Aquí va el segundo capítulo. Lo escribí riendo. Un poco de humor no hace daño. Espero que hayáis disfrutado de la lectura.
Título: TERESA
CAPÍTULO 2
Viernes, 14 de julio de 1950.
Anotación histórica: Se constituye en Barcelona la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (SEAT)
Se despertó bruscamente de su ensoñación al recibir un suave codazo en su brazo derecho. Malhumorada, se giró y se disponía a lanzarle una mirada nada amistosa. Pero, al leer la disculpa en las suaves facciones del pasajero, se contuvo y se forzó a sonreírle. Percibió que el pobre parecía estar apenado por despertarla. Ya más serena, se fijó en que era un joven moreno... y realmente apuesto. Tenía un cuerpo atlético. Debía rondar unos veinticinco años. Le recordaba vagamente a un galán italiano que había visto en rarísimas ocasiones en el cine de la capital. Se lamentó de no dedicar unos minutos de su viaje al joven pasajero. Se aclaró la mente y dijo:
- Dígame.
- Le ruego me perdone. No quería importunarle.- se excusó - Pero verá, usted comentó a ese señor que bajaba en Torre de Ríos. Me dio la impresión de que no oía los avisos. Le hago saber que, en cinco minutos, la siguiente parada es Torre de Ríos. - explicó parsimoniosamente.
Ante tal noticia, Teresa se levantó tan precipitadamente que espantó al joven sorprendido. Se maldijo por cruzarle el pensamiento de soltar unos cuantos improperios por la interrupción que había hecho con buenas intenciones.
- ¡Dios, muchas gracias, señor! Estaba ida. - se disculpó.
Sin perder tiempo, asió su maleta que recostaba a su lado. Antes de salir del compartimiento, agradeció de nuevo el amable detalle del pasajero.
- Gracias por avísarmelo. Que tenga un feliz viaje, señor. Y a todos ustedes.
Dicho esto, salió sin percatarse de que dejó al pobre con la palabra en la boca. Recorrió con un caminar rápido por el pasillo hasta encontrar la puerta de salida. Dejó la maleta al suelo mientras esperaba la llegada. "¡Por fin!" Pensó ansiosa, notando cómo su corazón latía fuertemente contra el pecho. Se moría de ganas de ver de nuevo a sus queridos padres, a quienes había echado mucho de menos durante su estancia en Madrid. Le habían concedido el primer permiso especial de quince días. No dudó ni un segundo en aprovecharlo para regresar a la Villa Fortuna haciendo la primera visita familiar en cuatro años. Sentía unos deseos fervientes de sentir de nuevo el cuerpo acogedor de la buena de su madre y los brazos firmes de su padre. Quería volverse a sentir como en casa. Tantas cosas tenía que explicarles.
Casi perdió el equilibrio cuando el tren frenó bruscamente anunciando la llegada a la estación 'Torre de Ríos'. Estaba desbordada por la certeza de que sus deseos habían dejado de ser deseos para ser reales. ¡Ya estaba ahí! Después de unas interminables cinco horas de recorrido en tren. Cuando uno de los supervisores abrió la puerta para permitir la salida de los pasajeros, asió con las dos manos sudorosas la pesada maleta y saltó al andén. Cerró los ojos mientras una brisa le acariciaba la cara, dándole la bienvenida al pueblo. Su cuerpo, castigado por los ruidos y suciedad de la ciudad, se renovaba aspirando todos los elementos de la naturaleza. El fuego ardiente del sol, la tierra virgen, el aire puro y la humedad de los ríos.
Cuando sus pulmones hubieron acabado de llenarse de ese cóctel reconstituyente, abrió los ojos y echó un vistazo alrededor suyo. Aparte del supervisor, calculó una veintena, entre pasajeros y visitantes que les daban la bienvenida. Sintió una fuerte punzada de envidia contemplando los abrazos apasionados de algunas parejas que se reencontraban tras una larga ausencia. Exhaló un largo suspiro. Sonrió. La escena que tenía ante sí era sumamente conmovedora. Un crío de tres años andaba torpemente con ayuda de su madre acercándose a un viejo, cuyo rostro se iluminó al verlo y que corrió a cogerlo y levantarlo con una vigor más propia de un mozo que de un viejo. Así igual sería ella en cuanto viera a sus padres. No venían a visitarla porque ignoraban que su hija quería sorprenderlos con su presencia en la cocina donde probablemente estarían almorzando.
Se acercó a la recepción para comprar un billete de autocar rumbo a la Villa Fortuna.
- ¿Qué desea, señorita?- preguntó secamente la vendedora, masticando entre sus dientes una pajita.
- Quisiera un billete de autocar para la Villa Fortuna. - Teresa contestó con entusiasmo.
- Señorita, sentimos anunciarle que en estos momentos no se encuentra disponible esta línea por motivos técnicos - contestó aburrida sin el menor asomo de pena por el contratiempo.
Aquello le cayó como un jarro de agua fría. Se contuvo de ganas de propinarle una bofetada a la cara grasienta de la mujer.
- ¿Tiene la amabilidad de decirme cuándo se retoma la línea? - preguntó fríamente.
- No tenemos ninguna garantía de que se retomara la línea. Por favor, diga qué es lo que quiere, que hay gente esperando. - argumentó con impaciencia.
Sintió cómo en su interior empezaba a sonar la bomba de relojería, a punto de estallar. Se giró y observó que sólo había un par en la cola, esperando su turno. "¿Qué hago?" -pensó para sí misma- "A mí nadie me va a dejar tirada. Pero no puedo quedarme aquí todo el día." No le hacía ni la menor gracia la idea de caminar dos horas hasta la Villa Fortuna. Sola bajo el despiadado sol. Sabía que sería totalmente inútil razonar con esa mujer quien no le inspiraba ninguna simpatía. Cogió la maleta y salió de la cola sin mediar palabra alguna con la vendedora. Dobló la esquina y se paró frente al cartel donde mostraba toda la información de las líneas de autocares. Tras cinco minutos, sólo confirmó sus peores temores. No había ninguna línea alternativa. Su sangre se hervía de ira. Sus ojos se aguaban, a punto de dar rienda suelta a la frustración. Sin saber qué hacer, cogió la maleta y caminó sin rumbo. Hasta que notó cómo el peso de la maleta se aligeraba. Se maldijo una y otra vez al contemplar atrás la ropa esparcida por todo el suelo. "Todas las desgracias vienen juntas", pensó lúgubremente. En su interior, la bomba de relojería anunció finalmente la hora de explosión. Su víctima fue un coche aparcado frente suyo. Ignorando la maleta y la ropa caídas sobre el suelo, pateó sin cesar la rueda del inocente coche, totalmente impasible ante su furia mientras no cesaba de soltar improperios.
- Mierda, mierda, mierda.
- Vaya, es usted. Parece que nos volvemos a encontrar.
Se pegó un brinco al oír la voz ronca detrás suyo. Se giró de inmediato y se quedó paralizada al reconocerlo. No era otro que el mismísimo pasajero del tren quien amablemente le avisó de la parada. Oyó una voz femenina detrás del joven moreno, que claramente no estaba solo.
- Ostras, pero qué granuja eres, conocía tu gallardía, ¡pero no sabía que traspasara las fronteras! ¿Qué le has hecho como para venir a vengarse de mi coche? - exclamó con falsa expresión de sorpresa, mirándola entre curiosa y divertida a través del hombro izquierdo del joven.
- Oye, no me pongas en duda delante de esta jovencita. - dijo tratando de parecerse serio aunque evidentemente le seguía el juego.
Muerta de vergüenza, no hacía más que mirarlos. Sólo deseaba que la tierra la tragara. No se le ocurrió otra cosa que salvar la poca dignidad que le quedaba, recordándose de la ropa tendida en el suelo. Se agachó para recogerla rápidamente y meterla en la maleta.
- Lo siento mucho. Es que... Autobús...no hay... No sé lo que estoy diciendo. Olvidadlo.- titubeó Teresa, sin atreverse a mirar a la pareja.
- Ah, tranquila, seguro que has tenido un mal día como todos, no te preocupes, te ayudo.- La desconocida habló despreocupadamente, al tiempo que se agachó para ayudarla.
- No, no es necesario. - insistió avergonzada, rechazando su ayuda. Pero la extraña era bastante insistente.
- No seas tonta, no me importa. - respondió. La oyó dirigiéndose a su amigo. - Pedro, puedes pasarme eso al lado de la rueda. Que me ha parecido ver algo.
Accidentalmente, alzó la vista y vio por completo el rostro de la chica desconocida que sólo se encontraba a cinco centímetros del suyo. Consideró que era realmente hermosa. Aprovechando que la chica conversaba con el joven llamado Pedro, examinó las facciones femeninas. Tenía una tez interesante, de color café con leche. Le recordaba ligeramente a una de esas estrellas de cine. Vestida con una estrecha falda larga con botones y una camisa de manga corta, se movía con gracia y elegancia. Su corto cabello era trabajosamente rizoso. Sus ojos castaños claros destellaban chispas. Su nariz era larga y delgada. En su boca se dibujaba una sonrisa sexy, que oscilaba hacia un lado, como sugiriendo algo prometedor. Reparó en que la chica parecía estar conteniéndose de dejar escapar una risita, tapando con la mano la boca.
Queriendo saber qué diantres era lo que le hacía gracia, siguió la mirada de la joven y vio algo que se le heló la sangre. El joven moreno, totalmente sonrojado, sujetaba su sostén sin tener ni la más remota idea de qué hacer con él. Su primera reacción fue patéticamente infantil. Sin pensarlo dos veces, se levantó rápidamente y lo arrebató de las manos del joven, una acción que le hizo despertar de la turbación.
- Disculpa...- tartamudeó Pedro mientras hacía gesticulaciones patéticas- No sabía... No... Yo... coche...
Cabizbaja, se sentía estúpida una y otra vez mientras hundía el sostén detrás de la espalda, deseando hacerlo desaparecer por arte de magia. Sintió el peso de la mirada de la extraña. "Se está riendo de mí. Estúpida, Estúpida, estúpida eres". Se recriminaba mentalmente. Quería escaparse de ahí. Le daba igual si ello le hacía parecer mal educada. Aprovechó la distracción de los extraños para agacharse, guardar la prenda en la maleta, cerrarla y levantarse. De camino a la carretera, se despidió de la pareja sin que les diera tiempo de reaccionar. Esperaba no volver a verlos nunca más.
- Gracias por todo. Debo irme. Adiós. - se despidió.
Pero Teresa estaba equivocada porque un brazo suyo fue agarrado, impidiéndole el paso.
- ¡Espera, no te vayas, mujer! No vamos a permitir que te fueras así. Además, hace un calor espantoso. Te vamos a acompañar.- insistió la joven atractiva.
- No, no, no es necesario. Gracias de nuevo.- negó su ofrecimiento mientras sacudía su brazo apartando la mano de la chica. Reinició su paso, sin girarse.
Pero la chica no cejó en su empeño de detenerla. Corrió y se plantó frente a Teresa obligándola a detenerse. Teresa soltó un suspiro mal disimulado de malhumor pero su gesto no afectó ni lo mínimo a la chica, quien contrariamente sonrió sin mediar palabra. Levantó el rostro y la miró desafiante esperando disuadirla de cualquier intento de acompañarla. No quería que nadie sintiera lástima de ella. Pero la desconocida se mantuvo imperturbable y sin previo aviso tendió la mano, presentándose:
- Me llamo Ana. Insisto con mi oferta de acompañarte.- Teresa sondeaba la mano tendida sopesando si estrecharla o no. Supo que era inútil ignorarla. De mala gana estrechó la mano mientras la chica llamada Ana continuaba en tono amistoso. - No te avergüences del incidente. Todos hemos tenido un mal día. Si te parece bien, para que no te sintieras en desventaja, te puedo contar unas cuantas anécdotas igual de humillantes o peores que las tuyas.- Escuchando su tono desenfadado, una pequeña sonrisa afloró en los labios de Teresa. - Por favor, te lo ruego. Tengo la impresión de que el lugar adonde nos dirigimos está muy cerca de tu parada. ¿Me podrías decir al menos adónde te diriges? - Dicho esto, la miraba con unos ojos de cordero degollado.
Teresa sintió una extraña cercanía con la joven atractiva. Como si la conociera de siempre. Suspiró largamente antes de responder.
- Me dirijo a Villa Fortuna.
- ¡Genial! Muuuy cerca estamos - exclamó felizmente la chica, quien se acercó y asió sus brazos, haciéndole llegar toda la satisfacción que le producía su aceptación a la oferta de acompañarla.
Contagiada por el buen humor de Ana, su propia sonrisa se ensanchó. Percibió vagamente, a su espalda, un ligero balbuceo del joven pero no se concentró más en ello cuando se vio arrastrada por Ana hasta el coche. Ni advirtió el ceño fruncido que lanzó Ana a su amigo, disuadiéndolo de decir nada al respecto.
Sólo podía pensar en lo pequeña que se sentía al lado de una joven hermosa y divertida, que a pesar de su atuendo sencillo no dejaba lugar a dudas cuál era su estatus social, por mucho que quisiera encubrirlo. Saltaba a la vista de que Ana provenía de una familia acomodada. Teresa tenía la enorme curiosidad de saber dónde se encontraba su casa o, mejor dicho, una mansión. Su familia debía instalarse recientemente o hacía tiempo durante su ausencia. Pero no osó preguntarla considerando que había abusado bastante de la generosidad de la chica. Interiormente, sintió un atisbo de pena al saber que por su estatus sería completamente difícil crear una amistad entre ambas chicas.
Ana la sacó de su ensimismamiento, sacudiendo ligeramente el brazo derecho.
- Señorita desconocida - empezó a decir jovialmente - Deja que Pedro te coja la maleta. Para tu información que no has pedido, he venido a recogerlo. Es un amigo nuestro de la familia. Es fantástico que te vengas con nosotros porque cuánta más gente, más nos reíremos, ¿verdad?
Le divertía la expresión de la joven que aguardaba su respuesta afirmativa como si fuera una niña de diez años esperando ansiosa que le dijeran que ya podía abrir el regalo. En ese momento, calculó más de cinco centímetros de altura que la superaba. Era realmente alta, casi a la misma altura que Pedro. Para no alargar más la espera, Teresa asintió con la cabeza y acto seguido su cuerpo se dejó guiar por segunda vez por una excitada Ana. Mientras tanto, Pedro cogió su maleta y la dejó en el asiento de atrás del coche. Era un bonito descapotable de color azul claro. Tenía el capó abierto. Nunca había subido a tal semejante coche. Se despertó del embrujo cuando oyó la voz susurrante a su oído derecho, provocándole un cosquilleo que recorría por la espina dorsal.
- Señorita desconocida. Puede coger el asiento delantero al lado de la conductora fantástica que no es otra que yo. - Ana abrió la puerta del coche e hizo una reverencia cómica en espera de que entrara y se sentara.
Teresa se quedó contemplando entre perpleja y divertida su acto teatral. Pedro, sentado en el pequeño hueco del asiento trasero absorbido por las dos grandes maletas, siguió el juego.
- No le hagas caso. Puedo dar fe de su conducción temeraria. Percibo que usted es lo suficientemente inteligente como para recapacitar su decisión de unirse a una loca.- Pedro frunció el ceño con aire pensativo como si creyera que su decisión de subir al coche era fatalista.
Ante el comentario socarrón de su amigo, Ana le sacó la lengua, fingiéndose estar terriblemente ofendida. Cruzó los brazos y le dirigió una mirada severa.
- Como siga insultándome, le dejo a usted aquí y caminará solo unas dos horas. Eso si no lo mata antes el sol. - amenazó Ana.
- Oh, perdone mi desafortunada insolencia. Retiro todos mis comentarios. ¿Me concederá vuestro perdón, vuestra majestad? - suplicó su amigo.
- Granuja, no insulte mi inteligencia, uno no puede borrar nunca lo dicho y lo hecho. Lo que debe hacer es recompensarme por su falta de modales.
- Vuestros deseos son mis órdenes, mi bella damisela. Os puedo ofrecer una serie de cualidades de la cual humildemente dispongo. Os puedo hacer una hermosa serenata. - Con el puño en el corazón, Pedro habló con una voz fingidamente rota por el pesar que le causaba el rechazo de la chica objeto de sus atenciones.
Entre risas, Teresa contemplaba los intercambios de palabras entre sus acompañantes. Ana se hacía rogar mucho, valorando la propuesta de su amigo para corregir su falta de modales. Tras unos segundos, ésta ya no pudo continuar más con el juego ya que estalló en carcajadas junto con Pedro. En cuanto se recuperó de las risas, Ana dijo:
- Empieza bien usted, señor Granuja. - se volvió hacia ella. - Venga, señorita desconocida, siéntese.
Silenciosa, Teresa pasó junto la puerta que sostenía Ana. Ladó la cabeza a modo de complacencia por su gesto "caballeresco". Como respuesta, recibió un guiño pícaro de Ana. Ambas no pudieron reprimir las risas. Cuando por fin se sentó, Ana cerró la puerta y rodeó el descapotable hasta coger su asiento.
Antes de poner en marcha el coche, Ana se agachó para coger algo en la guantera. Esa acción supuso que le embriagara el olor del perfume caro de la conductora, que hizo cerrar involuntariamente sus ojos. Al abrirlos, se ruborizó ante la mirada interrogante de Ana. Ésta se encogió de hombros y extendió la mano que sujetaba algo.
- Señorita desconocida, le recomiendo que se recogiese el pelo y hágase una cola con esto. Créeme, me lo agradecerá.
Se fijó que era una goma de pelo de color marrón. La tomó, dándole las gracias y se recogió el largo cabello castaño oscuro con la goma. Al acabar, observó que Ana envolvió su pelo corto con un pañuelo de seda y acto seguido se colocó unas gafas de sol que eran bastante estilosas. Con su nueva imagen, Ana se volvió hacia ella con una sonrisa sensual. Le rodeaba un halo de misterio.
Teresa se ruborizó al notar la mirada de la chica que parecía traspasar la barrera de las gafas oscuras. Por segunda vez, le parecía verdaderamente una estrella de cine, un pensamiento que aparentemente compartía el acompañante que miraba bobaliconamante a su amiga.
- La mismísima Grace Kelly ni siquiera está a vuestra altura. Estáis vos preciosa. - piropeó Pedro con descaro mientras la contemplaba con los brazos apoyados sobre su respaldo.
El comentario atrevido provocó un ligero rubor a la conductora, que con una sacudida de la mano le quitó la importancia.
- Granuja, no vaya demasiado lejos. Que acabará haciendo honor a la mala reputación como granuja. - Ana rió algo tensa, sin que se diese cuenta el joven. Su incomodidad no pasó inadvertida a Teresa, que prefirió no decir nada dado que los acababa de conocer. Ana habló lo siguiente en tono divertido. - Señor granuja y señorita desconocida, ¿estáis listos para quedaros deslumbrados con mi arte de conducción?
- Su señor granuja ya se encuentra rendido a sus capacidades aunque sean limitadas.- el joven afirmó comedidamente, haciéndolas reír mientras Ana pegó un suave bofetón a la cabeza de su amigo por su insolencia.
En cuanto el coche se puso en marcha, Teresa se golpeó en la frente y dijo con un tono fingidamente melodramático, decidiendo poner un pequeño grano en la gran actuación teatral de sus acompañantes:
- Sepad que vuestra señorita desconocida tiene un nombre.
- Oh, es bueno saberlo. - respondió Ana con un tono cómicamente afectado. Teresa le propinó un ligero manotazo en el brazo derecho..
- Me llamo Teresa García. - dijo al fin, con una amplía sonrisa.
- ¡Encantado, Teresa! - detrás suyo, exclamó jovialmente Pedro a la vez que extendió una mano.
- ¡Igualmente! - contestó, estrechando la mano.
Entretanto, se percató del silencio extraño de su conductora. Le recorrió un escalofrío por la espalda cuando oyó a Ana repitiendo su nombre como si lo estuviera saboreando y con un tono que no pudo describir con exactitud.
- El gusto es mío, Teresa. - Dijo al fin, sin alterar su posición.
Tras esto, sin previo aviso, el coche se aceleró rugiendo como un loco, lo cual hizo que los copilotos gritaran de terror mientras sus espaldas rebotaban violentamente contra sus asientos.
- ¡Lo que decía yo! ¡Las mujeres al volante son un peligro! ¡Estáis rematadamente locas!- Pedro gritó entre asustado y enfadado, aferrándose al reposabrazos como si fuera su salvador.
En cambio, Teresa se unió al ritmo de las risas estruendosas de Ana. Se miraron un instante. "Definitivamente, procedemos de planetas diferentes", pensó para sus adentros con una punzada de pesar. No era lo suficientemente ingenua como para saber que una vez llegada a su destino, sus caminos no cruzarían de nuevo. Decidió disfrutar al máximo su corto viaje con sus acompañantes que resultaron ser sumamente divertidos y extravagantes.
