado y Apariciones Internacionales de Alemania.
El animago estaba mareado y de mal humor, el licano parecía divertido
- Bienvenidos a Alemania – les dijo una bruja con marcado acento, que estaba parada en la entrada del cubículo donde ellos había aparecido -. Por favor dejen sus varitas en esa ranura para su chequeo, se las devolverán en un momento en la próxima sala. – Les entregó un formulario-. Rellenen la planilla para constatar su ingreso al país, cuando vayan a recoger sus varitas deben colocar su firma mágica en éste apartado del formulario – dijo señalándolo -, ahí mismo deben entregar estos papeles.
- Muchas gracias señorita – agradeció Remus y ambos pasaron a la siguiente sala. No hubo problemas con el papeleo y sus varitas estaban limpias. En poco más de veinte minutos habían terminado todo el trámite.
Ya saliendo de las oficinas volvieron a toparse con la misma mujer.
- Disculpe, ¿usted sabe dónde podríamos encontrar un guía para el mundo mágico y el muggle?
- Por supuesto, Señor- respondió ella-. Seguidme. – Los guió por amplios e iluminados corredores, ocasionalmente se encontraban con otro mago o bruja que murmuraba inentendibles en su lengua nativa-. Este es el centro de Atención al Turista – informó-. Si necesitan un guía para el mundo mágico pase a la derecha, para el muggle a la izquierda. Por información turística diríjanse a aquella ventanilla de la esquina. – Otro empleado le hizo una seña a la mujer y le dirigió unas cuantas palabras, ella asintió y volvió a girarse hacia los dos hombres-. Debo ir a atender unos asuntos, disfruten su estadía - se despidió.
- Amigo –dijo Remus colocando una mano sobre su hombro -, aquí nos separamos, avísame si necesitas algo. Yo me voy al mundo muggle.
- Bien, ten – respondió buscando entre los bolsillos de su túnica-. Esta es la dirección de la casa de los Black en Alemania, recuérdala, así cuando termines de investigar te transportas ahí. – El licano asintió, se dieron un fuerte abrazo y ambos fueron por sus caminos separados.
Media hora después Ginny logró entrar a la oficina del Ministro.
Elizabeth la vio caminar mientras apretaba la varita entre sus dedos, Ginny Weasley tenía una mueca demente en su rostro que no tenía nada de envidiarle a Bellatrix.
- Dime mi niña, - saludó afable el antiguo auror -. ¿Qué te trae por aquí? – Elizabeth se apoyó en la puerta, intentando escuchar.
- Hace mucho dejé de ser una niña – respondía la pelirroja de mal humor-. Tenga, Dumbledore la envía. Es muy importante.
Claramente se escuchó el sonido del papel siendo rasgado, seguido de unos minutos de silencio.
- ¡¿Qué demonios significa esto Ginny? – oyó que decía el hombre, alarmado.
- Lo que está leyendo, Kingsley. – replicaba Weasley, despeocupada.
- ¡¿"Permitir que Ginevra Weasley utilice los métodos que considere necesarios sobre Draco Malfoy para lograr obtener la información que la Orden del Fénix precisa"? – leyó en voz alta el Ministro.
- Los métodos de Harry no están dando resultados, Dumbledore me ha dejado a cargo de interrogar a Malfoy – el rostro de la secretaria se desfiguró-. Te aseguro que mis métodos son mucho más…persuasivos.
- Ginny, ¿qué métodos piensas utilizar? Malfoy no es…
- Los necesarios – le había interrumpido la pelirroja-. Es el hijo de un mortífago, Kingsley, no necesita piedad. Estoy casi segura que conoce miles de artificios y tretas para salir indemne de esta investigación, incluso puede que el Veritaserum no funcione con él. Pero no podrá resistir mi Legeremens…
- ¡Eso no está permitido, sus derechos…!
- Es un preso, perdió sus derechos al entrar a Azkaban – gruñó molesta golpeando la mesa-. Además sólo te estoy avisando…
- ¡No pases sobre mi autoridad niñita! – elevó la voz el Ministro, releyendo la carta.
Mientras tanto la mujer tras la puerta había corrido a encerrarse en el baño. Apuntó la varita a su garganta y susurró:
- Communicat it Altair – un hilo dorado salió de su varita y se perdió en su garganta.
- Bathory, ¿qué te hace llamarme? – escuchó la voz de su jefe resonando en su cabeza.
- Van a sacar a Potter de la misión, Ginny Weasley queda al mando – respondió rápida y nerviosamente -. Altaír, ella planea torturarlo – Un resoplido golpeó las paredes de su cráneo.
- Trata de ganar tiempo, enviaré a Erianor – la comunicación se cortó.
Elozabeth salió del baño y vio el permiso de Kingsley firmado sobre su escritorio. Debía comunicarse con el director de Azkaban para pedirle el pase libre para la pelirroja.
- Señor – Elizabeth entró en el despacho-, en media hora estará listo el pase – El Ministro asintió, y los ojos de Ginny llamearon con locura.
- Muchas gracias Elizabeth – la mujer hizo una inclinación y salió de la oficina.
Harry despertó temprano, con un mal presentimiento corriendo por sus venas. Su cuerpo estaba tenso y alerta. Giró hacia los lados buscando la fuente del peligro, más no había nada. Eso no lo tranquilizó y la opresión en su pecho no desaparecía, sabía que algo malo iba a suceder…
Trató de calmarse y se levantó, se vistió rápidamente y pronto estaba listo para partir, pero a unos pasos de la puerta se volvió y metió una mano bajo su mesita de luz. De allí sacó su segunda varita y la guardó en su bota izquierda.
No podía explicarlo, simplemente lo sabía, lo podía oler, tendría que luchar hoy.
Lo que le asustó y provocó un gran temblor en su cuerpo fue la aterradora imagen que entró en su cabeza: Draco, sudado y bañado en sangre, temblando y llorando. No podía perder más tiempo.
- Tienes que ir a buscar a Draco, debes sacarlo de esa prisión…cuanto antes – fue la orden que recibió a través del patronus con forma de águila.
Erianor no se detuvo a cambiar su uniforme de trabajo, solamente buscó el sobre en su escritorio y salió rumbo a Azkaban. No sabía qué estaba pasando, se suponía que Huge le avisaría con tiempo cuando debiera sacar a Draco de prisión. Habían acordado dejar que la relación entre él y Harry avanzara un poco más antes de sacarlo de allí… Pero Altaír sonaba desesperado, así que no le quedó más remedio.
Envió su Patronus a Neville y Theodore, necesitaría transporte por si las cosas se complicaban o Draco no resistía una aparición.
- Hola Malfoy – saludó Ginny al entrar en su celda. El rubio la miró interrogante y sorprendido, pero no dijo nada-. Desde hoy tú estás a mi cargo – anunció. El acento interrogante en Draco se hizo más profundo-. Verás… – se sentó en la silla que normalmente ocupaba Harry, Draco se ubicó en su camastro-, Harry no ha dado muy buenos resultados contigo, así que lo reemplazaré.
- ¿De qué hablas? – preguntó en tono neutral-. Potter viene y pide ayuda en las investigaciones de los aurores ¿Qué tengo que ver yo? – La chica hizo un sonido de molestia – Además tú no eres auror…
- Pues verás, Harry no viene aquí porque realmente te necesite, le encargaron averiguar qué tenías que ver con la Orden de Orión. – Draco no hizo ningún gesto que denotara la punzada de dolor que atravesó su corazón-. Así que ahora yo trabajaré contigo. – El rubio suspiró.
- Podrían haber preguntado, no es ningún secreto – la chica gruñó molesta-. Es en serio, no tengo problemas en contarte lo que sé de la Orden de Orión – la varita de Ginny apuntó su cuello.
- No vas a quitarme la diversión – advirtió, y los ojos del rubio se abrieron completamente. Ella no quería una respuesta, ella quería matarlo. Hacía tanto tiempo que no sentía el hechizo tan bien formulado-, Crucio… - hacía mucho que no veía a alguien que le odiara tanto…
El hechizo fue dicho con todo el desprecio que la pelirroja le tenía, tantos años contenido. Él se convulsionó y cayó al suelo.
- Verás, en lo personal no me importa la Orden de Orión ¡Crucio! – El rubio sintió como se rompía uno de los huesos de su brazo derecho-. Sólo quiero que pagues ¡Crucio!
"Ya vienen por ti, aguanta un poco más" dijo esa voz dentro de su cabeza, pero sentía como su cuerpo iba cediendo, ya no estaba acostumbrado al dolor, no físico al menos.
Sintió una varita en su cien y pensó que la chica pronunciaría la maldición asesina; lo que hizo fue mil veces peor:
- Legeremens - intentó entrar. No había sido suave, lo sintió como un cañonazo a su cerebro, que golpeaba y quemaba. Quiso darle paso, que viera lo que quisiera y así le dejara en paz, pero "Él" no quiso, su eterno acompañante. Y no solo repelió el ataque, sino que golpeo mentalmente a la auror, que salió despedida en la dirección opuesta-. Puto cerdo. – Se levantó encolerizada, miró alrededor de la celda y comenzó a quemar todo, los libros, la mesa, las sillas…
Draco aún se convulsionaba en el suelo cuando ella, satisfecha en su deseo piromaníaco, iba en busca grilletes y cadenas, como debería haber estado siempre el rubio en la prisión.
Harry entró corriendo, Azkaban estaba sumida en un silencio sepulcral. La presión en su pecho se acentuó aún más y corrió, corrió todo lo que sus piernas podían.
Abrió la puerta de la celda de Draco, una cortina de humo le hizo cerrar los ojos, pero cuando los abrió pudo localizar al rubio agitándose en el suelo.
Asustado como estaba, convocó sobre el mago una burbuja de aire, lo cargó y lo dejó en su cama. Por un momento pensó que el ataque había sido provocado por los desniveles de magia, pero luego reconoció los temblores y nauseas características de la Cruciatus. No se atrevió a preguntar, pero si le mantuvo abrazado contra su pecho, dejó que su magia lo envolviera y le diera algo de estabilidad.
Observó a su alrededor las paredes ennegrecidas por el fuego, el humo le hacía llorar y toser. Conjuró otra burbuja de oxígeno sobre él mismo e intentó apagar lo que quedaba de la despensa de libros del rubio sin separarse de él.
Así fue como los encontró Ginny Weasley.
- ¿Qué haces aquí Harry? – le preguntó entrando tranquilamente cargada de un arsenal de diversos elementos de tortura, inmune al fuego que había provocado.
- ¿Qué estás haciendo tú aquí? –preguntó Harry paralizado -. ¿Cómo has entrado a Azkaban?, qué es lo que…?
- Tengo un permiso firmado directamente por el Ministro de Magia. Y Malfoy está a mi cargo… - Sin realmente preocuparse por el auror, la pelirroja murmuró un hechizo y los grilletes desaparecieron del suelo.
- ¡¿Qué mierda crees que estás haciendo? – gritó. Le hubiera gustado plantarse delante de ella y exigirle una explicación, pero no podía abandonar al platino que estaba en sus brazos. Se movió un poco, colocándose casi encima del desfallecido mago, protegiéndole.
- Oh Harry, la idea es hacerle hablar – dijo sin inmutarse-, y la única forma de hacerlo es quitarle sus regalías – sentenció la pelirroja-. Diffindo – murmuró, y la alfombra se volvió trizas. – Incendio – dijo y la túnica que el moreno le había regalado se convirtió cenizas-. Veo que aún no lo sabes, Harry; debido a tu lentitud, y tu…extraño interés en Malfoy, te sacaron del caso. La Orden del Fénix decidió que yo trataría con Malfoy desde ahora.
La mano de Harry fue rápidamente hacia la varita en su túnica. La mujer frente a él era su amiga, fue su novia y era parte de su familia, pero la mirada desquiciada que tenía le dejaba claro que no podía ponerse sentimental, ella era un peligro, y él un auror.
- Bueno Harry, muévete – exigió Ginny volteándose hacia él. Vio como aquella mano se hundía en la túnica y aquello la encolerizó-. Accio varita – pronunció con furia. La varita voló hacia ella, y antes de que Harry tuviera tiempo de hacer nada, la habilidosa hechicera prosiguió-. Depulso.-
El auror voló unos cuantos metros y se estrelló contra los pedazos astillados de la silla. Gimió de dolor al sentir como golpeaba contra la fría piedra, su mirada se oscureció unos segundos, cuando pudo volverla a enfocar Ginny ya estaba frente a Draco, su mareo se acentuó al ver la escena…
- Muy bien, Levicorpus. – Con un giro de varita Draco fue levitado, un movimiento brusco de muñeca estampó el cuerpo del rubio contra una cenicienta pared. Del muro surgieron igual que amenazadoras manos, los grilletes que la pelirroja había llevado, se los colocó en muñecas y tobillos, haciendo que la figura del platino formara una perfecta estrella colgada a un metro del piso -. Ennervate – el hechizo impactó en el pecho del preso haciéndolo removerse incómodo al principio, para luego abrir los ojos y mirar horrorizado la escena de la cual era protagonista-. Ahora vas a hablar, Crucio – el rubio se retorció de dolor.
Los gritos de Draco parecieron lograr que la nube en la cabeza de Harry se disipara un poco. Se levantó con esfuerzo, dispuesto a arrancarle a Ginny su varita, pero el terrible chillido del platino le hizo cambiar rápidamente de objetivo.
Fue hasta la pared y tironeó con fuerza de las cadenas que sujetaban al hombre, nada pasó. De repente, como si una luz se prendiera en el cerebro de Harry, éste recordó su segunda varita, se agachó para tomarla cuando un hechizo de Ginebra le quemó ligeramente los dedos.
- Harry, no interrumpas el interrogatorio – le regañó la chica-. ¡Expulso, Fumos, Incarcerous! – gritó en su dirección. Harry fue arrojado nuevamente hacia atrás, la burbuja de aire a su alrededor se rompió y una gran cantidad de humo lo cubrió nublándole la vista y haciéndole toser y lagrimear. Se movió a tiempo para evitar que las cuerdas lo atraparan, pero eso no le ayudaría mucho.
Los ojos de Harry se ensombrecieron de ira.
- ¡Fumos Finite! – el humo a su alrededor se disipó al instante, permitiéndole ver a su amiga torturando a su…a su… "No hay tiempo para eso" se dijo y en menos de un suspiro tenía su segunda varita en su mano-. ¡Envertestatil! – hechizó en dirección a Ginevra, pero ella lo había visto por el rabillo del ojo.
- Cave inimicum - se hechizó a sí misma, y el maleficio rebotó en un duro escudo a su alrededor. – Ya basta, Harry, no me quiero enfadar contigo. Accio varita, Glacius – conjuró y capas de hielo surgieron desde la madera cubriendo el suelo que el moreno pisaba y sepultándolo hasta la cadera en un instante. – ¡Y tú, hurón, mira lo que has provocado, has puesto a Harry en mi contra! ¡Metamorphic Tormentis!
En su entrenamiento de auror conoció esa maldición, había leído sobre sus efectos, pero tenían terminantemente prohibido usarla… a riesgo de secuelas permanentes. Conjurarla sobre un animal provocaba que su sangre se transformara en un extraño y espeso líquido negruzco que, mientras más tiempo pasaba, se solidificaba y enfriaba. El animal moría en cuestión de horas sin la contramaldición, a simple vista parecía estar pefrificado.
Pero en el caso de los humanos el efecto era diferente: el cuerpo entero cambiaba, de adentro hacia fuera, transformando la figura humana en una animalesca, al contrario que los hombres lobo el cuerpo no se acostumbraba. Literalmente una nueva criatura nacía en la persona, utilizando su sangre, sus órganos, sus huesos, reventando su estructura. Generalmente la persona moría antes de que la transformación se completase, y sólo algunos habían sobrevivido a ella, con notorias secuelas físicas y mentales.
Harry supo que Draco moriría cuando sus ojos cambiaron de color y su piel se volvió escamosa.
- ¡Estás loca! ¡Para, vas a matarlo! – Gritó el moreno, desesperado. Tenía que sacar a Draco de ahí, se veía cada vez peor y la maldición que infestaba sus venas no tardaría en llegar a su punto álgido.
- Mejor aún, Harry, un delincuente menos del cual preocuparse. Además no necesitamos su confesión: cuando muera podremos sacarle sus recuerdos… - La sádica frase de la chica quedó inconclusa cuando fue azotada brutalmente contra una de las paredes y cayó desmayada. Las cadenas y grilletes desaparecieron y el platino fue a dar al suelo.
El hechizo que apresaba a Harry se disolvió y él corrió hacia el rubio, le sostuvo con delicadeza y le llevó de vuelta al catre. Entonces lo vio, Erianor estaba en la puerta varita en mano, con sus profundos ojos celestes luciendo en extremo peligrosos.
- Vamos a tener que movernos rápido, Potter. Necesito sacarle de Azkaban… ya no es segura para él – dijo rápidamente mientras se acercaba y revisaba los signos vitales del rubio. Harry se maravilló al ver cómo sin necesidad de contrahechizo, Draco lentamente recuperaba la tersura y suavidad de su piel. Extraño -. Coge tu varita y sígueme – ordenó con una floritura de su muñeca haciendo que las varitas de Harry volvieran a sus manos.
El tiempo pareció moverse más rápido para Harry, el jefe de Hermione, Erianor, ni siquiera necesitó un permiso firmado por el Ministro para sacar a Draco de la cárcel, sino que ya lo tenía, estaba firmado por Scrimgeour. Harry pudo leer la nota, el doctor sólo parecía interesado en el platino, por lo que no se molestó en ocultarla. El ex Ministro ponía:
"Cualquiera de los 'testigos' está avalado por el Ministerio de Magia y el Ministro en función para proceder con la liberación del protegido Draco Malfoy cuando lo considerara necesario. (…) Yo, el Ministro de Magia Rufus Scrimgeour, declaro a Draco Malfoy como Protegido del Ministerio; cualquier causa o sospecha en su contra deberá ser cerrada a la brevedad y los expedientes borrados (…)"
Harry arrugó la frente, ¿qué demonios ocurría allí?
Demoraron cerca de media hora en salir de cárcel. Draco se revolvía entre las manos de Erianor y Harry no estaba seguro de si estaba cumpliendo correctamente su papel de auror…quizás debería pedir explicaciones, pero todo podía esperar, Draco era más importante.
Fuera, un antiguo carruaje tallado en madera y tirado por hipogrifos desentonaba ante el gris rocoso de Azkaban. Aquella carroza tenía grabada miles de símbolos, pero el auror no reparó en ellos, sino en la figura que parecía esperar al doctor a su preciada carga.
- ¿Está bien? – preguntó la figura. Harry le miró con atención, había cambiado mucho, se veía más maduro, sus rasgos se habían hecho más duros, aunque su cabello castaño oscuro y sus ojos miel, lo delataban: Theodore Nott.
El hombre no había reparado en su presencia, o si lo hizo no dio señales de demostrarlo. Rápidamente ayudó al doctor a entrar en el carruaje a sus espaldas. Acomodaron a Draco, y terminaron subiendo Harry y Theo al final. El viaje fue tranquilo, Harry se centró en la reacciones de Draco, se veía pálido y se agitaba cada cierto tiempo, aunque su brazo ya estaba curado.
- ¿Por qué te sacaron de la misión Potter? – preguntó de pronto el doctor. Nott parecía al tanto, porque no mostró reacción alguna
- ¿Cómo saben? ¡¿Ustedes son parte de la Orden de Orión? – Erianor sonrió misterioso.
- Tu destino y el de Draco siempre han estado unidos. – El doctor pasó una mano por la frente del platino-. Vas a protegerle con tu vida – aseguró, pero no era una orden, el tono usado era más bien el de un consejero.
- No entiendo – musitó. Theodore recién le miró, parecía estar mordiéndose la lengua por preguntar algo, Erianor le asintió como concediéndole permiso.
- ¿Blaise Zabini está con ustedes, verdad?
- ¡Él les informó! – acusó Harry sintiéndose traicionado, pero Nott negó rápidamente.
- Luego de la guerra no volvimos a saber de él, estamos preocupados, Blaise es nuestro hermano y sólo quiero saber si está bien. – Aclaró sin rastro de burla o ironía en su voz.
Harry estaba tenso, no sabía qué decir y qué pensar, sentía que en cualquier momento caería en una trampa, se sentía acorralado; ya no sabía quién era amigo o enemigo… ni siquiera tenía claro el papel que cumplía la Orden de Orión, ¿eran realmente enemigos?
- Está embarazado – dijo el doctor con calma-. Hace poco lo llevaron a mi consulta, casi me desmayo al verle de nuevo. Está bien, algo débil por el embarazo pero bien, fuerte y feliz. – Pareció que iba a agregar algo pero un brusco movimiento en el carruaje les avisó de su arribo-. Ya llegamos.
Los tres bajaron del carro, y un chico que Harry conocía corrió a los brazos de Theodore Nott y le besó con una pasión poco común en Neville Longbottom.
- Hola Harry –le saludó cuando soltó a Nott-. No me mires así, no estoy traicionando a nadie - regañó al ver la acusadora mirada de su amigo-. ¿Le habéis traído? – Theodore levitó al platino con mucho cuidado y los cuatro caminaron rumbo a la enorme mansión al final del camino. Neville se puso a su lado-. Sé que debes pensar que te estoy traicionando, pero no es así. Te quiero y te respeto Harry, pero Theo es mi marido. – La incrédula mirada del moreno le hizo sonreír-. Hace unos meses – comentó-. Respecto a la Orden de Orión, te gustará. Ayudan a la gente pero sin que ella lo note, son bastante tranquilos y muy unidos, ya verás.
Efectivamente, al ingresar a la mansión vio a varias personas sentadas alrededor de un comedor de proporciones dantescas. Habían varias mesas, jugaban o ajedrez o al go, algunos leían, otros veían las partidas de sus compañeros, todos tranquilos y relajados.
Ni el doctor, ni Theodore, ni Neville saludaron a nadie en especial, y todos caminaron por anchos corredores. Harry alcanzó a ver un trozo de una inmensa biblioteca, aún más grande que la Hogwarts, envidia de Hermione sin lugar a dudas.
Subieron por una escalera de mármol blanco, Harry estaba tan absorto apreciando la belleza que lo rodeaba que no notó cuando entraron a una lujosa habitación de colores claros. Nott recostó a Draco en la cama con la misma delicadeza con la que lo había estado tratando.
- Creo que no vas a querer dejarle Potter, así que los dejaremos solos. Draco debe descansar –Theodore se despidió de Harry y Erianor, dándoles la mano. Neville avanzó hacia Harry y le abrazó.
- Si no quitas los prejuicios y no tratas de entender, veras todo negro. La guerra ya acabó y nadie quiere matarte o hacerte daño – aseguró sonriéndole-. Cuida a Draco. –Diciendo eso salió de la mano de su marido que lo esperaba en el umbral de la puerta.
Harry se quedó mirando la madera tallada por varios segundos, intentando dilucidar algún mensaje oculto en las palabras de Neville. Cuando volteó Erianor revisaba los signos vitales del rubio, cuando dio al fin el visto bueno, le despertó.
- Nh…
- Tranquilo cariño – susurró abrazándole con delicadeza. Draco se agitó sudando frío -. Tranquilo, ya estás bien, estás en casa. – Acarició con cuidado sus hebras doradas y las peinó con sus dedos hacia atrás. Draco abrió los ojos al reconocer la voz, se tranquilizó pero no sonrió, simplemente siguió mirándole con aquellos ojos acerados, inescrutables -. Les traeré algo de comer – diciendo eso el doctor se levantó y salió de la habitación. Harry se acercó a la cama del platino, quien se dejó caer en las almohadas.
- ¿Estás bien? –Harry tomó una de sus manos sin pensarlo; al instante sus magias volvieron a envolverlos. El rubio suspiró con calma, dibujando una pequeña sonrisa en los labios.
- Sí, gracias. -Draco miró a la ventana, parecía reconocer el lugar donde se encontraba-. No quería venir aquí…
- ¿Preferías la prisión?
- Me daba la sensación que estaba cumpliendo una misión, o pagando por lo cruel que fui con mucha gente. - Suspiró resignado-. Aquí… ellos piensan que estoy elegido para algo, esperan algo glorioso de mí. – Se cubrió la cara con las manos, en un gesto desolado-. Pero sólo soy una persona normal, no tengo más poderes que nadie, no tengo habilidades especiales, no tengo nada. – Las lágrimas cayeron libremente por su rostro, trazando ríos de miseria. Harry no podía no sentirse representado, él mismo había pasado por eso-. Algunos me llaman Orión, pero la verdad es que yo no me siento capaz de realizar todo lo que ellos creen que puedo hacer. Se los dije pero no me creen, dicen que me falta tiempo. ¡¿Tiempo para qué? Para que se den cuenta que soy inútil y me echen de aquí, ni siquiera sé invocar un Patronus… Creí que la prisión sería mi momento de penitencia, donde aprendería a ser el mago genial que ellos anhelan. – Gimoteó tratando de reprimirse. Harry le dejaba hablar, ¡cómo le hubiese gustado a él tener a alguien que le escuchara! -. Pero no fue así, lo único que me hace anormal son los desniveles de magia, que más que ayudar me dejan al filo de la muerte. – El moreno le abrazó, permitiéndole desahogarse en su pecho, conteniéndolo.
- Créeme, sé lo que se siente – le dijo acariciando sus cabellos.
El rubio hipó en desacuerdo y poco a poco su llanto cesó. El moreno le limpió las lágrimas con los pulgares, sosteniendo delicadamente su rostro entre sus manos. Sería tan fácil besarlo, pero Harry no se aprovecharía de la debilidad del otro.
- Tú siempre hiciste cosas geniales. ¡Con once años venciste a Voldemort! - Draco recostó la cabeza en uno de los hombros de Harry-. Siempre has destacado, en Defensa contra las Artes Oscuras en tercer año, ya hacías Patronus corpóreos.
La posición era tan cómoda que se esforzó por recordar cuándo se había sentido así de bien y tranquilo, nunca. Sus magias se unían y separaban en una danza ritual de goce interminable.
- Recibí mucha ayuda, Hermione, Ron, los Weasley, el ED…
- Yo quería formar parte de ED –interrumpió el joven. Harry le miró asombrado, Draco se explicó-. Mi padre tenía que protegerme… a Orión, al elegido –dijo con sorna-. Por eso, para que Voldemort no notara mi presencia, no debía llamar la atención. Debía despreciar a los Gryffindor y a todos los que se supiera, hubieran ayudado a la caída del Lord en la primera guerra. – Harry estaba impresionado, tal vez, nunca había conocido al Draco real, tal vez el rubio era una coral entre serpientes, tal vez tenía más pieles de las que ostentaba-. Le pedía disculpas a Theo y Blaise todos los días en mi habitación por lo cabrón que estaba siendo, pero ellos parecían entender el propósito, nunca me reprocharon nada. – Suspiró melancólico-. De veras tenía ganas de que me enseñaras. –Harry sonrío, cómo le hubiera gustado conocer a esa persona antes, ser su amigo.
- Les traje algo de pastas – anunció Erianor ingresando en la habitación-, y varios dulces. ¿Interrumpo? – preguntó con una chispa de diversión en sus ojos. Draco tomó la bandeja.
- ¿Theodore estuvo aquí? – preguntó cambiando el tema.
- Así es, me dijo que luego te vendría a ver junto con Neville. Quiere saber si puede hablar con Blaise…
- ¿Va a venir Blaise? ¡No puede…! – se respondió el rubio-. Weasley es capaz de encerrarlo o dejarlo si lo ve con nosotros, es mejor que no venga. Erianor, dile a Theodore que no haga nada.
- Sé que ya le envió una carta, su marido no se molestara por eso, ¿o sí? – La expresión del rubio fue su respuesta-. Veré que puedo hacer –volvió a salir de la habitación.
- Ron no lo dejaría nunca, es súper dependiente de él –afirmó Harry tomando el plato de lasaña que Draco le extendía-. Lo ama demasiado.
- Tu amigo es un cabeza dura. Puede que lo ame, pero no estoy seguro de que no lo echaría. Tal vez lo hace y después se arrepiente, es impulsivo. La verdad me gustaría verle, pero no quiero darle problemas a Blaise – suspiró.
- Lo conoces bastante, pero te aseguro que con Blaise es distinto –sonrió Harry comenzando a comer en silencio, el rubio lo imitó.
- Me gustabas –dijo Draco de repente. La mano de Harry junto con el tenedor, se congelaron a medio camino de su boca. No dijo nada, sin embargo no había rechazo en sus ojos, sólo asombro-. En la escuela; sabía que no podíamos ser amigos, por eso de la protección y otras mierdas. Nunca me acerqué buscando nada, pero siempre te observaba y envidiaba a Granger y a Weasley por poder estar a tu lado. Creo que por eso fui más cruel con ellos que con nadie más. – Tomó una porción de chocolate, embarrándose los rosados labios-. Por consiguiente aprendí a conocerlos en la distancia – lamió sus labios y siguió-. Qué irrisorio, ¿no? – La sonrisa de Draco era todo menos feliz, y Harry sintió unos enormes deseos de besarlo para borrarla de su rostro-. Estoy cansado, voy a dormir un rato… pero no te vayas – le pidió suplicante-. Aquí puedes encontrar toda la información de la Orden de Orión que quieras, para que la lleves a la Orden del Fénix.
- ¿No te molesta que haga eso?, es como una traición – Harry le quitó la bandeja y le ayudó a arroparse.
- No, según tengo entendido ustedes sólo quieren saber si somos o no una amenaza, pues aquí veras que no lo somos. Ellos sólo quieren que Orión les guíe – ante la última frase Draco se sintió realmente miserable.
- Tranquilo. – Le acarició el cabello-. Si quieres te puedo enseñar los hechizos que sé, te puedo convertir en un gran guerrero – prometió el moreno-. En mi casa tengo hasta un centro de entrenamiento…
- ¿En serio? –Draco se giró rápidamente, impresionado-. ¿Me ayudarías a ser menos miserable? – Harry sonrió, se habría carcajeado si no fuera porque el rubio se mostraba realmente afectado.
- Sí, hablo en serio. – El moreno se acostó a su lado sin apenas rozarle-. Estaré aquí hasta que te duermas, luego iré a investigar –le dijo mientras le abrazaba. Draco pegó completamente su espalda al pecho de Harry y dejo que éste acariciara su cabello y sus hombros. Con tal arrullo el platino quedó rápidamente dormido bajo la embobada mirada del auror.
Draco había dicho que él le gustaba, aunque… lo había dicho en pasado, tal vez ya no era así. Pero tal vez sí, suspiró siendo apenas consciente del cansancio que arrastraba, y simplemente cerró los ojos y se dejó envolver en la paz que ambos se brindaban.
Despertó al sentirse observado, aún tenía al rubio entre los brazos, pero contrariamente a lo que le paso al despertar la mañana anterior, no se sintió en peligro, sino todo lo contrario. Giró su cabeza y se encontró con Theodore Nott revisando los signos vitales de Draco.
- Lamento despertarte – saludó mientras escribía en una agenda-. Él parece estar mejor – pensó en voz alta, se quedó mirando unos segundos a Harry y luego optó por sentarse frente a éste-. Háblame, debes tener muchas preguntas.
- No sé si puedo confiar en ustedes – dijo simplemente el moreno-. Durante la guerra aprendí a desconfiar, a no ser tan incauto. Incluso la gente a mi alrededor me mentía, ¿cómo podría confiar en ustedes?
- Dices eso, pero no has soltado a Draco desde que han llegado a la casa, ¿en él sí confías? – El moreno se sonrojó y Theodore tomó aire. Hablar con los leones requería tiempo y mucha paciencia, él lo sabía mejor que nadie, se había casado con uno-. No confíes entonces, Potter, si así las cosas se te dan más fácil. Tienes razón al decir que nosotros no te hemos dado pruebas de buena fe –dijo sencillamente-. Sólo deja que las cosas pasen, te pido que no te cierres a la posibilidad, mantén la mente abierta… y cuídalo mucho. – Apuntó al chico aún dormido-. Draco sufrió mucho durante la escuela, muchas veces el chico con el peleaste no era él; Draco caía enfermo y Blaise y yo solíamos disfrazarnos de él – Harry abrió los ojos sorprendido-. Sé que Draco debe habértelo dicho, pero si quieres ir a dar un paseo por la casa eres libre de ello – Sonrió apenas-. Ya debo irme, tengo cosas que hacer – Se levantó de la silla donde había estado y salió de la habitación. Harry no sabía qué pensar, miró al rubio dormido entre sus brazos y sólo pudo sonreír con una enorme cara de bobo.
Cerró los ojos con remordimiento, no sabía en qué creer. Una ráfaga de viento le hizo abrir los ojos a tiempo para ver cómo se removía la cortina y mostraba un antiguo jardín.
Harry se quedó pasmado, ese era el jardín de los recuerdos de Blaise, pero esa definitivamente no era la casa ¿Era posible que hubieran remodelado completamente la mansión?
Se levantó sin mucho cuidado y se asomó por la ventana. El jardín estaba igual, reconocía el lugar donde supuestamente Blaise jugaba junto al enorme dragón, pero la mansión definitivamente no era la misma.
- ¿Pasa algo? – preguntó el rubio abandonado en la inmensa cama. Harry salió de sus pensamientos y se giró hacia el platino, quien le observaba con la mirada confundida y nublada por el sueño. Se veía cansado y aún así tan bello.
- Esta casa, ¿hace cuánto se construyó? –pregunto al fin, cuando pudo dejar de contemplar al otro, Draco se estiró felinamente y bostezó.
- No lo sé exactamente, esta casa lleva centurias aquí, es la mansión Nott – le respondió -. Todo lo que sé es que se construyó cuando los Nott migraron de Rusia a Gran Bretaña, de eso hacen ya varios siglos – le informó acurrucándose entre las sábanas. Harry fue a su encuentro, se tapó y se acercó lo suficiente para hablar en quedos susurros y ser escuchado. Draco se acomodó en su pecho.
- Pero yo vi… - el rubio le miró con una sonrisa divertida en los labios.
- Así que no eres tan mal auror – picó con travesura-. Estuviste husmeando en los recuerdos de Blaise. – No era una pregunta y Harry se sonrojó-. Me pasa lo mismo que a él, mis recuerdos tienen el mismo problema. Estoy en un jardín, ese jardín – apuntó hacia a la ventana-, pero los recuerdos que tengo de la casa no calzan con esta. Mi padre decía que es normal, que nunca estábamos mucho tiempo en el mismo lugar, por lo que era probable que se me mezclaran los lugares. La mente de un niño es fácil de confundir –dijo finalmente-. Lo cierto es que nunca he vuelto a ver la casa donde conocí a Blaise y a Theodore – Harry jugó con sus cabellos, el rubio casi ronroneó.
- Puede ser – aceptó-. ¿Recuerdas algún dragón dorado? – La risa de Draco inundó la habitación y Harry se sonrojó aún más.
- Eso fue pura maldad – su acompañante le miró intrigado-. El abuelo de Theo, Tabit, tiene la estatua de un dragón… más allá – dijo señalando el jardín-. Desde aquí no sé la distancia. Pero el dragón es enorme, y nosotros con los chicos solíamos – la risa del rubio era jovial y contagiosa-. A veces tengo sueños donde veo al dragón moverse, supongo que a Blaise le pasaba igual. – Harry de cierta forma sintió que el platino no le estaba mintiendo, pero aquello no le cerraba-. Tabit se molestaba mucho cuando veía a su imponente dragón, coloreado, – volvió a sonreír-. Él cree en el mito del Dragón Dorado, el Señor de los Dragones, que camina entre nosotros sin que lo notemos y esas leyendas viejas. Por eso pintábamos al dragón de dorado y le decíamos "abuelo, encontramos a tu dragón" – rió de vuelta-. Husmear en los recuerdos de los niños suele resultar en una mezcla extraña de sueños y realidad, me pasó igual cuando revisé los míos.
Harry suspiró frustrado.
- Ven, – le ayudó a levantarse-, vamos a dar una vuelta por el jardín – El rubio asintió. Ambos se abrigaron, afuera hacía frío, y caminaron del brazo ya que el rubio seguía bastante débil por los crucios de la pelirroja.
- Ahí –señaló el rubio después de varios minutos de caminata y trató de apurar el paso. Harry pudo verlo, a la distancia entre tupidos árboles se alzaba la inmensa estatua dura y pulida de un dragón. Harry pensó que para un chico seria fácil pensar que era real, pues hasta tenía un sistema mágico para crear la ilusión de que movía la cabeza.
- ¡Qué lindo!, hubiera sido genial montarlo siendo un niño –Draco asintió repetidas veces.
- A mí me gustaba echarme a dormir entre sus patas – relató soñadoramente-. Me hacía sentir seguro.
Harry se le quedó viendo maravillado, y Draco se sonrojó al notar el escrutinio del otro. Se acercaron muy lentamente, podían ver el halo de sus respiraciones mezclándose, sus magias seduciéndose y sus labios tan cerca… cuando sintieron que alguien les llamaba.
Neville corría hacia ellos.
- ¡Chicos! ¡¿Draco estas bien? –preguntó preocupado-. No me hagáis correr así, Erianor se puso histérico cuando entró al cuarto no les vio, está preocupado por tu salud. Venga, volvamos. –Draco asintió y miró algo triste a Harry quien les siguió desde atrás, Neville llevaba al rubio agarrado del brazo.
En su solitaria caminata de regreso pudo observar el tizne gris que cubría los campos, ciertamente se notaba que el enorme y frondoso jardín había tenido tiempos mejores.
De espaldas al tupido bosque no pudo notar como los ojos del frío dragón pestañaban girándose hacia él…
