TERESA

Capítulo 14

Miércoles, 4 de septiembre de 1963.

Anotación histórica: Jacques Anquetil gana la Vuelta a España, el primer de la historia que gana las 3 Grandes Vueltas (incluyendo al Giro de Italia y Tour de Francia).

La madre de Alicia era Ana Rivas.

No podía creérselo. No sabía si estaba alucinando o no. Pero ahí estaba. De pie. Tan real. Tan irreal. Tan igual. Tan diferente.

El ruido de unos pasos la sacaron de la estupefacción. Parpadeó varias veces, sólo para descubrir que Ana Rivas seguía ahí. No era ninguna alucinación. A su derecha, vio un hombre robusto encaminando hacia ellas. Era algo mayor, de unos cincuenta años. Lucía un corto bigote gris y una calva en la parte superior. Pese a su impresionante altura, su rostro era afable. Se vestía con una inmaculada chaqueta blanca. Sus manos estaban enguantadas. Era evidentemente un mayordomo. Se plantó al lado de Ana.

- Doña Ana, la comida está lista. - anunció con las manos cruzadas enfrente.

Se espantó cuando se fijó que Ana todavía la miraba, pese a que sus ojos eran inexpresivos e indescifrables. Contrariamente a ella, Ana se comportaba como si su presencia no le causara ninguna sorpresa. La actitud le resultaba extrañamente familiar. No sabia el qué exactamente. Tuvo una fuerte impresión de que la madre de Alicia era tan diferente de aquella Ana que conoció años atrás. Despejó sus pensamientos cuando la oyó dirigirse con voz fría al mayordomo.

- Gracias, Dionisio. Por favor, llévate a Alicia al baño.

- ¡No quiero irme, mamá! - Se sobresaltó al oír la voz enfadada de Alicia que aún permanecía a su lado. Se acordó de que no estaban solas. - ¡Quiero quedarme! - la niña protestó enérgicamente.

- Alicia... - Su madre hablaba con voz cargada de paciencia, pero Alicia la interrumpió.

- ¡No! No he acabado de jugar. - se quejó. - Además, aquí está la señora. Me ha dicho que los pajarillos no pueden vivir en el cerebro. Porque no pueden respirar y se mueren. - Explicó, con el pecho hinchado de orgullo como si acabara de dar una lección importante a su madre. Teresa se sorprendió cuando Alicia de pronto se volteó y la miró con ojos expectantes. - ¿Verdad, señora?

No pudo evitar de sonreírse al verla tan inocente. Era un encanto. "Como su madre", dijo una vocecilla resonando en su mente. Frunció el ceño, disgustada con la comparación. Pese a todo, no podía dejar de mirar a Alicia. En especial, sus ojos increíblemente azules que la hipnotizaban. Su mirada era limpia, transparente, franca, tierna. Le recordó de pronto todo lo que había perdido. El bebé que nunca llegó a tener y que nunca tendría. Instintivamente, apoyó una mano en su vientre, el hogar que no supo proteger los males de su bebé fallecido. Notó los ojos humedeciéndose. Giró su rostro no pudiendo aguantar más el dolor en su corazón.

- Sí. - Se limitó a contestar.

- ¡Ves! Yo tenía razón. No tengo pajarillos en la cabeza. - Alicia gritó con satisfacción.

Con la cabeza gacha, Teresa la oyó separándose de ella, de camino a su madre. Cerró los ojos, tratando de impedir el paso de las lágrimas. Respiró hondo. Cuando sintió que estaba a salvo de las lágrimas, abrió los ojos para recibir un fuerte ramalazo de envidia ante la escena familiar. Alicia de espaldas a ella. Frente a su madre.

- Sí, cariño, tienes razón. Vale ya. Alicia, ahora debes ir a lavarte las manos. ¡Dios mío, vas toda sucia! - Pese a sus reprimendas, la voz de Ana era dulce. - Dionisio, este pequeño demonio también debe cambiarse de ropa. - ordenó.

- Sí, señora.

- ¡No! - negó Alicia. "Esa niña tiene carácter", pensó Teresa. "Como una buena Rivas."

- ¡Sí! - dijo su madre, en jarras.

- ¡No! - repitió, con los brazos cruzados.

- Si haces lo que dice tu madre, de postre comerás la tarta de chocolate. - intervino Dionisio, con una ligera sonrisa.

- ¡Sí! - vitoreó Alicia, cuyos ojos se iluminaron ante la idea de comer su postre favorito.

- ¡Dionisio! - reprendió Ana.

- Lo siento. - se disculpó a medias Dionisio, en cuyo rostro podía leer Teresa la adoración que sentía por la niña.

- De acuerdo. - Ana se rindió, sacudiendo los brazos a lo alto -. ¿Qué vamos a hacer con esta niña? Alicia, ahora vete ya antes de que me arrepintiera. - dijo con seriedad aunque la delataba una sonrisa afectuosa. Se agachó, a la altura de su hija.

- ¡Sí, mamá! - Plantó un beso en la mejilla de su madre. Se giró, mirando a Teresa. - Mucho gusto, señora.

- El gusto es mío. - respondió Teresa con una amplía sonrisa.

Acto seguido, Alicia cogió la mano de Dionisio. Se encaminaron hacia el porche, dejándolas a solas.

A solas. Ser consciente de este hecho le produjo nerviosismo e inquietud. No estaba preparada para enfrentarse a ella... tras casi quince años sin verse. Sabía que no podía huirse de ahí sin mediar palabra con Ana Rivas. Alzó la mirada. Observó que Ana todavía no se había movido de su sitio, limitándose a mirarla en silencio con las manos en los bolsillos. Ni el paso de los años ni la maternidad le habían pasado factura. A sus treinticinco años, no había perdido su atractivo. Al contrario. Se vestía con una blusa de seda azul y unos anchos pantalones blancos que la recordaban a los que solía llevar la actriz americana llamada Katherine Hepburn. Su vestimenta le proporcionaba una imagen de mujer moderna e inalcanzable. Su cabello se recogía en un moño estiloso a lo alto. Llevaban unos caros pendientes con zafiros. Era una mujer realmente hermosa, reconoció con fastidio. Como si la madurez la hubiera aportado un plus de sensualidad y de misterio.

Pero algo en ella la irritaba. La inexpresividad en los ojos. Era incapaz de adivinar sus pensamientos. Ana parecía estar serena ante su presencia accidental. Mientras que por su parte apenas podía controlar los latidos agitados del corazón. Teresa quería moverse, pero la sorpresa había anulado por completo su voluntad. Su mente estaba bloqueada. Casi se asustó cuando oyó la voz de Ana.

- Me imagino que no habrás venido para nada. - dijo en tono gélido.

En un principio no supo qué decir. El peso del paquete bajo el brazo le recordó de súbito el motivo de su viaje. Dolida por la actitud hosca de Ana, se enfureció. Pese a no verse tantos años, no merecía el frío trato. Al fin y al cabo, formaba parte de la familia Rivas, le gustase o no a Ana.

- Traigo un paquete para doña Encarna. - contestó con sequedad.

Se felicitó al percibir la primera flaqueza en el semblante de Ana. Ésta parecía estar sorprendida aunque se recuperó al instante, volviendo a la desquiciante impasibilidad, con la mirada fija en el paquete que sujetaba. Teresa mantuvo la barbilla a lo alto, desafiándola. Pero no sirvió de nada porque lo que haría a continuación la dejaría fuera del combate.

Ana sacó las manos de los bolsillos y cruzó los brazos. Suspiró antes de hablar con voz débil, sin atisbo de rencor.

- Mi madre está en el estudio. Si quieres, puedes ir allí. Supongo que conoces el camino.

Teresa se quedó sin habla. Tenía la sensación de que bajo esa frase inofensiva le estaba dando la oportunidad de guardar las hachas de guerra. Examinó de nuevo la cara de la que fue su amiga. La notó cansada Nada que ver con aquella Ana enérgica. Lo peor de todo era saber que esa Ana que se plantaba frente suyo era una desconocida. "Lo es." Pensó con tristeza. "Mejor dicho, somos unas desconocidas."

Casi se pegó un brinco cuando a su espalda oyó una voz. Giró el rostro y vio que no era otro que el conductor, Segismundo. Recordó de pronto que unos minutos atrás le dijo que se verían en unos quince minutos. Miró la hora. Frunció el ceño al comprobar que había tardado más de lo previsto. Nerviosa, alternó la mirada entre Ana y Segismundo. Supo de inmediato que quería irse de ahí. Se acercó a Ana, cuyas cejas alzaban a modo de curiosidad.

- ¿Podría entregar este paquete que pidió doña Encarna? Se ve que es urgente. Disculpa, debo volver al trabajo. - Sin mirar a los ojos, habló rápidamente al tiempo que dejaba caer el paquete en los brazos de Ana. Antes de que la Rivas pudiera contestar, se giró y dijo. - Vamos, Segismundo. - Se volvió a la mujer. Pero no midió bien la distancia cuando descubrió que sólo se encontraba a medio metro de Ana. Esa cercanía sólo hacía incrementar su torbellino en su interior. - Cuídate.- Dijo abruptamente, echándose a andar. La oyó deseándola lo mismo.

No se molestó a mirar atrás. Supo, sin necesidad de ver, que su actitud hosca con la hija de los Rivas causaba perplejidad a Segismundo, ajeno a la incomodidad entre ellas. Pero no le importó porque sólo quería recuperar la calma que necesitaba con urgencia en ese instante. Al lado de Ana se estaba empezando a sentirse acorralada.

Sin esperar a Segismundo, abrió la puerta del coche y entró. Notó el balanceo del automóvil, lo que indicaba el mayordomo de los señores Rivas acababa de entrar. En el interior, le pareció que hacía un calor espantoso, asxifiándola. Se alarmó al reconocer los primeros síntomas de la ansiedad. Rápidamente desabrochó el primer botón y bajó la ventanilla. Cerró los ojos y aspiró el agradecido aire. No era la primera vez que sufría una crisis de ansiedad. Pero hacía tanto tiempo que no había vuelto a padecerlo. No desde que superó la depresión. Por suerte, no se había aflorado del todo la nueva crisis. De lo contrario sería tan terrible ya que no llevaba encima las pastillas.

Abrió los ojos. Inspiró hondo. La calma había vuelto. Vio a través de la ventanilla que se estaban alejando de la Villa Fortuna.

- ¿Señora? - Se giró y miró expectante la nuca del conductor. - Aquí tiene su bocadillo y zumo. - Sin soltar el volante, Segismundo cogió con la mano derecha la bolsa en el asiento del lado y la alargó sin girarse.

- Gracias. - Cogió la bolsa.

Realmente no tenía hambre. Pero sabía que debía hacerse un pequeño esfuerzo si no quería desfallecerse luego en el trabajo. Eso sí que no lo permitiría. Quitó el envoltorio y empezó a comer el bocadillo de tortilla francesa. Sin poder evitarlo, pensó en Alicia. Sonrió. Ahora que lo pensaba mejor, la niña guardaba algunas similitudes con su madre. El tono de la piel. La delgadez. La vitalidad. El abundante cabello. El carácter juguetón. Aunque no se habían visto en todos esos años, era inevitable no conocer los aspectos más destacados de la vida de Ana Rivas Llanos.

Un año y medio después de aquel verano, la primera noticia que tuvo de Ana cayó como una bomba en la residencia de los señores Rivas. Lo descubrió por boca de su esposo quien fue a la residencia para entregarlos unos documentos. No era un buen momento al encontrarse en medio de una acalorada discusión que mantuvieron los señores Rivas. Sobre su hija. Héctor se enteró, en un arrebato de furia de don Ramón, de que Ana acababa de comunicarlos que se casó con Pedro Fuentes en una ceremonia muy privada que tuvo lugar en Estados Unidos. Pero no era la única noticia. La otra nueva era que...

Ana Rivas Llanos estaba encinta de pocos meses.

Héctor le contó entre risas que nunca había visto tan descompuesta a doña Encarnación, quien sufrió un desmayo al conocer las noticias.

A medida que Héctor le explicaba los acontecimientos, la mente de Teresa se iba quedando en blanco, incapaz de digerir las novedades. Lo único que sabía de Ana hasta entonces era que viajaba a varios países latinoamericanos, haciendo estancias temporales para conseguir contactos en las embajadas comerciales.

Enterarse todo aquello era como si hubiera recibido una avalancha de nieve. Sorpresa, dolor, vacío,... y lo peor de todo era que se sentía ridículamente traicionada. Saberlo sólo hacía reafirmar su creencia de que era conveniente tenerla de lejos. Ana Rivas había demostrado ser una mujer manipuladora, arrogante, cruel, tal como había señalado Héctor en repetidas ocasiones.

El día siguiente, se enteraron de que doña Encarnación emprendió la marcha. Hacia Estados Unidos. Indudablemente para escarmentar a su hija. Un mes después, regresó con una actitud que descolocó a más de uno, en especial, a los que estaban al tanto de la situación. Los señores Rivas parecían haber experimentado un cambio dramático, de noche al día. De decepción a felicidad absoluta. Repentinamente los señores Rivas estaban ilusionados con el embarazo de Ana, olvidándose de que su propia hija no se dignó a comunicarles sobre la boda ni tan siquiera invitarlos. Teresa no tardó en descubrir la razón del extraño cambio. Al parecer, su hija les había compensado a creces el disgusto que les causó con la boda sorpresa y su embarazo. La hija consiguió para los Almacenes Rivas una gran red de influencias, abriéndolos las puertas a las Américas para expandir su negocio. Pero su lista de méritos no se terminaba ahí. Su esposo, Pedro Fuentes, había labrado una importante carrera como abogado, representando a las importantes empresas. Ambos formaban un tándem fascinante y exótico a los ojos de los norteamericanos. Y, desde luego, a los ojos de los señores Rivas.

Alicia Fuentes Rivas, la nieta de los señores Rivas, nació cuando Teresa estaba encinta de dos meses. Tras sufrir el aborto, evitaba a toda costa el despacho de don Ramón, donde había fotos de la família de su hija. Oír nombrar a Ana Rivas le causaba furia y... envidia. Por otorgar a la hija de los señores Rivas el don que le había negado el mismísimo Dios: el bebé. Afortunadamente, no era habitual oír su nombre porque los señores Rivas y Perea se contentaban con ignorarse los unos a los otros. Muy raramente hablaban de algo que no fuera trabajo. Sin añadir que Héctor ni se molestaba a interesarse por Ana.

Lo último que Teresa supo de ella fue una comida con sus padres hacía unos cinco años. Su querida madre, Carmen, explicó afligida que Ana Rivas y Pedro Fuentes recién se divorciaron por mutuo acuerdo pero que ambos acordaron en compartir la custodia de su hija. También supo en esa comida que la misma Ana Rivas no había olvidado sus raíces, haciendo ocasionales escapadas a España, en especial, durante los veranos en Santander.

"Eso explicaría porqué están aquí. De visita a su familia. Si no hubiera venido, ni me habría enterado. Así lo haré. Como si no las hubiera visto." - sintió una punzada de dolor al formarse una imagen de Alicia en su mente... y también otra, la de Ana. Sacudió rápidamente la cabeza, borrándolas. - "No vale la pena contarlo a Héctor ni a nadie. Probablemente, Ana no querría que nadie enterase tampoco de su visita."

"Ni yo". Sentenció, muriéndose de las ganas de desaparecerse en los brazos seguros y reconfortantes de su querido esposo. "Daré la noche libre a Cecilia y le haré una cena que le hará chupar los dedos. Suerte que mis padres no vuelven hasta mañana." Pensó con más entusiasmo de lo que sentía realmente.

Tenía la férrea certeza de que la visita accidental a Ana Rivas pasaría a ser una anécdota desagradable.

"¿De veras?" dijo una vocecilla medio atónita y medio sarcástica en su interior.

Esta vez Teresa no respondió, limitándose a ignorarla.