TERESA

Capítulo 6

Sábado, 15 de julio de 1950.

Anotación histórica: Franco reclama el peñón de Gibraltar como perteneciente al estado español.

El vello se le erizó al ver el gentío en el patio exterior donde tenía lugar el baile. De repente, sentía cómo el entusiasmo daba paso al nerviosismo y a la sensación de extrañeza al estar rodeada de la gente de alta sociedad. Le concedía la impresión de que estaba en otro mundo.

Antes de cruzar el umbral del patio exterior, el coraje se vino abajo dando un paso atrás para ir inconscientemente al lugar donde su alma encontraría el consuelo reconfortante. Se despertó del sonambulismo cuando su mano rozó el áspero y rudo tronco de un árbol. No era cualquier árbol. Era su cómplice, confesor y testigo de su amor imposible. Ya lejos de las posibles miradas curiosas, se apoyó sobre el tronco, que pareció abrazarla en torno suyo con sus ramas como si intentara apaciguar su nerviosismo. Sintió unas tentadoras ganas de trepar y sentar en la copa del árbol, desde donde no perdía ningún detalle de lo que ocurría en los bailes organizados por la familia Rivas.

"¡Qué extraño!" - pensó para sí misma. - Siempre soñaba con ser la Cenicienta, quien se convertía en una hermosa princesa con ayuda de una amable bruja para atrapar el interés de su príncipe azul. Imaginaba a su joven enamorado pidiéndole un baile y ella misma, tímida, aceptaba la invitación. Mientras bailando, podía sentir la fuerza en sus firmes brazos y aspirar el olor embriagador y varonil de la colonia.

"Los cuentos deberían incluir una advertencia al final del cuento. Algo tipo 'Los cuentos no son responsables de las alucinaciones ni fantasías irreales que pudieran sufrir las lectoras entusiastas a raíz de la lectura' ". - meneó la cabeza mientras se reía de la ironía.- "Ahora que mi sueño se ha visto cumplido, lo único que no me siento es ser la princesa. Más bien, estoy aterrada y extraña. Una cosa es pintar con mi lienzo unos mundos a mi antojo y otra es enfrentarse a la realidad que no es nada tal como me imaginaba. No tengo nada que ver con esa gente señorial. ¡Maldita sea la hora que acepté la invitación! Estúpida, estúpida, pueblerina ingenua."

Sintió una fuerte punzada de dolor cuando oyó una vocecilla en su interior: "Tal como te dijo tu padre esta mañana". Se abrazó fuertemente y sus ojos se humedecieron ante el recuerdo de la disputa desagradable que tuvo con su padre esa misma mañana cuando le informó de la invitación del señorito Perea. No sabía de dónde sacó la valentía para anunciarlo a sus padres, a sabiendas de que no se lo tomarían bien. En especial, su padre. Su madre, Carmen, se quedó sin habla, sin saber qué decir. La miraba como si hubiera perdido el juicio. "De alguna manera tiene razón. He perdido la cordura.", pensó resignadamente. Pero la reacción de su padre era infinitamente peor de lo que se imaginaba. Lloriqueó al recordar las duras palabras que se habían intercambiado ante la atónita madre, incapaz de detenerlos.

- ¡Has perdido el juicio! ¿Qué pretendes? ¿Que seamos el hazmerreír del pueblo? Una cosa es tolerar tus chiquilladas como ver las fiestas desde ese árbol. O peor, ¡suspirar por ese señorito! Nada más y nada menos que el hijo de la primera esposa del don Ramón. - Su semblante se tornó pálido mientras su padre, cegado por la ira, continuaba gritando - ¿Qué pasará cuando los señores Rivas se enteren? Dime si has pensado en esto. !¿Has pensado en el escándalo que vas a montar?¡Claro que no porque sólo te importan las niñerías patéticas!

- ¡Basta ya! Pascual, haz el favor de sosegarte. Que nos oye todo el mundo. - Su madre finalmente se recuperó de la sorpresa, plantando cara a su marido, que jadeaba. - Por favor, vamos a calmarnos, sentarnos y discutir el tema.

Pero lo peor estaba por llegar. Teresa jamás había visto a su padre tan furioso y decepcionado al mismo tiempo. Con la mirada fija en ella, su padre anunció con una voz amenazadora.

- Carmen, no hay nada que hablar. Porque, Teresa García, te prohíbo ir al baile.

Fue cuando ella, de naturaleza orgullosa, recuperó el espíritu beligerante desafiando la prohibición de su padre.

- ¡¿Qué? ¡No me puede prohibirlo! ¡Tengo veinte años!

- Exacto, aún eres una menor de edad. - su padre habló con triunfo.

- Esperad, por favor, escuchadme. Estáis muy nerviosos.- trató de apaciguar la madre, aún a sabiendas de que sus intentos quedarían en vano. Ambos, Teresa y su padre, eran terriblemente orgullosos, incapaces de entrar en razón.

- Padre, para esto, me tendrá que encerrar. - Teresa retó. Se equivocó y mucho cuando leyó la victoria en el rostro de su padre.

- Ahí me has dado una excelente idea. ¡Estarás encerrada esta noche!

Ladeó la cabeza, lamentando su incapacidad de mantener su autodominio. Quizá hubiera podido convencer a su padre si no se hubiera dejado llevar por su orgullo herido. Pero ya no había marcha atrás. Su padre la agarró mientras forcejeaba intentando librarse de su mano, llevándola a rastras hasta su dormitorio donde pasaría el resto del día encerrada. Pasó una buena parte de la mañana, llorando amargamente. Ni siquiera probó la comida. Cuando se hubo recuperado, pasó la tarde escribiendo la dura experiencia en su diario. Una vez acabado, decidió releer todo su diario para olvidar sus penas. Incluso se rió de las fantasías que tenía de pequeña. Fue una anotación que le devolvió las fuerzas.

Entrada, abril de 1942

Hoy Tato cumple 13 años. Mama y yo emos echo una tarta muy bonita. Chocolate. Es faborito de Tato. Es mi faborito tambe. Papa regala a tato una boyna. Como la sulla. Tato dice que es un hombre. No pienso igual. Parece niño bestido de ombre. Esta feo. Mama siempre dice que hay que decir la verda. Digo a Tato que esta feo y que es un niño. El pega a mi. Yo pego a tato. Mi brazo duele. Despue de comer Alfonsito y papa van a la fiesta. Mama y yo labamos. Mama dice que las niñas buenas ayudan a mamas. Yo quiero ir a la fiesta. Mama lava platos y no me ve. Corro. Voi a la fiesta. Mu bonita. Gente feliz. Yo feliz. Bailar. Beber. Comer. Pero Tato es malo. Ve a mi y dice a papa que estoy aya. Papa enfadado con migo y lloro. Bolbemos a casa. Mama no enfadada con mi go. Todos cansados.

Se avergonzó de las clamorosas faltas ortográficas. Revivió las emociones al escaparse de la vigilancia de su madre e irse a la fiesta mayor del pueblo. Estaba entusiasta y feliz. Bailó con unos cuantos chicos que conocía. Comió unos ricos bocadillos y bebió jugo de limón con azúcar. Pero su hermano la vio y se lo chivó a su padre. Su padre se enfureció con ella, no por ir a la fiesta, sino por ir sola. Pese a sus remordimientos por escaparse a escondidas y matar de preocupación a sus padres, consideró que valió la pena la experiencia.

En su mente encendió la bombilla. Tuvo la idea brillante de escaparse para asistir a la fiesta. Asomó por la ventana. Miró abajo. Se golpeó en la frente por no haber pensado antes.

No habría problema en salir de la ventana y bajar por el árbol. Lo único que debería tener cuidado era que durante la bajada protegiera su vestido de las posibles rasgadas por las ramas traicioneras. Mentalmente trazó a toda velocidad un plan. Se sintió satisfecha, con la seguridad de que tendría éxito. Se acostaría fingiendo estar dormida mientras su madre recogería la cena sin probar. Al salir su madre, se vestiría y bajaría por el árbol. No se quería perder por nada del mundo la cita con su príncipe azul, por quien había suspirado tantos años. Le daba igual por lo que pudiera ocurrir luego. Sólo le preocupaba no fallar al señorito Perea. Y sentirse la protagonista de la noche.

"Aquí estoy, como una cobarde", lamentó. ¿De qué tengo miedo?, se preguntó. Conocía muy bien la respuesta antes de formular la pregunta. Estaba aterrada de hacer el ridículo ante su amor, quien era todo un experto en la galantería. Desde la copa del árbol, había sido la espectadora de todos sus actos caballerescos. El señorito siempre se ceñía al mismo guión. Se acercaría a la chica y le besaría la mano. Disertarían un rato antes de que él la ofreciera un paseo por el lago, donde guardaba su mejor arma.

Sacudió sus pensamientos. Hizo ejercicios de respiración a fin de recuperar la calma. Recuperó el coraje confiando en su lema: "Todo o nada", que nunca le fallaba. Se dijo a sí misma en voz débil. "Teresa, vamos, tienes una gran ventaja sobre todas esas chicas. Conoces de memoria el guión. Úsalo a tu favor. Así que sal de aquí y ve al baile."

Estaba dispuesta ante todo a vivir la que sería su mejor experiencia de su vida. Se irguió y, con la cabeza alta, caminó a pasos firmes hacia el umbral del patio exterior.


Entretanto, la familia Rivas junto con el señorito Perea se reunían en el salón principal. Reinaba un silencio lúgubre, algo habitual. Don Ramón Rivas, vestido implacablemente con un traje negro y una camisa blanca, se dirigió al mueble bar para servirse una copa de whisky.

- ¿Alguien quiere una copa? - preguntó. Todos negaron con la cabeza. - Bueno yo sí. Va a ser una noche larga. Encarna, sigo sin entender por qué has invitado a don Enrique y su esposa. Ya sabes que no los soporto.

- Los negocios son los negocios. - su mujer contestó indiferentemente, sin levantar la mirada de la revista que ojeaba. Ante su respuesta, Don Ramón Rivas soltó un bufido de frustración y tomó un largo sorbido de whisky.

Sentada aburrida en una butaca, Ana Rivas, la hija de ambos, recitó mentalmente la frase memorable que daba comienzo a la bella historia trágica de Anna Karenina, de Tolstoi. "Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada es desgraciada a su manera". Aunque su familia no era desgraciada, ni de lejos, tampoco era feliz. Siempre le había parecido que en su familia bastante peculiar había muchas heridas abiertas, algunas conocidas y otras desconocidas.

Quería a sus padres. Siempre sintió una profunda admiración hacia su padre. Era muy apuesto y carismático. A sus cuarenta años, las mujeres aún suspiraban por él. Poseía un negro cabello espeso, unos ojos castaños oscuros que emanaban misterio, una dentadura blanca y un hoyuelo pronunciado en su barbilla. Tenía un porte noblesco que a menudo engañaba su real procedencia. Era uno de los llamados "nuevos ricos" gracias a sus dotes empresariales, sin olvidar la ambición infinita de su abuelo, que fundó el imperio familiar. En cuanto su madre, le inspiraba sentimientos bastante complejos y a menudo contradictorios. Era una mujer hermosa. Poseía un abundante cabello azabache siempre recogido en un moño estiloso, una nariz refinada y unos labios carnosos. Pero su cariz más llamativo eran sus ojos negros que le recordaban a una gata astuta y peligrosa que no parecía abrigar nunca buenas intenciones. Era mayor que su padre. Encarnación Llanos también era, en gran parte, culpable de la expansión del imperio Rivas. Ana reconoció que sus padres formaban un tándem que se entendía a la perfección. Una pareja refinada, elegante, ambiciosa y seductora.. Pero, a los ojos de Ana Rivas, eran unos padres extremadamente severos, infinitamente exigentes, emocionalmente complejos y afectuosamente lejanos. Aunque su padre era más receptivo.

Sus padres se profesaban un gran respeto y afecto. Su armonía matrimonial se veía ocasionalmente interrumpida por el elemento discordante. Era Héctor Perea Ortiz, hijo de la primera esposa de su padre. Según su madre, su abuelo instó a su padre a casarse con Marta Ortiz, madre de un bebé de un año, debido a su apellido de nobleza que les permitiría abrir las puertas a la clandestina alta sociedad. Mientras su abuelo logró el renombre empresarial, su padre lo hizo en los círculos sociales. Durante el primer año, todo iba viento en popa. Pero el destino aguardaba otro papel a su padre. Enamorarse de la que sería su madre. Decidió divorciarse de Marta y casarse con la mujer de su vida. Cuando su abuelo supo aquello, se negó en un principio a los planes de su hijo enamorado pero cambió de opinión al conocer a su madre. Su abuelo se congenió de inmediato con su futura nuera, con quien compartía la visión de futuro repleta de ambiciones. Pero, cuando su padre anunció su intención de divorciarse, cometió un gran error infravalorando la astucia de su primera esposa, quien estaba al tanto de su aventura amorosa. Para su sorpresa, la doña Marta aceptó pero con una condición. Conocedora del futuro prometedor del imperio Rivas, exigió que tomara a su hijo de tres años, Héctor Perea, bajo su protección y que ejerciera algún cargo importante en los Almacenes Rivas. Su padre no pudo negar sus demandas a sabiendas de que no era conveniente ganar su enemistad a fin de no perder importantes redes sociales que había ganado con tanto sudor en su corto matrimonio. Así sellaron su trato. Héctor Perea, al alcanzar los once años, fue instalado en la mansión de Villa Fortuna bajo protección de don Ramón para disgusto de su madre.

Y ahí estaba el imbécil de Héctor, gozando los favores de su padre como un perro faldero. Actualmente trabajaba como adjunto al ayudante del director comercial. Entre Héctor y Ana, había una diferencia de tres años. Ana Rivas pasó felizmente la infancia en la mansión de Villa Fortuna pero sus padres la mandaron en un internado suizo al cumplir ocho años con la excusa de darle la mejor educación posible. Pero ella conocía la razón. Todo era una idea de su madre. "Quién iba a ser si no.", pensó resentida. Su padre en un principio rechazó pero, como siempre, al final cedió a las demandas de su madre. Consideraron que, como heredera, debía adquirir todos los conocimientos, de los cuales debería sacar provecho para cuando cogiera las riendas del imperio Rivas en el futuro. A veces se sentía como una mera inversión futura para sus padres. En especial, para su madre. Aunque no sabía si estar agradecida a sus padres o no. Por un lado, vivió muchas aventuras que serían muy impropias para una chica española de su edad. Disfrutó plenamente de la educación liberal, la diversidad cultural y la mentalidad abierta que la permitieron crecer como ciudadana. Unos valores bastante transgresores para España. Por otro, estaba resentida con ellos por no ejercer con ella como padres aunque hicieran esfuerzos de hacer varios encuentros fugaces en los internados.

Pese a siempre conocía la existencia del protegido de su padre, tuvo que transcurrir varios años para conocer personalmente a Héctor Perea. Fue su 16º cumpleaños que celebró en la casa de verano de Santander. Por lo menos, sus padres tenían el detalle de recordar siempre sus cumpleaños, que ya era algo. Desde que su padre presentó oficialmente a Héctor, sintió una antipatía natural hacia el joven rubio engreído. Sin decir que esa antipatía era recíproca.

- Eh, ¿no es Teresa, la hija de los García? - Su padre preguntó confuso, de pie con la copa, en el balcón, desde el cual se veía por completo el patio exterior donde se celebraba la fiesta.

Ana Rivas se alarmó al oírlo nombrando a la chica que había conocido el día anterior. Por instinto, miró fugazmente a Héctor, cuya reacción era tal como se imaginaba. Sus ojos azules casi se salían de la órbita y su espalda se tensó.

- ¿Quién? - preguntó con interés Encarna, a quien no se le pasó inadvertida la reacción de Héctor. Dejó la revista, se levantó de la silla y salió a la terraza, uniéndose a su marido.

- No sé, igual me equivoco. Mira ahí. ¿No se parece mucho a Teresa García? - Don Ramón señaló con el dedo el punto donde se encontraba la chica.

Ana y Héctor se despertaron del estupor y salieron rápidamente a la terraza. El corazón de Ana se dio un vuelco al notar la mirada inquisitiva de su madre.

- No sólo se parece mucho, sino que es ella misma. ¿Ramón, no sabes que le concedieron un permiso? Supongo que ha venido para pasar los días junto con sus padres. Pero no sabía que fuera tan descarada como para ir al baile. - habló con un atisbo de crispación.

- Pues yo tampoco. Encarna, voy a hablar con ella. Seguramente es un malentendido. - Su padre intervino con diplomacia.

Su madre asintió con la cabeza, con los brazos en jarras. Su padre entró en el salón, dejando la copa en el mueble bar y se dispuso a salir. Ana estaba a punto de impedirle el paso, pero al parecer Héctor tuvo el mismo pensamiento.

- Espere, don Ramón. - Su padre se detuvo y se giró, mirándole confuso. - ¿Podría venir un momento? - Cuando Ramón volvió a la terraza, Héctor prosiguió algo nervioso. - Señores, es mi culpa. La he invitado.

Ana debió reconocer a regañadientes la valía del joven ante sus padres. No era fácil enfrentarse a ellos. Se alegró no por él, sino por Teresa que merecía un chico de buenas intenciones. Aunque la acababa de conocer, por razones desconocidas sintió un fuerte instinto de protección hacia Teresa.

- ¡¿Cómo? - sus padres gritaron sorprendidos, pero Héctor impidió que continuaran hablando, hablando con firmeza que sorprendió hasta a Ana.

- Don Ramón, doña Encarna, asumo todas las responsabilidades y consecuencias de la invitación que hice a la señorita García. Debo retirarme para poder atenderla como se es debido.

Héctor Perea dio media vuelta, caminó, salió y cerró la puerta tras de sí. Se quedaron a solas. Ana aplaudió mentalmente la rapidez mental de Héctor, evitando el enfrentamiento directo al retirarse antes de que sus padres pudieran reaccionar. Acodada sobre la barandilla, miró el gentío en el patio exterior. Estaba impresionada con la decoración. Era simple pero vistosa al mismo tiempo. Los bailes organizados por sus padres eran famosos en especial por la decoración blanca. Había varias farolas blancas colgantes importadas de China, vislumbrando el gran patio. Además, había una norma de etiqueta. Las mujeres debían vestirse de blanco mientras que los hombres podían llevar trajes blancos o negros, con la obligatoria camisa blanca. Sus ojos resbalaron sobre las figuras hasta dar con la persona objeto de su interés. Vio a una Teresa algo nerviosa, mirando sin cesar de derecha a izquierda, buscando indudablemente a Héctor. "Su caballero andante está a punto de sacarla de sus aprietos". - Pensó burlonamente. La chica estaba radiante. Se vestía un vestido blanco que contrastaba con la piel morena. Su cabello reluciente estaba recogido en un moño discreto pero con estilo. "Tiene gusto." - apreció.

A su espalda, escuchó la conversación agitada de sus padres.

- Ese chico no hace más que traernos disgustos. - su madre dijo, enfurecida. Su padre intentó sosegarla en vano. - Encima, asociarse con la baja alcurnia.

Ana se enfureció ante la opinión tan pobre sobre Teresa. Estuvo a punto de replicarla pero su padre se adelantó.

- No te sulfures, mi querida. Si piensas bien, no deberíamos preocuparnos tanto. Seguramente sólo será una más. - razonó su padre mientras frotaba afectuosamente los brazos de Encarna.

Ana en su fuero interno no estaba de acuerdo con el comentario de su padre, aunque por parte de Héctor era más que posible. Era un donjuán impresentable. No podía entender qué era lo que veían las chicas en él como para volverlas locas. Vio a su madre, meditando acerca de la conclusión de su padre. Al ver que su madre aceptaba resignadamente, el rostro de su padre se llenó de cierto alivio sabiendo que iba a tener la noche en paz. Convenía alejarse de ella cuando no tenía un buen día.

- Bueno, es hora de atender a nuestros invitados. Espero veros ahí abajo. - Dio un casto beso a su mujer y se volvió hacia Ana, con una sonrisa encantadora. - Hija, estás preciosa como siempre. Cuidado con los jóvenes.

- Son ellos quienes deberían ir con cuidado. - Ana guiñó conspiratoriamente mientras, con las manos sobre sus caderas, meneaba sensualmente la cadera. Rieron. Su padre le plantó dos besos afectuosos antes de retirarse del salón de camino al patio.

Ana volvió a apoyarse con los codos sobre la barandilla, disfrutando de las vistas. Vio de soslayo que su madre miraba hacia afuera con tal concentración que la asustaba. Sabía muy bien a quién miraba. Mejor dicho, a quiénes miraba. Suspiró antes de volver la mirada en el patio. Notó una punzada de disgusto cuando observó al idiota de Héctor besar la mano de una ruborizada Teresa. "Más vale que no la hagas daño, patético", pensó mentalmente sin molestarse a analizar sus impulsos que despertaba la hija de los empleados García.

Tal como lo temía, su madre comenzó a hablar.

- ¿Sabes? Esa chica es la hija de los señores García. El encargado de las cuadras, Pascual García y la cocinera, Carmen Guerrero. Si no recuerdo mal, ya has intercambiado palabras con su madre. Francamente, no te hemos enseñado a mezclarte con esa gente.- la fulminó con la mirada, esperando inspirarla miedo. Pero Ana conocía muy bien sus trucos, así que contestó con fingida sorpresa, haciendo caso omiso al insulto acerca de sus amistades.

- ¿Ah sí? No lo sabía. Parece una chica bonita. - dijo, haciéndose la loca.

- ¿Bonita? Como se nota que no la conoces. Más de un disgusto hemos tenido con ella en el trabajo. Es una chica descarada y con malos modales a pesar de sus excelentes capacidades como subencargada de la sección de ropa femenina. - explicó con desdén.

A Ana nunca le dejaba asombrar la extraña capacidad de su madre de criticar los defectos y apreciar las virtudes de las personas al mismo tiempo.

- Vaya, ¿qué hizo? - preguntó curiosa por las desavenencias que parecía tener su madre con Teresa García.

- No voy a perder tiempo enumerando la infinidad de sus defectos. - respondió petulantemente. - Pero Teresa García tuvo pájaros en la cabeza creyéndose la salvadora revolucionaria de los empleados. Es decir, se presentó como candidata a representante sindical junto con don José María, nuestro encargado principal que ha demostrado ser leal a pesar de su patetismo y su afición a correr detrás de las faldas. La chica montó un revuelo, repartiendo panfletos sobre sus objetivos que persigue. Hasta faltó el respeto al don José María ante los clientes. Suerte que los empleados fueron lo suficientemente sensatos que votaron por la reelección de nuestro encargado. - explicó con los brazos cruzados, sin quitar de encima la vista sobre Héctor y su invitada.

Ana quedó un tanto impresionada por la valentía y la pasión de Teresa a la hora de defender sus principios. Aunque ya conocía de antemano el orgullo de la chica, esas cualidades no siempre eran compatibles. Conocía a gente orgullosa pero de mala fe. O viceversa, gente honesta pero cobarde.

Pero, conociendo bien a su madre, decidió omitir su opinión acerca de Teresa.

- ¿Sabes? Se me ocurre una idea. - En los labios bailaba una sonrisa astuta que le despertó sospechas. Ana sabía que aquello no presagiaba nada bueno. No se equivocó cuando su madre reveló lo siguiente. - Debes ayudarme a separarlos.

- ¡¿Cómo? Si no tengo relación con ellos - mintió en defensa de Teresa, mirándola con suspicacia.

- Eso es lo de menos – agitó la mano quitando la importancia al hecho. - Además, más de una vez has hecho gala de diplomacia con las personas menos dignas de confianza.

- Ve al grano. ¿Qué pretendes hacer con mis servicios? - Ana inquirió, muy consciente de que su madre quería algo de ella. Se puso en pie, frente a su madre, a la altura de los ojos, desafiándola.

- Me gusta la gente directa. - Encarna sonrió a modo de aprecio en vez de ofenderse por el tono directo de su hija. - Iré al grano. Quiero que hagas amistad con Teresa García.

Aquello la dejó sin habla. Se había imaginado cualquier cosa menos esto. En vez de delatarse, preguntó con un atisbo de desconfianza.

- ¿Qué estás tramando, madre?

- Nada, por ahora, son buenas intenciones. - A Ana se le escapó una risita burlona ante las supuestas buenas intenciones de su madre. Encarna la miró con ceño fruncido, visiblemente ofendida. - No faltes el respeto a tu madre. - Ante el tono de advertencia, Ana cesó de reír, limitándose a mirarla con indiferencia. -Así mejor. Por favor, no vuelvas a interrumpirme. No es propio de una dama. Deberías saberlo. Para esto te mandamos a las mejores escuelas. - Ana se contuvo de soltar "ajá". El vello se le erizó cuando observó la sonrisa de su madre ampliándose peligrosamente - Hija mía, te repito que debes hacer amistad con Teresa.

- ¿Por qué quieres que lo haga yo? - insistió. Por nada del mundo, quería involucrarse en las intrigas de su madre.

- No me hagas perder el tiempo. Nos están esperando. Ana, mira ahí la pareja de tortolitos. Dime si te parece "una más" como ha señalado tu padre. En estos temas, los hombres son tan ingenuos.- suspiró con desdén.

Ana volvió a mirar la pareja que estaba conversando animadamente. Volvió a sentir esa punzada en su corazón, con más disgusto que antes. El cabello de Teresa parecía brillar, sus ojos honestos destellaban de éxtasis y sus labios pintados de rojo carmesí oscilaban tímidamente. Era feliz. Después contempló el rostro del joven. Leyó en él los primeros síntomas del enamoramiento. Su tic nervioso de remover su cabello rubio. La expresión bobalicona. Los ojos extasiados.

Atestiguó cómo ambos salían del gentío, adentrándose en un pasillo de enredaderas que les encaminaba al lago. Quería evitar todo daño posible a Teresa que pudiera provocar el inconsciente joven pero sabía los peligros que correría metiéndose en este feo asunto. No entendía por qué, pero sabía que le importaba mucho el bienestar de Teresa, cuya confianza había recuperado de milagro la noche anterior.

Pese a todo, Ana no pudo frenar el impulso de soltar las palabras de su boca en contra de la lógica que le dictaba.

- Acepto el trato. Haré como yo considere conveniente. Y además, acabara como acabara, la... los dejarás en paz. - Estuvo a punto de cometer un pequeño desliz que la hiciera delatarse.

Evidentemente, su madre no estaba prevenida para esto. La miraba con los ojos abiertos como platos, esperando más resistencia de su hija. Una vez recuperada de sorpresa, Encarna arqueó la ceja a modo de suspicacia mientras la sondeaba buscando las razones que la habían llevado a aceptar la misión. Sin poner pega alguna.

- ¿A qué viene ese interés repentino? Jamás habías aceptado con gusto a ser partícipe de una de mis intrigas, como tú llamas.

Ana desvió la vista, no soportando más la mirada fulminante de su madre sin traicionar su nerviosismo. Agradeció eternamente sus pequeñas clases de teatro. Respondió con un tono de desinterés que resultó bastante convincente:

- Supongo que me estoy aburriendo. Tenía ganas de hacer algo diferente. Además siempre hay una primera vez. - acabó con un encogimiento de hombros.

Su madre seguía sin creérselo del todo pero decidió ignorarlo por ahora, prefiriendo contentarse con la colaboración insólita de su hija.

- Tienes razón, siempre hay una primera vez. Espero que tu nueva afición no sea temporal porque sacarías mucho provecho de las intrigas. Un día ya entenderás el porqué. Ahora sí, hija mía, vamos a atender los invitados. En especial, a Pedro. Hay veces que te envidio. Como quisiera tu edad para disfrutar las atenciones que da Pedro. Es muy apuesto. Y es muy rico. - Encarna acentuó las últimas palabras, manifestando sus ambiciones para exasperación de Ana.

Teresa no podía creerse todo lo que estaba sucediendo. Se estaban ceñiendo al plan habitual de Héctor. Era tan igual y tan diferente al mismo tiempo. Desde la copa del árbol se imaginaba como la chica cortejada, seducida y besada por el señorito Perea bajo la penumbra de la luna, testigo de su amor apasionado. Pero en vez de soñar, estaba ahí viviendo en directo. Era una sensación extraña. Cuando el señorito Perea le propuso dar un paseo, supo inmediatamente adónde se dirigían. No lo hizo saber a Héctor para no arruinar la noche. Reía para sí misma al notarlo nervioso. Era curioso porque un hombre tan experimentado como él no debería estar intranquilo haciendo lo de siempre. Mientras que por su parte ella se sentía extrañamente serena como si fuera la verdadera dueña de la situación. En cierto modo, lo era.

- ¿Has ido al lago? - Héctor preguntó, con su sonrisa contagiosa. Antes de que pudiera responder, el joven se adelantó, golpeándose a la frente. - ¡Qué estúpido soy! Vives aquí. Supongo que ibas, nadabas y te bañabas, ¿no?

- Sí, definitivamente. Iba mucho con mi hermano y nuestros amigos. - Contestó entre risas. - Incluso jugábamos. Saltar al lago con la cuerda.

- Ostras, no te imagino como una pequeña salvaje.- dijo a modo de broma.

- Créetelo, créetelo, era más salvaje que mi propio hermano. - guiñó.

- Me alegra comprobar que consiguieron educarte, porque no sabría cómo acercarme a una dama salvaje por muy bonita que fuera. - Héctor simuló estar aliviado ante los progresos de Teresa.

- Es bueno saber que me consideras una dama. - flirteó.

Rieron y hablaron un buen rato. Llegaron finalmente el mirador del lago majestuoso. Desde ahí podían ver de lejos el baile que estaba alcanzando el pleno éxtasis de la noche. Aunque había disfrutado millones de veces de la belleza del lago, nunca dejaba de impresionarla. El lago brillaba bajo el influjo hechizado de la enigmática luna acompañada por sus ejércitos de estrellas.

- ¡Qué hermoso! - Exclamó emocionada.

- Más hermosa estás tú. - se ruborizó al notar la mirada penetrante de Héctor. El señorito Perea estaba terriblemente apuesto, vestido con un traje blanco que ceñía a su cuerpo esbelto.

- Creo que la luna llena te está ofuscando. - negó con timidez. Antes de que el señorito pudiera objetar, respondió rápidamente a fin de apaciguar el nerviosismo que sentía.- ¿Sabes qué? Creo que no fui del todo domesticada, porque me faltó navegar una barca. - rió para sus adentros al ver la mirada esperanzadora del joven.

Era el acto que faltaba para culminar el proceso de galantería.

- ¡Oh, eso tiene fácil remedio! Señorita Teresa, es afortunada de tener en frente a un experto en navegación. - Héctor acabó con una reverencia, haciéndola reír.

- Ahora soy quien está impresionada. Sus dotes del baile han quedado más que probados. Vayamos a poner en prueba sus habilidades de navegación, capitán Perea.- puso una cara de asombro teatral.

- ¡Todo un honor, mi querida viajera! - exclamó, ofreciendo su brazo que Teresa aceptó.

Bajaron por un pequeño sendero y cruzaron el pequeño muelle donde les aguardaba una barca. Héctor fue el primero en bajar a fin de prepararla. Una vez acondicionada la barca, alzó los brazos a fin de poder ayudarla a bajar sin problemas. Cuando Teresa bajó, Héctor desasió la cuerda que sujetaba la barca y se puso a remar en silencio.

Le sorprendió la agradable sensación bajo sus pies meciéndola. Vio su propio reflejo en el agua. Le pareció que la verdadera Teresa estaba atrapada en ese reflejo, mientras otra Teresa poseía el cuerpo real viviendo la aventura junto con su amor secreto. Sacudió sus pensamientos, centrándose en el joven de enfrente. Su corazón revolucionaba a mil al apreciar el ardor en los ojos de Héctor. Bajó la mirada. Captó un destello verde debajo de las piernas del joven. Contuvo la risa. Descubrió que el destello verde procedía de una botella de champán junto con dos copas de cristal. "Ahí es donde las guarda el señorito." Enseguida, advirtió la falta del meneo en la barca y alzó la mirada. Héctor cesó de remar, mirándola largamente.

- ¿Qué le ha parecido mi arte de navegación? - habló con una voz seductora, que le hizo estremecer.

Pero, en su mente, de algún modo extraño se formó una imagen del rostro pícaro de Ana haciéndola semejante pregunta el día anterior sobre su arte de conducción. Confundida por la repentina imagen, aclaró la mente.

- Me parece que es aceptable pero que aún está muy lejos para estar a la altura de Cristóbal Colón. - Teresa respondió con fingida seriedad.

- Jamás había conocido a una mujer diabólicamente difícil de complacer como tú. - Simuló estar herido por su comentario.

- Será que las mujeres que conoces tienen poca o nula idea del arte de navegación. - contestó, un tanto atrevida. Héctor rió.

- Posiblemente tienes razón. Creo que es un buen motivo para celebrar, ¿sabes?

- ¿Celebrar qué? - fingió estar confundida, conociendo de primera mano las intenciones del joven.

Sonrió cuando el pecho de Héctor se infló, creyendo que la deslumbraría con su sorpresa. El señorito Perea desconocía su afición de espiarlo en los bailes.

- Antes de contestar, deberías cerrar los ojos. - el joven pidió educadamente. - No te defraudaré, esta vez no.

Cerró los ojos. Podía imaginarlo cogiendo en silencio la botella y las dos copas. Soltó un pequeño grito cuando sintió la barca balanceándose ligeramente.

- Tranquila, estás segura. No abras aún los ojos. Por favor, levanta el brazo. Te ayudo a levantarte, vale. - Teresa alzó el brazo y notó cómo Héctor tomó su mano, empujándola suavemente hacia arriba. Ya de pie, se agarró fuertemente al joven, aterrada por la idea de caerse a la negrura del lago. - No te preocupes. Sólo es una sensación pero no vas a caer. Además, estás segura conmigo. - aseguró Héctor. - Ahora ya puedes abrirlos.

Abrió los ojos para encontrar que entre ellos apenas cabía un alfiler. Hasta podía notar el aliento caliente del joven en su cara. Se quedó prendada de las pupilas plateadas que brillaban más de lo usual a causa del resplandor lunar. Jamás había visto una dentadura tan perfecta en un hombre como la de Héctor. Blanca, limpia, amplía, honesta. Súbitamente tomó conciencia de la cercanía, apoyó las manos sobre el pecho de su amado, apartándose lentamente. Se sentía ligeramente mareada, por una parte, por la proximidad y, por otra, por la certeza de lo que vendría a continuación.

- Mira, aquí tenemos una botella de champán. Es una ocasión merecida para celebrar que estoy ante una mujer bonita, inteligente, salvaje, experta en astronomía y... que tiene opinión para todo. - murmuró Héctor.

- ¿No te han dicho nunca que eres un gran mentiroso?

- ¡Me ofendes! Pongo la mano sobre mi corazón y te juro que todo lo que te he dicho es absolutamente cierto. - bromeó a medias. - Venga, no vayamos a desaprovechar el champán.

Teresa asintió. Héctor llenó las copas con el champán y le dio una. En toda su vida, sólo había bebido champán una vez. Fue el aniversario 40º de los Almacenes Rivas, que se celebró dos años atrás.

- Brindemos por la oportunidad de habernos conocido. - dijo Héctor, a la vez que chocó con la suya la copa de Teresa.

Tomaron el primer sorbo. Su cuerpo sufrió un desagradable estremecimiento debido al amargor de la bebida que dejó en la boca. Para ser honesta, nunca le había gustado el champán. Contuvo el impulso de fruncir la nariz para no herir los buenos sentimientos del joven. Pero Héctor percibió su temblor aunque lo malinterpretó achacándolo a la brisa nocturna.

- ¿Tienes frío? - Preguntó con sincera preocupación. - Un momento. Déjame coger la copa. - Le alargó la copa hacia el joven, quien la cogió. Héctor dejó las copas detrás suyo en el suelo de la barca. Se levantó y desabrochó la chaqueta, quitandósela. La puso sobre los hombros de Teresa. Ésta no rechazó la petición pese a no tener frío. - ¿Estás mejor?

- Sí, muchas gracias. - Agarró la chaqueta, sintiendo más cerca que nunca del señorito Perea aunque sólo era una mera prenda. Emanaba el olor familiar que tanto le gustaba.

- Déjame frotarte los brazos. - Teresa no se opuso. Se miraron sonriéndose en silencio mientras Héctor la frotaba. Al cabo de un minuto, el joven rubio rompió el silencio. - ¿Sabes? Nunca me había sentido así con nadie.

- ¿Así cómo?- Preguntó ausentemente, concentrada en el agradable calor que transmitían las manos de Héctor.

- Verás, es la primera vez que una chica me pone nervioso. Cuando estoy contigo, me siento torpe e inútil. - Teresa se dispuso a rebatirlo, pero el joven no lo dejó. - Espera, déjame acabarlo. No voy a negarte que he conocido a varias mujeres. Pero nadie ha conseguido hechizarme. Me embrujaste desde la primera vez que posé los ojos sobre ti. Sin ti, me siento vacío. Ya sé que te parecerá absurdo cuando sólo nos hemos hablado dos veces.

- No sé qué decirte... - titubeó, atónita ante la confesión. Su mayor fantasía se había convertido en la realidad.

- Por ahora, no digas nada. - Héctor dijo serio.

Se miraron fijamente. Teresa cerró los ojos al notarlo acercándose hacia su rostro. Apoyó las manos sobre el pecho mientras Héctor la rodeó con sus brazos potentes. Sus respiraciones se aceleraban a medida que acortaban la distancia. Tuvo la sensación de que el tiempo se había detenido. Su corazón casi sufrió un clímax al notar el primer roce de los labios húmedos del joven, a punto de sellarlos.

Pero lo malo de la realidad era que era capaz de jugarles malas pasadas. Una llamada desde lejos la sacó del ensimismamiento, provocando que su cuerpo se girara por instinto hacia el punto de donde procedía la voz. Su reacción instintiva tuvo fatales consecuencias. Cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde.

- ¡Cuidado! - gritó Teresa.