TERESA

Capítulo 17

Viernes, 22 de noviembre de 1963

Anotación histórica: El día 19 de noviembre, muere Carmen Amaya, la bailaora del flamenco, a los 50 años.

- ¡Mamá! - Abriendo de sopetón la puerta del despacho, se anunció espantando a los presentes.

- ¡Alicia! - llamó detrás de la niña una Marifé sofocante. - Lo siento mucho, doña Ana. No he podido impedirla. Ha sido llegar y entrar sin darme tiempo de avisarla. - se justificó jadeante.

- Descuida. - Respondió en tono neutral Ana, cuyos ojos se posaban sobre su hija. Aquello no auguraba nada bueno. Y Alicia lo sabía, puesto que tenía la vista baja, dándose cuenta de lo que acababa de hacer. Acababa de interrumpir una reunión. - Puedes retirarte, Marifé. Ya hablaré con ella. - La secretaria estaba obviamente feliz de irse de ahí mismo. La doña Ana podía ser imponente cuando quería.

- Sí, doña. - Marifé asintió fervorosamente a la vez que dio un pequeño impulso en la espalda de Alicia para que entrara en el despacho y así poder cerrar la puerta tras de sí.

- Ya sabéis lo que debéis hacer. Gracias por vuestro trabajo. Vamos por el buen camino. Aquí terminamos. Nos vemos el próximo lunes si no surge ningún inconveniente. Marifé os confirmará la hora. - hablaba imperturbable como si la presencia de su hija no hubiera tenido lugar. Pero los demás presentes intuían que no era así. Es decir, a Alicia le caería una buena bronca en cuanto salieran.

Pero sus compañeros estaban equivocados a medias. Le caería una bronca, sí, pero se le perdonaba enseguida. Eso lo sabía muy bien Teresa, tras presenciar numerosas peleas que mantenían la madre y la hija fuera del horario laboral.

Necesitaba un pretexto para no salir de ahí, por lo que se agachó simulando buscar su bolígrafo en el suelo mientras sus compañeros recogían sus cosas y se retiraban.

- ¿Te espero, Teresa? - preguntó, detrás suyo, Manolita.

- No, no hace falta. Vete al despacho. Ahora voy enseguida. - contestó, todavía arrodillada.

- De acuerdo. Hasta ahora.- Asintió antes de girarse sobre los talones. - Adiós, doña Ana. Haré lo que me ha mandado.

- Estoy segura de que lo harás bien como siempre. - La gerente habló con una ligera sonrisa. - Adiós.

- Adiós Alicia. - Manolita lanzó un guiño a la niña, recostada en el sofá con un aspecto abatido como si estuviera sentada en el banco de acusados en espera de la temida sentencia. Alicia, como respuesta, le sonrió débilmente.

Manolita salió del despacho en dirección a su oficina donde le aguardaba un montón de papeleo. Al ver que se encontraban solas, Teresa alzó el bolígrafo que nunca había perdido.

- Ya lo encontré. - pronunció con una ancha sonrisa.

Observó cómo se enarcaba la ceja de Ana, pero ésta se abstuvo de decir nada. Sabía que Ana estaba aguardando a que saliera. Pero salir no entraba en sus planes. No. Se giró. Sonrió cuando vio a su sobrina, todavía con la cabeza gacha.

- Cariño, vas a taladrar el suelo con la mirada. - Dijo, acercándose. - ¿No dices nada a tu tía favorita? - Se sentó al lado izquierdo de Alicia, en espera de una respuesta. Se congratuló cuando el rostro pecoso de la niña se alzó y se lanzó sobre ella, plantando dos besos húmedos en las mejillas.

- Eh, eh, Alicia, por estar aquí tu tía, no te vas a librar de ésta. - advirtió Ana.

Teresa y su sobrina se separaron y la miraron, de pie con los brazos cruzados.

- ¡Mamá, lo siento! ¡No sabía que tenías reunión! - Alicia exclamó arrepentida y al mismo tiempo indignada. - No me lo había avisado.

- ¿Cómo te iban a avisar si no les has dado tiempo? ¿Qué te tengo dicho cuando vienes aquí? - dijo con un tono que no permitía ninguna réplica.

- Entrar, saludar, andar y preguntar a Marifé si podía entrar. Si se podía, entro. Si no, espero afuera. - recitó cansinamente.

- Eso es, ¿y por qué no lo has hecho hoy? - inquirió, sin alterar su posición amenazante.

- ¡Ah! - gritó con alegría, olvidándose inmediatamente de la razón de enfado de su madre. - ¡Me había olvidado, mamá! Hay un motivo para todo, es lo que me dices siempre. - dijo recuperando su voz cantarina a la vez que se removía excitada en su asiento.

- No me vengas con estas excusas, Alicia. - resopló, poniendo los ojos en blanco.

- ¡Mamá! Quiero ver la película que echan en el cine. ¡Mamá, he visto que echan otra vez nuestra película favorita! Por esto, he venido tan rápido. - explicó ansiosa.

- Ya sabes que no me gusta que te inventes cosas. Me enfado de verdad cuando lo haces.

- No, espera. Digo la verdad. - Hurgó en el bolsillo de su abrigo. Lo sacó y lo tendió a su madre. - ¡Aquí lo dice! No me lo he inventado nada, ¿lo ves? - dijo triunfalmente.

Teresa observó que los ojos de Ana se engrandecieron, con las manos sujetando con fuerza el folleto. La reacción extraña de la tan habitualmente imperturbable gerente picó la curiosidad de Teresa, quien no pudo evitar de preguntar.

- ¿Qué película es?

Se arrepintió de inmediato cuando Alicia contestó toda feliz.

- ¡El Mago de Oz!

Instintivamente su cabeza volteó, clavando la mirada en la figura de Ana. Ésta la miraba ceñuda como si estuviera masticando el papel de aluminio. La madre de Alicia se giró de pronto y encaminó hacia la mesa dándoles la espalda. Arrugó el folleto y lo lanzó en la mesa.

- ¡Mamá, debemos ir hoy! - insistió. - Papá solía venir conmigo a verla.

- No puedo. Hay mucho trabajo. Otro día iremos a verla. - se excusó sin emoción Ana, todavía con la espalda a la vista.

- ¡Siempre el trabajo! - explotó rabiosa. - Antes venías con nosotros ¡pero ya no lo haces! ¡Ya no me quieres! - lloriqueó con los brazos cruzados.

Por fin Ana se giró con la cara ceniza, mirando con perplejidad a su hija.

Era una escena desagradable para Teresa. No le gustaba ver a Alicia tan disgustada consigo misma, por lo que intervino.

- Cariño, no digas estas cosas. Mamá te quiere un montón. - trató de apaciguar los ánimos revueltos. Acarició el cabello de su sobrina quien se zafó de ella con una manaza.

- ¡Déjame!

Casi pegó un brinco cuando una mano agarró la suya. Pertenecía a Ana que acababa de sentarse al otro lado de Alicia. Sin palabras, Ana posó su mano sobre el cabello de Alicia, el mismo lugar que la había zafado. La soltó sin molestarse a mirarla, con la vista puesta sobre su hija en todo momento. Teresa estaba demasiado sorprendida que no podía inmutarse. Su mente estaba absorta en el rostro grave de Ana, quien se mantuvo silenciosa un largo minuto antes de pronunciar.

- Sí, te quiero muchísimo. Eres lo que más quiero en el mundo. Y también te adora tu tía. - Ana susurró con una voz gentil que surtió efecto en la niña, cuyo semblante dio paso a tristeza y adoración al mismo tiempo.

A Teresa le rompió el corazón cuando Alicia hundió su rostro en el torso de su madre, abrazándola con toda la fuerza como si temiera perderla. Ana le devolvió el abrazo con las mismas ganas. Perdidas en su mundo excepto una mano de Teresa acariciando el cabello de su sobrina. Las contemplaba embelesada. Con excepción de los ojos y el color del cabello, Ana y Alicia eran sumamente parecidas. Apasionadas, carismáticas, explosivas, gentiles, generosas. Le recordó la promesa que hizo a su madre sobre hacer progresos en la relación con Ana.

- Alicia, si quieres, puedo ir contigo. Tu madre irá contigo en cuanto tenga un día libre. - Sugirió.

- Me parece justo. Vete con tu tía, cariño. Te lo recompensaré. - prometió Ana, cuyos ojos se abrieron y sonrieron a modo de agradecimiento.

Alicia se removió antes de separarse del torso de su madre y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.

- Vale. - asintió débilmente.

- Cariño, créeme cuando te digo que si pudiera iría contigo. Pero no puedo.

- Supongo. - Alicia se encogió de hombros.

Los rasgos faciales de Ana se torcieron, sabiendo muy bien que su hija no la creía del todo. Teresa se compadeció de ellas, decidiendo que era el momento de romper el hielo.

- ¡Venga! ¿A qué hora comienza la película? - habló con más excitación de lo que sentía. - Tengo ganas de verla. Aún no la he visto.

En este instante, se percató de la cercanía de las Rivas, en especial, de la mayor. Parecía como si la proximidad hubiera doblado sus sentidos, haciéndola más atenta a lo que ocurría a su alrededor. Teresa casi se sobresaltó al caer en la cuenta de que un minuto atrás se produjo el primer gesto físico entre ellas desde el reencuentro inesperado en la Villa Fortuna. Cuando Ana había agarrado su mano. No entendía por qué esa revelación le causaba tanta turbación.

Teresa apartó la mirada y se puso a alisar la falda. Era su tic nervioso.

- ¿De veras no la has visto nunca? ¡No puede ser! Si todos la han visto. Es la mejor película.- exclamó Alicia, algo más animada.

Giró la cara para sonreír a su sobrina. Hacerlo era una gran mala idea. Porque hacerlo sólo consiguió que su propia mirada se resbalara también sobre Ana, casi pegada a su hija. Leyó la sorpresa sincera en el semblante de Ana. Fue cuando con horror se cercioró de su error.

Había dejado al descubierto su secreto: que a lo largo de los años nunca había visto la película pese a tener esas entradas...

Su mente trabajó a marchas forzadas.

- Eh, sí, bueno, tu tío no es muy del cine. - mintió atropelladamente. Supo por la mirada de Ana que no lo tragaba, pero ésta no dijo nada.

- ¡No te preocupes por esto! Siempre podemos ir al cine cuando queramos. Ah, la película empieza a las cinco de la tarde. - recordó una entusiasta Alicia.

- Eh... ¿A las cinco de la tarde? - repitió, con voz baja.

Era una pésima hora, dado que se encontraba dentro del horario laboral. Creía que la echaban más tarde. Ana pareció darse cuenta de su apuro.

- No se preocupe, doña Teresa. Le concedo la tarde libre. - dijo con una sonrisa para sorpresa mayúscula de Teresa.

Una semana atrás, cumpliendo la promesa que hizo a su madre, Teresa decidió dar el primer paso que era reducir el grado de formalismo entre ellas. Así que un buen día, en el pasillo, la saludó llamando doña Ana en vez de doña Rivas. Le produjo un cierto morbo sádico ver la cara de asombro total de la gerente. Como era de esperar, la primera reacción de Ana fue desconfiarse de ella otorgándole el tratamiento habitual. Pero Teresa no se rindió, por lo que unas horas más tarde, volvió a dirigirse a ella como doña Ana. Una vez recuperada de la sorpresa, la gerente pareció entender al fin sus propósitos. Así fue como accedió a llamarla doña Teresa. En esa ocasión era ella la sorprendida, ya que creyó que sus resultados tardarían en llegar. Pero no podía quejarse. Era su trato no verbal.

Pero desafortunadamente en un entorno tan pequeño como en el de los Almacenes Rivas no podían librarse de convertirse en la favorita habladuría de los pasillos. Enseguida todos notaron el ligero pero crucial cambio en el trato entre ellas, aunque no les comentaron nada acerca de ello.

Salvo Héctor.

Como era de imaginar, su esposo no se lo tomó nada bien. Nada más llegar a casa, su esposo exigió conocer la razón del cambio. Teresa le explicó que lo hizo por el bien de Alicia tras una pequeña reflexión. Pero acabaron en una fea discusión que comportó que Héctor acabara durmiendo en el sofá del salón para disgusto de sus padres. El día siguiente, no pudiendo soportar más el mal humor, hicieron las paces, sucumbiéndose en una noche de pasión.

- Gracias, doña Ana. - agradeció de corazón.

Aún así, percibió que no todo estaba en su lugar. Estudió el rostro de su sobrina. Notó una ligera decepción. Ana también se percató de ello.

- ¿Qué te pasa, cariño? - preguntó, preocupada por su hija. De súbito, Alicia se puso de pie y habló refunfuñada.

- Nada. Mis amigas dicen que los jefes pueden permitirse tardes libres si quieren.

Nada más acabar la frase hiriente, corrió rápidamente antes de que su madre pudiera detenerla. El momento mágico que unos minutos atrás habían experimentado la madre y la hija se esfumó, quedando hecho añicos, con Teresa como testigo.

- Espera, ¿adónde vas? - Su madre inquirió, medio alarmada y medio arrepentida.

- A Los Asturianos. - La niña contestó, enfurruñada, sin darse la vuelta. Dicho esto, salió del despacho.

Ana exhaló un largo suspiro cargado de tristeza y agotamiento. Apoyó el codo en la rodilla mientras una mano frotaba sin cesar la frente, en un intento de aclarar la mente. Teresa sintió pena por la que una vez fue su amiga. En un principio, titubeó sin saber qué hacer para consolarla. Era la primera vez que se encontraban a solas en un momento bastante privado. Y aún lo era más sin Alicia en medio, que solía ser una eficaz barrera emocional entre ellas. Alargó la mano con la intención de posarla en el hombro de Ana pero cambió de parecer, apartándola.

- Alicia no lo dice en serio. Sólo está enfadada. Es normal. - Trató de quitar hierro al asunto.

- No sé qué hacer con ella. No puedo más. - confesó abatida.

La sinceridad de Ana le causó estupor. Jamás había imaginado que llegarían hasta este punto, vistas las circunstancias. Aunque sabía que no era la ocasión adecuada para sacarse conclusiones. En ese instante, Ana necesitaba una oreja.

- Créase o no, está haciendo un trabajo maravilloso con su hija. Alicia es muy querida por todos.

- ¡Ja! - Alzó la cabeza y la miró perpleja. A continuación esbozó una sonrisa sarcástica. - Sí, estoy haciendo un trabajo espléndido. No sé si la ha oído. Acaba de decir que soy una mala madre. Y creo que tiene razón. - Se levantó antes de que Teresa pudiera rebatirla, andando en círculos.

- No comparto su opinión. Sé que no es nada fácil tener un cargo como el que tiene. Soporta demasiada responsabilidad. Y más para una madre. Pero creo que está haciendo un buen trabajo. - alegó con convicción.

Los pasos de Ana se interrumpieron para lanzarle una mirada llena de escepticismo.

- Perdona si no la creo. No sé qué se trae entre las manos. De repente quiere ser amable conmigo. Primero llamándome doña Ana. Y ahora, me está diciendo que soy una buena madre. Que yo sepa, nunca hemos sido amigas. - concluyó con dureza.

Teresa no podía dar crédito a sus oídos. La sangre le empezaba a hervir. Por respeto a su madre, estaba haciendo grandes esfuerzos para acercarse a la madre de Alicia. Por el bien de su sobrina. "¿Qué te crees, Ana? ¿Que estoy aquí para besar tus zapatos?" pensó enfurecida. No estaba dispuesta a que la rebajaran así. Así que se disponía a atacarla. Pero una vocecilla en el fondo de su mente la hizo recordar de su promesa que hizo a su madre, recordando el discurso fervoroso a favor de Ana. "¡Maldita, maldita seas, madre! Sólo esta vez lo dejaré pasar pero sólo esta vez." Cerró los ojos e hizo ejercicios de respiración, tratando de calmar la ira. Los abrió y miró a una Ana con los brazos cruzados, mirándola desafiante.

- ¿Sabe qué? No he venido para que me insulte. Lo dejaré pasar porque sé que está teniendo un mal día.- En su fuero interior resonaban los tambores cuando vio la confusión dibujándose en el rostro de Ana, quien claramente esperaba cualquier ataque menos esto. Prosiguió con la barbilla alzada.- Pero quisiera recordarle que no permitiré que pase usted por encima de mí como lo hacéis con Héctor. Si quiere una pizca de la verdad, pues bien, ahí va la mía. Pues sí, dudo que esté haciendo un buen trabajo con Alicia. Más de una vez lamenta que usted no tenga tiempo para ella. Se cree sinceramente que no la quiere. Así que, aunque no lo merezca, le daré un consejo: trate de recuperar la relación con Alicia si no quiere perderla. Llevándola al menos un día a la semana de paseo, de compras o lo que sea. Los niños son maravillosos porque se conforman con tan poco para ser felices. Y sí, no somos amigas, pero al menos yo – enfatizó con rabia esta palabra con el dedo señalándose a sí misma. - estoy siendo una buena tía. Bien, ya he hablado demasiado. Con su permiso, voy a acabar las tareas para poder ir con Alicia esta tarde. Que pase una buena tarde... doña Rivas. - Al acabar, se levantó, cogió la libreta y salió del despacho sin mirar atrás.

De camino a su oficina, sintió una pequeña punzada de culpabilidad. Cuando la llamó doña Rivas, no le pasó desapercibida la mirada de dolor que cruzó el rostro de Ana. De inmediato ahogó el sentimiento de culpabilidad considerando que la niñata se lo merecía. "¡Por su culpa, por su culpa, madre! ¡Ya sabía yo que es una locura tratar de llevarme bien con ella! ¡Es tan... irritable, sí, ésa es la palabra!". De inmediato una imagen de Alicia triste se formó en su mente. No le toleraba verla tan decepcionada y disgustada por la falta de tiempo de su madre debido al volumen de faena. "Mierda, mierda." Se rindió sabiendo que, pese a todo, la ayudaría a recuperar la relación con Ana. Se prometió que esta tarde sería memorable para Alicia. Y además, irían a ver la película que siempre había querido ver.

El Maravilloso Mago de Oz. - pensó con una sonrisa forzada. No sabía por qué estas palabras le producían tanta desazón.


¡Tía! ¡Aquí estamos! - Una excitada Alicia le tiraba de la manga.

- Eh, eh, ten piedad de mí. - rió entre dientes. - El cine no se va a mover de aquí. - Cogió el brazo de la niña y lo acarició en un intento de calmar la excitación. Pero Alicia estaba fuera de control, con la cabeza vuelta hacia la taquilla.

- Mira, ahí está la taquilla. Corre, que empieza dentro de nada. ¡Venga!

- Sí, tienes razón, sólo faltan cinco minutos. - Concluyó al ver la hora de su reloj. - Pero hay tiempo, porque no hay mucha cola. - Tras ellas, había una docena de personas, en su mayoría, críos.

- ¡Ya! pero tenemos que hacer también cola para comprar refrescos. - la sabihonda la recordó.

- Eh, ¿quién dijo de comprarte refrescos? - la miró ceñuda aunque una sonrisa la delataba.

- Eres mi tía favorita. - Respondió sin mirarla, concentrada en contar el número de las personas que habían delante de ellas. Sus piernas movían incesantemente, como si creyera que eso por arte de magia lograría reducir la cola.

- ¿Ah, por esto, debo permitirte todos los caprichos? - fingió sentirse aturdida por el descaro de su sobrina.

- Es tu trabajo. - Esta vez su sobrina la miraba a los ojos, con una sonrisa amplía. Si no fuera por sus ojos suspicaces, creería que era la inocencia que hablaba.

- Ya lo veo, y me está costando dinero. - simuló ser herida por la falta de tacto.

- Y muchos besos, te lo aseguro. Ahí va uno. - Alicia plantó un beso sonoro en la mejilla de Teresa.

- Bueno, bueno, bueno, veo que es un trabajo bien recompensado. - Contestó entre risas. Le devolvió el beso. - Ah, mira, ya estamos aquí. - Eran las siguientes, a punto de ser atendidas. - Cariño, puedes irte adentro en la cola. Me uno enseguida contigo.

- ¡Vale! - Alicia no perdió ni un segundo, corriendo. Incluso consiguió adelantar a un par de personas para situarse en la cola, lo cual hizo enrabiar a un crío para desesperación de su padre.

Teresa ladeó la cabeza, con un suspiro. Su sobrina era una incorregible. Hacía tanto tiempo que no iba al cine. Mejor dicho, años. Al contrario de lo que había dicho en el despacho de la gerencia, a su esposo no le disgustaba el cine. Sencillamente ambos estaban tan enfrascados en la rutina cómoda que se olvidaban de los pequeños placeres de la vida.

Tras comprar dos entradas, se unió a Alicia que guardaba excitada su sitio. Se fijó en un gran cartel, anunciando que ese día se daba el último pase de la película. Al parecer, "El mago de Oz" aún despertaba la atención de los críos pese a ser emitida desde hacía diez años. Debía ser una película magnífica, opinó. Incluso las hijas de la Manolita hablaban sin parar de la película en cuanto la vieron por primera vez.

Por un lado, sentía una enorme curiosidad ver la versión cinematográfica del libro que le "reveló" su destino. Pero, por otro, estaba bastante molesta sin entender del todo el porqué. Pese al entusiasmo contagioso de su sobrina, su alma sentía una pesadez. Probablemente era porque quisiera disfrutar el cine con su hijo o hija que nunca llegó a nacer. Se aclaró la mente, decidiendo que no era el momento para lamentarse. Prefirió canalizar todas sus energías a su sobrina, haciéndola feliz.

Compró dos refrescos y una bolsa de palomitas. Al recoger el pedido, Alicia la arrastró hasta donde se plantaba un acomodador. Era joven, apuesto y afable. Le tendió las entradas y éste les guió hasta los asientos. Una vez sentadas, se apagaron las luces, sonando la banda sonora de la película.

La sala estaba media repleta. Teresa sonrió cuando un padre intentó quitar sin éxito el abrigo de su hija, cuyos ojos estaban totalmente pegados en la gran pantalla. La niña que debía rondar cinco años sólo abrió la boca para quejarse de que su padre estaba invadiendo su campo de visión. El pobre hombre se rindió, decidiendo dejarla con el abrigo puesto.

"Es tal como lo haría Héctor." Se sobresaltó cuando el pensamiento salió de la nada. Se inundó de tristeza al tener la certeza de que era la única culpable de que no hubieran críos en su casa. Hasta Héctor la animó a adoptar. Alegaba que no estaba preparada. Pero sabía que el tiempo de excusas tenía fecha de caducidad. Miró a su lado y sonrió por lo que veía. Alicia seguía el mismo rito que practicaban los niños en el cine. Sentada, con todos los sentidos volcados en la gran pantalla. Excepto una mano que movía como una autómata, cogiendo y metiendo en la boca las palomitas apetitosas. Supo que no tenía que preocuparse por ella, excepto disfrutar la película. Dejó los abrigos pesados en el asiento vacío del lado y se acomodó en el asiento.

De pronto, una luz de la linterna las deslumbraba, arrebatando la concentración a Alicia. La niña gruñó molesta por la interrupción. A Teresa tampoco no le causó ninguna gracia. Algunos tenían la detestable costumbre de llegar una vez comenzada la película, provocando unas cuantas molestias innecesarias. Observó que el acomodador cruzaba la fila de asientos donde se sentaban ellas. Pero sus ojos no podían ver nada debido al irritable deslumbramiento. No se salía del asombro cuando oyó una voz familiar:

- Muchas gracias y disculpas por las molestias.

- Descuida. Disfruta la película. - dijo el acomodador.

- Lo haré.

El acomodador apagó la linterna y se giró, permitiendo por primera vez la vista completa de la persona recién llegada a Teresa y a Alicia. Los ojos de su sobrina casi se salían de las órbitas y su sonrisa parecía salir de la cara.

- ¡Mamá! ¡Estás aquí! - saltó del asiento y se lanzó sobre Ana, ignorando las protestas de los espectadores.

- Sí, cariño. Estoy aquí. Pero por favor, no vayamos a molestarlos. - dijo en susurros. - Deja que antes me quite el abrigo.

La cabeza de Alicia movía frenéticamente arriba y abajo, apartándose de su madre. Ana se quitó el abrigo y el gorro. Los dejó en el asiento del lado. Ambas se sentaron y Alicia se aferró al brazo de su madre como si temiera que su llegada sólo fuera un sueño. Teresa nunca las había visto tan sonrientes y tan felices. No podía evitar de contagiarse por la felicidad de su sobrina.

- Hola. - Ana se inclinó para saludarla. Su respiración se cortó cuando apreció el fulgor en los ojos avellanas de Ana. Y una sonrisa increíblemente dulce en la boca sensual.

- Hola. - Teresa balbuceó antes de girar la cabeza hacia la pantalla mientras sujetaba incómoda los refrescos y la bolsa de palomitas que había dejado olvidados su sobrina.

De improviso, una mano infantil cogió su brazo y lo arrastró hasta su estómago. Sonrió por el gesto afectuoso de Alicia. Giró la cabeza y se fijó en las manos entrelazadas. Inconscientemente la vista se alargó hasta la mano de Ana que estaban a unos centímetros de las suyas. Delgadas, finas, elegantes, suaves. Sacudió la cabeza, incómoda por las sensaciones. Lo achacó al agotamiento.

Pasó el resto de la sesión, completamente maravillada con la magia que desprendía la película. La música era fantástica. Los personajes eran tan risueños, dulces, amables. Tales como los recordaba en la lectura aunque no pudo evitar de apreciar algunas diferencias pequeñas. En la versión cinematográfica, los zapatos mágicos de Dorothy eran rojos en lugar de plateados. Le apenó que la película se acabara, ya que debía regresar a la realidad, gris y dura, como la Kansas de Dorothy.

Cuando estuvieron fuera del cine, las tres conversaban animadamente:

- ¿Te ha gustado? - preguntó Ana, sonriente.

- Sí, y más que hayas venido. - contestó, dando saltitos. - ¿Por qué has venido? ¿No tenías mucho trabajo? - interrogó muerta de curiosidad.

- Bueno, digamos que no tenía ganas de pasar la tarde trabajando cuando tenía la gran oportunidad de divertirme contigo...y con tu tía, claro. - por un momento, Ana miró con complicidad a Teresa, quien a su vez sonrió. Continuó. - Además, me lo he ganado, ¿no te parece?

- ¡Sí, te lo has ganado! Mamá, te echaba tanto de menos. - confesó, mientras abrazaba a su madre.

- Yo también, yo también. Otra cosa. Nunca, nunca, nunca pienses que no te quiero. Porque no es la verdad. Siempre serás mi niña. - aseguró con ímpetu.

- Vale, mamá. También te quiero.

Teresa sintió un gran alivio al ver que su sobrina estaba tremendamente feliz con su madre, recuperando la excelente sintonía entre ellas.

- ¡Tía! ¿Te ha gustado la película? - casi se espantó por la pregunta repentina de su sobrina.

- Sí, cariño. Me ha encantado. - contestó, mientras revolteaba el cabello. Se espantó cuando oyó lo siguiente, procedente de Ana.

- Me alegro.

Intercambiaron una mirada incómoda y cargada de tensión. "¡Cuán ironía! La misma persona por la cual te perdiste la primera ocasión de ver la película y con la cual acabarías viéndola casi quince años después.", la atacó sin piedad la vocecilla, que no hacía más que aumentar el desasosiego desde que su sobrina anunció el nombre del largometraje.

- Demos un paseo. - propuso Ana, que parecía haberse dado cuenta de la incomodidad que su hija había creado involuntariamente.

Teresa, enormemente aliviada por el cambio de tema, aceptó el plan.

Las tres caminaron juntas en silencio durante un cuarto de hora. De súbito, el rostro de Alicia se iluminó y, sin previo aviso, se echó a correr.

- Eh, ¿adónde vas? - gritó Ana, ligeramente exasperada.

- ¡Venid, venid! - llamó Alicia, sin aflojar la velocidad.

- Ahora vamos.- dijo Teresa, con la mano sacudiendo, a punto de seguir los pasos de su sobrina. Pero una mano enguantada agarró su brazo impidiendo el paso. Se detuvo, mirando confusa a Ana.

- Espera un momento, por favor. - pidió Ana, soltando el brazo. - Sólo quería decir que gracias por todo. - dijo con seriedad.

- Pero si no he hecho nada... - objetó.

- Todo lo contrario, me ha hecho dar cuenta que tiene razón. - explicó con cierto nerviosismo, evitando a toda costa de mirarla a la cara. -Me ha hecho abrir los ojos. No he estado mucho por ella. ¿Sabe? En Nueva York, compartíamos todas las actividades pero desde que estamos aquí, he descuidado mucho las atenciones de Alicia. Olvidando que, pese a tener once años, me sigue necesitando. Debo decir también que ha hecho un trabajo maravilloso con ella como tía. Muchas gracias por todo lo que ha hecho por ella. - acabó con una sonrisa tímida.

Teresa estaba sin habla. Sabía que su discurso era en cierta manera culpable del cambio de planes de la gerente pero no creía que pudiera dar un giro en la la situación entre ellas. Sintió que tras las palabras amables, se escondía un "son de paz".

- Eh... La verdad, el mérito es de Alicia. Es muy sencillo hacer de tía porque Alicia me facilita mucho las cosas. Es una niña adorable.- casi balbuceaba, sintiendo que el nerviosismo también le contagiaba.

- Lo es. - afirmó, sin poder disimular el orgullo.

- ¡Mamá, tía! ¡Venid! - gritó, de lejos, Alicia exasperada.

- Debemos irnos antes de que arme un escándalo. - sugirió Ana entre risas. Teresa asintió con la cabeza.

Cuando llegaron, observaron que era una pastelería. Estallaron a carcajadas cuando vieron a Alicia pegada al escaparate contemplando los exquisitos bollos de chocolate. Babeando.

Ana se agachó hasta situarse a la altura de la cara de su hija, que parecía haber perdido por completo el sentido del espacio y del tiempo.

- ¿Alicia? ¿Qué desea mi niña? - preguntó.

Pero la respuesta nunca llegó. Ana alzó la vista y miró algo asombrada a Teresa, con la risa contenida. La mujer morena se limitó a asentir con la cabeza, no sin una sonrisa amplía. El mensaje de Teresa, pese a no hablar en voz alta, era: "Sí, nuestra niña está en otro mundo, donde come junto con Hansen y Gratel una casa de chocolate." Vio a Ana acercarse más cerca a Alicia como si hubiera oído algo. Teresa decidió imitarla, agachándose al otro lado. Oyó a Alicia murmurarse en voz tan baja, tan lejana:

- No sé por dónde empezar.

Se miraron de nuevo, con Alicia ensimismada en su mundo. Se rieron. Cuando Ana recuperó la compostura, habló gentilmente con una mano sujetando el hombro de su hija, sacudiéndolo ligeramente.

- Uy, es muy grave. Pero, Alicia, no te preocupes, te ayudaremos a escoger lo más delicioso que vas a probar en tu vida, ¿vale?

El comentario de Ana logró traer a Alicia de nuevo a la realidad. Sólo para descubrir que su sueño se cumpliría. De un modo tan delicioso.

- ¡Sí! - Vitoreó, rodeando el cuerpo de su madre. Entró deprisa en la pastelería. Sin darles tiempo a reaccionarse.

- ¡Uau! ¡Qué rápida ha sido! - soltó una Teresa sorprendida.

- Vaya, sí lo es. - asintió. - En fin, me parece que no nos queda otro remedio que entrar si no queremos que Alicia deje sin pasteles a media ciudad.

- Eso sería terrible. Tener media ciudad furiosa por falta de dosis de azúcar no es nada agradable. - fingió ponerse seria.

Rieron a carcajadas. Entraron en "La Mallorquina", una cafetería-pastelería fundada en 1894. Era considerada como la más popular en la ciudad no sólo por su ubicación en plena Puerta del Sol sino también por su exquisita variedad repostera.

Tardaron media hora en salir dada la gran afluencia en la cafetería-pastelería.

- ¡Qué agobio! - bufó Teresa, dando un largo suspiro de alivio al notar el aire fresco.

- ¡Parecía que no se acababa nunca la cola! - protestó Ana, secándose la frente de sudor, pese al frío gélido que le azotaba en plena cara.

Mientras tanto, Alicia se zampaba una napolitana de chocolate.

- ¡Mamá, dame otra! - exigió la niña, todavía con la boca llena.

- ¡No! - Ana negó rotundamente a la vez aferraba la bolsa de los bollos lejos de las manos de su hija. - Y no te quejes, porque ya sabes que a estas horas normalmente no te dejaría comerlo. Es tarde para merendar.

No queriendo perder la promesa de comer la segunda delicia, Alicia puso la cara triste. Teresa rió para adentros. Pero Ana, muy conocedora de su hija, no cayó en el ardid.

- No, no te hagas la loca. Que te tengo calada. Y no debes comerlo porque te va a hacer daño el estómago.

Alicia, refunfuñada, cruzó los brazos, junto con una larga mirada de desafío.

- No me mires así. Además, tengo una propuesta. - Ana anunció junto con una sonrisa.

- ¡Dime! - Alicia soltó ansiosa, con el enfado ya olvidado.

- No, antes límpiate la boca. - Alargó el pañuelo a su hija que tenía las comisuras llenas de chocolate. Obediente, Alicia se limpió y le devolvió el pañuelo.

- Ahora mejor. ¿Qué estaba diciendo? - Dijo mientras se frotaba la barbilla, haciéndose la olvidadiza.

- ¡Mamá! ¡Cuéntame el plan! - Gruñó.

La paciencia no era precisamente la gran virtud de Alicia. "Todo lo contrario que Ana", pensó Teresa. Sacudió la cabeza, espantada por el curso espontáneo de los pensamientos que durante los últimos días parecían haber cogido la afición de atacarla. Probablemente se debía a la añoranza de la amistad perdida. "Sí, debe ser esto." Sentenció antes de poner nuevamente la atención sobre Ana.

- ¡Ah sí! Ahora lo recuerdo. ¿A qué te parece lo siguiente? - Se hizo una pausa para desesperación de su hija. - Como que aún no ha acabado el día, ¿qué te parece si acabamos a lo grande el día cenando una bocata en un lugar que conozco? Solía ir a menudo cuando era más joven. ¿Te apuntas?

- ¡Síiiii!- Gritó que hizo ganar miradas de desaprobación de los transeúntes que pasaban a su lado.

- ¡No grites! - reprobó, pese a la sonrisa de placer que le delataba ver a su hija tan excitada.

- ¡Perdona! Y lo quiero de tortilla de patatas. - habló apresuradamente, con los ojos brillantes.

- Lo tendrás. - aseguró.

- ¡Dios mío! - exclamó Teresa al ver el reloj. - Es tarde. - Eran las ocho horas de la noche. - Debo irme ya. Seguro que estarán preguntándose por mi tardanza.

Lo peor de todo era que era tarde para coger transporte público. Miró por los dos costados buscando una cafetería que no estuviera tan atiborrada para poder telefonear a fin de pedir un taxi.

- Eh... Tere... doña Teresa... - Giró la cabeza cuando oyó la voz titubeante de Ana. A Teresa no le pasó desapercibido el ligero lapsus de la gerente. Pero no dijo nada.

- ¿Sí? - La miró expectante.

- Si le apetece cenar con nosotras... El lugar del que hablo es muy acogedor y sencillo. Hacen unos bocadillos riquísimos... - sugirió.- Sólo si le apetece, repito. No se sienta obligada, desde luego. - añadió rápidamente.

Las cejas de Teresa arqueaban al notar el evidente nerviosismo en la voz habitualmente segura de Ana. No sabía porqué por un lado le aterraba verla cercana y por otro le resultaba al mismo tiempo encantador verla insegura. Sentía que se estaba formando un lío. "Realmente estoy cansada. Ha sido un largo día. Y muy emocional." Sólo para añadir en su mente una conclusión inquietante. "Echas de menos una familia. Inconscientemente te estás imaginando lo que sería tener un hijo con quien ir al cine junto con Héctor."

- No sé. Me esperan. - soltó, exhausta por el frenesí de los pensamientos espontáneos que no parecía tener bajo control.

- Por supuesto.- Ana contestó con brusquedad. Teresa creyó oír una ligera decepción en el tono de voz de Ana, pero sólo era mera ilusión cuando Ana añadió lo siguiente con efusividad aparentemente sincera. - ¡No hay nada mejor que estar en casa!¡Y más en grata compañía!

- Sí, supongo. - No sabía por qué le molestaba el comentario de Ana. - Bueno... - Se disponía a despedir pero Alicia lo impidió.

- ¡No! Te recuerdo que tu trabajo como tía no se ha acabado. - protestó mientras ponía ojos de corderito. - Ven a cenar con nosotras. - insistió.

- ¡No seas acaparadora, Alicia! Déjala, tiene sus obligaciones. - replicó Ana.

Teresa miró largamente a las Rivas discutiendo acaloradamente. Exhaló un largo suspiro, sabiendo que era totalmente inútil sopesar las opciones... cuando con Alicia en medio siempre perdía las batallas. "Héctor y sus padres estarán bien unas horas más sin mí.", pensó.

- Vale, ceno con vosotras. - Respondió al fin, observando con satisfacción oculta el rostro perplejo de Ana, quien abría la boca para cerrarla bruscamente. - Pero antes debo telefonear para avisarlos. - añadió sin darle el gusto de reaccionarse.

Hizo el ademán de irse al lugar que había visto de lejos y que parecía ser una posada. Probablemente ahí tenían un teléfono.

- ¡No! No es necesario. - Ana habló más alto de lo normal, casi espantándola. Al darse cuenta de su tono, se aserenó. - Quiero decir que no está lejos adonde vamos a cenar. Ahí mismo puede llamar si quiere. Serán unos veinte minutos. Además, Dionisio vendrá a recogernos en cuanto acabemos de cenar.

Teresa estudió la sugerencia de Ana. Consideró que era mejor dado que no le apetecía ni lo mínimo volver a un lugar tan atiborrado y tan asfixiante.

- De acuerdo. - Aceptó con una pequeña sonrisa que se ensanchó cuando contempló los rostros ansiosos de las Rivas por la perspectiva de continuar la aventura.

Había transcurrido una hora cuando acabaron de cenar. Comieron un bocadillo. Ana tenía razón. No sólo los bocadillos sabían al paraíso, sino el lugar llamado 'Paladar' era un tanto acogedor. Era pequeño e íntimo. Era repleto de gente pero sin ese ambiente asfixiante que caracterizaba a la mayoría de las posadas a esas horas.

Se giró cuando de pronto recibió una humareda de tabaco, que le hizo picar los ojos. Frunció el ceño al ver que Ana era quien daba caladas. Era extraño. A su regreso a Madrid, nunca la había visto fumar hasta entonces, ni siquiera en su propio despacho.

Como si notara que estaba siendo observada, Ana giró y la miró. De súbito, el placer que se leía en el rostro refinado de Ana se borró, dando paso a la culpabilidad.

- Perdona. - Se disculpó mientras apagaba el pitillo en el cenicero. - No suelo fumar. Desde que me quedé embarazada de Alicia, dejé de fumar. Más por insistencia de Pedro que por mí misma. - Explicó con aire ausente, con la vista aún clavada en el cenicero. - Aprovechando que Alicia está en el cuarto de aseo, no pude resistirme a hacer unas caladas.

Esa faceta de Ana la molestaba sobremanera. Jamás había conocido a alguien sumamente capaz de tornarse tan ausente y fría mientras explicaba intimidades domésticas. Cuanto más íntima se volvía, más distante la sentía y más difícil le resultaba alcanzarla.

- Por mí no se preocupe. Simplemente estaba sorprendida porque no le había visto hasta ahora fumar. Si le soy franca, me he vuelto inmune al desagradable hábito de fumar. En especial, por Héctor. - Argumentó con la misma frialdad.

- Doña Teresa. - La seriedad en la voz de Ana la hizo levantar el rostro, mirándola en plena cara, curiosa por lo que quería decir y, al mismo tiempo, atenta a los posibles ataques verbales. - Acaba de entrar en la zona protegida de humos.

- ¿Có...mo? - Balbuceó, sin entender del todo.

- Es decir, que procuraré no molestarla con mis "humos". - Teresa, aún confundida, la miraba con los ojos casi fuera de la órbita, dándole a entender que Ana estaba perdiendo el juicio. De pronto, la expresión de Ana cambió. - ¡Que es broma, mujer! Es un mal chiste, lo sé. - Soltó junto una risita. - No, ahora en serio, procuraré no caerme en la tentación delante de usted. - Dijo sin perder la sonrisa, al mismo tiempo que señalaba su pitillera dorada.

Teresa tardó en comprender el mensaje. Cuando lo entendió finalmente, su rostro se tornó ruborizado. Por dos razones. Se alarmó cuando una de esas razones con las que estaba disertando consigo misma acababa de ser pronunciada en voz alta por una voz desconocida que salió de la nada.

- ¡Ver para creer! Sigues siendo la misma serpiente cautivadora. Lo peor es no caerte en las tentaciones sino que los demás caigan en tus tentaciones. Cuidadín con el doble sentido, mi querida Ana.

Esa voz pronto se cobró en forma de una mujer robusta que rondaba la cuarentena, cuyo aspecto era imposible de no dejar indiferente a nadie. Lo más destacado era su lunar que lucía en el pómulo derecho. Se vestía con un vestido rojo llamativo. Su rostro estaba demasiado maquillado para gusto de Teresa.

- ¡Diana! Nunca cambiarás. - Ana exclamó, levantándose del asiento para fundir a la mujer recién llegada en un abrazo cargado de afecto. - No me lo puedo creer. ¡Estás aquí! Te hacía estar en Barcelona, al servicio de los personajes ilustres.

- Uy, eso te lo habrá contado Rosa. Mira que te tengo dicho muchas veces que no la hagas caso. Es una exagerada. Pero, bueno, mi niña, déjame verte. - Diana obligó a Ana voltearse sobre los talones.

Teresa no pudo evitar de admirar el cuerpo esbelto de Ana. Por segunda vez, opinó que la edad sólo la hacía más atractiva. "No como yo", se miró a sí misma con disgusto. Pecho caído. Cabello encrespado. Muslos regordetes. Manos robustas. Caderas anchas. En un intento de apartar de su mente los pensamientos negativos, apartó la vista, sólo para encontrar la lujuria en los ojos vidriosos de los hombres que miraban sin disimulo la figura de Ana. Suspiró con fastidio.

- ¡Ays, qué envidia me das! ¡Estás más hermosa que nunca! Tenía la mínima esperanza de encontrarte más arrugá que una pasa. - se quejó Diana, cuyo brazo era ligeramente abofeteada por Ana.

- No me seas quejica. ¡Estás fantástica como siempre! - dijo con cariño sincero.

- Anita, me gustas porque eres tan diabólicamente adorable y sabes mentirme con tanta dulzura. Te lo perdono. ¡Cuéntame todo! Me contó Rosa que volviste hace poco.

- Sí. Ah, espera. - Ana se cortó como si se hubiera olvidado de algo. - Perdona, aún no os he presentado. - Miró a Teresa con expresión de arrepentimiento.

Teresa sacudió la cabeza, dándole a entender que se le perdonaba. Era perfectamente comprensible que se olvidara momentáneamente de ella cuando acababa de reencontrarse con alguien tan querido. Eso saltaba a la vista. "No como contigo", la recordó la vocecilla de su interior, intentando amargarle la noche. Ana carraspeó la garganta, consiguiendo su atención.

- Doña Teresa, ésta es mi vieja amiga Diana. - Teresa estrechó la mano robusta pero bien manicurada de la amiga de Ana. Vio una ligera sorpresa en la mirada felina de Diana. Probablemente, debía estar confusa como sus amigas, por el tratamiento un tanto formal entre dos cuñadas, y aún todavía más en un lugar privado como "Paladar". - Diana, ésta es doña Teresa, la esposa de Héctor y la tía de mi hija Alicia.

- Encantada de conocerla, doña. - Diana dijo con un toque de falsa amabilidad.

- El gusto es mío.

- Diana es la propietaria de este café. Aunque prefiere llamarlo "club". - explicó Ana.

- Sí, porque en realidad aquí se puede encontrar historias más sórdidas que las que oiría en un café. Sin decir que aquí suelen frecuentar los artistas más consagrados del momento. - habló con el pecho inflado de orgullo, no perdiendo tiempo a disimularlo.

- Y no exagera. - afirmó - Es así como la conocí cuando encontré este lugar con unos colegas. Tertulias. Sueños. Complots. Rebeliones. De aquí han salido algunos escritores de renombre. Se sorprendería tanto si supiera sus nombres.

- Sí, unos más hipócritas que otros. Entraron como idealistas y salieron como fascistas. De los peores. - añadió con ira.

- No entremos en este tema. - Ana suplicó. Desvió la atención cuando su hija salió del aseo. - ¡Mira! Aquí viene Alicia, mi hija.

- ¡Qué ricura! Te pareces tanto a tu madre. - Diana cogió entre las manos la cara asustada de Alicia, desprevenida por la familiaridad de la mujer desconocida.

Teresa se compadeció de su sobrina, que. debía estar abrumada (y temerosa) por el aspecto imponente de la mujer que parecía estar sacada de un cuadro surrealista. Un tanto pintoresca, robusta, de lengua afilada. Le parecía una mujer de oficio. Pero se guardó las opiniones para sí misma.

- Alicia, ésta es mi amiga a quien conocí desde hace muchos años. Además, ella es culpable del éxito de los bocatas que tanto te han gustado. - Ana explicó a Alicia, quien estaba inusualmente tímida.

- ¿Así que te han gustado los bocadillos? - preguntó toda sonriente. Alicia se limitó a asentir con la cabeza. - ¿De qué has comido?

- De tortilla de patatas. - contestó.

- ¡Excelente elección! Te diré un secreto. Es mi mejor especialidad, ¿sabes por qué? Está hecha con los mejores ingredientes del mundo que incluso los cocineros intentan descubrir la receta. Además, que una persona haya escogido tortilla de patatas entre varias opciones dice mucho. Que eres una persona inteligente y que sabes escoger lo acertado. Felicidades. Acabas de ser nombrada clienta especial. Es decir, estás siempre invitada. - explicó.

- ¡Gracias, señora! ¡Mamá! Debemos venir más veces. - Estaba visiblemente emocionada ante la perspectiva de comer siempre bocadillos ricos... y gratuitos.

- Jajajaja, definitivamente es igualita que tú, Ana. - rió. - Sueles ponerte recatada sólo para impresionar... Una vez que te sueltas, pobre de aquél que no encuentre el pedal de marcha atrás. ¿Sabe que, doña Teresa, cuando frecuentaba aquí con sus amigos, todos perdían la cabeza por ella? ¡Hasta propuestas de matrimonio! ¡Qué época! - sus ojos se tiñeron de nostalgia. - Me especialicé en la terapia para los que tenían el corazón roto.

- No exageres, Diana. - Se giró a Teresa. - No la creas.

No dijo nada. Pero Teresa sabía que Diana tenía razón. Recordaba perfectamente la noche de la verbena, donde pudo comprobar los efectos del magnetismo que desprendía Ana. Su mera presencia hacía volver la cabeza de los hombres. No sólo por su belleza, sino por su halo de misterio que la rodeaba.

- Es hora de irnos. Hemos quedado en un sitio para que nos recoja. - anunció Ana para alivio de Teresa, que se sentía cada vez más fuera de lugar.

- ¿Ya os vais? ¿No os podéis quedar un ratín más? - suplicó Diana.

- No podemos. - dijo con mucho pesar. - Pero no te preocupes, espera un momento. - Ana hurgó el bolso y sacó una tarjeta de visita. Se la dio a Diana. - Aquí tienes mi número de teléfono por si estás disponible para tomar algo y así recordar viejos tiempos.

- Me encantaría. - Contestó sin levantar la vista de la tarjeta. - Impresionante... ¿eres gerente de los Almacenes Rivas? - Ana asintió con la cabeza. - ¿Pero y tu padre?

- Una larga historia. Te la contaré en cuanto nos veamos la próxima vez.

- De acuerdo. Bueno, Alicia, encantada de conocerte. Ya sabes que siempre eres bienvenida aquí. - Diana plantó dos besos en las mejillas de Alicia. - Doña, espero que se haya sentido a gusto aquí. - estrechó la mano de Teresa.

- Sí, lo he estado. Muchas gracias. Un gran placer conocerla.

- El placer es mío. Por cierto, la casa paga la cena.

- No, para nada. - Ana se negó.

- En serio, no es necesario. Por favor, le ruego nos diga cuánto les debemos. - insistió Teresa.

- No acepto un no. Si insistís en pagarme de algún modo, siempre podéis hacer una cosa. Haz conocer este lugar a vuestros conocidos. Si lo hacéis, la deuda está saldada.

Ana y Teresa se miraron dubitativas. Con lo poco que conocía a la dueña del local, intuyó que Diana hablaba en serio cuando decía que no aceptaba un no. Por la mirada de Ana, supo cuál era la respuesta. Y Teresa la apoyaba.

- Lo haremos. Es lo justo. Muchas gracias. - Ana respondió, rindiéndose.

- Gracias a vosotras por venir. Me ha encantado mucho verte. - Diana dijo un tanto emocionada.

- Y a mí. Nos veremos más a menudo. Venga, que no te me pongas sentimental. Que voy a llorar. - Ana replicó pese a la sonrisa que adornaba su boca.

Teresa sonrió cuando ambas mujeres limpiaron las lágrimas incipientes antes de que brotaran. Decidió que juzgó duramente a Diana. Mujer de oficio o no, saltaba a la vista que era una buena mujer. Diana y Ana se sumieron en un gran abrazo.

Se despidieron. Teresa, Ana y Alicia salieron del "Paladar" en dirección al punto de encuentro donde les aguardaba Dionisio.

- Parece una buena mujer. - comentó Teresa. Decidió que era el mejor punto de partida para charlar ya que veía ausente a Ana.

- Sí, lo es. - contestó. - Y muy divertida.

- Puede que me meta donde no me llaman. Pero ¿cómo se conocieron? Quiero decir que ustedes dos parecen ser muy diferentes.

- Sí, lo somos. Quizá es por esto que nos une tanto. Nos conocimos a través de Rosa. Diana es muy amiga de Rosa. Se conocieron por el mundillo de teatro. Ya sabe, una cosa lleva a otra. - explicó vagamente.

- Ah, lo entiendo.

Ya no tenía ganas de hablar más. El nombre de Rosa lo estropeó todo para no variar. Caminaron en silencio hasta que vieron el coche familiar de Dionisio. El mayordomo les sonrió antes de abrir la puerta. Por orden de Ana, les condujo hasta el domicilio de Teresa. Durante el recorrido, ninguna de ellas abrió la boca. Alicia estaba dormiteando en el hombro de su madre. Cuando llegaron, Teresa se apeó y se dispuso a cerrar la puerta pero el brazo de Ana lo impidió.

- Concédeme un minuto.

Teresa observó que Ana apartó con cuidado la cabeza de su hija dormida que apoyaba sobre su hombro para ponerla en el respaldo del asiento. Salió del coche. En silencio, la acompañó hasta el portal. Teresa se percató de la actitud pensativa de Ana pero no dijo nada, esperando a que hablara.

- ¿Sabe qué? Hoy muchas cosas me han hecho abrir los ojos. - soltó finalmente.

- Ya le he dicho que no me debe dar las gracias y... - dijo Teresa, pero Ana le cortó.

- No, es otra cosa. Quiero decir... - Se paró y la miró a la cara por primera vez desde que salieron del café de su amiga Diana. Teresa casi se asustó cuando vio los ojos avellanas. Miedo, firmeza, duda, coraje. - Teresa... creo que es hora de firmar la paz.- habló en voz baja.

No podía dar crédito a sus oídos. Acababa de llamarla por su nombre. Sin formalismos. Nunca la había visto tan seria como en ese momento. Supo que esta vez estaba siendo sincera, toda dispuesta a comenzar desde cero. Sin dobles intenciones. Sin rencores. Sin recelos.

De pronto se sentía indefensa por los sentimientos contradictorios que le despertaba Ana. Por una vez echaba de menos la doña Rivas dura, gélida y distante, con la cual era más sencillo lidiar. Enfrentarse a una Ana viva, cálida y cercana era mucho más duro que aguantar en un solo día todos sus clientes despreciables, misóginos y ególatras. Comprendió el porqué. Añoraba la fácil sintonía entre ellas, que echó a perder por su falta del mundo y por su inmadurez. Pero, aún así, sabía que no sería sencillo recuperar la amistad, dado que aún estaba dividida entre su lealtad a su querido Héctor y la promesa a su madre. Y más teniendo en cuenta que Héctor y Ana no podían verse ni en pintura.

No pudiendo soportar el escrutinio visual de Ana, apartó la vista. Accidentalmente, sus ojos se clavaron en la figura oscura de su sobrina. Fue cuando tuvo la respuesta: la felicidad de Alicia estaba por encima de todo.

- Lo acepto, doña Ana. - dijo aún con la vista centrada en el interior del coche.

Esperaba la llegada de la respuesta efusiva de la mujer alta. Pero nunca llegó. Se quedó muy extrañada ante el silencio de Ana. Supo que era el momento de enfrentarse a ella, a la cara. Giró la cabeza. Se sorprendió cuando estudió la expresión del rostro de Ana. Medio iluminada por la débil fulgor de la farola, detectó el brillo en los ojos, más abiertos de lo normal. Como si estuviera paralizada. Y de la boca salía una mueca torcida, como si estuviera debatiéndose si sonreír o no.

- ¿Está bien? - Teresa preguntó, preocupada.

Su propia voz la sacó del trance en que parecía estar Ana. La heredera del imperio Rivas, con los sentidos recobrados, mostró una resplandeciente sonrisa que se redujo para murmurar con timidez lo siguiente.

- Sí, estoy bien. Bueno, menos una cosa. Me encantaría que me llamaras Ana. Y que dejes de hablarme de usted.

Teresa, sin poder dar crédito a sus oídos, se quedó sin habla momentáneamente. Estaba embragada por la intensidad que escondía en aquellas palabras aunque tuvo que acercarse para poder oírla. Verla tan exultante y tan cría... tan distinta de la actual Ana Rivas. Por un instante fue como si hubieran retrocedido quince años cuando eran unas jovencitas soñadoras toda dispuestas a comer el mundo.

- De acuerdo... Ana. Te veré mañana. - dijo al fin.

Sin poder contenerse, esbozó una gran sonrisa que casi rivalizaba con la de Ana. Rió entre dientes cuando Ana casi tropezó al bajar del escalón del portal. ¡Ver para creer! La mujer más estoica de Madrid casi dejando por los suelos su reputación, incapaz de bajarse del escalón apropiadamente.

Los pómulos de Ana se tiñeron de un ligero rubor. Observó que Ana dirigía una rápida mirada al coche, probablemente preocupada de que Dionisio hubiera atestiguado su torpeza. Meneó la cabeza divertida viendo cómo Ana caminaba con la espalda erguida, como una dama orgullosa. Antes de adentrarse en el coche, volteó la cabeza. El corazón de Teresa dio un vuelco cuando Ana le hizo un guiño de complicidad. Subió al coche, cerrando tras de sí la puerta. Ya en el interior, la alta mujer levantó la mano a modo de despedida. Teresa le devolvió el gesto.

El coche se puso en marcha.

"La felicidad de Alicia está por encima de todo." Se repitió una y otra vez antes de entrar en el rellano del portal.