TERESA

Capítulo 5

Viernes, 14 de julio de 1950.

Anotación histórica: España ingresa en la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, la FAO

Se abrigó con la rebequita protegiéndose de la fría brisa veraniega. Estaba exhausta por las fuertes sensaciones vividas a lo largo del día. Sonrió para sí misma recordando las conversaciones con sus padres durante la cena que había acabado media hora antes. Los había añorado tanto que casi podía palpar el dolor. Cuando hubo acabado de ayudar a su madre fregando la vajilla, sus padres se retiraron a su habitación ya que el día siguiente les aguardaba la jornada más dura de la semana. Pese a la insistencia de su madre de que se acostara de inmediato, Teresa prefirió salir al jardín disfrutando un poco de la soledad y a la vez gozando las vistas magnificas que otorgaba el impresionante firmamento. Alzó la mirada. Sus ojos se inundaron de lágrimas que muy a duras penas no llegaron a brotar.

En ese segundo redescubrió otra cosa que se perdió en Madrid.

El esplendor de la orquesta nocturna formada por las majestuosas estrellas que tocaban la sinfonía de luces, junto con la sensual voz cantante que era la Luna. Cerró los ojos, sintiendo cómo estaba traspasada por las melodías románticas que le susurraba el más allá del cielo.

- Es relajante, ¿verdad? - susurró una voz detrás suyo, asustándola.

- Me ha dado un susto enorme – Aunque reconoció la voz, Teresa no pudo ocultar el fastidio que le supuso el espanto, con la mano sobre el corazón que latía enloquecidamente.

- Oh, le ruego me perdone, señorita Teresa. No era mi intención asustarla. - se disculpó sinceramente el joven rubio, ofreciéndole una sonrisa gentil a la cual no se esforzaba a resistirse.

- No pasa nada. Me ha tenido desprevenida, señorito Perea.- aceptó la disculpa.

Sintió florecer el nerviosismo en el cuerpo al acordarse de pronto que frente suyo estaba el hombre de su vida, el señorito Perea. Por fortuna, el señorito no se percató de ello, puesto que, igual como lo estaba Teresa antes de espantarla, estaba muy enfrascado en el cielo estrellado mientras daba algunas caladas del cigarrillo.

- Sí, me di cuenta. La vi desde el porche. Quería tocar un poco el aire y disfrutar de las estrellas. ¿Sabe, señorita García? - Tras esto, la miró a los ojos y habló en susurros como si no quisiera revelar el que sería su mayor secreto a nadie, salvo a ella. - Siempre he sentido envidia de los entendidos de astronomía. Porque si lo supiera, la podría haber impresionado con ese arte. ¿Qué le vamos a hacer, si soy un inepto para estas cosas? Estudiar nunca ha sido mi fuerte. - El señorito Perea se encogió de hombros, con cara de fingido lamento por su incapacidad de alumbrarla.

Teresa agradecía su gesto de romper el hielo. Se frotó la barbilla, simulando estar pensativa. Le agradó la actitud espontánea del señorito pese a la situación incómoda sucedida pocas horas antes. Con una expresión astuta, dijo.

- No se preocupe, señorito... - se vio interrumpida por el joven.

- Eh, antes llámeme Héctor, por favor. Y tutéame.

Teresa fingió pensar de nuevo como si valorara la petición antes de responder.

- Sólo si usted me llama Teresa. Y también puede tutearme.

- Adelante, señorita Teresa. - aceptó.

- Lo que le decía... - al ver la mirada inquisitiva del joven, se corrigió enseguida. - Lo que te decía... No te preocupes por esto, porque aún queda alguien quien pueda iluminarte con esos conocimientos de astronomía. - habló conspiratoriamente.

- ¿Ah, sí? ¿Dónde está ese alguien? - Héctor miró a su alrededor como si esperara que saliera de la nada el ser iluminado.

- Oye, acaba de ofender mis sentimientos. ¿Acaso no cree que una mujer no pueda cultivarse? - bromeó, haciéndose la ofendida.

Héctor se golpeó la frente antes de decir con un tono teatral:

- Excúsame, señorita Teresa, no sólo soy inepto sino también ciego por no apreciar algo tan evidente como su sabiduría. - Acto seguido hizo una pequeña reverencia.

No pudiendo continuar con la broma, ambos rieron. Un minuto después, contemplaban en silencio el firmamento. El joven lanzó el pitillo y lo apagó con el pie antes de mirar nuevamente el cielo. A Teresa le agradaba la sensación de compartirlo con el hombre a quien amaba en secreto, porque el silencio en vez de resultarlo incómodo le era gratificante como si les sobraran palabras. Era plenamente consciente de que irremediablemente bebía los vientos por aquel hombre de los ojos penetrantes.

Teresa señaló con un dedo en un punto del cielo:

- Mira, ahí esa estrella que parece estar más brillando sobre el resto. Si miras bien las pequeñas estrellas debajo suyo, se forma una lira aunque los puntos representan los sonidos al tocarla. - Héctor asintió haciéndole saber que lo veía mientras Teresa proseguía señalando con el dedo. - Debajo suyo, hay otra estrella también muy brillante, que junto con otras se forma una águila. Mientras que a su izquierda, si te fijas en el punto más brillante, es el centro del cuerpo de un cisne.

- Mmmh, será que no tengo mucha imaginación. - se excusó Héctor, con una mueca cómica.

- Le perdono porque es un principiante. Además, en ese conjunto de tres constelaciones, hay una leyenda muy preciosa. Sé atento. - Cuando comprobó que tenía por completo la atención de Héctor, comenzó a narrar con una voz teñida de misterio.- Se cuenta que una doncella y un caballero se enamoraron a primera vista, pero era un amor mal visto, por lo que debían expresarse su amor a escondidas. Pero un ser vil, que codiciaba la belleza de la doncella, fue a espiarla y la vio con su amado. Y ese ser vil se lo contó al rey, quien al saberlo se encolerizó y ordenó a su bruja a hechizarlos. Así lo hizo. Al poner el sol, cada noche, el malaventurado caballero se transformaba en un águila mientras que al salir el sol, cada mañana, la doncella se convertía en un magnífico cisne. Así viceversa. Jamás podían verse ni amarse como hombre y mujer. Pero, una buena noche vagando la doncella junto con su amado águila posado sobre su hombro, se cruzaron con una anciana muy amable, quien les ofreció comida y cama. La doncella aceptó. Durante la cena, la doncella le contó el triste destino de la pareja. Lo que ignoraban era que bajo el disfraz de la anciana, se escondía una hermosa ninfa del bosque que siempre se llevaba encima una lira muy poderosa que, según la leyenda, fue elaborada por Hermes. Entristecida por su horrible devenir, decidió ayudarlos. Tocó la lira que emitía una melodía tan hermosa que hizo caer en sueños a la doncella y su águila. Cuando se despertaron, ya no estaba la anciana. Mientras se preparaban para la transformación al ponerse el sol, descubrieron que el hechizo maléfico dejó de funcionar, retornándolos permanentemente su forma humana. Vivieron felices y comieron perdices.

- Estoy realmente impresionado. Me siento muy honrado estar a lado de una mujer no sólo bonita sino también sabia. Son dos cualidades muy raras de encontrar, debo decir.- Ladeó la cabeza a modo de aprecio.

- Gracias, pero debo ser honesta. - Sonreía maliciosamente al percibir la confusión de Héctor - Todo está inventado, incluso el nombre de estrellas. - Héctor se quedó estupefacto pero se recuperó de pronto para echarse a reír junto con ella.

- Ostras, he caído de cuatro patas. Deberías trabajar en el teatro porque eres una actriz soberbia.

- Para nada, no se necesita ser especial para actuar.- Teresa negó con modestia. - Además, deberías culpar a mi hermano porque fue él quien me la contó de pequeña. Bien, siempre se inventaba historias y también me engañaba inventándose nombres de estrellas que me señalaba. Sólo se necesita un poco de improvisación.- explicó entre risas, recordando las trastadas que le hacía pasar Alfonso.

- Ah, creo que recuerdo a tu hermano. ¿Alfonso, no? ¿Es mayor que tú, verdad? - Teresa movió la cabeza afirmativamente. - Lo veía a veces en el bar del pueblo con sus amistades. - Teresa le notó algo incómodo hablando de este tema. Podía adivinar la razón.

- No lo sabía. Sé que mi hermano no pasaba desapercibido a nadie. Al contrario que yo.- ironizó en un intento de bromear. Aunque Héctor no lo consideraba así, ya que se justificaba erróneamente.

- No, no, verá, sólo era que no te reconocí cuando supe que eras la hija menor del señor García. Vaya sorpresa me llevé.

- No me mientas. Sé que no me reconocías ni sabías quién era yo. Y no te culpo. - rebatió sin una pizca de malicia.

Dicho esto, sonrió mientras Héctor abría la boca para cerrarla de pronto, sabiendo éste que era inútil gastar fuerzas tratando de convencerla de lo contrario. Pero lo que diría a continuación era lo último que Teresa se imaginaría.

Con un largo suspiro y con las manos en los bolsillos, el joven habló algo nervioso mientras una mano pasaba repetidas veces sobre su cabello.

- Tienes razón. Pero eso es lo de menos. Quiero recompensártelo. No sé si sabes que mañana se celebra un baile - Teresa negó con la cabeza, curiosa por lo que quería decirle. Arqueó las cejas cuando Héctor cogió su mano y la llevó a su boca depositándole un beso. Este gesto le ruborizó pero no era nada comparable con lo que vendría a continuación. Héctor mostró finalmente sus cartas, dejándola sin habla. - Señorita García, me sentiría honrado si me acepta la invitación de asistir al baile y, por supuesto, bailar conmigo. Afortunadamente, en este arte, no soy un zoquete. - Al acabar, Héctor guiñó con humor.

En esta ocasión, Teresa no estaba de humor porque no era un asunto con la que tomar a la ligera. Ni siquiera no había nada que considerar porque para empezar era totalmente surrealista.

- Ah... no sé qué decir. No me lo esperaba. Déjame pensar. A ver, no te ofendas, pero no pinto mucho. No formo parte de vuestro mundo... - Teresa hablaba frenéticamente.

Se calló repentinamente cuando Héctor asió sus manos en un intento de hacerle saber la importancia que tenía para él aceptar su invitación.

- Creo que eres lo suficientemente inteligente como para hacer caso a las tan llamadas normas sociales. Deberías aplicarte igual que la doncella hizo con su amado caballero. Ella no le importó que su amor fuera mal visto, ¿verdad? Deja que por una noche aceptes ser mi doncella. Y yo tu caballero, pero bienaventurado. - Al acabar, el joven sonrió mientras aguardaba ansioso su repuesta.

No sabía cuánto tiempo aguantó su respiración. Se sentía dichosa perdiéndose en las tempestuosas pupilas azules de Héctor Perea. Ni en sus sueños más fantasiosos se imaginaba encontrarse en semejante situación. Su mente quedó totalmente ofuscado por la tormenta que resonaba en su alma.

No tardó en saber cuál era su respuesta. Ni se hizo esperar.

- Lo acepto. - murmuró tímidamente.

- ¿En serio? ¡No sabes la alegría que me produce! - exclamó.

El joven rubio hizo el ademán de abrazarla que no llegó nunca cuando oyeron cerca suyo a alguien carraspearse. Teresa se giró y frunció el ceño al ver quién se atrevió a interrumpirlos. Héctor pareció compartir el mismo pensamiento.

- ¿Ana? ¿Qué haces? - el joven habló bruscamente.

Aunque a la hija del don Ramón Rivas se le veía bastante incómoda por la interrupción, Teresa la maldijo mentalmente por estropear el éxtasis del momento. La vio acercarse titubeante a ellos, mirándolos de reojo. Ana miraba a ambos lados como si pretendiera encontrar un refugio donde esconderse de las miradas hostiles de ambos. No obstante, la chica pareció saber que era inútil soñar con su deseo de ser tragada por la tierra, por lo que su actitud pasó de la timidez a la arrogancia, abrigándose más la chaqueta y mirándolos con la cabeza alta.

- Siento interrumpiros. Héctor, Pedro te buscaba. Según él, era algo urgente. - se excusó Ana con cortesía aunque sus ojos decían otra cosa, lanzando un mensaje de desafío a Héctor si éste se atrevía a contrariar la petición de su amigo en común.

Teresa y Héctor se mostraron sorprendidos y fastidiados al mismo tiempo por el motivo de su presencia. No se percataron de que entretanto Ana Rivas se congratulaba al verlo vacilante sabiendo que a Héctor no le quedaba otro remedio que atender a su amigo.

Cuando Héctor recuperó la compostura, volvió la mirada hacia Teresa. Sus ojos azules le dijeron todo lo que necesitaba saber antes de que abriera la boca.

- Señorita, debes excusarme. - Ignorando la presencia de Ana Rivas, Héctor pronunció en tono afectado por la idea de separarse de ella. Acto seguido, su semblante cambió, esbozando una gran sonrisa que hacía juego con el brillo de sus ojos. - ¿A las nueve, vale?

Teresa comprendió enseguida el mensaje en clave que le dio Héctor, probablemente para evitar que la niña mimada estuviera al tanto de su cita de la mañana siguiente en el baile. Le gustó ese detalle de preservar la intimidad entre ellos. Asintió con la cabeza y Héctor, exultante con la respuesta, besó de nuevo la mano dándole las buenas noches. Antes de irse, se dirigió a su hermanastra -por no haber otra palabra que definiera claramente su complejo parentesco -.

- Buenas noches, hermanita. - El joven se despidió de mala gana, pasando al lado de Ana, para adentrarse en la mansión.

- Igualmente. - Ana contestó con voz neutral, sin molestarse a mirarlo.

Pero Teresa captó la mirada de ira mal contenida que cruzó momentáneamente al semblante de la doña altiva. No le gustó ni una pizca. No le extrañaba que al señorito Perea no le inspirara la mínima simpatía ya que, en su opinión, doña Ana Rivas no era otra que una niña mimada y narcisista, que miraba a todos por encima del hombro. No obstante, una vocecilla salida de la nada la recriminaba recordándole los gratos momentos que disfrutó al lado de Ana a lo largo de la mañana. Inmediatamente esa voz interna se vio ahogada por la fuerza del orgullo herido.

Sacudió la mente al notar la presión de la mirada de la chica de enfrente. Se llevó una sorpresa cuando contempló la metamorfosis en el rostro de Ana Rivas. Las facciones de la chica se suavizaron y sus ojos avellana se dulcificaron, haciendo que la memoria de Teresa se retrocediera hasta el encuentro en el párquing de la estación de ferrocarriles. Recordó la generosidad desinteresada y al mismo tiempo el desparpajo que la hicieron sentirse cómoda y segura a su lado. E incluso feliz.

"Absurda. Absurda, eso es lo que eres. No digas sandeces", se dijo a sí misma, sabiendo que no tenía ningún sentido sentirse plenamente feliz con un perfecto desconocido. O con una perfecta desconocida, en este caso.

Sintió una punzada de dolor en la nuca, anunciando la llegada de una migraña provocada por la sobreactividad mental. Se frotó la sien derecho en un intento de evitarla.

- ¿Te encuentras bien? - Ana sonaba preocupada, poniendo una mano sobre el brazo de Teresa.

Teresa la miró con el ceño fruncido, sondeándola. Le pareció bastante sincero el interés por su estado. Pero no tenía ni un pelo de tonta. Sabía que las apariencias siempre engañaban. Y ella no iba a tropezar dos veces con la misma piedra.

- Sí. No se preocupe, doña Ana Rivas. - Contestó con cara de fastidio, apartando la mano de Ana, cuyo rostro se arrugó como si hubiera recibido un puño en plena cara.

En su mente volvió a oír la vocecilla reprobadora sobre su actitud con la doña altiva, pero de nuevo se vio silenciada. Con los brazos cruzados, dio un paso atrás como si ello la protegiera de los sentimientos enigmáticos que despertaba la presencia de la joven aristócrata. La miró desafiante y, por un segundo, sólo por un segundo, sintió piedad al verla triste. No entendía por qué continuaba ahí junto con la niña mimada cuando tenía la oportunidad de oro de despedirse con unas meras buenas noches. Pero supo que ya no había marcha atrás. Entretanto, esa vocecilla repelente le murmuraba que su inacción se debía en gran parte a la curiosidad que sentía por lo que diría la doña altiva.

Harta de esa voz interior, soltó un bufido de exasperación que casi sobresaltó a Ana.

Después de un largo minuto tenso, Ana tomó la iniciativa, hablando con diplomacia, como si supiera que con Teresa estaba andando sobre las tierras movedizas.

- Bueno, ¿qué tal la sorpresa a tu madre? Me imagino que no se lo esperaba por nada del mundo. Felicidad pura debía ser para ella al verte. - comentó con cierta timidez.

- Sí, doña Ana Rivas. - contestó fríamente.

- Me alegro porque tu madre es un encanto. Es tan agradable. Con ella, siempre se siente bienvenida una. - continuó con más entusiasmo.

Teresa se encontró dividida entre dos sentimientos totalmente opuestos. Por un lado, se ablandó al oírla hablando afectuosamente de su querida madre. Por otro, sentía una furia incontrolable hacia ella por intimar con su madre sin estar al tanto ella. Aún así, decidió seguir con el monosilabeo, poniendo en prueba la paciencia de la joven refinada.

- Sí, doña Ana Rivas. - repitió.

No se equivocó. Ahí fue cuando Ana Rivas dejó de lado la diplomacia -y la hipocresía, pensó- para dar paso al enfrentamiento directo. Ana frunció el entrecejo y habló no tan gentilmente como lo había hecho hasta entonces.

- Teresa, por favor, no me llames eso. Dejémonos de tonterías. - rogó con una voz cansina.

- Disculpame, sólo me limito al tratamiento que le corresponde... doña Ana Rivas.

Con la intención de desesperarla, Teresa alargó socarronamente las tres últimas palabras. Sus ojos brillaron de placer al oír a Ana enfurruñarse como una barriobajera. Sin saber del todo el porqué, le producía un enorme placer saber el efecto que producía sus palabras sobre la doña Altiva.

- Por favor, escúchame - Se mantuvo impasible ante el tono débil pero firme de Ana. - Traté de explicarme, pero no tuve ocasión. Ahora, por favor, aunque sea un minuto, dame un minuto y te dejaré en paz. ¿Trato hecho?

Teresa la miró con recelo intentando adivinar la trampa en esas palabras. Suspiró largamente, queriendo zanjar ese asunto y sacársela de encima de una vez por todas. Con una mirada, le dio a entender que prosiguiera.

Ana, feliz con la concesión, carraspeó antes de hablar:

- No sabía quién eras al principio... Cuando te vimos en el párquing pateando mi pobre coche. - Vio a Ana sonriendo ante el recuerdo, al cual ella tampoco pudo ser indiferente del todo, pero se mantuvo hosca. Ana se percató de ello, ya que su sonrisa se esfumó mientras continuaba con el relato.- ...queríamos echarte una mano. Cuando me agaché para echarte una mano con la maleta, vi el uniforme de los Almacenes... - En su mente se disparó la primera alarma, pero Ana se apresuró a continuar, como si adivinara sus pensamientos. - Espera, espera, no sabía quién eras. Sólo disponía la pista de que usted es una empleada de los Almacenes. La segunda pista la tuve cuando nos dijiste adónde te dirigías.- Aquello le estaba gustando cada vez menos. Y Ana pareció ser consciente de ello ya que hablaba cada vez más frenética.- Y la tercera, cuando te presentaste, finalmente pude juntar todas las piezas. Con casi toda seguridad supe que eras la hija de Carmen y Pascual. Además, tu madre me habló mucho de ti... Por esto, quise darte la sorpresa cuando llegábamos. Pero veo que fue un desastre, ya que no sabía que te lo podías tomar tan a mal. Pero prometo que, en ningún momento, no pretendía burlarme de ti ni nada semejante. Creí que pillaste al vuelo cuando dije que ya estábamos todo aquí. Pero claro, pensándolo bien, no me expliqué bien.- Al acabar, Ana aguardaba esperanzada.

No se podía creer todo lo que había oído. Estaba estupefacta. La doña Altiva sabía quién era ella casi desde el principio, riéndose de su ingenuidad pueblerina. Se sentía cegada por la ira, no pudiendo frenar la explosión del volcán en su fuero interior. Habló en una voz baja, acentuando más su ira para espanto de Ana, que se retrocedió.

- Mira, si usted y don Pedro no teníais bastante con humillarme esta mañana, viene aquí a reírse de mí...

Ana la interrumpió.

- Pedro no sabía nada de esto... Sólo yo soy la... - dijo defendiéndolo.

- No se atreva a interrumpirme. A mí nadie me pisotea... - habló con un tono autoritario que la hizo acallar bruscamente.

Pero sólo duró unos segundos porque, en un abrir y cerrar de ojos, pasó de ser la atacante a ser atacada. Ahora era ella quien se retrocedía ante la furia de Ana, cuya paciencia se había agotado por completo. Ana la atacó dándole el mismo tratamiento cruel con el que había sido dirigida. Hasta suprimió el tuteo.

- No se crea el centro del mundo. Francamente, me ha defraudado mucho, porque la tenía en alta estima. Suerte que estoy a tiempo de rectificar mis errores antes de pagarlos con creces. No se moleste en esconderse para no verme porque para mí usted es invisible. Buenas noches, doña Teresa García. - Incluso imitó su voz, alargando las tres últimas palabras.

Teresa no podía articular palabra alguna. No creyó que la doña Altiva fuera capaz de rebatirla, en vez de esconderse como un conejo asustadizo como la mayoría de las chicas ricas a quienes atendía en su trabajo. Como aquella vez, una clienta de su edad se desmayó cuando vio entrar a un chico con la cara manchada de hollín creyendo que iba a asaltarla.

Durante un buen minuto, Teresa se quedó mirándola con cara de sorpresa mayúscula mientras la otra chica jadeaba, como consecuencia de su estallido de furia.

Lo que ignoraban ambas jóvenes era que en ese instante el destino estaba vacilante, sopesando si abrir o no el cuaderno de piel y ponerlas la primera hoja en blanco lista para ser escrita por ambas. El destino finalmente dictó la sentencia.

La sentencia se cumplió en el mismo momento en que Teresa estalló a carcajadas para sorpresa de ambas.

- Eh, ¿De qué demonios te ríes? ¡¿Estás chiflada o qué? - Ana exclamó entre enfadada y sorprendida por el cambio súbito de su actitud. Ni Teresa lo entendía, salvo que no podía detener la risa.

- Es que... es que... Por favor... - apenas pudo hablar entre risas, que se volvían cada vez más incontrolables para indignación de Ana.

- Mira, no voy a tolerarlo más. Me voy.- Tras esto, Ana se giró sobre los talones, disponiéndose a encaminar hacia la mansión.

Pero Teresa se sorprendió por segunda vez cuando le barrió el paso. No entendía por qué tuvo el repentino impulso de detenerla. Sólo sabía que no quería que se fuera... Y que ya no estaba furiosa.

Con la mano agarrada al brazo de una sorprendida Ana, intentó controlar su ataque de risas a fin de poder hablar.

- Espera, por favor. - pidió, apartando la mano. Ana cruzó los brazos, mirándola severamente y alentándola a que se explicara. - Es que... - No pudo continuar cuando dejó escapar otra risita que se transformó en otro ataque.

- ¡Ya no aguanto más. Me voy! - Ana dijo, airada. Pero Teresa la frenó nuevamente.

- Espera, ahora sí. Dame un minuto, por favor. - habló atropelladamente a causa de las risas que no cesaban.

Cuando pareció recobrar la calma, limpió las lágrimas. Ya estaba lista para hablar. Pero había sido mirar Ana y estalló una tercera serie de carcajadas, con los brazos abrazando el estómago dolorido.

El enfado de Ana Rivas iba mitigando por mucho que tratara de mantenerlo, perdiendo paulatinamente la inmunidad a los efectos secundarios peligrosos y tentadores de los ataques de risas de Teresa.

- ¿Me lo dices o me voy ya? - Ana habló al tiempo que intentaba reprimir las risitas que comenzaban a convulsionar su cuerpo.

Teresa hizo un gran esfuerzo para cesar de una vez por todas el ataque de risas. La estaba matando literalmente. Los músculos, en especial, abdominales gemían lastimosamente de dolor. Era una dulce tortura. Cuando pareció lograrlo, hizo unas cuantas respiraciones para despejar la mente algo atontada y aliviar el dolor de los pulmones. Por fin habló aunque sin mirarla directamente para no correr el riesgo de sufrir otro ataque de risa:

- Perdóname, ha sido algo tonto. Es que, que, cuando imitabas... - el semblante de Teresa empezó a ensombrecerse peligrosamente, avisando la llegada de otro ataque de risa. En esta ocasión, pudo contenerlo muy a duras penas mientras proseguía. - cuando imit...abas... mi voz. Dios mío - ya no pudo continuar, dando rienda suelta gustosamente al frenesí de las carcajadas que la obligaron a apoyarse sobre el árbol situada cerca suya mientras se retorcía de dolor y de risas.

- Vale ya... No tiene gracia... - Pese a sus vanos intentos de mantenerse seria, Ana ya no pudo contenerse más, liberando por fin las locas ganas de reír a carcajada limpia, al compás de las histéricas de Teresa.

- Tienes... ra...zón... No tiene... gracia... tu imitación... de mi voz... Mira, así... - Teresa hizo una penosa imitación, algo que no hizo más que aumentar el volumen de las risas de Ana.- Doña... Teresa... García... Dios mío... y tu cara... Dabas... miedo... No puedo más... Eso me está matando... - Hablaba con voz entrecortada mientras las lágrimas inundaban su rostro.

- ¡Y a mí! - respondió Ana ahogadamente, tratando de ser la juiciosa de las dos. Sus risas iban reduciendo hasta el punto de poder hablar con calma, aunque entrecortadamente - A ver... eso quiere decir... ¿que me perdonas?

Teresa leyó la esperanza en los ojos de Ana por conseguir su perdón.

Se limitó a asentir afirmativamente con la cabeza mientras se abrazó fuertemente sobre el estómago dolorido. Tardó dos largos minutos para recuperarse definitivamente. Hizo unas cuantas bocanadas de aire fresco reviviendo los órganos exhaustos por los efectos secundarios de los ataques letales de risa. Ligeramente recuperada, sonrió amigablemente a Ana. Pero ésta todavía la contemplaba con una expresión dubitativa.

Mentalmente se reprochaba por su dureza, consciente de que era culpable de las dudas que tenía Ana con ella. No alargó más su silencio.

- Sí, asunto olvidado. La verdad, he sido muy dura. Pido disculpas. Además, si no fuera por vosotros, habría venido andando bajo el sol de justicia durante dos horas cargando con la maleta. ¿Así que en paz? - Como muestra de sus buenas intenciones, Teresa tendió la mano.

- En paz. - aceptó Ana, con una extensa sonrisa. Con un apretón de manos, firmaron la paz.

- En serio, lo siento por todo. Reconozco que tengo mucho carácter. - Se disculpó de nuevo.

- Tranquila, lo importante es que lo hemos aclarado. Teresa, seré franca. No sé por qué, eh, pero cuando te conocí en el párquing, algo me dijo que nos congeniaríamos enseguida. Y, en el coche, me lo pasé muy bien contigo. Como si te conociera de siempre. Y además, me encantaba cuando tu madre me explicaba anécdotas de ti y de tu hermano. - confesó.

- Ays, qué vergüenza. - Se sonrojó ante la idea de su madre sacando los trapos sucios de ella.

- Qué va, no es lo peor. - habló Ana con cara de fingida seriedad. - ¡Me enseñó las fotos tuyas de bebé. Con el culo al aire! - Tras esto, se echó a reír.

- ¡Mientes! ¡Sé que mientes! - exclamó con voz chillona, a la vez que abofeteaba repetidas veces el brazo de una Ana juguetona.

- Tiene razón tu madre. - Murmuró con una nota de misterio, frotándose el brazo dolorido.

- ¿En qué? - interrogó, recelosa.

- ¡En que es muy fácil tomarte el pelo! ¡Ingenua eres!- Ana rió de nuevo. Esta vez, se ganó un pellizco en su brazo que le hizo gritar de dolor.

- Más te vale que no me tomes el pelo, porque como lo hagas, doña Ana Rivas sabrá lo que es recibir un buen pellizco. - amenazó.

- ¡Teresa! ¡¿Piensas en llamarme siempre doña Ana Rivas? - Se indignó.

- Depende. Si te portas bien, igual acortaré tu apellido. - Contestó con aire de suficiencia.

- ¡Serás bruja! - se hizo la ofendida, aunque el brillo de los ojos la delataba.

Rieron juntas, disfrutando de la recuperación de la buena sintonía entre ellas.

- Bueno, ahora sí, debo irme. - Ana dijo con pena. - Me alegro de que nos hayamos aclarado el malentendido. ¿Nos vemos mañana? - Antes de que Teresa pudiera decir nada, prosiguió. - Por mí, no te preocupes, ya sabes, el baile.

- ¿Cómo...? ¿Nos has oído...? - Teresa balbuceaba, toda roja por verse descubierta. Ana no le dio tiempo para reaccionar cuando la sorprendió revelando otro secreto.

- Ah, otra cosa. Tuviste un excelente profesor. Es decir, que me temo que tu hermano te tomó el pelo "con doble filo" diciéndote que era todo inventado. Es decir, las estrellas que indicaste son correctas. Tu hermano debe ser un buen astrónomo. Estoy impresionada. - Las cejas de Ana arquearon a modo de admiración.

- ¡¿Qué? - gritó Teresa, desconcertada. Ana seguía anulando sus reacciones, continuando con las revelaciones.

- Lo único... es que prefiero tus historias a las auténticas leyendas de las estrellas que suelen ser macabras. Ya te las contaré un día. Bueno, espero oír otra historia tuya más. Buenas noches, Teresa. - Tras esto, dio media vuelta y se encaminó hacia la mansión.

Teresa reaccionó finalmente pero ya era tarde porque Ana se encontraba lejos de su alcance.

- Esperaaaaaaa, esperaaaaa. ¡No seas tramposa! Otra cosa, aunque lo hayamos aclarado, sigo siendo la misma. ¡Que no me gustan las sorpresas! ¡Y no seas tan chismosa! ¡No te incumben mis asuntos! - Gritó indignada.

Sin girarse, Ana gritó de lejos para que la pudiera oír a la vez que agitaba la mano a modo de provocación.

- ¡No es mi culpa de que haya tanto eco aquí! ¡Deberías haberlo sabido! - Dicho esto, se cerró la puerta del porche tras de sí.

Aunque no podía verla desde su posición, podía visualizar sin problemas a Ana lanzándole un guiño burlón.

- ¡Puñetera. Es lo que eres! - refunfuñó a solas, descargando la rabia contra Ana Rivas.