TERESA

Capítulo 15

Viernes, 13 de septiembre de 1963.

Anotación histórica: 9 de septiembre. Después de la readmisión de los trabajadores sancionados, se ha iniciado el retorno al trabajo en varias minas de Asturias que estaban en huelga desde hace casi dos meses.

- Querido, debo irme. - anunció, mirando la hora. - No te muevas, acábate primero el desayuno. Casi no has tomado nada que te había preparado Cecilia. - reprendió.

- No, espera, lo acabo enseguida. Voy contigo. - insistió Héctor con la boca llena al tiempo que intentaba masticar y tragar lo más rápido. Verlo así le causó gracia.

- Hombre, así te vas a ahogar. Come con calma. Acuérdate de lo que dijo el doctor. No te estreses, cariño, que si no, vas a cogerte una úlcera de caballo. - replicó delicadamente. Héctor abrió la boca para protestar pero una voz se adelantó.

- No se preocupe, señora. Le prometo que estará en buenas manos. Don Héctor, le sugiero que haga caso a su mujer. Además, me gustaría robarle unos minutos de oro para comentarle un asuntillo que me ronda en la cabeza. - dijo Pelayo, mirándolos por encima de las gafas que parecían caerse de la nariz.

- Ya le has oído, Héctor. - dijo Teresa. Puso la mano sobre su boca ocultando la sonrisa cuando su esposo hizo una mueca de disgusto. Le plantó un ligero beso en la mejilla aseada. Se levantó. - Gracias, Pelayo. Me voy más tranquila. Héctor le pagará el café.

- No se preocupe por el café. La casa le invita por bendecirme los ojos con su belleza todos los días. - Acabó con una pequeña reverencia. Teresa rió. Pelayo era todo un personaje, sabía engatusar a todas las mujeres con su verborrea.

- Oye, es mi esposa. - recordó Héctor, fingiéndose estar ofendido.

- Es usted afortunado. Si tuviera su edad, encontraría en mí el rival más difícil. Le perseguiría en sus pesadillas. Para conseguir vencerme, tendría que retarme a duelo, porque con las palabras no hay nadie quien me gane. - argumentó Pelayo al tiempo que inflaba el pecho.

- Suerte que ya no hacen duelos. - Héctor respondió entre risas.

- Que lo diga, que lo diga. - corroboró Pelayo.

- Mis caballeros, el deber me llama. Me pesa todo el alma tener que despedirme. Así que parece que el duelo tendrá que demorarse.- dijo divertida Teresa. Los tres se echaron a reír. - Hasta luego. - se despidió.

A través de su hombro vio cómo Pelayo cogió el asiento y lo dio media vuelta, sentándose con los brazos apoyados sobre el respaldo, mientras Héctor se resignaba a escuchar las pantominas políticas que no parecían acabar nunca.

Teresa salió de la bodega "Los Asturianos", cruzando la Plaza de los Frutos y adentrándose en un pequeño callejón que la conducía hasta los Almacenes. El vigilante le abrió la pesada puerta, saludándola. Tras darle las gracias, entró en la sección de ropa. Podía palpar cierta tensión en el aire. Como si avecinara la llegada de una tormenta a punto de estallar. Se fijó que, al fondo, todos los empleados, salvo uno o dos que atendían a los clientes, se reunían formando un círculo. Extrañada, no recordaba ninguna reunión a esa hora. Notó que estaban todos silenciosos aunque parecían algo ansiosos. Con el rabillo del ojo divisó una mano agitando. Se recuperó de la sorpresa y vio que la mano pertenecía a Manolita, urgiéndola que se acercara. La notó realmente excitada. Aunque sólo la separaban unos cinco metros, a medida que se acercaba, sus piernas caminaban con más pesadez como si pudieran adivinar algo que no les gustaba y que querían evitar a toda costa. Una mano agarró con fuerza su brazo, arrastrándola a su lado.

- ¿Dónde estabas? - Manolita preguntó nerviosa. - Te estaba buscando.

- ¿No te lo ha dicho Luisa? - dijo con extrañeza. Luisa era la secretaria personal de la oficina que compartían.

- No, no la he visto. Es que... Dios mío, no te lo creerás. Teresa, verás... - hablaba atropelladamente.

- ¡Tranquila! Estás muy nerviosa. ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué estamos todos aquí?- preguntó alarmada. Nunca había visto tan angustiada a su compañera que parecía estar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Oyó una voz a su espalda.

- ¡Teresa, estás aquí! - notó un cierto alivio en la voz de Mariana. - No me lo puedo creer. ¿Lo sabías? ¿Por qué no me lo has dicho? - inquirió algo ofendida.

- Pero... ¿de qué me estáis hablando? No lo entiendo. - exasperó, impaciente por no saber qué es lo que ocurría. - Explicadme, por favor.

Fue cuando los rostros de sus mejores amigas se nublaron, mirándola con los ojos abiertos de pan en par.

- Dios mío, no lo sabe aún. - oyó susurrar a Manolita, santiguándose sin cesar.

Miró largamente a Mariana, aguardando a que soltara de una vez por todas. Su vieja compañera de habitación evitaba sus ojos, incómoda. Por fin su amiga se dignaba a mirarla, disponiéndose a explicar.

- Teresa, se trata del car... No se sabe seguro, pero parece que es muy seguro... - balbuceaba.

Teresa casi se sobresaltó al oír otra voz, muy firme, reclamando la atención de todos. Se giró y clavó la mirada hacia el centro del círculo. Era doña Encarnación. De nuevo, miró con confusión a sus amigas, que se quedaron sin habla. Suspiró, sabiendo que pronto saldría todo a la luz. Centró la atención en la figura imponente de la esposa de don Ramón mientras ésta empezaba.

- Gracias por asistir, señores y señoritas. En ausencia del señor Rivas, tengo el placer de comunicarnos dos acontecimientos muy importantes que afectan positivamente a los Almacenes Rivas. En primer lugar, hoy se ha abierto oficialmente las puertas de la nueva sucursal de Bilbao.

No era ninguna noticia. Aun así, los empleados aplaudieron. Cesaron cuando doña Encarnación prosiguió.

- A los empleados de la nueva sucursal se les ha asignado la difícil tarea de emprender la nueva aventura aprendiendo tres signos de identidad que habéis imprimido cada uno de ustedes en los Almacenes Rivas. Profesionalidad, discreción y cortesía. - hizo una pequeña pausa que sólo hacía aumentar la solemnidad de su discurso, silenciando hasta las bocas más chismosas. - Asimismo, tengo la felicidad de informaros que los Almacenes Rivas, en ausencia del señor Rivas, escribirá un nuevo capítulo. Espero que lo escribáis con la misma hospitalidad como hasta ahora. Os anuncio que el cargo de gerente lo ocupará... - Vio la mano de doña Encarnación sacudiendo, animando al que sería el nuevo gerente a acercarse.

Se quedó estupefacta. Eso era lo que trataban de explicar sus amigas. Se preguntaba si Héctor estaba al tanto. Lo dudaba mucho. De lo contrario, sería la primera en saberlo. Se puso de puntillas, intentando divisar el nuevo gerente pero la espalda de un alto empleado la obstaculizaba.

Pronto no le hizo ninguna falta porque enseguida doña Encarnación pronunció el nombre.

- ...lo ocupará la señora Ana Rivas Llanos.

El minoritario sector masculino aplaudió con fervor mientras el resto lo hacía con un ligero titubeo. La espalda que antes la obstaculizaba se apartó, dándole las vistas privilegiadas. Completamente paralizada, contempló cómo Ana Rivas se posaba al lado de su madre, toda sonriente. Su atuendo se distaba mucho de la vestimenta informal que llevaba unos días atrás en Villa Fortuna. Se vestía con un traje falda de color beige y una blusa blanca de seda. En aquella ocasión llevaba el pelo suelto, elegantemente ondulado que caía suavemente sobre los hombros.

Estaba hermosa. Sobria. Elegante. Igual que su voz.

- Gracias por vuestra calurosa acogida. Seré breve para no aburriros. - ante estas palabras, podía oír unas risas sinceras. - Mi padre os tiene en alta estima. Me ha hablado de vuestra profesionalidad, discreción y cortesía, tal como ha remarcado mi madre. Son tres signos de identidad de los Almacenes Rivas que difícilmente pueden igualar los empleados de la nueva sucursal de Bilbao. Si os soy franca, considero que mi padre se quedó muy corto porque veo en ustedes otras grandes cualidades: proximidad, empatía, compañerismo... y sobre todo ilusión por prosperar. Espero aprender estas cualidades para estar a la altura de ustedes y, en especial, de mi padre que es un magnífico empresario. Gracias de nuevo por estar aquí.

Al acabar, doña Encarnación les dio permiso para retirarse. La hija de los señores Rivas estaba ocupada atendiendo a los superiores de varias secciones.

- ¡Qué bien habla! - clamó una atónita Clementina, uniéndose rápidamente a Teresa y sus amigas. - Y es muy guapa. - dijo con un deje de amargura. - Pensándolo bien, sus padres no son nada feúchos. - De pronto se volvió a Teresa. - Caray, te lo tenías muy callado, Teresa.

- ¡Clementina! - reprobó Leonardo, que apareció de la nada.

- ¿Qué he dicho ahora? - dijo a la defensiva.

- Pasa que no es de tu incumbencia. Doña Teresa, disculpadnos. - Arrastró literalmente a Clementina, saliendo de ahí.

Suerte de Leonardo, que tenía el don de saber cuando su esposa hablaba más de la cuenta. Como había dicho Clementina, Ana Rivas gozaba de una excelente labia. Por desgracia, ya la conocía de antemano. No era de extrañar que se moviera con facilidad en los círculos de la diplomacia internacional.

Frenó cualquier intento irracional de la mente que trataba de retrocederse hasta aquel verano. Sólo quería irse de ahí.

- Chicas, nos vemos luego. - se despidió antes de que sus amigas pudieran decir algo.

Se dio media vuelta. Se detuvo bruscamente al verlo plantado. Héctor con los puños cerrados a los costados. Mirando con los ojos llenos de ira a las señoras Rivas. Sus amigas olían que no era el momento para molestarlos, por lo que se apartaron enseguida, yendo en dirección contraria. Mientras tanto, Teresa se acercó sigilosamente y cogió afectuosamente el brazo de su esposo.

- ¿Héctor? - llamó. Pero su esposo no parecía oírla, que no hacía más que mirar largamente a las señoras Rivas. Notó bajo su mano los músculos tensándose. Le rompía el alma al verlo desencajado. El cargo del gerente debía ser para él y no para la persona que mayor antipatía le inspiraba. Volvió a llamar por su nombre. Los ojos azules se clavaron en los suyos. Leyó todo lo que esperaba encontrar en los ojos: furia, traición y dolor. - Vámonos de aquí. - sugirió.

Pero Héctor tenía otra idea. Negó con la cabeza y dijo con furia apenas contenida.

- No, vamos a felicitarla como se requiere la ocasión.

- Pero... - titubeó.

No estaba preparada para enfrentarse por segunda vez a Ana Rivas en sólo diez días. Pero un brazo rodeó su cintura y la impulsó a caminar hacia las señoras Rivas. No se percató de que se detuvieron hasta cuando oyó la voz de Héctor.

- Ana... - saludó con voz grave. Teresa vio la espalda de Ana irguiéndose. Ésta se dio media vuelta, frente a ellos. Héctor alargó la mano mientras hablaba con sorna.- Mis enhorabuenas. Te tenía desaparecida. Supongo que tarde o temprano nos encontraríamos si tenemos en cuenta que te encanta sorprender a la gente.

- Gracias. - Ana dijo secamente a la vez que tomó la mano.

A Teresa no le quedó otro remedio que continuar el teatro que había comenzado su esposo.

- Enhorabuena, doña Ana. - congratuló aunque su voz delató la incomodidad que le causaba la situación. Al contrario que su esposo, no le apetecía tender la mano.

Sólo necesitó un segundo para mirar los ojos de Ana. De nuevo esa desquiciante inexpresividad que le seguía resultando familiar. De pronto, cayó en la cuenta. Era la misma inexpresividad con la que la saludaba a diario doña Encarnación. Gélidos, duros, despiadados.

- Gracias, doña Teresa.- se despertó de la turbación al oír el frío agradecimiento de Ana.- Disculpadme, debo atenderlos.

Tras estas palabras, Ana se giró para atender a los demás que disputaban su atención.

- ¡Qué imbécil! - Héctor masculló entre dientes. - Típico de ellos. Muy típico.

- Vamos.- urgió Teresa, que sentía cómo su esposo estaba a punto de perder los estribos en público. En esta ocasión su esposo no opuso resistencia cuando lo arrastró hasta su despacho.

Teresa consiguió evitar las miradas indiscretas que pudieran comentar acerca de la actitud de su esposo. "Maldita seas, maldita seas. Tenías que venir para estropearlo todo." Maldijo a la nueva gerente, a quien creía culpable de los males que padecía Héctor últimamente. Los señores Rivas hirieron de mala fe el orgullo de su esposo cuando fue rechazado para ocupar el cargo temporal. Le dieron un caramelo para arrebatarlo de la boca.

Entraron en el despacho de Héctor. Lo dejó caerse desplomado sobre el asiento, como si la ira hubiera consumido todas las fuerzas. Teresa se apoyó sobre la mesa y tomó el rostro masculino entre sus manos.

- Héctor, sé que ha sido duro. Ha sido toda una sorpresa, vaya, ni yo me lo esperaba. - comentó mientras acariciaba las mejillas pálidas.

Héctor posó el rostro en su regazo y rodeó la cintura con los brazos. En soledad, compartían el malestar por la presencia de Ana Rivas.

- Son tan desagradecidos. ¿Sabes, Teresa? Más de una vez me ha cruzado el pensamiento de abandonar todo esto. - confesó débilmente.

- Te entiendo, cariño mío. Es muy injusto. - farfulló indignada, acariciando el cabello pajizo. Volvió a reinar el silencio, que no dejaba de ser cómodo. Teresa continuó, con cautela. - Héctor, sabes que no podemos cambiar nada. Lo único que debemos hacer es trabajar como hemos hecho hasta ahora. No te preocupes por Ana ni por ningún Rivas que hubiera en el mundo. Ya sabes que no tenemos más relación con ellos que antes de casarnos. Vamos a limitarnos a ignorarlos como hemos hecho hasta ahora. - levantó el rostro de su marido, hasta situarlo a la altura de sus ojos. - Héctor, no permitas nunca que pasen por encima tuyo. Nadie podrá contigo. - Clavó sus pupilas en las azules, transmitiéndole todo el amor que sentía por su esposo. - Te quiero. - susurró con ardor.

- También te quiero. Ahora más que nunca, me siento más afortunado de tenerte a ti. No sé qué haría sin ti, Teresa. - declaró apasionadamente.

Se besaron con fuerza. Se apartaron y se miraron con dulzura. Sonrieron.

- ¿Quieres agua? - preguntó Teresa. Héctor asintió con la cabeza. Plantó un beso en la frente de su esposo antes de levantarse de la mesa. Examinó la bandeja encima del mueble bar. - Se ha acabado el agua. Voy a llenarla. - Cogió la jarra vacía. - No tardo nada. - Cerró la puerta.

Encaminó el pasillo y fue al baño donde llenó la jarra. Salió para tropezarse con una de las personas a quienes menos quería ver en ese momento.

- Ah, aquí estás. Te estaba buscando. Hoy estás siendo muy difícil de localizar. Y lo es más tu secretaria inepta. - doña Encarna atacó despiadadamente como solía hacer siempre.

- Estaba desayunando. Mandé a Luisa a hacer unos recados.- Omitió la parte de que desayunó con Héctor. - ¿Deseaba algo?

- Sí. Te hago saber que no toleraré ningún numerito que pueda montar Héctor. Ha estado a punto de hacer el ridículo delante de los propios empleados. - atacó sin contemplaciones.

Teresa hizo acopio de voluntad para no lanzar agua a la cara de doña Encarnación.

- No se repetirá. - contestó con hosquedad.

- Más te vale. Una esposa respetable debe ser capaz de calmar a su marido. - dijo con aire de suficiencia.

- Intentaré seguir su sabio consejo. Tenga buen día.- Respondió con sarcasmo, haciendo el ademán de retirarse. Pero doña Encarnación la detuvo.

- Espera un momento.

La frente de Teresa se arrugó cuando vio una sonrisa formándose en los labios de doña Encarnación. No aguardaba nada bueno.

- Quería comentarte otra cosa. Me dio la impresión de que Héctor no sabía que mi hija estaba aquí. - Teresa se quedó sin palabras, no sabiendo cómo interpretar esas palabras. Pero no se quedó ahí. - Ya veo que, por tu silencio, no se lo contaste. ¿Por qué será que no explicaste esta nimiedad? De todos modos, es bueno saber que la doña perfecta tiene sus secretitos.

Doña Encarnación sonrió triunfalmente, pasando por su lado, con la cabeza alta. Teresa descubrió con horror su error. De no explicar su visita repentina a la Villa Fortuna. No le gustó nada tener la sensación de estar a merced de la esposa de don Ramón, sabiendo que ésta podría aprovechar su error para jugar en su contra.

"No era ningún secreto. Simplemente quería ahorrar otro contratiempo a Héctor que ya tiene bastante. No sabía que la visita de Ana no era algo temporal." - trató de justificarse.

"Malditos Rivas", resonaba en su cabeza. Todo lo relacionado con el apellido Rivas sólo le causaba quebraderos de cabeza.

Ese día recibía golpes por todos los lados, pensó furiosa, de vuelta al despacho donde la esperaba Héctor.