TERESA
Capítulo 12
Martes, 27 de agosto de 1963.
Anotación histórica: En 20 de abril De 1963, un militante clandestino del Partido Comunista, Julián Grimau, fue ejecutado por delitos cometidos en la guerra civil. Las protestas internacionales fueron generalizadas.
- ¡Mamá! ¿Has visto las llaves de casa? No las encuentro. - Preguntó de lejos desde su habitación. Al no recibir la respuesta, entró en el comedor para encontrarla sentada en la butaca, mirando absorta las fotos. Interrogó. - ¿Qué hace?
- Nada, sólo que me ha entrado el gusanillo. Me apetecía mirar las fotos. - respondió con aire ausente. De pronto sacudía la mano incitándola a acercarse. - Ven Teresa, mira, aquí estáis, Alfonsito y tú. Debías tener unos diez años. Estabais muy guapos.
- Para nada, aquí estoy espantosa. - objetó, a la vez que se sentó en el brazo de la butaca al lado de su madre. Esbozó una sonrisa afectuosa. - Anda, qué guapos estaban ustedes en su boda. - apreció mientras sujetaba una foto que sacó de entre la pila.
- ¡Y jóvenes! - su madre suspiró con nostalgia. - Hablando de la boda, aquí tenemos una de vosotros. Se te veía radiante. - dijo exultante, mostrando a lo alto la foto donde los novios posaban con las sonrisas de oreja a oreja sin poder contener la felicidad que sentían.
Héctor estaba especialmente atractivo, vestido con un negro traje con cola de pingüino. Mientras que ella iba vestida con un blanco vestido elegantemente bordado a mano. En un principio, lo rechazó por su precio exorbitante, pero acabó cediéndose a a las súplicas lastimeras de doña Marta. Recordó el momento especial en la que su querida madre le regaló sus preciadas joyas según la tradición familiar.
- Sí. Sigo sin creerme en que llevamos once años casados. ¡Mamá, once años!- Clamó, medio feliz y medio perpleja.
- Que me lo digas a mí. Ni me lo imaginaba por nada del mundo. - manifestó su madre.
Ni Teresa seguía sin creerse en su suerte. ¡Once años casados! Más dos años de festejo. Se llevó una sorpresa cuando Héctor le pidió (más bien le imploró) continuar con la relación tras agotar los días de su permiso en aquel verano. No tuvo corazón para rechazarlo aún a sabiendas de que era toda una locura.
Las cosas les fueron bastante fáciles dado que Héctor pidió de inmediato a don Ramón el traslado a las oficinas de los Almacenes Rivas, dejando atrás su trabajo como comercial que le obligaba a recorrer el territorio nacional. En Madrid, lejos de la vigilia de los padres, pudieron disfrutar en plena libertad su amor que crecía día a día.
- ¡Espera, voy a buscar los álbumes! Que ahora me lo ha pegao su gusanillo. - se levantó, dirigiéndose a un pequeño mueble.
Su madre rió. Teresa sacó dos grandes álbumes guardados en un cajón. Se acomodó de nuevo en el brazo de la butaca. Igual que su madre, tampoco pudo resistirse más a la llamada del pasado, por lo que abrió la tapa del álbum de su boda.
En una de las fotos, estaba la doña Marta toda risueña, la madre de Héctor Perea, en medio, cogida de los brazos de la pareja recién casada. Se le veía visiblemente orgullosa.
- Lástima que muriera tan joven. Era una mujer magnífica. Héctor sin padres. - murmuró su madre con pena.
- Lo era, lo era. - asintió sin dejar de contemplar la expresión de júbilo en el rostro de doña Marta.
Jamás olvidaría la primera visita a la madre de Héctor. Llevaban medio año juntos cuando Héctor le anunció su intención de presentarla oficialmente a la familia. Teresa consideró que había perdido la cabeza e intentó desistirlo. Pero la adoración sincera y la fe ciega de Héctor la convencieron. Pese a no depositar grandes esperanzas en su relación, no estaba dispuesta a renunciarlo, ahora que sabía lo que significaba amarlo.
Dada la proximidad geográfica, decidieron visitar primero a doña Marta, la madre de Héctor, quien tras el divorcio no contrajo de nuevo matrimonio, prefiriendo disfrutar en Madrid la nueva "soltería" como aclamaba ella en más de una ocasión. Recordó estar sorprendida cuando fueron recibidos, en vez por el mayordomo, por la mismísima madre de su pareja. Tras vencer la timidez inicial, hizo muy buenas migas con doña Marta, una mujer pelirroja y de tez tan pálida como la leche que parecía no haber conocido nunca la luz.
Desgraciadamente, su suegra apenas cumplió los cincuenta años cuando murió de un súbito derrame cerebral. El consuelo era que doña Marta ni tan siquiera se enteró mientras dormía. Pese a su muerte serena, supuso un golpe duro para todos quienes la querían, en especial Héctor. A todos les costó asimilar cómo una mujer tan llena de vida pudiera morir tan pronto.
- Lo importante es que Héctor la perdonó a tiempo y pudo disfrutar de ella durante los últimos seis años.- comentó, refiriéndose al rencor que guardó su esposo a la madre de éste por mandarlo repentinamente a una casa desconocida bajo la tutela de don Ramón cuando cumplió quince años.
- Sí. Hasta los lobos solitarios necesitan a sus familias. Las madres sólo deseamos lo mejor para sus hijos aunque éstos piensen lo contrario. - declaró su madre. - Aquí estamos todos. - Indicó con el dedo la foto, se podría decir, de la familia por completo.
Casi al completo. En el día de su boda, brilló la ausencia de algunos. Como su hermano y una "parienta" próxima a Héctor, cuyo nombre no quería pronunciar ni en silencio. En cuanto a su hermano, la noticia feliz era que tras su vuelta a España dos años después de su boda, Alfonso se reconcilió con el padre. Actualmente se encontraba de gira en América Latina. Pese a no haber ganado ningún campeonato, era un púgil respetable y digno de batirse.
- Por no decir que estamos en la familia de Rivas, si es que podemos llamarlo. Nunca me lo habría imaginado. - Teresa dijo con una pizca de sorna.
- No digas esto. Los señores Rivas son nuestra familia. - Teresa sonrió ante la réplica de la tan buena de su madre. Carmen acogía con brazos abiertos a cualquier persona, sin importar las diferencias.
- Sí, pero reconoce que usted misma no depositó ninguna fe en nuestra relación. Seguramente creía que no íbamos a atrever a ir más allá del "flirteo". - recordó, enfatizando la última palabra en un tono burlón.
- No, no era eso. - su madre negó sin convicción para terminar reconociéndolo a regañadientes. - De acuerdo, tenía mis dudas. ¡Pero cómo no tenerlas! Andabas con el hijo de los señores para quienes trabajábamos.
- ¿Sabe qué? Nunca olvidaré ese día cuando nos presentamos para comunicarles la noticia.- dijo, ladeando la cabeza a modo de incredulidad
- Ni yo, ni yo. Casi me dio un infarto cuando los señores se plantaron ahí... Y creía que te habían hecho algo cuando volviste de hablar con ellos. Porque prácticamente te desmayaste. - musitó su madre, con la mano en el pecho como si con su gesto pretendiera proteger su corazón delicado del recuerdo de la tarde más desagradable de su vida.
Teresa rió al observar la mueca de disgusto de su madre. Para ser franca, ella misma tampoco desearía revivir el recuerdo. Su mente retrocedió varios años atrás.
Héctor y Teresa fueron un domingo en coche a la Villa Fortuna, aprovechando la ausencia de los señores Rivas. Al menos eso lo pensaban. Tras el éxito con doña Marta con quien se congenió a la perfección, la siguiente misión era contar con el consentimiento de los padres de Teresa para oficializar la relación. Ambos consideraron que debían reservar las fuerzas para el cometido más difícil: los señores Rivas que eran el posible (mejor dicho, probable) mayor impedimento en el futuro de su relación. Pese a no ser el padre biológico de Héctor, don Ramón era el responsable de su tutela en todos los efectos legales tras el divorcio con su primera esposa.
Ambos se presentaron por sorpresa en la cocina donde se encontraban los padres de Teresa. Éstos se alegraron tanto de verla. Pero, en cuanto les comunicaron el motivo de la visita, la respuesta de sus padres fue el absoluto silencio. Aunque su madre estuviera al tanto a través de las cartas, estaba sorprendida ya que albergaba la esperanza de que su relación fuera un simple cortejo. Y su padre... era otra historia. Estaba iracundo. Sin importarle que el señorito Perea estuviera presente, se dispuso a abrir la boca para expresar su desacuerdo. Pero se vio impedido por otra sorpresa que el destino les aguardaba.
¡Y qué sorpresa! En ese instante, doña Encarnación entró en la cocina, comunicando que se quedarían a cenar. ¡Se suponía que no debían estar ahí! Teresa y Héctor no eran los únicos sorprendidos, ya que en cuanto los vio, a la doña se le notó desprevenida aunque de inmediato recobró la compostura. Teresa creyó morirse ahí mismo cuando Héctor anunció con voz firme que quería darlos una noticia muy importante.
¡Teresa no estaba preparada para aquel encuentro que ni siquiera estaba en sus planes! Sin escudos a a vista, su cuerpo se tensó en espera de recibir golpes mortales o puños letales en forma de frases mordaces teñidos del habitual disgusto de doña Encarnación. Pero no llegó nada. Inesperadamente la reacción de doña Encarnación no encajaba en ningún de los posibles escenarios imaginados por Teresa. La señora con su porte altiva se limitó a mirarlos, sobre todo a Teresa. Se le nubló la vista cuando detectó una casi imperceptible mueca astuta en los labios de la doña Encarnación. Como si ésta supiera de antemano los verdaderos propósitos de la visita.
Sin palabras, la doña los condujo al salón donde se encontraba don Ramón leyendo un diario y tomando una copa. Tampoco pareció muy sorprendido al verlos ahí.
O eran unos excelentes actores. O habían sido tocados por la Virgen de la Amabilidad.
Sentados en el sofá, Teresa trató infructuosamente de controlar el temblor en las manos, sin poder articular palabra alguna. Pese a la actitud sospechosamente afable de los señores, no podía desquitarse de la sensación de que se encontraban en los fauces del lobo a punto de zamparlos. Cerró los ojos cuando oyó a Héctor anunciándolos el noviazgo oficial. Supo que era su fin por muy empeñado que estuviera Héctor en asegurar que el rechazo de los señores Rivas no impediría su objetivo. Pero Héctor tenía otro plan del cual ella no tenía conocimiento. Héctor cogió su mano y, para su mayor sorpresa, añadió que esperaba el consentimiento para pedir su mano.
La mano de Teresa García Guerrero, la hija de Carmen y Pascual, los empleados de los señores Rivas.
¡Ignoraba sus intenciones! Teresa alzó el rostro, estremeciéndose por temor a detectar gestos de enfado o disgusto en los semblantes de los señores. Por un instante, creyó estar soñando. En su opinión, era un sueño bastante cruel que estaba jugando con sus ilusiones. Se pellizcó y comprobó que no estaba soñando.
Era tan real como la sonrisa burlona de doña Encarnación, de pie y al lado de la butaca donde se sentaba don Ramón. Entendió de pronto que para doña Encarnación era una oportunidad más para humillarla. Riéndose de ella. Pero no. No, de nuevo iba errada.
Dios santo, el mundo se volvió loco. Los señores Rivas, en especial, don Ramón, se levantaron y los congratularon. Hasta Héctor se quedó sin habla. Pero la cosa no quedó ahí. Don Ramón pidió a Teresa que buscaran a sus padres y los trajera para felicitarlos por la buena nueva. Nunca como en ese instante se había alegrado tanto de irse. Así fue cómo sus padres la encontraron en ese estado. Nada más llegar a la cocina, Teresa se desvaneció en los brazos de su padre, sobrepasada por las fuertes emociones del encuentro con los señores Rivas.
- Sí, y pobre padre. En cuanto se enteró de que Héctor pidió mi mano, quiso matarlo ahí mismo. - Teresa explicó, medio divertida y medio apesadumbrada por la situación que vivieron paralelamente su esposo y su padre.
En especial, su padre que se encontró entre la espalda y la pared sabiendo que no podía rechazar el consentimiento cuando la pareja contaba con el visto bueno de sus señores. Pascual lo aceptó a regañadientes. Afortunadamente, con el paso de tiempo, llegó a aceptar a Héctor como su yerno. Actualmente se tenían en gran estima el uno al otro.
- Entiéndelo. Supuso un cambio muy grande para nosotros. ¡De empleados a parientes suyos! Y más cuando dejamos de trabajar para ellos. Ahora vivimos con vosotros en una casa tan grande y ¡para colmo con una sirvienta! Ya os dije muchas veces que no era necesario.
- Madre, ya lo hemos hablado miles de veces. La casa es bastante grande como para encargarse sólo usted. - replicó. - Además, os entiendo. A mí me costó adaptarme también. Es más, sigo sin entender cómo pudieron aceptarnos así sin más. Quiero decir que incluso ahora mismo no somos más familia de lo que éramos antes de casarnos. - Al ver la cara de reprobación de su madre, prosiguió. - Ya sé que somos familia. ¡Pero reconoce que, a pesar de trabajarnos juntos, nunca nos relacionamos, ni siquiera juntándonos en una comida! Así que me cuesta entenderlo.
- A lo mejor fue porque vieron que vuestro amor era sincero. - tanteó su madre. - Pese a lo diferentes que somos... - Teresa sonrió ante las buenas intenciones de su madre quien creía férreamente en la bondad de la gente, fuera espontánea o no. -...entendieron que os convenía estar juntos. Quiero decir que se os veía tan enamorados y aún se os ve pese a todo lo que habéis vivido.
- Sí, lo sé. - Asintió con una sonrisa medio forzada mientras sus ojos empezaban a humedecerse. No quería que su madre la viera. Desvió la mirada y se excusó abruptamente, levantándose y cogiendo los álbumes. - Madre, debo irme a los Almacenes. Volveré tarde.
- Espera, deja los álbumes que quiero verlos. Ya los guardaré yo luego. - pidió. Teresa meneó la cabeza afirmativamente, dejando los álbumes en la mesa de centro. - Por cierto, Héctor vuelve hoy, ¿verdad? Diré a Cecilia que ponga un plato más.
- Sí, hoy vuelve. No sé exactamente a qué hora. - contestó dándole la espalda a su madre. Salió al recibidor y cogió el abrigo.
- ¡Espera! Las llaves están en el cajón del recibidor. - gritó su madre desde el comedor.
Teresa rebuscó el cajón y las cogió.
- Ya las he encontrado. Gracias. Hasta luego. - se despidió.
Salió y cerró la puerta. Se apoyó momentáneamente sobre la puerta. Su cuerpo se llenó de alivio por ese pequeño momento de soledad en el rellano. El comentario de su madre respecto a su matrimonio era cierto a medias. Sí, se querían igual que el primer día. Pero se había levantado un muro entre ellos, a raíz de un incidente desafortunado que rompió todas las ilusiones que habían creado juntos. Al cumplir un año de matrimonio, fueron bendecidos con la noticia de su embarazo. Esperaban con toda la alegría del mundo el futuro bebé. Que nunca llegó a causa de un pequeño desmayo que le hizo perder el equilibrio y caerse por las escaleras de los Almacenes Rivas.
Se despertó en el hospital y le comunicaron la triste noticia de que sufrió un aborto. Sin añadir que no podía concebir más bebés en el futuro ya que, a causa de la abundancia de la sangre, tuvieron que extirpar las trompas. Fue un duro golpe para ambos. En especial, para Teresa. Aunque hubieran pasado diez años, de vez en cuando le asaltaba el dolor en las tripas como un recordatorio de su gran sueño roto en pedazos: formar una familia con Héctor.
En cuanto fue dada de alta, se vio incapaz de trabajar, prefiriendo la compañía de su almohada y soñar con el bebé que nunca llegó a tener. Sumida en una depresión, su esposo trató de colmarla de afecto y amor. Pero no consiguió sacarla de ese estado nocivo. Ni sus padres. Ni nadie. Excepto una persona. La última persona que se habría imaginado que la ayudaría a levantarse. Ésa era la doña Encarnación. Dos semanas después del alta, se despertó y la encontró sentada con su porte altivo en la silla. Sus primeras palabras fueron contundentes: "Si pudiera, estaría encantada de no venir a aguantar tus lamentos. Pero te necesitamos en los Almacenes Rivas y no toleramos más la tardanza." Se levantó y abrió la puerta. Pero aún todavía tenía algo que decir. Se giró. Dijo: "Trabajar te ayudará. Lo sé por experiencia. También perdí un bebé." Dicho esto, cerró la puerta. En aquel momento descubrió la verdadera humanidad que escondía detrás de las ojos duros de doña Encarnación. Supo que de algún modo ésta la respetaba. Y que comprendía su dolor. El día siguiente, para sorpresa de todos, entró en los Almacenes Rivas. En algún momento dado, en el pasillo se cruzó con doña Encarnación y percibió una ligera sonrisa en la boca de la señora, como si le agradeciera que hubiera seguido su consejo. Era la primera y la última vez en que tuvieron esa complicidad tan extraña. No le importaba que doña Encarnación volviera a las andadas, limitándose a ignorarla. Ni que no intercambiaran más de cuatro palabras si no era estrictamente necesario. Lo que le importaba era que se respetaban mutuamente.
Junto con Héctor, superaron el duro bache en el matrimonio. Hasta su esposo la animó a adoptar un crío huérfano. Pero ella lo rechazó alegando que no se encontraba lista. Aunque estuviera incapacitada para embarazarse de nuevo, no podía permitir que otro desconocido ocupara el lugar de su bebé que nunca vio la luz. Héctor lo aceptó sin rechistar con la esperanza de que el tiempo lo curara.
No se equivocó pero a medias. El tiempo llegó a curar en gran parte la herida pero también ejerció sobre ellos el poder del olvido. Con el paso de años, empezaron a olvidar sus ilusiones iniciales prefiriendo centrarse en el día a día. El amor entre ellos no había cambiado. Pero Teresa podía leer la decepción en los ojos de su esposo aunque éste creyera tenerlo muy bien oculta. Absortos en su rutina, ambos habían perdido algo importante: la pasión. La frecuencia con la que se amaban durante las noches había reducido considerablemente, optando por la compañía grata y la conversación amena. Al fin y al cabo, no era fácil tener intimidad cuando bajo el mismo techo dormían sus suegros. Su esposo jamás se había quejado de este inconveniente pero Teresa lo conocía muy bien.
- Parece que ya ha llegado Héctor.- dijo cuando oyó la puerta abrirse. Dejó la cuchara y se levantó. Entró en el recibidor. - Cariño, se te ve cansado. - Le plantó un beso casto en los labios de su esposo. - Espera, te ayudo.- Ayudó a quitarle el abrigo y lo dejó a la sirvienta, quien acudió de inmediato. - Gracias, Cecilia. Héctor, ¿qué tal el viaje? Ven, te va a traer la sopa.
- Largo. - respondió secamente. Claramente, el viaje no salió tan bien tal como lo esperaba. - Hola, suegros. - Saludó, primero apretando la mano de Pascual y luego besando la mejilla de Carmen. Se sentó. Cecilia le puso un plato de sopa. Héctor olisqueó.- ¡Qué bien huele! Me encanta tu sopa, Cecilia.
- Gracias, señor. - respondió jovialmente la sirvienta antes de retirarse. Era una mujer robusta, que rondaba unos cuarenta años.
Teresa se percató del silencio que había reinado de pronto. Vio las miradas inquisitivas de sus padres que se lanzaban el uno a la otra. Suspiró. El mal humor de Héctor les ponía sobre aviso. Tragó la saliva y asió la mano de su esposo.
- Cariño, explícanos el viaje. - Teresa instó en tono cauteloso, procurando no empeorar el humor de su esposo.
Notó la mano de Héctor tensándose. Captó la expresión de descontento en el rostro de su esposo mientras tomaba a sorbos la sopa. Aguardó con paciencia a que acabara. Retiró su mano a fin de que Héctor pudiera limpiar la servilleta con ambas manos.
- Todo ha ido muy mal. - habló al fin.
- Pero si te fuiste contento, Héctor. - dijo la ingenua madre.
- Ya. Me equivoqué.
- Nos retiramos. Así podéis hablarlo con calma.- Su padre fue lo suficientemente inteligente como para intuir que era un tema delicado. Carmen se sorprendió cuando su esposo agarró su brazo, haciéndola levantar.
- No, no, no os molestéis. Por favor. - Héctor cambió por completo su actitud, arrepintiéndose de la hostilidad con la que les había dirigido.
Sus suegros se sentaron de nuevo, expectantes. Teresa agradeció este gesto. Su esposo aflojó el nudo de la corbata y apoyó los brazos sobre la mesa. Podía palpar su cansancio. Héctor explicó con lujo de detalles el viaje y la reunión. En cuanto hubo acabado, los miembros de la família García se quedaron sin habla.
- No lo entiendo. Dijiste que don Ramón te ofrecería el cargo. - Teresa exclamó con perplejidad.
- Ya. En realidad nunca me lo dijo. Fui yo quien lo dio por sentado. ¡Como siempre! - soltó con sarcasmo.
- ¿Y sabes quién regentará? - Su padre preguntó, curioso, mientras su madre le lanzó una mirada reprobadora por la falta de tacto. Héctor inspiró hondo.
- No lo sé. No me lo ha dicho. - respondió, negando con la cabeza.
- ¿Quién más conoce mejor que tú los Almacenes Rivas? Eso no lo entiendo - exclamó su madre. Teresa asintió afirmativamente.
- Ni yo. En fin, pronto saldremos de dudas. Bueno, voy a darme una ducha. Estoy muerto. - dijo Héctor. Se levantó de la silla y se fue al cuarto.
En cuanto estuviera lejos de su alcance, los García prosiguieron con el tema.
- Me parece muy injusto. - su madre dijo contrariada.
- Sí, lo es. Pero viniendo de los Rivas, no me sorprende nada. - lamentó Teresa.
Su esposo no merecía el trato despectivo de los Rivas, quienes le ninguneaban durante años. Seguían sin reconocerle el trabajo y las horas extras gastadas con sudor como director comercial y a la vez ayudante directo de don Ramón. Gracias a él, las cuentas de los Almacenes Rivas recibían unas jugosas inyecciones de dinero al conseguir más de un contrato importante con los inversores.
- Hija, ¿no tienes ninguna idea de quién puede ser el gerente en cuanto don Ramón se fuera a la nueva sucursal de Bilbao? - preguntó de nuevo su padre.
- No, no se me ocurre ningún nombre. - Teresa negó. - Dudo mucho que se lo ofrecieran a don Leonardo, por muy impecable que sea como encargado. Bueno, como dice Héctor, pronto lo sabremos. Cecília - Llamó a la sirvienta quien salió de inmediato de la cocina. - Ya hemos acabado. La sopa está deliciosa como siempre. - Se volvió hacia sus padres. - Yo también estoy agotada. Ha sido un día muy largo.
- Y yo. Debo madrugar mañana ya que me entregarán el paquete a primera hora. Ya era hora de que me den la maldita pieza. Es un pesao el Bonilla. Cada día me suelta una parafernalia diciendo que un buen detective no puede ejercer su trabajo sin la sirena adecuada. Corriendo con su bicicleta tras un ladrón y sonando la ridícula bocina. No me sorprende que los cuerpos policiales no lo admitan entre sus filas. ¡Está loco de remate! - explicó su padre entre risas.
Teresa y Carmen rieron al unísono. El señor Bonilla era todo un personaje. Era un joven con muchos pájaros en la cabeza pero era muy querido por lo que todos le perdonaban sus fantasías detectivescas. Su pobre padre las aguantaba a diario, aunque en el fondo se divertía tremendamente con el joven de buen corazón.
No sólo su sueño de casarse con Héctor se hizo realidad, sino también el de su padre: montarse un taller de reparaciones. Como regalo de boda, los señores Rivas les entregaron las llaves de una casa situada cerca de los Almacenes. Ambos decidieron invitar a los padres de Teresa a vivir con ellos. No fue una tarea fácil ya que sus padres se sintieron un tanto cohibidos por el cambio radical de sus vidas. Pero sabían que inevitablemente debían abandonar la Villa Fortuna. No tenía sentido continuar trabajando al servicio de los señores Rivas cuando eran parientes de Héctor. La lógica les dictaba que lo mejor era instalarse con ellos en Madrid. Finalmente lo aceptaron. Una vez en Madrid, su padre no supo estarse quieto mucho tiempo, por lo que, con sus ahorros y un pequeño préstamo que pidió a Héctor, creó el negocio de sus sueños: "Taller García". En unos años, ese préstamo fue retornado. Actualmente era un feliz propietario de su propio taller. Y sin decir que se había reconciliado con su hijo mayor, Alfonso.
La familia García había vuelto a ser unida y feliz.
"Todo va bien. E irá bien mañana", pensó Teresa saliendo del comedor, de camino al dormitorio.
Nota de autora:
Como habréis visto, la segunda etapa de la historia tiene un salto temporal de 13 años. En aquel verano, las edades de Teresa, Ana y Héctor eran 20, 22 y 25 años respectivamente. Por lo que en 1963, tendrían unos 33, 35 y 38 años. ¿Os he sorprendido?
