Nota de autora: Esta primera parte de la historia está basada en una película muy conocida. ¿Alguien lo adivina? Hay escenas muy familiares aunque me tomé la libertad de hacer pequeños cambios. Fue divertido escribir este capítulo
TERESA
Capítulo 7
Domingo, 16 de julio de 1950.
Anotación histórica: La primera línea de trolebuses en Madrid empezó a funcionar el 8 de abril de 1950, reuniendo El Viso (en el noreste de la ciudad) con la Puerta del Sol.
- ¿Está bien?
Teresa preguntó alarmada cuando Ana Rivas cerró la puerta del cuarto donde reposaba el señorito Perea.
- No te preocupes. El doctor ha dicho que se recuperará en unos días. Simplemente debe guardar reposo absoluto. Si quieres, puedes visitarlo ahora. Aunque debo avisarte que está bajo efectos de morfina, es decir, está algo atontado. - habló gentilmente.
Se dispuso a aceptar la propuesta pero se vio interrumpida por la presencia de otra persona que acababa de salir del cuarto del señorito. Se tensó al ver que era doña Encarnación. La señora se paró sorprendida al verlas juntas. Reaccionó rápidamente, borrando de su rostro la sorpresa para dar paso a la frialdad con la que se dirigió a su hija.
- Hija mía, debo atender unos asuntos. Héctor sólo debe guardar reposo. ¿Sabes? Cada vez que lo pienso, sigo sin creérmelo de todo. Desde luego, ¡qué accidente más absurdo! - Reflexionó con una nota de burla en su voz. Sus ojos felinos denotaban el placer de saber que el señorito Perea había sufrido un accidente bastante desafortunado.
A Teresa nunca le había agradado aquella mujer enigmática y manipuladora, quien siempre la miraba con indiferencia. La doña se dirigió de nuevo a su hija en un tono críptico.
- Ah, por cierto, recuerda lo que hablamos. Es tu gran oportunidad.
- No lo he olvidado, madre. - Ana contestó secamente sin molestarse a mirarla.
Doña Encarnación parecía estar muy satisfecha con la respuesta de su hija, ya que su boca dibujó una sonrisa astuta. Se podía palpar la extraña tensión entre la señora y Ana, pero prefirió no comentarlo ya que no era de su incumbencia. Se contentaba con ser invisible.
Pero, para su desgracia, doña Encarnación parecía haber encontrado otra afición, consistente en mirarla con descaro y aire de superioridad. Teresa tuvo la desagradable sensación de que estaba siendo sondeada. Un pensamiento oscuro la asaltó. "¡No puede ser, no puede ser. No puede saberlo nada!" - Teresa trató de convencerse mientras aguantaba impertérrita las miradas desquiciantes. Pero lo peor era que la doña tenía el don de desconcertarla en todas las ocasiones que se cruzaba con ella.
- Ah, debo estar muy mal. - Dijo con cara de fingida pena. - Me olvidé de darte la bienvenida a la Villa Fortuna. Disfruta mucho tus días de permiso, señorita García. - La voz sonó tan falsa a sus oídos.
- Gracias. - respondió respetuosamente, con una mueca hipócrita en juego con la de doña.
No sabía por qué pero tuvo la fuerte impresión de que la madre de Ana Rivas se traía entre manos algo peligroso. "Es absurdo, porque entre nosotras no hay nada excepto la indiferencia. Apenas intercambiamos palabra alguna.", concluyó. En cuanto vio la espalda de la doña desaparecerse en la esquina, no pudo evitar de soltar un suspiro de alivio. Se avergonzó de inmediato cuando se percató de que Ana la miraba con gran interés. Se maldijo mentalmente por su indiscreción. Pero Ana no dijo nada, simplemente sonrió.
- Es una mujer imponente, ¿eh? - murmuró, con dulzura, cogiendo por sorpresa a Teresa. Levantó la ceja enarcada, mirándola divertida como si la estuviera retando a contradecirla. Teresa iba a negarlo pero Ana tenía otras ideas. - Bueno, ¿qué me dices de la visita?
"¡Qué ironía!", pensó, "Ana Rivas, tienes la misma habilidad que tu madre. Desconcertarme." Aunque había una gran diferencia entre ellas. Ana Rivas era una chica llena de buenas intenciones a pesar del desagradable malentendido que casi costó su incipiente amistad. Se dispararon todas las alarmas en su mente. "¿Amistad? ¡Acabamos de conocernos! Además, es la hija de los señores Rivas. Aunque... no sé por qué... pero algo me impulsa a querer conocerla y a querer ser su amiga... Es tan... viva. ¡Ésa es la palabra! Viva, llena de vida." Pero otra voz, esta vez, la de sentido común, replicaba. "En el fondo, es imposible, porque no es normal." Aquello la dejó confundida, no entendiendo qué era lo que no era normal.
- ¿Teresa? - preguntó Ana, extrañada por su silencio. Teresa decidió dejar las elucubraciones para otro momento.
- Eh...nada, sólo estaba pensando...Respecto a la visita, me encantaría. Aunque no sé qué decirlo.- Dijo, algo aterrada por la posibilidad de que el señorito Perea no quisiera volver a verla a causa del incidente. Ana pareció adivinar sus pensamientos.
- Tranquilízate. Héctor no está enfadado contigo. Debo decirte que cuando le pusieron morfina, pasó un buen rato alucinando y suplicando que quería verte. Como un crío de cinco años. Suerte que mis padres no estaban ahí.- Observó ceñuda cómo Ana tapaba la boca con la mano intentando contener la risa ante la imagen de Héctor gimiendo mientras le curaba la herida.
- Eh, no te rías. Pobre chico. - Teresa reprobó aunque la delató un gorjeo que brotaba de la garganta. Como señaló antes la doña, era un accidente tristemente absurdo.
- ¡Si no me río! - replicó Ana, en una demostración de que no se reía aunque los ojos decían lo contrario. - Pero, me parece que tú te estás riendo... que se te nota el bigote moviendo. - Ana, burlona, señaló con el dedo la boca de Teresa, quien a su vez lo atrapó con su mano.
- ¡Ana, no me río! ¡Y no tengo bigote! - Pese a sus intentos de negar la evidencia, Teresa habló entre risas, no pudiendo contenerse más. Ana se unió a las carcajadas. - ¡Y tú no te rías! - desafió.
- ¡Qué va! No me río. - Ana dijo con cara de fingida sorpresa, señalándose a ella misma como si no pudiera salir del asombro de que Teresa tuviera la osadía de acusarla.
Teresa bajó la mirada en un intento de recuperar el autocontrol.
- Basta, el señorito Perea no se lo merece. - insistió.
- No, no se lo merece, desde luego. - Ana afirmó con fingida seriedad como muestra de respeto hacia Héctor aunque se le escapó una risita.
- ¡Dios mío, no sé cómo pudo pasar! - Teresa gimió, lamentándose del accidente que sufrió su amado.
Ana la cogió entre sus brazos, asegurando que nadie tuvo la culpa. Teresa agradecía su gesto de consolarla. Apoyada en el pecho de Ana, Teresa García revivió los hechos de la noche anterior.
- ¡Cuidado! - gritó Teresa.
La reacción instintiva de su propio cuerpo girándose al oír la llamada lejana provocó la pérdida del equilibrio de Héctor, quien estaba totalmente absorto en besarla. La barca balanceaba peligrosamente. Agarró la camisa del joven con la intención de sostenerlo. Sólo logró que fuera de mal en peor. Con el agarre, Héctor perdió el poco equilibro que le quedaba, cayéndose hacia atrás arrastrándola. Teresa no se percató hasta después de que cayó encima de Héctor dado que su mente se llenó del sonido más aterrador que jamás hubiera oído. El señorito Perea lanzó un grito espeluznante de dolor que casi hizo romper sus tímpanos. Una vez que la barca cesó de balancear, se separó rápidamente del joven que yacía casi tumbado en el suelo.
- ¿Estás bien? Dime que estás bien. ¿Dónde te duele?- Se alarmó al ver el rostro blanco de Héctor, que parecía estar muy cerca de desmayarse.
- No lo sé...- gimió el señorito Perea, cuyos ojos brillaban con una nota de locura que le espantó.
- Déjame ver.
Tanteó el cuerpo del joven buscando heridas. No tardó en descubrirlo cuando su mano tanteó varios fragmentos de vidrio. Comprobó con horror que las copas de cristal se rompieron bajo las nalgas de Héctor.
- Dios mío. Te voy a ayudar.
- No, no puedo. - Héctor susurró débilmente.
- Tranquilo, sólo debes girarte. Venga, capitán Perea. - Dijo en un intento de alentar a Héctor, que parecía estar sufriendo una alta fiebre. Con su ayuda, el cuerpo del joven se giró, poniéndose boca abajo. - Mejor así.
La joven puso atención en las voces alarmadas que les llamaban repetidas veces. Entrecerró los ojos y divisó una silueta femenina con la mano alzada. Pertenecía a Ana Rivas. La acompañaba Pedro.
- ¡Ayuda! ¡Ayuda! - gritó, agitando el brazo.
- ¡¿Qué pasa? ¡¿Estáis bien? - Ana respondió a gritos. Su voz sonó realmente preocupada.
- ¡El señorito Perea no está bien! ¡Necesita un médico! ¡Es urgente!- habló desesperada.
La respuesta que esperaba no llegó. Teresa entrevió que la pareja estaba conversando agitadamente. Probablemente para tomar medidas. Transcurrido medio minuto que le pareció eterno, finalmente oyó de lejos la voz resuelta de Ana.
- ¡Teresa, Pedro va a llamar un médico! ¡Ahora voy a coger una barca y os alcanzo! ¡No tardo nada!
- ¡Vale! ¡Pero date prisa! ¡Está a punto de desmayarse! - apremió, inquieta por la semiconsciencia del señorito Perea.
- ¡No te preocupes! ¡Todo irá bien! - aseguró Ana.
Contempló los movimientos ágiles de la joven aristócrata, cruzando rápidamente el muelle donde le aguardaba otra barca similar. Bajó con agilidad, soltó la cuerda y empezó a remar. Teresa desvió la mirada al oír los gemidos de Héctor y se apresuró a decir con nerviosismo:
- Tranquilo, Pedro ha ido a llamar a un médico y... Ana está remando para ayudarnos.
- ¡No podía ser otra! - aunque no podía ver por completo el semblante del herido que se encontraba bocabajo, se podía adivinar la mueca de disgusto que acababa de hacer Héctor. Pero no era el momento para lamentarse de nada ni acusar a nadie.
- ¡No te muevas! - Impidió que Héctor se moviera a fin de no agravar la herida. Acarició la frente del señorito, que estaba goteando de sudor. - Estoy aquí, a tu lado. Todo irá bien.
- Suerte tengo de tenerte. - murmuró casi febrilmente el joven.
Pese a las circunstancias, sonrió ante el comentario de Héctor. Alzó la mirada cuando oyó la voz de Ana. Estaba a poca distancia de ellos.
- Teresa, procura que cuando pase al lado de vuestra barca coja la cuerda que te tiraré, ¿vale?
- ¡Entendido! - acordó antes de volverse a Héctor - Ya está aquí. No te muevas, ¿vale?
Satisfecha con la respuesta afirmativa, se maniobró para posarse al costado de la barca en espera de que llegara Ana. Cuando la barca de Ana deslizó suavemente hasta situarse a su lado, Teresa cogió la cuerda que le pasó y la asió en la tableta de madera donde se había sentado hacía pocos minutos. Una vez bien anudada la cuerda, ayudó a Ana a pasar no sin dificultades de la barca a la suya.
- Gracias. - Ana agradeció antes de irse rápidamente al lado del señorito Perea. Al otro lado se sentó Teresa. - Héctor, ¿estás bien? Me ha dicho que estás herido. ¿Dónde está tu herida? Tenemos la fortuna de que en el baile conocemos a un buen doctor. Está de camino.
- Hermanita... - Héctor tuvo tiempo de saludar con sarcasmo antes de soltar un gemido de dolor. No había tiempo para discutir nada, por lo que Teresa se anticipó poniendo al corriente del accidente desafortunado a Ana. En cuanto hubo acabado de contarlo, observó los ojos de Ana abriéndose como platos al detectar los fragmentos de vidrio clavados en las nalgas. Fue cuando Teresa se dio cuenta de la ridiculez de la situación.
- Ya te puedes reír, si quieres, hermanita. - Héctor habló resignado y, cómo no, avergonzado.
Teresa sintió gratitud por la actitud de Ana Rivas, quien, en vez de reírse como lo habría hecho cualquier otro, se abstuvo de comentar nada del accidente, prefiriendo supervisar la herida. Tras unos segundos, habló con mucho aplomo que envidió a Teresa.
- Por ahora, no deberíamos tocar nada para evitar posibles infecciones. Ahora, debemos llegar a la orilla. Lo único malo es que, para esto, debemos moverlo al otro asiento para que yo pueda remar.
- ¿Debemos hacerlo? - Teresa preguntó, reticente a infligir más dolor a Héctor.
- Lo siento, no hay otra solución. Los remos están enganchados en ese lado. - Ana meneó la cabeza a modo de lástima, haciéndole saber que tampoco le agradaba la idea.
- Vale, pues no perdamos tiempo. - Aceptó con resignación. Sujetó con cuidado la cabeza sudorosa de su amado evitando posibles daños en la nuca. Le habló con dulzura - Héctor, escúchame. Debemos moverte. - Su corazón se rompía al oírle negándose aterrado por la idea de padecer más dolor de lo que ya estaba experimentado. Pero Teresa sabía que no debía desfallecerse, por lo que habló con más entusiasmo de lo que sentía realmente.- Capitán Perea, recuerda que me prometiste que nunca dejarías de impresionarme. Así que es tu momento. - Miró de reojo, comprobando aliviada que Ana no los miraba, con el rostro vuelto hacia otro lado dándoles intimidad. Le agradó este pequeño detalle. Volvió a mirar los ojos azules de Héctor que le inspiraban una ternura infinita.
- Eso no lo dudes nunca. Te impresionaré. Venga, ayudadme. - dijo débilmente pero con ánimo.
Teresa asintió con la cabeza, dándole a entender que estaba orgullosa de él. Lo estaba sinceramente. Llamó a Ana y ésta giró la cabeza para mirarla. A pesar de la oscuridad, captó algo extraño en la mirada de la Rivas. Una mezcla de culpabilidad y ¿resignación? Seguramente se sentía culpable por llamarlos de lejos, provocando involuntariamente el accidente. Quería calmar ese peso pero no había tiempo para esto. Mentalmente tomó nota para hacerlo luego en cuanto pudiera. Con una sacudida de la cabeza, hizo saber sin palabras a Ana que era el momento de ayudar al señorito Perea a moverse. Ana asintió, cogiendo un brazo del joven y lo pasó con cuidado por sus hombros mientras que Teresa cogió el otro. El herido soltó unas cuantos gemidos débiles de dolor mientras le ayudaban a mover con dificultades a causa del casi inexistente espacio para las maniobras. Era más difícil de lo que parecía pese a que sólo era un medio metro para traspasarlo. No únicamente les causaba complicaciones la casi falta de espacio para cobijar a tres personas sino que también debían procurar no perder el equilibrio mientras la barca se balanceaba peligrosamente. Tardaron dos largos minutos para poner bocabajo el cuerpo del señorito Perea. Las chicas acabaron jadeando del esfuerzo. Ana limpió el sudor de la frente a la vez que respiraba agitadamente. Teresa la imitó.
- Te dejo con él, voy a remar. Antes debes desanudar la cuerda y la tiras al agua. No te preocupes por la otra barca. Ya la recogerán.- Habló una Ana casi recuperada.
Teresa hizo tal como la ordenó. Cuando Ana se levantó para ponerse al otro lado de la barca, Teresa cogió su brazo. Ana la miró interrogante.
- Muchas gracias por todo. - la agradeció de todo corazón.
- No digas tonterías. - Ana negó, quitando la importancia al asunto.
Teresa no insistió y se entretuvo acariciando la espalda del joven, húmeda por el sudor. Mientras tanto, Ana se sentó, lista para remar hacia la orilla donde se encontrarían con Pedro y el doctor. Empezó a remar con fuerza. Teresa pensó que era increíble cómo una chica tan delgada como Ana Rivas pudiera estar en plena forma como para remar una barca ocupada por tres personas. Y más cuando era una actividad que no era propia de una señorita de alta sociedad. Pero, con lo poco que la conocía, sabía que no debería extrañarse. Era una mujer extravagante.
- Ya llegamos. - Ana anunció tras diez minutos de remo. Teresa suspiró aliviada ya que le parecía interminable el viaje. - Debo bajar para poder empujarla hasta la orilla. No te preocupes por el vestido, que sólo me llega hasta las rodillas.
Antes de que Teresa mostrara su desacuerdo con el plan, Ana se apeó con agilidad y se posó al costado de la barca, algo agachada, empujándola con mucho esfuerzo. Cuando la pequeña embarcación por fin se hundió en la tierra, ayudó a Teresa a apearse. No le importó que sus zapatos se hundieran bajo el agua. Sólo tenía un pensamiento: Héctor Perea. Sin pensarlo dos veces, se giró, a fin de sacarlo, pero se vio impedida por la mano de Ana que agarró con fuerza su brazo.
- Ana, debemos ayudar a sacarlo. - dijo, impaciente. Se vio sorprendida cuando Ana negó con la cabeza. - ¿Por qué no? Mira...
- Teresa, debes irte. - Ana habló toda seria, sin soltar su brazo.
- No, no lo ent...
- Debes irte. - Ana repitió con firmeza. Teresa trató de librarse del brazo, pero la Rivas era realmente fuerte. Ana la arrastró hasta fuera de la orilla, ignorando sus quejas. - Escúchame con atención, por favor, Teresa, no deben verte aquí con nosotros.
- ¿Cómo? - Preguntó, perpleja. Dejó de forcejearse con ella. El semblante de Ana se ensombreció.
- Seamos sinceras. ¿Crees que mis padres os permitirán a seguir viéndoos en cuanto sepan que habías estado con él? Ya sabes que por mi parte ningún problema... pero no todo el mundo piensa igual - tras esto, aflojó el apretón en su brazo mientras la miraba con compasión.
Abrió la boca y la cerró bruscamente. Supo con fastidio que Ana tenía razón. Los señores Rivas no lo aprobarían con buenos ojos. Ella sólo era una simple dependienta. Y, para colmo, la hija de los empleados de los propios señores. Pensó en sus padres, ignorantes de su escapada. Analizó la propuesta de Ana Rivas. Por mucho que no lo gustara, reconoció que el plan jugaría mucho a su favor. Evitaría que sus padres se enteraran del incidente si regresaba inmediatamente a su cuarto. Y permitiría que continuasen viéndose si el señorito Perea seguía todavía interesado. No estaba dispuesta a echar a perder la única posibilidad de estar con el hombre de sus sueños aunque sólo fuera un día más.
- Tienes razón. - finalmente aceptó, resignada. - Además, mis padres tampoco no saben nada. - Vio la expresión interrogante de Ana. - Ya te lo explicaré.
- No te preocupes por él. - aseguró. - Pedro ha ido a buscar un doctor que es un muy buen amigo mío. Por suerte, está en el baile, por lo que estarán a punto de llegar. Por mi parte, me inventaré una historia convincente. Pedro me seguirá el juego. No sabrán que has estado con él. Oigo los pasos. Venga, vete ya. - apremió. - Ya te pondré al corriente de todo.
Sin perder tiempo, Teresa se puso a correr cogiendo un sendero poco conocido para evitar de cruzarse con Pedro y el doctor. Se detuvo unos segundos para mirar atrás. Vio a Ana subiéndose a la barca y sentándose al lado del señorito Perea en espera de la llegada de sus amigos. Reanudó la marcha, de camino a su habitación. A la que accedería a través del mismo árbol por donde había bajado.
- Que yo sepa que vivir entre algodones no me convierte en un algodón.- La voz juguetona de Ana la trajo a la realidad.
- ¿Cómo? - Preguntó, aún perdida en su mundo.
- Quiero decir que al parecer soy tan suave como el algodón. - Ana la miró abajo, divertida, mientras ella seguía sin entenderlo. - Me refiero a que parece que estés a gusto abrazada a mí. Muy a gusto, diría yo. - señaló a sí misma y a ella. - ¡Y no me quejo, eh! - Tras esto, le hizo un guiño de picardía.
- ¡Ah, perdóname! - Al darse cuenta de la inexistente distancia entre ellas, deshizo bruscamente el abrazo, ruborizada. Se reprochó mentalmente por abusar de la confianza de Ana Rivas. "Y la acabo de conocer", pensó. Se disculpó sin cesar. - En serio, lo siento mucho.
- Mujer, no pasa nada. Sólo estaba bromeando. - Ana dijo con una sonrisa abierta. Teresa bajó la mirada, sintiéndose ridícula. Quiso cambiar de tema.
- Por cierto, he sido una mal educada. Aún no te he dado las gracias por cubrirme. Pude volver al cuarto sin problemas.
- Sí, algo me comentaste que tus padres no sabían acerca de... esto... ya sabes lo que quiero decir. - Ana bajó la voz, a fin de evitar oídos involuntarios. Teresa suspiró, sabiendo que le debía una explicación.
- Cuando lo informé a mis padres, no reaccionaron muy bien. - Omitió que su propio padre la encerró en su propio cuarto. - Y, como habrás adivinado, los desobedecí asistiendo al baile. Sé que lo hice mal, pero no pude evitarlo. - Hizo una pequeña pausa. -Tuve la suerte de que mis padres no me vieron al volver, ya que estaban bastante atareados con sus trabajos. Mi padre recogiendo los coches. Mi madre, cocinando para el ejército. Sin olvidar de que tuve cuidado de que los demás no me vieran en el baile.
- Lo hiciste bien. Quiero decir que los padres tienen un instinto de protección muy fuerte, que se olvidan de nuestros deseos. Tarde o temprano, todos nos rebelamos. Es algo inevitable porque llega un momento que debemos seguir los dictados de nuestros corazones, digan lo que digan los padres. Como diría mi madre, los hijos sólo estamos para dar disgustos a los padres.- Ana imitó la voz de su madre, poniendo una cara de severidad. Teresa rió débilmente, reconociendo que las palabras de la aristócrata cobraban mucho sentido. Se acordó de pronto de un detalle.
- Otra cosa, ¿qué historia contaste a los señores? - preguntó, muy interesada. No tenía ninguna duda de que Ana Rivas saldría de apuros sin dificultad ninguna, gracias a su magnífica labia.
- Ah, esto. Les conté que Pedro y yo nos cruzamos en el camino del lago con Héctor. E hicimos un paseo hasta el lago, donde conversábamos. Héctor y Pedro jugaban tirando las piedras en la orilla. Pero fue torpe que perdió el equilibrio, cayéndose por atrás. Sobre una botella de cristal que algún inconsciente había tirado en la orilla y que no vimos debido a la oscuridad. Además, así podíamos justificar la suciedad en nuestra ropa. Convincente, ¿verdad?
- Sí, debo reconocerlo. Pero... ¿y las barcas? - preguntó, con el ceño fruncido, ya que las pequeñas embarcaciones no eran fáciles de pasar desapercibidas.
- También pensé en esto. Pero antes, mientras mi amigo, el doctor, lo atendía con ayuda de Pedro, me dediqué a limpiar las huellas del crimen... Ya sabes, el champán y las copas. - Teresa golpeó el brazo de Ana mientras ésta reía suavemente, antes de proseguir - ...pues que las limpié y las guardé en un lugar donde no pudiera ver nadie. Aún están ahí. Más tarde, en cuanto pueda, volveré para recogerlas. Y... respecto a las barcas, no era necesario dar explicaciones, porque es habitual que durante los bailes los jóvenes se hagan una escapada utilizando las barcas. - Ana la miró conteniendo la risa.
- ¡¿Cuándo piensas dejar de torturarme?- reprochó, dándose como aludida. Mientras Ana se hacía la pensativa como si calculara el tiempo para acabar con la "tortura". - ¡Más te vale que lo dejes! - avisó. Ana alzó las manos a modo de paz. Teresa, contenta con la respuesta, prosiguió con el asunto - Volvamos al tema. ¿Y la barca que habías dejado ahí en medio?
- Más fácil aún, que los jóvenes inexpertos cometieron el error de desanudar primero la cuerda antes de bajar a la barca. - Ana explicó, orgullosa de su agudeza.
- Tiene sentido. - Meneó la cabeza, impresionada por su improvisación. - Veo que no has dejado ningún cabo suelto.
- Aún así, la única que no se cree del todo mi historia es, como podrás deducir, mi madre. No me sorprende. Pero no te preocupes por ella.
- Gracias. ¿Y el doctor lo sabe? - interrogó con voz débil, muerta de vergüenza con la idea de que otra persona ajena conociera la verdadera historia.
- Sí, por fuerza, al vernos en la barca. Pero no te preocupes. Es una excelente persona. Y digno de confianza. Le tengo en muy alta estima. No hizo ninguna pregunta en cuanto acabé de explicarlo. No todo, sino lo suficiente. La verdad es que tuvimos mucha suerte de que él estuviera en el baile, porque sin él la historia que me inventé no sería del todo convincente. Por decir algo, Pedro y el doctor son mis cómplices del crimen. - Rió. - En el baile, Pedro lo buscó directamente sin llamar la atención, en especial, de mis padres. Vinieron solos.
- En serio, no sé cómo agradecerte. - Dijo con todo el corazón. El rostro de Ana se iluminó de entusiasmo para dar paso a una expresión astuta. Confundida por el cambio súbito, Teresa preguntó. - ¿Qué?
- Hay una manera de agradecerme. - Sus cejas de Teresa arquearon a modo de sorpresa. Ana la tomó de la mano, junto con su sonrisa de oreja a oreja. - Siempre que te apetezca, está claro. Verás, tengo pensado de hacer una excursión mañana. Pensaba comentárselo a Pedro por si se animaba. ¿Qué me dices?
La sugerencia de Ana la dejó sin habla. "Definitivamente, es igual que su madre. Son unas cajas de sorpresas", pensó. Carraspeó la garganta antes de hablar.
- No sé... es que tenía pensado velar el estado del señorito Perea. Darle compañía. Leerle libros, no sé. Es lo mínimo que podría hacer por él. - rechazó con gentileza la oferta, no queriendo herir los sentimientos de la joven. - Además, creo que vosotros dos querréis estar solos.
- ¿Nosotros dos solos? - Ana la miró con perplejidad antes de echarse a reír. - Pero si no somos pareja. Pedro sólo es un buen amigo.
- Pero él... - Le extrañó que no fueran pareja ni algo semejante porque podía leer el deseo en los ojos de Pedro mientras miraba a Ana sin que ésta se diera cuenta.
- Pero nada. Además, el doctor nos ha dicho que los dos primeros días Héctor estará bajo los efectos de morfina para aliviar el dolor. En otras palabras, estará casi inconsciente. No podrás disfrutar mucho de su compañía. Y más cuando él debe reposar una semana bocabajo. - insistió Ana.
Indecisa, se tomó unos segundos para reflexionar. No se había percatado hasta entonces de que los dedos largos y refinados de Ana masajeaban sus manos. Suspiró sabiendo que estaba perdiendo la batalla, incapaz de rechazar su invitación. Y menos cuando la veía, tan excitada por la perspectiva de hacer la excursión con ella... y con Pedro. Sinceramente, no le apetecía pasar mucho todo el día lejos de su amado.
- No sé... - titubeó, sin saber qué decir realmente. - ¿Qué digo a mis padres?
- Ah, esto, déjamelo a mí.
- ¿Cómo? - alzó la mirada, exclamando con asombro.
- Sí, ya verás que no habrá ningún problema. Cuando te dije que tu madre es un encanto, me quedé corta. Cuando regresé tras muchos años sin venir, la persona que mejor me ha tratado es tu madre. Cuando puedo, me meto en la cocina y me pongo a hablar largamente con tu madre. Es una maravilla.
Teresa recordó las palabras de su madre, quien dijo algo parecido. Que tenía la suerte de tratar con la hija de los señores Rivas y que era una chica fantástica. Por su parte, debió reconocer que lo era. Y más ayudándola a salir de los apuros. "Más de una vez", pensó. Estaba en deuda con esa joven extrovertida.
- Vale, lo acepto. - afirmó, a la vez que apretaba las manos suaves de Ana.
- Fantástico. ¡No te arrepentirás! Si todo va bien, mañana a las nueve de la mañana en el porche. No lleves nada. Ahora que lo pienso, es irónico. Porque en realidad, será tu madre quién preparará la cesta. ¡Qué risa! - Teresa sonrió al verla hablando velozmente sin apenas respirar. Notó que el entusiasmo de Ana empezaba a contagiarla - Eso no importa. Otra cosa. Que el calzado sea cómodo para la excursión, ¿vale? Ropa fresca y también cómoda. Y llévate una rebequita por si acaso. Me parece que ya no hay nada más. ¿Alguna pregunta?
- Eh... no... - negó.
En ese instante, se abrió la puerta y salió un hombre que no conocía. Tenía la cara de haber pasado una noche dura. Llevaba el cabello algo revuelto y la camisa arrugada. E incluso la pajarita se descolgaba sobre un hombro. Llevaba una cartera. No había ninguna duda de que era el mismo doctor de quien hablaba Ana. Era un hombre algo mayor que ellas. Pero había algo en él que le gustaba. Desprendía paz, confianza y cercanía. Parecía un bonachón. Algo muy raro en los doctores, habitualmente fríos en el trato con los pacientes. Cuando Ana oyó la puerta abriéndose, se giró y su rostro se iluminó al verlo. Habló con una voz afectuosa que le indicaba inequívocamente que era una vieja amistad:
- ¡Mauricio! ¿Ya te vas para casa? - preguntó.
- Sí, Ana. El señor ya no necesita mis servicios. Además, le dejo en buenas manos del doctor López. - habló con una voz serena. Sus ojos reflejaban bondad y generosidad. Teresa decidió que le gustaba definitivamente ese hombre. El doctor se giró y la saludó.- Ah, señorita, buenos días. Disculpa mi aspecto. Estoy hecho un desastre.
- Te acompaño al aseo. - Ana dijo - Antes, quiero presentarte a la señorita Teresa García. - Teresa estrechó la mano que tendió el doctor Mauricio.- Y Teresa, éste es mi querido Mauricio Salcedo, el doctor más excepcional que conozco. Y no exagero nada.
- Señorita, le ruego no le haga caso. Sólo me limito a hacer el trabajo como cualquier doctor. - A Teresa le agradó la modestia del doctor.
- Mauricio, la señorita Teresa desea hacer una visita. ¿Es posible? - preguntó Ana.
- Bueno, sólo cinco minutos porque acabo de darle otro sedante. Dentro de nada, estará durmiendo. Creo que le gustará recibirla. - El doctor sonrió con complicidad.
- Muchas gracias, doctor Salcedo. - Agradeció, toda ruborizada.
- Por favor, llámame Mauricio. Que soy su amigo. - Insistió, antes de dirigirse a Ana. - Ana, ¿puedes acompañarme al aseo, por favor? Que no quiero que mi mujer me recuerde las lecciones de higiene. - La cara del doctor se ablandó al hablar de su mujer.
- ¡Oh, pobre! Por favor, haz llegar a Lucía un abrazo muy fuerte de mi parte. - Ana contestó, un tanto risueña.
- Espero que nos hagas una visita pronto en Madrid. Que te echamos de menos. - replicó el doctor.
- Lo haré. - Ana prometió. - Ahora te voy a acompañar al aseo. - se giró - Ya le has oído. Puedes entrar. Nos vemos mañana, ¿vale? - Teresa se disponía a abrir la boca para recordarla que aún no contaba con el visto bueno de sus padres. Pero Ana se adelantó. - Todo irá bien. - aseguró - Mauricio, ¿vamos?
- Sí, Ana. Señorita, un gran placer conocerla. - dijo, estrechando de nuevo su mano.
- Lo mismo digo, doctor... - Al leer la desaprobación en los ojos del doctor, se corrigió. -...Mauricio. - Respondió a la sonrisa feliz del hombre con otra suya.
Se despidieron con un adiós. Los observó alejándose mientras charlaban alegremente. Cuando doblaron la esquina del pasillo perdiéndolos de vista, se puso enfrente a la puerta y cogió aire antes de abrir la puerta. Estaba algo nerviosa pese a los ánimos de Ana, asegurando que los deseos de Héctor por verla seguían intactos. Abrió sin ruido la puerta y la cerró. Lo que vio le rompió el corazón. Observó al señorito Perea, yaciente bocabajo. En silencio, se acercó hasta ponerse al lado del bello durmiente. Compungida, examinó el rostro demacrado. Frente sudorosa. Mejillas pálidas. Ojeras hinchadas. En su interior, resurgió el fuego del amor hacia ese hombre desamparado. Sintió un deseo desenfrenado de pasar con la mano el cabello algo revuelto. No se resistió. Acarició con la mano el cabello pajizo. Susurró un "Te quiero". Contrariamente a lo que creía, su declaración recibió una sorprendente respuesta que salió de la boca del joven aún dormido. Su respuesta fue: "También te quiero." Teresa sonrió con tristeza sabiendo que Héctor estaba alucinando, a causa de los efectos de la morfina, y que la respuesta no iba dirigida a ella. Seguía siendo, en mayúsculas, un amor imposible por muy impresionada que la dejara Héctor la noche anterior con sus gestos galantes. Pese a todo, no estaba dispuesta a renunciar a la oportunidad de vivir un breve e intenso romance con ese señorito. No le importaba ser una más en su lista interminable de las conquistas. Su corazón rugió ante el pensamiento resignado. No, su corazón pedía mucho más como una hambrienta, no conformándose con ser una simple conquista.
Pasados cinco minutos, se retiró del cuarto. Su último pensamiento era: "Me esperan unos largos días". Lo que ignoraba ella era que lo serían, mucho más largos de lo que vaticinaba.
