Fanfic: TERESA

Capítulo 4

Viernes, 14 de julio de 1950.

Anotación histórica: El 25 de junio de 1950 comienza la guerra de Corea.

Entraron en la cocina. Cerró brevemente los ojos y respiró el olor familiar de la cocina. Los abrió. Lo que vio la hizo sonreír. Su querida madre, de espaldas, estaba enfrascada en amasar la pasta con ayuda de un rodillo. Vestida con un vestido negro, su color habitual y un delantal gris que rodeaba su cintura. Aunque no veía su rostro, no le cabía ninguna duda de que tenía la cara manchada de harina. Algo inevitable al pasar la mano por la frente secando el sudor. No quería interrumpir su tarea, contentándose con verla en silencio. Al notar que su padre se disponía a hacerse notar, lo silenció con un dedo en la boca, pidiendo que le permitiera hacer las cosas a su manera. Su padre le hizo saber con una sacudida de la cabeza que comprendía sus intenciones.

Se acercó hasta situarse detrás de su madre, aún absorta en su tarea. Exhaló el olor agradable que emanaba del cuerpo de su madre. Aunque sentía el doloroso anhelo de refugiarse en los brazos reconfortantes de su madre, permanecía inmóvil sin saber qué hacer. Pudo comprobar que el cabello de su madre, de color castaño claro, se teñía con unas cuantas canas. "El tiempo no perdona a nadie", pensó. Se giró y vio a su padre sonriente, quien agitaba sus manos instándola a que llamara ya a su madre. Asintió dubitativa con la cabeza. Se encontró de nuevo con la espalda arqueada de su madre. La oyó tatareando. Le causaba tanta gracia que tuvo que cubrirse la boca con las manos para no delatarse.

Se acercó y susurró al oído derecho:

- ¿Madre?

La cocinera se detuvo de pronto dejando inacabada la tarea. Puso las manos sobre la encimera mientras meneaba sin cesar la cabeza como si pretendiera despertarse de un sueño. Ese gesto la hizo sonreír.

Su padre no quiso alargarlo más, no pudiendo más con su impaciencia:

- Carmen, ¿acaso no vas a abrazar a tu hija?

No tuvo tiempo de prepararse para la reacción de su madre, quien en un abrir y cerrar de ojos dio media vuelta y la enterró entre sus brazos. Con las manos en las caderas, su padre se echó a reír de felicidad mientras su madre la abrazaba con toda la fuerza de su alma, con las lágrimas rodando por las mejillas.

- Hija mía, dios mío. ¡Estás aquí! Déjame verte. Pascual, nuestra Teresita está aquí.

Su madre miró a su esposo como si necesitara que le constatara que la presencia de Teresa no era fruto de su imaginación. Sin soltarla, su madre indicó al hombre con una mano para que se acercara. Éste no perdió ni un instante en unirse al abrazo. Su madre acarició una y otra vez su rostro, sobre el cual resbalaban unas cuantas lágrimas.

- Hija mía, ¿qué haces aquí? ¿estás bien? ¿te alimentas bien? Que estás muy delgada.

- ¡Carmen! Déjala respirar, que acaba de llegar. - rió su padre emocionado, agarrándolas de nuevo.

- ¡Pascual! ¡No me lo puedo creer! - exclamó su madre, sin salir del asombro. Su mirada se volvió hacia Teresa. - Estás aquí.

Totalmente sofocada por el reencuentro, Teresa estaba sin habla. Había imaginado miles de escenarios del reencuentro, pero la realidad superaba con creces a su imaginación. Su reencuentro estaba cargado de tanta emoción. Se separó ligeramente, alternando la mirada entre su padre y su madre, memorizando cada detalle de sus rostros. Los había echado tanto de menos.

Con voz quebrada por la emoción, habló:

- Estoy aquí, madre, porque me han concedido un permiso de quince días y he querido aprovecharlo para visitaros. Que ya tocaba. Tenía tantas ganas de veros. ¡Han pasado cuatro años, papá, mamá! - Lloriqueó.

- Ven aquí. No llores, que me haces llorar. - aún así, la madre acabó llorando igual que ella, cogiéndola entre sus brazos.

Pese el éxtasis indescriptible que experimentaban los García, no pudieron evitar de sentir una punzada de añoranza y tristeza que ninguno de ellos se atrevió a expresar en voz alta. Sabían que la felicidad, por muy grande que fuera, no era del todo completa. Tras dos largos minutos, deshicieron el abrazo grupal.

- ¡Hija, estás diferente! Estás toda una señorita. ¿Verdad, Pascual? - Su madre se dirigió a su esposo, en espera de que compartiera su opinión acerca de la nueva imagen de Teresa.

Los padres estaban en lo cierto. La estancia en Madrid provocó un cambio radical en Teresa. Salió de la Villa Fortuna hecha una pueblerina y regresó con una imagen moderna, más propia de las chicas de bien que veraneaban en la región de Torres de Ríos. Se ruborizó al notar la mirada atenta y aprobatoria de sus padres acerca de su imagen. Se vestía una falda gris que alcanzaba a las rodillas y una camisa blanca ceñida. Llevaba un discreto maquillaje. Era un cambio inevitable, de acorde con su trabajo de dependienta que le obligaba a cuidar su imagen ante el público.

- Sí, Teresa, tu madre tiene razón. Estás diferente. Muy... como diría... urbana - convino su padre.

- ¡Eso es! A eso me refería. Seguro que no te han faltado nunca pretendientes. - bromeó su madre, junto con un guiño conspiratorio.

- ¡Más te vale que no! Estoy seguro de que todos los muchachos de la ciudad son unos golfos. - Dicho esto, el padre se puso en jarras, como si pretendiera espantar a todo aquél que tuviera la osadía de venir de Madrid y entrar en la cocina, declarando su amor a su hija.

El instinto protector de su padre le causó ternura, aún a sabiendas de que bromeaba. A medias, claro.

- ¡Qué exagerados sois! Siempre me veis con tan buenos ojos...

- No, no exageramos, te fuiste hecha una muchacha y has vuelto hecha toda una mujer. - replicó la madre

- Sí, estoy de acuerdo con ella. - afirmó Pascual.

- Repito, sois unos exageraos. - insistió.

- No lo somos, además, ya tienes una edad... que se te va a pasar el arroz. - le recordó la madre.

Ante el comentario de su madre, Teresa soltó un respingo de exasperación, harta de que se lo recordaran y otra vez.

- Ahora que lo pienso. ¿Cómo has venido? ¿Por qué no nos has avisado de tu llegada? - se alarmó su madre.

- Mamá, estoy aquí. Sana y salva, ¿no? Además, si os lo dijera, ya no sería una sorpresa. - respondió, tratando de calmarla.

En realidad, Teresa quería olvidar todo lo que guardaba en relación con el tren. Ya que le conllevaría a recordar los sucesos posteriores que prefería omitir. Por un lado, sentía una enorme rabia pero, por otro, una pequeña parte del alma se entristecía por razones desconocidas.

Su padre les instó a tomar asiento. Acto seguido, cada uno cogió su asiento que le correspondía según la costumbre.

- Cuéntanos todo, ¿qué tal por Madrid? ¿Te tratan bien? - interrogó el patriarca.

- Sí, papá. Todo bien. No hay novedades desde que os escribí la última vez. Ya sabéis que desde hace dos años, soy la subencargada de la sección de moda. También que concursé a la plaza de representante sindical pero ganó nuevamente el encargado de los Almacenes, el señor José María.- pronunció con un desagrado mal disimulado el nombre de su superior que era un ser despreciable.

Los padres estaban al tanto del asunto. A través de las cartas siempre ponía en manifiesto la antipatía que despertaba su superior entre el personal. Pero aún así, era inútil gastar energías despotricando contra ese ser ya que un superior era un superior, por muy vil que fuese.

- Hija, me quedé aliviada en cuanto supe que no ganaste las elecciones.- La nariz de Teresa se arrugó a modo de fastidio. Su madre se apresuró a corregirse. - A ver, no me malinterpretes, estoy muy orgullosa de tu valentía y tus principios pero ya sabes que estos asuntos sólo te traerían quebraderos de cabeza. Y, por no decir, que en caso de ganarlas deberías litigar con don Ramón. El mismo que nos facilitó el trabajo. Sólo de pensarlo, casi me daba un ataque de corazón. - Al acabar, su madre se santiguó.

- Tiene razón tu madre. - dijo su padre - Lo sé por experiencia, ya lo sabes.

Teresa se encogió de hombros, no queriendo discutir con ellos acerca de ese tema. Perdió las elecciones y el asunto estaba zanjado. Por fortuna su madre decidió cambiar de tema, de cariz más alegre.

- Bueno, ¿qué? ¿Qué tal tus compañeras de trabajo? ¿Y aquella con quien compartes el cuarto? Ays, no me acuerdo de su nombre. Se me da fatal recordar los nombres. ¿Manuela, no?

- No, Mariana.- aclaró Teresa. - Pues ¿qué deciros de ella? Un encanto de chica. Os caerá fenomenal. Tuve muchísima suerte de compartir el cuarto con ella porque si te contara de cada mujer que hay. Y hay otras dos compañeras con quienes me llevo estupendamente. Forman junto con otra llamada Marifé, ya sabes, aquella que me cae fatal... pues forman un trío al cual bautizamos con el nombre "Radio Almacenes". Porque, gracias a ellas, nos ahorramos unos cuantos céntimos para comprar diarios ya que siempre estaban enteradas de todo lo que se cuece en los Almacenes. ¡En incluso en Madrid! - explicó entre risitas.

- ¡Qué cosas! - dijo su madre, divertida.

Aunque ellos estaban informados de todas sus peripecias, no les importó oírla contándolas una y otra vez.

- Sí, bien, estas dos mujeres de las que os hablo se llaman Clementina y Manolita. A pesar de que son unas chismosas, se hacen querer mucho y me divierto mucho con ellas. ¿Sabéis que la Manolita es la mujer y nuera de los propietarios del bar "El Asturiano"? Frecuentamos mucho ahí. ¡Deberíais venir un día en Madrid! Así os puedo presentarlas.

- Uy, no sé qué pintamos ahí. - negó vehemente su madre. - Además, aquí nos necesitan.

- ¡Carmen! ¡Por dos días no nos a echar en falta! Sí, Teresa, iremos algún día. Tengo ganas de ver cómo te mueves. - prometió su padre.

Teresa, radiante de felicidad por las palabras de su padre, se levantó y rodeó la mesa para abrazarlo fuertemente, dándole las gracias. El padre deshizo el abrazo, depositó un beso en su frente y se levantó de la silla.

- Bueno, bueno, hija, debes contarme más cosas luego, en la cena. Porque debo acabar la tarea.- dijo a regañadientes. Lo último que le apetecía es separarse de su hija pero por desgracia había cosas que no podían esperar.

- Vale, que le sea breve. Nos vemos luego en la cena. - dijo apenada Teresa.

- Ah, no te preocupes por la maleta, que ahora mismo la llevo yo a tu habitación. Hasta hoy aún no la han ocupado nadie. Será que echaste un maleficio a ese lugar. - bromeó su padre a la vez que levantó la maleta pesada de Teresa. Las mujeres García se rieron.

Mientras las mujeres contemplaban la espalda de Pascual desapareciéndose en la negrura del pasillo, Teresa se sentó de nuevo, frente a su madre. Se cogieron las manos, contemplando en silencio la una a la otra durante un minuto. No necesitaron palabras para expresar el cúmulo de emociones que estaban experimentado. Siempre habían entablado una relación muy profunda, llena de afecto y comprensión. A menudo, no compartían la misma opinión pero siempre eran respetuosas la una con la otra.

- Mamá, ¿dime qué nuevas le han traído? - habló en voz baja para evitar oídos ajenos. Su madre la entendió enseguida.

- ¡Ays, no te puedes imaginar lo duro que me resultaba no poder hablar con nadie! Ya sabes cómo es tu padre. Muy tozudo. - Teresa hizo un corto gesto de asentimiento. - Aunque se haga el duro, sufre mucho. Hija, la procesión le va por dentro. ¿Qué le vamos a hacer? Es como es. Cuando se fue Alfonso... - su voz quebró al pronunciar el nombre de su hijo mayor, pero prosiguió a duras penas. - Tu padre nunca le perdonó. Casi se enloqueció cuando se enteró de que tu hermano cogió la ropa y se fue sin avisarnos. Bueno, nos dejó una carta. Pero igual que tu padre, era parco en palabras. Dijo que no quería continuar trabajando más aquí y que tenía sueños que perseguir. Que nos cuidáramos.

- Sí, lo sé, siempre he tenido la sensación de que mi aceptación al trabajo ofrecido por don Ramón fue lo que le empujó a irse de casa. - habló con un hilo de voz, sin atreverse a mirar a su madre.

- No, no pienses nunca en esto. ¡Jamás! ¡Mírame! - Su madre levantó con una mano el rostro de Teresa inundado por las lágrimas. Habló con firmeza. - Nunca has tenido que ver con su marcha. Es más, intuí que, tarde o temprano, tu hermano haría una de las suyas. Siempre ha tenido un temperamento difícil, ya lo sabes.

Teresa se limpió las lágrimas, sintiendo cómo el peso que durante tanto tiempo había cargado sobre sus hombros se aflojaba gracias a las palabras reconfortantes de su madre.

Sonrió para sus adentros. Su madre siempre había sabido cómo consolarla.

Tras cinco meses de su marcha a Madrid, recibió un telegrama urgente que le hizo confirmar los malos augurios que tuvo en aquella reunión con sus padres, en la cual les informaron de la oferta laboral de don Ramón. El telegrama anunció que Alfonso García huyó de su casa, con un petate. En un principio, experimentó una poderosa furia contra su hermano conflictivo por no hacer más que causar dolor a sus padres. Pero al cabo de una hora soltando improperios contra él, se vino abajo llorando sintiendo que ese suceso era el precio que debía pagar por aceptar la oferta. Antes de aceptarla, sabía que heriría el ego de Alfonso, soportando cómo su hermana menor le volvía a superar, emprendiendo una aventura fuera del pueblo que él siempre había aborrecido. A pesar de su egoísmo y su carácter agresivo, siempre se sintió muy cercana a su hermano mayor, quien de vez en cuando se quitaba su fachada exterior mostrando su lado cariñoso, divertido y feliz.

- ¿Qué sabe de él? ¿Su carrera cómo va? - Preguntó con un nudo en la garganta.

- Aquí te traigo buenas noticias. Al parecer, ha conseguido una pelea, pero una de las verdades, es decir, que podría ser el comienzo de su carrera según Alfonso, claro. Estas cosas no las entiendo, ya sabes. Gracias a un amigo suyo, ha conseguido un representante que tiene buenos contactos. No recuerdo su nombre. Bueno, espero de todo corazón que le vaya bien aunque conoces mi opinión sobre el boxeo. - explicó entre animada por los pinitos que estaba haciendo su hijo y dubitativa por el mundo peligroso del negocio pugilístico.

- Mamá, lo importante es que él esté feliz haciendo lo más que le gusta hacer. Debe estar usted muy orgullosa de él. - Aparentó estar entusiasta por las noticias a fin de levantar los ánimos de su madre, algo decaída por el incierto devenir de su hijo. Por su parte, tampoco le causaba la menor gracia el boxeo pero respetaba los deseos de su hermano mayor. - Ya lo estoy de él. Ya verá, que volverá hecho todo un campeón. ¿Dónde está ahora?

- En México, me parece. Es que he perdido la cuenta de los lugares porque tu hermano no para de moverse. Según Alfonso, es algo normal para poder crearse una reputación.

- Sí, es lógico. Bueno... - Teresa sopesó sobre si decirlo o no. Decidió soltarlo. - ¿Papá lo sabe? - Su corazón se rompió en pedazos al notar los ojos vacantes de su madre. No le hizo falta adivinar la respuesta. - Sigue igual, ¿no? No se preocupe, ya sabemos que le quiere aunque no saque nunca el tema. Un día le perdonará.

- Eso espero, eso espero, hija mía. - Su madre sonrió agradecida por su intento de animarla. Se enjugó las lágrimas y meneó la cabeza para dejar de lado los pensamientos oscuros. Asió de nuevo las manos de su hija. - Venga, cambiemos de tema. En serio, ¿hay algún pretendiente serio? - dijo en tono conspiratorio.

- Mamá, se lo he dicho miles de veces. No me interesa nadie. Tengo amigos. - se exasperó.

- Ya, pero ya sabes el dicho. Entre la amistad y el amor hay una frontera muy delgada.

- Pues mira, no siempre se cumple el dicho. No sé, tampoco espero mucho, sólo deseo que un chico me inspirara emociones fuertes, ¿sabe? Por ejemplo, que me haga derretir con una simple sonrisa. Que me entienda. Que me quiera como si necesitara el aire. - habló tan distraída que le pasó por alto la mueca pícara de su madre. Estaba en otro mundo, soñando con su hombre ideal. - ¿Me entiende?

- Sí, hija mía. Tengo en la mente ese hombre ideal que has descrito. - respondió enigmáticamente.

- ¿Ah, sí? Y no se atreva a presentarme uno de esos hijos de amigos de esos amigos que conocéis. No me van estas cosas. Prefiero que las cosas surjan espontáneamente como si no me lo esperara nunca. - advirtió, muy seria.

- Nada de esto, no te preocupes. A ver, hija mía. Creo que ya es hora de decir las verdades.

Teresa se tensó al advertir la seriedad con la que hablaba su madre. Tuvo un mal presentimiento. No tardó en saber que su mayor temor se cumplió cuando su madre habló.

- Sí, lo sé todo. ¡Si lo sabíamos todos! Hace años. Mentir siempre se te ha dado fatal. Sé muy bien que tu hombre ideal del que hablabas no es otro que el señorito Perea.

Teresa se tornó pálida. Tenía la firme seguridad de que su amor por Héctor Perea era su secreto mejor guardado que nadie más lo sabía. Pero se equivocaba. Le acababan de demostrar que seguía siendo una ingenua tonta de remate.

Mientras tanto, su madre continuó hablando gentilmente.

- Te enamoraste de él cuando tenías nueve años, creo. - Pensativa, ladeó la cabeza, contando mentalmente los años. - No te dijimos nada porque te lo tomarías muy mal. Además, eres muy vergonzosa para hablar de esto. Al principio, nos resultaba gracioso ya que estas cosas son muy bonitas. ¡Hasta te subías a ese árbol para mirarlo en las fiestas! - exclamó antes de tornarse grave. - Pero, a medida que pasaba el tiempo, vimos que seguías estando enamorada. Más y más. Empezamos a preocuparnos. Aún así, seguimos respetando tu espacio. La verdad, no sé si lo hemos hecho bien o no. Esperaba que, en Madrid, empezarías a olvidarlo. Pero veo que no lo has olvidado nunca, ¿verdad Teresa? Sé sincera, por favor.

Su madre aguardaba pacientemente la confesión de su hija, consciente de que su revelación la había dejado totalmente fuera del combate.

En ese preciso instante, Teresa no tenía ni la más remota idea de qué decir. Apartó la mirada, mirando cualquier cosa excepto a su madre. Se maldijo mentalmente repetidas veces. Era tan estúpida por haberse creído ser muy discreta con sus sentimientos hacia el señorito Perea, por quien se quedó prendada en cuanto lo vio por primera vez, desde la copa del árbol, conversando con don Ramón en el porche.

Sí, como acababa de decir su madre, tenía diez años, cuatro meses después de instalarse en Villa Fortuna.

El señorito Perea le sobrepasaba en cinco años. Cuando el muchacho se giró, dejándose al descubierto, Teresa se enamoró de inmediato de sus penetrantes ojos azules y su cabello rubio. Alguna vez se habían cruzado e incluso saludado. Pero nada más. Era algo normal teniendo en cuenta sus insalvables condiciones sociales. Al lado de él, sólo era una niña pequeña, pueblerina e indigna de su interés. Y hoy... hoy al verlo de nuevo, todo un hombre, su simple presencia consiguió embriagarla nuevamente con emociones mucho más poderosas que las que experimentó con sólo diez años.

- Sí, mamá.- pronunció al fin, cabizbaja, no soportando la mirada de compasión de su madre por la certeza de que su amor es imposible.

Pese a su confesión, todavía no estaba lista para discutirlo con su madre. Al observar que su madre se disponía a abrir la boca, la interrumpió sacando otro tema del que no quería hablar pero que no podía olvidar tampoco. La curiosidad podía con ella.

- Mamá, no sabía que Héctor Perea tiene una hermana. - murmuró.

Leyó la sorpresa en el semblante de su madre, desprevenida por el súbito cambio de tema. Pero sabía de alguna manera que su madre acabaría comprendiendo que ella no estaba lista para hablar acerca de los sentimientos. Así fue.

Una vez recuperada de la sorpresa, su madre decidió seguir el juego.

- Que yo sepa, no la tiene. ¿Por qué me lo preguntas? - preguntó sin entenderlo de todo.

- Pero ¿cómo?... si antes le había oído refiriéndose como su hermana...

Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. ¡Acababa de cometer un error absurdo! Se maldijo por escapársele que había visto al señorito Perea. Era lo último que necesitaba. No, tras su confesión vergonzosa.

- Quiero decir que... que... - balbuceó. Se sorprendió al leer la expresión de confusión en las facciones de su madre.

"¡Ah, Dios! No lo sabe." Soltó el aire, aliviada de que su madre no emitía ningún señal de reconocimiento. Así se ahorraba de tener que hablar de su encuentro desagradable con los tres jóvenes.

Inspiró hondo antes de continuar... de mala gana sabiendo que debía pronunciar el nombre de esa niñata para aclararlo.

- Al parecer, su nombre es Ana.

Teresa casi se pegó un brinco cuando, nada más decir el nombre de Ana, su madre exclamó.

- ¡Aaaaaah! ¡Ana! Ahora lo entiendo. Verás, en realidad no son hermanos. - Su alma se llenó de esperanza ante esta noticia. - Te explicaré desde el principio para situarte un poco. Ya sabes que la madre del señorito Perea, doña Marta, se casó en segundas nupcias con don Ramón Rivas. Bien, el señorito Perea fue fruto del primer matrimonio de doña Marta. Es una gran pena porque su primer esposo falleció de enfermedad poco antes de que naciera el señorito. Al cabo de un año de la muerte, doña Marta contrajo matrimonio con don Ramón. Pero se ve que las cosas entre ellos no marchaban bien ya que anularon su matrimonio dos años después. Pocos meses después, don Ramón se casó con la actual esposa, doña Encarnación, con quien tuvo una hija. Ésa es Ana Rivas. La heredera.

Se quedó paralizada por la sorpresa que le había causado al conocer el verdadero parentesco de Ana Rivas. Mientras trataba de digerir la información, en su cabeza resonaba sin cesar las dos últimas palabras. "La heredera". Es decir, un día esa niña mimada heredaría la fortuna que habían amasado sus antepasados. Pero todavía tenía preguntas.

- Pero, pero... ¿cómo no la he visto nunca por aquí? - preguntó Teresa, extrañada de no haber oído nunca acerca de la hija de sus señores a lo largo de su estancia en la Villa Fortuna.

- Querida, fuimos contratados por don Ramón cuando tenías diez años al acabar la guerra. Por lo que me contaron, pasó aquí buena parte de su infancia pero cuando Ana cumplió ocho años, sus padres decidieron mandarla al internado suizo para darle una buena educación en el extranjero. Al acabar sus estudios universitarios hace dos años, regresó aquí aunque normalmente sólo para veranear. Debo decirte que he tenido suerte de tratar con ella porque es una chica fantástica. Si no recuerdo mal, tiene veintidós años, dos más que tú.

- ¿Usted sabía todo esto? ¿Hace tiempo ya? ¿Y cómo es que nunca me había hablado de ella? - espetó irritada, ignorando adrede la opinión favorable de su madre hacia la niñata.

Le producía disgusto por no estar al tanto de la existencia de la heredera de la familia Rivas. De lo contrario, se habría ahorrado unas cuantas humillaciones que le habían dejado en evidencia, y para colmo, delante del señorito Perea.

- Ah, ahora que lo dices - su madre dijo con aire pensativo - Creo que simplemente es porque nunca me lo habías preguntado nunca. Además, como que no venía nunca por aquí, lo último en que pensábamos era en ella.

- Ya, supongo que tiene razón. - reconoció a regañadientes.

- Oye, por cierto, no entiendo a qué viene este interés repentino por doña Ana. - Su madre la miró con sospecha, no entendiendo cómo su hija quien acababa de llegar se interesara de pronto por la existencia de la heredera de la familia Rivas.

La pregunta la descolocó, sin saber qué contestar. No queriéndose delatar por segunda vez, rápidamente se inventó una excusa razonable.

- No, no, resulta que al bajar del tren, oí a unas mujeres que estaban por ahí. Me sorprendió al escucharlas hablando sobre la hija de don Ramón. De ahí pensé que el señorito Perea tenía una hermana, cuya existencia ignoraba hasta ahora. Ya veo que, por lo que me cuenta, no son hermanos.

- Ah, esto. Serán los chismes de siempre.- Al ver que su madre se lo tragó, Teresa se congratulaba por su ingenio.

Observó a su madre girándose para mirar el reloj que colgaba en la pared. Soltó una fuerte exclamación que resonó en toda la cocina.

- Dios mío, ¡qué tarde! Debo acabar de preparar la cena de los señores.- habló alarmada, levantándose precipitadamente de la silla. Se arremangó para continuar con su tarea que dejó inacabada por la repentina presencia de Teresa.

"Algunas cosas nunca cambian", pensó con ternura. Se levantó del asiento, cogió un delantal libre y anudó el cordón. Se plantó al lado de su madre, absorta en su labor.

- Mamá, tranquila, aquí me tiene de pinche. Como los viejos tiempos. - Acto seguido, plantó un beso en la mejilla de su madre, manchada de harina.

- Ays, gracias, eres mi salvación, como siempre. Me alegro tanto de tenerte de nuevo.

Las mujeres García se sonrieron y sin perder tiempo se dispusieron a preparar la cena de los señores Rivas.