Título: TERESA

CAPÍTULO 3

Viernes, 14 de julio de 1950.

Anotación histórica: El 5 de julio de 1950 sepromulgó la Ley del Retorno, confirmando el derechode todo judíode vivir en Israel

- ...Se escandalizaron al verme disfrazada de romana, es decir, corta de ropas según las normas de la fiesta entre comillas. Digo fiesta entre comillas porque el día anterior me anunciaron una fiesta a las cuatro de la tarde. Y claro, pensé que era una fiesta normal con disfraces que hacíamos a menudo. Pero no, se ve que ahí las fiestas a las cuatro de la tarde son los que llamamos meriendas. De té y pastas, en Inglaterra. Así que imaginadme ahí, plantada y corta de ropas, delante de todas las mujeres con sus pamelas ridículas. Parece que mi presencia les sentó terriblemente mal la merienda porque calculé más de un desmayo y unas cuantas pérdidas de libras por el destrozo de tacitas de té. Chicos, para colmo, detrás de mí, se acercó un viejo verde y me pellizcó el culo, diciéndome que para variar ¡ les alegraba la vista! ¿Os lo podéis creer? - exclamó Ana con un tono exageradamente afectado.

Sus interlocutores se retorcían de dolor por las carcajadas que no cesaban a lo largo del relato de las humillaciones padecidas por Ana.

- ¡Dios mío! Me duele horrores la barriga - Teresa jadeó con las lágrimas recorriendo por las mejillas - Todo... por decirte... que era una fiesta.

Nada más pronunciar la última palabra, dio lugar a otra sesión interminable de risas. Ana, más compuesta, continuó con la narración:

- Vale, chicos, vuelvo al tema. Ignoraba que ahí tenían otra interpretación de la palabra "party", que significa fiesta en inglés. Bien, me tenéis ahí plantada en una merienda de té y pasas y corta de ropas a la vista de los señores guarros sin tener ni la puñetera idea de qué hacer. Suerte que el imbécil de mi amigo me sacó del apuro justificando su presencia como un error bastante desafortunado de su mayordomo quien debía llevarme en vez de a la fiesta a la sala del teatro donde teníamos un ensayo. Se lo tragaron o lo disimularon muy bien. ¿Sabéis qué? Tras esto, llegué a una conclusión sobre los ingleses. Su rectitud se debe a su nacimiento doloroso, ¿me entendéis? - al leer la confusión en los rostros, siguió sin demora.- Sí, tengo la firme creencia de que se le meten una escoba por el culo al nacer y por esto, son tan reeeeectos.- irguió la espalda, con un semblante tan serio que les hizo creer por una milésima de segundo en su creencia surrealista.

Cuando se dieron cuenta de la idiotez de la teoría, resonó la enésima risotada, a la cual se unió Ana. Hasta el punto de dejarlos casi mareados.

Tuvieron que pasar unos diez minutos para recuperarse totalmente y disfrutar en silencio la música que les brindaba la brisa junto con el rugido del coche. Pedro tatareando. Ana, con el brazo izquierdo apoyado sobre el borde de la puerta, fumando sin perder de vista la carretera. Teresa dormitando a causa del cansancio producido por los sucesos del día.

La voz de la sensual conductora los devolvió a la realidad anunciando la llegada a la Villa Fortuna.

- Ya estamos aquí todos.

Teresa no se cercioró de cómo Ana remarcó la última palabra "todos" arrastrándola. Estaba tan sumida en sus propios pensamientos maravillándose con las puertas majestuosas abriéndose a modo de bienvenida. Su alma se inundó de emoción y alegría. Había olvidado lo imponente que era la mansión de los señores Rivas. Ni era la más sublime ni la más grande de la región, pero sí la más impotente por el carácter robusto y la ambición sin fronteras que imprimían, en especial, la madera roble, los ladrillos rojizos y los preciosos olivares que custodiaban a cada lado del camino que les conducían hasta la fachada. Era el sello inconfundible del imperio Rivas. Con motivo la mansión recibía el nombre de Villa Fortuna, que era el reflejo inequívoco del estatus actual que habían adquirido los señores Rivas.

Cuando la familia de la segunda esposa del primer don Rivas le legó, por su condición de hija única, unas múltiples propiedades poco provechosas como producto de la decadencia nobiliaria, el señor Abelardo Rivas vio en ello una gran oportunidad para amasar una gran fortuna, vendiéndolas y emprendiendo una arriesgada aventura empresarial. Levantó una empresa de grandes superficies, un concepto algo revolucionario en un mundo hispano muy habituado a la familiaridad del pequeño comercio y bastante reticente a los grandes cambios. Gracias a la sagacidad y la habilidad negociadora del padre del don Ramón que consiguió vencer la infinidad de obstáculos impuestos por el gobierno nacional, esa aventura se tradujo en una gran riqueza y el renombre del apellido Rivas. Actualmente los Almacenes Rivas era regentado por el primogénito, llamado don Ramón Rivas, quien había heredado las capacidades empresariales de su padre fallecido. Formaba parte de los llamados "nuevos ricos".

Teresa sacudió la cabeza despertándose de la somnolencia al notar que llevaba unos minutos sin oír el agradable rugido del coche. Se desperezó estirando los brazos rígidos por la postura inalterable. Contempló anonadada cómo la conductora se quitaba las gafas y el pañuelo de seda. Meneaba el corto y abundante cabello rizoso como si le produjera placer el sentirse libre del molesto pañuelo. Ana parecía haber intuido sus miradas ya que su cabeza giró y posó sus ojos chispeantes sobre los suyos sin mediar palabra alguna. Arqueó la ceja izquierda a modo interrogante y apoyó una mano sobre el brazo izquierdo de Teresa.

- ¿Estás bien? - Ana preguntó preocupada.

- Sí, sí, sólo estoy cansada. Muchas gracias. - aseguró repetidas veces.

Dios, estaba tan avergonzada por ser pillada de ese modo, mirándola abiertamente. Incómoda por el escrutinio visual de la conductora, bajó la vista, contentándose con alisar la falda.

- Oye, Ana, gracias por preguntarme también. Estoy bien por si te interesa. - protestó Pedro, apoyado sobre el respaldo delantero mirándolas con interés.

- Tonto, es nuestra invitada, no te olvides. No nos conoce. Así que es mi obligación interesarme por todo ser que sube a mi adorado coche. - Ana replicó con un tono que dejaba claro que también bromeaba.

- ¿Ah, incluso los mosquitos? Que yo sepa, no les das un excelente trato ya que acaban siendo aplastados contra la ventana. - se burló Pedro, ganándose un manotazo de Ana en su brazo.

Con la incomodidad ya olvidada, Teresa se rió de las payasadas de la pareja. Para ser franca le causaba pereza tener que despedirse de ellos. Pero era consciente que todo principio tenía fin. Se removió inquieta en el asiento y se apeó del coche. Levantó la maleta del asiento de atrás, donde Pedro se encontraba sentado. Cuando dejó la pesada maleta sobre el suelo, dijo con una sonrisa agridulce.

- Pareja, es hora de despedirnos. Muchas gracias por todo. Ha sido un viaje muy ameno.

Pero lo último que esperaba era la reacción de la pareja. En vez de devolverla con una semejante despedida, la actitud de la pareja era un tanto desconcertante. Por un lado, Pedro parecía estar desorientado, mirando detenidamente a Ana como si esperara alguna palabra suya. Por otro, Ana tenía un aire bastante distante, esquivando sus miradas. Se comportaba de un modo extraño... como si fuera culpable de algo. Lo cual sólo hacía más que aumentar su confusión.

Ana carraspeó la garganta antes de hablar.

- Teresa, no sé si oíste el comentario que hice al llegar. Dije que ya estábamos todos aquí. - la joven alargó la palabra "todos" como si creyera que Teresa lo pillaría al vuelo.

Sin embargo, Teresa seguía sin entender ni un carajo. Pedro, que parecía compartir su estado de turbación aunque en menor medida, miraba largamente a Teresa con los cejas enarcadas.

- Ana, no sé qué quieres decir. Te entendí. Dijiste que llegábamos. Y bueno, estoy aquí. Y gracias de nuevo. - respondió con un deje de impaciencia.

En vez de esperar un adiós por parte de Ana, la chica comenzó a golpearse en la frente una y otra vez. Teresa miró ceñuda a Pedro reclamando una respuesta sobre qué demonios estaba pasando.

El joven, apesadumbrado, se encogió de hombros, negando con la cabeza.

Cuando Ana pareció calmarse unos segundos después, inspiró hondo, miró directamente a los ojos de Teresa y se dispuso a abrir la boca pero Pedro se adelantó, hablando lo siguiente con el ceño fruncido.

- Creo que lo que pretende decir es que nosotros también hemos llegado... ¡Auch, Ana! - Pedro lanzó una mirada de reproche a Ana, frotándose el brazo dolorido por el pellizco que le había dado sin piedad.

El joven se volvió e intentó sonreír pero le salió ligeramente torcida a causa de la tensión que le inspiraba su silencio sombrío.

Aquel comentario le cayó como una bomba. Su mente se quedó en blanco. Teresa estaba rígida, parpadeando varias veces, sin poder digerir la información.

- A ver si lo he entendido... Es decir, que también veníais aquí... ¿Pero quiénes sois? - dijo, medio perpleja y medio indignada.

Ana abrió la boca y la cerró abruptamente, sin saber qué decir realmente. Teresa cruzó los brazos y le clavó una mirada furibunda exigiendo sin palabras una inmediata explicación de la situación embarazosa que había causado. La intuición le dijo que lo que diría Ana no le iba a agradar ni por asomo.

Como si hubiera entrevisto que la paciencia no era su fuerte, Ana habló finalmente tras unos segundos de incertidumbre.

- Verás, Teresa, cuando llegamos creía que lo habías entendido a la primera. Quiero decir, cuando dije que habíamos llegado todos. Pero ahora que lo pienso, podía tener varios significados. Claro, me equivoqué al parecer. Todo es mi culpa. - farfulló. - Cuando dijiste que ibas a ir a la Villa Fortuna, me sorprendió y pensé en darte una sorpresa al llegar para anunciarte que también íbamos al mismo sitio.- La voz de Ana se tornaba débil mientras los ojos de Teresa llameaban con más y más fuerza. - Pero veo que no te gustan mucho las sorpresas. - Dijo con un hilo de voz que obligó a Pedro a acercarse para poder oírla.

A Teresa no le hizo ninguna falta hacerlos saber cuál era su respuesta a la "sorpresa". Ana y su amigo empalidecieron, señal de que les quedó muy clara su respuesta, o mejor dicho su falta de respuesta. Pero, para su furia, vio que Ana todavía se obcecaba en proseguir con su explicación, no dejándose intimidada por su semblante severo quien pese a su estatura inferior podía imponerse con sus miradas gélidas.

La niña rica iba a abrir la boca... pero una voz tronadora la interrumpió, sobresaltando a todos.

Teresa se quedó sin aliento al reconocer el timbre grave, profundo y varonil. No se atrevió a girarse, prefiriendo pellizcarse para despertarse de un sueño extraño. No, no lo era. No era un sueño. Sintió un ligero roce en su brazo cuando el joven dueño de aquella voz se posó a su lado con las manos en los bolsillos.

No tenía suficiente coraje para mirarlo directamente. Así que centró su vista hacia enfrente. Algo que tampoco era una excelente idea. Se acordó de que enfrente suyo estaba la maldita Ana. Que era la causante del enredo.

No le pasó por alto que la niña rica no parecía nada complacida con la irrupción del joven. No le cupo ninguna duda de que se conocían, puesto que podía oler la familiaridad aunque tirante entre ellos.

No tardó nada en saber que no iba mal encaminada cuando el joven a su lado habló, ignorante de la situación violenta que estaban experimentado los presentes:

- ¿Qué? ¿No me saludáis? Ven, Pedro, ¿qué no me das un abrazo, amigo mío? ¡Cuánto tiempo sin vernos, hombre! - Sonó entusiasta y a la vez sorprendido por el largo silencio que reinaba.

El saludo sacó a Pedro del estupor. Se inundó de alegría al ver a su amigo. Se fundieron en un estrecho abrazo junto con unas cuantas palmadas afectuosas.

Aprovechando la distracción del resto para no correr riesgo a ser vista, Teresa estudió con detenimiento al recién llegado.

"Tantos años sin verlo". Pensó, sufriendo una especie de vértigo.

Después de aguantar por un tiempo indefinido la respiración, sus pulmones recibieron con alivio el anhelado aire aunque, en cambio, su corazón empezó a palpitarse como un loco. Era la primera vez que lo veía tan de cerca.

Era el mismo hombre que le había estado robando el sueño desde la primera vez que lo vio en el porche diez años atrás. Por algún motivo, le recordaba más alto de lo que era. Aún así, su estatura seguía siendo más que aceptable. De la misma altura que Pedro y Ana. Tras cuatro años de ausencia, pudo notar algunas pequeños cambios en la complexión del joven. Ese tiempo había aportado madurez a sus facciones varoniles, más endurecidos, sin perder la esbeltez de su cuerpo. Sus hombros habían ganado robustez, dejando atrás la juventud ociosa. Lo más destacado era su cabello de color paja que parecía haber perdido buena parte de su brillo a cambio de ganar sobriedad, dándole un aspecto de un gentleman apuesto.

Cuando el joven se deshizo del abrazo, rodeó con su brazo los hombros de Pedro frente a ellas. De nuevo Teresa se olvidó de respirar al perderse en el océano azul grisáceo de los ojos penetrantes. No pudo evitar que su boca dibujara una sonrisa bobalicona, que pareció complacer al joven rubio. Teresa se acordó de pronto de que no estaban solos. Con disimulo desvió la vista. Su corazón saltó de alegría al no detectar ninguna alianza en la mano delgada que reposaba en el hombro de Pedro. Por mucho que su lógica le repitiera que las posibilidades eran inexistentes, su corazón albergaba alguna esperanza. Igual que el dicho: "El corazón no entiende de razones".

Se notaba un tanto cohibida al comprobar que el amigo de Pedro continuaba mirándola sin disimulo. Sin apartar sus ojos, el joven habló aunque iba dirigido a Ana con un tono de indiferencia:

- Ana, gracias por traerme sano y salvo a Pedro.

Teresa sintió un profundo alivio al comprobar que, entre ellos, la evidente familiaridad no había traspasado la frontera de amor. ¿O sí? Era posible que eso explicara el rencor entre ellos. Frunció el ceño ante la idea. Para ser franca, le reconcomía la curiosidad sobre la verdadera naturaleza de la relación que los unía.

Una Ana visiblemente molesta cruzó los brazos y respondió secamente:

- No lo hice por ti. No es sólo tu amigo, sino también lo es mío.

Por primera vez, el recién llegado dirigió la mirada a Ana, sin molestarse a ocultar su antipatía. Pedro, alertado por la tensión entre ellos, intervino con su jovialidad, una cualidad suya que tanto agradaba a Teresa.

- Me siento honrado por vuestro afecto que me otorgáis en público. Ignoraba hasta ahora que había robado dos corazones. - Como respuesta, su amigo le dio un puño inofensivo en el estómago. Pedro fingió doblarse de dolor mientras continuaba. - Perdone, amigo mío, prefiero inclinarme por las atenciones femeninas que me brinda esa señorita, pese a su dudoso arte de conducción.

- Acaba de herir mi ego, amigo mío. - Simuló estar ofendido aunque la sonrisa le delató.

Era evidente que la intervención de Pedro consiguió calmar los ánimos, hasta el punto de que todos se olvidaran de todo lo sucedido y se rieran. Cuando las miradas de las chicas se cruzaron, se sonrieron amigablemente pero tan pronto como Teresa se acordó de la humillación que le sometió con malas artes, se le borró la sonrisa de la boca. Su orgullo herido le impedía olvidarlo. Aún menos perdonarla. Giró el rostro, ignorando a Ana, cuyo semblante se ensombreció al notar su repentino cambio de humor.

Teresa se sonrojó por milésima vez cuando encontró el joven rubio sonriéndole. Se sentía infinitamente halagada por su interés y, al mismo tiempo, insignificante al lado del hombre perfecto. Sin decir que estaba segura que el joven aún no la había reconocido y dudaba que la reconocería en cuanto descubriera su identidad.

Estuvo a punto de desmayarse cuando el joven rubio se apartó de Pedro para acercarse hasta ella. Con las manos en los bolsillos, sonrió y habló dirigiéndose de nuevo a Ana, con la vista puesta en Teresa:

- Querida Ana, ¿acaso has olvidado tus modales para hacernos unas presentaciones como se es debido? Sería todo un honor conocer a tu amiga.

Tremendamente feliz por el interés del joven, quiso derretirse ahí mismo. Pero, estando absorta en su caballero andante, Teresa no reparó el fuego en los ojos de Ana.

Un carraspeo despertó a Teresa de un sueño febril. Sus mejillas se ruborizaron al recordar nuevamente la presencia de Ana. Le lanzó una mirada breve, haciéndole saber que aún no era bienvenida pero que toleraba su presencia.

Ana, conforme con su respuesta visual, pareció agradecer su pequeño detalle de no ignorarla. Con un pequeño suspiro, empezó a hacer gala de sus buenos modales gracias a los cuales, según Pedro, había ganado fama entre los círculos de la sociedad.

- Teresa, éste es Héctor Perea. - dijo con voz carente de emociones.

Teresa no se percató de la mueca de disgusto de Ana al nombrarlo. El hombre llamado Héctor Perea, objeto de sus fantasías amorosas, le dedicó una de sus famosas sonrisas que hacían enloquecer a todas las chicas que asistían a los bailes organizados por los señores Rivas. Alargó la mano en espera de que la estrechara.

Se sintió colmada de atenciones que le brindaba el hombre de sus sueños. Oyó a Ana proseguir con indiferencia la presentación.

- Héctor, la señorita es Teresa García.

Atrapada en las pupilas azules del joven, anhelaba de todo corazón que el señorito Perea estuviera libre de todo compromiso. Disimuladamente, se frotó la mano sudorosa sobre la falda y la alargó para estrechar la mano del joven Perea. Casi se pegó un brinco cuando el joven la cogió y, en vez de estrecharla, la llevó a su boca depositándola un suave beso. Vio de soslayo que, ante el gesto galante, Ana puso los ojos en blanco a modo de exasperación mientras que Pedro se divertía con el flirteo de su amigo.

- Señorita García, es todo un honor conocerla y tenerla aquí. Espero que se decida a disfrutar de la estancia.

Ocurrió tal como lo temía. "No me reconoce", concluyó tristemente. Aclaró la mente considerando que debía vivir el momento. Un momento que seguramente no se repetiría. Entretanto, Ana parecía tener otras intenciones, ya que en su boca se dibujó una sonrisa enigmática que envidiaría al mismísimo gato Cheschire.

- Héctor, me sorprende que todavía no sepas quién es. - Tras estas palabras, en la mente de Teresa se saltó más de una alarma. ¡¿Cómo Ana podía conocer de antemano su identidad? Sus temores eran infundados cuando Ana continuó. - Que yo sepa, la habías tenido aquí. Durante unos cuantos años si no me equivoco.

El temblor que muy a duras penas pudo controlar sacudía su cuerpo. Bajó la mirada, pero no por ello le impidió contemplar la mueca triunfal de Ana y la expresión de desconcierto del señorito Perea.

- ¿Cómo? Mira, hermanita, no quiero saber nada de tus juegos retorcidos. - Espetó irritado.

Teresa se quedó helada al oírlo refiriendo a Ana como su hermana. "Creía que estoy curada de espantos, pero al parecer no." pensó. Desconocía que el señorito Perea tuviera una hermana menor. Jamás la había visto ni oído de ella. Sentía cómo en su interior renacía la furia conocida contra la niña mimada, porque todo lo relacionado con ella no le traía buenas noticias desde que se presentaron.

Ana, ajena a la tormenta interna de Teresa, estaba enfrascada en atacar al que decía ser su hermano.

- Imbécil, no somos...

Harta de todo, Teresa la interrumpió hablando con dureza, exclusivamente a Ana, sin importarle de que fuera hermana del señorito Perea.

- Un momento, ¿sois hermanos? Pero tú, ¿de qué vas? Veo que sabías quién era yo.- El semblante de Ana se tornó tan blanco como el papel al darse cuenta de su nueva metedura de pata. Trató de justificarse, pero Teresa la silenció.- Mira, no me hables. Ni ahora ni nunca. Hazme este favor, para variar.

- Pero, ¿qué pasa? No entiendo nada... - habló el señorito Perea, confuso ante su repentino cambio de actitud.

Pedro meneó la cabeza, pesaroso de saber que su amiga acababa de cometer otro error aunque no supiera exactamente cuál. Nadie tuvo tiempo de reaccionar, puesto que en ese mismo instante Teresa se vio placada por alguien que le hizo casi perder el equilibrio. Unos brazos firmes rodearon su cuerpo. Una voz resonó. Al reconocerla, se le iluminó el rostro.

Era su querido padre, Pascual.

- Hija mía, estás aquí. ¡Dios mío, déjame verte! - Su padre la abrazaba una y otra vez, besándola y acariciándola como si no creyera que estaba ahí. Con los ojos húmedos, la voz se le quebró de emoción - Cuando te vi de lejos, no me lo creía pensando que el sol me jugaba una mala pasada. Como seguía viéndote, me acerqué para asegurarme que eras real. ¡Y eres real! ¡Déjame abrazarte, mi preciosa! Tu madre se pondrá loca de contenta en cuanto te vea. - Teresa se sentía increíblemente dichosa al verlo tan exultante. Su padre no había cambiado nada excepto unas cuantas canas en su cabello abundante. No le importó que su padre casi la matara de asfixia.- Estás guapísima. Venga, no perdamos más tiempo, debemos ir a la cocina donde tu madre.

Sin esperar a su respuesta, su padre cogió la maleta. Se dirigió respetuosamente a los jóvenes con una sonrisa de oreja a oreja, como reflejo de gran alegría que le producía tener a su hija de nuevo:

- Señor y señorita, ¿me concedéis el permiso de robar mi hija? Hace cuatro años que no la veíamos.

El señorito Perea se quedó aturdido al conocer el parentesco de Teresa. No pudo deletrear palabra alguna. De ello se encargó Ana.

- Por supuesto aunque no era necesario pedirnos permiso. Llevásela ya. La señora Carmen se quedará parada con la sorpresa. Disfrutad mucho de la familia. Es un regalo precioso. - Sonrió gentilmente.

- No lo dude - afirmó su padre con entusiasmo, devolviéndole la sonrisa.

A pesar de las buenas palabras de la joven, Teresa la ignoró por completo llevándose consigo a su padre. Pascual dio las gracias junto con una reverencia a Ana. Girándose sobre los talones, su padre rodeó su cintura, estrechándola contra sí, de camino a la cocina. A través del hombro de su padre, Teresa vio a los tres jóvenes conversando acaloradamente.

"Seguramente sobre mí ", pensó encolerizada.

Dejó de lado los pensamientos sombríos al sentir un fuerte apretón en su brazo, empujándola más al costado de su padre. Visiblemente emocionado, su padre pronunció:

- Teresa, vas a dar una sorpresa más bonita a tu madre.

- Sí, papá.- asintió.

Se miraron y de pronto rompieron en carcajadas cuando visualizaron perfectamente la reacción que tendría su madre.