TERESA

Capítulo 8

Lunes, 17 de julio de 1950.

Anotación histórica: Se aprueba el Opus Dei y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Fregándose los ojos, entró en la cocina y dio los buenos días a su madre. Exclamó de sorpresa al ver ahí a Ana apoyada en la encimera al lado de Carmen, quien preparaba la cesta para el pícnic.

- ¿Qué haces? ¿No habíamos quedado en el porche dentro de...? - Miró el reloj - Quince minutos. - Levantó la vista, con los brazos cruzados, dejando que una expresión de contrariedad le cruzara el semblante.

- Buenos días a ti también. Veo que alguien se ha levantado con el pie izquierdo. Tu madre ya me ha dicho que no eres muy aficionada a los madrugones. Chica, recuerda el dicho: "A quien madruga Dios le ayuda". - Ana se mofó, impertérrita ante su malhumor.

- Tiene razón. Que estés aquí de permiso no te da el derecho de vagar. Tenía la esperanza de que te levantaras para ayudarme. Pero veo que algunas cosas no cambian. - Carmen habló con fingida severidad a la vez que lanzaba continuas miradas de complicidad de Ana, que entendió enseguida su propósito. Teresa, ingenua, balbuceaba en un intento de justificar su tardanza.

- Ah, Teresa, no sabía que tienes un mote. - Ana habló medio enigmática y medio divertida.

- ¿Cómo? - preguntó, confusa. Suspiró a modo de exasperación haciéndole saber que no estaba para juegos. Ana no se hizo rogar.

- Un pajarito me ha dicho que tienes un mote desde hace siglos. Parece mentira que no lo haya oído hasta ahora. ¡Hasta eres una leyenda! - Ana dijo impresionada, para su fastidio.

Con disimulo, su madre tapó con la mano la boca a fin de contener las risas. Teresa se acercó para susurrar a los oídos de Ana, poniendo mucho empeño en dar un tono creíble en su voz.

- Mira, como tú has dicho antes, me he levantado con el pie izquierdo. No sé si sabes que en esto sí soy una leyenda. En pocas palabras, te hago saber que te conviene no cruzarte en mi camino cuando estoy recién levantada. - Amenazó.

Extrañamente, dicho esto, se estremeció ante la cercanía de la chica elegante. Cerró brevemente los ojos para aspirar el perfume embriagador. Se despertó abruptamente al oír la voz burlona de Ana.

- Bueno es saberlo. - Ana bajó la mirada hasta estar a la altura de sus ojos oscuros. Con una mano en su propia cadera, agregó – Para ti tengo otra información sobre mí... - Se hizo una pausa antes de proseguir con un tono misterioso. - Deberías saber que soy igual de leyenda...¡Rétame! ¡Me conocen por no haber perdido jamás en nada! ¡En nada, pequeñina!

Tras estas palabras desafiantes, se miraron largamente en silencio, ajenas a la presencia de Carmen, quien las miraba divertida. En la mente de Teresa se formó una descripción surrealista de los ojos avellanas de Ana. "Sus ojos parecen invitar a sumergirme con ella en un relajante y exótico baño egipcio de leche de cabra". Ladeó la cabeza, achacando su reacción extraña a los efectos post-madrugones. Se alejó precipitadamente de la chica elegante. Cogió el asiento de espaldas a ellas. Empezó a desayunar.

Ana tuvo una idea equívoca de su reacción creyendo que aún no se encontraba del todo cómoda con ella pese a sus esfuerzos de ganar a pasos agigantados su confianza tras el malentendido.

Al darse cuenta de la súbita incomodidad entre ellas, su madre intervino:

- Ana, aquí tienes la cesta. Además, también os he dejado unas frutas y unos bocadillos por si os entra hambre a media mañana.

- Muchas gracias. Como siempre, es usted todo un corazón. No sólo por la cesta sino también por conceder el permiso a Teresa de hacer una pequeña excursión con nosotros. No se preocupe por ella, que la cuidaremos de maravilla. Os la devolveremos a la tarde. Entre las seis y las siete.- Ana agradeció. Cogió la cesta del picnic y se dirigió hacia la salida. Antes de pasar por el umbral, se detuvo y se giró. - Desayuna bien, srta. Marmota. - Antes de que Teresa pudiera abrir la boca, Ana se echó a andar rápidamente.

- ¡Te cogeré! ¡No te librarás de esto! - gritó a la vez que dejó caer la tostada en el plato.

Oyeron de lejos como respuesta las risas sonoras de Ana. Encontró enseguida la culpable: su madre.

- ¡Mamá! ¿Por qué se lo ha dicho? ¡Ya sabe usted que no soporto los motes! - se quejó.

- ¿Qué? - Los hombros de su madre se encogieron. Dio un ligero beso en su frente. Sonrió antes de darle la espalda. - Si sólo ha dicho la verdad. - Al ver que su hija se disponía a replicarle, se adelantó usando un tono imponente que sabía que la acobardaría. - Teresa, no me protestes. Además, debes acabarte el desayuno. Que llegarás tarde.

Entre gruñidos, Teresa sabía que debía dejar las protestas para más adelante ya que no tenía tiempo. "Espero que el madrugón que me he pegado esté bien recompensado. Ana, más te vale que sea una excursión fantástica." Tras este pensamiento, se le cambió la cara, pasando del malhumor al éxtasis ante la posibilidad de vivir nuevas aventuras al lado de la doña Altiva. "¡No sólo ella! ¡También con Pedro!", se corrigió.

- ¡Hola! ¿Qué tal están mis chicas favoritas! - saludó su padre con efusividad. Primero plantó un beso casto en los labios de su madre y luego revolvió cariñosamente el pelo de su hija. - ¿Ha dormido bien la Marmotita?

- ¡Papá! ¡Tú también! ¡Dale con el mote!- Estalló, un tanto indignada.

Carmen rió mientras el pobre Pascual, que no estaba al tanto de la situación, se encogía ante la ira creciente de su hija.


- ¡Ya hemos llegado! - anunció Ana.

- ¿Hacía falta gritar? - a su lado, Teresa dijo enfurruñada, a quien le sacó violentamente del sueño en el que estaba a punto de besar a Héctor.

Ana la ignoró por completo, apeándose del coche. Estiró los brazos, cuyos músculos rugían de placer tras una hora y media de conducción.

- ¿Siempre es así tan enérgica? - preguntó Teresa.

- Suele serlo, pero nunca la he visto tan tan tan contenta como hoy. Será que se ha levantado de buen humor. - dijo Pedro, desde el asiento trasero.

- Sí, lo estoy. ¿Acaso es un crimen? - respondió Ana, apareciéndose detrás de Teresa, con los brazos apoyados en la puerta del coche.

- ¡No hagas esto! ¿Pretendes matarme de susto? - con la mano sobre el corazón desbocado, Teresa gruñó. Ana rió. - ¿No te han enseñado a no oír conversaciones ajenas? - espetó aunque, en el fondo, no estaba molesta.

- Sí, pero al parecer no te han enseñado que es de mala educación hablar de mí a mis espaldas. - Ana contestó triunfalmente, sabiendo que se había dado un tanto.

Teresa supo a regañadientes que Ana la había ganado, quedándose sin argumentos en su defensa.

- Teresa, aparte de enérgica, es diabólicamente lista. En su lista interminable de virtudes, está su innegable don de persuasión. Por algo participó en unos cuantos debates universitarios. Asistí a uno de ellos y puedo dar fe de que nadie fue capaz de vencerla. De lo contrario, no estarías aquí. - manifestó Pedro.

Teresa rió para sus adentros al verlo tan embobado describiendo las cualidades de Ana. Todavía le costaba creerse cuando Ana le afirmó que no eran pareja ni nada parecido.

- En otras palabras, Teresa, más te vale no discutir conmigo. - Ana dijo con orgullo.

- Pedro, ¿en el diccionario de Ana no aparece la modestia, verdad? - ironizó, siguiendo el juego de Ana.

En vez de Pedro, Ana fue la encargada de responder su pregunta.

- Eso sí que no me lo han enseñado. - Contestó sin tapujos. Todos se echaron a reír. - Venga, basta de charlas. Moveos el culo. Comamos algo antes de irnos a las cuevas. - Ana sugirió. Pedro y Teresa aceptaron. Cuando el joven salió del coche, Teresa se dispuso a imitarlo pero Ana no la dejó dado que no se apartaba de la puerta. Teresa la miró con las cejas enarcadas mientras que Ana se agachaba hasta situarse a sus ojos. Le habló por lo bajo. - Soñando cositas con Héctor, ¿eh, srta. Marmota?

Se quedó helada ante tal revelación. "¡Hablo en sueños! ¡Dios mío, qué vergüenza!". Lo negó rotundamente pero el sonrojo y el nerviosismo la delataron. Ana añadió:

- Tranquila, sólo era broma, pero veo que he dado en el blanco. - Se burló, ganándose una fuerte bofetada en la cabeza.

- ¡Eres tan chistosa! - masculló, ruborizada. Ana reía a carcajadas, acariciándose la parte dolorida.

- ¡Y tú tan dormilona! - Ana contraatacó, con una sonrisa maliciosa Esta vez la Rivas anticipó sus reacciones, moviéndose para evitar así una nueva manotada o, peor aún, un pellizco.

- Ya te atraparé. - advirtió. Salió del coche y se echó a correr para atraparla, pero Ana era muy rápida.

- ¡No me podrás coger, pequeña! - retó con una mueca de picardía, consiguiendo zafarse de las manos de Teresa.

- ¡No soy pequeña, puñetera! ¡Puñetera es lo que eres!

El asunto de los sueños quedó completamente olvidado para Teresa. Era feliz. Riendo, jugando, bromeando, respirando, conversando. Nunca había sentido tan libre. En un instante, miró a Ana quien con un meneo de cabeza le retaba a atraparla. En ese preciso instante, supo que serían grandes amigas. Lo deseaba con todo el corazón. Porque simplemente nunca había conocido a una chica tan fascinante como Ana Rivas.

Se detuvieron cuando oyeron la voz quejumbrosa de Pedro.

- ¡Chicas, siempre me dejáis al margen! No es justo que os quedéis con toda la diversión. - El galán puso los ojos de cordero degollado.

Teresa rió. Detrás suyo, unos brazos delgados le rodearon la cintura y una voz sedosa susurró a sus oídos, alegando que conocía el punto débil del amigo. Teresa asintió con la cabeza, aceptando el plan que le había propuesto. Cuando los brazos se apartaron de su cuerpo, echó en falta enseguida el contacto físico. Ana pasó a su lado, mirándola impaciente. Sonrió cuando Ana le lanzó un guiño conspiratorio antes de caminar hacia Pedro.

Ambas se acercaron al joven. Ana habló con voz falsamente afectada:

- Perdonanos Pedro por ignorarte. Nos hemos acordado en recompensarte.

- Eso ya es mejor.- El joven sonrió satisfecho. Pero su rostro cambió cuando leyó las verdaderas intenciones en las miradas de las chicas. Chilló, aterrorizado. - ¡No!

- ¡Síiiii, benditas cosquillas! - las chicas gritaron con placer, agarrando con fuerza al pobre chico. Fue torturado a base de las cosquillas durante unos buenos diez minutos.

Comieron frutas y bebieron jugo de naranja. Una vez recobradas las fuerzas, dejaron la cesta en el maletero del coche. Pedro cargaba con una pequeña mochila que contenía cantimploras de agua fresca y linternas. Los tres llevaban un sombrero de paja para protegerse del sol que apretaba bastante ese día. Recorrieron una media hora hasta llegar a las cuevas, una de las varias repartidas en la Sierra de Atalaya. Descansaron a la sombra, bebiendo grandes cantidades de agua.

- Pedro, saca las rebequitas. - El amigo de Ana sacó de la mochila unas chaquetas y las pasó.

- Teresa, toma la tuya. Debes abrigarte porque en las cuevas hace frío por la excesiva humedad. - Ana explicó.

Teresa se puso la prenda. Cuando los tres estuvieron listos para entrar en las cuevas, la joven García se detuvo, algo vacilante.

- ¿Qué ocurre? - Ana preguntó, ligeramente preocupada.

- ¿No te reirás si te lo cuento? - pidió Teresa. Por una vez, Ana lo prometió. Inspiró hondo y, cabizbaja, expresó sus inseguridades. - Veréis, nunca he estado en una cueva similar... Sólo de oídas, claro. Todo lo que he oído no son precisamente buenas noticias.

- Ah, te entiendo. - La mirada de Ana se tiñó de comprensión. Cogió la mano de Teresa mientras ésta alzó la cabeza. Su cuerpo se calmó al oírla asegurando que no debía temer nada. - Te prometo que no hay nada extraño. Excepto los murciélagos. - Teresa frunció el ceño ante la idea de toparse con los aves desagradables. Ana se percató de ello, por lo que se apresuró a añadir. - Son totalmente inofensivos mientras no dirijamos la luz hacia el techo. Te lo aseguro. Además no permitiré que te separes de mí. Sólo una cosa. ¿Te dan miedo los espacios cerrados?

- No, que yo sepa. - Negó. Intuyó que, al lado de esa joven intrépida, no debía temer nada.

- Un momento... ¿qué quieres decir con los espacios cerrados? - Pedro titubeó. Las chicas giraron la cabeza, acordándose de que no estaban solas.

- Sí, preguntaba por si sufre claustrofobia. Lo decía porque hay algunos pasillos estrechos, pero se puede pasar sin problemas. Pero conozco algunas personas que son incapaces por su miedo al poco espacio. ¿No tendrás claustrofobia? - Ana preguntó en tono de sospecha.

- No, no, no. Nada es esto. Es que me lo imaginaba de otro modo. Simplemente no me gusta entrar en los lugares desconocidos sin saber nada de antemano. ¡Y gracias por las aclaraciones! - Pedro se justificó con rapidez.

- Vale, entonces, entremos. - Ana dijo, sin estar del todo convencida. - Os pido que tengáis cuidado al andar. Debido a la humedad, el suelo suele ser resbaladizo. Ahora, dame la linterna. - pidió a su amigo. - Entraré primero, luego tú. - indicó a Teresa y luego a Pedro. - y por último, tú, que serás nuestros ojos de la nuca. - bromeó en un intento de levantar los ánimos.

Imitando a un soldado bravo, Pedro enderezó el cuerpo, infló el pecho y, con la cabeza elevada, vociferó las siguientes palabras.

- ¡A sus órdenes, general!

- Así me gusta, soldado valiente. Vamos.

Ana fue la primera en adentrarse, sumiéndose en la plena oscuridad. Teresa corrió tras ella para no perderle la pista. Pedro la imitó. Teresa tuvo una fuerte impresión de que se encontraban en la misma boca del lobo, aguardándolos hambriento. Para colmo, los continuos resoplidos de nerviosismo de Pedro no la ayudaban. En un momento dado, se chocó contra la espalda de Ana, quien sin previo aviso se detuvo en seco. Con la guardia baja, aulló horrorizada a la vez que se apretó contra el cuerpo de la aristócrata, aprisionándola con los brazos. Por desgracia, su grito produjo un efecto dominó. Nada más oírla gritando, Pedro perdió totalmente el control, emitiendo un fuerte chillido que puso en peligro los indefensos tímpanos de las chicas. Los murciélagos que habitaban en el techo vieron su paz perturbada por el jaleo. Contagiados por el pánico, salieron despavoridos en busca de la salida, provocando que se rebotaran contra los cuerpos de los tres humanos. Debido a la multitud de esos aves desorientados, apenas podían ver nada. Ana fue la única que aún conservaba la calma, tomando las cartas en esta situación.

- Teresa ¡Teresa! ¡Escúchame!.

Con el rostro escondido en el cuello de Ana, Teresa no respondía a las palabras. Sólo sentía esos bichos repugnantes sobre su cabeza. Tras un tiempo que le pareció interminable, oyó finalmente a Ana, pidiéndola que dejara de inmovilizar su cuerpo a fin de poder llevarlos a otro lugar, más seguro. Asintió con la cabeza y aflojó la fuerza del apretón, permitiendo a Ana recuperar la movilidad. Sin soltar a Teresa, Ana agarró con fuerza la camisa de un casi enloquecido Pedro y los arrastró hasta otro lugar, donde por fin se vieron libres de los murciélagos. Mientras Teresa estaba siendo reconfortada por Ana, Pedro se sentó jadeante, dando bocanadas de aire.

- ¿Estás bien? Tranquila, ya no están. Estamos seguros aquí. Sólo estaban asustados igual que vosotros. De no ser por vuestros gritos, hubieran permanecido quietos ahí arriba. ¡Pobres animalitos! ¡Les habéis dado un susto de muerte! - Ana dijo.

El comentario de Ana la sacó del estupor, contrariada por su falta de tacto hacia ellos.

- ¿Qué? Encima te compadeces de ellos en vez de nosotros. Y los llamas animalitos... cuando son tan repugnantes, feos, asquerosos, repelentes... ¡No te rías! ¡Estoy cabreada, que lo sepas!

- ¡Y yo! - se unió Pedro.

Teresa se separó de Ana y se frotó los brazos, tratando de borrarse todo rastro de los bichos.

- Vale, vale. Ya no los veréis más. - Ana tranquilizó. - Mirad ese pasillo.

Se fijaron en el lugar que señaló la chica. Se sorprendieron por el mísero espacio.

- ¿Estás de broma? - preguntó un perplejo Pedro. - ¡Eso no es un pasillo, sino más bien parece una madriguera!

- Pero si no es nada, sólo debemos cruzar gateando unos diez segundos. Este pasillo o, si preferís llamar cavidad, es el acceso a otro lugar más grande. A partir de ahí, debemos ser muy cautelosos a la hora de avanzar. Los caminos son bastante resbaladizos. Y más frío, también.

Teresa, más serena, se agachó y estudió las características del pasillo. Era lo suficientemente ancho como para cruzar una persona musculosa sin problemas. Era baja, pero tenía suficiente altura para permitir gatear sin necesidad de maltratar el cuello. Ana tenía razón, era muy poco profundo. Notó el frío procedente de la cavidad. Suerte de Ana que la recordó de traer una chaqueta. Se abotonó la rebeca.

- ¿A qué esperamos? - dijo, impaciente. Esa cavidad parecía estar llamándola a vivir unas fantásticas aventuras.

Las cabezas de Pedro y Ana voltearon bruscamente, sorprendidos por su repentino cambio de parecer. El semblante de Ana se relajó al saber que su excursión no se iba al traste por unos absurdos miedos. Mientras que su amigo, resignado, dio por perdida la batalla.

- Genial. Entras tú primera y luego yo. Por último, Pedro. - habló Ana.

Teresa esperó a que los chicos se unieran a ella. Pero alguien tenía otra idea. Ése era Pedro.

- Seguid vosotras. Me quedo. - dijo, entre avergonzado y apesadumbrado.

- ¿Cómo? - las chicas exclamaron al unísono. Ana intentó convencerlo. - Ven, en serio, no hay muchas cavidades de este tamaño. Ven, que quiero enseñaros unas vistas espectaculares.

- No insistas. Ana, antes te mentí. - confesó. Les miró con una sonrisa algo torcida en los labios. Teresa de pronto lo entendió y sintió pena.

- ¿En qué? - Ana dijo, en un principio confundida. Igual que Teresa, juntó todas las piezas. - Ya entiendo. Pedro, no te avergüences. Todos tenemos alguna fobia. No te voy a forzar en nada que no quieras hacer. Me da pena que no vinieras. Pero te comprendo.

- Lo siento. - Pedro, abatido, se disculpó.

Teresa se entristecía por ese joven lleno de buenas intenciones, cuya aspiración máxima era obtener la atención de su amada. Tuvo una idea pero antes prefirió saber una cosa.

- Ana, ¿cuánto tardaríamos en volver si continuamos?

- Pues, calculo unos tres cuartos de hora.

- Pedro, si te parece bien, podemos hacer una cosa. Puedes quedarte mientras nos esperas. Así salimos juntos. - propuso Teresa.

- No es el perfecto plan, pero no está mal. - aprobó Ana.

- Me parece justo. No me gustaría que por mi culpa os quedéis con las ganas de disfrutar las vistas que según Ana son espectaculares. - imitó exageradamente el entusiasmo de Ana.

- Sí, pero no serán igual de espectaculares sin ti. - Ana contestó apenada. Teresa estuvo de acuerdo con ella, acompañando el sentimiento de pesar.

- No lo dudéis. - Ante el halago, el ego de Pedro salió a flote. - Me echaréis de menos. Sobreviviréis por ahora. Después me lo recompensaréis con creces. ¡Pero sin cosquillas, eh! - advirtió.

- ¡Trato hecho! - dijeron al unísono, felices al verlo más relajado y contento.

Pedro ayudó a poner la mochila a la espalda de Ana. Teresa cruzó primero la pequeña cavidad y luego la siguió Ana. Al salir de ahí, se quedó impresionada por la enormidad de la caverna, cuyo techo estaba repleto de colgantes geológicas llamados estalactitas. A lo largo de veinte minutos, ambas, en especial Teresa, sufrieron algunas caídas sin incidentes a causa del suelo húmedo. Todo lo que había visto Teresa no era nada comparable con la majestuosidad y la belleza que brindaba el lugar conocido como "El Lago de los Lamentos", el punto final de la ruta. Le pareció lo poco propicio que era el nombre. Le recordaba a los cuentos de terror. Ana rió cuando se lo contó.

- ¿Sabes? Este lugar tiene una leyenda, pero nada que ver con el terror. En realidad es muy triste. Se trata de la decadencia de una raza que una vez brilló con su propia luz.

- Me gustaría oírla. - dijo, curiosa por conocer la historia que escondía detrás de ese hermoso lugar.

- Te la contaré, pero antes demos una vuelta. Espectacular, ¿eh?

Teresa asintió, pero la realidad era que Ana se quedó muy corta cuando describió El Lago de los Lamentos. Había un gran lago en medio de la caverna, cuyo techo se abría dando bienvenida al exterior. Al entrar, a Teresa se le cortó la respiración. Del techo, salía una tenue ráfaga de luz para acabar en las profundidades plateadas del agua. Alrededor del lago, lucían majestuosamente varias coralitas de piedras brillantes junto con las estalagmitas. Parecía estar traspasada a otro mundo desconocido.

Las chicas rodearon, con algunas dificultades, el lago. Se sentaron en una roca grande y bebieron agua. Sin apartar la vista del lago, Teresa pidió a Ana que empezara a narrar la leyenda.

- Impaciente, ¿eh? - Ana sonrió al no recibir su respuesta de Teresa, anonadada con la belleza del lugar. Prosiguió. - El origen de la leyenda es desconocido. Se dice que, antes de la humanidad, el mundo era habitado por otras razas. E intervenían varios dioses. Antes de la creación de estas razas, habitaba una sola raza. Se hacían llamarse irdas, los protegidos de los dioses. Poseían todas las cualidades: inteligencia, belleza, poder, amor. Eran mucho más bellos que los que vendrían luego tras su expulsión. Los dioses confiaron todos sus dones en ellos para regir la madre Tierra con sabiduría, amor y ecuanimidad. Pero cometieron un grave error. Con el paso del tiempo, los irdas se volvieron cada vez más inteligentes, más bellos y más poderosos. Y al mismo tiempo, más arrogantes, más codiciosos y más lujuriosos. Hasta el punto de descubrir un poder que no les habían adjudicado sus dioses. Ese poder era prohibido, puesto que sólo se reservaba a los dioses. Era la magia. Los dioses, al saberlo, se enfurecieron y hablaron con los dirigentes de la raza. Éstos se negaron a renunciar a la magia, que les había brindado aspiraciones ilimitadas. A causa de su desobediencia, estalló una guerra muy cruenta. Los irdas, pese a su fe ciega en sus capacidades, no dejaban de ser inferiores a sus dioses y perdieron. A raíz de la guerra, su raza estuvo muy mermada por la pérdida de dos terceras partes de habitantes. Aunque los irdas cometieron varios pecados, los dioses aún los querían ya que ellos mismos los crearon. Así que les concedieron el perdón a cambio de pagar un precio muy alto: la exclusión del mundo. Quienes lo rechazaron vieron con horror cómo destruían su propia belleza de la que se alardeaban tanto. Estos seres recibieron el nombre de ogros. Horribles, violentos, monstruosos. Quienes aceptaron el precio de la expulsión abandonaron su país y fueron en busca de un nuevo hogar donde las futuras razas creadas por sus dioses no los pudieran encontrar. Se les prohibía todo contacto con el mundo. Para combatir a los ogros, los dioses crearon los elfos, una mala copia de los irdas; los enanos, grandes amantes de la forja y la guerra; y por último, nosotros, los humanos. En el siglo XI, la época de oro de los caballeros, en ese lugar recóndito sólo quedó un irda, el único superviviente de su raza. Al no poder soportar más la dura soledad, el irda tomó la decisión de acabar con la exclusión que les impusieron los dioses millones de años atrás, emprendiendo una empresa ambiciosa: dejar el legado de su raza en el mundo. Para llevarlo a cabo, viajó bajo disfraz de un anciano y creó varios lugares repartidos en el planeta. El último que creó es El lago de los Lamentos, como homenaje a la raza de los irdas, abandonados por los dioses. Se dice que al anochecer, se oyen unos sonidos semejantes a los lamentos cuando en realidad los espíritus de los irdas están cantando en su lengua muerta la historia de su raza.

Al acabar, ambas permanecieron en silencio un largo tiempo, hechizadas por la regia hermosura de ese lugar.

- Es precioso. Incluso parece que estemos oyendo su canción. - Teresa habló en susurros, no queriendo violar la virginidad del santuario. - Por cierto, ¿qué pasó con el último superviviente?

- Teresa, sólo es una leyenda. No te la habrás creído. - dijo, riendo.

- Lo sé, lo sé. - Sacudía la mano, dándole a entender que prosiguiera. Ana obedeció.

- Bien, se dice que los dioses, en cuanto descubrieron su paradero, le hicieron desaparecer. Pero no tuvieron el corazón de borrar los santuarios que el irda creó con todo su amor hacia su raza.

- Asusta la idea de ser el único superviviente. No puedo concebir esta idea. No me gustaría acabar sola. - Su cuerpo se estremeció ante la idea. Notó cómo Ana rodeó con un brazo su talle. Apoyó su cabeza en el hombro de la Rivas, disfrutando del calor que otorgaba la proximidad física.

- Nunca estarás sola. - Ana afirmó con convicción.

- ¿Ah sí? ¿Cómo lo sabes? - Dijo, con las cejas levantadas a modo de burla. Le agradaba el interés de Ana sobre ella.

- ¿Aún no lo sabes? - Ana la abrazó con más fuerza al tiempo que habló. - Hay rumores que dicen que el único superviviente consiguió zafarse de las garras de los dioses y se casó con una humana. Así que es posible que yo fuera su descendiente. Así que no cuestiones mi inteligencia irda.

Estalló a carcajadas, a las que se unió Ana.

- Inteligencia, no sé yooooo. Pero fantasía te sobra seguro. Tienes muchos pajarillos en tu cabecita mona. - mofó Teresa.

- Oh, gracias por el piropo aunque ya sabía que soy muy mona.

- ¡Repito! Señorita Altiva, no conoces la modestia.

Rieron de nuevo. Permanecieron quietas, disfrutando el contacto físico y la suntuosidad del entorno. Regresaron al lugar donde las esperaba Pedro. Los cálculos de Ana fueron correctos. Su excursión duró tres cuartos de hora. Salieron de las cuevas y tomaron el camino de vuelta donde les esperaba el coche, bajo la sombra de los árboles. Dejaron la mochila y cogieron la cesta. Bajaron por una senda que les llevaba a una pequeña cascada, donde les brindaría un refugio perfecto a salvo del sol.

Con el mantel sobre la hierba, los tres disfrutaron a lo grande comiendo los fantásticos entremeses que había preparado la madre de Teresa. Se rieron cuando oyeron a Pedro gimiendo involuntariamente de placer al saborear un manjar delicioso. En vez de avergonzarse, el joven moreno les guiñó con descaro. Con los estómagos llenos, los tres charlaron animadamente un largo rato.

Al cabo de una hora, el bochorno pudo con ellos. Ana y Pedro decidieron darse un remojón en el pequeño lago. Teresa rechazó la oferta argumentando que no quería arruinar el vestido. Pedro hizo el amago de reírse que no llegó a producirse por el codazo de Ana que le dio. La chica no quiso cometer de nuevo el error de reírse a anchas de la ingenuidad de Teresa, por muy irresistible que le resultara. Teresa los miró con sospecha. Sabía que algo que acababa de decir les había causado gracia.

- Querida, ¿de pequeña no te bañabas con tu hermano en el lago de la mansión? - Ana preguntó, con cautela.

- Sí... ¿por?

- ¿Y te bañabas con la ropa puesta?

- Eh... no... - murmuró en voz baja, a la vez que miraba fugazmente al chico, no queriendo desvelar sus intimidades. Cuando desvió la mirada hacia Ana, vio sus ojos risueños y comprendió de inmediato el propósito. - ¡Es totalmente diferente! Ahora somos grandes. Es un no, no y no. - negó escandalizada.

- Venga. - suplicó Ana.

Lo que vería a continuación la dejó boquiabierta. Era Pedro desvistiéndose hasta dejarlo sólo con calzoncillos. Sin dirigirse palabra alguna, éste saltó al lago.

- ¡Venid! - alentó antes de echarse a nadar.

- Teresa, ya lo has visto. ¡Sé razonable! Nuestra ropa interior se asemeja mucho a los trajes de baño. Ya lo sabes.- Ana trató de convencer al tiempo que empezaba a desabrochar los botones del vestido. Teresa, sorprendida, enseguida apartó la vista. De reojo, vio el vestido abandonado en el suelo, lo que indicaba que Ana se encontraba en ropa interior. Sintió el rubor creciéndose por el cuello. - ¡No seas pudorosa! ¡Mírame! - Ana insistió y luego dijo con voz compungida. - ¿Soy tan fea?

- ¡No! - Salió abruptamente de su boca, sorprendiendo a ambas. Por desgracia, su acción autómata hizo que su mirada cayera inconscientemente sobre Ana. Sus ojos inconformistas recorrían su cuerpo, de arriba a abajo. Su corazón rugía como un caballo salvaje. En cuanto se dio cuenta de lo que acababa de hacer, apartó la mirada. - Estás bien. - se oyó a sí misma, con una voz que no reconocía.

En su mente, decía otra cosa. Quería decir "Estás fantástica." A pesar de su delgadez, el cuerpo de Ana era esbelto con curvas. Sin decir que la chica tenía un gusto sobrio con la elección de la ropa interior. Era blanca y de una calidad excelente. Una camisa de tirantes junto con unas bragas. Pese a estar admirada por la belleza de la aristócrata, un sentimiento de complejo la golpeaba. Se sentía insignificante al lado de una joven sensual y hermosa como Ana Rivas. Dios santo, se sentía gorda y fea. No era de extrañar que Pedro quedara prendido de la belleza de Ana.

- Gracias, siempre es bueno saberlo. Para que veas, no es para tanto. Es decir, no tengo nada que no hayas visto antes. - Ana habló con cierta burla.

- Eh... sí, supongo. Pero no me apetece.- En su interior no estuvo de acuerdo con el comentario de Ana. La aristócrata tenía todo lo que no había visto antes. Refinamiento, elegancia, sensualidad que le salían natural sin esfuerzo alguno. Y una seguridad envidiable. "¡Sí, la envidio!", reconoció.

- No me lo creo. ¡Por el amor de Dios, estás sudando! - evidenció Ana.

Teresa en realidad estaba sofocando a causa del calor y... de Ana. La incomodaba y la excitaba. Se horrorizó cuando Ana se sentó a su lado e intentó desabotonar su vestido. Zafó rápidamente de las manos invasoras.

- !¿Qué haces? - Teresa inquirió, molesta.

- ¿Que qué hago? Pues hago lo que tú no te atreves. Además, ya veo que no sólo eres pequeña de altura, sino también de la edad. Las niñas no saben qué hacer solas con la ropa. Así que he pensado que debo tratarte como una pequeña, ayudándote a quitarte la ropa. - Ana explicó.

- No... No soy... Peque... ¡No soy pequeña! Y tengo la edad suficiente como para desvestirme sola. - dijo, ofendida.

- ¡Genial! Me ahorras trabajo. Me quedo hasta que acabes de quitarte el vestido. No me moveré de aquí. - Ana avisó, con una expresión triunfal para desquicio de Teresa.

- ¡Dios mío! ¡Lo haré sólo para que me dejes en paz! - bramó. - ¡Pero antes gírate!

Vio que Ana se disponía a abrir la boca, por lo que le lanzó una dura mirada a modo de advertencia. Ana suspiró y se dio la vuelta, de cara al lago. Sabía que estaba siendo irracional cuando ella misma no ponía reparos en cambiarse de ropa en el vestuario de mujeres de los Almacenes Rivas delante de sus compañeras. No sabía por qué era diferente con Ana Rivas. Probablemente porque se acababan de conocer. Y más cuando era la hlija de los señores para quienes trabajaban toda su familia con la excepción de su hermano Alfonso. "Sí, será esto." Pensó. De reojo, comprobó que Pedro continuaba haciendo brazadas. Con nerviosismo, se quitó el vestido.

- ¿Ya has acabado? Ni que tuvieras miles de capas - bromeó Ana, que ganó una manotada en su cabeza. - ¡Eh!

- Te lo mereces. - sentenció.

Trató de bromear pero su cuerpo aún temblaba. Aguantó la respiración cuando Ana se volteó y la sondeó con concentración, de arriba a abajo. No sabía cuánto tiempo estuvo sin respirar. Recordó poner en marcha el suministro de aire para gran felicidad de sus pulmones. Pero el alivio duró muy poco cuando Ana la sorprendió diciendo a continuación.

- Teresa, eres realmente bonita. No me extraña que Héctor esté totalmente loco por ti. - apreció.

- No digas tonterías. - negó enérgicamente. De súbito, tuvo el fuerte impulso de lanzarse al agua. Ana la abrumaba. Se levantó y se dirigió al lago, sin importarse de que la viera Pedro. Sólo quería recuperar primero el aire y luego su control. Pero Ana era igual de taciturna que ella ya que corrió hasta situarse a su lado

- No es ninguna tontería. - Ana insistió. - Si fueras fea, no te diría nada. Eres muy guapa. Te devuelvo el cumplido y nada más. Antes me has dicho que estoy rebuena. - Teresa se detuvo, incómoda por la franqueza de Ana.

- No dije esto. Dije que estás bien. - recordó.

- Querida, somos mujeres. Sabemos muy bien cómo funciona nuestra mentalidad femenina. Y sabemos apreciar nuestra belleza. Es decir, cuando dijiste "estás bien, Ana", querías decir "estás muy buena y te envidio, pero no te lo diré porque soy muy pudorosa". - Ana imitó con exageración su voz. Teresa la miraba atónita. Antes de que pudiera replicar, Ana saltó al agua. El chapuzón la salpicó, despertándola del pasmo.

- ¡Eh! ¡Eso no vale! ¡Juegas sucio! ¡Bruja! - Teresa saltó al agua sin pensarlo dos veces. Ambas chicas se dedicaron a perseguirse. Pedro pronto se unió al juego.

Tras una hora, decidieron que era hora de salir del lago. Cerca de la orilla del lago, Pedro estiró la toalla y se tumbó. Vencido por el agotamiento, no tardó nada en dormirse. Entretanto, las chicas, ligeramente alejadas del bello durmiente, se relajaban tumbadas bocabajo con las cabezas apoyadas en los brazos.

- ¡Ays, qué cansada estoy! Pero me ha sentado de maravilla - dijo Teresa, estirando los brazos exhaustos por el ejercicio.

- A buenas horas lo reconoces. Eres tan mula. - exasperó Ana a la vez que abofeteó el brazo de Teresa.

- Y tú una pesada como las que no hay.

- Sólo contigo, que lo sepas. Nunca he invertido tanta energía en una sola persona.- dijo.

Teresa contempló el rostro sereno de Ana, que tenía los ojos cerrados. Habló sin dejar de sonreír pese a que Ana no podía verla.

- ¿Ah sí? ¿Acaso con un chasquido de dedos, hacen lo que quieres? - se burló. Pellizcó con suavidad la nariz de Ana, cuyos ojos se abrieron. Le encantaban las sonrisas de Ana, que oscilaban hacia el lado izquierdo. Eran tan contagiosas.

- Sí, más o menos. Soy muy persuasiva. - Ana afirmó sin falsa modestia. - He aquí el ejemplo. He conseguido que la mula se bañara con nosotros. Y mira que los animales no entienden el lenguaje humano.

- ¿Me estás llamando animal? - Ofendida, propinó una bofetada sin mucha delicadeza en la espalda de Ana.

- Mmmmh. Todos lo somos. Lo único que nos distinguimos de ellos es que razonamos. Pensándolo bien, casi te prefiero de humana. Porque en vez de razonar, me morderías - Dicho esto, rió.

- Aún lo puedo hacer. - Dijo sin pensarlo. Cuando descubrió con horror lo que acababa de decir, se tapó con las manos la boca.

- ¡Madre mía, no me lo esperaba! ¡Eres toda un animal salvaje! - Ana se desternilló de risa. Teresa no hacía más que ordenarla que se callara, bajo todo tipo de amenaza imaginable.

Al cabo de unos minutos, se relajaron de nuevo. Ana, con los ojos cerrados, fue la primera en hablar:

- Hablando de los animales salvajes, ¿cómo va con Héctor? - Teresa suspiró, gesto que hizo que los ojos de Ana se abrieran. - Teresa, ahora te lo pregunto en serio. Nada de bromas. Sé que nos acabábamos de conocer, pero te aseguro que eres libre de confiar en mí o no. Aunque me encantaría que lo hicieras. - Dijo con voz grave.

Por primera vez, vio un resquicio de inseguridad que cruzó el semblante de la Rivas. Supo cuál era la respuesta y no se hizo esperar.

- Confío en ti. No olvidaré nunca lo mucho que has hecho por mí. Te lo agradezco mucho. - Sonrió al percibir cierto alivio en las facciones de Ana. Prosiguió. - Corriendo el riesgo de ponerte insufrible, he de decir que nunca he conocido una chica como tú.

- ¿Ah sí? - Al contrario de lo que pensaba, Ana se mostró de nuevo tímida. - ¿Y es bueno o malo?

Teresa se hacía la pensativa mientras Ana la miraba expectante.

- Muy a mi pesar, es bueno. - Contestó con fingido abatimiento, que hizo reír a Ana.

- Tus dotes de actriz van por el buen camino. - aplaudió. - ¿Y bien, con Héctor?

- Supongo que bien. La verdad es que me gusta bastante. - dijo, omitiendo la parte de que estaba locamente enamorada de su "hermanastro" desde que tenía uso de razón.

- Me alegro. Está claro que el agrado es más que mutuo.- Ana contestó con una sonrisa que no correspondía con la mirada triste. - ¿Y qué piensas hacer?

- ¿Hacer qué? - preguntó confusa, sin entender a qué se refería exactamente.

- Quiero decir si pretendes algo serio o algo similar. Me das la impresión de que eres una chica seria. ¡No es nada malo, eh! Todo lo contrario. Me refiero a que me pareces una mujer muy firme con tus convicciones. Pareces ser de las relaciones duraderas. Igual me equivoco.

Se quedó sin habla. Ana acertó en todo. "Es impresionante. Es como si me hubiera conocido de toda la vida."

- No te has equivocado en nada. Pero es igual de absurdo considerar algo serio con el señorito Perea. Seamos realistas. Con todo el respeto, no encajo en vuestra familia. - habló resignadamente.

- Sé que no es sencillo, pero... - Teresa esperó a que continuara, pero vio a una Ana en apuros como si sopesara si era conveniente decirlo o no. Se inclinó por lo primero al parecer. -... no quiero herirte, pero quiero que sepas que Héctor no es precisamente de relaciones largas.- habló gentilmente.

- Lo sé, lo sé. Ni falta hace que me lo digas. - Por supuesto que lo sabía. Desde los diez años. Aunque se dedicara a fantasear cada dos por tres una relación imaginaria con Héctor Perea, siempre tocaba los pies al suelo. - Me conformo con disfrutar su compañía durante mis días de permiso.- Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Ana le acarició el brazo, intentando consolarla. Teresa palmeó la mano agradeciendo su intento. - Venga, cambiemos de tema, por favor.

- De acuerdo. Siento traer el tema.

Aceptó sus disculpas. Permanecieron en silencio durante unos minutos, disfrutando la compañía mutua. Ana se incorporó sobre un codo, con la cabeza apoyada en la mano.

- Teresa, ahora que lo pienso, me gustaría saber qué es lo que te llevó a Madrid, trabajando en los Almacenes de mi padre. Tu madre me contó la versión breve. Y prefiero las versiones largas, para serte sincera.

Teresa se giró, de cara al cielo, con las manos sobre el estómago. Absorta en el caleidoscopio de la naturaleza, su mente se transportó al pasado, a esa noche donde su vida sufriría un vuelco. Sin darse cuenta, empezó a narrar. La reunión familiar para comunicar la oferta laboral de don Ramón a ella y a su hermano. Los planes de su vida arruinados. La incertidumbre. La soledad de la madurez sin la reconfortante guía fraternal. El redescubrimiento del yo. El rescate del viejo libro. La respuesta definitiva. La marcha a la capital. El paradero desconocido de su hermano Alfonso. El éxtasis de la independencia. Éxitos y fracasos.

- ¡Ya he hablado demasiado! - exclamó cuando de pronto se dio cuenta de que prácticamente había contado casi todas sus intimidades a una persona recién conocida.

Se incorporó, abrazando las rodillas contra el pecho y sacudiendo el cabello formando una cortina a salvo de las miradas de Ana. No podía asimilar la desagradable sensación de desnudez que había invadido su alma. Cerró los ojos al sentir una mano acariciando en círculos su espalda. Oyó la voz gentil de Ana con un deje de admiración sincera.

- No me esperaba menos de ti. Fuiste muy valiente.

- ¡Ja! ¡¿Qué puedes esperar de una chica que se dejó guiar por un libro infantil? - ironizó.

No podía entender que alguien como ella pudiera despertar admiración a una mujer muy cultivada que había viajado, conocido diferentes culturas y estudiado varios idiomas. La mano de Ana apartó la cortina del cabello, obligándola a alzar la vista.

- Teresa, eso es lo de menos. ¿Sabes? Te envidio porque encontraste la señal que necesitabas para saber cuál es el camino correcto. Todos pasamos la vida persiguiendo un indicio, una señal o una prueba que les diga si van por el camino correcto o no. ¡Como yo! Sé que mi alma anda en busca de algo aunque no sé el qué. Quizá debería hacer lo que hiciste tú. Dejar de buscar. Y que venga lo que tenga venir - acabó con un suspiro de melancolía.

- Sí y prestar atención en lo que tienes enfrente. Ya sabes lo que dicen. Que a menudo no nos damos cuenta de que lo que buscamos está realmente delante de nuestras narices, ¿verdad? Por ejemplo...- Señaló con la cabeza, a través de los hombros delgados de Ana, la figura durmiente. Se rió por lo bajo cuando oyó los suaves ronquidos de Pedro. Con la mirada puesta de nuevo en Ana, se sorprendió al verla distraída, mirándola fijamente, en vez de mirar a Pedro. - ¿Ana? - Tocó el hombro tratando de llamar su atención. - ¿Tengo monos en la cara? - bromeó.

- ¿Eh? - Por fin Ana volvió a la realidad, ladeando la cabeza. - ¿Qué decías?

Percibió la tensión que parecía haberse adueñado de la Rivas. Ésta se separó bruscamente de ella e imitó su postura, apoyando los brazos en las rodillas. Ana se quedó absorta contemplando el lago. La notó lejana... y, por alguna razón desconocida, la actitud distante de Ana hería sus sentimientos.

- No, nada. Sólo una tontería. - Teresa murmuró. Ana se limitó a asentir con la cabeza.

"Es desconcertante esta muchacha." pensó frustrada. La intuición le dijo que estaría perdiendo un tiempo muy valioso intentando sonsacar qué era lo que sucedía a Ana como para cerrarse en banda. Rememoró la charla. No encontró nada que pudiera explicarse el cambio de actitud... ¿o sí? Una bombilla se encendió en la mente. ¡Probablemente era Pedro! Ana debía sentir algo por su amigo aunque dijera lo contrario. "Las mujeres también funcionamos así", pensó, haciendo alusión al comentario de Ana sobre la mentalidad femenina. Se congratuló por su intuición que raramente la fallaba. La preguntaría en otro momento en cuanto Ana estuviera más receptiva.

El frenesí mental se interrumpió de golpe cuando se vio arrastrada violentamente por el cuerpo delgado de Ana. Pese a estar desprevenida, fue rápida en reflejos, apoyando la mano en el suelo, gracias a lo cual impidió que su costado derecho se rebotara contra el suelo. Confusa por el placaje, alzó la mirada y casi se espantó al encontrar a una Ana casi pegada a su rostro. Demasiado cerca. Leyó la disculpa y la preocupación en los ojos avellanas. Sabía que Ana le estaba hablando porque los labios movían sin cesar. Hasta podía oler su aliento, que sabía a menta. "¡Jo, hasta el aliento le huele bien! ¿Por qué tiene que ser puñeteramente perfecta?", pensó. Dejó que unas manos frías la rodearan y la impulsaran suavemente hacia el otro lado, recuperando su posición inicial antes del empujón. Cuando esas manos se separaron del cuerpo, su cerebro recuperó el flujo de oxigeno. Finalmente observó a Pedro prácticamente pegado al costado izquierdo del cuerpo de Ana, casi abrazándola.

- ¿Estás bien, Teresa? - Preguntó alarmada. Se dirigió a su amigo, con un tono nada amistoso. - ¡Qué bestia eres, Pedro! ¡Casi nos haces volar¡

- Lo siento, lo siento, lo siento. - el joven se disculpó repetidas veces. Se le veía realmente arrepentido.- ¿Teresa, estás bien? Perdóname, sólo quería daros un susto. Corrí pero medí mal mi fuerza al sentarme al lado de Ana. - La cabeza de Teresa meneó, haciéndole saber que era perdonado.

- Perdón.- Pedro se disculpó de nuevo. - A veces me olvido de que Ana es un saco de huesos. ¡Au! Eso ha dolido.

- Te lo has ganado tú solito, animal. - replicó Ana. Se volvió hacia ella. - ¿En serio, estás bien?

- ¡Que sí, pesada! - espetó. Sonrió cuando Ana se acercó y le susurró a los oídos.

- Sólo contigo, recuérdalo. - Dicho esto, le devolvió la sonrisa.

"Ésa es mi Ana." Fue su último pensamiento, feliz de recuperar a su nueva amiga alocada.

Se divirtió de lo lindo contemplando cómo Pedro, de rodillas, intentó besar sin éxito los pies de Ana, quien más de una vez le propinó una patada en plena cara. Finalmente tuvo que socorrer a un Pedro en apuros, liberándole de las garras (o mejor dicho, cosquillas) de Ana.

Se vistieron y comieron algo antes de regresar a la Villa Fortuna. Llegaron a las siete de la tarde, tal como prometió Ana a su madre.