TERESA
Capítulo 11
Jueves, 20 de julio de 1950.
Anotación histórica: Se aprueba el Opus Dei y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Se decía que unos posos en la taza de té podían revelarte el destino. Pues bien, los posos en la copa de whisky irlandés que sujetaba no le aportaban ninguna revelación. Salvo el gélido silencio.
Inspiró hondo. A través de la ventana, observó a dos figuras desapareciéndose en el bosque, probablemente con rumbo al lago. Se veían felices. Como si sólo existieran ellos dos. "Para ellos, no existo", pensó con amargura. "Por desgracia, pienso, existo... y sufro". Su corazón se torció de dolor al recordar la escena que tuvo lugar seis horas atrás.
La felicidad podía ser cruel. Te la podían arrebatar en un abrir y cerrar de ojos. Al menos, la desdicha era previsible, cómoda y constante. El destino le dio un caramelo para luego quitárselo de la boca. Su sorpresa fue mayúscula cuando Teresa la besó sin previo aviso. No podía imaginarse que un mero beso fuera capaz de sacudir todo su cuerpo, sumiéndolo en un torbellino de pasión, anhelo y amor. Nadie, salvo Teresa, le había hecho sentir cosas tan intensas. Al lado de esa chica diminuta, se sentía viva... y completa. Había encontrado al fin la pieza que faltaba para completar el puzzle de su existencia. En su primer encuentro fortuito sintió un fuerte magnetismo hacia esa chica de tez morena y de ojos vivarachos. Desde entonces, su alma andaba continuamente en búsqueda de Teresa. Sentir su presencia. Buscarla. Encontrarla. Abrazarla. Quererla. Hasta anoche, creyó que era una amistad excepcional y única. Pero con el beso descubrió que no era una amistad ordinaria. No, era algo que estaba por encima de todo. Aún no sabía ponerlo un nombre. "Sí, lo sabes." Su corazón la replicó. "No, no sé nada. Sólo sé que quiero sacar todos estos sentimientos extraños de mi cuerpo. Sólo me dan dolor." Concluyó.
Recordó el beso. Aún ignoraba cómo habían llegado a estos términos. Excepto que la sintió más cercana que nunca. Vio los labios de Teresa humedeciéndose, acercándose y reclamando la propiedad de su boca. Cálidos. Tiernos. Fieros. Apasionados. Interrumpió el beso, separándose, convencida de que todo era un sueño extraño. Cuando sus labios volvieron a ser asaltados, supo que no era un sueño, sino que simplemente estaba en el paraíso. Saboreando el cóctel dulzón de la boca de Teresa. Escuchando los ronroneos que salían de la garganta. Disfrutando la calidez del cuerpo diminuto. Creía morirse de placer. ¿Todo para qué? Todo esto para expulsar a ambas chicas del paraíso, siguiendo la estela de la tragedia de Adán y Eva, recordándolas el cruel castigo de probar la fruta prohibida. Y ahora, se encontraba en el ojo del huracán. Pero no era la única moradora en ese ojo. Con ella cohabitaban otros dos, sólo que el tercero lo ignoraba.
Cerró los ojos reviviendo con dolor los momentos tras el beso... Corrió tras Teresa, cuya velocidad no hacía más que acelerar. No consiguió alcanzarla debido a las pocas fuerzas, muy mermadas por los sucesos de la noche. El amor no correspondido de su querido amigo Pedro. El beso sorprendente de Teresa. El rechazo. La huida. Demasiadas cosas para asimilar en una sola media hora. Sólo sabía que debía hablar con Teresa. No sabía cómo pero tenía una sola certeza. Que el beso había cambiado todo entre ellas. Y no estaba dispuesta a echarlo todo a perder por un estúpido beso. "¿Un estúpido beso? Te estás engañando." Nuevamente su corazón metió cizaña. No tenía tiempo para reflexiones. Sólo quería hablar con Teresa. Y asegurarla que nada había cambiado. No quería perderla.
Pero ya era demasiado tarde. Hasta entonces se burlaba de todas las tragedias shakespearianas. Hasta entonces no creyó posible que un corazón roto pudiera romperse de nuevo. Cuando por fin la encontró. En el porche. Pero no se encontraba sola. Estaba en los brazos de Héctor y besándolo.
Su mente retrocedió hasta el momento en que se detuvo al divisar la espalda de Teresa que estaba en el jardín del porche. Se dispuso a llamarla pero se frenó al percibir otra presencia. Para no ser vista, se escondió en la esquina. Escuchó unas voces.
- ¿Qué te pasa, Teresa? - pudo oír la nota de alarma en la voz de Héctor.
- Eh... nada. - atisbó la cabeza femenina negándose varias veces. Supuso que la oscuridad le ayudó a ocultar las lágrimas. - ¿Qué haces? - La oyó preguntando confusa por la presencia súbita de Héctor.
Ana también se hacía esta pregunta. Se suponía que el estúpido debía estar en la cama.
- Bueno... no tuve la ocasión de decírtelo antes de irte a dormir. ¡Ya me han dado el alta! Aquí estoy, porque estaba harto de tanta cama. - Héctor explicó a la vez que tiró la colilla y la apagó con el pie.
- Ah... genial. - Ana percibió el aturdimiento en la voz de su amiga.
- Parece que no te alegras de verme. - Héctor evidentemente bromeaba. Pero Teresa lo malinterpretó, puesto que movió con frenesí la cabeza a modo de negación.
- No, no, qué va. Es que no me esperaba verte aquí. Pero me alegro. - Era evidente el cambio en la voz de Teresa. Le hablaba con ternura... y amor... No sabía por qué verlos juntos le enervaba tanto.
- Y yo más verte aquí. ¿Qué hacías tú aquí? Es muy tarde. Son casi las cinco. No me quejo, ¿eh?
- Eh... hemos ido a la verbena.
- ¡Y yo sin saberlo! - Ana captó un ligero fastidio en la voz del hombre.
- No lo sabíamos que te habían dado el alta. Pero te aseguro que no perdiste nada. - la oyó asegurando.
Ana no pudo evitar de sentir el placer por haberle robado una noche prometedora con Teresa. Pero la satisfacción sólo duró unos segundos cuando el energúmeno dijo lo siguiente.
- Me alegro saberlo. Porque todavía podemos ganar mucho. Quiero decir que la noche aún no ha acabado. ¿Me concede un baile, señorita? - La voz de Héctor sonó seductora. "¡Idiota!", pensó. Pero eso no lo dolió tanto como lo que vendría a continuación.
- Sí, mi capitán. - Teresa aceptó sin un ápice de duda. Más bien al contrario, le pareció feliz. Como si se hubiera olvidado por completo de todo... en especial, del beso que habían compartido unos minutos atrás.
"¡Más idiota eres, Teresa!", pensó con dolor y amargura. Quería verlos mejor. Así que con sigilo sacó su cabeza y entrecerró los ojos. En medio de la oscuridad, los vio pegados el uno contra la otra. Bajo la luna, bailando a paso lento. De pronto se detuvieron. Vio a Héctor levantando el mentón de Teresa y se acercó. Ana no comprendió por qué no apartó los ojos de la escena que tenía ante sí. Salirse de ahí. Olvidarlos. Pero algo lo impedía. Paralizada, contempló el costado izquierdo del semblante de Teresa, bañado por la tenue luz lunar. Percibió la adoración en su mirada. La vio cerrándose los ojos y permitiendo que sus labios quedaran sellados por Héctor. El beso en sí no era importante. Sí lo era, el significado detrás de ese beso que luego ambos expresaron en voz alta. Firmaron con un "te quiero".
No se percató en ese instante de que unas lágrimas resbalaban sobre las mejillas. No pudo más con el suplicio. Su corazón desangraba sin pausa. El último hálito de vida que quedaba en su cuerpo se esfumó. Anduvo como una autómata hasta su cuarto.
Y ahora estaba ahí. En la biblioteca. De pie junto a la ventana, sujetando una copa de whisky irlandés. Esperando a su madre. Miró la hora. Su madre estaba tardando. Tomó otro largo sorbo hasta vaciar el contenido. Decidió llenarla de nuevo. Le esperaba un día muy largo. No quería pensar más. Sólo quería acabar con todo. Tras llenarse la copa, se sentó en la butaca favorita de su padre. Oyó abrir la puerta. Sonrió cuando, en vez de darle buenos días, su querida madre reprendía a la vez que la examinaba con ojo crítico.
- ¿Qué haces tomando alcohol a estas horas? ¿Te has visto? ¡Qué cara te traes!
Ana se encogió de hombros. Sabía que su aspecto distaba mucho de lo habitual. Pese a su maquillaje, lucía unas enormes ojeras. Su rostro era pálido como el papel. Pasó una noche en vela, sin contar con una ligera resaca.
Ante su silencio, su madre dio un respingo. Se sentó en la butaca frente suyo. En silencio, le dirigió una mirada de desaprobación. Afortunadamente Ana desarrolló una inmunidad a las estrategias de intimidación tejidas por su madre desde que alcanzó la adolescencia en la que comenzaba a rebelarse para desesperación de sus padres.
- Ana, ¿de qué querías hablarme? - dijo al fin, impaciente.
De pronto, Ana ya no estaba segura de lo que iba a hacer a continuación. Pero ya no había vuelta atrás. Bebió otro sorbo antes de hablar con un nudo en la garganta.
- Me voy en dos horas.
No pretendía sonarlo tan solemne. Ana sintió un amargo placer al comprobar que aún conservaba su capacidad de dejar sin palabras a su madre. Sorprenderla solía ser toda una hazaña. Sólo ella y su padre tenían esta rara cualidad. Pero su madre tenía un arsenal interminable de habilidades. Una de ellas era recuperar rápidamente la compostura y mantenerse imperturbable como si la sorpresa fuese una ilusión que se había imaginado su interlocutor.
- ¿Qué quieres decir? ¿Adónde vas? - su madre preguntó con voz neutral.
- Por ahora, una semana a Madrid. Ya es hora de tomar las riendas. Todavía no sé adónde iré luego. Tengo algunos nombres de ciudades en la mente. Depende de las posibilidades que me ofrezcan. Pretendo iniciar mis contactos con el mundo diplomático.
No mentía. Esos planes ya estaban trazados desde hacía tiempo. Sólo necesitaba encontrar el momento idóneo para escribir nuevas páginas en su vida. Y ése era su momento.
A doña Encarna no la sorprendían dos veces. Se miraron fijamente. Ana supo que su madre aún estaba aturdida por mucho que fingiera lo contrario. Soportó el escrutinio visual de su madre quien probablemente trataba de entender los entresijos de su alma. Se contuvo las ganas imperiosas de tomar otro trago. Uno muy largo. Su fuerza empezaba a flaquear. Por un lado, quería llorar sobre las faldas de su madre. Por otro, huirse de ahí. Por segunda vez, huir de su verdadero hogar en el cual comenzaba a sentir a gusto.
- Lo tienes todo planeado. - No era una pregunta.
Ana sabía que su madre sabía que ella hablaba en serio. Era algo de su madre que siempre le gustaba. Tratarla de igual a igual. Pese a numerosas diferencias entre ellas, se entendían. Y se querían a su manera.
- A tu padre no le gustará. Pero no te preocupes, le convenceré. Me parece una idea fantástica de meterte en los círculos de la diplomacia. Digan lo que digan, tener buenos contactos es vital para los negocios. No basta con tener ambición. La ambición sola no se alimenta. Se necesita iniciativa, contactos y dinero, por supuesto.
Sonrió viendo a su madre frotándose las manos ante las posibilidades prometedoras que abría el mundo de diplomacia. La expansión del imperio Rivas se debía en gran parte a la ambición sin límites de sus padres. Su padre se encargaba de los contactos, mientras su madre supervisaba los números. Era consciente de que su decisión causaría un gran disgusto a su padre, quien se ilusionaba con la idea de tenerla en los Almacenes Rivas trabajando codo a codo. "Almacenes Rivas... " Susurró para sus adentros. "Teresa García". Se formó una imagen de la hija menor de los García en su mente. Su corazón sintió una fuerte punzada de dolor. Apretó los ojos y borró la imagen. Bebió otro sorbo de whisky. Abrió los ojos para encontrar a su madre mirándola con ojos inexpresivos. Desvió la mirada, sintiéndose de súbito desnuda. La oyó levantándose de la butaca y acercándose. Se movió para que su madre pudiera sentarse en el brazo de su mueble. Dejó que su cabeza se apoyara sobre el pecho de su madre, recibiendo con agrado las caricias en su cabeza
- Ana. - Se sorprendió al percibir la ternura en la voz de su madre. Alzó la mirada y la encontró mirándola abajo con preocupación. - ¿Por qué ahora? Sé que ha pasado algo. ¿Sabes que puedes contármelo si quieres?
No quería hablar. Nada. Mucho menos pensar. No quería pensar en su soledad. Su madre se percató de ello y lo respetó.
- Bueno, no pasa nada. ¿Y ahora qué vamos hacer con Héctor?- la oyó suspirarse.
Mencionarlo le producía punzadas de dolor en su corazón. El caballero andante. El conquistador. El pirata. El capitán. El galán. Ese hombre tenía en su poder algo totalmente inaccesible para ella. Despejó la mente. Llenó los pulmones de aire. No sólo pasó la noche en vela para tomar la decisión de irse, sino también qué hacer respecto con Héctor y... Teresa.
- Mamá. También he estado divagando sobre este tema. Y la solución es... no hacer nada. - Se oyó a sí misma, sin poder evitarlo, con una voz que no reconocía. Aparentaba hablar con aplomo cuando en realidad sólo se sentía vacía.
- ¡¿Cómo? ¿Estás diciendo que surja lo que tenga que surgir? - Su madre exclamó airada, poniéndose en pie. Anduvo en círculos. - Por mucho que ese niñato no se merezca su lugar, no permitiré que dañe nuestra reputación casándose con una... una... una... barriobajera.
Esperaba una reacción semejante de su madre. Pero no podía tolerar que redujera Teresa a esos términos, sin importar lo sucedido entre ellas.
- ¡Mamá! Teresa no es así. - Opuso. Vio que su madre abría la boca para replicarle, pero no le permitió. - Mamá, escúchame, lo he pensado mucho. Será beneficioso para todos.
- ¿Qué? - clamó, atónita. - ¿Has perdido la cabeza? - Otro rasgo suyo era que jamás levantaba la voz.
Sintió un golpeteo continuo en las sienes, lo cual indicaba el inicio de una fuerte migraña. Inspiró hondo. No le convenía perder los estribos.
- Mamá, por favor, siéntate. Primero, escucha lo que tengo que decirte. Luego, sacarás conclusiones. - rogó con voz cansina.
Su madre, en jarras, la miró con cara de contrariedad. Ana sintió alivio cuando la vio tomando asiento.
- Suéltalo. - dijo con sequedad.
- Dijiste que Teresa es ejemplar en su cargo de subencargada. Espera, déjame acabarlo. Y también comentaste que tuvisteis problemas con ella debido a las diferencias en los temas sindicales. Pues bien, deberíais sacar partido de esta situación. Imagina que si Héctor acabara casándose con una mujer rica pero cara en gustos, os podría dar más de un disgusto... y dinero - marcó con énfasis esta última palabra. Se congratuló cuando observó la mueca de disgusto de su madre ante la idea de desechar dinero en una mujer inútil. - En cambio, con Teresa cuyas capacidades han quedado más que demostradas, os ahorraréis unos cuantos problemas. En otras palabras, no perdéis nada y ganáis todo. Siempre dices que detrás de un gran hombre hay una mujer inteligente. Si se casan, Teresa no os causará ningún problema laboral que pudiera acarrear a fin de evitar disputas familiares. Todo lo contrario, os será de gran utilidad en el negocio familiar. - convino.
Al leer las dudas en los ojos de su madre, comprendió que su persuasión estaba teniendo resultados. Aunque se hubiera acabado su amistad con Teresa, quería ayudarla a tener una oportunidad mínima de estar con el amor verdadero. Si debía ser Héctor, que así fuera. Presentía que Héctor no la dejaría tan fácilmente... y Teresa tampoco... Acabaran o no en matrimonio, la ayudaría a allanar su camino al amor.
- ¿Pero y sus padres? ¿Cómo encajarían en nuestra familia? ¡Nuestros propios empleados! - manifestó su madre, debatida entre la oportunidad de oro que había expuesto su hija y entre la posible humillación a todos los niveles.
Suerte que había previsto todas las posibles preguntas que formularía su madre.
- Sencillo. En cuanto se casaran, ambos se mudarían a Madrid. Los padres de Teresa vivirían con ellos. No es necesario presentarlos a la alta sociedad si no queréis. Pero podréis aprovechar la ascensión social de Teresa para captar a los nuevos ricos, quienes se verían identificados con ella. Y éstos suelen ser quienes aportan dinero. ¿No has dicho siempre que la nobleza sólo aporta títulos sin valor? - razonó.
Se infló de orgullo cuando vio a su madre cediéndose a la propuesta..
- Lo tenías todo pensado. - concluyó con un deje de admiración. - Muy a pesar mío, debo reconocer que tu planteamiento es nuestra mejor oportunidad. Si su relación irá a más, por mucho que nos pese, haremos este gran sacrificio. Ahora que lo pienso, disfrutaré a lo grande viendo a doña Marta sufrir un ataque de nervios en cuanto vea a su hijo casándose con una mujer de baja alcurnia. - Su rostro se iluminó con la idea de rebajar a la primera esposa de su marido.
Ana suspiró sabiendo que algunas cosas nunca cambiarían. Miró el reloj. Debía acabar los preparativos para su partida. Se levantó y se alisó la falda.
- Por cierto, mamá. Pedro también se viene conmigo. - anunció.
Se precipitó en dar por sentado que a su madre no la sorprendían dos veces.
- ¿Pedro tampoco se queda? No lo entiendo. - interrogó, abiertamente confundida.
- No, cuando le comenté que me iba a Madrid una semana, me dijo que a él también le surgió un imprevisto que reclamaba su presencia. - Mintió.
Lo cierto era que era la tercera decisión que tomó. Dos horas antes, salió de su cuarto en dirección a la habitación de Pedro. Para hacerle saber que en unas horas se iba a Madrid unos días. Y acto seguido comunicarlo que estaba dispuesta a darle una oportunidad. Y a ella misma. La cara de Pedro fue todo un poema, lo cual era lógico dadas las circunstancias. En un principio, su amigo estaba estupefacto ante el repentino cambio de opinión pero enseguida se lanzó sobre ella y la levantó todo feliz. Ella misma también se sorprendió. Miró abajo a Pedro y supo que con él encontraría serenidad que anhelaba en ese instante. Ambos eran muy parecidos. Divertidos. Extrovertidos. Carismáticos. Amantes de la lectura. Viajantes. Y viejos amigos. Sin decir que se conocían muy bien.
Pero no quería que nadie lo supiera por el momento. En especial, sus padres. Si lo supieran, antes que se diese cuenta ella, ya sonarían las campanas de boda. Quería tomarlo con calma y ver hasta adónde podían llegar ella y Pedro.
- Me extraña mucho. Anoche no me dijo nada. - su madre dijo desconfiada, sin creérselo del todo, pero Ana no se inmutó. Su silencio fue malinterpretado por su madre quien se levantó abruptamente de la silla y la tomó de los brazos. - ¿No estarás embarazada?
La pregunta la dejó un tanto descolocada que rompió a reír a carcajadas. Era tan surrealista.
- No digas sandeces. Además, te recuerdo que tú misma te encargaste de enseñarme cómo protegerme de los embarazos cuando tuve mi primera menstruación. Además, serías la primera en conocer la noticia de que corre un Ramoncito. Me encantaría verte corriendo tras él. - ironizó.
Entre ellas, este tema nunca había supuesto un problema. Todo lo opuesto. Lo hablaban abiertamente y sin tapujos. A diferencia de la mayoría de los hogares donde el sexo era un tabú.
Doña Encarna puso una mano sobre el corazón agitado tratando de calmarlo.
- Nosotras no estamos hechas para someternos a los hombres como unas burdas esclavas. No me entra en la cabeza de que el sueño de las quinceañeras se limitase a casarse con un hombre y servirlo.
Ana compartió su opinión. La mayoría de las chicas de su edad estaban casadas y eran madres de varios hijos. Sirviendo a sus maridos. Con los sueños pisoteados por los tan llamados deberes de la esposa. ¿A cambio de qué? De nada. Los éxitos de las esposas se medían por los triunfos de sus maridos. Ella misma soñaba con encontrar su igual que quisiera compartir sus sueños, sus fracasos, sus alegrías y sus tristezas. Que ambos se admiraran mutuamente por los triunfos del otro. Que envejecieran en condiciones iguales. Sus padres eran un buen ejemplo de ello.
- Mamá, me voy a acabar los preparativos. Iremos en mi coche. Luego nos vemos.
Plantó un beso en la mejilla de su madre y se echó a andar, pero un brazo lo impidió. Se dio la vuelta, mirándola expectante.
- Ana, te vas para mucho tiempo, ¿verdad?
Aunque era una pregunta, era una afirmación. Su madre lo sabía. No hicieron falta las palabras. Doña Encarna era humana cuando quería. Vio tristeza en los ojos de su madre. Sonrió sin demasiado entusiasmo.
- Te quiero, mamá. - se despidió con afecto.
Dicho esto, soltó el brazo de su madre y salió de la biblioteca. Le esperaba otra nueva etapa.
- ¡Hola mamá! - Teresa anunció su llegada. - ¡Hola papá! - Besó la frente de su padre, quien leía el periódico.
- Anda, vienes muy contenta. - Pascual dijo, sorprendido por el saludo efusivo de su hija.
- ¿Qué tiene de malo?
- No, no tiene nada de malo. Todo lo contrario. Da gusto verte así, tan contenta. - Carmen comentó. - ¿De dónde vienes?
Suerte que estaba de espaldas a sus padres. Cogió un vaso y lo llenó de agua. Sus padres no podían saber que había ido con el señorito Perea al lago. De saberlo, se pondrían hechos unas furias. En especial, su padre. Recordó la desagradable discusión que mantuvieron por motivo de la invitación al baile. Se volvió y les miró. Bebió a sorbos el agua.
- He ido al lago. Es precioso. Lo echaba de menos. - mintió a medias.
- Sí, es un buen día para disfrutarlo. Menos mal que hoy hace menos calor que ayer. No pude pegar ojo. - se quejó Carmen.
"Tampoco pude pegar ojo." Pensó. No quería recordar el motivo. Sólo quería disfrutar de las cosas buenas. Como el beso que compartió anoche. "¿Cuál de los dos?". Una vocecilla salida de la nada le preguntaba con sarcasmo. "¡Sólo hubo un beso! Lo otro ni podía llamarse como beso." Se contestó a sí misma tajante. Se concentró con intensidad en las emociones vividas con el amor de su vida. Cerró los ojos. Sus manos eran finas pero fuertes. Su cabello era sedoso. Le encantaba pasarlo con la mano. Su cuerpo sintió un hormigueo al recordar sus labios que sabían al cielo. Suaves. Rudos. Ásperos. Gentiles. Expertos. Seductores. Era tal como se había imaginado. En sus brazos, se sentía protegida de todos los males y de todos los demonios. "¿Cómo protegerte de ti misma? Eres tu propio demonio.", le asaltó de nuevo la vocecilla burlona. "¡Y Héctor es tu ángel que te salvará de ti misma!". Se abrazó, no pudiéndose soportar las risas internas. Le asustaba la idea de que su alma estaba cohabitada por dos seres, uno de los cuales parecía haberse despertado tras una larga letargía. Cuya existencia no conocía. Y quería expulsarlo a cualquier coste.
"Quiero con todo mi alma a Héctor. Y le he querido desde la primera vez que le vi" Se declaró con furia. De esto no había ninguna duda. Cada encuentro con él reafirmaba esta creencia. Imaginó unos brazos fuertes rodeando su cuerpo mientras le susurraba a sus oídos que la quería. No era ninguna ilusión. Anoche la besó. Y dijo que la quería. Era una locura, lo sabía. Pero no le importaba. Su lugar estaba con él. No sabía cuánto duraría. Dos días. Dos semanas. O nada. Cuando estaba con él, era ella misma. La criatura extraña que exigía saciar la sed no daba señales. Seguía sin dar señales cuando una hora atrás en el lago Héctor la volvió a besar. Su corazón sólo pertenecía al hombre de su vida. Ése era Héctor Perea.
- ¿Teresa? Despierta. - Oyó un chasqueo de los dedos. Despertó del trance y observó a su madre mirándola.
- Eh... perdona... estaba pensando en cosas. ¿Me decías algo? - preguntó mientras dejó el vaso en el fregadero.
- Sí, te decía que Ana... - comenzó.
Su cuerpo reaccionó con violencia al nombre de Ana. El nombre del pecado que cometió. Sintió el extraño ser que habitaba en el interior intentando salir al exterior, rugiendo y clamando saciar la sed. Lo acalló, ahogándolo en el lugar más recóndito de su alma. Quería salir de la cocina que de pronto se le antojó asfixiante.
- Mamá, debo irme. Me acabo de recordar que debo hacer una cosa urgente. - habló rápido y atropelladamente, apurando el paso hacia la puerta. - Hasta luego, papá. - agitó con la mano sin volverse.
Pero su padre fue más rápido. A medida que hablaba su padre, Teresa aminoró el paso hasta detenerse por completo de espaldas a sus padres. Su cuerpo estremecía como si hubiera pasado un temporal de invierno en ese lugar. El oxigeno dejó de funcionar. Su corazón se heló. No sabía si era una buena señal o no... que su sed se apagó al fin.
- ¡Espera! Tu madre quería decirte que Ana se ha ido. Parece que no volverá en un buen tiempo. Se despidió de nosotros. Nos dijo que te dijéramos adiós de su parte. Sentía no poder hacerlo en persona. Tenía prisa. ¿Te dijo algo de esto?
Fue lo último que supo de ella. Por boca de su padre.
Una despedida fría e impersonal de Ana Rivas Llanos.
