TERESA

Capítulo 13

Miércoles, 4 de septiembre de 1963.

Anotación histórica: Nuevas normas de censura cinematográfica y televisiva: aparece el sistema de rombos como información al espectador.

Desde el regreso de Héctor, los días transcurrían sin novedades. Salvo que los ánimos andaban revueltos tras conocer la noticia oficial de que el señor Perea no ocuparía el cargo de gerente. Teresa podía oír los murmullos de las empleadas en los pasillos y las continuas reprimendas de don Leonardo por cuchichear en vez de atender sus deberes.

Era una jornada bastante atrajeada. Saludó a varios empleados que cruzaban en su camino. Se detuvo tras la puerta del vestuario de mujeres al oír una conversación que atrajo su atención. Miró a ambos lados y al ver que no había nadie, posó el oído sobre la puerta. Las voces procedían de tres mujeres, dos de las cuales eran más conocidas como "Radio Almacenes" haciendo apuestas sobre el nombre de la persona que cogería las riendas tras la marcha de don Ramón a la sucursal de Bilbao que abriría próximamente. El mote se debía a sus excelentes oídos que podían escuchar los secretos más ocultos que aguardaban en los Almacenes Rivas. Y les acompañaba una boquita de oro para escampar rumores, no siempre infundados. Se llamaban Clementina, la esposa de don Leonardo (¡quién podía imaginar que la maruja acabara conquistando el corazón del tumbas); la Marifé, la secretaria de don Ramón; y Mariana, su gran amiga con quien compartió la habitación durante su soltería en Madrid. Las chicas barajaban las apuestas a tres nombres: Leonardo, cuyas capacidades como organizador eran más que excelentes; Manolita, la subencargada recién ascendida; y ella misma, como subdirectora y portavoz de los Almacenes. Decidió no importunarlas con su presencia, por lo que abandonó su escondite dejándolas a solas con sus teorías.

Llegó a su oficina. Se alegró al comprobar que estaba vacía. Se dejó caer sobre su silla, disfrutando su breve soledad. Sus compañeros de la oficina probablemente estaban supervisando el trabajo de sus subordinados. A decir la verdad, no tenía ninguna queja de ellos. Don Leonardo y doña Manolita eran unos excelentes compañeros. No era de extrañar que todos los ojos recayeran sobre ellos. Eran unas elecciones naturales. Lo serían si no fuera por las extravagancias de don Ramón. Tenía la certeza total de que ninguno de ellos tres sería escogido. ¿Por qué? En primer lugar, en la lista innumerable de virtudes de don Leonardo, brillaba la ausencia de algo muy importante: el don de gentes. En segundo lugar, la gran simpatía y la labia de doña Manolita no compensaba a creces su falta de astucia, también vital en el cargo de gerente. Y, por último, ella misma reunía todos los requisitos pero le faltaba lo esencial: la aprobación de don Ramón. Compartía la cruz de su esposo. Pero, a diferencia de él, Teresa no aspiraba a ocuparlo, por lo que le daba lo mismo si no la escogía. Y no la escogería.

Masajeó sus pies. Revisó el papeleo que dejó Marifé, la secretaria de don Ramón. Ese día, debía ocuparse de que todo estaba en orden, en ausencia de sus superiores. Supervisión. Informes semanales de sus subordinados. Estadísticas. Lista de proveedores. Recuento diario de existencias. Relaciones públicas. Un sinfín de obligaciones. Examinó su agenda. En dos horas debía de atender a dos proveedores habituales para renegociar los plazos de pago. Esos dos visitantes en concreto siempre le dejaban un sabor desagradable. Uno de ellos solía mirarla con desprecio, no queriendo rebajarse a su nivel por su condición. De mujer, desde luego. A menudo, el proveedor reclamaba la presencia de su superior. Bien, ese día no le iba a dar ese gusto puesto que don Ramón se encontraba en Bilbao haciendo los últimos preparativos. Mientras que su esposo Héctor asistía a una charla sobre el sector textil. Y el segundo proveedor era el polo opuesto, que se mostraba demasiado obsceno con el sexo femenino. Debía soportar las miradas descaradas que ni siquiera se esforzaba en disimular.

Alzó la vista de la agenda cuando oyó la voz de Marifé pidiendo permiso para entrar. Se le concedió. Entró la secretaria de don Ramón. Era una mujer cuarentona, rubia y con unas gafas de concha. Llevaba consigo un paquete en los brazos.

- Doña Teresa, ha venido un mensajero. Según él, es un paquete urgente que pidió doña Encarnación. No sé qué hacer con este paquete porque no está aquí para entregarla. - dijo en tono solemne, muy propio de ella.

- Déjalo aquí. - Pidió. Marifé dejó el paquete en la mesa. - Ya me encargaré de llevarlo personalmente. Gracias por traerlo.

- De nada. Si necesitas algo, me encontrarás en la mesa. En el sitio de siempre, claro está. - contestó a la vez que esbozó una sonrisa algo incómoda.

No había afinidad ni la habría entre ellas. La respetaba pero al mismo tiempo le inspiraba desconfianza. No le cabía duda de que Marifé tenía un buen corazón pero era demasiado chismosa para su gusto. No era de extrañar que don Ramón no confiara a su propia secretaria el secreto del futuro gerente. Pese a ese gran defecto, Marifé tenía un arma infalible que solía darle excelentes resultados. Era capaz de espantar con una mirada a los visitantes indeseables que reclamaran una cita con don Ramón sin haberla pedido previamente.

Teresa tuvo una idea repentina.

- Espera, Marifé. - pidió.

La secretaria se detuvo, con la mano en la manilla de la pureta, se giró y la miró expectante.

- Diga, doña Teresa.

- Necesito que me hagas un favor. Me voy ahora mismo a casa de los Rivas a llevarle el paquete. Quiero que telefonees a los señores Pérez y Babo... - se golpeó mentalmente la frente por estar a punto de echar a perder su profesionalidad. - perdona, Hernández Salvatierra para comunicarles que se cancelan las citas y que en breve se les fijarán una nueva fecha.

Se sorprendió al observar el gesto de complicidad en el rostro de Marifé.

- ¿Qué pasa? - inquirió.

- Nada, simplemente compartimos nuestros puntos de vista sobre el sr. Hernández Salvatierra. Quiero decir que también le llamamos el sr. Baboso entre tantos nombres. Si supieras los motes que les adjudicamos a los personajes más indeseables... - Empezó a animarse.

- Marifé. - advirtió Teresa, a sabiendas que debía pararle los pies.

Por mucho que compartiera su desagrado hacia el hombre, no iba a tolerar la abierta falta de respeto, y menos delante de los superiores. En el trabajo todos debían guardarse las opiniones excepto en los vestuarios. Vio la espalda de Marifé enderezarse ante su advertencia. De inmediato se arrepintió de la dureza con la que llamó por el nombre de la secretaria.

- No te preocupes. Me encargaré de las llamadas. - Marifé comunicó con sequedad antes de darle la espalda y cerrarse la puerta tras sí.

Suspiró. Era uno de los inconvenientes de su cargo. Más de una vez le asaltaba una fuerte oleada de añoranza recordando su época como dependienta. Gozaba del ambiente familiar y cercano entre las compañeras de trabajo. Intercambiar las impresiones, maldecir la mala educación de ciertos clientes, insultar a sus superiores. En especial, las salidas tras acabar la dura jornada. Pero su relación con Héctor despertó recelos e incluso algunas enemistades entre el personal. Mientras unas pensaban en su gran suerte por conquistar el corazón de un apuesto galán, otras afirmaban que Héctor había caído en su telaraña tejida con ambición sin escrúpulos para escalar posiciones. El consuelo era que aún conservaba sus amistades más sinceras. En especial, dos.

Mariana Robledo, su gran amiga con quien compartió una habitación durante cinco años. Cuando fue a Madrid para comenzar su nuevo empleo, Mariana la recibió con brazos abiertos, ayudándola a integrarse a la nueva vida urbana. En un principio le chocaba la mentalidad liberal de su compañera pero con el tiempo llegó a comprenderla y respetarla. Actualmente el matrimonio de Mariana estaba atravesando un momento muy difícil a causa de las infidelidades por parte de ambos. Habían decidido de darse otra oportunidad para reconducir su situación. La causa de esta decisión se debía en gran parte por sus dos hijos varones, de 3 y 5 años, a quienes ambos querían con locura. Eran unos excelentes padres pero unos pésimos cónyuges.

La otra amiga era Manolita Sanabria, su compinche de batallas. Era mayor que ella. Le impresionaba su gran fuerza interior y su eterno optimismo. Era la más afortunada de todas. Tenía un marido que se enamoraba de ella una y otra vez. Sus tres hijas eran el sello de su poderoso amor. Una cuarta criatura estaba en camino. Su suegro, el pintoresco Pelayo, y su esposo, Marcelino, regentaban el bar-restaurante del barrio llamado "Los Asturianos", situado en la Plaza de los Frutos. Era una suerte tenerla cerca, al menos, en el trabajo, compartiendo la oficina. Porque don Leonardo era bastante parco en palabras.

Miró la hora. Eran las diez de la mañana. Llamó por teléfono a la empresa de taxis y les pasó la dirección de los Almacenes Rivas. Al cabo de un cuarto de hora, su secretaria personal le comunicó que un coche la estaba aguardando. Cogió el paquete y salió de los Almacenes.

En media hora, llegó al domicilio de los señores Rivas. En el rellano, pulsó el timbre y esperó pacientemente a que el mayordomo abriera la puerta. Abrió la puerta. No era Segismundo. Era una cara desconocida. Su atuendo la delataba. Debía ser una nueva sirviente.

- Hola, ¿qué desea? - saludó con voz sedosa. Le agradó esa muchacha de aspecto frágil.

- Eh... Soy doña Teresa, la esposa de Héctor Perea.

De inmediato, sintió pena por la nueva criada, que parecía estar presa del nerviosismo.

- Ah, disculpe, pase usted, señora. - habló un tanto sonrojada.

Teresa quiso ponerle las cosas fáciles. Nunca había olvidado de dónde venía ni las olvidaría nunca. No se avergonzaba de sus orígenes.

- Gracias. ¿Cómo te llamas? ¿Eres nueva, verdad? - Se interesó.

Su intento surtió efecto al percibir cambio en el semblante expresivo de la sirvienta.

- Sí, señora. Mi nombre es María Cárdenas. Es un gusto conocerla, señora. - se presentó con una sonrisa tímida.

- El gusto es mío, María. Bueno, estoy aquí porque traigo un paquete urgente para doña Encarnación.

- Lo siento, señora. - contestó con pena sincera. - Doña Encarnación no se encuentra aquí. Hace tres días que se marchó a Villa Fortuna.

- No lo sabía. ¿Sabes cuándo regresa? - preguntó.

- En una semana.

- ¿Tanto? - se sorprendió.

María asintió con la cabeza. Ante la noticia, a Teresa se le había presentado un dilema. Bajo su brazo sujetaba un paquete urgente que encargó personalmente doña Encarnación. Conociéndola, a la doña no le agradaría saber que su paquete llevaba unos días esperándola. No sabía qué hacer.

- Si quiere, la puedo guardar hasta su regreso. - sugirió la joven sirvienta.

- No, gracias. Al parecer, es realmente urgente. A doña Encarnación no le agrada el retraso. - dijo.

Los ojos de María se tiñeron de miedo. Suspiró. Supo que, a pesar de ser nueva, María ya habría conocido la peor faceta de su dueña. Aunque ésta jamás levantaba la voz, tenía la habilidad de infundir miedo en el cuerpo de su personal. La tolerancia de la doña a los errores era totalmente nula.

- ¿Podría aguardar un momento, por favor? Podría ayudarla pero antes debo hacer una comprobación. - pidió María.

- Sí, vale. - contestó, confusa por el repentino entusiasmo de María.

La observó de lejos en el pasillo conversando con el teléfono. Sólo tardó un minuto. Una vez colgado, volvió con una sonrisa extensa.

- Señora, si desea, Segismundo se encargará de llevarla a Villa Fortuna. Ayer volvió de ahí mismo. - anunció.

Debía reconocer que la sirvienta había tenido una excelente idea. Pero era mala para ella, teniendo en cuenta los kilómetros que la separaban entre Madrid y Villa Fortuna. En coche, tardarían unas tres horas. Sumando al hecho de que, en ausencia de los superiores, debía responder a las posibles inconveniencias que pudieran tener lugar en los Almacenes. Pero si quedaba, doña Encarnación encontraría otra razón para poner en duda su profesionalidad. Tras sopesar los pros y las contras, decidió ir.

- De acuerdo. Muchas gracias por llamarlo. - agradeció de corazón. - Antes debo hacer unas llamadas.

- Puede llamar desde el salón. ¿Desea algo mientras espera a Segismundo? Tardará unos veinte minutos.

- Sí, por favor, un vaso de agua. Gracias por todo. Y otra cosa, ¿podría prepararnos unos pequeños bocadillos? Sólo iré a entregar el paquete para luego volver enseguida a los Almacenes.

- Ningún problema, señora. Ahora le traigo el vaso.

Dicho esto, la sirvienta se retiró dejándola sola en el recibidor. Teresa entró en el salón y se sentó en el sofá. La casa de los señores Rivas era magnífica... y ostentosa, como no podía ser otra cosa. Dejó el paquete, unas carpetas y su bolso a su derecha. Inmediatamente María le trajo el vaso de agua. Telefoneó a su secretaria personal de los Almacenes Rivas para hacerle saber que se ausentaría hasta las cinco de la tarde, encomendando las funciones a don Leonardo. A continuación, llamó a su casa y comunicó a su madre que no iría a comer.

Tras hacer las llamadas, el mayordomo llegó. Antes de irse, la sirvienta les entregó una bolsa donde contenía bocadillos. Tras darle las gracias, se marcharon. Segismundo condujo sin pausa hasta Villa Fortuna. Era un buen hombre aunque algo estirado. Y no era amante de conversaciones. Teresa tuvo la buena fortuna de llevarse encima unas carpetas por lo que pudo distraerse durante el viaje echándolas una ojeada.

Eran las dos menos cuarto de mediodía cuando llegaron a la Villa Fortuna. Por lo menos unos cinco años sin pisar ese lugar. La sensación le era extraña. La mansión era la misma pero a la vez diferente. Probablemente se debía al hecho de que Villa Fortuna dejó de ser su hogar desde hacía mucho tiempo. Sintió un desagradable vacío. Era como si para dejar todo aquello hubiera renunciado a una parte de su ser que no volvió a recuperar. La niña ingenua y confusa ya no ocupaba espacio en su alma. Ahora era una mujer madura con grandes responsabilidades. Pese a su cargo de subdirectora, su vida limitaba a ser la esposa amante de Héctor Perea y la hija de los García. E incluso una parienta cercana a los señores Rivas. Y nada más. No recordaba cuando dejó de ser Teresa García Guerrero, aquella joven orgullosa con firmes principios. No se sentía desengañada, simplemente algo desilusionada. En especial, desde que supo que no podía quedarse encinta. Volver a ver Villa Fortuna era como volver al pasado donde todos sus sueños aún no se habían roto.

Inspiró hondo. Estiró las piernas rígidas por tres horas de viaje. Con el paquete bajo el brazo, salió del coche y asomó por la ventanilla.

- Segismundo, puedes coger un bocadillo que nos ha preparado María. Tardaré unos quince minutos.

- Sí, doña Teresa.

- Hasta ahora.

Optó por ir al porche en vez de la entrada principal. Todavía no se había acostumbrado a ser recibida en ese lugar que fue su hogar como una extraña más en vez de como una vieja amiga. Dobló la esquina y caminó. Se detuvo al pasar junto la puerta de la cocina. Estar ahí le producía nostalgia. Habían pintado la puerta de color marrón oscuro en vez del rojo. Detrás de esa puerta, oyó unas voces clamorosas y el ruido metálico de las ollas. Sonrió para adentros, sabiendo que su madre echaba de menos aquel calor familiar. La cocina de la Villa Fortuna era el verdadero hogar de los García donde se reunían, comían, reían y lloraban.

Giró la cabeza. Sonrió cuando divisó de lejos el que era el único recuerdo que le quedaba de esa Teresa García. En lugar de ir al porche, anduvo hasta el árbol. Lo llamaba "El árbol de los sueños". Donde subía a la copa y se dedicaba a soñar lo imposible. Lo sorprendente era que su sueño se vio cumplido, aunque a medias. No todo eran flores y partituras.

Pese a encontrarse a inicios del septiembre, los árboles todavía estaban en todo su esplendor gracias a que el calor no era tan asfixiante como en otros veranos anteriores. Le pareció que su árbol había envejecido. El tronco lleno de surcos había perdido la viveza del color pero en cambio había ganado sobriedad y sabiduría. Era ligeramente más bajo que el resto de los árboles.

Alzó el rostro y se percató de algo gordo revolviéndose entre las hojas. De súbito ese algo cayó delante de sus narices. Sus ojos cerraron instintivamente mientras gritaba y dio unos pasos atrás, queriendo estar lo más lejos posible de esa cosa. Oyó un quejido. Abrió los ojos. Observó que...no era nada más que ¡una niña! Corrió y la ayudó a levantarse.

- ¿Te has hecho daño? - La niña negó con la cabeza. - ¿Pero qué estabas haciendo ahí arriba? - preguntó, medio sorprendida por la presencia de esa niña y medio fastidiada por el enorme susto que le había dado. - Me has dado un susto de muerte.

- Lo siento, no quería asustarla. No sabía que estaba usted aquí. Me asusté y me caí.- explicó mientras sacudía el polvo de sus pantalones. - Es que me gusta tanto estar ahí arriba. - Se justificó con una expresión inocente.

Su corazón todavía golpeaba como un loco contra su pecho. Estudió el aspecto de la niña. Debía tener unos diez años. Era alta y espigada. Tenía un rostro infantil pero sus ojos increíblemente azules delataban la inteligencia y la picardía. Su larga melena de color castaño claro se recogía en una coleta. Tenía la piel dorada y unas cuantas pecas adornaban los pómulos. Su cara estaba manchada de polvo, lo cual evidenciaba su afición a las actividades al aire libre. Estaba vestida con una camisa roja de cuadros y un mono beige. Estaba adorable.

- Bueno, te disculpo. También me gustaba estar mucho ahí arriba. Me llamo Teresa García. ¿Cuál es tu nombre? - preguntó.

- Me llamo Alicia. - extendió la pequeña mano sucia y Teresa la estrechó. - Para su información, mi nombre viene de un libro titulado "Alicia en el país de maravillas". Mamá siempre me dice que soy igual que la Alicia del libro aunque ella es más rubia. También dice que tengo muchos pajaritos en la cabeza. Le digo que es imposible porque no los oigo piando, ¿sabe? Además, también es imposible que vivan en un lugar tan cerrado. Necesitan oxigeno y en la cabeza se mueren. - explicó con ceño fruncido como si hubiera dedicado mucho tiempo en este tema.

Se contuvo de reírse por el tono serio de Alicia con el que hablaba. Aparte de adorable, era carismática.

- Encantada de conocerte, Alicia. - dijo al fin. - Y tienes razón. Los pajaritos no pueden vivir en la cabeza.

- ¡Ya decía yo! Diré a mamá que está equivocada. - bramó, exaltada.

En ese instante, oyeron una voz femenina llamando por el nombre de Alicia. Los ojos de la niña abrieron de par en par.

- ¡Es mamá! Me llama. - dijo exultante - ¡Estoy aquí, mamá! Me ha dicho que estás equivocada. Los pajaritos no pueden vivir en la cabeza. - gritó, agitando la mano.

Teresa se giró. No vio ninguna mujer. Siguió con la vista la dirección con la que saludaba Alicia a su madre. Atisbó por fin unas piernas. No podía alcanzar ver su cara ya que la parte posterior del cuerpo estaba cubierta por las enredaderas que cubrían el techo y las paredes del pasillo exterior. A poca distancia de ellas, la madre de Alicia habló de nuevo.

- ¿Qué te he dicho muchas veces? ¡No hables con desconocidos, Alicia! - replicó.

Su corazón dio un vuelco al reconocer al fin la voz. Una voz que no había oído en tantos años.

- ¡Mamá, no es una desconocida! - protestó ante la reprimenda. - Además, nos acabábamos de presentar. Se llama... - se giró y tiró la manga de su chaqueta. - ¿Cómo se llama? No me acuerdo. - frunció el ceño.

Teresa no pudo responder. La figura a la que pertenecía la madre de Alicia finalmente se asomó, al salir del pasillo. La vio deteniéndose en seco. Observándola con sorpresa. Ninguna de ellas podía articular palabra alguna. Fue Alicia quien rompió el silencio sepulcral.

- ¡Ya sé! Se llama Teresa García. - la niña gritó con euforia.

Aunque no la oía, podía ver sus labios moviendo, formando dos palabras. Dijo "Lo sé." Y, desde luego, ella misma también sabía quién era.

La madre de Alicia era Ana Rivas.