TERESA

Capítulo 16

Lunes, 11 de noviembre de 1963.

Anotación histórica: Aplicación de nuevas normas de censura cinematográfica y televisiva: aparece el sistema de rombos como información al espectador.

- ...Según la lectura de los informes, las acciones que hemos de tomar son, en primer lugar y lo más principal, deshacer las existencias de más de seis meses de antigüedad en los almacenes; en segundo lugar, revisar los contratos de los distribuidores al por mayor; y por último, no perder el tren de las nuevas tendencias de la moda. Tenemos la fortuna de que es el perfecto momento para solucionar estos flecos en plena campaña navideña. Don Leonardo, debe organizar inmediatamente citas con los distribuidores. Les comunicará que no toleramos los altos precios a cambio de un pobre y lento servicio. Necesitamos una mejoría notable en la logística si no queremos perder la estela de nuestros principales competidores. ¿De acuerdo? Muy bien. Ahora, doña Manolita, debe hablar con el personal que ha presentado los ratios más bajos de las ventas para conocer las razones de la poca eficacia. Use la psicología como usted sabe tan bien. Ah, no olvide de informar a todo el personal de que de una manera sutil deben indagar los gustos de la clientela, pero sin agobiarlos ni retenerlos. Conocerlos supone conocernos y mejorarnos. Y, para acabar... - Teresa se tensó al notar la mirada penetrante de Ana mientras ésta proseguía. - usted revisará la política de merchandising junto con la sección de Publicidad, a fin de presentar el producto final más atractivo. Incluso un simple mostrador con una decoración sencilla y adecuada puede atraer la atención de muchos. - Teresa se limitó a hacer un asentimiento con la cabeza. Ana cerró la carpeta, dando por finalizada a la reunión. - Bien, ya está todo dicho. Nos espera mucho trabajo. Como siempre, nos reuniremos el próximo lunes.

- Sí,doña. - dijeron al unísono sus colegas al tiempo que cerraron con un ruido sordo las libretas.

Teresa se abstuvo de decir nada, contentándose con recoger los papeles en su cuaderno. No comprendía por qué la fría cordialidad de Ana Rivas la molestaba sobremanera pese a que ya había transcurrido más de dos meses trabajando juntas. "Juntas pero no revueltas, nunca mejor dicho", pensó socarrona. Se levantó sin dirigir la mirada a la hija de los Rivas, caminando detrás de sus colegas a punto de salir del despacho.

- ¡Eh! Mire por dónde ande, señorita. - oyó la voz de Manolita entre reprochable y divertida.

Sonrió cuando una figura irrumpió en el despacho, obligándolos a apartarse del camino. Teresa no fue lo suficientemente rápida como para evitar la entrada relámpago de la impaciente visitante. Aunque sí preparada para mantener el equilibrio cuando el cuerpo delgado escondido en un gran amasijo de ropa se arrolló contra su cuerpo.

- ¡Alicia! ¿Cuántas veces te he dicho que no puedes correr? - bramó, detrás suyo, Ana, cuya voz denotaba la exasperación que sentía con su hija revoltosa.

Pero Alicia sabía cómo ablandarla. No sólo a su madre, sino a todos. La hija de Ana Rivas se había convertido en el ojito derecho de todos. Francamente, la presencia de la niña de once años suponía un aire fresco en el ambiente tenso.

- ¡¿Qué culpa tengo de tener unas piernas rápidas? Sólo andaba. - se quejó Alicia, mientras se aferró más al pecho de Teresa, quien rió por lo bajo.

- Alicia, cariño, deberías hacer caso a tu madre. No todos tenemos unas piernas fantásticas como las tuyas. Y alguien podría tener un accidente. - replicó con dulzura Teresa, a la vez que acariciaba el cabello. Nunca se cansaba de mirar los ojazos azules de Alicia.

- Vale, tía Teresa. - aceptó a regañadientes Alicia, sin despegarse de su cuerpo.

Teresa quería comérsela en ese instante. Jamás olvidaría el segundo encuentro con Alicia. Estaba junto con Héctor en el pasillo de los Almacenes. Se percató, a través del hombro de su esposo, de la llegada de las tres mujeres: Encarna, Ana y Alicia. Sin previo aviso, la benjamina se lanzó sobre ella, llamándola con afecto sincero "tía Teresa". La alegría espontánea de Alicia no sólo la sorprendió, sino también a los demás presentes, quienes obviamente no esperaban semejante reacción de la niña. Sin saber cómo, sus ojos se encontraron un segundo con los de Ana, en los que divisó una casi imperceptible tristeza.

Sacudió la cabeza, retornando al presente.

- Tienen razón tu madre y tu tía. Señorita, lo que me parece es que tienes una idea equivocada de lo que es andar. Andar no es correr. Correr no es andar. Suerte de que no he perdido los reflejos para evitar desafortunados accidentes.- comentó Manolita entre risas. - Además, tendrás un excelente compañero si los presagios de mi marido se cumplen. - Al ver la mirada extrañada de Alicia, se explicó.- ¿Ves esta barriga tan enorme? - Alicia asintió con la cabeza. – Pues aquí crece un niño tremendo que le encanta patearme. Ays, cada día que pasa pienso que Marcelino tiene razón en decir que se nos saldrá un colchonero. Porque desde luego, tiene unas piernecitas que me dan un sinvivir. - resopló a la vez que se masajeaba los riñones doloridos.

Teresa rió. Un momento como éste le recordaba la suerte de tener a una gran persona como Manolita. Era tan vitalista, tan optimista, tan fuerte. "Ni siquiera muestra ninguna flaqueza con su cuarto embarazo", pensó con cierta envidia.

- Alicia, no te escondas detrás de las piernas de tu tía. Anda, pide disculpas a don Leonardo y a doña Manolita.

Inconscientemente la espalda de Teresa se enderezó cuando sintió la proximidad de Ana, quien se plantó a su lado sin molestarse a mirarla. De pronto, el aire se impregnó con el caro perfume de la gerente. Era un aroma agradable, descarado y rompedor. Pertenecía al famoso Chanel nº 5 que todavía causaba furor tras su nacimiento en el 1921. "Un perfume muy apropiado para la propietaria", consideró con amargura. Teresa bajó la mirada y casi se asustó cuando los ojos azules de Alicia clavaron en ella, mirándola con interés. Pronto la niña igualaría su altura. Sería tan alta o más que su madre.

En la boca de Teresa se dibujó una sonrisa gentil mientras con una simple ladeo de la cabeza la instaba a hacer caso a su madre. Leyó la resignación en el rostro de su sobrina. Sí, también la consideraba su sobrina pese a no tener parentesco directo. Alicia se despegó de su cuerpo y se giró.

- Siento haber corrido. No repetiré. Os pido perdón.- Se disculpó a regañadientes.

- Disculpas aceptadas, señorita.- respondió Don Leonardo, a la vez que ajustaba las gafas. Teresa vio que su colega masculino suspiraba largamente a sabiendas de que la niña no tardaría en volver a las andadas. Sin decir que todos lo sabían. - Disculpadme, debo irme. Hasta luego. - Se retiró, en dirección a la oficina.

- También te concedo el perdón. Además, toda la semana las niñas no dejan de darme la lata preguntándome por ti. Espero que una tarde te pases por El Asturiano en cuanto puedas. ¿Vale? - dijo Manolita. La cabeza de Alicia movía excitadamente.

- También las echo de menos. Son mucho más divertidas que las sosas de mis compañeras. - declaró con fastidio.

La benjamina todavía no se había acostumbrado a la educación rígida de la escuela de monjas. Hasta entonces, gozaba de la educación liberal y moderna, que la invitaba a ver con los ojos abiertos el mundo.

- ¡Alicia! - advirtió su madre.

- ¿Qué? Sólo digo la verdad. Además, te oí hablando a la abuela de que las madres eran unas aburridas. Y alguna palabra fea más.

- ¿Qué palabra fea dije? - exclamó Ana, a la defensiva.

- Insídas. ¿O eran anpidas? - Alicia se frotó el mentón, esforzándose en gran medida en recordar la palabra.

- Insípidas, se dice. Y no es una palabra fea. - corrigió Ana.

- ¡Eso es! ¿Qué quiere decir si no es una palabra fea?- interrogó inocentemente, con los ojos puestos en su madre.

- Eeeeh... - titubeó pero recobró al instante la compostura. - Mira, Alicia, no me despistes. Para empezar, es de mala educación oír las conversaciones ajenas.

La frase despertó algo fuerte en el interior de Teresa, sobresaltándola sin razón aparente. Unas sensaciones extrañas invadieron su cuerpo. Melancolía, en especial. Las palabras que había pronunciado la madre de Alicia le resultaban dolorosamente familiares aunque no recordaba dónde las había oído. Pero su cuerpo sí parecía recordarlas. Como si fuera una especie de deja vú. Teresa sólo sabía una cosa: que estaba muy lejos de sentirse cómoda con las sensaciones experimentadas, por lo que despejó la mente concentrándose en su entorno.

Sus ojos se cruzaron con los de una sonriente Manolita, ignorante de se torbellino de emociones. Las sonrisas de su amiga eran sinceras e irresistibles. Le devolvió la sonrisa, junto con un guiño de complicidad. Ambas estaban acostumbradas a las discusiones que mantenía Ana con su hija. Sólo Alicia conseguía sacar de las casillas a su madre, habitualmente impertérrita. "Es cuando sale la Ana auténtica", pensó para sus adentros, con una ligera nota de resentimiento que ahogó de inmediato en las profundidades de su alma.

- Debo retirarme, señoras. Me alegro de verte, Alicia. Que tengáis una buena tarde. - anunció Manolita, al intuir que Ana querría estar a solas con su hija.

- Yo también debo irme. Me esperan unos inf... - Teresa hizo el ademán de irse pero Alicia le cortó el paso.

- ¡No te vayas! Por fiiiiiii, tía. - suplicó. Se debatía entre irse y pasar un rato con su sobrina. Era increíblemente difícil de resistir las ojos de cordero degollado de la niña. Pronto supo cuál era la respuesta. Y por no decir que le llegó de un modo desagradable.

- Alicia, tu tía debe trabajar. - sentenció Ana con una dureza que sorprendió a ambas. Se miraron un instante. Los ojos avellanas se apartaron, no sin antes detectar en ellos un fugaz arrepentimiento. Pero ya era demasiado tarde. Teresa sobraba.

- Sí, tiene razón. Debo trabajar. - contestó con voz neutral. Pero, al percibir la pena en el rostro infantil de Alicia, dulcificó el tono. - No te preocupes, en cuanto tenga un momento libre, puedo pasarme a buscarte y llevarte al Asturiano... y comer chocolate con porras que te pirra tanto. - Su alma se llenó de gozo al ver la felicidad absoluta en los ojos sinceros de Alicia.

- ¿Mamá, puedo? - preguntó llena de esperanza, con los brazos rodeando la cintura de su madre.

No pudiéndose frenarse, Teresa observó de de nuevo el rostro de Ana, quien miraba abajo a su hija. Su corazón dio un vuelco cuando sin previo aviso Ana clavó la vista en ella. Teresa no logró descifrar sus miradas enigmáticas. Le irritaba no poder adivinar lo que rondaba en la cabeza de la heredera. Le desquiciaba porque en un momento como esa Ana se asemejaba a la cruel Encarnación, con quien nadie podía saber por dónde iban los tiros. Los Rivas eran unos personajes misteriosos. Pese a estar relacionada con ellos casi toda su vida, nunca acababa de conocerlos de todo. Sin omitir que eran todas unas cajas de sorpresa. Cuando creía tenerlos calados, la sorprendían con otra jugarreta.

- Sí, puedes. Pero no comas mucho que luego te hace daño la tripa.- concedió finalmente Ana mientras su hija exultante saltaba sin cesar.

- No comeré mucho. - prometió.

Ana atravesó con la mirada a Teresa, esta vez con más transparencia. Dejando de un lado momentáneamente las rencillas, ambas se sonrieron sabiendo que la promesa de Alicia era en vano. La niña era una golosa irremediable.

Teresa se golpeó mentalmente, sabiendo que estaba siendo muy dura con la gerente. Pese a sus diferencias (y para gran disgusto de doña Encarnación), Ana Rivas jamás había puesto reparos a que su hija pasara ratos con Teresa y su marido. Incluso permitió que Alicia tuviera la oportunidad de conocer a sus padres, Carmen y Pascual, quienes la adoraban con locura. Incluso su esposo, Héctor, hacía buenas migas con la benjamina, pese a no acababa de estar del todo cómodo en su presencia. Para él, el apellido de Rivas pesaba mucho. "Y para mí, a veces también", reconoció. Teresa respetaba a Ana pero al mismo tiempo la odiaba... Por tener todo lo que no tenía ella.

- ¡Mira, mamá!

El grito de Alicia detuvo violentamente el curso de sus pensamientos. La benjamina pasó por su lado, corriendo. Curiosa, Teresa se volteó. Frunció el ceño ante la escena. Alicia echó los brazos al cuello de la persona recién llegada quien solía hacer visitas ocasionales a Ana. Jamás le había causado buenas impresiones. Oyó de lejos los murmullos de admiración de los compañeros. ¡Pensar que hasta hacía poco ella misma admiraba a esa persona! Casi se sobresaltó cuando notó un roce en su brazo. Giró la cabeza. Era Ana pasando junto a ella, caminando hacia la persona que venía a visitarla.

- ¿Qué haces aquí? Creía que no regresabas hasta dentro de dos semanas.- clamó Ana con sorpresa, aunque su voz expresaba el puro placer que casi rivalizaba con el de su hija.

- Vaya, y eso que quería daros una sorpresa. ¿No te alegras de verme? - dijo con voz fingidamente afectada.

Teresa no creyó hasta entonces que una sola voz pudiera sacarla de sus casillas. No entendió qué veían en esa persona insignificante. "Tú misma dijiste que era admirable, brillante, natural.", le recordó la vocecilla interna. "Lo dije porque no sabía cómo era en realidad. Como suele decir, las apariencias engañan." se justificó. "Y esa persona embauca a todos con todos sus encantos cuando en realidad sólo es una arpía." Pensó furiosa.

- ¡No digas tonterías! ¡Claro que me alegro de verte, Rosa! - Ana contestó con una sonrisa enorme.

Abrazó efusivamente a su tan querida amiga llamada Rosa Fernández, cuyo nombre artístico era Mónica Cortés. Era una actriz famosa que había conseguido hacerse un pequeño hueco en las tierras prometedoras de Hollywood. Actualmente se encontraba de gira en España, actuando como la protagonista principal en la obra de Otelo, producida por la compañía de su tía materna, Estela de Val, toda una leyenda viva del mundo del teatro.

Verlas las tres abrazadas era como si la hubiera abofeteado en plena cara. "Estúpida, estúpida, ¿qué más te da si Ana tiene tan mal gusto a la hora de escoger las amistades?" Se reprochó, enrabiada por su propia reacción hacia la presencia de Rosa. Pero su orgullo herido pudo con ella, justificándose irracionalmente. "Si fuera una buena madre, la vigilaría de cerca para impedirla a ejercer mala influencia sobre la inocente Alicia. Sí, lo tengo claro. Si fuera ella, no se lo permitiría. Pero Ana es tan ciega e idiota, por lo que debo vigilarlas. Es mi deber como tía.", consideró un tanto tajante.

Oyó vagamente una voz que la llamaba por su nombre. Confusa, interrumpió las cavilaciones y aguzó los sentidos. Estuvo a punto de darse un brinco cuando vio una mano sacudiendo ante su nariz. Finalmente, se percató que no era otra que Alicia, intentando traerla al mundo.

- Perdona, ¿qué me decías? - dijo, ocultando cuanto podía su rubor por dejarse en evidencia ante Ana y... lo peor...ante la imbécil de Rosa.

Pronunciar su nombre le suponía un enorme esfuerzo. De reojo, divisó una sonrisa burlona que oscilaba en los labios rojos de la actriz de picotilla. "Idiota, idiota". Accidentalmente, sus ojos resbalaron sobre Ana. La reacción de ésta la enfureció aún más. Ana parecía sentir compasión por su evidente incapacidad de comportarse como una señora pese a estar casada con un esposo que se movía con facilidad en los círculos sociales. No quería la pena ni la compasión de nadie. No entendía porqué le afectaba mucho cuando hasta entonces el estatus social nunca le había pesado. Siempre había sido consciente de que jamás llegaría a las suelas de las tan llamadas señoras de bien que se alardeaban de tener un extenso currículum de actividades sociales y unos modales formidables. Hasta entonces, todo esto le importaba un pimiento. Pero el retorno de Ana había cambiado todo. La hacía sentirse inferior, con el conocimiento de que jamás conseguiría estar a la altura del refinamiento y elegancia natural de Ana Rivas Llanos.

- Tía, Rosa ha invitado a mí y a mi madre a pasar la tarde en las atracciones. Ahí podemos comer chocolate con porras. ¡Será una tarde chuli! Vente con nosotras. Por fiiiii. - explicó con ardor Alicia, con las manos juntas a modo de súplica.

¡Sólo podía ser la dichosa Rosa! Cada visita suponía un arruinamiento de sus planes previstos con su sobrina. No le cabía ninguna duda de que la invitación a pasar la tarde con ellas había sido una ocurrencia de Rosa, quien sabía muy bien que la rechazaría como siempre. Fingir que todo iba bien no formaba parte de la naturaleza de Teresa, y mucho menos, hablar civilizadamente como si fueran amigas delante de Ana... Ana era otra variable importante en esa ecuación que la hacía inclinar a no aceptar las invitaciones. Desde la posesión del cargo de gerente de los Almacenes Rivas, Ana no le dirigía la palabra si no era estrictamente necesario. Su tema era exclusivamente el trabajo, excepto cuando se encontraban con Alicia en el mismo lugar. Ambas, Teresa y Ana, eran conscientes de que Alicia era totalmente inocente de todo lo acontecido entre los García, Perea y Rivas. Por lo que, sin palabras, e incluidos todos los involucrados como Héctor y doña Encarnación, firmaron una tregua. Delante de Alicia, se comportaban rigurosamente como parientes lejanos. Cordiales pero fríos. Aún así, era mejor que nada.

- No, es vuestra tarde. Me acabo de acordar que tengo una cita con un cliente esta tarde. - mintió. Le apenó la mirada de tristeza de su sobrina. Decidió darle una pequeña alegría. - No te preocupes, este viernes, si te va bien, podemos quedar en el Asturiano y así le hacemos una visita a tus amigas. ¿Te parece bien? - Se congratuló al ver el destello de entusiasmo en los ojos azules.

- ¡Sí! - exclamó. Pero en un abrir y cerrar de ojos, su semblante se tornó grave que la preocupó. Alicia se volteó y habló con tristeza.- Mamá, ¿este viernes debo ir a la merienda de Angustiada?

- Es Angustias. - Ana corrigió entre risas. Se hizo la pensativa para desesperación de Alicia que se impacientaba. Compadeciéndose finalmente de su hija, no se hizo esperar más. - Puedes irte con tu tía. De todos modos, no es tu amiga, sino una amistad de tu abuela. Se enfadará pero te excusaré. Siempre que te portes bien estos días.

- ¡Sí, mamá!- Corrió y rodeó con los brazos el cuello de su madre, casi tirándola. Rosa la sujetó por los hombros, impidiendo la pérdida del equilibrio.

- ¡Alicia! Un día de éstos me tirarás. - se quejó a medias Ana, aunque devolvió el abrazo.

- Si te caes, te cuidaré. - Declaró con gran afecto, apoyando la cabeza en el pecho de su madre.

- Terror me da sólo de pensarlo. - bromeó, ganándose un bofetón de su hija en su brazo. - Cariño, es broma. Me encantará que me cuides. - Acarició el cabello castaño de Alicia, que soltó un sonido similar al ronroneo.

"La maternidad le ha sentado muy bien. Es como si le hubiera otorgado serenidad." pensó. "Algo que me falta". Se abrazó, sintiendo de pronto frío en el cuerpo.

- Chicas, es hora de comer. Os quiero invitar en un restaurante donde hace el carne más exquisito de Madrid que nos hará deleitar. - dijo, palmeando las manos con el afán de conseguir la atención.

"Maja, no estamos en el teatro. No eres la protagonista." Lanzó una mirada desafiante a Rosa, quien al percatarse de su hostilidad se limitó a sonreír.

- No sé, hay mucho trabajo. - dudó Ana. - Pero puedes irte con Alicia.

- ¡Quiero que vengas con nosotras! -exigió su hija.

- Estoy con ella. - se unió Rosa. -Por un día, no te echarán de menos. ¿Verdad, Teresa?- Alargó esas palabras con voz de pito junto con una de esas sonrisas tan hipócritas. En ese momento, Teresa quería estrangular el cuello de la arpía. Observó que Ana lanzó una mirada reprobadora a Rosa, quien se encogió los hombros.

- Cariño, si pudiera, vendría con mucho gusto con vosotras. Créeme. - Ana habló gentilmente mientras soltaba los brazos de su hija.

- No se preocupe, doña Rivas. Me puedo encargar de todo. - Las palabras salieron de la boca de Teresa antes de que pudiera reaccionarse. Su ofrecimiento sorprendió a Ana, quien momentáneamente bajó la guarda, con la boca abierta.

- Eh... no es necesario. Muchas gracias pero... - murmuró incómoda Ana, evitando a toda costa la mirada de Teresa.

- Me parece genial. - intervino rápidamente Rosa, expresando la alegría más de lo conveniente. - Te has ganado un merecido descanso. ¿Verdad, Teresa?- La lanzó otra sonrisa insufrible. Teresa se limitó a ignorarla, no cayendo en la trampa de la retorcida mujer

- ¡Sí! ¡Mamá, ven, por fi! - rogó.

- ¡Vale, vale, ganáis! - se rindió, lo cual hizo provocar un vitoreo sonoro de su hija y Rosa. - Pero, antes dame media hora para dejar todo listo... - Teresa la interrumpió de nuevo.

- No es necesario, doña. Pediré a Marifé en cuanto regrese que cancele las citas, concertando nuevas fechas. Y el resto no se preocupe, que nos encargamos de todo lo que nos mandó.

Tras sus palabras, reinó un corto pero eterno silencio incómodo entre ambas mujeres. Pese a ser la primera sorprendida con sus propios actos, había un motivo poderoso que la hizo impulsar a ofrecerse voluntariamente a ocuparse de las tareas en ausencia de la gerente. En esos casi tres meses, Ana Rivas había trabajado incansablemente, dejando desatendida a menudo a su hija, quien más de una vez lamentaba la falta de tiempo de su madre para ella. Decidió que Alicia merecía disfrutar la tarde con su madre.

- Al menos hoy no tengo citas importantes. Gracias, doña García. - Ana murmuró algo insegura, a la vez que sonrió débilmente. Tras un segundo de incertidumbre, se movió anunciando lo siguiente. - Esperadme un momento, voy a coger el abrigo.

Contuvo la respiración cuando a medida que Ana se acercaba, la miraba con creciente intensidad. Pero cuando Ana parecía ser consciente de lo que acababa de hacer, los ojos avellanas cambiaron bruscamente de dirección, pasando por su lado con rumbo al despacho sin decir nada.

- ¡Tía! - la voz infantil de su sobrina la despertó del aturdimiento.

Pese a que Alicia le hablaba, su mente volvía a lo que había sucedido segundos atrás. No estaba segura de que lo que acababa de ver en los ojos de Ana hubiese sido real. Como si estuviera experimentado una lucha interna. Teresa ignoraba contra qué batallaba la hija de los Rivas.

- Ya estoy lista, chicas. - detrás suyo, anunció con jovialidad Ana.

La mente de Teresa se aclaró, poniendo fin a las elucubraciones insensatas. Con el rabillo del ojo, vio que Ana estaba espléndida con su abrigo elegante. Y esbozando una sonrisa de oreja a oreja. "Debía ser una alucinación mía. A estas personas nunca les pasa absolutamente nada. Amor. Fortuna. Reputación.", se dijo a sí misma.

Plantó un beso en la frente de su sobrina y le dijo adiós. Al alzar la vista, se vio sorprendida cuando se notó atravesada con los ojos suspicaces de la actriz. Parecía estar sondeando los entresijos de su alma. De pronto la expresión en el rostro afilado de Rosa se ablandó, como si hubiera alcanzado una comprensión de sus propósitos.

- Gracias, Teresa. - pronunció sin asomo de malicia, lejos de los oídos de las Rivas.

No supo qué decir. Clavada en el suelo, observaba cómo las tres siluetas se alejaban.


Cerró tras de sí la pesada puerta. Se quitó el abrigo y lo colgó. Dejó la carpeta y las llaves en la mesita del recibidor. Entró sigilosamente en el comedor y se dejó caer en el cómodo sofá. Se cerró brevemente los ojos disfrutando de la soledad que le brindaba ese instante. Estaba exhausta tras una larga jornada. Eran las once de la noche. Abrió los ojos. De mala gana, se separó la espalda del respaldo del sofá. Se quitó los zapatos de tacón. De su boca escapó un gemido de placer al masajear sus pies doloridos. Se tumbó y apoyó el brazo sobre la frente. Con los ojos cerrados, notó cómo las piernas recibían con fervor la circulación de la sangre que las resucitaba después de unas largas horas en pie.

- ¿Eres tú, Teresa? - susurró una voz salida de nadie, espantándola.

Se incorporó de inmediato aguzando la vista en medio de la espesa oscuridad. El cuerpo se tornó más exhausto tras recibir a oleadas una fuerte descarga de adrenalina.

- ¡Madre! No me dé sustos a estas horas. - masculló entre dientes, con la mano sobre el corazón que palpitaba como un loco.

- Lo siento. - Carmen se disculpó. Se acercó al sofá y levantó las piernas de Teresa para sentarse. Una vez acomodada, colocó los pies en su regazo y los masajeó, que hizo salir de la garganta de Teresa una serie de ronroneos de placer. - No podía dormir. He oído ruidos. Pensé que podías ser tú. Son las once de la noche. ¿Qué hacías? Me contó Héctor que debías quedarte supervisando con don Leonardo cosas. Me dijo algo más pero no entendí.

- Sí, madre. Hubo un contratiempo desafortunado en la entrega de mercaderías a los Almacenes. Dos camiones debían haber llegado hoy por la mañana pero hubo un accidente masivo en la carretera, lo cual hizo retrasar muchas horas la llegada. No llegaron hasta las ocho de la noche. Así que tuvimos que supervisar que las mercaderías estaban en buenas condiciones antes de colocarlas en las dependencias. Ya sabes que en estas fechas la actividad suele ser bastante frenética. Estoy muy molida. - explicó tumbada con los ojos cerrados mientras, para su felicidad, su madre continuaba masajeando hábilmente sus pies.

- Sí, lo sé. Pobre hija mía, debes estar hambrienta. Hay sopa.

- No se preocupe. Manolita nos trajo bocadillos de El Asturiano.

- Me quedo más tranquila. Dudaba de si os llevaba comida o no al trabajo, pero Héctor me avisó que no era necesario y que seguramente os llevaría algo Manolita. Y no se equivocó.

- ¿Está durmiendo Héctor? - preguntó.

- Sí, hace una hora. Mañana debe irse de viaje a las seis de mañana. - respondió.

Teresa se incorporó violentamente.

- Dios mío, se me ha olvidado por completo. Debo preparar la maleta. - dijo con urgencia, apartando los pies de las manos mágicas de su madre.

- Eh, tranquila. - Retuvo los pies, impidiéndole a moverse. - No te preocupes, de esto me encargué la maleta. Y Cecilia se ha encargado de preparar el desayuno para llevar. Anda, túmbate.

- Gracias. - Obedeciendo la orden de su madre, se tumbó con los ojos cerrados.

Pese al masaje revivificante, experimentaba un gran pesadez en el cuerpo. Si no la sacaban con una pala, no podría levantarse hasta la mañana siguiente. Sintió alivio al saber que Héctor había sido bien atendido. Pero, por otro lado, tenía la desagradable sensación de que le había fallado. Tenía una enorme suerte de tener a su madre para atender a Héctor cuando ella no podía hacerlo. Pero aún así, era su deber como esposa.

En silencio, disfrutaron gratamente la compañía la una de la otra. Cuando sintió que el sueño empezaba a vencerla, su madre habló.

- Cariño, hace tiempo que no hablamos... - percibió la cautela en su tono. Esperó a que madre continuara.-...de lo que te afecta.

- ¿De qué? - preguntó, extrañada. Que supiera ella, no había nada especial que explicar.

- De lo tuyo con Héctor. - respondió con seriedad.

Abrió los ojos y los posó largamente sobre su madre. Aunque no la podía ver con claridad, podía percibir una ligera preocupación en el rostro de su madre. Exhaló un largo suspiro antes de hablar.

- No se preocupe por esto, madre. Nos va bien aunque reconozco que lo tengo bastante desatendido últimamente. - dijo, ligeramente arrepentida.

- No, cariño. Héctor no tiene ninguna queja de ti. Comprende perfectamente tus obligaciones en los Almacenes. Aunque no nos dijera nada, sé que está muy orgulloso de ti – Tras esto, reinó un silencio que la incomodaba. Detrás de la conversación, podía oír claramente un "pero".

- Madre, ¿si no es esto, entonces a qué se refería usted a cómo nos va?

No recibió ninguna respuesta. Excepto que su madre continuaba absorta con el masaje de sus pies y... sus propios pensamientos. Sintió cómo su propia paciencia se estaba agotando. Se incorporó, apartando de mala gana las piernas del regazo. Puso la mano en el hombro de su madre y la obligó a moverse hasta ponerse cara a cara. Estudió los ojos de su madre. En ellos leyó el miedo y la preocupación. Una mano de su madre se apoyó sobre la suya, acariciándola.

- Sé que algo le ronda en su cabeza. Dímelo por favor. ¿De qué se trata? - inquirió con suavidad.

- Perdóname, es algo que no me incumbe pero no me puedo callar más. - Las palabras de su madre le despertaron sorpresa y al mismo tiempo temor. Aguardó a que prosiguiera. No le defraudó. Carmen bajó la vista mientras hablaba en tono grave. - Cariño, creo que ya es hora de que vayas pensando en formar una familia. - Aquello era lo último que se esperaba. Abrió la boca para protestar pero su madre la impidió. Esta vez la miró a la cara, con férreo aplomo.- Deja que me acabe primero. Sé que el aborto te dejó un vacío muy grande. Y que sufriste mucho. Pero creo que ya son muchos años. Héctor se lo merece y mucho. Y tú también mereces ser feliz.

Bajó la vista para impedir que su madre viera las lágrimas que estaban ansiando a brotarse en sus ojos, pero hizo gran acopio de voluntad para frenarlas. Vio su vientre, mientras su mente se llenaba con el recuerdo amargo de la pérdida de su bebé. Dolor, vacío, desgarro, lamento... Sintió una pequeña punzada de dolor en su barriga, como si su bebé -que no existía- estuviera quejándose de la tristeza que invadía su refugio cálido. Apartó la mano del hombro de su madre y se abrazó con fuerza.

- Oh, lo siento mucho. No sabía que aún te afecta tanto. - se disculpó.

Sintió cómo su cuerpo es rodeado con los brazos acogedores de su madre. Pero Teresa no quería su compasión, por lo que deshizo su abrazo. No observó el dolor en los ojos de Carmen causado por su rechazo. Se inclinó hacia adelante, con los brazos sobre las rodillas. Dejó a un lado la amargura y el dolor para dedicar un largo pensamiento a lo que le acababa de decir su madre. Transcurrió un minuto antes de pronunciar con voz firme que sorprendió a su madre.

- No lo sienta, madre. Más bien, la comprendo. Entiendo sus preocupaciones. Tiene razón. Héctor se merece una familia. Ha tenido mucha paciencia conmigo. No crea que nunca he pensado en esto. Al contrario, continuamente pienso en ello. Si hubiera sido cualquier otro hombre, habría ido por ahí de copas con otras mujeres, o peor, me habría abandonado... Pero no sé... siento que no estoy preparada. - su voz se debilitó a medida que hablaba.

- Creo que sí lo estás. - Teresa se sorprendió al oír la férrea seguridad en la voz de su madre. Se incorporó, apartando la mirada.

- ¿Cómo lo sabe? Porque yo misma no sé qué quiero. - confesó avergonzada. Sus manos fueron asidas de pronto por las de su madre.

- Deberías haberte visto con Alicia. Te veo tan feliz con ella, permitiendo sus caprichos y dándole lecciones. ¿Sabes qué? Siempre supe que serías una madre maravillosa... - La voz de su madre se quebró mientras una solitaria lágrima resbalaba sobre la mejilla. El rostro de Teresa se escondió en el pecho de su madre. Juntas lloraron en silencio.

Su madre no iba errada. La presencia de Alicia Fuentes Rivas le había hecho redescubrir la felicidad que había perdido tras su aborto. La naturalidad, la generosidad y la alegría caracterizaban a la niña de once años. Adoraba a los hijos de sus queridas amigas, pero no se los consideraba como los suyos. En cambio, con Alicia era diferente dado el parentesco pese a no ser directo. La consideraba verdaderamente como su tía. Y viceversa. Sonrió para adentros cuando pensaba en la ilusión que tenía de comprar cositas aunque fueran unas simples golosinas para su sobrina. Se había rejuvenecido, contagiándose por el entusiasmo infantil de Alicia.

Se apartó gentilmente al tiempo que se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

- Lo pensaré, madre. Es lo único que puedo decirle en estos momentos. - contestó al fin, esbozando una pequeña sonrisa. Su madre se limitó a ladear la cabeza haciéndole saber que se conformaba.

- Otra cosa. Hablando de Alicia, hace días me hizo una pregunta interesante. Quería comentártelo pero no me acordé hasta ahora. - dijo medio atónita y medio cautelosa.

- ¿Ah sí? ¿Qué le preguntó? - interrogó con una ceja enarcada.

- Verás, me preguntó por qué os tratáis con formalismos entre su madre y tú. No sabía yo que la trataras como doña Rivas ni ella dirigiéndote como doña García cuando trabajáis. - Teresa se dispuso a abrir la boca pero su madre levantó la mano a modo de silencio. Suspiró dejando que su madre continuara. - Entiendo que por la situación haya tensión pero recuerdo perfectamente que os hicisteis grandes amigas nada más conoceros cuando nos visitaste. - Su respiración se cortó cuando inevitablemente recordó aquel verano. Se removía inquieta en su asiento mientras su madre clamaba. - ¡Parecíais hermanas!

- ¿Qué dice? No diga sandeces. - Contestó enfurecida, poniéndose en pie. ¿Hermanas? No sabía por qué esta palabra le causaba un profundo disgusto. - Debería saber que Héctor está así por culpa de los Rivas. ¡Ha sido ninguneado pese a que se deje el alma todos estos años para conseguir importantes contratos que ningún otro no habría conseguido ni loco!

- Por favor, baja la voz, que están durmiendo. - susurró alarmada su madre, pero Teresa no podía frenar la ira que estaba hirviendo en su alma.

- Madre, el cargo de gerente debería haber sido para Héctor y para nadie más, aunque sea la heredera. ¿Dónde estaba ella, cuando un empleado se ponía enfermo? ¿Cuando alguien da a la luz un bebé? ¿Quién da la cara por un simple empleado? Si no fuera por Héctor, más de uno saldría injustamente despedido por el imbécil de don José María. Así que ¿Qué va a saber esa niñata lo que no sabe Héctor? - su voz estaba subiendo decibelios. - De negocios sabrá algo, pero de humanidad ni sabe lo que significa. Es una manipuladora igual que sus padres.

- ¡Basta ya! - explotó su madre, saltándose en pie. Teresa se acalló abruptamente, sorprendida más por la furia con la que había hablado que por la orden. - Mira, no seas injusta conmigo. Soy la primera en defender que Héctor debería ocupar el cargo de gerente. Pero de una cosa estoy segura es que Ana no es ninguna manipuladora... mal me sabe decirlo, pero no es como sus padres. Jamás nos ha faltado el respeto ni antes ni ahora. Siempre me ha tratado como una igual. Y sigue haciéndolo. No seamos ingenuas. Ya sabíamos que, nos pese o no, un día Ana acabaría heredando la fortuna y los Almacenes. Lo único que no sabíamos era cuándo. Y mira, ese día llegó cuando menos lo esperábamos. Te digo una cosa: en esta casa no permitiré nunca que hables así de Ana. Nunca he conocido una mujer tan generosa y tan comprensiva como ella. Estoy segura de que, en contra de los deseos de sus padres, ha permitido que conozcamos a su hija e incluso que tenga relación con vosotros pese a la antipatía que la profesáis. La consideramos como la nieta que nunca hemos tenido. Si fuera una manipuladora como tú dices, de corazón no habría hecho ninguna de estas cosas. Respeto a Héctor. Entiendo que tuviera sus más o menos con los Rivas. También entiendo que lo defiendas. ¿Pero Ana realmente merece tanto desprecio por tu parte cuando te acogió con los brazos abiertos? No sé qué es lo que ha pasado entre vosotras. Pero ahora entiendo a Alicia. El porqué de esa pregunta. Tampoco entiendo tanto formalismo. - Ante el silencio de Teresa, habló lo siguiente con una voz que delataba lo exhausta que lo había dejado enfrentándose con ella. - Me voy a dormir. Estoy cansada. Mañana nos espera un día largo. Hasta mañana. - Se volteó y salió del comedor, dejando que la oscuridad engullera a Teresa, aún de pie con los ojos abiertos saliéndose de las órbitas.

- Hasta mañana. - musitó, lejos de los oídos de su madre, cuyos pasos se podían oír débilmente recorriendo el pasillo.

Se dejó caer sobre el sofá, todavía perturbada por las palabras de su madre que resonaban sin cesar en su mente. Sabía que estaba siendo injusta con su madre. No entendía por qué la furia se había apoderado de ella nada más oír nombrar a Ana Rivas. Cuando a lo largo de estos dos meses, se limitaba – bueno, mejor dicho, se esforzaba – a ignorar la presencia de Ana pese a saber que era difícil teniendo en cuenta de que era su superior directa. Y todavía menos cuando se trataba de Alicia, ya que debía dejar de lado su estrategia de ignorarla para simular ante la niña que todo marchaba bien. E incluso delante de sus propios padres, ignorantes de sus desavenencias personales con Ana Rivas.

"¡Dios mío, si sólo era un desliz! Era una estúpida joven. No era nada. Si hasta supe más tarde que era una actividad más frecuente de lo que creía... para ganar experiencia antes de emprender relaciones con los hombres."- pese a su lógica abrumadora, se derrumbó, con el rostro hundido en las manos. Tras todos estos años, había vuelto a saborear la punzante culpabilidad. Sabía que la salida de Ana Rivas tenía que ver con aquello... en aquel verano. La que fue su gran amiga no se hizo partícipe de su locura transitoria. Sólo ella misma era la única culpable de todo. Y también de que Ana se avergonzara de su acto, por lo que abandonó de la Villa Fortuna sin despedirse de ella.

En vez de reconocer su culpa, su orgullo herido acumulaba la furia y el dolor que supuso el sorprendente abandono de Ana. Hasta sus propias amigas se extrañaban del gran formalismo que mantenía con Ana pese a ser "familiares". Sólo Manolita tuvo el atrevimiento de preguntarlo. Fue una tarde, después de dos semanas del anuncio de la nueva gerente.

- Teresa, ¿sabes que estos días he estado vueltas a un tema que no acabo de entender de todo? Mira, no pretendo ser chismosa. Si no quieres contestar, no me lo digas. - habló con precaución.

- Uy, cuando te pones así, sé que estás a punto de reventarte. - rió. - Dime, ¿de qué se trata?

- Eeeeh... se trata de doña Ana. - Se tensó al oír el nombre de la mujer odiosa. Estaba harta de que estuviera en boca de todos. Pero no dijo nada por respeto a su amiga. - Sé que no me incumbe pero me... - hablaba rápidamente que Teresa tuvo que frenarla.

- Ve al grano, por favor. - dijo secamente. Vio el semblante acobardado de su amiga. Se arrepintió enseguida de su dureza pero ya era tarde.

- Ah, claro. A ver, seré breve. - "Imposible" pensó Teresa, ya que Manolita solía enrollarse bastante. - Verás, hay algo que no entiendo. Héctor es el protegido de don Ramón, por decir algo, ¿verdad? - Teresa asintió. - Era el hijo de la primera esposa de don Ramón. O sea, más o menos, es su hijastro, ¿no? - En este punto, los lazos familiares con los Rivas eran tremendamente complejos que ni ella misma sabía aclarar, pero ladeó la cabeza a modo afirmativo. - Ana Rivas es su hermanastra, ¿verdad? Por esto, Alicia te llama tía Teresa, desde luego. Pero lo que no entiendo es que por qué la llamas doña Rivas y ella a ti doña García cuando sois parientas.

Esa pregunta indiscreta la pilló de sorpresa. Nadie más hasta entonces había osado a preguntarlo. Y esperaba que siguiera así, pero se equivocaba. Ana jamás la llamaba por su nombre, ni siquiera ante su hija. Delante de Alicia, solía decir "ahí viene tu tía", algo así. Cuando debía hablar forzosamente para fijar la hora de recogida, solía decir "doña" o lo omitía. Y nada más. Mientras que en el trabajo, la llamaba doña García. Y ella misma le aplicaba el mismo tratamiento.

Se le ocurrió una sola respuesta que contestara la pregunta de su curiosa amiga. Era una respuesta vaga pero minímamente creíble a su parecer.

- Ah, no lo sé. Es nuestra costumbre. - dijo aburrida con un encogimiento de hombros, pretendiendo que la pregunta no la afectaba en lo mínimo.

- Caray, no sabía que entre las cuñadas hubiera tanto formalismo. - En el tono de la voz de Manolita notó una ligera sospecha. No la creía de todo, pero por suerte no insistía más. - Suerte que con mis cuñadas hay un desparpajo que no veas. Oh, no digo que vosotras no lo tuvierais, si se ve de lejos que tenéis una naturalidad que ya nos gustaría tenerla...– balbuceó tras darse cuenta de su error. Teresa no pudo evitar de reírse de su pobre intento de enmendarlo.

Así fue cómo transcurrió la conversación. Para su gran alivio, desde entonces, no volvió a sacar el tema... Hasta ahora. Su propia madre. Teresa se sentía fuertemente arrepentida por haber pagado sus mal humor con su madre. En su mente se hizo un apunte: pedirle perdón y prometer que se esforzaría en hacer progresos en la relación con la madre de Alicia.

Su espíritu se llenó de energía renovada sabiendo que con esto conseguiría el perdón y una sonrisa amplía de su querida madre.