TERESA

Capítulo 9

Martes, 18 de julio de 1950.

Anotación histórica: Se estrena "La Cenicienta" de Walt Disney

- Eres preciosa.

Teresa casi se saltó de un brinco al oír la voz débil del señorito Perea. Cerró el libro que estaba leyendo. Se levantó rápidamente de la silla cuando el paciente hizo el ademán de levantarse.

- ¡No te levantes! - ordenó.

- ¡Estoy harto de la cama! Tengo el cuello maltratado, casi desnucado. - se quejó, frotando la parte dolorida.

- Soy consciente de que tu postura está lejos de ser cómoda, pero debes hacer caso al doctor. Hasta que tus heridas no se cicatricen, no puedes levantarte. - recordó, mientras acomodaba la almohada.

- Los doctores no saben nada. Mira cómo estoy curado. - Masculló, tratando de levantarse sin que Teresa pudiera detenerlo. Cambió de idea cuando le asaltó una oleada de dolor. - Ah, maldita sea, maldita sea. - gimoteó.

- Te avisé. - Le lanzó una mirada severa. Sonrió cuando Héctor se dejó caer, abatido. Para alentarlo, dijo lo siguiente. - Además, todo capitán necesita estar en plena forma para ejercer dignamente su arte.

Milagrosamente su cuerpo no se deshizo cuando el yaciente le regaló una dulce sonrisa. "No te comportes como una colegiala, que ya tienes una edad", se reprobó.

- En este caso, cumpliré a rajatabla las órdenes del doctor para recuperarme y llevarla de excursión, mi señorita. - Héctor asió una mano de Teresa. - ¿Sabes? Te eché de menos ayer. - Confesó.

- Yo también. Me habría encantado que vinieras. Fue genial. - Estrechó con fuerza la mano.

Aunque pasó a lo grande en la excursión, le habría encantado disfrutarla junto con Héctor. Se ruborizó cuando se lo imaginó desvistiéndose y nadando con ella. "No tengas la mente tan sucia. Te comportas igual que Pedro, babeando con Ana...".

De alguna manera, esa comparación no le acababa de agradar. Ladeó la cabeza, apartando esos pensamientos.

- Cuéntamelo. ¿Qué hicisteis?. Llevo tres días en la cama, aburrido como una ostra. Le recuerdo que, como enfermera del Capitán, tiene el deber de entretenerlo en lo máximo posible. - flirteó.

- A sus órdenes, Capitán.

Acercó el asiento al lado de la cama del señorito y se sentó. Empezó a narrar todas las anécdotas de la excursión. Héctor fue muy atento escuchándola y de vez en cuando se reía con las situaciones cómicas.

- Lástima de que no pudiera estar ahí protegiéndote de los bichos como tú llamas...

- No te preocupes por esto, que Ana y Pedro hicieron un trabajo excepcional protegiéndome. - mintió a medias. Por respeto a Pedro, no quería sacar al descubierto sus fobias ante Héctor, su mejor amigo. "Los hombres pueden ser crueles, humillándolos incluso a sus mejores amigos aunque no lo hicieran adrede. Como mi hermano," pensó con una punzada de añoranza.

- ¿Te llevas bien con Ana? - Héctor preguntó con una mueca de envidia que no le pasó desapercibida.

- Sí. - Se limitó a contestar educadamente.

No era tonta como para saber que entre ellos reinaba una fuerte antipatía recíproca. Lo toleraba mientras no la forzasen a escoger entre su amor y su amistad. Más de una vez había pensado en preguntarle el motivo de las rencillas entre ellos. Pero no quería importunarlo. Mucho menos en su estado.

- Me alegra saber que te cuidaron bien. - Héctor dijo sinceramente. - Hiciste bien en salir porque ayer no podría ser una buena compañía. Pasé todo el día atontado. No me extraña que la morfina tenga tantos seguidores. ¿Sabes qué,Teresa? A pesar de no tenerte aquí ayer, soñé contigo.

- Anda ya, no digas tonterías. Es la morfina quien ha vuelto a hablar. - respondió, ruborizada.

Rieron juntos. Estuvieron charlando una buena hora antes de que Héctor no pudiera resistir más los efectos de la sedación, sumiéndose en el sueño. Al verlo dormido, Teresa decidió que era hora de irse. Se levantó de la silla. Todavía no quería irse, pero debía. Aprovechando el estado de su amado, acarició el cabello pajizo, pasó la mano sobre la mejilla febril y tocó con la punta de dedos los labios.

- Te quiero. - murmuró.

A diferencia de la primera vez, no recibió ninguna respuesta. Suspiró con tristeza, se encaminó hacia la puerta y salió del cuarto.


- ¡Aquí estás! Te estaba buscando - comunicó con una voz que denotaba la satisfacción de haber cumplido su misión.

Teresa sonrió al verla entrar con ímpetu. Ana apoyó los codos sobre la encimera y preguntó curiosa:

- ¿Qué estás haciendo? ¿Y tu madre? ¿No ves el jaleo que estás montando?

- Ni siquiera me has saludado. Una "hola Teresa", podrías empezar por ahí. - reprobó en broma la falta de modales de Ana.

- ¿Para qué? Ya deberías saber a estas alturas que la confianza da asco. - se burló. - Ah, se me olvidaba. Holaaaaaa Teresaaaaaaa. - imitó poniendo una voz de pito. Los ojos de Teresa giraron a modo de exasperación.

- Oye, estás siendo muy graciosita. Pórtate bien si quieres comer mis famosas rosquillas.

- Ah, eso explica el jaleo que te has montado.

- ¡Nada de jaleo! Eso se llama bollería, maja. ¿Acaso te pensabas que las cocineras no se ensucian? Ays, qué tonta soy. Para qué pierdo tiempo si ni siquiera saber hacer un huevo frito.

Aún así, Ana no se equivocaba. La verdad era que parecía que había pasado un huracán en la cocina. La mesa estaba llena de herramientas... y suciedad.

- No sé hacerlo. - Ana confirmó sin un ápice de vergüenza. - Sigo pensando que es el jaleo. He visto varias veces a tu madre haciendo bollería de un modo más limpio... debería decir y también más higiénico. - rió.

- Ja, ja, ja, me mondo de risa. - contestó con sarcasmo.

- Deberías mirarte. Espera, ahora vengo. -Dicho esto, Ana salió corriendo de la cocina.

- Por mí, no hace falta que vuelvas.- gritó. Pero Ana volvió en un tiempo récord.

- ¡Ya lo tengo! - exclamó con júbilo. Teresa vio que Ana sujetaba un pequeño espejo. Lo puso a la altura de sus ojos. - ¿Tengo razón o no?

- Dios mío. - Teresa se espantó al verse llena de harina con algunos rastros de la masa. Lanzó una mirada asesina a Ana cuando ésta, con una sonrisa de suficiencia, le alargó un trapo. Lo cogió y se limpió la cara.

- Ahora sí estás decente. Bueno, ¿me puedes explicar de qué va esto? ¿Y tu madre? - Ana interrogó, buscando con la mirada a Carmen.

- Mis padres se han ido de compras. No sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Y mira, aquí me tienes haciendo rosquillas. Te las chuparás con los dedos, ya verás.

- ¿No te habrás equivocado de persona? - Ana exclamó, con las cejas arqueadas a modo de fingida sorpresa.

- ¿Cómo? - dijo, un tanto confundida.

- Quiero decir que no soy Héctor. Sólo quería asegurarme de que no estás alucinando. - Ana puso la mano en su frente para comprobar que no padecía fiebre.

- No sabes lo que estás diciendo.- Masculló algo contrariada,apartando la mano.

Teresa maldecía mentalmente a su amiga por su capacidad de deducción. En verdad, se aburría en ausencia de sus padres y tuvo la idea de hacer rosquillas... con la intención de deslumbrar su arte al señorito Perea.

- Claro que sé lo que estoy diciendo y tú también. - dijo con calma.

- ¿Y qué si lo estoy? - la retó.

Qué mas daba si hasta sus padres estaban al tanto de sus sentimientos hacia Héctor Perea. Por otro lado, ya estaba cansada de negarlo ante Ana cuando todas las pruebas indicaban lo contrario. Teresa se sorprendió al notar el largo y solemne silencio de su amiga. Detuvo la tarea para mirarla. En jarras, su amiga habló mientras su cabeza ladeaba tristemente.

- Si supiera lo afortunado que es de tenerte... - Se paró, dando lugar a otro silencio tenso. Teresa no sabía qué decir. Por suerte el silencio duró poco cuando el semblante de su amiga pasó de seriedad a excitación apenas contenida. - ¡Bueno! Ahora que estoy aquí, ¿qué te parece si me concedes el placer de aprender el arte de bollería? Si te ayudo, me premiarás con tus famosas rosquillas, ¿verdad?

Sencillamente le pareció tierno contemplar cómo Ana se comportaba como una cría de cinco años ilusionada con su nuevo juguete. No se veía con corazón, negándole este placer.

- De acuerdo. - Cogió un delantal y lo entregó a su nueva pinche. - Póntelo. - Una vez puesto el delantal, Ana se puso a su lado, lista para aprender. - Ahora te explico los ingredientes. El proceso. Es muy sencillo. Pero al contrario de lo que se cree la gente, hacer rosquillas bien hechas y tiernas se requiere habilidad. Desde luego, con un pequeño truco ayuda... - Se detuvo cuando se percató de que... ¡Ana no hablaba ni la tomaba el pelo durante un largo minuto! La encontró tan embobada y concentrada. Llamó por su nombre pero Ana seguía sin reaccionar. Volvió a llamar en vano. Chasqueó los dedos delante de la cara de Ana. Por fin obtuvo una reacción suya. - ¿Dónde estás? ¿En la Luna de Valencia?

- Eh... - Para variar, su amiga tenía la decencia de avergonzarse. - Perdona, Teresa, es que te veo tan profesional. Eres impresionante.

- No digas bobadas. Que te tengo calada. Menos peloteo y más acción, guapa. - No estaba dispuesta a encandilarse por las buenas palabras de Ana.

- Me encantaría...- La oyó murmurándose. Meneó la cabeza sabiendo que su amiga alocada no tenía remedio.

Pasó una buena media hora enseñándola a hacer las rosquillas. Pese a la falta de experiencia culinaria de Ana, era una buena alumna. La escuchaba sin interrupciones y seguía al pie de la letra sus explicaciones. Eso sí, era otra historia a la hora de freír. Los dos primeros intentos de Ana fueron todo un fracaso, pero enseguida aprendió de sus errores, consiguiendo un buen ojo a la hora de medir la temperatura del aceite y sacar las rosquillas al punto.

En un momento, aburrida del silencio sepulcral de Ana, dejó el rodillo y habló:

- ¿Ana?

- Dime. - dijo ausente, sin levantar la vista de su tarea.

Se desilusionó al ver a Ana muy enfrascada en su mundo, no prestándole toda la atención que debería. Se dijo que debía darle otra oportunidad.

- Creo que estamos en desventaja, ¿sabes? - Sonrió para sus adentros al atrapar finalmente la atención de Ana, cuyas cejas alzaron a modo de confusión. Su amiga detuvo la tarea y se limpió las manos con un trapo que colgaba de su delantal.

- ¿Cómo? - titubeó.

- Veo que tu inteligencia irda está cojeando bastante. Esperaba más de ti. Qué decepción. - Teresa expresó con voz falsamente defraudada. Dibujó con la punta del índice en la nariz de su amiga una línea blanca de harina.

- ¡Oye! - Ana se limpió la nariz. - ¡Cómo vas a esperar que te entienda por arte de magia si no te explicas! Será que tu inteligencia de mula no puede ir más allá de berridos y coces. - Le sacó la lengua.

Ante el "insulto" que acababa de regalarle, lanzó una patada amistosa en la pierna de Ana.

- Más te vale no insultarme que podría darte unos coces. - intimidó.

Teresa estaba extasiada. Aunque odiaba las tomaduras de pelo, le producía un subidón de adrenalina cada vez que ambas se metían en una discusión verbal. Se desafiaban continuamente pero al mismo tiempo se admiraban mutuamente. Y sin constar que esa Ana Rivas estaba ganando un hueco importante en su corazón.

- Vale, vale. - Ana levantó las manos en son de paz. Se sonrieron. - ¿Qué querías decir con que estamos en desventaja?

- Sencillo. Ayer te conté casi prácticamente toda mi vida. Y no sé nada de ti. - constató.

- Ah, eso lo podemos remediar. Sólo basta con hacerme preguntas y contestártelas. Así de sencillo.

- Déjame pensar.- Se frotó la barbilla. A decir verdad, desde la conversación con su madre, tenía muchas preguntas acerca de Ana. Hasta entonces, su amiga aristócrata que heredaría la fortuna familiar seguía siento todo un misterio para ella. Ordenó mentalmente las preguntas antes de hacerlas. - ¿Te piensas quedar aquí definitivamente? ¿O tienes otros planes?

- Buena pregunta. - Se tomó unos segundos antes de contestar. - Hace dos años que acabé los estudios universitarios en el extranjero, decidí que era hora de volver a Madrid. En un principio, para descansar de los duros exámenes y después decidir qué hacer con mi vida. Y... todavía no sé qué voy a hacer. Paso los veranos aquí. ¿Sabes qué? Fue muy extraño volver a la casa, de la cual guardo muy buenos recuerdos de mi infancia. Pero al mismo era una extraña. Suerte de que con el tiempo conseguí acomodarme, aunque no del todo. En gran parte se lo debo a tu madre. ¿Te he dicho ya que es un encanto de mujer? - Teresa asintió mientras Ana continuaba, sin dejar de sonreír. - Tengo en la mente viajar e iniciar mis primeros contactos con el mundo laboral.

- Pero... ¿y el negocio familiar? He oído que eres la heredera. - Su corazón se encogía de dolor al tener la repentina certeza de que disfrutaría muy poco de la amistad recién descubierta con Ana.

- Ésas son las intenciones de mis padres. Pero no estoy segura del todo. Por ahora no es mi gran preocupación ya que de momento no me necesitan. Porque ya tienen a Héctor. Su aprendizaje comenzó hace años y se ha demostrado totalmente capaz. Tiene suficiente experiencia y conoce muy bien la empresa. - Teresa sonrió con aire ausente, traspasándose momentáneamente en la noche del baile, donde estuvieron a punto de besarse. "Maldito accidente", pensó. Despejó la mente y vio el semblante estoico de Ana. Estuvo a punto de preguntar pero Ana continuó. - ¿Alguna pregunta más?

- Si no te molesta que te pregunte... ¿por qué no te llevas bien con el señorito Perea? ¿Sois hermanos? ¿O hermanastros? O lo que sea... - preguntó, algo vacilante.

- No me molesta. Pero por favor, antes quiero que sepas algo. Independientemente de nuestras diferencias, somos unas personas razonables. Quiero decir que nunca te obligaré a decidir entre él y yo... quiero decir... entre mi amistad y la... suya. - aseguró.

- Muchas gracias. - se tranquilizó.

- Bien, en realidad no somos hermanos. Mi padre se casó con doña Marta, su primera esposa que ya era madre de un hijo de dos años, creo yo. Si prefieres, puedes decir que somos hermanastros. Pero no me considero su hermanastra aunque me llamara hermanita sólo para sacarme de quicio. - explicó.

- Pero... igual te considera una hermana en el fondo.- sorteó, tímidamente. Ana soltó una risa sarcástica.

- Es imposible. Mira, Teresa, nos respetamos. No te voy a engañar. Sólo somos unos extraños el uno para la otra. Digamos que tenemos una relación de convivencia. Ya sé que te suena triste pero es mejor que nada.

- Entiendo. Lo respeto y además no me incumben vuestros asuntos. - Sabía que era un tema duro para Ana, por lo que decidió cambiar de tema. - ¿Y cómo conociste a Pedro? - Preguntó con cautela.

- A ver si seré una malpensada. Si no te conociera, diría que sientes retintín por él.

- ¡No! - Teresa gritó, horrorizada. Se cubrió con las manos la boca.

- Es broma. Si ya es evidente que bebes los vientos por Héctor. -dijo, entre risas, junto con un toque de amargura que no le pasó del todo desapercibido. Teresa lamentaba que dos de sus personas más importantes no pudieran llevarse bien. Se notó sacudida por su amiga. - ¡Eh! ¡Estás pensando en cosas sucias con él!

Teresa no podía más con la tomadura de pelo, por lo que zafó de la mano de su amiga. Cogió la harina y la tiró a la cara de Ana. Se tronchó de risa al verla sorprendida con la boca abierta, casi tocando el suelo. Pero cometió el error de infravalorarla. Enseguida probó su propia medicina cuando recibió en plena cara un puñado de polvo blanco. Ambas se enzarzaron en una lucha de harina, corriendo por toda la cocina y riendo ruidosamente.

Al cabo de unos minutos, ambas amigas, jadeantes, se apoyaron sobre la encimera y se miraron sonrientes sin palabra alguna.

- ¿Qué? - Teresa preguntó al percibir algo extraño en el silencio de su amiga.

- Nada, estás llena de harina. - Ana habló con dulzura sin apartar sus ojos.

- Igual que tú. - rió.

- No te muevas, que te la limpio.- Ordenó mientras una mano sujetaba su barbilla.

Teresa no rechistó, manteniendo la cabeza quieta mientras su amiga quitaba la suciedad con su paño. Se rió porque lo hacía con mucha delicadeza y se lo hizo saber.

- Ni siquiera estoy hecha de porcelana.

Ana sonrió y le plantó un beso suave en su mejilla antes de decir.

- No lo eres, pero eres mi pequeña. - siseó.

- ¡Eh! Que no soy pequeña. - bramó.

Su amiga estalló en carcajadas mientras se protegía de las manotadas continuas de una Teresa enfurruñada.

- Bruja, bruja, bruja. - Insultó. En cuanto ambas recuperaron el aire y Ana se limpió la cara, Teresa tuvo una idea. - ¿Oye, por qué no probamos una de tus rosquillas? - sugirió.

Ana aceptó. Teresa se giró para ponerse frente a la mesa. Cogió el bol donde contenía rosquillas y las estudió una por una. Después de un minuto de indecisión, finalmente cogió una que le pareció la mejor hecha. Aún estaba templada pero perfectamente comestible.

- Aquí tienes. Pruébala tú primero, que no quiero envenenarme. - Le hizo un guiño juguetón. Se rieron. Acercó la rosquilla a la boca de Ana, en espera de que ésta la comiera. Empezó a inquietarse bajo la mirada inquisitiva de su amiga. - ¿No la quieres comer? No debería decirlo porque no te lo mereces, pero tiene una pinta deliciosa.

Dicho esto, reinó un silencio extraño. Mientras Teresa esperaba que su amiga cogiera la rosquilla, Ana la miraba como si le creciera dos cabezas. El brazo comenzaba a dolerlo, sujetando a lo alto la rosquilla. Su paciencia se estaba agotando e hizo el ademán de devolver la rosquilla a su sitio. Pero una mano la agarró con firmeza.

- Tengo otra idea. - Sin soltar su mano, Ana habló por fin, con una de sus sonrisas que raramente aguardaban algo bueno. - ¿Te gustaría seducir a Héctor?

Definitivamente, esa Ana Rivas nunca cesaba de desconcertarla.

- No sé... no... sí... Supongo que sí. - Dijo, poco convencida. Alzó la mirada y vio los ojos avellanas de su amiga extravagante. En su mente disparó todas las alarmas de emergencia que la urgían tomar el camino de salvación. Pero pesó más su corazón, animándola a aprovechar ese recurso que le regalaba en bandeja su amiga para conquistar al señorito Perea. Saltaba a la vista de que Ana Rivas era una mujer experimentada en este campo.

- Vale. Imagina que soy Héctor. - Ana murmuró a lo bajo mientras una expresión de desagrado cruzó momentáneamente su semblante.

Teresa asintió con la cabeza. Dejó toda la iniciativa a su amiga. Por alguna razón, no podía despegarse de los ojos hipnotizantes. Cerró con fuerza los ojos y los abrió, haciendo un enorme esfuerzo de borrar los rasgos de su amiga para redibujarlos con los varoniles de su amado Héctor. No funcionó. Seguía viendo a la exótica Ana Rivas. Quería hacérselo saber que le era imposible imaginárselo y que era inútil probarlo. Pero no pudo porque sus cuerdas vocales se cerraron violentamente cuando la mano que asía su muñeca la redirigía suavemente hacia la boca de su amiga, cuyos labios parecían estar más rojos que nunca.

- Ahora mírame cómo lo hago. - Ana susurró con voz grave.

La garganta se le secó, sin poder articular palabra alguna. De pronto, se vio a sí misma como una serpiente oscilándose al compás de los sonidos seductores de su encantador. Soltó un suave gemido cuando observó la punta de la lengua rozando la carne tierna de la rosquilla. La lengua se refugió en su caverna bucal. Sus ojos se abrieron de par en par viendo cómo los labios se entreabrían para dejar salir nuevamente a la lengua, más hambrienta que antes. La caverna se engrandeció hasta hincar con los colmillos superiores en su víctima. Pero no se acabó ahí. Temió por su cordura y... su vida cuando la lengua lamió con timidez su propio dedo pulgar que sujetaba la rosquilla.

- Que te salen los ojos. - oyó una voz con dureza.

Nunca había creído hasta entonces en las posesiones de los almas. No sabía cómo, pero tenía la seguridad de que otro ser había penetrado en su alma, arrebatándole la voluntad y asesinado la cordura para llenarlo con placer, codicia y locura. En cuanto descubrió que no estaban solas, recuperó a duras penas el autocontrol y echó a patadas ese ser demoníaco que habitaba en su interior.

Estupefacta por lo que acababa de hacer, dejó caer el arma -la rosquilla-, librándose de la mano cómplice -la de Ana-. Con la cabeza gacha, esperó con horror el veredicto de su crimen. Se pronunció el veredicto... pero no iba dirigido a ella.

- Pedro, despierta, que se te salen los ojos. - doña Encarna repitió con frialdad.

Teresa se volvió con brusquedad hacia la voz que hablaba a sus espaldas.

- Eh... he... yo...aquí... he entra...do... yo... sólo... al baño... Disculpadme... Me... voy - El pobre estaba tan petrificado que tartamudeaba. Teresa observó que las piernas de Pedro movían en desorden, sin saber adónde ir. Esquivaba a toda costa a ella y a Ana.

Se tensó cuando sintió un cosquilleo en su nuca y oyó la voz seductora susurrando a los oídos.

- Aquí tienes el resultado. Así es como acabaría tu querido Héctor.

Se volteó rápidamente y miró boquiabierta a Ana. Ésta le guiñó conspiratoriamente. Dirigió la vista, de nuevo a Pedro, que seguía topándose contra cualquier cosa que le bloqueaba el paso. Para volverse después a Ana. Entendió de pronto lo que había sucedido. Pedro debió haber entrado en algún momento por la puerta exterior para encontrarlas en una posición muy sugerente. Al parecer Ana se percató de la presencia de su amigo. Teresa podía adivinar perfectamente el plan malévolo que se había trazado en la mente de su amiga. Por un lado, estaba impresionada por el resultado. Por otro, odiaba haberse caído como una estúpida en el ardid que su amiga había elaborado. ¡No entendía por qué se sentía culpable... y sucia!

- El baño está aquí. A la izquierda y coge la tercera puerta del pasillo. - Con cara de desagrado, doña Encarna indicó el camino al joven desorientado.

- Eh... Claro... gracias, doña Encarna. - Pedro habló atropelladamente - Y hasta luego, Ana, Teresa - Cabizbajo, salió apresuradamente sin molestarse a mirarlas.

Doña Encarna, irritada, meneó la cabeza. Luego examinó con ojo crítico el estado de la cocina.

- ¿Qué caos es éste? Desde lejos se os oía. Ana, te recuerdo que eres una señorita respetable. No tolero ningún jaleo. Por el amor de Dios, estás hecha un desastre. ¿Se puede saber qué estabas haciendo? - inquirió con aspereza.

- Rosquillas. - Ana enseñó con orgullo su obra maestra culinaria. - Me han salido riquísimas. Todo gracias a la maestría de Teresa. - Un brazo pasó por los hombros de Teresa, cuya vista se repartía entre la temible doña Encarna y su amiga.

- ¿No podrías haberte buscado otros pasatiempos más... dignos de acorde con tu posición? - censuró. Pero no afectó ni en lo mínimo el excelente humor de Ana.

- ¿No me animas siempre a explorar nuevos horizontes? Con gusto he decidido seguir tus sabios consejos. Además, también me dices que el saber no ocupa. - Ana dijo con una sonrisa amplía.

Al contrario de que temía Teresa, doña Encarna no parecía ofendida. Ni de lejos. Parecía estar enormemente satisfecha de su propia hija, por ser plenamente capaz de rebatirle con argumentos convincentes pese a su impertinencia.

- Tienes razón. Pero procura que la próxima vez búscate un pasatiempo menos revolucionario. Ah... y pobre Pedro, que lo tienes perdido. - comentó con un deje de afecto. Pero su tono recuperó su severidad. - Por favor, recoged la cocina. Y nada de ruidos. Quiero leer en paz.

Teresa no podía dar crédito a sus ojos... ¡Acababa de contemplar en vivo el lado humano de doña Encarna que jamás habría imaginado ni en sus fantasías más surrealistas! La bruja madre de Ana acababa de hacer un guiño de complicidad... sin decir que sabía sonreír sin malicia.

La doña Encarna dio media vuelta pero aún guardaba otro as en su manga. Esta vez, el punto de mira era ella misma.

- Señorita Teresa, es un gesto impropio tener la boca abierta - dijo en tono gélido sin mirar atrás. Salió de la cocina.

Al oír sus palabras, la boca de Teresa se cerró bruscamente. El pequeño rastro de humanidad que vio en la doña Encarna se esfumó. La normalidad había vuelto. Es decir, había vuelto a ser el objeto de los comentarios hirientes de la doña. Teresa soltó un bufido de frustración. Se acordó de pronto del brazo de Ana reposando sobre sus hombros. Sin que pudiera detenerlo, su mente revivió las sensaciones extrañas y peligrosas que experimentó durante la posesión de su alma. Inconscientemente, se humedeció los labios con la lengua cuando le asaltó una imagen de la caverna bucal devorando la masa deliciosa de la rosquilla.

- ¡¿Viste a Pedro? Ays, pobre. Ni veía por dónde caminaba. - Ana clamó divertida, apoyando la barbilla sobre el hombro de Teresa.

Teresa se despertó del ensueño, reprochando su falta de concentración. Reunió todas las fuerzas para frenar el insoportable anhelo de apartarse de Ana con violencia. No queriendo despertar las sospechas de Ana, se separó delicadamente con la excusa de recoger la cocina. "¡Otra vez, me han poseído! ¡Contrólate! Sólo ha sido un lapsus.", intentó convencerse. "Sí, debe ser esto. Además, las amigas hacen a menudo estas cosas. Compartir secretos y trucos. Supongo que nunca he tenido una amiga verdadera hasta ahora. Sí, esto es." Se tranquilizó al fin sabiendo que sólo estaba siendo irracional.

- Voy un momento al baño. - Ana dijo, saliendo de la cocina.

Suspiró con alivio. Despejó de todo pensamiento su mente y se puso a la tarea de limpiar la cocina tal como ordenó doña Encarna. Pasó el paño sobre la mesa y topó contra un pequeño espejo que su amiga se olvidó de coger. Sin pensarlo dos veces, lo cogió, salió de la cocina, recorrió el pasillo y fue al baño para devolvérselo a Ana. Cogió la manilla de la puerta entreabierta y se dispuso a entrar. Pero lo que vio la dejó inmovilizada.

Cuerpos apretados. Brazos entrelazados. Pechos agitados. Bocas enfrascadas en la lucha por el poder.

El propio cuerpo de Teresa se encendió... estaba más vivo que nunca y al mismo tiempo se moría paulatinamente. Casi enloqueció cuando observó el cuello femenino tentador levantándose para ser engullido con placer por la boca conquistadora.

No podía más. Salió de ahí rápidamente en silencio. No podía más. El pasillo que conducía a la cocina no parecía tener fin. No podía más. Por fin veía la luz. No podía más. Entró enloquecida y se apoyó sobre la mesa. No podía más. Los ojos se humedecían. No podía más. Jadeaba. No podía más. Quería estrangular ese ser conquistador. No podía más con el dolor que oprimía su corazón, al cual acababan de imprimir con fuego: traición.

Al oír los pasos dirigiéndose a la cocina, se secó rápidamente las lágrimas y puso la mejor sonrisa cuando Ana entró.

- ¡Ya estoy! - su amiga anunció, alegre.

Su corazón aulló de ira cuando se fijó en la camisa arrugada de su amiga, fruto de su acto de pasión con Pedro.

- Te ayudo. - Ana se puso a recoger todas las herramientas y dejarlas en el fregadero. Empezó a canturrear.

"No eres nadie para ella. Un día se irá y se olvidará de ti. Feliz sin ti." Una voz interior se mofó. Cerró los ojos con fuerza, esperando sacar la escena de su memoria, destrozarla y quemarla. Oyó vagamente una voz llamándola repetidamente por su nombre.

- ¿Teresa? ¿Qué te pasa?

Se apartó bruscamente cuando descubrió que no había distancia entre ellas. Aseguró que no le ocurría nada. Pero Ana no se lo creyó, por lo que insistió.

- Por favor, dime la verdad, sé que te pasa algo. No quieres mirarme. Parece que has visto un fantasma. - suplicó.

Quería salir de ahí. No tenía ganas de hablar. Retrocedió un paso cuando Ana trató de acercarse de nuevo. Su amiga echó un resoplido de impaciencia y con rapidez tomó una mano de Teresa, quien en vano intentó zafarse de ella.

- Teresa, ¿qué llevas en la mano?

La pregunta la pilló desprevenida. Bajó la mirada y de pronto se acordó de que aún no había soltado el espejo. Ya era demasiado tarde. Ana abrió los nudillos de dedos y cogió el espejo. En un principio, vio que su amiga estaba visiblemente confusa pero su rostro cambió de expresión. Teresa leyó en él varias emociones. La perplejidad primaba por encima de todo.

- ¿Nos has visto, verdad? - Ana interrogó, dubitativa.

Quería negarlo pero el silencio habló en su nombre. Ambas permanecieron quietas sin pronunciar nada un buen rato.

- Me imagino que te debió resultar embarazoso. Lo siento. - Su amiga habló con cautela.

Teresa se sorprendió cuando se oyó a sí misma con una voz llena de dureza.

- ¿Por qué con Pedro? No lo entiendo. ¿No dijiste que sólo eráis amigos? ¡No me gusta que me mientan!

No soportaba que la mintieran. Creía que Ana confiaba en ella. Jamás se había sentido tan traicionada como en aquel instante. Las verdaderas amigas no se mentían. Ni se ocultaban los secretos. Verla besándose con Pedro la dolió.

- No te he mentido. Créeme. - Ana rogó. - Escúchame, por favor. No siento nada por Pedro. Salvo cariño. Nuestros padres son grandes amigos. Nos conocemos de pequeños. Lo que viste no quiere decir nada. A veces lo hacemos. - Sus oídos no podían creérselo. Para colmo, Ana acababa de reconocerlo sin tapujos. - Teresa, somos amigos con derecho a roce.

- Los buenos amigos no se besan. - recordó. Se indignó cuando Ana se echó a reír. Odiaba ser burlada. Ana se calmó y la miró a los ojos.

- ¿Sabes? Tienes mucha suerte porque sabes lo que quieres. Pero, en cambio yo, ni sé qué quiero ni sé qué siento. Mientras no encuentre lo que busco, pues... encuentro otras maneras de satisfacer mis necesidades... - Ana bajó la mirada, algo avergonzada.

- ¿Qué necesidades? - preguntó inocentemente. No entendía a qué se refería.

- Necesidad de compañía y de afecto. - Su amiga respondió seria. - Digan lo digan, los hombres y las mujeres tenemos las mismas necesidades. Lo que ocurre es que entre nosotras hay muchos tabúes. Pero te aseguro que lo que hacemos es más habitual de lo que crees.

Se detuvo a pensar en todo lo que le explicaba su amiga. Supo que Ana era sincera con ella. Aunque no le parecía del todo bien lo que hacían, sabía que su amiga tenía razón.

Pero aún no podía ignorar una cosa. El mismo Pedro. Sólo con nombrarlo, le hervía la sangre.

- Ana, ¿eres consciente de que Pedro está loco por ti? - refunfuñó. Ana suspiró.

- Lo sé, lo sé. Pero, ¿qué puedo hacer? Si ya le he aclarado miles de veces acerca de mis sentimientos.

- Hazme caso. Aclárelo en serio. ¿Quieres hacerle daño? Además... no sé... no os pega como pareja... parecéis hermanos. - puso una cara dubitativa.

"Mientes", la mala conciencia le decía. Sabía muy bien que no había otro hombre mejor para Ana Rivas. Harían una pareja endiabladamente perfecta. Una voz interior le recordó que hasta ayer pensaba lo contrario y que estaba dispuesta a hacer de celestina entre ellos. "Es diferente. Sólo la protejo. Es mi amiga y me preocupa. A Pedro le creía un galán, pero sólo es uno más. Si estaba encima de ella como un pulpo empalagoso. " Se contestó a sí misma, queriendo convencerse de sus mejores intenciones.

- ¡Que no te oiga mi madre! - Entre risas, Ana contestó. - Te mataría. Es su máxima aspiración. Que me casara con el querido Pedro. Coparíamos la flor y la nata de la sociedad española. Se llevará un gran chasco. Teresa, si sentiría algo serio por él, estaría con él en vez de contigo. Eres mi pequeñaaaaa. - ronroneó.

En esta ocasión no le molestó en absoluto que la llamara así. Al contrario, la hacía feliz. Sin previo aviso, Teresa abrazó con fuerza a su amiga, que casi le hizo perder el equilibrio. Apoyó la mejilla sobre el pecho y cerró los ojos.

Ambas permanecieron abrazadas y contentas de pasar la página.